Tuo Yaw (XXXV)

A los pocos días volamos hacia Bata, en el continente. Estuvimos una semana realizando entrevistas y visitando lugares relacionados con la navegación y la brujería (Novoa aprovechaba nuestras grabaciones para investigar y registrar tradiciones y ceremoniales misteriosos).  Sorprendía la cantidad de grandes barcos encallados en las costas africanas, y me explicaron que se trataba de algo normal para no tener que pagar por su reparación o desguace, así como para cobrar seguros y ahorrarse salarios.

Siguiendo las huellas de Iradier salimos hacia el sur en un gran todoterreno Pick-up, por una carretera que atravesaba la selva; un camino de tierra y barro impracticable para un vehículo normal. El reparto de los asientos se hizo siguiendo un orden estricto de edad y relevancia en el rodaje, de modo que me dejaron fuera, sujetándome como podía a la barra anti-vuelco cuando volábamos sobre los baches que las riadas formaban en el camino.

Cruzábamos poblados que flotaban entre ese impresionante mar de vegetación, y cada vez que lo hacíamos los niños del lugar salían a la carrera señalándome, mientras gritaban algo que yo no entendía, hasta que en una de las paradas me dijeron que decían “Blanco, blanco”. Los árboles que nos rodeaban rebosaban de vida, que estallaba en estampida a nuestro paso. Y aburrido de tanto verde me puse a cantar, -sí, soy un cantarín-. Empecé por los himnos de la marina, y pronto pasé a las jotas. Nadie me escuchaba, de modo que me crecí, cantando con todas mis fuerzas aquello de “Tengo un hermano en el tercio, y otro tengo en regulares, y el hermano más pequeño preso en Alcalá de Henares…”. Mis compañeros, aislados en el interior del coche con su música y su aire acondicionado, me miraban cada rato para comprobar si aquellos berridos eran gritos de dolor, porque mi voz es de todo, menos melodiosa, y al verme feliz cerraban de nuevo las ventanillas.

De vez en cuando nos cruzábamos con grupos o individuos que caminaban desde ninguna parte a parte alguna (típico de la zona). Desde lejos hacían señales para que nos detuviéramos, y a punto estaban de ser atropellados por el conductor, que hacía caso omiso de sus peticiones. De pronto, aprovechando que vadeábamos un riachuelo, tres de ellos consiguieron subirse en marcha. Se trataba de dos hombres y una mujer. Me saludaron sonrientes y se sentaron. Nadie dijo nada, de modo que entendí que aquella forma de autoestop era lo normal allí. En un momento del viaje el 4×4 pegó un brinco, y la chica, una mujer joven, cayó del vehículo. Se pegó tal hostia que yo empecé a golpear en el techo de la cabina, para que parasen, pero miraron por el espejo, vieron que se levantaba, y siguieron como si nada, dejándola a su suerte. Miré a los dos hombres que seguían con nosotros, y sonriendo me dijeron “no pasa nada”.   Llegados a Río Benito los dos hombres se apearon. El viejo puente se había derrumbado, y cruzamos en un transbordador sobrecargado hasta la otra orilla, siguiendo después nuestro camino hacia Cogo, la antigua ciudad de Puerto Iradier.

Llegar a Cogo no es fácil. La ciudad se encuentra en un promontorio selvático en mitad del río Muni, entre Gabón y Guinea Ecuatorial. Subimos el equipo sobre varios cayucos, y cruzamos aquellas negras aguas hasta llegar a un pequeño puerto (hoy muy mejorado). Durante todo el trayecto estuve midiendo las posibilidades que tendría de llegar a nado hasta la orilla si volcábamos, en el caso de que no me devorase alguna de las infinitas bestias que seguramente poblaban aquellas aguas. Los cayucos, embarcaciones sin quilla, tienen la mala costumbre de volcar en cuanto se desequilibran, de modo que me abstuve de cantar durante el trayecto. Finalmente desembarcamos en la vieja Puerto Iradier.

Aquello era un lugar mágico, con aires caribeños gracias a los numerosos edificios coloniales que los españoles dejamos allí. Teníamos la sensación de estar en Cuba, más que en África. Grabamos y embarcamos en una lancha algo más sofisticada, que nos

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Manuel Iradier (Wikipedia)

llevó hasta Corisco, pasando por Elobey grande y Elobey chico, islas abandonadas en donde filmamos las ruinas de los edificios construidos durante la ocupación española. Finalmente llegamos a Corisco, una isla maravillosa frente a las costas de Gabón, con sus míticas playas de arena blanca, las más blancas que vi en toda mi vida. Recorrimos sus cosatas, grabando bailes, y entrevistas con lugareños que nos contaban viejas historias de la ocupación española, y disfrutamos de su comida y hospitalidad durante unos días. Un gran lugar para desaparecer, salvo porque las serpientes tenían por costumbre llegar hasta ellas a bordo de grandes troncos arrastrados al océano por las tormentas, y a falta de predadores se habían extendido como una plaga. Regresamos a Bata.

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Cuando uno se dedica a rodar documentales no suele tener mucho tiempo, ni espacio en su mochila, para la higiene personal. Al menos eso era lo que pensaba yo, un joven aprendiz de cámara, cuando me enviaron a comprar jabón a un badulaque local. En pocas horas debíamos subirnos a la avioneta, rumbo a una isla abandonada a su suerte en mitad del océano Atlántico, Annobón. Acostumbrado a acatar y obedecer órdenes sin rechistar me hice de inmediato con cerca de veinte pastillas de jabón “Lagarto”, y las empaqueté junto a mis escasos calzoncillos.

Salimos de Bata hacia Port Gentil -Gabón-, para cargar combustible, y tras un largo y peligroso vuelo conseguimos aterrizar en el asilvestrado aeródromo de San Antonio de Palé, entonces abandonado, salvo por las esporádicas e imprevisibles visitas de los aviones de la Cooperación Española, que dejaban medicinas y correspondencia, a menudo soltándolas desde el aire.

Anobón

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Durante varios días exploramos ese pequeño paraíso habitado por unas 5000 almas, aisladas del resto del mundo tras la destrucción del muelle del puerto durante uno de los muchos temporales que asolaban la isla. Un lugar sin electricidad entonces, recorrido por intrincadas sendas abiertas a machetazos que tardaban poco en ser cubiertas de nuevo por el verde manto de la selva tropical.

Buscábamos información y testimonios sobre la pesca de ballenas con arpón desde inestables cayucos. Un arriesgado modo de sustento de los lugareños que venía practicándose desde hacía siglos. No tuvimos suerte, pero durante una semana pudimos entrevistar a varios pescadores que aún salían a por las “Yubartas”, y que hablaban una extraña mezcla de idiomas, entre el portugués, francés, y español. Para recorrer la isla, cargados de material, teníamos que pedir ayuda a jóvenes locales, que nos seguían con curiosidad a todas partes. Entonces descubrí el porqué del jabón.

A falta de los más mínimos bienes de la sociedad moderna, y en un lugar en el que el dinero carecía de utilidad, el jabón les resultaba fascinante y útil. La limpieza de la ropa era un evento social diario y muy musical, siempre acompañado por los cánticos de las mujeres, a ritmo del violento retumbar del agua cuando se sumergían las prendas con fuerza.

Siguiendo las indicaciones de mis superiores entregué un jabón a cada uno de los dos lugareños que nos habían ayudado en la subida al volcán. Pero entre ellos estalló una violenta disputa. Según me explicaron después fue debido a que yo había pagado con la misma moneda esfuerzos muy diferentes: Uno de los jóvenes había cargado el doble de peso, durante el doble de tiempo. Esa misma noche, en la habitación que nos había preparado el monje claretiano que cuidaba de la fe cristiana de los isleños, la pasé cortando jabón “lagarto” en trozos de distinto tamaño. Nadie se pelearía por mi culpa. Con un cuchillo afilado y una vela para calentarlo, deshice las pastillas en fracciones, con algunas de mayor valor, a modo de sistema monetario. De ese modo pudimos trabajar, y pagar por la ayuda, sin provocar más trifulcas.

El documental en cuestión se llamaba “Longitud Latitud”, y se emitió en TVE entre 1989 y 1992. Las reservas de petróleo de Annobón se descubrieron en 1992… ahora hay puerto, y aeropuerto.

(* Texto dedicado a mi amigo “EL TURCO”, Sergio, todo un lagarto).

Y hoy añado a la dedicatoria al recientemente fallecido José Manuel Novoa.

[Entiendo que el fondo de la anécdota pueda resultar moralmente reprochable para algunos, pero eran otros tiempos, y lugares con costumbres y gustos difíciles de asimilar. Y yo lo que hacía siempre era obedecer, superado por la suerte de poder hacer aquellos extraordinarios viajes de los que podría estar escribiendo tres vidas enteras].

Una semana después me senté en el avión que nos traía de vuelta a España. Estaba molido. La noche anterior habíamos bebido, y fumado “congo” hasta reventar. Había perdido mucho peso después de semanas alimentándome de aguacate, cebolla, y alcohol, estaba moreno a ronchas, y mis manos se habían hinchado por las miles de picaduras que había recibido sosteniendo el flash en mitad de la selva (una de mis obligaciones). Pero regresaba por fin…

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Tuo Yaw (XXXIV)

Me sentía un extraño en mi propia casa, como si aquello no fuera conmigo. Miraba a los grandes ojos de mi hijo Felipe, que había crecido lo suficiente como para sostener su cabeza recta y sonreír, intentando en vano convencerme de que aquello era la vida real.

No soportaba las visitas de las amigas de mi mujer con sus respectivos maridos, todos cargados de aspiraciones conservadoras, naderías, y lugares comunes, y mucho menos cuando éramos nosotros los que nos desplazábamos a casas ajenas. Uno de estos consortes me recibía con los auriculares puestos mientras escuchaba el carrusel deportivo, vestido con un chándal que dejaba al aire la mitad de su culo, y se sentaba en su sofá intentando hacerme partícipe de su divertimento sin ofrecerme drogas ni alcohol para hacer más llevadero el encuentro. El mismo tipo -una joya-, llevaba escritos en un papel los chistes que le hacían más gracia, y a hurtadillas consultaba la chuleta durante las cenas para regalarnos alguna de esas gloriosas joyas de humor zafio que inundaban las cadenas de televisión de entonces. Escucharle me provocaba arcadas, y mientras le sonreía pensaba en cogerle de la nuca y estrellar su cabeza contra el plato de spaghetti a la bolognesa. Otras veces, las menos, quedábamos con los compañeros de facultad de mi mujer, todos listísimos y pijísimos, capaces de tomarse “por lo menos” dos cervezas en una tarde mientras hablaban de fisiología animal, o recordaban cuando el profesor de química se equivocó a la hora de poner en la pizarra una fórmula de aminoácido alifático ¡Y puso la de un inminoácido..! ¡Para morirse de risa! Una pena que no pudiera contarles todo lo que sabía yo de ácidos, fueran en secante o micropunto…

Pero mi hijo era algo extraordinario: Callado, feliz, e ignorante. Celia había empezado a trabajar en el Instituto de la Juventud de la calle Ortega y Gasset, y yo pasaba muchas horas a solas con él. Quedaba poco para examinarme del acceso a la Universidad para mayores de veinticinco años, y preparaba el examen con el niño colgando de la mochila porta-bebés, caminando desde la puerta de entrada hasta el baño, en aquella diminuta vivienda que nos habían cedido mis suegros, mientras repasaba los apuntes y los recitaba en voz baja. Me grababa mis propias lecturas en cintas de casete, y las escuchaba una y otra vez hasta quedarme dormido, y consultaba a Celia -ya licenciada en Biología-, cualquier duda que pudiera tener. Finalmente me examiné en la Escuela de Caminos, y aprobé con buena nota, matriculándome en Periodismo de inmediato para así acallar algunas voces que no dejaban de recordarme mis muchos fracasos, como hacía mi padre todos los días. ¿Su reacción cuando aprobé? Ninguna.

Mientras tanto seguía viajando por el mundo, acompañando a Jon Incháustegui como auxiliar de cualquier cosa.

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Fotograma “robado” de la página de RTVE en donde se pueden ver algunos capítulos de aquellos documentales. En el de la imagen seguíamos la ruta de una lata de caviar desde el punto de venta en Madrid (Khazar Co, en el Paseo de la Habana -Yo era el cámara, pero no el estilista de mi padre-), hasta el pueblo pesquero del mar Caspio en donde se envasó.

En mayo recibimos a los barcos de la Withbread (la vuelta al mundo) en Portsmouth, y cruzamos Europa de un extremo a otro persiguiendo historias de marinos ilustres. Finalmente, en junio, salimos hacia África para ilustrar la vida de Manuel Iradier, gran explorador vasco del siglo XIX maltratado por el “salón de la fama histórico”.

Las relaciones entre España y Guinea Ecuatorial no estaban en su mejor momento. España denunciaba la falta de derechos en el país africano, y daba cobijo a los que escapaban de la larga y cruel mano de Teodoro Obiang Nguema. La cárcel de “Playa negra” (Black Beach), una de las más temidas de todo África, era el destino de todo opositor al líder del partido único (El mismo Teodoro había sido director del pavoroso penal de “irás y no volverás” en el pasado). España mantenía sus proyectos de cooperación, pero cedía terreno ante los acuerdos comerciales que Teodoro firmaba con Sudáfrica, y ante la pasividad de la antigua metrópoli Marruecos se había convertido en el principal aliado militar, y sus soldados hacían las veces de policías en los lugares más conflictivos del país. El poder, según nos dijeron, estaba en manos de la familia del Presidente Teodoro y de los vecinos de Mongomó, lugar en donde se criaron tanto él, como su antecesor Macías.

Fueron mis primeras vacunaciones tropicales. Hasta entonces había viajado sin preocuparme por las enfermedades. El SIDA era algo en lo que apenas pensábamos, confiando en la ruleta del destino, y para el resto de males bastaba con inyectarse “rocefalin 2g”, que se vendía en cualquier farmacia española sin receta médica, y que acababa en horas con cualquier forma de vida no deseada. De todos modos recibimos innumerables charlas sobre profilaxis y abstinencia, para que no tuviéramos malas experiencias a nuestro regreso, ni pusiéramos en peligro vidas ajenas.

Mientras tanto mis antiguos compañeros de Radio El País se habían dispersado. La mayoría de ellos fueron acogidos por la S.E.R, otros entraron a formar parte de distintos gabinetes de prensa de empresas públicas y privadas, y los hubo que ganaron una plaza como docentes en distintas universidades. Pero un pequeño grupo, liderado por José Miguel Contreras, saltó al primer gran proyecto audiovisual del grupo PRISA, CANAL +.

El viaje fue cómodo, y en pocas horas estábamos desembarcando en Malabo, con ese ambiente plomizo y pegajoso de los climas tropicales. Fuimos recibidos con cariño por una curiosa mosca -mosca Bubi me dijeron después-, que se posó sobre mi mano cuando caminaba hacia la terminal, giró sobre sí misma, y se llevo un buen trozo de mi piel, dejándome una graciosa marca roja. Qué cachonda.

Durante varios días estuvimos grabando por la isla de Bioko. Novoa, el especialista en Guinea que nos acompañaba, nos fue llevando de un lado a otro para que grabásemos el espectáculo de las mujeres cantando y lavando ropa en Luba, acompañadas por el impresionante sonido de mil prendas sumergidas al mismo tiempo en el río; o el intenso verdor de la selva que rodea el lago del cráter del volcán Moca, después de hacer una ofrenda de cerveza a los espíritus tirando varias latas a la caldera (Teníamos que haberlas abierto antes, porque visiblemente molestos los espíritus desencadenaron una tremenda tormenta a los pocos minutos, y bajamos del cráter de 1500 metros de altitud resbalando entre ríos de lodo, como en “Tras el corazón verde”).

De vez en cuando nos reuníamos con políticos locales, que se sentaban frente a la cámara con aires de emperador romano para responder a preguntas que nos inventábamos, con la única intención de conseguir permisos para grabar. En ese sentido debo decir que el trabajo en Guinea no era algo fácil, ni exento de riesgo. Habiéndonos instalado en los edificios de la Cooperación española en Malabo -algo así como terreno sagrado-, trajeron a un fotógrafo español malherido. Le habían descubierto haciendo fotos en una zona militar, y los guardias morroquíes, acompañados por algunos guineanos, le habían metido una paliza dejándolo medio muerto.  Las autoridades llegaron a un acuerdo, y no se publicitó. Pero Novoa consiguió hablar con él: Trabajaba para una revista de naturaleza, y había seguido a unas aves hasta que se topó con un grupo de militares, intentó explicarse, pero le dijeron que estaba espiando… ¿El qué? Me he preguntado yo desde entonces.

Por la noche, después de cenar, salíamos a un club de la ciudad. Para un chaval de 26 años como yo aquello era Sodoma y Gomorra. Ni en mis más audaces sueños había imaginado algo así: Mujeres espectaculares no dejaban de acosarte hasta sentirte molesto. Bailaban algo llamado “Birkusí”, una especie de twerking que te hacía retroceder por miedo a no estar a la altura. Finalmente el alcohol te daba el valor que te faltaba, y ayudaba a calmar la conciencia borrando las memorias.

Aprovechando nuestra visita José Manuel Novoa quiso que grabásemos algunos rituales ancestrales de los pueblos africanos, materia en la que fue, y será para siempre, uno de los mayores expertos [Escribiendo esta parte me enteré de su muerte, una pena. Fue una de aquellas grandes personas que se cruzaron en mi vida. Curioso, incansable… ]. Nos explicó el origen del vudú, y el uso de la raíz de “iboga” en los ceremoniales de iniciación, algo que pudimos ver y grabar en directo en una perdida choza, a la luz de la luna, rodeados de hogueras que hacían que todo pareciera aún más mágico de lo que ya era. También asistimos a maravillosos cantos y bailes nocturnos, y a algo que probablemente fuera la experiencia más dura que yo había vivido hasta entonces: La visita a un centro médico que recogía a niños enfermos de tripanosomiasis (Enfermedad del sueño), que eran abandonados por sus familiares cuando, tras tratarles con medicina tradicional, los daban por perdidos. Muchos de ellos morían a los pocos días, y ese argumento era utilizado por los que defendían la medicina tradicional para denostar la científica. Abrieron una choza gigantesca en donde les atendían para que entrase yo -el aprendiz, porque el verdadero profesional era Josu- con la cámara, recogiendo las primeras imágenes. Me quedé congelado, con la cámara al hombro. Era un lugar infecto, oscuro y húmedo. Varios niños salieron de la penumbra, con esos grandes ojos blancos -como los de mi hijo-, y vinieron hacia mi. No estuve a la altura y retrocedí, pero Josu me frenó y empujó hacia dentro. Fueron veinte minutos de terrible realidad. Jamás lo olvidaré.

 

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¿Quién dijo miedo? YO

En asuntos médicos soy un cobarde. Lo reconozco. “El Rey del drama” como dice Mrs P. Recuerdo a mi madre persiguiéndome por El Escorial para que me pusieran la vacuna del tétanos después de una caída, o algunas costuras y trabajos en escayola de traumatólogos que me las hicieron pasar canutas… Pero siempre fueron reparaciones de “chapa y pintura”. Jamás me enfrenté con valor a la medicina de “verdad”, la invasiva. Ni tan siquiera a los análisis. Durante mi paso por la Armada soporté los controles médicos como si fueran torturas de la STASI, y las cuatro o cinco veces que pasé por el dentista lo hice con el mayor de los miedos, tanto que llegué a amenazar a uno de los especialistas con clavarle el chupababas en un ojo si no me ponía suficiente anestesia -algo que por suerte se tomó a broma-. En 1988-89 pasé por una leve versión de Hepatitis, y me llevaron a la Clínica de la luz en donde solamente confirmaron lo que sospechábamos y me pusieron una dieta. Cuando pasó el plazo aconsejado volví a mi vida normal, sin consultar a nadie. Tuve algunas enfermedades, más -o menos- decentes, que siempre curé por mis propios medios. Consultaba enciclopedias y preguntaba a amigos sobre dolencias similares con cualquier pretexto, evitando levantar sospechas. Me recuerdo recorriendo farmacias hasta encontrar una en la que no ponían peros para comprar determinado medicamento, como el Rocefalin de 2g, y buscando luego un practicante que me lo inyectara. Compré toneladas de analgésicos y antibióticos sin receta. Falseé documentos, fotocopiando análisis o reproduciéndolos por cualquier medio, y eludí cualquier control de salud de empresas, federaciones deportivas, seguros, etcétera. Y en el colmo de mi miedo y estupidez me curé solo de un grave golpe en las costillas, cuando me caí haciendo el imbécil en la piscina de casa (fueron tres meses de dolor agudo en el costado, de no poder respirar, consumiendo ampollas de Nolotil como si fueran Smints). Desde 1989 no he visitado más médico que un otorrino -por un tapón-, y dos dentistas. El resto me lo inventé para tranquilizar a familiares y amigos. He creído siempre que ir al médico es iniciar un proceso que solo tiene una salida: Palmar. Y eso no mola. Por eso hoy, que por primera vez voy a acudir a un puñetero médico de cabecera para que me revise, puedo asegurar que se inicia formalmente mi proceso de defunción. Voy a perder mi inmortalidad.

[Pensamiento dedicado a mis hermanas Carmen e Inés. Unas valientes].

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“Primera línea de tiburón”

Desde que a mediados de los 70 Spielberg (adaptando una novela de Peter Benchley), tuvo a bien estropear el baño a la humanidad recordándonos cuál era nuestro lugar en la cadena trófica, algunos tenemos la costumbre de juzgar a quién pensamos que atacaría antes un pérfido escualo, cuando estamos sumergidos en cualquier abarrotada playa del mundo. Yo siempre prefiero tener un grupo de niños chapoteando a una distancia que me permita escapar mientras se los comen, porque según parece son irresistibles. En mi familia lo llamamos “estar en primera línea de tiburón”.

Lo mismo debe estar pensando más de un político catalán, ahora que se avecina la tormenta veraniega. Puigdemont busca no destacarse tanto, o al menos no tan solo, no vaya a convertirse en fácil carnada. Seguro que preferiría ser cebra, o mejor dicho sardina, y confundirse entre una multitud de independentistas “rayados” para aumentar sus propias posibilidades de supervivencia, porque la “supervivencia” del “process” es algo  prácticamente imposible, y en los próximos meses solo se tratará de seleccionar quién paga el pato -además del contribuyente catalán, que ya ha pagado bastante gracias a sus extraordinarios representantes-. Claro que también puede confiar en su falta de “sustancia” para ofrecer a Junqueras, mucho más carnoso, como sustitutivo eficaz, pero al parecer su oferta no ha colado, y el vicepresidente ha dicho a su jefe que él, solo, no va hasta la boya.

Este verano, cuando estéis en la playa, aseguraros de tener siempre un grupo de sabrosos niños por delante, sobre todo si véis cerca a algún político catalán. Y si os dicen de ir a tocar la boya les decís que el verano es para tocar la boya propia, no la ajena.

Buen verano al que se lo merezca, e infecciones de oído, gripes veraniegas, y diarreas para los que no.

[Un recordatorio para los más valientes]

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Tuo Yaw (XXXIII)

Poco antes de abandonar la Antártida recordé una absurda promesa que hice a los de “Lo que yo te diga”: Me fui hacia un extremo del aeropuerto desde el que se veía el glaciar, y sobre el hielo me hice una fotografía, sin más abrigo que la camiseta de su programa de radio (Una caricatura de varios personajes famosos de aquellos días, encabezados por el Papa Wojtyla). A la tarde embarcamos en aquel “Hércules” del ejército brasileño rumbo a la Patagonia.

Como Jon no soportaba verme ocioso, ni tan siquiera durante el vuelo, tuve que visionar cintas con el magnetoscopio portátil, y señalar los códigos de tiempo de las principales localizaciones en las que habíamos grabado… Siempre había algún “marrón” para mí, y cuanto más molesto mejor.

Al anochecer aterrizamos en Punta Arenas, y salimos del aeropuerto con la expedición brasileña, sin cruzar aduana alguna. Después nos separamos de ellos, y buscamos un cómodo hotel en el centro de la ciudad. Estábamos cansados, y tras los habituales papeleos nos fuimos a dormir. Caímos rendidos. De pronto llamaron a la puerta. Golpes duros, violentos e insistentes. Mi padre y yo nos despertamos asustados. “¿Qué pasa?” le pregunté. Oíamos voces, y alguien, en un tono imperativo y serio, soltó un “¡Abran!” que nos heló la sangre. Mi padre se puso una camiseta y fue hacia la puerta. Yo esperaba en calzoncillos, paralizado. Nada más abrir nos dimos cuenta de que estábamos metidos en un lío de los de verdad: Jon se encontraba entre dos enormes policías chilenos, mientras que un tercero, y otro vestido de paisano, nos miraban con cara de pocos amigos. Iban armados, y uno de ellos estaba preparado por si nos resistíamos. Jon, experto en esas lides, dijo que nos callásemos, y nos bajaron hasta el hall del hotel, dejándonos bajo la vigilancia de un agente, junto a la puerta de entrada, en la calle, en mitad de la noche, en calzoncillos, y pelados de frío.

Jon se marchó con el que parecía ser el jefe, y yo le dije a mi padre que “hasta aquí” habíamos llegado: Pinochet no era de andarse con tonterías, y las aguas estaban revueltas, con el pueblo chileno aún temeroso de que el dictador diera un “autogolpe” para recuperar el poder. Mi padre estaba sorprendentemente tranquilo. Al cabo de unos minutos -que se nos hicieron horas- regresaron Jon, y un jefe de policía -supongo- que se disculpó ante mi padre, y nos dieron una manta dejándonos pasar al hotel. Se relajaron, y por fin nos enteramos de lo que había pasado: Habíamos llegado desde Ushuaia (Argentina) a La Antártida, territorio que los argentinos consideran dentro de su soberanía; pero regresamos desde La Antártida a Punta Arenas (Chile), y los chilenos también reclaman la península antártica como suelo patrio. De modo que al no tener visa de entrada, porque no hay aduanas en ese continente, éramos ilegales en Chile -en un momento sumamente delicado para el país-. Después de unas horas de negociaciones todo quedó aclarado, y pudimos quedarnos un par de días por la zona grabando el estrecho de Magallanes, pero esos gélidos momentos en aquella calle no se me olvidarán fácilmente (siempre me quedó la duda de si el pasado de Jon Intxaustegui había tenido algo que ver con lo sucedido, pero preguntarle hubiera sido inútil).

Debíamos volver a Argentina con urgencia para cumplir con todas nuestras citas, que nos llevarían a Río Gallegos primero, y desde allí a Buenos Aires, para finalmente alcanzar Punta del Este, justo cuando estaba previsto que arribasen a esa ciudad de veraneo uruguaya los primeros barcos de la regata vuelta al mundo (Withbread entonces, Volvo Ocean Race ahora). De modo que alquilamos un coche con conductor para cruzar el territorio de los indios “Ona” [Mi padre se había comprado un libro sobre ellos; un pueblo duro, que fue literalmente cazado hasta la extinción por los británicos, que organizaban “monterías” humanas, y finalmente rematado por la fiebre del oro que azotó la zona, personificada en la figura de Julio Popper, un personaje sin escrúpulos que incluso se permitió crear un albúm de fotos con sus repugnantes “proezas”, que se pueden ver en internet con facilidad. En 1990 los Onas apenas eran cuatro, que vivían “desintegrados” en la sociedad moderna]. Durante los primeros días en Punta Arenas me llamó la atención la tupida reja que cubría la luna delantera de todos los vehículos. No acababa de ver su utilidad hasta que salimos a la carretera (Ruta 255). Se trataba de una pista, de más de diez metros de ancho, sin asfaltar, pedregosa, y sin apenas curvas, que marchaba paralela al estrecho de Magallanes hasta la frontera con Argentina, en donde se desviaba para dirigirse a Río Gallegos. Los coches y camiones circulaban por ella a una velocidad insensata, y algunos derrapaban y perdían la tracción por momentos. Los camiones, de gran tonelaje hacían que las piedras salieran disparadas como balas a su paso, y sin la reja no hubiera sido posible sobrevivir a aquellos encuentros, que parecían formar parte de una secuencia de “Mad Max: salvajes de la autopista”, una sensación que se multiplicaba gracias a los inumerables “cadáveres” oxidados de vehículos que jalonaban el recorrido.

Tardaríamos cinco horas en cubrir el trayecto. Yo miraba al conductor preocupado por su relajación, pero este parecía acostumbrado a conducir en aquellas condiciones, e incluso a ver a través de la polvareda que se levantaba en el camino con el paso de aquellos energúmenos de más de cuatro ejes. Parecía reírse de nuestros miedos.

Nos detuvimos un par de veces para grabar el estrecho y algunos grupos de pingüinos, o focas, que descansaban en las pedregosas playas -personalmente yo ya estaba hasta el gorro de ellos, y deseaba que se los comieran las orcas-. Finalmente llegamos a la frontera.

En aquellos días ambos países compartían un mismo edificio oficial que había que atravesar para sellar el pasaporte y volver a montar en el coche al otro lado. Como en un mal chiste el contraste resultaba de lo más tópico: El lado chileno era silencioso, limpio, y sumamente formal. Pero fue cruzar el umbral que separaba ambos países y entrar en un universo ruidoso y desordenado. Estábamos de nuevo en Argentina.

Pasamos un par de días en Río Gallegos, la ciudad que sirviera de base para la aviación argentina durante la Guerra de las Malvinas. Lo recuerdo como un lugar algo triste, una ciudad de casas bajas y calles anchas. Entrevistamos a diestro y siniestro, y embarcamos en los pesqueros españoles de Pesca-Chile que faenaban en la zona -refugiados en Sudamérica después de haber esquilmado el banco de Angola- para hablar con los patrones.

Por fin aterrizamos en Buenos Aires, y de nuevo nos hospedamos en el hotel Obelisco. La suciedad acumulada en nuestros cuerpos durante el viaje había fundido nuestras ropas con la piel, y el olor a barbacoa de pescado que desprendíamos forzaba a echar un paso atrás a los que hablaban con nosotros.

Sin quitarme las botas llamé a Madrid. Mi hijo evolucionaba favorablemente y esperaban mi llegada, más ansiosos que yo mismo porque, a pesar de las palizas, me lo estaba pasando bien. Mi padre salió a dar un paseo, y descubrió que en el tiempo que habíamos estado fuera sus australes habían perdido más de la mitad de su valor. Un par de asados después volamos hasta Montevideo, y alquilamos un coche para llegar a Punta del Este.

Aquello era otro nivel: Lujo, restaurantes, un hotel de cinco estrellas. Acababa de tumbarme en la cama cuando me dijeron que había que correr al puerto: Llegaba el “Steinlager”, el barco de Peter Blake [Meses atrás les habíamos grabado saliendo de Southampton, una gran experiencia, con mi padre en la proa de un barco de seguimiento como si fuera un mascarón].

Scanfortuna

Mi padre, Jon, y parte del equipo, junto al Fortuna en la salida de la Withbread. El Solent.

Corrimos hasta el puerto para conseguir una buena posición pero ya era tarde, y nos tuvimos que contentar con algunos planos generales. Con el tiempo fueron llegando los demás (primero el Fisher & Paykel, y luego “Rothmans”, y el “Merit” -Cerveza, tabaco, y salud, como cambian los tiempos, y los patrocinadores-). En el barullo que se había formado Jon empezó a correr de un lado a otro, y yo debía seguirle con la cámara, el cinturón de baterías, la mochila de las cintas… Viniendo de la Antártida nuestra ropa no era la más adecuada: Estábamos a 35 grados, en la playa, con la gente en bañador y bikini… Y yo llevaba unas botas semirrígidas con suela “camet” para hielo y nieve, un pantalón de espuma, y una camiseta sucia. Jon avanzaba por la cubierta de uno de aquellos barcos, y, de pronto, me dijo “¡Pipe, la cámara!”. Yo se la pasé como pude, y le seguí mientras grababa, porque estaba enganchado a la batería. Sudaba como un pollo. En una de esas, sobre uno de aquellos barcos, me mareé. Por suerte lo ví venir, y cuando Jon saltó de un barco a otro supe que no podía seguirle, y que el cable de la batería que nos unía haría que la cámara cayese al mar. Me quité el cinturón del hombro, y lo lancé a la espalda de Jon, cayendo a plomo sobre la cubierta. Sí, me desmayé.

Me desperté pensando que habrían pasado horas, pero no, fueron sólo cinco minutos. Jon, tras recogerme, pasó de mi, y me dejó junto a unos espectadores que me daban aire con su toalla. Intentaron retenerme, pero no pudieron. Bebí una coca-cola y me fui tras Jon, que saltaba como loco de barco en barco. Ni tan siquiera me preguntó por lo que me había pasado, y simplemente me dijo “¿Dónde está tu padre?”, yo no le pude responder, y entonces me ordenó entrevistar al mismísimo Peter Blake, que se encontraba esperándonos cerca de su barco (Jon era bilingüe en francés y euskera, pero el inglés era para él un muro infranqueable). De modo que, recién recuperado de una lipotimia, y sin tener ni idea de navegación ni haberme documentado, me vi improvisando una entrevista a uno de los mejores navegantes de la historia, un tipo de más de dos metros, simpático y educado, que con paciencia completó mis grandes lagunas técnicas, y dio una valoración de aquella dura etapa (Aukland-Punta del Este), una de las más emocionantes de la historia de la vuelta al mundo [Nota para gente de mar: Tal y como hoy sucede con los winches a pedales del New Zealand, entonces había una pelea con los que Blake había instalado en su barco, que mejoraban los tradicionales cabrestantes de pura tracción humana]. A la mayoría de los que lean esto -si es que alguien lo hace- les importará un rábano este universo náutico, pero quizá se conmuevan al saber que “Sir” Peter Blake murió en 2001, con 53 años, defendiendo a tiros su barco y su tripulación del asalto de unos piratas brasileños en el río Amazonas.

Mientras esperábamos la llegada del “Fortuna”, el velero español (Patroneado durante el recorrido por tres capitanes: De la Gándara-Santana-Doreste) por el que realmente estábamos allí [Teníamos un compromiso con TVE y algunos patrocinadores, que sufragaron a medias nuestros gastos], aprovechamos para recorrer la zona: Punta del Este era el refugio de las grandes fortunas argentinas, que aprovechaban sus frecuentes visitas para lucir riqueza y joyas, algo sumamente arriesgado en su propio país. Helicópteros de alquiler -incluso pequeños “monoplazas” aéreos (algo que durante años me costó pasar por mentiroso, ya que era difícil creer que existieran)-, coches de caballos, comercios despampanantes, restaurantes, y -por qué no decirlo- mujeres… Muchas, y muy simpáticas, especialmente con todos los implicados en aquella regata.

Camara en URUGUAY

Entre mis obligaciones estaba la de grabar todos los amameceres, y a Jon le daba igual a la hora a la que me hubiera acostado. FOTO: En las playas de Punta del Este una mañana cualquiera. Sé que podría ser Torremolinos, pero juro que es Uruguay.

Aprovechando la estancia Jon nos llevó a un restaurante de un viejo amigo suyo, miembro de la numerosa comunidad vasca que se había instalado allí, bien fuera por motivos políticos, como personales [Es sabida esa historia: Durante años ETA utilizó Uruguay, y una red de restaurantes, como “escondite”, hasta que en 1992 se desmontó la trama de ocultación de escapados de la justicia española con la “Operación dulce”].  No sé si el restaurante “Marinaetxea” -como creo que se llamaba- formaba parte de aquella trama, pero sí que su comida era espectacular. Tenía unos grandes viveros de marisco bañados por el Océano Atlántico, y una decoración que nos era muy familiar. El propietario se sentó con nosotros, y charló con mi padre, mientras que yo me entretuve “tirándole los tejos” a su hija, una chica guapísima que parecía más interesada en Jon que en mi. Una pena.

Finalizadas nuestras grabaciones regresamos a Buenos Aires con la idea de ordenar el material y preparar nuestro regreso. Recuperamos las cajas metálicas que nos había guardado Pino Solanas, y las llenamos con las cintas que habíamos grabado… ¡Al menos un centenar! Nuestro material había crecido desde que llegamos, y Jon empezó a preocuparse por el peso, de modo que me ordenó que tirase toda mi ropa, todos mis zapatos y abrigos, para llevar la mayor cantidad de material sin tener que pagar el sobrepeso. Hicimos una montaña en el centro de la habitación, con gran dolor de mi corazón, y llenamos nuestros equipajes con material técnico. Tanto había crecido nuestro equipo que viaje hasta Madrid con los cinturones de baterías atados a mi cintura.

El día de la partida mi padre no aparecía. Como sucedía habitualmente había escapado, durmiendo fuera del hotel. Pasaron las horas, y cuando estábamos a punto de llamar a la policía llegó, sonriente, blandiendo un látigo de piel que aún ronda por alguna casa de mi familia… De estar una semana más allí seguro que acaba con una camisa de fuerza.

Y como tantas otras veces en mi vida me metí en el baño del avión, justo cuando cruzábamos el ecuador, para ver si captaba el momento exacto en el que el agua cambiaba de dirección (Puñetero “efecto Coriolis”, que nunca se manifiesta cuando uno lo desea). 

Desconozco cuando, pero seguiré…

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Tuo Yaw (XXXII)

En unas horas habíamos llegado a nuestro siguiente destino: La base chilena “Presidente Eduardo Frei”, en la isla del Rey Jorge, el lugar más parecido a Mos Eisley de este planeta.

Supuestamente el Tratado Antártico protegía la zona de especulaciones y atentados ecológicos, pero los acuerdos no frenaron la concentración de bases en aquella pequeña porción de tierra austral. Coreanos, ecuatorianos, rusos, chilenos, uruguayos, argentinos, y polacos, habían sentado sus reales en sus costas, con la esperanza de ganar puntos en el caso de un hipotético reparto de soberanías, o para conseguir derechos de explotación si se anulaban los acuerdos. España había entrado en aquella carrera -no podía ser menos-, y añadía a la base de la isla Livingston otra de carácter militar (o científico-militar según decían ellos mismos): Gabriel de Castilla, en la preciosa isla Decepción; y nuestros investigadores contaban con el apoyo de un nuevo buque científico, que reemplazaba al vetusto “Las Palmas”: “El Hespérides”, bautizado con tan desafortunado nombre por el Rey Juan Carlos -según nos dijeron fuentes de absoluta confianza- [Unos corchetes para destacar a un gran ser humano, el contralmirante Manuel Catalán Urquiola; científico, militar, jefe de las expediciones militares, director del observatorio de San Fernando, y agradable conversador, que mantuvo una estrecha y amistosa relación con mi padre]. Las reclamaciones territoriales de las distintas naciones sobre aquel continente helado se sucedían y solapaban, empezando por la misma península antártica, considerada terreno patrio por cuatro o cinco países, además de rusos y americanos, que ni tan siquiera se molestaban en decirlo. La mayor de aquellas bases, la que ejercía de “capital” a todos los efectos, era la base chilena.

Pinochet, aún en el poder, había invertido mucho dinero público en potenciar la presencia de su país en la zona creando una pequeña ciudad, con estafeta de correos, aeropuerto, albergue, gimnasio, hospital, supermercado, banco, y hasta escuela… Sí, escuela, porque algunos militares se trasladaron allí con sus familias al completo -niños que pasaban en el continente helado los primeros años de su vida, creciendo en un mundo extraño, sin enfermedades comunes, ni ciclos de noche/día tradicionales, y para los que una gallina era una especie de horroroso pingüino (Y tienen razón, la verdad).

Nos instalamos en el albergue situado junto a la pista de aterrizaje, un aeródromo que compartían todas las expediciones de la zona: Aviones del British Antartic Survey, Antonovs de los rusos, Hércules brasileños… Un tráfico constante que pasaba por encima de un grupo de elefantes marinos que apenas les prestaban atención, y que nosotros observábamos desde la sala de estar del “Hotel cruz del sur”, bebiendo vodka y viendo la televisión vía satélite como si estuviéramos en un lujoso hotel de Santiago de Chile. Grandes camiones subían y bajaban por el estrecho camino que llevaba hasta la bahía: Orugas, trailers articulados, motonieves, motos, todo terrenos… La actividad era incesante en aquella torre de Babel.

yo y tanque

Mi menda, cámara al hombro frente a un anfibio ruso, en la isla del Rey Jorge.

Grabamos todo lo que pudimos, mientras buscábamos la manera de salir de allí porque, dada la complejidad del viaje y no sabiendo lo que encontraríamos, Jon no lo había previsto. En un documental previo, que nos llevó a Islandia -y que algo tenía que ver con los “Sugar Cubes” de Bjork, pero ahora no lo recuerdo- había experimentado las más de veinte horas de oscuridad invernal, pero aquello no me afectaba tanto como las cerca de veinticuatro horas de luz del verano antártico. Levantarse a mear a las tres de la madrugada y ver el sol confunde bastante. De vez en cuando paseaba por la playa, haciendo correr a focas y pingüinos, y observando un gran iceberg que se había quedado varado en el centro. En uno de aquellas caminatas me encontré con una joven foca herida, quizá fuera por una orca de las muchas que frecuentaban la zona, o las aspas de alguna embarcación, pero intenté acercarme a ella y su reacción no fue muy amistosa, de modo que la dejé a su suerte. Un día Jon me propuso subirme a un hielo flotante para grabar unos planos desde el mar, y yo le dije que ni hablar: Las orcas ven a través del hielo, y yo, enfundado en mi traje de agua negro, soy extraordinariamente parecido a un pinnípedo.

[En una ocasión se posó sobre una de las tuberías de desagüe de las bases una gaviota, e hice la foto de la gaviota, la tubería hundiéndose en el mar, la bahía de fondo, y los glaciares (Televisión Española nos obligaba a presentar decenas de instantáneas de cada viaje, supongo yo que como prueba de que realmente estuvimos allí, y esa era otra de mis sofisticadas misiones. La pena es que nunca supe qué fue de aquellas imágenes, tomadas durante años en todos los continentes). Meses después presenté aquella imagen a un premio del INJUVE, denunciando la contaminación de la Antártida, pero no gané, ni quedé finalista. Creo que el premio se lo llevó un perro saltando en un parque de Madrid… Un perro “extra-ordinario”. Si uno busca la isla del Rey Jorge en Google Earth, y recorre la península Fildes, verá de lo que hablo; y si amplía la imagen descubrirá grandes depósitos, carreteras, y otras construcciones que supuestamente no deberían existir].

Después de un tiempo observando a las aves y pingüinos de la zona me di cuenta de que todas estaban anilladas ¡Todas! Y no solo con una chapa, sino con varias. Debían ser tantos los científicos que las controlaban que los pobres animales parecían adolescentes cargados de pulseras después de un verano de festivales. En un lugar supuestamente salvaje, tanto control parecía un sinsentido.

Y entonces nos invitaron a la inauguración de una base, una base china que se llamaría… (redoble) “La gran muralla” ¡Sí!

La entrada al complejo estaba decorada con guirnaldas doradas y rojas, y en el espacio destinado a los vehículos de transporte había un grupo de funcionarios asiáticos uniformados izando las banderas de su proyecto y país con parsimonia y pompa. Por los altavoces sonaban unos acordes apenas distinguibles como himno, y observando todo, confundidos por el espectáculo, un grupo de militares, científicos, y periodistas de medio mundo entre los que me contaba.

Era un día gris, ventoso y frío, lo que no sorprende a nadie en esas latitudes, y mucho menos a mi padre, que ocultaba su calva bajo un gorro descomunalmente grande. Pero lo que nos dejó helados no fue el aspecto ridículo de mi progenitor, sino la aparición de la representación chilena: Llegaron en un transporte militar. El jefe vestido de militar, y su mujer… ¡Por Belcebú! Mira que he visto cosas absurdas, pero ¿¡Con tacones y visón!? ¡¿En la Antártida?!  En serio, fue la bomba. Shakelton se hubiera dejado arrastrar al fondo del océano con su “Endurance” de haberlo visto. Mi mandíbula se desprendió momentáneamente del resto del cráneo…

Pero la extraña inauguración no acabó allí. Tras unos discursos ininteligibles e inaudibles (había un modesto altavoz en lo alto de un poste) nos pasaron al interior para mostrarnos los espacios dedicados a las presuntas labores científicas, y finalmente nos regalaron un “pin” conmemorativo (que aún conservo) y nos condujeron a un salón… ¡Un salón comedor! Era como el restaurante chino de Fernández de la Hoz con Espronceda, lo juro. Igualito: Sillas sólidas de madera barnizada, vajillas historiadas, camareros diligentes, cuadros…  Tuve la sensación de que al salir cogería un taxi para irme a casa… (Todo esto quedó convenientemente grabado, y estará criando malvas en algún almacén de TVE).

Los días se nos hacían eternos a todos, pero muy especialmente para mi claustrofóbico padre, que empezó a ponerse nervioso. Quería salir de allí a toda costa, y repetía sus críticas a Jon hasta sacarle de sus casillas. Por suerte en aquella base había muchos británicos, y mi padre se calmaba amenizándoles con anécdotas y canciones (mi padre siempre cantaba, tocaba el piano, o silbaba, de ahí el apodo que le puso Jon Intxaustegui: “El Melodías”, y así le llamaba hasta cuando se dirigía a mi: “Pipe, dile al “melodías” que tiene que hablar con el jefe de la base…”). Al final todos acabábamos brindando y riendo con su ingenio, ya fuera en inglés, en español, o en alemán. El 11 de febrero nos reunimos todos los huéspedes del albergue frente al televisor para ver el combate entre Tyson y “Buster” Douglas. Recuerdo ese gran combate como si fuera ayer, en aquella sala vestida de madera, con varias botellas de licor sobre la mesa, y los partidarios de uno y otro pegando voces, hasta que “Buster” encadenó aquellos seis golpes que mandaron a Tyson a la ducha en lo que era su primera derrota.

Y entonces llegó un avión brasileño, con  material y relevo para sus bases, y por suerte para nosotros la expedición venía encabezada por un alto mando militar que decidió quedarse en el mismo albergue hasta que se hubiera terminado la operación, para regresar con sus científicos a Brasil en un Hércules casi vacío. Jon vio la oportunidad, y habló con mi padre para que fingiera una entrevista y así ganárselo. Y eso hizo. Montamos el set en el mismo hotel, y estuvimos una hora hablando con el militar sobre lo humano y lo divino, sin intención alguna de usarlo en el documental, ni interés en sus palabras, pero le caímos bien, y conseguimos un billete gratis para Punta Arenas.

Poco después llegaron los científicos brasileños que volvían al continente, y entre ellos varias mujeres que llamaron rápidamente nuestra atención. Por arte de magia aparecieron botellas de cachaza, y tuvimos fiesta hasta lo que podría llamarse alba, aunque en aquella latitud no tenga mucho sentido esa expresión… (Y lo que no cuento yo, ya lo contará mi hijo algún día, si le apetece y se acuerda).

(Continuará… Me temo).

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Tuo Yaw (XXXI)

Gracias a mi padre tuve la oportunidad de viajar por el mundo, en los años en los que aún no existía esta eficaz red de comunicación global de la que hoy en día disfrutamos -o padecemos, según se mire-. A finales de los ochenta había algunos teléfonos “satelitales”, pero estaban en fase experimental, de modo que, cuando te marchabas de viaje por el mundo “no urbanizado” la comunicación se rompía ¡Pero del todo!, y no unas horas, sino días, semanas, o meses. Las cartas hacían largos y complicados viajes para llegar al mundo civilizado, y la onda corta -en donde la había- se destinaba a urgencias y breves comunicaciones familiares pactadas, que solían limitarse a un par de llamadas al mes. En una ocasión, cuando acababa de aterrizar en Malabo, probé a llamar a España con un teléfono satélite que nos habían impuesto, y respondió mi suegra, Juana, diciendo -enfadada- que por qué había tardado tanto en llamarles… En ese instante asumí que el concepto “aventura” se había ido al carajo.

Cruzar el paso -o pasaje- de Drake para llegar a la Antártida tiene su guasa. La Antártida es un continente ocupado permanentemente por un anticiclón, que es retenido por unas borrascas brutales que giran incansablemente alrededor del continente helado en sentido oeste-este, al igual que la helada corriente de agua del océano antártico, formando una barrera de temporales infinita. De modo que, cuando uno baja buscando el sur se encuentra con una sucesión de olas monstruosas que le fuerza a dirigirse hacia el sur-este si no quiere volcar (salvo que se sea un albatros, qué maravilla de vuelo el suyo), así hasta llegar a una latitud en la que la protección de la península antártica permita virar de golpe, encarando las olas de proa. Ese apocalíptico momento del cambio de rumbo es el que eligieron mi padre y Jon para que quedara inmortalizado en el documental, pero claro, sería yo, el junior, el encargado de grabarlo. De modo que me engancharon a una barandilla, con la cámara envuelta en una funda de neopreno especialmente diseñada para trabajar en condiciones extremas, me pusieron un poncho de chubasquero sobre el plumas, y me dijeron que no soltase la cámara (preguntar por el chaleco salvavidas no era una opción: Con el agua helada y aquel oleaje poco se podía hacer por el que cayera por la borda, y menos si tenía atado a su cintura un cinturón doble de baterías). Y allí me dejaron, en cubierta. Cuando la primera ola golpeó al barco por estribor pensé que nos íbamos a pique, pero no, el barco aguantó (ya he contado que este mismo barco se hundió pocos años después, llevándose bastantes vidas con él). Me aseguré de que estaba grabando y cerré los ojos. Fueron veinte minutos de estruendo, agua, y zarandeo, sin soltarme de la barandilla y sin mirar ni una vez por el visor. Un parque de atracciones pasado por agua fría y viento. Lo bueno es que, con el miedo a morir al ser arrancado de mi atalaya por un golpe de mar, el mareo desapareció, dejándome sumido en un placentero estado de ingravidez. Divagaba, canturreaba, pensaba en mi hijo, en mi esquela… De pronto todo se calmó. Habíamos cruzado.

Lo primero que pude ver de aquel extraordinario continente fue un resplandor, un brillo espectacular reforzado por unas extrañas nubes negras, que se reflejaban en el aún más negro mar. Franjas cambiantes que permitían distinguir con claridad los gigantescos acantilados de hielo que formaban los glaciares.

Protegidos de las borrascas, y acompañados por delfines del cabo, y alguna distante ballena, bajamos hacia el mar de Bellinghausen, para subir de nuevo hasta la isla del Rey Jorge, pasando cerca de la isla “Decepción”, un espectacular volcán abierto al mar que lleva más de un siglo dando cobijo a balleneros y marineros en apuros. Antes de visitar la base española, principal objetivo de nuestro viaje, el barco debía realizar una parada en la base polaca Arctowski, en la isla del Rey Jorge.

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[(1) Mi padre y el geólogo, alpinista, profesor, y explorador Jerónimo López a bordo del Heweliusz con la Antártida al fondo -foto mía-. (2) Yo, en la popa del Heweliusz con algo de frío.

Volviendo al punto en el que estaba -doce mil kilómetros al sur de Moratalaz- diré que desembarcamos en la base polaca con los repuestos que esperaban ansiosos tras el largo y oscuro invierno, y tras ser saludados como si fuéramos el séptimo de caballería aprovechamos para hacer algunas entrevistas para el documental. Mi padre intimó con un científico escocés, que sorprendentemente le pidió dinero -no sabemos para qué, pero le soltó doscientos dólares que probablemente serían de Jon, y no suyos-, y tomamos algo de café con posos y agua de deshielo. Aburrido me puse a pasear por la pedregosa playa, haciéndome fotos con pingüinos y costillas de ballenas, cuando de pronto escuché un tremendo y sostenido bocinazo. Miré hacia la entrada de la bahía, pero unas rocas no me permitían ver el mar. Algunos científicos salieron a la carrera hacia el embarcadero. Miré de nuevo, y entonces descubrí un gigantesco barco turístico, un transatlántico con más de tres cubiertas y una decena de pisos, entrando en el puerto natural de la isla para resguardarse de la tormenta. Aquello era desconcertante, apabullante. No tenía sentido. La embarcación avanzó hasta el centro de la ensenada, y se detuvo. No dejábamos de observarla. Era un barco turístico con bandera canadiense. Desde lejos distinguíamos a cientos de pasajeros, protegidos por abrigos rojos, que no dejaban de tomar fotos de aquella pequeña base. Pero lo peor estaba por llegar. Jon me señaló que estaban bajando del barco unas grandes barcazas, llenas de aquellos extraños seres con abrigos rojos. ¡Era una invasión alienígena! Al cabo de media hora empezaron a llegar a la pedregosa playa, y fueron desembarcando. Yo estaba sentado junto a dos pingüinos barbijos cuando llegó la primera oleada. No dábamos crédito. Eran mil turistas, jubilados norteamericanos, que habían pagado una fortuna a la compañía “Adventures Network” por llevarles desde Puerto Montt hasta las Shetland del Sur. Como si fuera la primera vez que veían un bípedo antropomorfo nos pidieron posar con ellos, y durante media hora no hicimos otra cosa más que ser fotografiados por señoras que llevaban un clavel en el pelo, y no me pregunten el porqué de aquel adorno. Y del mismo modo que llegaron, se marcharon en su flamante “Barco del amor”, dejando a pingüinos, focas, y científicos, estupefactos.

Finalmente llegamos a la base española. El Heweliusz fondeó en la “bahía sur” y desembarcamos con el equipo.

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Siempre llevaba dos cinturones de baterías: Uno puesto y el otro colgando del brazo. De caer me hubiera hundido como un plomo. Verme en apuros era algo que a Jon le divertía, era un gran jefe, un poco mamón, pero un buen tío.

 

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Planos robados de la red. En alguna parte guardo las cartas y planos que utilizamos entonces, pero no encuentro las fuerzas para subir a buscarlo a mis caóticas buhardillas.

La base española era un pequeño conglomerado de contenedores rojos conectados entre sí. Había laboratorios, almacenes, y zonas de esparcimiento, así como dormitorios, y aseos. Nos recibió la directora de la base, Josefina Castellví -miembro de la segunda oleada de científicos españoles en la Antártida, después de aquel heroico equipo que llegó a bordo de la goleta “idus de marzo” en 1982-. Para un macarrilla de 25 años -como lo era yo entonces-, aquello era una acumulación de postureo, y las conversaciones sobre cambios climáticos, y reclamaciones territoriales, me importaban un rábano. Los científicos habían marcado zonas de líquenes para que no se pisaran, de modo que cuando caminabas, de pronto, te decían “cuidado, por ahí no, que hay un liquen crustáceo muy viejo”… “Ah, vale” decía yo, esquivando algo apenas visible. Mi cerebro intentaba convencerme de que aquello era importante, pero cuando no miraban probé a pisar fuerte sobre esas cosas amarillentas, y siguieron tan campantes. Mientras caminábamos por los alrededores nos contaron que en lo alto de los glaciares cercanos había un avión estrellado con toda su tripulación, al que nadie nunca pudo acceder, y que de vez en cuando avisaba de su presencia con un destello: Una de las muchas “tumbas de hielo” que hay por el mundo.

Estuvimos un tiempo grabando entrevistas, recorriendo los alrededores, y persiguiendo pingüinos papúa y barbijos por la pedregosa playa. Descubrí también que los leones marinos tienen mucha mala hostia, y que si uno se acerca demasiado a ellos ya puede ser rápido porque, a pesar de su apariencia, corren como demonios. También nos acercamos a un precioso glaciar cercano, en donde nos mostraron las primeras pruebas del retroceso del hielo por el calentamiento global (1990), y tomamos imágenes del barco y de la bahía. Finalmente tocó volver al barco, la base no tenía espacio para invitados. El viento había cambiado, y la bahía entera se había llenado de hielo. Trozos del tamaño de un coche, y otros más pequeños, que habían rodeado el barco y que algunos llamaba “rass” -eso creí entender-. Debíamos embarcar como fuera, pero el viento no dejaba de empujar esa masa de hielo de cubata contra nosotros. Tras algunos debates decidimos intentarlo. El mayor riesgo era que los bordes afilados como cuchillas de alguno de los bloques más grandes rasgaran la zodiac, de modo que cogimos remos y piolets, y mientras avanzábamos lentamente alejábamos el hielo de la embarcación. La bahía sur se había convertido en un tazón de arroz inflado, y los chasquidos del hielo al resquebrajarse hacía que se pareciera aún más con su “chas-chas”, contribuyendo al nerviosismo de mi padre, que sufría de claustrofobia. Apenas habíamos avanzado cincuenta metros en veinte minutos cuando empezó a perder los papeles. Daba órdenes a marineros muy experimentados -que no le entendían-, y lamentaba que no nos hubiéramos quedado en tierra. Se llevaba la mano a la cabeza, y no dejaba de mover la embarcación. Los polacos murmuraban entre sí y Jon, con ese tono entre paciente y amenazante que utilizaba cuando había peligro, me dijo a voces “Pipe, haz que se calme, o nos matará a todos”. Mi padre se puso a insultar a diestro y siniestro, levantándose y desestabilizando el bote, y entonces le cogí de un brazo con fuerza bajándole, y le grite “Para de una puta vez, o te doy con un remo en la cabeza… ¿Me oyes? No me importa una mierda pegarte un tiro con la pistola de señales, o que Jon te saque de la zodiac a hostias, pero ¡para ya!”. Mi padre debió darse cuenta que aquello no era ficción. Todos le miraron con gesto serio, y se llevó las manos al rostro diciendo entre dientes “Pero…pero…”, a lo que Jon añadió un “ni peros ni hostias Felipe, empuja el hielo y calla”. Tardamos una hora en recorrer los doscientos metros que nos separaban del Heweliusz, en donde nos esperaba una escala tosca y una red de desembarco que habían colocado a babor del barco. Decidimos que mi padre subiera el primero, sin material, para asegurarnos de no tener más problemas. Le costó un horror, pero finalmente lo consiguió. Después subimos los demás con el pesado equipo. Mi padre, hombre con poca memoria para lo que le interesaba, viéndose a salvo se dedicó a dirigirnos y aconsejarnos sobre cómo ascender y dónde asirnos, animándonos: “Venga Pipe, tranquilo, vas bien…”. Jon me miraba y sonreía… “Así es tu viejo”.

(En el siguiente seguimos allí, y no tiene desperdicio).

 

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