Pensaments (Y 2)

Siempre soñé con ser más alto. Medir dos metros me hubiera parecido perfecto, incluso más. Podría haber jugado al baloncesto, y seguramente me quedarían bien los trajes, pero no pudo ser, y resulta que tengo casi tanto de altura como de perímetro torácico, soy algo así como un “Gimli” en grande. Muchos hemos vivido siempre con la absurda frustración de los centímetros, y algunos la han mantenido más allá de la adolescencia, e incluso en la pura madurez. Zapatos con alza, zapatillas con suelas de varios centímetros de grosor, e incluso pelos cardados, revueltos, o estirados, han servido siempre para elevarnos frente a los demás, en un vano esfuerzo por mostrar una mejor genética (Realmente hay estudios que tristemente asocian una mayor altura con un mejor salario  https://www.muyinteresante.es/revista-muy/noticias-muy/articulo/los-altos-ganan-mas-dinero-791493361406 ). Esta competición se hace más evidente con los ejecutivos: Yo he notado varias veces como alguno intentaba levantarse sobre las puntas de los pies para superarme en las fotografías, y cuando -casualmente- se sacaba el tema de ¿Cuánto mides? resultaba que tipos a todas luces más bajos que yo me sacaban dos o tres centímetros, al menos de boquilla. Lo gracioso es quitarse en lugar de ponerse. En ese caso se llega a un punto en el que el interlocutor se bloquea “¿Como vas a medir eso, si eres casi como yo?” Me encanta hacerlo, les descoloca y humilla. Es un mecanismo de falsa modestia que funciona igual de bien en casi todas las materias. Por ejemplo, en el mundo de la televisión en general y el guión en particular. Hacerse de menos es mucho más divertido que hacerse de más, especialmente cuando uno ya ha superado los años de la autopromoción, y tiene la vida más o menos organizada. Cada cierto tiempo me veo sentado delante de alguien, jefe o no-jefe, que me habla de algo que conozco a la perfección como si él fuera el experto, y cuando me pregunta siempre trato de hacerme de menos. Lo malo es que de tanto usar este recurso uno acaba convenciendo a los demás de que realmente sabe tan poco como dice, y la idea se convierte en un arma de doble filo. Con la edad sucede lo contrario, como todos sabemos gracias a la vanidad de muchos grandes personajes. Ponerse años resulta entretenido, yo lo recomiendo, y si uno lo hace bien puede conseguir piropos inalcanzables de otro modo: Mejor decir que tienes seis o siete años más y que te digan “pues no lo aparentas, estás genial”, a que te comparen con el capullo de Brad Pitt. ¡A saber cómo estaba él si se hubiera metido lo mismo que yo… o la mitad!

(PD. Siempre he estado rodeado de jugadores de baloncesto, y otros tipos de altura considerable, y la verdad, no envidio eso de medir 2’10 y tener que estar siempre bajando la cabeza y separando las piernas… para poder escuchar a los demás).

El Mellizo

 

 

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Contra la pereza: ¡Más pereza!

Llevo unas semanas buscando fuerzas para avanzar en esas absurdas memorias que ocupan mi tiempo libre -y parte del que no debería serlo- desde hace tres lustros, pero no aparecen por ninguna parte. Quizá sea el temor a mencionar a otros a los que no desearía dañar, o incluso el dolor por no ser capaz de dañar a los que sin duda se lo merecerían, pero mis dedos se quedan congelados cuando me enfrento a la siguiente página del diario. En esa fase laboral en la que me encuentro, y que todos mis colegas conocemos como “entre proyectos” -aunque los demás seres humanos lo llamen “paro”, o simplemente “eufemismo”-, subo con más frecuencia a mis buhardillas (sí, tengo dos, como las de Silvestre Paradox, gracias a mi generosa pareja “Mrs P”), y allí me reencuentro con todo tipo de recuerdos, textos, y objetos que me hacen viajar en el tiempo. Mis dos buhardillas son dos “Tardis” en donde he acumulado alrededor de diez mil libros, decenas de cuadros, cientos de guiones, cuadernos anotados, disfraces, ordenadores rotos, fotografías, correspondencia de mi padre, de mi abuelo, periódicos, facturas, premios de otros, libros de cuentas… Una forma suave -espero- del síndrome de los hermanos Collyer (recomiendo investigar en ello, a mi me lo descubrió mi amigo Javiér Pérez de Albéniz y es una gran pequeña historia). El otro día, buscando papeles de viejas declaraciones de la renta (Hacienda tiene por costumbre ponerme a prueba cada cierto tiempo), encontré un cuaderno con las notas, diálogos incluidos, de las reuniones de ejecutivos de los inicios en ficción de Globomedia. Durante unos años me dio por anotarlo todo, incluso los diálogos y chascarrillos que soltábamos en la intimidad -probablemente para ocultar mi falta de interés en lo que escuchaba-. Por supuesto que no puedo mostrar aquellos textos, pero sí que puedo enseñar parte del proceso ejecutivo de creación de una de las grandes series de los 90, “Compañeros”. He oscurecido, o directamente “pintado”, sobre algunas frases, nombres, y palabras, por si alguien se molestaba. No es la lista Falciani, simplemente una tontería entrañable que comparto por puro tedio. Saludos. Mellizo.

Primera página que tengo

 

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Pensaments y otras patologías

Nunca se me dieron bien los números –en mi caso el uso de la expresión “tampoco” sería más preciso que el de “nunca”-, ni la geometría, ni ninguna otra materia relacionada con las matemáticas en sentido estricto, pero sí soy un experto en perder el tiempo. Lo hago con maestría, como nadie lo hizo desde los tiempos en los que los seres -que luego fueron humanos- pasaban las horas subidos a una rama, rascando glúteos propios y ajenos por puro tedio. Soy capaz de poner la mente en blanco con una rapidez e intensidad sobrenatural. Puedo hacerlo incluso mientras hablo, como, o escribo (…), generando movimientos, respuestas, y textos automáticamente, y a veces -por puro azar- con sentido.

En los años que llevo conmigo mismo he ido perfeccionando ese talento, haciendo que mi cara de “lelo”, “enfadao”, o “empanao” pase para la mayoría por un gesto de introspección, cuando no de dispersión creativa (digo “mayoría”, porque algunos saben de ese gran vacío en el que me sumerjo con creciente frecuencia).

Bastan un par de líneas rectas del techo, unos baldosines, o la tipografía de una etiqueta de cerveza para transportarme a otro mundo, aunque a mi lado se estén hundiendo las mismísimas Torres Gemelas. Y en ese mundo busco patrones, tranquilizadoras estructuras equilibradas para pensamientos que no lo son en absoluto, y cuando doy con ellas se produce en mi interior una liberación de endorfinas que lo hace adictivo, y paso a buscar otro caos para ordenarlo. Mientras tanto, en mi exterior, todo sigue igual de desordenado.

Un buen día, durante una lectura de guion de una serie en la que figuraba como coordinador de guiones, con todos los actores -y parte del equipo técnico- sentados a la mesa de trabajo, Víctor García, el jefe de aquello, advertido de mis movimientos por la actriz Luisa Martín, detuvo el ensayo para hacer notar que durante los veinte minutos que llevábamos reunidos yo había recogido todos los rotuladores de la mesa, y las botellas vacías de agua, colocándolos en perfecta formación militar de un metro de longitud. También alineo monedas, como centurias y contubernios, con sus líderes -según valor y tamaño-. Cuento las baldosas del baño, los árboles, las farolas, los coches. Camino siguiendo las líneas de cemento de las aceras -aunque me choque de vez en cuando con la gente-, y disfruto sacando fotos de ángulos rectos, tratando de encontrar las “razones” que unen objetos y estructuras, entendiendo como “razón” al “vínculo entre dos magnitudes que son comparables entre sí”.

Como es natural la informática siempre fue mi aliada. He sometido textos a torturas impensables, sumando y restando, subiendo y bajando, para conseguir encontrar claves que me aportasen ese orden que nunca encontré en mi vida, y en ese sentido, trabajar en “series” ha sido toda una suerte, porque el mismo significado de “serie” como “Una sucesión de números reales” me relaja.

Una serie es una sucesión, y la relación entre los distintos números reales de una serie es su “razón matemática” (una determinada regla, fórmula, o algoritmo). En este insano paralelismo podríamos decir que esa “razón” es lo que en ficción conocemos como CONCEPTO: Aquello que empuja el capítulo 1 hacía el 2; el 2 hacia el 3; y así hasta donde termine la serie (salvo si esta es infinita). Son muchas las claves numéricas que me han acompañado en mis 30 años como guionista. Recuerdo la regla del 3×3, el “cuentapalabras” de Word, y los cuadros y gráficas en las que me he ido apoyando para ordenar ideas y optimizar mi trabajo, sacando un mayor partido de mi escasa creatividad. Algunas fueron adoptadas por mis compañeros, a veces sin recordar su procedencia, así como otras las cogí yo de ellos. Muchas son absolutamente inútiles, y las hay que solo sirven para explicar de un modo eficaz algunas ideas, especialmente durante los cursos, charlas, y clases diversas en las que participamos, ahorrándonos tiempo y energía. A mí me relajan, y definen el terreno de juego en el que debo volcar la creatividad, experiencia personal, y técnica narrativa,  para que una vez tamizado acabe convirtiéndose en una serie o capítulo. Pero por encima de eso tienen una función defensiva: Frenar argumentos peregrinos que nos llevaría mucho tiempo desmontar, pero que la experiencia nos dice que no conducen a nada bueno. Estas estructuras teóricas son, por decirlo de algún modo, un antídoto contra advenedizos, iluminados, y demás apariciones estelares con las que nos enfrentamos a diario. Al menos para mi.

 

 

 

 

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Tuo Yaw (XXXV)

A los pocos días volamos hacia Bata, en el continente. Estuvimos una semana realizando entrevistas y visitando lugares relacionados con la navegación y la brujería (Novoa aprovechaba nuestras grabaciones para investigar y registrar tradiciones y ceremoniales misteriosos).  Sorprendía la cantidad de grandes barcos encallados en las costas africanas, y me explicaron que se trataba de algo normal para no tener que pagar por su reparación o desguace, así como para cobrar seguros y ahorrarse salarios.

Siguiendo las huellas de Iradier salimos hacia el sur en un gran todoterreno Pick-up, por una carretera que atravesaba la selva; un camino de tierra y barro impracticable para un vehículo normal. El reparto de los asientos se hizo siguiendo un orden estricto de edad y relevancia en el rodaje, de modo que me dejaron fuera, sujetándome como podía a la barra anti-vuelco cuando volábamos sobre los baches que las riadas formaban en el camino.

Cruzábamos poblados que flotaban entre ese impresionante mar de vegetación, y cada vez que lo hacíamos los niños del lugar salían a la carrera señalándome, mientras gritaban algo que yo no entendía, hasta que en una de las paradas me dijeron que decían “Blanco, blanco”. Los árboles que nos rodeaban rebosaban de vida, que estallaba en estampida a nuestro paso. Y aburrido de tanto verde me puse a cantar, -sí, soy un cantarín-. Empecé por los himnos de la marina, y pronto pasé a las jotas. Nadie me escuchaba, de modo que me crecí, cantando con todas mis fuerzas aquello de “Tengo un hermano en el tercio, y otro tengo en regulares, y el hermano más pequeño preso en Alcalá de Henares…”. Mis compañeros, aislados en el interior del coche con su música y su aire acondicionado, me miraban cada rato para comprobar si aquellos berridos eran gritos de dolor, porque mi voz es de todo menos melodiosa, y al verme feliz cerraban de nuevo las ventanillas.

De vez en cuando nos cruzábamos con grupos o individuos que caminaban desde ninguna parte a parte alguna (típico de la zona). Desde lejos hacían señales para que nos detuviéramos, y a punto estaban de ser atropellados por el conductor, que hacía caso omiso de sus peticiones. De pronto, aprovechando que vadeábamos un riachuelo, tres de ellos consiguieron subirse en marcha. Se trataba de dos hombres y una mujer. Me saludaron sonrientes y se sentaron. Nadie dijo nada, de modo que entendí que aquella forma de autoestop era lo normal allí. En un momento del viaje el 4×4 pegó un brinco, y la chica, una mujer joven, cayó del vehículo. Se pegó tal hostia que yo empecé a golpear en el techo de la cabina, para que parasen, pero miraron por el espejo, vieron que se levantaba, y siguieron como si nada, dejándola a su suerte. Miré a los dos hombres que seguían con nosotros, y sonriendo me dijeron “no pasa nada”.   Llegados a Río Benito los dos hombres se apearon. El viejo puente se había derrumbado, y cruzamos en un transbordador sobrecargado hasta la otra orilla, siguiendo después nuestro camino hacia Cogo, la antigua ciudad de Puerto Iradier.

Llegar a Cogo no es fácil. La ciudad se encuentra en un promontorio selvático en mitad del río Muni, entre Gabón y Guinea Ecuatorial. Subimos el equipo sobre varios cayucos, y cruzamos aquellas negras aguas hasta llegar a un pequeño puerto (hoy muy mejorado). Durante todo el trayecto estuve midiendo las posibilidades que tendría de llegar a nado hasta la orilla si volcábamos, en el caso de que no me devorase alguna de las infinitas bestias que seguramente poblaban aquellas aguas. Los cayucos, embarcaciones sin quilla, tienen la mala costumbre de volcar en cuanto se desequilibran, de modo que me abstuve de cantar durante el trayecto. Finalmente desembarcamos en la vieja Puerto Iradier.

Aquello era un lugar mágico, con aires caribeños gracias a los numerosos edificios coloniales que los españoles dejamos allí. Teníamos la sensación de estar en Cuba, más que en África. Grabamos y embarcamos en una lancha algo más sofisticada, que nos

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Manuel Iradier (Wikipedia)

llevó hasta la isla de Corisco, pasando por Elobey grande y Elobey chico, islas abandonadas en donde filmamos las ruinas de los edificios construidos durante la ocupación española. Finalmente llegamos a Corisco, enclave situado frente a las costas de Gabón, con sus míticas playas de arena blanca, las más blancas que vi en toda mi vida. Recorrimos sus cosatas, grabando bailes, y entrevistas con lugareños que nos contaban viejas historias de la ocupación española, y disfrutamos de su comida y hospitalidad durante unos días. Un gran lugar para desaparecer, salvo porque las serpientes tenían por costumbre llegar hasta sus costas a bordo de grandes troncos arrastrados al océano por las tormentas, y a falta de predadores se habían extendido como una plaga. Regresamos a Bata.

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Cuando uno se dedica a rodar documentales no suele tener mucho tiempo, ni espacio en su mochila, para la higiene personal. Al menos eso era lo que pensaba yo, un joven aprendiz de cámara, cuando me enviaron a comprar jabón a un badulaque local. En pocas horas debíamos subirnos a la avioneta, rumbo a una isla abandonada a su suerte en mitad del océano Atlántico, Annobón. Acostumbrado a acatar y obedecer órdenes sin rechistar me hice de inmediato con cerca de veinte pastillas de jabón “Lagarto”, y las empaqueté junto a mis escasos calzoncillos.

Salimos de Bata hacia Port Gentil -Gabón-, para cargar combustible, y tras un largo y peligroso vuelo conseguimos aterrizar en el asilvestrado aeródromo de San Antonio de Palé, entonces abandonado, salvo por las esporádicas e imprevisibles visitas de los aviones de la Cooperación Española, que dejaban medicinas y correspondencia, a menudo soltándolas desde el aire.

Anobón

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Durante varios días exploramos ese pequeño paraíso habitado por unas 5000 almas, aisladas del resto del mundo tras la destrucción del muelle del puerto durante uno de los muchos temporales que asolaban la isla. Un lugar sin electricidad entonces, recorrido por intrincadas sendas abiertas a machetazos que tardaban poco en ser cubiertas de nuevo por el verde manto de la selva tropical.

Buscábamos información y testimonios sobre la pesca de ballenas con arpón desde inestables cayucos. Un arriesgado modo de sustento de los lugareños que venía practicándose desde hacía siglos. No tuvimos suerte, pero durante una semana pudimos entrevistar a varios pescadores que aún salían a por las “Yubartas”, y que hablaban una extraña mezcla de idiomas, entre el portugués, francés, y español. Para recorrer la isla, cargados de material, teníamos que pedir ayuda a jóvenes locales, que nos seguían con curiosidad a todas partes. Entonces descubrí el porqué del jabón.

A falta de los más mínimos bienes de la sociedad moderna, y en un lugar en el que el dinero carecía de utilidad, el jabón les resultaba fascinante y útil. La limpieza de la ropa era un evento social diario y muy musical, siempre acompañado por los cánticos de las mujeres, a ritmo del violento retumbar del agua cuando se sumergían las prendas con fuerza.

Siguiendo las indicaciones de mis superiores entregué un jabón a cada uno de los dos lugareños que nos habían ayudado en la subida al volcán. Pero entre ellos estalló una violenta disputa. Según me explicaron después fue debido a que yo había pagado con la misma moneda esfuerzos muy diferentes: Uno de los jóvenes había cargado el doble de peso, durante el doble de tiempo. Esa misma noche, en la habitación que nos había preparado el monje claretiano que cuidaba de la fe cristiana de los isleños, la pasé cortando jabón “lagarto” en trozos de distinto tamaño. Nadie se pelearía por mi culpa. Con un cuchillo afilado y una vela para calentarlo, deshice las pastillas en fracciones, con algunas de mayor valor, a modo de sistema monetario. De ese modo pudimos trabajar, y pagar por la ayuda, sin provocar más trifulcas.

El documental en cuestión se llamaba “Longitud Latitud”, y se emitió en TVE entre 1989 y 1992. Las reservas de petróleo de Annobón se descubrieron en 1992… ahora hay puerto, y aeropuerto.

(* Texto dedicado a mi amigo “EL TURCO”, Sergio, todo un lagarto).

Y hoy añado a la dedicatoria al recientemente fallecido José Manuel Novoa.

[Entiendo que el fondo de la anécdota pueda resultar moralmente reprochable para algunos, pero eran otros tiempos, y lugares con costumbres y gustos difíciles de asimilar. Y yo lo que hacía siempre era obedecer, superado por la suerte de poder hacer aquellos extraordinarios viajes de los que podría estar escribiendo tres vidas enteras].

Una semana después me senté en el avión que nos traía de vuelta a España. Estaba molido. La noche anterior habíamos bebido, y fumado “congo” hasta reventar. Había perdido mucho peso después de semanas alimentándome de aguacate, cebolla, y alcohol, estaba moreno a ronchas, y mis manos se habían hinchado por las miles de picaduras que había recibido sosteniendo el flash en mitad de la selva (una de mis obligaciones). Pero regresaba por fin…

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Tuo Yaw (XXXIV)

Me sentía un extraño en mi propia casa, como si aquello no fuera conmigo. Miraba a los grandes ojos de mi hijo Felipe, que había crecido lo suficiente como para sostener su cabeza recta y sonreír, intentando en vano convencerme de que aquello era la vida real.

No soportaba las visitas de las amigas de mi mujer con sus respectivos maridos, todos cargados de aspiraciones conservadoras, naderías, y lugares comunes, y mucho menos cuando éramos nosotros los que nos desplazábamos a casas ajenas. Uno de estos consortes me recibía con los auriculares puestos mientras escuchaba el carrusel deportivo, vestido con un chándal que dejaba al aire la mitad de su culo, y se sentaba en su sofá intentando hacerme partícipe de su divertimento sin ofrecerme drogas ni alcohol para hacer más llevadero el encuentro. El mismo tipo -una joya-, llevaba escritos en un papel los chistes que le hacían más gracia, y a hurtadillas consultaba la chuleta durante las cenas para regalarnos alguna de esas gloriosas joyas de humor zafio que inundaban las cadenas de televisión de entonces. Escucharle me provocaba arcadas, y mientras le sonreía pensaba en cogerle de la nuca y estrellar su cabeza contra el plato de spaghetti a la bolognesa. Otras veces, las menos, quedábamos con los compañeros de facultad de mi mujer, todos listísimos y pijísimos, capaces de tomarse “por lo menos” dos cervezas en una tarde mientras hablaban de fisiología animal, o recordaban cuando el profesor de química se equivocó a la hora de poner en la pizarra una fórmula de aminoácido alifático ¡Y puso la de un inminoácido..! ¡Para morirse de risa! Una pena que no pudiera contarles todo lo que sabía yo de ácidos, fueran en secante o micropunto…

Pero mi hijo era algo extraordinario: Callado, feliz, e ignorante. Celia había empezado a trabajar en el Instituto de la Juventud de la calle Ortega y Gasset, y yo pasaba muchas horas a solas con él. Quedaba poco para examinarme del acceso a la Universidad para mayores de veinticinco años, y preparaba el examen con el niño colgando de la mochila porta-bebés, caminando desde la puerta de entrada hasta el baño, en aquella diminuta vivienda que nos habían cedido mis suegros, mientras repasaba los apuntes y los recitaba en voz baja. Me grababa mis propias lecturas en cintas de casete, y las escuchaba una y otra vez hasta quedarme dormido, y consultaba a Celia -ya licenciada en Biología-, cualquier duda que pudiera tener. Finalmente me examiné en la Escuela de Caminos, y aprobé con buena nota, matriculándome en Periodismo de inmediato para así acallar algunas voces que no dejaban de recordarme mis muchos fracasos, como hacía mi padre todos los días. ¿Su reacción cuando aprobé? Ninguna.

Mientras tanto seguía viajando por el mundo, acompañando a Jon Incháustegui como auxiliar de cualquier cosa.

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Fotograma “robado” de la página de RTVE en donde se pueden ver algunos capítulos de aquellos documentales. En el de la imagen seguíamos la ruta de una lata de caviar desde el punto de venta en Madrid (Khazar Co, en el Paseo de la Habana -Yo era el cámara, pero no el estilista de mi padre-), hasta el pueblo pesquero del mar Caspio en donde se envasó.

En mayo recibimos a los barcos de la Withbread (la vuelta al mundo) en Portsmouth, y cruzamos Europa de un extremo a otro persiguiendo historias de marinos ilustres, ya  fuera a bordo de barcos de rescate, de lanchas de recreo, o de rompehielos nucleares rusos. Finalmente, en junio, salimos hacia África para ilustrar la vida de Manuel Iradier, gran explorador vasco del siglo XIX maltratado por el “salón de la fama histórico”.

Las relaciones entre España y Guinea Ecuatorial no estaban en su mejor momento. España denunciaba la falta de derechos en el país africano, y daba cobijo a los que escapaban de la larga y cruel mano de Teodoro Obiang Nguema. La cárcel de “Playa negra” (Black Beach), una de las más temidas de todo África, era el destino de todo opositor al líder del partido único (El mismo Teodoro había sido director del pavoroso penal de “irás y no volverás” en el pasado). España mantenía sus proyectos de cooperación, pero cedía terreno ante los acuerdos comerciales que Teodoro firmaba con Sudáfrica, y ante la pasividad de la antigua metrópoli Marruecos se había convertido en el principal aliado militar, y sus soldados hacían las veces de policías en los lugares más conflictivos del país. El poder, según nos dijeron, estaba en manos de la familia del Presidente Teodoro y de los vecinos de Mongomó, lugar en donde se criaron tanto él, como su antecesor Macías.

Fueron mis primeras vacunaciones tropicales. Hasta entonces había viajado sin preocuparme por las enfermedades. El SIDA era algo en lo que apenas pensábamos, confiando en la ruleta del destino, y para el resto de males bastaba con inyectarse “rocefalin 2g”, que se vendía en cualquier farmacia española sin receta médica, y que acababa en horas con cualquier forma de vida no deseada. De todos modos recibimos innumerables charlas sobre profilaxis y abstinencia, para que no tuviéramos malas experiencias a nuestro regreso, ni pusiéramos en peligro vidas ajenas.

Mientras tanto mis antiguos compañeros de Radio El País se habían dispersado. La mayoría de ellos fueron acogidos por la S.E.R, otros entraron a formar parte de distintos gabinetes de prensa de empresas públicas y privadas, y los hubo que ganaron una plaza como docentes en distintas universidades. Pero un pequeño grupo, liderado por José Miguel Contreras, saltó al primer gran proyecto audiovisual del grupo PRISA, CANAL +.

El viaje fue cómodo, y en pocas horas estábamos desembarcando en Malabo, con ese ambiente plomizo y pegajoso de los climas tropicales. Fuimos recibidos con cariño por una curiosa mosca -mosca Bubi me dijeron después-, que se posó sobre mi mano cuando caminaba hacia la terminal, giró sobre sí misma, y se llevo un buen trozo de mi piel, dejándome una graciosa marca roja. Qué cachonda.

Durante varios días estuvimos grabando por la isla de Bioko. Novoa, el especialista en Guinea que nos acompañaba, nos fue llevando de un lado a otro para que grabásemos el espectáculo de las mujeres cantando y lavando ropa en Luba, acompañadas por el impresionante sonido de mil prendas sumergidas al mismo tiempo en el río; o el intenso verdor de la selva que rodea el lago del cráter del volcán Moca, después de hacer una ofrenda de cerveza a los espíritus tirando varias latas a la caldera (Teníamos que haberlas abierto antes, porque visiblemente molestos los espíritus desencadenaron una tremenda tormenta a los pocos minutos, y bajamos del cráter de 1500 metros de altitud resbalando entre ríos de lodo, como en “Tras el corazón verde”).

De vez en cuando nos reuníamos con políticos locales, que se sentaban frente a la cámara con aires de emperador romano para responder a preguntas que nos inventábamos, con la única intención de conseguir permisos para grabar. En ese sentido debo decir que el trabajo en Guinea no era algo fácil, ni exento de riesgo. Habiéndonos instalado en los edificios de la Cooperación española en Malabo -algo así como terreno sagrado-, trajeron a un fotógrafo español malherido. Le habían descubierto haciendo fotos en una zona militar, y los guardias morroquíes, acompañados por algunos guineanos, le habían metido una paliza dejándolo medio muerto.  Las autoridades llegaron a un acuerdo, y no se publicitó. Pero Novoa consiguió hablar con él: Trabajaba para una revista de naturaleza, y había seguido a unas aves hasta que se topó con un grupo de militares, intentó explicarse, pero le dijeron que estaba espiando… ¿El qué? Me he preguntado yo desde entonces.

Por la noche, después de cenar, salíamos a un club de la ciudad. Para un chaval de 26 años como yo aquello era Sodoma y Gomorra. Ni en mis más audaces sueños había imaginado algo así: Mujeres espectaculares no dejaban de acosarte hasta sentirte molesto. Bailaban algo llamado “Birkusí”, una especie de twerking que te hacía retroceder por miedo a no estar a la altura. Finalmente el alcohol te daba el valor que te faltaba, y ayudaba a calmar la conciencia borrando las memorias.

Aprovechando nuestra visita José Manuel Novoa quiso que grabásemos algunos rituales ancestrales de los pueblos africanos, materia en la que fue, y será para siempre, uno de los mayores expertos [Escribiendo esta parte me enteré de su muerte, una pena. Fue una de aquellas grandes personas que se cruzaron en mi vida. Curioso, incansable… ]. Nos explicó el origen del vudú, y el uso de la raíz de “iboga” en los ceremoniales de iniciación, algo que pudimos ver y grabar en directo en una perdida choza, a la luz de la luna, rodeados de hogueras que hacían que todo pareciera aún más mágico de lo que ya era. También asistimos a maravillosos cantos y bailes nocturnos, y a algo que probablemente fuera la experiencia más dura que yo había vivido hasta entonces: La visita a un centro médico que recogía a niños enfermos de tripanosomiasis (Enfermedad del sueño), que eran abandonados por sus familiares cuando, tras tratarles con medicina tradicional, los daban por perdidos. Muchos de ellos morían a los pocos días, y ese argumento era utilizado por los que defendían la medicina tradicional para denostar la científica. Abrieron una choza gigantesca en donde les atendían para que entrase yo -el aprendiz, porque el verdadero profesional era Josu- con la cámara, recogiendo las primeras imágenes. Me quedé congelado, con la cámara al hombro. Era un lugar infecto, oscuro y húmedo. Varios niños salieron de la penumbra, con esos grandes ojos blancos -como los de mi hijo-, y vinieron hacia mi. No estuve a la altura y retrocedí, pero Josu me frenó y empujó hacia dentro. Fueron veinte minutos de terrible realidad. Jamás lo olvidaré.

 

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¿Quién dijo miedo? YO

En asuntos médicos soy un cobarde. Lo reconozco. “El Rey del drama” como dice Mrs P. Recuerdo a mi madre persiguiéndome por El Escorial para que me pusieran la vacuna del tétanos después de una caída, o algunas costuras y trabajos en escayola de traumatólogos que me las hicieron pasar canutas… Pero siempre fueron reparaciones de “chapa y pintura”. Jamás me enfrenté con valor a la medicina de “verdad”, la invasiva. Ni tan siquiera a los análisis. Durante mi paso por la Armada soporté los controles médicos como si fueran torturas de la STASI, y las cuatro o cinco veces que pasé por el dentista lo hice con el mayor de los miedos, tanto que llegué a amenazar a uno de los especialistas con clavarle el chupababas en un ojo si no me ponía suficiente anestesia -algo que por suerte se tomó a broma-. En 1988-89 pasé por una leve versión de Hepatitis, y me llevaron a la Clínica de la luz en donde solamente confirmaron lo que sospechábamos y me pusieron una dieta. Cuando pasó el plazo aconsejado volví a mi vida normal, sin consultar a nadie. Tuve algunas enfermedades, más -o menos- decentes, que siempre curé por mis propios medios. Consultaba enciclopedias y preguntaba a amigos sobre dolencias similares con cualquier pretexto, evitando levantar sospechas. Me recuerdo recorriendo farmacias hasta encontrar una en la que no ponían peros para comprar determinado medicamento, como el Rocefalin de 2g, y buscando luego un practicante que me lo inyectara. Compré toneladas de analgésicos y antibióticos sin receta. Falseé documentos, fotocopiando análisis o reproduciéndolos por cualquier medio, y eludí cualquier control de salud de empresas, federaciones deportivas, seguros, etcétera. Y en el colmo de mi miedo y estupidez me curé solo de un grave golpe en las costillas, cuando me caí haciendo el imbécil en la piscina de casa (fueron tres meses de dolor agudo en el costado, de no poder respirar, consumiendo ampollas de Nolotil como si fueran Smints). Desde 1989 no he visitado más médico que un otorrino -por un tapón-, y dos dentistas. El resto me lo inventé para tranquilizar a familiares y amigos. He creído siempre que ir al médico es iniciar un proceso que solo tiene una salida: Palmar. Y eso no mola. Por eso hoy, que por primera vez voy a acudir a un puñetero médico de cabecera para que me revise, puedo asegurar que se inicia formalmente mi proceso de defunción. Voy a perder mi inmortalidad.

[Pensamiento dedicado a mis hermanas Carmen e Inés. Unas valientes].

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“Primera línea de tiburón”

Desde que a mediados de los 70 Spielberg (adaptando una novela de Peter Benchley), tuvo a bien estropear el baño a la humanidad recordándonos cuál era nuestro lugar en la cadena trófica, algunos tenemos la costumbre de juzgar a quién pensamos que atacaría antes un pérfido escualo, cuando estamos sumergidos en cualquier abarrotada playa del mundo. Yo siempre prefiero tener un grupo de niños chapoteando a una distancia que me permita escapar mientras se los comen, porque según parece son irresistibles. En mi familia lo llamamos “estar en primera línea de tiburón”.

Lo mismo debe estar pensando más de un político catalán, ahora que se avecina la tormenta veraniega. Puigdemont busca no destacarse tanto, o al menos no tan solo, no vaya a convertirse en fácil carnada. Seguro que preferiría ser cebra, o mejor dicho sardina, y confundirse entre una multitud de independentistas “rayados” para aumentar sus propias posibilidades de supervivencia, porque la “supervivencia” del “process” es algo  prácticamente imposible, y en los próximos meses solo se tratará de seleccionar quién paga el pato -además del contribuyente catalán, que ya ha pagado bastante gracias a sus extraordinarios representantes-. Claro que también puede confiar en su falta de “sustancia” para ofrecer a Junqueras, mucho más carnoso, como sustitutivo eficaz, pero al parecer su oferta no ha colado, y el vicepresidente ha dicho a su jefe que él, solo, no va hasta la boya.

Este verano, cuando estéis en la playa, aseguraros de tener siempre un grupo de sabrosos niños por delante, sobre todo si véis cerca a algún político catalán. Y si os dicen de ir a tocar la boya les decís que el verano es para tocar la boya propia, no la ajena.

Buen verano al que se lo merezca, e infecciones de oído, gripes veraniegas, y diarreas para los que no.

[Un recordatorio para los más valientes]

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