Tuo Yaw (XXIV)

Conforme me acerco al presente va resultando más y más complicado mantener mi propósito de no herir a nadie con mis letras, salvo a mí mismo. Pero lo seguiré intentando, aunque suponga escamotear algunas escenas interesantes, o cambiar u ocultar ciertos nombres. Quizá, algún día, pueda completar esas “lagunas” que voy dejando. En cuanto a lo que puedo contar, y contaré, entiendo que existan otras versiones, pero estas son MIS memorias, y describo las situaciones tal y como YO las recuerdo, y como tengo anotadas en cientos de cuadernos que he tenido a bien conservar. Por otra parte tampoco me importa quién cree qué, de modo que no os molestéis en abrir debates sobre si primero fue la gallina, o el huevo. Para lo demás sugiero que se lea el prólogo de la obra “Vida” de Diego de Torres Villarroel.

…………..

Celia era la mayor de dos hermanos, hijos de una mujer sobrenatural, Juana García. Juana había nacido en un pequeño pueblo de Guadalajara con el curioso nombre de Membrillera -curioso porque nunca vi un membrillo por ahí-. Una población que como canta su himno está en todas partes, y en ninguna: “Eres campiña y alcarria, comienzo de serranía…”.  Juana fue criada en un mundo agrícola que apenas había cambiado desde la Edad Media. Se casó con Alejandro, un hombre sorprendentemente atractivo para aquellos años -un galán propio del cine americano-, y ambos vivían del campo. A principios de los años sesenta Juana llevaba a diario el almuerzo para su marido -y los jornaleros y braceros que contrataban para la cosecha- a lomos de una borrica, después de haberse levantado antes que ellos para empezar a cocinar. Era una vida dura, pero tanto ella como Alejandro eran hijos únicos, en un pueblo que empezaba a despoblarse de una manera alarmante, de modo que, herencia tras herencia, acabaron acumulando una considerable cantidad de tierra, además de algunas casas en el pueblo.

En ese tiempo tuvieron cuatro hijos, de los que solo sobrevivieron dos: Celia y Raúl. Todo parecía funcionar hasta que Alejandro enfermó, muriendo a los pocos meses y dejando a Juana sin otra posibilidad para salir adelante que trasladarse a Madrid para trabajar y dar a sus hijos la educación que ella no tuvo. Con el tiempo Juana se casó con otro vecino del pueblo, Pepe, un hombre rudo, recto, y mucho menos atractivo que su primer marido. Pepe trabajaba como administrativo en la fábrica de cervezas Mahou, después de haber sido cobrador del tranvía de la Complutense y vendedor de huevos -que traía desde el pueblo hasta la capital subiendo al tren en marcha, aprovechando que el cambio de agujas de Jadraque le obligaba a desacelerar-, e incluso pastor ocasional, con apenas diez años, muerto de miedo, y con los montes llenos de militares de uno y otro bando. (Su vida daría para escribir mil páginas, pero eso le corresponde a mi hijo, no a mi). De modo que cuando yo conocí a Celia ella convivía con Pepe, con su hermano Raúl, con su madre, y con los dos abuelos: El padre del difunto Alejandro (Esteban), y el de Juana (Juan, antiguo Juez de paz del pueblo), éste último con Alzheimer.

Trabajando en lo que podía, Juana había conseguido pagarles buenos colegios a sus hijos, y tuvo la suerte de que ambos fueran buenos estudiantes. En 1985 Celia estaba en 3º de Biología, y su hermano Raúl terminaba el bachillerato y se disponía a pasar la selectividad.

Su entorno familiar estaba en las antípodas del mío. Era gente con vínculos familiares intensos, con ataduras y compromisos -no como mi dispersa, liberal, y frívola familia-. Aquello me llamó la atención desde el primer momento, pero tengo que reconocer que lo que realmente me ganó, además del sentido del humor de Celia, fue la cocina de Juana. He comido en cientos de restaurantes maravillosos de medio mundo, pero jamás encontré un talento culinario como el de esa mujer. Daba igual lo que le pidieras, o a la hora que se lo pidieras, que sacaba dos cazuelas y se ponía a ello como si tuviera ocho brazos. Tiraba la sal al aire y caían filetes empanados… Era algo sobrenatural. Por si fuera poca mi suerte Juana siempre hacía comida para un pelotón. Si querías caracoles los cogía ella misma en el pueblo y te preparaba una deliciosa cacerola de ¡cinco litros! para ti solo… ¿Ensaladilla rusa? ¿Carne con patatas? ¿En dados? ¿Paja? ¿Tiras? ¿Al horno? Uf. Asados, guisados, fritos, cocidos, frescos…  Para mí, que -sin querer ofender- no había vivido jamás con una verdadera ama de casa, más allá de las asistentas o criadas de mi infancia, aquello era el acabose, algo maravilloso que me llegó justo a tiempo, porque a las pocas semanas de volver de Elche encontré un nuevo trabajo, y me fui a vivir por mi cuenta a un piso de la calle Canillas, cerca de Príncipe de Vergara. Una vivienda pequeña, en un edificio de apartamentos tan moderno que en su interior había un pub para uso exclusivo de los vecinos. Recuerdo el precio, 38.000 mil pesetas al mes por un dormitorio, un baño, y un saloncito con cocina americana. Mucho dinero entonces, pero mi nuevo salario no estaba mal. Y yo cocinar, pues no cocinaba nada, más allá del pastel de costo y el cacao con galletas.

[NOTA: Mi madre nunca fue una madre-cocinera, aunque a la fuerza aprendió a preparar platos socorridos, como los macarrones, o el pollo asado. Baste decir que su plato estrella, en los últimos años de su corta vida, en su retiro almeriense, eran las tortillas de “patatas de bolsa” de distintos sabores… Y María José, la siguiente pareja de mi padre, tampoco se prodigaba mucho con las sartenes. Era más de “hazte un sandwich Pipe”].

Mi padre tenía una estupenda relación -creo, aunque nunca se sabe-, con los directivos del diario El País. Desde Juan Cruz a Polanco, pasando por Julio Alonso, Javier Baviano, o el mismo Cebrián. Supongo que sería por mediación de este último por lo que me contrataron como técnico de sonido en uno de los más atractivos proyectos de PRISA: RADIO EL PAÍS.

La emisora, que ocupaba el 105.4 del dial de la FM (Hoy CADENA SER), había nacido un año y medio antes, con un gran despliegue publicitario encabezado por el mismísimo Enrique Tierno Galván. Contaba con un equipo joven y talentoso dirigido por Costa primero, Roldán después, y finalmente José María “Pepo” Baviano.Pajarita_emisora La plantilla con la que me tocó convivir se podía dividir entre periodistas puros (J.M Contreras, Luis Fernández, Pilar Falagán, Ernesto Estévez, Pilar Rodríguez, Jesús Serrada, Javier Pérez, Ricardo Cantalapiedra, Carmen Pérez Tortosa (Tortu), José Ramón Pindado, Pedro Paniagua, Emilio de la Peña, Juan Ramón Lucas, Carlos Llamas, Gema Rodríguez, Denise Cook, Jaime Roza, Montse Fernández Villa, Felipe Pontón…); Periodistas y locutores de programas musicales y de entretenimiento (Moncho Alpuente, Javier Pérez de Albéniz, Andrés Varela, Santiago Alcanda, Máximo Pradera, Almudena Belda, Igor Reyes, Carlos López Tapia, Ana Pécker, Jorge Flo, José Ramón Rubio, Nacho Sáez de Tejada, Marisa Bas, Julia Gil, Kike Tourmix, Luis Mario Quintana, Fernando Martín, Merche Yoyoba, Alfredo Díaz…); Técnicos de sonido y personal de gestión y organización (Alberto Bonilla, Manolo, Jerónimo Florit, José Antonio Guisasola, Juantxo Rollo, Belkis, Pedro Pérez, el gran Aurelio, la chica de la fonoteca…); Amigos, redactores, y colaboradores del periódico y la radio (López Iturriaga, Jorge Luis Ron, Alex Grijelmo, Víctor Mato, Martinez Roig, Yarnoz, Luis Gómez…); Y alguien que como no valía para nada servía para todo (YO). [Iré añadiendo nombres conforme los recuerde, que bastantes me han salido. Más adelante, cuando empezaron las prácticas, José Miguel Contreras trajo grupos de becarios e investigadores entre los que estaban José Luis Corretjé, Piedad Sancristóval (con “V”), o Javier Bonilla]. Una extraña mezcla de gente con talento, gente con apellidos, y gente con problemas.

Supongo yo que en dos frases ya había dejado claro que no tenía ni puñetera idea de cómo funcionaba aquello, así que me asignaron al estudio de grabación, y no al de emisión. Mis compañeros fueron más que generosos, y en poco tiempo me familiaricé con los equipos. La edición con corte, o las mezclas, se me daban bien, y a pesar de mis carencias me hice de querer. Pero no había manera de etiquetarme, y eso era algo vital para los jóvenes -y clasistas- periodistas de Radio El País, que trataban por todos los medios de distanciarse de los técnicos. Ellos eran los culturetas, los que escribían bien, los expertos en política; los de la música eran unos golfos, gente de la noche, modernos y vividores; y los demás éramos una extensión del mobiliario técnico, gente gris que apenas entendía sus sofisticados chistes.  Una vez, uno de los más antipáticos, al escucharme usando una referencia culta cuando hablaba con Aurelio, el conserje, le dijo a otro en tono de burla “No, si al final estos técnicos acabarán leyendo a Proust”. Podía haberle metido un cabezazo ahí mismo, pero me quedé petrificado: Yo no había leído a Proust. Esa noche empecé con “El camino de Swann”, y no me detuve hasta acabar con los siete de “En busca del tiempo perdido”, me sentía dolido en mi orgullo. Por vez primera fui consciente de que era un ignorante, un patético patán, y me puse a leer todo lo que caía en mis manos, que no era poco, porque la biblioteca de mi padre empezaba a tener dimensiones alejandrinas.

Pero no todos los que allí trabajaban eran tan imbéciles. Algunos, como Carlos Llamas, se mostraban siempre cercanos y respetuosos (lamenté mucho su muerte, la verdad). Carlos había llegado de la mano de Contreras, y era un tipo de barrio, periodista, rojo, y del Atleti. No se podía pedir más. A Carmen “La Tortu”  también le tenía aprecio, con ese punto tan maternal, y esa forma tan dulce de resolver los problemas -aunque fueran provocados por el mismísimo Fraga-; Y a Julia Gil, con esas minifaldas hipnóticas…. Por supuesto que con Andrés sintonicé rápido, teníamos muchas cosas en común, y con Albéniz, a quien había conocido en los días de Radio Estudio, y que llegó a la emisora tomándole el pelo a todo el mundo, hasta ganarse el apodo de “guindilla” (También “Cruz Springsteen”, por la obsesión que tenía con el artista americano). Cuarenta personas entre  los 20 y los 35 años de edad, con salarios generosos, entradas para conciertos, pases para baloncesto, y grandes planes para el futuro, y todos compartiendo edificio y ascensores con los respetables peridodistas del diario, y con las distintas personalidades que les visitaban (Jamás olvidaré la postal que me regalaron Jesús Polanco y Quique Tourmix, compartiendo ascensor). En general era un gran lugar para trabajar, aprender, y divertirse.

Mi relación con Celia evolucionaba favorablemente. Salíamos con sus amigas, un grupo de sosas conservadoras que actuaban y vestían como abuelas, y cuya manera de tratar a Celia me desagradaba -siempre con cierto aire de condescendencia-, y con sus amigos, -algo más divertidos, aunque sus “entretenimientos” quedaban muy lejos de los que yo acostumbraba a disfrutar-. Cuando se juntaban ambos sexos aquello era un absoluto “tueste” -con interminables charlas sobre fisiología animal, bioquímica, y demás zarandajas-, pero conseguí integrarme, e incluso hacer amistad con alguno de ellos. Me imagino que la opinión de Celia sobre mis amigos no sería mejor que la mía sobre los suyos.

Sabiendo que eran incompatibles me organicé de modo que no coincidieran. Veía a Celia hasta una hora prudencial, y cuando la dejaba en su casa, o se marchaba a estudiar, quedaba con ellos. A veces venían a mi casa, y se comían los “tuppers” que la señora Juana me preparaba, o directamente coincidíamos en los bares. Habíamos empezado a ir a las terrazas de la Castellana, al “Honky”, al “Dónde vamos”, a “La sal”, “Ricorda”, “Don friolera”. A veces nos emborrachábamos en mi piso, que Celia había mejorado con algunas plantas, pero cuando les pillé meándolas decidí que no vendrían más (Las plantas murieron a las pocas horas).

Con menos de treinta años José Miguel Contreras ya era Subdirector de la emisora. Un tío aplicado, ambicioso, inteligente… Jamás entenderé qué vio en mí. Puede que fuera para acercarse a mi padre, o curiosidad por ver hasta dónde podía llegar alguien como yo, pero me tenía cariño, o eso creo. Yo tardé poco en darme cuenta de que él era la persona a la que seguir de todo aquel elenco, e hice lo posible para caerle bien, incluso memorizarme las plantillas de la NBA, único nexo entre nosotros entonces. Siempre que había algún trabajo desagradable, poco edificante, complicado, o mal remunerado, José Miguel podía contar conmigo (y así hasta hoy), y de un modo o de otro me las apañaba para hacerlo bien. Gracias a los retos que me planteaba José Miguel, fuera consciente o no, empecé a descubrir aquello para lo que servía, lo que hacía bien, y uno de esos valores era que hablaba inglés, y que conocía programas y series americanos y británicos, algo poco común en el Madrid de los años ochenta.

Un buen día me dijeron que había muerto mi abuelo Felipe. Había sido un buen ingeniero, un trabajador incansable que anduvo por medio mundo buscando técnicas para llevar agua dulce a la mayor cantidad de españoles posible (antes y después de la Guerra civil). A pesar de la mala fama de las obras hidráulicas de Franco mi abuelo jamás dudó que lo que él hacía era ayudar, y nosotros tampoco. Canalizó ríos que se desbordaban, construyó embalses, alcantarillas, fuentes… Pequeño, pero con mala leche, murió la noche antes de que le fueran a poner pañales de incontinencia. Por ahí no pasaba su orgullo.

Lentamente un hombre avanza por el pasillo de la residencia de los carmelitas de la calle Ayala, hundido en un abrigo gris que apenas deja asomar unas manos que sostienen un viejo sombrero junto a su pecho. Mi padre le mira y baja la cabeza, emocionado. El hombre pasa entre los grupos, que sueltan tópicos encadenados en tono bajo. El hombre es esquivado por algún niño que corre, ajeno a la tristeza que le rodea, y sigue su camino como un fantasma, como alguien que vive entre dos mundos. Arrastrando los pies llega hasta el cristal tras el que está el féretro de mi abuelo, y apoyándose baja la cabeza. Después murmura algo, y se gira hacia mi afligida abuela. Ella se levanta para recibir su pésame, y al hacerlo se le desbordan los sentimientos de nuevo. Mis tías la sientan. El hombre se dirige de nuevo a la salida del velatorio, pero al ver a mi padre se nos acerca. Le da el pésame y añade emocionado “Ay Felipe, ya soy el último de la orla. Me han dejado solo”. Y sin acelerar el paso vuelve por donde vino, para no volver jamás.

18056239_10211689421285123_7055659992902003105_o

Publicado en audiovisual, comunicación, Entretenimiento, Periodismo, Radio | Etiquetado | Deja un comentario

Tuo Yaw (XXIII)

Nunca he tenido problemas para dormirme dónde, cómo, y cuándo quisiera, de modo que el viaje en autobús, desde Conde de Casal a Elche, lo pasé amedrentando con mis ronquidos a una inocente señora con la que apenas intercambié dos palabras en todo el recorrido: Hola, y adiós. Llegué a Elche por la tarde, un caluroso día de mayo de 1985, y me instalé en una pensión del centro, cerca del cauce del Vinalopó -uno de esos ríos levantinos que pasan de secos a desbordados en cuestión de segundos-.

Me instalé en una vivienda antigua, oscura, con un largo pasillo al que daban los seis dormitorios que una señora mayor, que vivía en un piso contiguo, alquilaba. Mi habitación era interior y bastante cutre, pero limpia. Deshice mi equipaje y salí a dar un paseo por la ciudad para orientarme, localizando lugares que pudieran servirme de referencia o utilidad en el futuro. Después de cenar un bocadillo, en el bar más cercano y barato, me metí en la pensión y me tumbé en la cama, pensando en todo lo que había dejado detrás, especialmente a mi pareja, Celia -que me había prestado un reloj de su padre para que la recordara durante aquellos meses-. Sin una idea clara de lo que me esperaba me puse el auricular -de una moderna radio que “sustraje” a mi padre poco antes-, y escuchando a José María García me dormí.

Al día siguiente me presenté en los estudios de la calle Doctor Caro.  Aunque pequeña y poco conocida, la emisora contaba con una importante audiencia y era líder en el Baix Vinalopó, su rica zona de influencia. Tenía un par de estudios viejos -con mezcladores de rosca y palanca-, varias cabinas de grabación, una redacción con máquinas de escribir, y dos emisoras: Onda media y F.M.  Mi primer destino era la Onda Media, y los programas “Tarde de todos” -un espacio de consejos y confidencias, patrocinado entre otros por la popular funeraria “La siempreviva”, y que presentaba una mujer extraordinariamente agradable y divertida, que hacía las veces de madre de todos los que allí trabajábamos-, y “Camvi de parella”, un programa musical bastante hortera con locuciones pregrabadas en Valencià -que alguna vez tuve que leer yo mismo sin tener ni idea del idioma-. Por la noche sintonizábamos Antena 3 Radio, y dejábamos la emisora conectada a sus contenidos hasta el día siguiente -de un modo absolutamente pirata, sospecho-.

La emisora era propiedad de la familia Garrigós, que supongo que tenía algún contacto en común con mi padre. Todo en Elche era muy familiar y cercano, siempre dominado por cuatro apellidos, entre los que por supuesto destacaba el de Diego Quiles, presidente del Elche Club de Fútbol, entonces en primera división, y propietario también de la marca Kelme.

Por la noche volvía a mi pensión, y saludaba a un grupo de chicas que también se hospedaban allí, y que tenían por costumbre salir todas las noches. Tras varios encuentros acabamos congeniando, y me sentaba con ellas hasta que me entraba el sueño. Trabajaban en la industria del zapato, decían -aunque las malas lenguas de la emisora me dijeron que si las seguía podría ver cómo las recogía una furgoneta para llevarlas a un local de la carretera en donde se hacía de todo, menos zapatos-.

Era una emisora muy activa, en una ciudad que parecía querer comerse a su vecina Alicante, siempre compitiendo por las primeras páginas de los periódicos locales con sus convocatorias, aunque el periódico local fuera el mismo, con matices: el INFORMACIÓN DE ALICANTE, y el INFORMACIÓN DE ELCHE. Unos valenciano-parlantes, los otros castellano-parlantes. Unos con playas, otros con palmeras, unos con el ELCHE C.F y los otros con el HÉRCULES DE ALICANTE. Unos con concursos playeros, los otros con el SUPER RADIO BINGO…

Mi padre venía a verme de vez en cuando, en coche desde Torrevieja, o directamente desde Madrid, quedándose a dormir en el Hotel Huerto del Cura. Una de sus visitas coincidió con un concierto de Alaska en el Hort de Baix, el jardín de palmeras del centro de la ciudad. Fue una gran noche, y por pura vaguería -y hedonismo- acabé durmiendo en el hotel de mi padre -mucho mejor, dónde va a parar-. Gracias a su fama -entonces inmensa, hasta el punto de que me negaba a ir a su lado por la calle porque me abochornaba cuando le pedían autógrafos- conseguí librarme de la Onda Media, pasando a formar parte del equipo de la F.M, mucho más divertido y dinámico, por decirlo de un modo profesional…

Para empezar teníamos una unidad móvil, un “Ford Escort” descapotable, con el que nos desplazábamos a las discotecas de la playa de Santa Pola para dar fe de fiestas y conciertos, entrevistar propietarios, gogós, o guiris, en el programa estrella de la zona: “El troncomóvil”. Por supuesto no tardé en contactar con quien no debía, y ya fuera mescalina, coca, o anfetas, estaba todo el día en el “Maná-maná”, y otras salas, con las manos en alto y cantando aquello de “dale, dale, toma, toma, pilla, pilla: MESCALINA”.

Mis amigos de Madrid aparecieron en cuanto supieron que allí había cachondeo. Llegaron en el 600 amarillo de Enrique, a ritmo de Scritti Politti, después de haberse recorrido todos los garitos que había en la costa valenciana. Ese año Enrique nos trajo una nueva bebida: La horchata con vodka -Carlos, que era de Alboraya, ponía la horchata, y Enrique, que no era ruso pero lo parecía, el vodka-. La moda no tardó en extenderse (tan rápido como la de aquellos pantalones de pinzas y cuadros escoceses, o las chaquetas de lino que había puesto de moda Don Johnson… Un espanto). No sé cómo, pero ligábamos, y no solo eso: conseguíamos meternos todos en el 600 para buscar playas apartadas en donde rematar la noche.

Los habitantes de la ciudad de Elche llegaban al mayor grado de paroxismo que he conocido con las fiestas de agosto -no podía ser de otro modo-. Brutal. Empezaban con los “pobladores”, compitiendo por comerse un animal completo -al estilo medieval- en menos tiempo que el año anterior. Después venía la vigilia de los devotos, que daban vueltas a la Basílica de Santa María con cirios hasta resbalar debido a la cera acumulada sobre la acera. Luego la Nit del Albá, una exhibición de fuegos artificiales descomunal, sin sentido, inolvidable. Tan desproporcionado que ilumina el mar, a kilómetros de distancia, y que termina con una batalla campal de “correpiés” (carretillas), y otros petardos que aquel año en el que estuve dejó más de cien heridos. Y por último el espectáculo del “Misteri”, el drama sacro-lyrico-medieval -patrimonio de la humanidad- en el que unos niños con pelucas rubias cantan a la “asunción, dormición, y coronación” de la Virgen María (Uf), bajando desde la bóveda de la iglesia, mientras una masa compacta y sudorosa de seres humanos entra en trance escuchando sus trinos. El “acabose”.

Aprender, lo que se dice aprender, aprendí poco, pero fueron unos meses estupendos. Llegando el otoño regresé a Madrid. Mi padre me había conseguido un trabajo mejor que aquel. Legal, bien pagado, y en una gran empresa: El País.

Publicado en audiovisual, Biografía, comunicación, Periodismo, Sin categoría | Etiquetado , , , , | Deja un comentario

Quien tiene un guionista, tiene una serie

Desde los setenta, pasando por los ochenta y hasta bien entrados los noventa, la mayoría de las series de nuestro país fueron escritas con/por equipos mínimos de guión -en ocasiones un solo autor-, y muchas veces por adelantado, comenzando las grabaciones (o rodajes en algunas casos) con un bloque completo ya dialogado y encuadernado. Luego, con la explosión audiovisual de mediados de los noventa, vino la “revolución industrial del contenido”, en la que participé activamente y de la que no me arrepiento (cada cosa tiene su tiempo). La avidez del mercado (y de los mercaderes) nos llevó a perfeccionar los procesos para alimentar a la voraz maquinaria de producción del país, que arrancaba a tirones, y se crearon grupos de guión numerosos, especializados y con sueldo fijo (que asalariados suena fatal). Aparecieron gestores de todos los colores, encargados de marketing y prensa, de ventas, de contenidos, de expansión, de recursos humanos… Esas estructuras empresariales distanciaron a los que generan las historias de los que las compran, y a los que las compran de los espectadores, pero con la extensión del uso de internet para bajarse, ver, y hablar de ficción, y la llegada de nuevos aires en los contenidos (2006-2007), se dinamitaron las fronteras que los pesados organigramas habían creado. Con todos teniendo información sobre todos, y acceso a todos los contenidos del planeta, quedaron al descubierto tejidos (por no decir cortinas) industriales innecesarios, prescindibles. Y el que paga, de pronto, se dio cuenta de que podía hablar con los que generaban los contenidos y así trasladarle/s directamente sus miedos, dudas, o correcciones (y no dejarlo en manos de intermediarios, que puedan perder o deformar sus indicaciones para mayor gloria suya, y menosprecio de los verdaderos creadores de las historias -que pocas veces se significan-). Por suerte hoy son varias las cadenas que tienen claro esto, y solicitan conocernos, hablar con nosotros -con los que somos profesionales del ramo de “generar historias”, de “dar sentido a lo que parece no tenerlo”, de “discutir por una frase hasta perder la amistad -y las formas-“, y no solo con los jefes, dueños, amos, y demás expertos en hablar bien de sí mismos, y mal de los demás-, antes de invertir su dinero. Cada vez son más los que quieren saber quién llevará la serie día a día, línea a línea, minuto a minuto, y no perderse en generalidades ni traducciones interesadas. Las ideas están bien, el piloto está bien, pero ¿Quién estará llevando las riendas en el capítulo VI? Por suerte parece lejana ya aquella idea de que “la serie va sobre ruedas, sola…”. Es cierto que la presión de las cadenas y sus correcciones es una jodienda, pero son los que ponen la pasta ¿no? Cada figura de la industria tiene su utilidad, incluso los que se pasean por Cannes con cara de cargar sobre sus espaldas el planeta, aunque lo único que tengan entre manos sea una cartera vacía (o llena de revistas, flyers, dípticos, trípticos…) y el deseo de que alguien importante les invite a una bullabesa. La nuestra es contar historias, y si alguien va a comprar una historia ¿por qué no escucharla por boca de quien la hace? Cada vez se entiende menos, por suerte.

Publicado en Sin categoría | Deja un comentario

Galva (un periodista especial cualquiera)

Mi padre no me perdonaría en seis vidas, con sus respectivas muertes, sin no menciono en estas memorias a su gran amigo el periodista Galvarino Plaza, o el “indio Galvarino” (emulando al héroe mapuche de “La Araucana”), como le llamaba en las largas sobremesas que compartían junto a otros periodistas y escritores de mitad de los años 80. Moreno, de pelo negro azabache, y ancho de hombros. Bromista y cariñoso con los niños. Había practicado lucha libre en su juventud chilena, país de donde salió escapando de la dictadura para instalarse en España. Escritor, pintor, y periodista, autor de una biografía de Víctor Jara, y de varios libros de poemas que redactaba -o componía- haciendo que los espacios entre las palabras formasen un dibujo. Montó una modesta agencia de información, “Recall press” creo que se llamaba, instalándose en lo alto del edificio del Hotel Princesa, en una habitación/despacho a donde me llevó mi padre alguna vez, y en la que trabajaba como asistente -como me ha recordado ahora mismo- mi hermana mayor, Mari Carmen.

En aquel tiempo Galva, que siempre estaba apurado de dinero, compartía su vida con una mujer alemana (la segunda pareja teutona que le conocí), igualmente cariñosa pero sumamente silenciosa, que vivía cerca de la plaza de Conde de Casal, en un pequeño piso decorado como si estuviera en la mismísima ciudad de Munich.

Cuando Galvarino venía de visita a nuestra casa acababa cantando, animado por el alcohol, y compitiendo en anécdotas con mi padre -era un combate igualado, especialmente cuando Galva hablaba de su familia, a la que dejó atrás con gran dolor, o de cómo tuvo que enterrar el coche, un cochazo que se había traído desde sudamérica, en Cuenca porque no tenía dinero para mantenerlo, y no quería ni venderlo, ni que se lo embargasen-. De pronto empujaba los sofás y la mesa, aclarando el salón, y me decía “ven Pipe, que te voy a enseñar lucha libre”. En calzoncillos, y con mi padre de árbitro, nos enzarzábamos en medio de la casa, con las ventanas abiertas. Galva decía “Pucha, nos están mirando los “guevones” de vuestros vecinos, seguro que piensan que somos maricones”, y posaba para satisfacer la curiosidad de los mirones…

Un buen día nos enteramos que tenía cáncer de garganta. Le operaron y le sacaron “un tumor del tamaño de una pelota de tenis, la concha de su madre”. Dijo que estaba recuperado, pero mintió. Galvarino Plaza murió el 28 de octubre de 1985. Esto es lo que publicó El país: “Galvarino Plaza, artista chileno de 55 años, falleció ayer en Madrid. Residía en España desde hace 10 años, y a lo largo de este tiempo desarrolló una dilatada labor en diversos campos de la cultura y el periodismo. Entre otros libros, es autor de una biografía de su compatriota el cantante Víctor Jara y de varios volúmenes de poemas. Además fue pintor, dibujante que ilustró sus propios textos y periodista. El entierro tendrá lugar esta tarde en el cementerio madrileño de la Almudena y partirá del servicio central funerario en su nueva sede de la M-30”. Jamás le olvidaremos.

(Añadido a Tuo Yaw hoy)

Publicado en audiovisual, comunicación, Literatura, Periodismo | Etiquetado , , | Deja un comentario

El contubernio de Madrid

Si uno ha pasado su vida en un segundo plano -cuando no en un tercero, o un cuarto, como yo-, es fácil adaptarse a los cambios, pero qué difícil es pasar a un segundo plano para los que han vivido décadas en las gloriosas cumbres de la fama y ya peinan canas. Sino que se lo digan a los cuatro del “Contubernio de Madrid” (En favor de Susana Díaz): González, Rubalcaba, Zapatero, y Guerra. Estoy leyendo un libro, recomendado por mi amigo Eduardo Ladrón de Guevara, que se llama “El cura y los mandarines” de Gregorio Morán, que me remite a otro, “La cartuja de Parma” de Stendhal, para encontrar una referencia que ilustre el cambio de generación que relevó a los protagonistas del “contubernio de Munich” con la siguiente generación de pensadores políticos de la izquierda, en 1962 -nunca es fácil dar un paso a un lado, y a veces se confunden las canas con la sabiduría, aunque Séneca ya dijo aquello de “tener canas no significa haber vivido más, sino haber durado más”-. Pues bien, robando la referencia a Stendhal, y por extensión a Morán, una gran parte del PSOE está como Fabrizio del Dongo en “La Cartuja de Parma”: “Postrados bajo las patas de los caballos sin ser conscientes de que por encima de ellos pasaba la historia”. Se jalean los unos a los otros con ese lenguaje mitinero tan detestable, obsoleto, y desafortunado, sin ofrecer nada nuevo. Después salen animándose, dándose palmadas en la espalda rumbo a los estupendos restaurantes de siempre, si es que sus próstatas lo permiten, pero no ven que a muchos de los que nos llamamos “socialistas” no nos importan un bledo. No sé lo que haré en las siguiente elecciones que tengamos que sufrir, pero sí lo que no haré…

Publicado en Sin categoría | Deja un comentario

Tuo Yaw (XXII)

Esta parte puede resultar aburrida, y triste. Pero así es, o así fue.

Tras mi paso por la Armada mi vida entró en un bucle: Intentos de enderezarme, seguidos de fracasos estrepitosos debidos a mi poco seso. En los 80 Madrid se inundó de bares. Lamento el chaparrón de nombres de pubs y discotecas que viene a continuación, pero mencionarlos es de justicia porque apenas sobreviven tres o cuatro, y pronto habrán desaparecido de nuestras memorias -muchos los he olvidado ya-.

La oscura ciudad setentera cambió por completo en un lustro. Era como el encendido del alumbrado de la Feria de abril de Sevilla, y no sólo para los afortunados: En poco tiempo esa luz llegó hasta el último rincón de la ciudad. En cuanto al uso y abuso de las drogas, muchos de los que vivimos aquellos días pensamos que a nadie le importaba, ni les importábamos. Se fue legislando conforme nosotros probábamos los distintos estupefacientes, que siempre entraban a través de las clases más altas, para acabar castigando a los menos afortunados. En cierto sentido fuimos cobayas, y ese atontamiento general hacía felices a las autoridades, que tenían a toda una generación controlada sin esfuerzo.

Como es natural, dado el deterioro de nuestras almas y el desorden de nuestros cerebros, nos metíamos en peleas con frecuencia. No éramos especialmente pendencieros, pero sí guasones, y eso era algo que muchos no llevaban bien. Aún hoy me gusta recordar las tanganas que tuvieron algo de gracia, como cuando a “El Lupas”, discutiendo con el portero de un garito de la calle Barquillo, se le ocurrió sacar de su bolsillo un artilugio de broma que tenía un guante de boxeo en su extremo, golpeando al gorila en la nariz, lo que provocó un violento contrataque en el que nos llevamos la peor parte; o aquella vez, en la calle Santa Teresa, que tras habernos emborrachado en el cercano “Kwai” de Constante (con sus “cacharritos del ala” y las “pechuguitas de Villaroi”: combinados hechos con 3/4 partes de ron J.B -Julio Borrajo-, y 1/4 de refresco), intentamos entrar de malos modos en un garito cercano, y nos cascaron también. Tuvimos muchos “altercados” en la zona de Covarrubias, tanto en el “Menage a trois” como en el “Pub Dylan”, en donde recuerdo un intento de atraco en el que pincharon a un camarero amigo nuestro -Poco antes de que se inaugurase nuestro querido “Honky Tonk”-. Y como muestra de nuestra chaladura en varias ocasiones llegamos a pegarnos entre nosotros, como cuando, bajando por Goya camino de la gasolinera, y tras habernos quedado tirados con el coche de mi padre, golpeé con un bidón en la cara a mi amigo Carlos -con violencia y sin motivo- y nos enzarzamos a golpes, para acabar, poco después de que nos separasen, en Pick Up (Zopo), en donde por inercia nos metimos en una pelea que nada tenía que ver con nosotros, de la que salí con unas pocas magulladuras, pero sin haber perdido la copa -que era lo importante-. Rara era la noche en la que no terminábamos corriendo.

Tras años llevando coches y motos sin permiso, y animado por mi padre, decidí sacarme el carnet de conducir (legalmente, no como algunos amigos míos que pagaban para que otros se presentasen por ellos). El teórico lo aprobé de pura suerte, pero después de un intento fallido de aprobar el práctico en Las Rozas decidimos no perder tiempo, ni dinero, y me apunté a una autoescuela de Torrevieja, pensando que allí sería más sencillo. Efectivamente. El examen lo hice cerca de Orihuela. El examinador se sentó, y tras unos segundos de suspense, y mientras yo intentaba frenar el tamborileo del “pie de embrague”, me miró y dijo ser admirador de mi padre, de modo que me dio el aprobado sin hacerme prueba alguna, y me dijo que le llevase, con el mismo coche con el que me estaba examinando, a la oficina de Tráfico de Alicante. Me detuve frente al edificio, pensando que tendría que aparcar legalmente, y me dijo que no hacía falta. Miré al profesor que me acompañaba y éste se encogió de hombros, así que me detuve en segunda fila y el tipo se bajó, y tras entregarme una tarjeta me pidió que le consiguiera un autógrafo de mi padre y se lo enviara. Yo ya tenía el carnet de modo que… Jamás lo hice.

Mi padre intentaba acercarse a mi por todas las vías posibles, supongo yo que dirigido por María José, que estaba perdiendo la paciencia conmigo. De ese modo fuimos juntos a varios conciertos, como los de Jarreau y Benson, y tan pronto me conseguía entradas para festivales de rock, como me regalaba ediciones especiales de cómics de Marvel. Pero no había manera de enderezar mi rumbo. Seguía robando dinero a diestro y siniestro, y cuando me quedaba a cargo de los pequeños era incapaz de atenderles, y acababan llorando, y quejándose de mi (especialmente mi hermana Laura, que tenía una extraordinaria tendencia a exagerar y mentir desde pequeña, hasta el punto de arrancarse a llorar cuando llegaban sus padres, para decirles después que yo la había pegado, cuando no era cierto… pero claro, quién iba a creerme). Y si estaba solo en casa no tardaba en convocar a los amigos, montando fiestas que acababan con la policía municipal llamando al telefonillo y mi padre regañándome después.

Apenas mantenía contacto con mi madre y mis hermanas, hasta que un buen día apareció por casa mi hermana Carlota, que había escapado de Villalba porque el segundo marido de mi madre, Pedro, le había pegado -creo recordar que llegó con señales evidentes-. Mi padre se encendió, y cogió el coche, dispuesto a matarle, pero alguien llamó a la Guardia Civil de Villalba, y estos le detuvieron en la autovía antes de que llegase a Villalba.

Como es natural no tenía éxito alguno con las mujeres, ni tampoco lo buscaba. A pesar de los años seguía enamorado de Victoria, al menos en sentido platónico. No podía quitármela de la cabeza. Hasta que un día, desconozco cómo fue, me puse en contacto con ella y quedamos en “If”, un local de María de Molina. Habían pasado muchos años, pero me emocioné al verla. Seguía igual de encantadora, si no más. Casi de inmediato me di cuenta de que no tenía ninguna posibilidad: Ella estaba terminando sus estudios, y yo ni los había empezado. Tenía un buen coche y un nivel de vida por encima del mío. Físicamente yo parecía lo que era, un pandillero sin futuro, y ella, impecablemente vestida, parecía venir de un planeta distinto al mío. Era una mujer, y yo un niño. Lo asumí, y le hice la cita lo más breve posible. Sospecho que algo cambió en mi interior con aquel desencuentro.

Y conocimos a Enrique.. Enrique era un tipo extraño, mitad español, mitad venezolano. Pijo, chistoso, con muy buen gusto y un buen número de amigas. Vivía junto al colegio Agustiniano, muy cerca de mi casa, y tenía coche, un seiscientos “amarillo huevo” que sería nuestro transporte hasta que se hizo con un moderno Ford Escort. Le gustaban el soul y el funk, y tenía una casa de fin de semana en El Gasco (Torrelodones). Enrique organizaba grandes fiestas. Era un bailón y un ligón. Recuerdo que en uno de aquellos saraos, estando yo en el dormitorio con una de sus amigas, salí para ir a por algo de beber, y cuando regresé estaba enrollada con Enrique, que había aprovechado mi despiste. De vez en cuando hacíamos fiestas en su casa de Torrelodones. En verano barbacoas, en invierno fiestas con baile en su gigantesco salón. Un año, confiando en la fama de Enrique, organizamos una fiesta de Fin de Año por todo lo alto. Habíamos invitado a cincuenta chicas, y comprado botellas, drogas, y aperitivos para doce horas de desenfreno. Estuvimos esperando, mirando el reloj, pero nadie apareció. Fue un fracaso absoluto, de manera que nos comimos las uvas, nos emborrachamos como siempre, y acabamos tirándonos vestidos a la sucia y helada piscina. Fue una gran fiesta.

Salíamos mucho por la sierra. Al principio por Torrelodones, especialmente a la discoteca del club -“La Cage” creo que se llamaba-. Enrique intentaba dirigirnos hacia una vida más pija, pero en cuanto nos tomábamos dos copas volvíamos al vandalismo. Jugábamos a robar copas a los demás, o a romper vasos sin que nos vieran, dejando el suelo lleno de cristales. Al final llegaban las peleas, y todavía recuerdo a Carlos (M), taburete en mano, golpeando a los vigilantes de la puerta del club, que en vano trataban de subir las escaleras para alcanzarnos. Otras veces salíamos de Madrid, hasta Cercedilla, y allí, en El Chivo Loco, empezábamos a beber. Después volvíamos hacia Madrid, parando en todos los pubs que podíamos.

A veces nos deteníamos en Villalba, porque uno de los amigos de Enrique, hijo de unos conocidos de mis padres, había montado un bar de copas en lo que antiguamente era el bar Cantos Altos (“Testa”). O bajábamos hasta “Oh!” o el “Four Roses”, pero siempre visitando ese horrendo bar de carretera de Las Matas, en donde nos comíamos un bocadillo de chorizo frito. La comida empezó a acompañar nuestras salidas: Las chuletas Oh! Madrid, el bar de los basureros, el de los taxistas, el de Cardenal Cisneros, o el Foxtrot, en donde acabábamos comiendo albóndigas y latas de fabada al amanecer, después de haber salido de “Rajajá”, o volviendo de alguno de los pubs de Malasaña o San Mateo.

Cambiábamos de zona cada mes. Tan pronto estábamos en “El Escenario”, o “Taste” y otros pubs de Ortega y Gasset, como en el “Sky garden”. Nos encantaba el “Sky”. Ocupaba el último piso del “Edificio España”, y junto a “La Fiesta” (en el Manzanares), era el lugar perfecto en las tórridas noches veraniegas de la ciudad. El “Sky” tenía piscina, y resultaba hipnótico tirarse a ella, de noche, con la mirada puesta en el horizonte de la ciudad, como si te estuvieras lanzando al vacío. Un buen día nos comimos un “micropunto” (LSD), y subimos. Paranoico perdido pensé que el viento me iba a llevar hacia el vacío, y caminaba a cuatro patas, o sujetándome a mesas y personas. Finalmente alguien tuvo la feliz idea de cambiarme un billete de dos mil en monedas de 25 pesetas, y así, con los bolsillos llenos, me sentí mucho más seguro. Otra droga vino a sumarse a nuestro botiquín habitual, la mescalina. De “mescalina” íbamos por todas partes, desde La Barraca, en Valencia, hasta el nuevo Keeper de Juan Bravo.

María José tocó fondo. Harta de que robase en casa, de cinco mil en cinco mil pesetas, me puso una trampa para dejarme en evidencia ante mi padre, y piqué -a sabiendas de que picaba-. A los pocos días recogía mis cosas para entrar en una pensión de Doctor Esquerdo, junto al callejón de Los Peñascales. Compartía habitación con un tipo preocupante, que guardaba un cuchillo debajo del colchón. Una semana después me cambié a otro hostal cercano, en la calle Fuente del Berro, frente al Palacio de los Deportes y sobre el cine porno. Con mis amigos estudiando, y fuera del barrio, no tenía nada que hacer, salvo ver películas porno como “Seis suecas en una gasolinera”. Mi padre seguía dándome dinero, además de pagar mi pensión, y de vez en cuando me caían algunas entradas.

De ese modo me hice con entradas para una de las primeras ediciones del Festival de jazz de Madrid. Aburrido, como el de de Kaka de Luxe “soy un tío aburrido y me voy a suicidar”, me sentaba a disfrutar de la música, desde Tete Montoliu, a Lee Konitz, pasando por McCoy Tyner, o las primeras fusiones de flamenco y jazz. Tras unos meses mi padre me cambió de nuevo de pensión, esta vez me mandó a una que se encontraba en la calle Príncipe de Vergara, en una vieja casa cuyo perfil es de sobra conocido.

Era un edificio en ruinas, oscuro (no como ahora), con aires vampíricos, y la fonda ocupaba el último piso. Mi habitación daba a una balconada que ocupaba todo el lateral del edificio. Tenía el techo alto, pero lleno de humedades, un armario, y una mesa de lectura. Todo estaba desconchado, hasta yo. Un largo y oscuro pasillo recorría la enorme vivienda, y al fondo, bajo el torreón, estaba la sala de estar de las propietarias: Dos mujeres de más de 80 años, que siempre estaban mirando el televisor en penumbra, cubiertas con pesadas mantas. Yo estaba acojonado, hasta que apareció una chica, la encargada de cuidarlas, y de mantener la pensión. Era un encanto. A los pocos días nos habíamos hecho amigos, y en un par de semanas nos enrollamos. Ella nunca quiso ser mi pareja, ni mucho menos, pero se sentía atraída por lo único de la casa que no olía a alcanfor.

Cuando me estaba acostumbrando a esa vida me cambiaron de nuevo. Recogí mis miserables pertenencias y me trasladé al Colegio Mayor Hispanoamericano Nuestra señora de Guadalupe, en la Avenida de Séneca de la Ciudad Universitaria. Sonaba raro, pero debía tratarse de algún chanchullo de mi padre. Ocuparía la habitación 143, que daba justo a la pista de tenis, y el complejo deportivo del SEU. Tardé poco en hacerme con el lugar, y menos aún en apuntarme a todo el ocio universitario posible, participando en crueles novatadas, asaltos a colegios mayores femeninos, y fiestas en los bares de la zona (y en la Casa do Brasil). Pero había una diferencia entre mis compañeros -arquitectos como Ronaldo Pol, a quien acompañaba para tomar medidas de los monumentos de la ciudad que debía trasladar a sus dibujos técnicos- y yo: Ellos estudiaban una carrera -cuando no varias-, eran útiles, aplicados, y yo… yo no sabía lo que era.

Llegaba el verano, se marchaban los estudiantes, y mi padre me dio una segunda oportunidad. Regresé a su casa. Nada había cambiado en el barrio, ni en mi, pero en una de las salidas con mis viejos amigos conocimos a un grupo de chicas. Estábamos en “If”, y tras el típico encuentro entre grupos les dijimos que se vinieran con nosotros a Pick-up. Aprovechando que el camarero se despistaba cogí una botella de ron de la barra y nos marchamos. Estuvimos bebiendo y divirtiéndonos, y yo me acerqué a una de ellas, que me miraba mucho entre risas y cuchicheos. Ese día empezamos una relación que duraría 15 años, se llamaba Celia. Durante los siguientes meses nos veíamos a diario, enrollándonos donde podíamos. Estaba estudiando biología en el CEU, era risueña, divertida, y sus amigas un verdadero coñazo. Feliz por tener por fin algo estable en mi vida no dejaba de hablar de ella y sus virtudes, de modo que mis amigos, crueles -como debe ser-, comenzaron a llamarla así, “La virtudes”. ¡Qué cabrones!

Pero mi padre tenía planes para mí. Había conseguido que me contratasen en Radio Elche, en Alicante. De modo que muy a mi pesar me trasladé allí.

Publicado en Sin categoría | 1 Comentario

Tuo Yaw (XXI)

Ese invierno mi padre lo intentó todo menos asesinarme (que yo sepa), llevándome de una emisora a otra como técnico de sonido en prácticas, y pidiendo favores a amigos y conocidos para que me diesen una oportunidad, mientras financiaba mi ociosa y costosa vida. No sabía qué hacer, y yo no ponía de mi parte.

FB_IMG_1490698028205Gracias a Jordi García Candau, y Ernesto Pérez de Lama, entré a trabajar en Radio Cadena Española, en el antiguo edificio del diario Pueblo -aquel por el que correteaba de niño-, y durante un tiempo parecía haber encontrado un lugar en donde madurar. Recuerdo aquellos viejos estudios de Radio Centro -entonces ya desaparecida-, y a un jovencísimo Antonio San José empezando su exitosa carrera como periodista. En la onda media -un cementerio de elefantes- mandaba desde su púlpito matinal un tipo que me desagradaba bastante, el entonces famoso Ricardo Fernández Deu, y como gran aliada y jefa mía tenía a una mujer, una técnico de sonido amabilísima, que hacía punto mientras trabajaba.

Estaba plenamente integrado (integrarme en cualquier parte ha sido siempre uno de mis pocos talentos), y compartía desayunos con el resto del equipo en el bar que había junto a la comisaría de la calle Huertas, y cañas en la tasca “El diario”, o “la Dolores”. Alguna noche incluso me acerqué a tomar algo al pub “Reporter”, lugar de encuentro de grandes personajes del periodismo de entonces, decorado con unas maravillosas máquinas antiguas de escribir. Mi padre debió pensar que por fin acababa su calvario, de modo que, habiéndose enterado de que se convocaban oposiciones para entrar a formar parte de la plantilla de la emisora, me animó a presentarme. El destino por el que iba a competir era Alcañiz, en Teruel, y mi falta de conocimientos no sería un problema, porque un amigo suyo nos daría las preguntas del examen para que me las preparase.

15895118_10210780161594199_9119133281631256297_n

Frame de “Cuéntame” con mi padre, y mi jersey.

Así hicimos. Me leí un par de libros con nociones básicas de sonido, y me aprendí de memoria todas las preguntas del test, junto a sus respuestas, y ni una línea más, dejando mi futuro en manos de un fraude. El examen fue en el mismo edificio. Yo me senté en mi mesa, di la vuelta a los folios con las preguntas y… ¡Ni una! ¡Era otro examen!, totalmente distinto, NADA de NADA. Lo leí varias veces por si estaba equivocado, pero no. Me vine abajo. Perdí el tiempo observando a los demás para evitar el bochorno de salir corriendo, hasta que cansado me levanté, entregué las hojas en blanco, y salí por la puerta.

Pasé por varias emisoras más, siempre siguiendo la estela de mi padre, que había abandonado TVE por diferencias irreconciliables con la dirección (al menos eso es lo que contaba). Lo cierto es que su vida no era menos caótica que la mía, pero gozaba de una fama considerable, y yo solo intentaba destacar como imbécil con una adolescencia inusitadamente prolongada. Tras pasar por la Agencia EFE, como jefe de cultura, mi padre, de la mano de su amigo Leguina, se embarcó en el germen de lo que luego sería TELEMADRID, un proyecto que según recuerdo lideraba Martín Maqueda. En aquellos días se había decidido el himno y la bandera de la recientemente constituida comunidad autónoma, efemérides ambas que pude seguir de cerca porque mi padre decidió incluirme entre los becarios de la futura televisión autonómica, bajo la tutela de Manolo Cerezo. Recuerdo perfectamente aquellas oficinas de la calle Miguel Ángel, en donde ahora se ubica la Dirección General de la Policía. Ocupábamos un semisótano, que daba al luminoso patio interior. A falta de actividad “televisiva” mis superiores me incluyeron en otro de sus proyectos, Onda Madrid, pero ante mi contrastada ineptitud decidieron enviarme durante unos meses a Radio 80, por ver si aprendía algo (tiempo perdido).

Eran días de grandes fiestas en pisos, de carreras de coches, de perder la memoria y amanecer misteriosamente en cualquier cama, en un coche, en mitad del campo… Habíamos dejado los bares tradicionales y los parques, para empezar las fiestas en pubs más sofisticados y modernos. Nos subíamos al piso alto del Dalt Vila, en General Oraa, con nuestras bolsas de pegamento, y pasábamos la tarde muertos de risa, sin saber qué nos parecía tan gracioso. Después nos desplazábamos hasta el pub Graffiti, en la calle Robledillo, y de ahí bajábamos, tirando los cubos de basura, hasta la Castellana, dejando un reguero de sinapsis a nuestro paso. Cuando teníamos dinero -y ganas- nos acercábamos a Joy, a Pachá, o a cualquiera de las grandes discotecas que se fueron abriendo entonces. Y para cerrar nuestras duras jornadas de autodestrucción nos juntábamos con otras cien alimañas enfarlopadas en el “Desert sound” o el “Models”, jugando al futbolín hasta el mediodía del día siguiente. Los fines de semana subíamos en un Ford Capri 2.8 hasta el pueblo de Navacerrada, con un nuevo grupo de amigos, uno de los cuales tenía una gigantesca “Honda”, con una columna de amplificadores y baffles sobre su rueda trasera, que cuando se encendía, en la casa que tenían a la orilla del embalse, la música se escuchaba en la misma plaza del pueblo. En una ocasión, y gracias a la amistad que mi amigo Carlos tenía con el mismísimo Julio Ayesa -gran relaciones públicas de la jet-set de aquellos años- nos invitaron a una fiesta en “su” piso de la calle Orense. Entramos en formación romana, intimidados por tanto lujo y elegancia, pero salimos en modo estampida gala, tras hacernos con varias botellas de licor, parte de la vajilla, algunos adornos, y una mini grabadora, que durante unas semanas nos acompañó en nuestras salidas, registrando las estupideces que soltábamos para escucharlas más tarde. Otras veces acabábamos paseando por la calle Sirio con una cabeza de Jabalí, o lanzando sandías desde el piso 14 de una de las torres para verlas estallando sobre el asfalto. Y si conseguíamos las llaves de alguna de las lujosas casas que el hermano de Carlos vendía en Arturo Soria, cogiéndolas de su oficina, las utilizábamos como “picaderos”, a donde llevábamos mediante engaño a nuestras conquistas nocturnas -eso acabo violentamente, cuando el hermano mayor de Carlos se enteró-. Podría seguir así durante horas, pero pensando en lo que me queda por contar prefiero seguir avanzando.

[La muerte no nos era ajena. EL goteo de fallecidos por droga, o accidentes, se alimentaba con nuestra generación, llevándose aquel año a varios amigos. Yo guardo especial recuerdo de uno, Eduardo L.d.H, que se quedó junto a sus primos en una carretera de Galapagar, dos años después de que su hermana, la guapísima María, muriera por culpa de la leucemia].

Mi padre no me perdonaría en seis vidas, con sus respectivas muertes, sin no menciono en estas memorias a su gran amigo el periodista Galvarino Plaza, o el “indio Galvarino” (emulando al héroe mapuche de “La Araucana”), como le llamaba en las largas sobremesas que compartían, junto a otros periodistas y escritores de mitad de los años 80. Moreno, de pelo negro azabache, y ancho de hombros. Bromista y cariñoso con los niños. Había practicado lucha libre en su juventud chilena, país de donde salió escapando de la dictadura para instalarse en España. Escritor, pintor, y periodista, autor de una biografía de Víctor Jara, y de varios libros de poemas que redactaba haciendo que los espacios entre las palabras formasen un dibujo. Montó una modesta agencia de información, “Recall press” creo que se llamaba, instalándose en lo alto del edificio del Hotel Princesa, en una habitación/despacho a donde me llevó mi padre alguna vez, y en la que trabajaba como asistente -como me ha recordado ahora mismo- mi hermana mayor, Mari Carmen.

En aquel tiempo Galva, que siempre estaba apurado de dinero, compartía su vida con una mujer alemana (la segunda pareja teutona que le conocí), igualmente cariñosa pero sumamente silenciosa, que vivía cerca de la plaza de Conde de Casal, en un pequeño piso decorado como si estuviera en la mismísima ciudad de Munich.

Cuando Galvarino venía de visita a nuestra casa acababa cantando, animado por el alcohol, y compitiendo en anécdotas con mi padre -era un combate igualado, especialmente cuando Galva hablaba de su familia, a la que dejó atrás con gran dolor, o de cómo tuvo que enterrar el coche, un cochazo que se había traído desde sudamérica, en Cuenca porque no tenía dinero para mantenerlo, y no quería ni venderlo, ni que se lo embargasen-. De pronto empujaba los sofás y la mesa, aclarando el salón, y me decía “ven Pipe, que te voy a enseñar lucha libre”. En calzoncillos, y con mi padre de árbitro, nos enzarzábamos en medio de la casa, con las ventanas abiertas. Galva decía “Pucha, nos están mirando los “guevones” de vuestros vecinos, seguro que piensan que somos maricones”, y posaba para satisfacer la curiosidad de los mirones…

Un buen día nos enteramos que tenía cáncer de garganta. Le operaron y le sacaron “un tumor del tamaño de una pelota de tenis, la concha de su madre”. Dijo que estaba recuperado, pero mintió. Galvarino Plaza murió el 28 de octubre de 1985. Esto es lo que publicó El país: “Galvarino Plaza, artista chileno de 55 años, falleció ayer en Madrid. Residía en España desde hace 10 años, y a lo largo de este tiempo desarrolló una dilatada labor en diversos campos de la cultura y el periodismo. Entre otros libros, es autor de una biografía de su compatriota el cantante Víctor Jara y de varios volúmenes de poemas. Además fue pintor, dibujante que ilustró sus propios textos y periodista. El entierro tendrá lugar esta tarde en el cementerio madrileño de la Almudena y partirá del servicio central funerario en su nueva sede de la M-30”. Jamás le olvidaremos.

Sin darnos cuenta llegó un nuevo verano. Mi amigo Javier R, vecino de Madrid, también veraneaba en Torrevieja e hicimos buenas migas. Javier tenía una gran afición por los porros, y un Opel Corsa plateado con el que bajábamos hasta Torrevieja los fines de semana, desde un pub en donde quedábamos a menudo, el Keeper de la calle Alcántara (antes de que se abriera el de Juan Bravo). Era un tipo educado, sumamente pelota con los adultos y siempre bien vestido. Para que nos dejaran las llaves de Torrevieja venía a buscarme con una rosa -para María José-, y un mechero, o tabaco -para mi padre-. Era un profesional. Luego se subía al coche, se encendía un canuto, y otro, y otro, a ciento cincuenta kilómetros por hora, en aquel cochecillo, hasta llegar a la playa. Habían abierto un Pachá y un Keeper en Torrevieja, y nos conocían lo suficiente para no tener que pagar, y en el caso de que tuviéramos problemas contábamos con la ayuda del hermano mayor de Javi, Alejandro, que ya era un exitoso empresario encargado de sacar adelante el negocio de óptica familiar. A veces llegábamos tan fumados que no podíamos bajarnos del coche, y simplemente dejábamos que se deslizara cuesta abajo hasta acercarnos a la playa.

Un fin de semana largo, de aquellos meses de verano, nos quedamos en mi casa para dedicarnos a fumar hasta que se nos dieran la vuelta los ojos. Nos tumbamos en la terraza de atrás, mirando las estrellas y escuchando música, confiados en que María José y mi padre no aparecerían hasta el día siguiente. Debía estar yo cerca de Saturno cuando escuché unos golpes. Era Javi, que se movía de un modo extraño. Con risa floja le pregunté, pero no respondía, y sus convulsiones iban en aumento. Javi estaba sufriendo un ataque de epilepsia. Algo sabía de aquello, pero nunca le había pasado conmigo de modo que reaccioné como pude, agitándole mientras se ahogaba. Una parte de mi perturbado cerebro pensó en aquello de clavarle la lengua a la barbilla con una aguja, pero no me veía con fuerzas de modo que me metí en la cocina, cogí una olla express, y la llené de agua fría. Javí seguía temblando cuando le lancé el agua a la cabeza, con tan mala suerte que el recipiente se me escapó de las manos, golpeándole de lleno en la frente. Empezó a sangrar de inmediato, y con un caudal preocupante: Le había abierto la cabeza, pero detuve el ataque. Javi comenzó a balbucear, recuperando la conciencia lentamente, y con mi ayuda se incorporó. Yo intentaba parar la hemorragia, pero no había manera, de modo que le llevé hasta el baño del piso de abajo, en donde dormíamos, y a base de toallas y tiempo conseguí frenarla. Aún bajo los efectos de las drogas Javi se empeñó en vestirse con ropa limpia, y lo logró, tras caerse un par de veces, pero se puso los calzoncillos sobre el pantalón. Finalmente conseguí que se tumbara en la cama, y a los pocos minutos se durmió. María José y mi padre llegaron de madrugada, y sabiendo que estábamos abajo se acostaron. Al día siguiente aquello parecía la escena de un crimen: Sangre, cacharros, ropa… Un desastre. Recogimos lo que pudimos mientras dábamos explicaciones. Por suerte, el que Javier sufriera un ataque epiléptico nos libró de interrogatorios sobre lo que estábamos haciendo. Dijimos que yo no pude controlarle, y se cayó por la escalera. Mi padre se lo creía todo, María José… No.

Publicado en Sin categoría | 4 comentarios