MI HERMANO

MI HERMANO

Por
Carlos Mellizo 

Ahora que pasa el tiempo más despacio
y que tiene más sitio la memoria,
me acuerdo con frecuencia de mi hermano.
No hay normas fijas para hacer que venga,
se me aparece sin motivos claros.
De pronto resucita de la muerte
que nos lo arrebató hace tantos años,
y vuelve para estarse con nosotros
y conversar de sus asuntos  clásicos:
Bola de Nieve, los versos de Walt Whitman, 
un relato de Borges o de Sábato,
tal o cual episodio de su invento,
generalmente  insólito y  fantástico;
historias de viajes y de tenis,
cuentos de desenlace  inesperado.
Sorprender, asombrar, dar aire nuevo
al existir ramplón y chabacano 
que todos padecemos cada  día,  
por el hecho de haber nacido humanos. 
Siempre quiso Felipe ser distinto, 
diferente en lo bueno y en lo malo.  
Felipe tan simpático y alegre; 
Felipe tan sombrío y tan amargo. 

No hay razón que lo explique, como digo,  
pero  me acuerdo mucho de mi hermano.  
De pronto, sin anuncio, me visita  
y aquí lo tengo, vivo y a mi lado,  
lo mismo que si fuese de verdad 
y de verdad estuviésemos hablando.
 
Agosto, 2011

 
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Cómo viví yo el 23-F (de 1981)

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Mi padre era entonces un popular presentador de documentales e informativos. Vivíamos en la calle Sirio, en unos bloques que habían sido ocupados por la flor y nata del socialismo-neo-socialista. Entre mis vecinos estaban Felipe González, Cosculluela, Galeote… Junto a estos personajes, que luchaban por conseguir una victoria en las elecciones del año siguiente, convivía una nutrida colonia de nuevos ricos, fachas, fachillas y facciosos, de “aguilucho” y “vivaespaña”.

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“Esos de marrón, de qué colegio son”

Siempre he sido un espectador, no un actor. Pero por una maravillosa concatenación de golpes de fortuna he disfrutado de butacas en muchos grandes eventos de los últimos cuarenta años. AHora, viendo las manifestaciones en Valencia, he recordado mi relación con turbas y protestas de toda índole. Desde las huelgas de estudiantes de finales de los setenta, y aquellas concentraciones en Santamarca, a los “Hartales” en Dhaka, pasando por protestas de Seoúl, y las de “El cojo manteca”.

Esas últimas -contra las reformas de Maravall “un bote, dos botes, Maravall el que no bote”- son las que recuerdo con mayor intensidad. Todavía resuena en mis oídos el sordo sonido de las pelotas de goma al golpear la unidad movil de la emisora, mientras Juantxo y yo tapábamos el depósito de gasolina  -que alguien había abierto para sacar combustible incendiario-. Recuerdo las formaciones de policía y estudiantes, confrontadas, con los jóvenes gritando “esos de marrón, de qué colegio son”; las carreras por Chueca, y las motos de los agentes siendo derribadas en la esquina de Barquillo con la Gran vía.

Ahora, lo que no recuerdo bien son los resultados. Nunca recuerdo los resultados de las manifestaciones de estudiantes. No sé si sirvieron para algo, o no;  Si les hicieron caso y por cuánto tiempo; si realmente hay algo interesante en ellos, o como decía Rudyard Kipling al respecto de los monos (En “La caza de Kaa” del verdadero “Libro de la selva”): se concetran durante unos minutos, como si estuvieran tomando grandes decisiones y abriendo intensos debates, para después olvidarse de ello y volver a comer plátanos.

Puede que a medio plazo estos arranques (indignados, estudiantes) sean inútiles, pero no concibo una generación sin ellos, y estoy convencido de que llevar la contraria al Estado, cada cierto tiempo, es una forma de sanearlo. Mi padre me decía que, teniendo en cuenta que las personas se equivocan más veces de las que aciertan, para ser mejores sólo debíamos llevar siempre la contraria.

Sospecho que en la política el éxito de aquella teoría es aún mayor.

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YO SOY FAN DE: VILLARROEL.

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Tú dirás (como si lo oyera), luego que agarres en tu mano este papel, que en Torres no es virtud, humildad ni entretenimiento escribir su vida, sino desvergüenza pura, truhanada sólida y filosofía insolente de un picarón, que ha hecho negocio en burlarse de sí mismo, y gracia de estar haciendo zumba y gresca de todas las gentes del mundo. Y yo te diré que tienes razón, como soy cristiano.

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Tener… o no tener trabajo.

Cuando uno lleva algún tiempo en éste negocio -el entretenimiento audiovisual- sabe bien que las idas y venidas del éxito son constantes e inevitables. Lo ví con mi padre, desde que era un niño, y he seguido observándolo durante los treinta años de profesión que soporto (o que me soportan). La única diferencia significativa que he notado en este tiempo es el mismo “significado” de la expresión “éxito”, y sus sinónimos. Antiguamente considerabas un éxito salir en prensa, ganar premios, enriquecerte… hoy se trata simplemente de tener trabajo. EN ese sentido puedo considerarme “exitoso”, muy por encima de mis  merecimientos, y más aún de mis capacidades. Nunca se me olvida, y considerando nuestro miserable paso por este planeta como algo pobre y transitorio intento darle una dimensión modesta, y tengo siempre en la cabeza que mañana puedo ser uno de los muchos compañeros que -en estos días- me están enviando peticiones de trabajo, curriculums, y otros ruegos. EN ese sentido nuestra profesión -y supongo que todas-, es un despropósito. Leo esos correos, recibo las llamadas, y pienso ¿en cuánto tiempo estaré yo en su posición? ¿Un mes? ¿Seis? Suerte para todos… y para mi también.

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Aire gris

Recuerdo esas rutinarias mañanas de invierno ochenteras. El aire gris, el cielo frío, y ese olor a nada tan profundo. Llegar a la emisora, desayunar y coger la unidad móvil, con la certeza de que antes de las nueve tendríamos que acudir al encuentro de las ambulancias, los agentes y el humo de un nuevo atentado… Embajada italiana, Novotel, Colombia… Y siempre evitando el atasco de Alcalá por la misma calle: Sámbara. La urgencia, y ese afán estúpidamente heroico del reportero de ciudad, nos hacía imprudentes, saltándonos semáforos y pasos de peatones. Pasaron los meses, los atentados y los peatones, hasta que un buen día nos dijeron: “Han detenido al comando Madrid (uno de tantos)”. “¿En dónde?” Nos preguntamos, “En Río Ulla, aquí cerca”. “Tenían el garaje en la calle Sámbara. Allí fabricaban las bombas, que ocultaban en ollas express”.
Nunca se me fue de la cabeza. Cada mañana pasábamos delante de aquella cochera roja, y con toda seguridad nos cruzamos con los terroristas, yendo -o viniendo- de sus sanguinarias actuaciones, abrigados, protegiéndose del aire gris, del cielo frío, y de ese olor a muerte tan profundo.

(Y en mi memoria algunos compañeros de entonces que se fueron, como Jaime Roza y Carlos Llamas).

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Una preocupación subjetiva y sin contrastar

Cada día resulto más torpe en las sobremesas formales. Ante los habituales despliegues de ingenio por parte de otros comensales de mi gremio me muestro indiferente, porque no los entiendo (no porque manifieste desdén). Juro que lo intento, pero cuando logro covencer a mi boca para que suelte algo sólo consigo balbucear estupideces, una tras otra.

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