NO VOY AL MÉDICO POR NO ENFERMAR (COVID)

Otro de esos momentos de pánico al COVID por los que he pasado –después de la intoxicación por polvo de la buhardilla, de la alergia al polen, y de cuando me tuve que meter en el cubo de la basura del bloque de al lado-, tuvo un inicio solidario:

Caminaba por la Corredera, la tarde del 19 de junio, rumbo al supermercado, cuando vi que en el callejón que dejaron las obras de la calle de La Palma, junto a la trasera del Penta, había un hombre tirado en el suelo. Un tío se acercó a la vez que yo para interesarse por él, y cuando le giramos descubrimos que al caer se había cortado en la frente y la mejilla, y tenía un chichón considerable.  Era un hombre de unos cuarenta y pocos años, de origen americano, visiblemente borracho.

Intentamos retenerle, y al mismo tiempo cogí el teléfono de mi pantalón y llamé, equivocadamente, a la policía municipal. Algunos curiosos se acercaron, pero al ver la escena se alejaban rápido. La policía me estaba diciendo que llamase al 112 cuando el hombre salió corriendo, escapando de nuestro control, calle abajo, como alma a la que persigue el diablo. Pero no había recorrido ni veinte metros cuando, de forma extraña, salto hacia adelante y voló un par de metros para acabar aterrizando con mucha violencia sobre su cara, en el duro adoquinado de la calle.  Quedó inerte. Como un saco. Con los brazos paralelos al cuerpo…

Salimos tras él y cuando le giramos se había roto la nariz hasta el cartílago. Se le veía parte del hueso. La cara se le había destrozado con el roce, y el labio estaba agrietado. Sangraba bastante. Otros se unieron a nosotros, pero guardando las distancias. Volvió en sí. ¡Estese quieto! Le dijimos. Y mientras el chico le sujetaba y le decía que no pensaba dejar que se levantase,  yo llamé al SAMUR. Dijeron que vendrían enseguida.

Mientras esperábamos me senté a su lado, sujetándole el hombro para que no se fuera a matar (no tenía que hacer mucha fuerza para retenerle, la verdad). Y entonces me di cuenta de que tanto el otro chico, como todos los que nos miraban, llevaban mascarilla… La madre que… ¡La mía la tenía en el cuello! La había bajado para hablar mejor por teléfono… “¡Seré idiota! ¿Cuántos minutos? ¡¿Quince?!” Me la puse corriendo, y me separé del hombre con el pretexto de ir a por agua al badulaque más cercano. Cuando regresé mantuve las distancias, mientras que una parte de mi cerebro decía “ Es que eres tonto… Pero muuuy tooonto”.

La ambulancia llegó. Se hicieron cargo de Prudencio “el imprudente”, y Felipe “el imprudente” se fue para casa para anotar en el diario del COVID la fecha, y controlar mis síntomas. Otras dos semanas paranoico… Y van… Qué ganas tengo de que acabe ya esto, pero me temo que serán un par de años de paranoia…

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TEXTO ALECCIONADOR CARGADO DE METÁFORAS Y REFERENCIAS QUE MUCHOS GUIONISTAS CONOCEMOS (por supuesto que también otros gremios, pero es el que me interesa a mí).

ÓSCAR WILDE: LA PRINCESA Y EL ENANO

Había una vez una princesa que vivía en un palacio muy grande. El día en que cumplía trece años hubo una gran fiesta, con trapecistas, magos, payasos… Pero la princesa se aburría. Entonces, apareció un enano, un enano muy feo que daba brincos y hacía piruetas en el aire. El enano fue todo un acontecimiento.

Bravo, Bravo, decía la princesa aplaudiendo y sin dejar de reír, y el enano, contagiado de su alegría, saltaba y saltaba, hasta que cayó al suelo rendido. “Sigue saltando, por favor” dijo la princesa. Pero el enano ya no podía más. La princesa se puso triste y se retiró a sus aposentos…

Al rato, el enano, orgulloso de haber agradado a la princesa, decidió ir a buscarla, convencido de que ella se iría a vivir con él al bosque. “Ella no es feliz aquí” pensaba el enano. “Yo la cuidaré y la haré reír siempre”. El enano recorrió el palacio, buscando la habitación de la princesa, pero al llegar a uno de los salones vio algo horrible. Ante él había un monstruo que lo miraba con ojos torcidos y sanguinolentos, con unas manos peludas y unos pies enormes. El enano quiso morirse cuando se dio cuenta de que aquel monstruo era él mismo, reflejado en un espejo. En ese momento entró la princesa con su séquito.

“Ah estas aquí, qué bien, baila otra vez para mí, por favor”. Pero el enano estaba tirado en el suelo y no se movía. El médico de la corte se acercó a él y le tomó el pulso. “Ya no bailará más para vos, princesa” le dijo. “¿Por qué?” preguntó la princesa. “Porque se le ha roto el corazón”. Y la princesa contestó: “De ahora en adelante, que todos los que vengan a palacio no tengan corazón”.

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OTRA DE GUERRAS: LAS MALVINAS

Tenía yo 17 años cuando estalló aquella Guerra de las Malvinas, que terminó un día como hoy de 1982. Fue breve, pero intensa, y dejó mucha huella en la cultura de aquellos años. Pero mientras que mi padre trataba de informar sobre aquello, y explicaba cómo funcionaba un misil Exocet, o quiénes eran los “Gurkas”, yo estaba en un universo paralelo de “pirulas” y descontrol. Como recuerdo quedará aquella canción que bailábamos saltando enloquecidos, sin tener la más mínima idea del conflicto que se llevó la vida de 649 argentinos y 255 británicos…

LAS MALVINAS

Código Neurótico

Yo me voy a hacia las Malvinas
Yo me voy lleno de anfetaminas
Yo me voy a hacia las Malvinas
Yo me voy lleno de anfetaminas

Que más te da! Que más te da!
Que más te da! Que más te da!

La presidenta Thatcher me está cayendo gorda
La presidenta Thatcher es una gran pelota
La presidenta Thatcher no come gominolas
La presidenta Tatcher no sabe saltar olas

Que más me da! Que más me da!
Que más me da! Que más te da!

Yo me voy a hacia las Malvinas
Yo me voy lleno de anfetaminas
Yo me voy a hacia las Malvinas
Yo me voy lleno de anfetaminas

Que más te da! Que más te da!
Que más te da! Que más te da!

Esta es una guerra con barcos y aviones
Esta es una guerra no habrá soluciones
Esta es una guerra con barcos y aviones
Aunque muera mucha gente no habrá soluciones

Que más te da! Que más te da!
Que más te da! Que más te da!
Que más te da! Que más te da!
Que más te da! Que más te da!
No, no, no, no!

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La olvidada Guerra de África que deberías recordar

Huyendo de mis obligaciones literarias remuneradas he vuelto a viajar en el tiempo. (Resulta sencillo cuando uno se esconde en buhardillas que apenas han cambiado en los últimos 140 años). Hoy he visitado un momento olvidado por nuestro país -por muchos y buenos motivos-: La Guerra de África (“Segunda Guerra de África” o “Guerra del RIF” para los entendidos). Sin ser un historiador resulta evidente el sobresfuerzo que hizo España para defender su orgullo militar, tocado y hundido por los reveses de finales del XIX. Buscando redimirnos elegimos un conflicto menor, y proyectamos allí toda nuestra rabia. Pero nos salió “rana”. A pesar de la colaboración francesa (que a veces fue en nuestra contra), la Guerra duró oficialmente desde 1909-1911 hasta 1927.

Durante ese tiempo murieron más de 25.000 soldados españoles. Una tropas que fueron alistadas a la fuerza en pequeñas localidades de España. Muchos de esos pueblos aún conservan placas con los nombres de los caídos y anécdotas de los que sobrevivieron, la mayoría agricultores que no tenían ni idea de a qué se enfrentaban, casi todos analfabetos con poca o nula formación militar. Los afortunados urbanitas se libraron pagando una suma que no era muy alta, aunque inalcanzable para la gente del campo, de modo que en las ciudades no se tuvo una sensación cercana del conflicto.

Fue un conflicto “experimental”. Así como hicieran los nazis durante la Guerra Civil con bombardeos indiscriminados como los de Gernika o del Maestrat (que algunos niegan), en la Guerra del Rif se probaron armas que se usaron en la Primera y Segunda Guerras mundiales. Los aviones de observación, por ejemplo, fueron uno de los más aplaudidos avances en eso de localizar y matar enemigos, pero hubo algo mucho peor: Las armas químicas.

Nuestra tropas (o sus líderes más bien) utilizaron contra la población civil marroquí fosgeno, difosgeno, cloropicrina y gas mostaza (fabricado en La Marañosa, Madrid). Siempre lo negaron, incluso a día de hoy. [En 2005 ERC propuso que España reconociese el uso sistemático de armas químicas contra la población del Rif, pero PSOE y PP lo rechazaron].

Tropas de la Legión con cabezas de rifeños decapitados (Wikipedia)

Otra de las “innovaciones” fue el desembarco aeronaval. En una acción militar dirigida por Primo de Rivera 13.000 hombres tomaron Alhucemas en lo que es considerado el primer desembarco aeronaval de la historia (Años después serviría de modelo para el desembarco de Normandía gracias al estudioso Eisenhower).

Los apellidos de los implicados dan alguna idea sobre por qué se habla tan poco de aquellos días que tuvieron tanta importancia en el futuro de este país: Millán Astray, Primo de Rivera, Franco (que consiguiera ascender a General tras el desembarco de Alhucemas…). Y en el lado Francés nada menos que el Mariscal Pétain.

Abd el Krim con Horacio Echevarrieta negociando la devolución de prisioneros tras el “Desastre de Annual”

Las tropas de Abd el Krim -que no eran unos angelitos- usaban técnicas de guerrilla, salvo en algunos momentos puntuales, como en el “desastre de Annual”, en donde murieron más de diez mil hispano-franceses, la mayoría degollados cuando las tropas marroquíes tomaron el monte Arruit (al lado de Melilla).

Degollados en el monte Arruit (Wikipedia)

El coste que tuvo la guerra se sumó al daño de la pérdida de las colonias, dejando el país al borde de la quiebra, perfecto caldo de cultivo para lo que vino después.

Mi familia lo sufrío poco. Éramos afortunados. Salvo el tío abuelo Joaquín Astolfi, capitán médico del ejército. Durante la Guerra estuvo luchando contra el paludismo que diezmaba a las tropas españolas y a los residentes en el protectorado. Investigaba sobre el terreno, con pocos medios, pero logró salvar muchas vidas. Cuando estalló la Guerra Civil no se sumó al bando golpista, y escapó a México en donde se dedicó a la ciencia hasta su muerte.

Seguramente coincidieron, o eso quiero pensar yo, Joaquín y Esteban, uno de los abuelos maternos de mi hijo. Un hombre de la “sierra alcarreña” al que conocí cuando ya estaba perdiendo la cabeza, y que nunca terminó de entender aquello. Simplemente obedecía órdenes mientras veía como masacraban a sus compañeros. Es otra de las series que nunca haré, al menos yo.

En fin. Voy a escribir un poco….

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Infarto de corazón-corazón

F.M

El miedo ha sido bien sembrado en la huerta de nuestro mundo y de nuestros días, sin que el hortelano olvidase las cosas mínimas: el abono fue elegido con calma, se aprovechó bien la oferta de la primavera, y fueron abiertos los surcos con pericia.

Ha florecido. En algún retazo surge el matorral frondoso de los accidentes; allí, la sombra tupida de la guerra; más allá, la planta más fértil, el miedo a uno mismo. Y, en un rincón cuidado, el corazón, corazón, que con tanta frecuencia les estalla a los hombres de bien como a los que no lo son.

Ya ni siquiera interesa, como noticia, la muerte súbita de los hombres que caen sobre sus mesas, sobre el volante de su automóvil, o sobre el charco de la esquina. Cosas que eran antes, por lo menos lingüísticamente, difíciles, como el infarto, la trombosis, el paro cardíaco, son ahora temas de tertulia tabernaria y de sobremesa familiar, cuando ni siquiera la luminosa alcahueta que es la televisión puede hacer que la fruta descanse en silencio.

Los médicos lo han explicado de mil maneras, pero, sobre todo, de una manera no-médica. Dicen que nos mata la historia, que es una bestia voraz, especializada en corazones. Dicen que nos mata la civilización, nada menos, y muy concretamente nuestra civilización, la llamada “occidental”, esa mezcla fastuosa de gloria y excrementos, ese edificio tan difícil.

Dicen aún más cosas los médicos. Friedman y Rosenman dicen en “Type A behavior and your heart” que los motivos por los que se nos parte el corazón, corazón, son personales: solo les sucede a algunas personas, esas, precisamente, que corresponden al “tipo A”. Un tipo, digámoslo de una vez, siniestro. Un gusto excesivo por la competencia, dicen, agresividad, impaciencia, y un sentido acelerado, urgente, apremiado, del tiempo. Y añaden: Los individuos que se comportan así parecen estar empeñados en una lucha contra ellos mismos, una lucha incesante, crónica y, muy a menudo, infructuosa. Y también en la lucha contra los otros, contra las circunstancias, contra el tiempo y, a veces, contra la misma vida. Frecuentemente exhiben una hostilidad vaga, aunque racionalizada y, casi siempre, una profunda inseguridad.

Ése es, dicen los médicos, el tipo que, súbitamente, se encuentra con el hiato catastrófico de su corazón, corazón. Un gran hombre, Sir Peter Medawar, que a veces gana el premio Nobel de Medicina y, a veces, escribe sobre el amor, las inspiración, la santidad, y el alma humana, comenta las andanzas del “Tipo A”, diciendo: Probablemente, conocimos a ese tipo en la escuela primaria. Cuando el maestro hacía una pregunta a toda la clase, y un muchacho se levantaba, alzando su brazo, en agonía, y clamaba: “Por favor, por favor, pregúnteme a mí.” Ése era.

Pero resulta que las fórmulas incambiables de la biología han ido construyendo en torno a nuestro corazón, corazón, una corona arterial. Las arterias coronarias rodean la víscera sagrada como la cuerda de un chaval rodea la peonza. Cuando el corazón, que también tiene forma de peonza, se mueve, muévese con él la arteria, que se agita con sus brincos, se duele con sus dolores, se estira y se encoge con sus sístoles y diástoles. Y es solo una arteria, no un calabrote marinero, gordo y bien trenzado. Es solo un tubo de pequeño diámetro, cuyas paredes, tejidos sutiles y hermosos, carecen del rigor del acero: son tejidos humanos, finitos, destinados a una función limitada que bien pudiéramos llamar felicidad, esa cosa tan secreta.

Dicen Friedman y Rosenman que ningún ingeniero podría construir un tubo que pudiera soportar las pasiones de un “Tipo A”. Pero este “Tipo A” aprieta, salta, grita, se impacienta, hace que su corazón actúe como un león encerrado en una caja de cristal, y  transmite las congojas y las ambiciones a un músculo pequeño, pretendiendo que funcione como un martillo pilón. Mientras, miles de diminutos obreritos fisiológicos se afanan por reparar constantemente las averías de la arteria, como las células del endotelio, que restañan las pequeñas heridas del tubo. Pero el trabajo llega a ser inútil, y el cataclismo inunda las páginas de los periódicos.

Antes no se moría así, más que de amor. Así se partió el corazón, corazón de la princesa Mafalda. Así morían, en brazos de la persona amada, los hombres y las mujeres que tenían más entera la ambición de inmortalidad que las arterias coronarias. Un beso podía partir esas arterias, y eso sí que era una forma increíblemente humana de morir. Pero si lo que dicen Friedman y Rosenman es cierto, resulta que el corazón, corazón, por lo único que no se parte en estos tiempos es por amar, porque el amor ha sido transformado, facilitado, yya no provoca grandes tempestades, ni soledades irremediables, ni deseos eternamente instisfechos. EL corazón, corazón, se parte precisamente por no amar, y si es esa la condena que parece esconderse tras las palabras alarmadas de los médicos, maldita la gracia que tiene vivir y medrar en el marco reglamentario que nuestra “occidentalidad” nos impone.

libro-literatura-y-enfermedad

Porque el “Tipo A” es el ejemplo, el modelo que estamos poniendo delante de nuestros hijos para que aprendan. El “Tipo A” es “el hombre que hace cosas”. Cuando le encargan una tarea enloquece y desarrolla al máximo la capacidad que todos tenemos para usar el látigo, incluso contra nosotros mismos. Decimos a los niños que sean buenos, y que, para eso, lo que hace falta es ser silenciosos, tenaces, fríos, laboriosos, incontaminados, decididos, crueles hasta la justicia, justos hasta la crueldad. Y aún añadimos, como consuelo, que el premio es el poder. La educación occidental es una artimaña para conseguir que se nos partan las arterias, pero con la condición previa de que se nos partan después de haber poseído cosas y haber facilitado, duramente, a otros, la posesión de cosas. El propio MEdawar cita al viejo y estupendo Sir William Osler cuando decía que la mayoría de sus pacientes perdidos eran ciudadanos ejemplares: se levantaban temprano y se quedaban trabajando hasta muy tarde.  Así dicen que son las víctimas de los infartos y las trombosis, buenos ciudadanos, reyes del petróleo, directores de empresas, hombres sin domingos ni vacaciones, hábiles para hablar por teléfono, escribir cartas, comprar vidas ajenas, y si acaso, si acaso, alguna pequeña fuga alcohólica al atardecer, raramente una mujer, más raramente una partida de naipes con los amigos, y muchísimo más raramente los amigos mismos.

Así, lentamente, las arterias van almacenando heriditas malamente cicatrizadas, y en ellas se va depositando la grasa, la maldición del colesterol. EL efecto que produce esa capita es el mismo efecto cosmético y traicionero del maquillaje sobre el rostro de la vieja madrastra de Blancanieves, que engaña al espejo hasta el día en el que maquillaje se despega y se derrumba. Las cicatrices de las coronarias se endurecen, y lo que había sido tejido suave de la paredarterial se hace tubo de hueso, por el que no puede pasar la sangre cuando lo exige un grito, un susto, una ambición fallida, la pérdida del empleo, la condena de todos los demás y de uno mismo. Y entonces se cumple el último rito de la “occidentalidad” y otro “Tipo A” se convierte en esquela ante el pasmo de los que están condenados al mismo final. La explicación de Friedman y Rosenman es terrible, porque, al parecer, da lo mismo fumar que no fumar, comer que no comer, ser gordo que ser flaco. Solo al “Tipo A” se le parte el corazón, corazón, porque solo el “Tipo A” a querido ser en todo mejor que todos, empecinado en la excelsitud, inhábil para la sonrisa sincera, o para el perdón, frágil ante el propio error.

De alguna forma será, ya lo sé. Horrorosa o dulcemente me iré de entre vosotros algún día, y dejaré mi mesa desordenada, mis deudas sin pagar, mis culpas sin redimir, mis libros y mis hijos a la intemperie. Pero me propongo, firmemente, mantener frescas mis coronarias renunciando a ser César. Yo prefiero ser, desde el principio, NADA. A mí nadie me partirá el corazón, corazón, salvo tú, corazón.

FELIPE MELLIZO “Literatura y enfermedad” 1979.

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UNA DE DOS: “Hikikomori”, o “Síndrome de la cabaña”

Tengo miedo de que esto del encierro acabe. Como suena. Hasta el día de hoy soy un afortunado. No he perdido a nadie cercano, ni estar en el paro supone un problema grave para mí. Tengo una casa soleada, dos buenas buhardillas llenas de basura y recuerdos que ordenar, y estoy con mi chica, con quien me llevo estupendamente y que comparte conmigo filias y fobias. Lo demás me sobra. ¿Es posible de verdad que no tenga necesidad de nada? Me da pereza salir. Nada dramático, no es eso, simplemente me pregunto ¿Para qué? Mi hijo es un adulto y hace su vida; no tengo padres, no veo a mi familia nunca; El trabajo me cabrea y me frustra cada vez más; Ya no voy a bares por no beber, ni puedo ir a restaurantes por no engordar. ¿Relacionarme? La gente, en su forma tangible, me saca de mis casillas, y con las “máquinas” en casa no añoro ni el deporte ¿La naturaleza? Bueno, sí que la echo de menos, pero con un par de documentales y lo bien que huele la “ciudad sin coches”, me consuelo. Tengo libros para leer durante tres vidas, y una buena conexión de internet… No sé. Igual prefiero quedarme…

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Bares colaterales…

No resto importancia a las vidas que se pierden por el virus, ni hago de menos a los que tratan de evitar que esto suceda si le dedico unas líneas a los bares, pubs, restaurantes, y el resto de establecimientos hosteleros de todo el mundo. Para mí son un segundo hogar, casi un primero. Escribo en ellos, me reúno en ellos, me alimento en ellos, saco experiencias de ellos, mato las penas en ellos… Son víctimas de ávidos recaudadores, de normas infinitas, de especuladores del suelo… Nos quejamos de sus ruidos, pero recurrimos a ellos para celebrar nuestros grandes y pequeños ruidosos momentos. Sus pistas de baile, barras, o comedores nos protegen de pensamientos oscuros. Los que trabajan en ellos nos escuchan con paciencia más o menos fingida -y más o menos creíble-, siempre que cumplamos dos reglas básicas: pagar y no molestar a los demás. Bien, pues esos bares y garitos van a estar cerrados mucho tiempo y muchos no sobrevivirán a ese paréntesis. Entiendo que la situación lo requiere pero me apena, y me pongo en su lugar. Muchos otros trabajos sufren por el coronavirus, prácticamente todos, pero hoy me apetecía recordarles a ellos y darles las gracias. Volveremos.

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La jarapa y mi padre (Sin “Coronavirus”)

De haber enterrado a mi padre en lugar de repartir sus cenizas por la Sierra de Guadarrama, su mortaja tendría que haber sido una “jarapa”. Una de esas con mil colores, que hacen honor a la etimología de su nombre: tela confeccionada con harapos, o “harapa”. Y es que en cuanto a decoración e interiorismo mi viejo era poco menos que un visionario. Me explico: Precursor del reciclaje, mi padre levantaba estanterías para sus miles de libros con cajas y tablones desparejados, sostenidos por otros tantos libros, y para embellecer esas estructuras las cubría con “jarapas”. La televisión en su casa de Alpedrete estaba colocada también sobre una caja de libros, camuflada por otra elegante “jarapa”. Había “jarapas” sobre los sofás, como alfombras, y como manteles. “Jarapas” para recoger el polvo y “jarapas” cubriendo el sofá, en donde uno se protegía del frío invierno serrano con otras “jarapas”. “Jarapas” como mantas, toallas y trapos, y hasta “jarapas” para limpiar el coche. Desde su muerte no he vuelto a tocar una “jarapa”, pero guardo alguna de aquellas en la buhardilla, que nunca se sabe…

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¿Quo Vadis?

Cuando llega la Semana Santa me vienen a la cabeza todas esas producciones que tan bien conocemos, como “La túnica sagrada”, “Quo Vadis”, o “Los díez mandamientos”, y aún siendo un ateo convencido no dejo de sentir nostalgia por aquel cine de efectos mecánicos, esos decorados grandiosos que no eran creados en un ordenador, sino levantados y pintados a mano. Esos forillos que temblaban cuando caminaban aquellos grandes actores, todos ellos muy teatrales, exagerados. La naturalidad, y los efectos especiales, no me provocan la cercanía de aquello. Como dice Ms P “Eran decorados que uno sentía que podía reproducir en casa con dos sillas y una tela, no como en las obras actuales de cine y televisión. De andar por casa. Cuando los decorados parecían deorados”. Todavía recuerdo el chasco que me llevé cuando salió la primera copia remasterizada de “La Guerra de las Galaxias”, con naves añadidas y otros efectos. Era una traición. No quito valor a los editores digitales, pero prefería las maquetas y petardos de los primeros días… Los efectos de hoy en día son tan reales, que ya no se puede llamar ficción al resultado, y los rodajes son tan ficticios (en estudios con un gran croma y disfrazados todos como Oompa Loompas) que resultan increíbles, y alejan a los actores del relato, del cuento en el que participan. A mi juicio nos ha alejado del sueño dándolo todo mascado. Es una opinión, nada más, y seguramente podría opinar lo contrario, pero ahora me apetece decirlo.

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Sobre el control de la red…

(Artículo publicado en 2001. En LA CORRIENTE ALTERNA. Periódico digital extinto que luego fuera un programa de televisión).

Circulaba con el coche por una desierta autovía de este país. El día era claro, soleado y fresco. Una música suave, y el aire que entraba por la ventana, me relajaron lo suficiente como para no ver el control de tráfico que tenía unos cientos de metros por delante de mis narices. Frené con más cuidado del normal y me detuve. Un agente bigotudo se acercó a mí parsimoniosamente. Mi velocidad era la legal, tenía los papeles en regla, el seguro pagado, no llevaba armas, ni drogas… tranquilidad, me dije. El agente me saludó fríamente, yo le devolví el saludo con la más hipócrita de las sonrisas. Me pidió los papeles y se los di, sin dejar de mostrar esa patética mueca. “Ahora me dirá que ya está y seguiré mi camino”, pensaba… “¿Puede abrir su maletero?” fue todo lo que salió de su boca.

Había perdido veinte minutos y ya no me hacía tanta gracia. Salí del coche algo molesto y le abrí el portón trasero. “¿Hacia dónde va?” me preguntó. Pensé decirle alguna impertinencia, pero mis labios me lo impidieron revelándole de inmediato mi destino exacto. Miró en el maletero –un verdadero caos de raquetas, papeles, y ropa- y se fijó en una bolsa verde militar. ¡Coño! Pensé. Antes de que abriera la bolsa me deshice en explicaciones innecesarias: No he tenido tiempo de dejarlo en casa, no quería tirarlo… el inmutable Guardia Civil me hizo sacar de la bolsa un recipiente, una cubitera verde con tapa y placa con el nombre y la fecha de la incineración, que meses atrás me habían entregado con las cenizas de mi difunto padre, y que cuando las esparcimos en el Collado del Milano no quise abandonar.

Tras una hora de explicaciones conseguí que me dejaran marchar. Encendí la radio otra vez, bajé la ventanilla, e intenté olvidar aquello, pero no podía: ¿Quién coño era ese tío para detener el viaje de un ciudadano cualquiera, sacándole información personal y haciéndole perder una hora de su tiempo libre? Y, sobre todo, ¿qué iba a hacer con esa información que había conseguido? Mi padre era un personaje conocido, ¿se lo contaría a alguien? ¿Se reiría de mí? Conforme avanzaba en mi camino el cielo se fue nublando. Llegué a mi destino cabreado, llovía a mares, y en cuanto tuve un ordenador cerca me conecté para leer mi correo y las últimas noticias… ETA había atentado contra el General Justo Oreja frente a mi oficina de Madrid, en la calle López de Hoyos. Recordé al Guardia Civil que me retuvo, con sus preguntas y pesquisas. Pensé en los foros y chats en los que se leen mensajes violentos, de bromistas y no tan bromistas, y en los mecanismos de control de la información que circula por Internet.

Uno vive controlado todo el día: cuando paga con tarjeta de crédito, cuando asiste a un partido de fútbol, cuando compra un billete de avión y cuando viaja por carretera. Nos controlan en las oficinas y en los bares, al entrar en discotecas o edificios públicos… El control molesta en cualquiera de sus formas, pero es inevitable. Lo que a mi me importa, o me gustaría saber, es qué hacen con la información una vez que nos han ‘devorado’, y si todo este ejercicio de espionaje sirve para algo. Yo, personalmente, creo que en mi caso sólo sirvió para que un agente tuviera algo que contar a sus nietos.

F.M

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POR EJEMPLO: UNA MUJER.

Es imposible resumir en unas pocas líneas todo lo que significa para mí “Ms P”. Podría sintetizar señalando que es un ser humano excepcional. La mejor combinación de nucleótidos posible. Recién superada la adolescencia dejó todo atrás para irse a Nueva York. Había invertido en el billete lo que ahorró trabajando como administrativa en una empresa de muebles de oficina de Castellón, para vivir su sueño. Sin un “duro” y viviendo sin visado -con el miedo a ser descubierta y expulsada- consiguió ganarse la vida y estudiar publicidad, aprendiendo el idioma gracias a los anuncios de la televisión de la casa en la que trabajaba como “Au pair”. Cuando -años después- regresó a España, siguió perseverando en su objetivo de contar historias y llevarlas a la pantalla. Con una economía muy ajustada, empleaba dos horas y media en llegar hasta la oficina (Globomedia) desde un pequeño pueblo de Toledo (Yepes), y otras dos y media en regresar, leyendo guiones en el último tren para superar el miedo de caminar de noche y a solas por el oscuro parking de la estación de Aranjuez.

Nunca dudó de sí misma, y de ese modo ha llegado a escribir en más de una decena de exitosas series, y a liderarlas desde finales de los años 90 con un insuperable porcentaje de éxito, siendo una de las pioneras en un mundo dominado por hombres. Nunca vi a nadie trabajar con más tesón y brillantez. Jamás concedió un milímetro al machismo, ni a las injusticias. En casi treinta años de carrera nunca se cogió una baja, ni se amilanó cuando era maltratada o ninguneada, ni procrastinó, ni se puso de perfil ante un reto. Siempre leyendo o escribiendo, frente a su ordenador y un sandwich. Afilando los lápices con los que anota revisiones, fechas, fallos propios o ajenos… Ante cualquier problema Ms P respira hondo, aprieta la mandíbula, y se pone a trabajar para solucionarlo. Mejor Productora Ejecutiva de ficción por la Academia en 1999, Premio Talento en 2014, y “co-propietaria” de varias decenas de premios ATV, Ondas, etcétera. Puedo decir con absoluto convencimiento, que su único error en tres décadas he sido yo. Preguntad si no me creéis.

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SCAVENGERS, O LOS QUE TIENEN QUE SERVIR.

Una mañana de 1994 llegó a la oficina de GECA un proyecto de Antena 3. Era un concurso de Julian Grant y la 20th Century Fox que se producía en Pinewood. Una franquicia que se había exportado -decían- a varios países, y que tenía garantizado el éxito. Nuestro trabajo era investigar, estudiar el formato, y redactar un informe para que nuestros superiores pudieran contárselo a la cadena y ésta decidiera si participar o no.

Dirigido por mi jefe entonces -Manolo Valdivia- rellené páginas y páginas que fueron convenientemente corregidas y editadas, y nuestra conclusión fue que el programa no funcionaría en España, fueran quienes fueran los conductores.

La cadena dudó durante un tiempo, incluso dijo que no lo haría, pero de la noche a la mañana cambió de parecer y montó un equipo… Muchos pensamos que 20th Century Fox había utilizado algún argumento de peso, algo sobre derechos de películas quizá…. Vaya usted a saber, y por otra parte debían tener suscrito un costoso acuerdo con algún presentador, pero eso no lo puedo asegurar.

Yo me olvidé del formato hasta que nuestro jefe soltó que, para sacar adelante un programa que sabíamos que no saldría adelante necesitaban guionistas que hablasen inglés y que quisieran pasar tres meses en Londres, con un buen salario y unas grandes dietas. Dicho y hecho. Nada me gusta más que un reto de antemano perdido, pero con diversión asegurada. Junto a un par de compañeros de GLOBO, nuestra empresa “hermana”, y un guionista recomendado por la casa y con gran experiencia en concursos y programas, nos reunimos en la sede de la cadena para cerrar nuestros contratos y marcharnos a Londres para trabajar junto al equipo que hacía la versión inglesa, conocidos por haber montado también otro concurso muy exitoso “Crystal Maze”.

Por el camino fuimos descubriendo los demás detalles:

Lo presentaría Bertín Osborne, junto a Olga Ojeda, y con la colaboración del actor Juan Rueda como “medio hombre”. Viviríamos en el Heathrow/Windsor Marriott, un hotelazo en Slough, junto al resto del equipo. Diariamente iríamos al plató, en Pinewood, y trabajaríamos codo a codo con el propio Bertín, todos a las órdenes de Chema Quero, director del programa (Me acuerdo de casi todos los miembros del equipo español, pero no los nombraré, por si quieren pemanecer en el anonimato).

Bertín nos ganó de inmediato: era más showman fuera del escenario, que dentro. Venía acompañado por su pareja de entonces, y por su representante/amigo Jaime Morey. Por supuesto que nada más llegar preguntamos por Pinewood. Queríamos ir cuanto antes. Los estudios no nos decepcionaron. Visitamos los platós en donde se habían rodado películas míticas, y los estudios de efectos en donde habían nacido infinidad de criaturas de nuestras pesadillas [“Razas de noche” era entonces la referencia en cuanto a “seres” de ficción, y pudimos entrar en sus talleres… Allí estaba ese personaje que se hizo tan popular por parecerse a un importante político catalán]. En el estudio grande, el “007”, habían reconstruido el Londres de Dickens para una película, y en el exterior, cerca del edificio principal, Richard Gere y Sean Conerry rodaban “El primer caballero” [Gere comía a diario en el comedor de los estudios, junto a su equipo, haciendo cola con su bandeja y hablando con todos, incluso con nosotros, mostrando siempre una estupenda sonrisa. Connery fue fiel a lo que se espera: Un borde. Sieso, de gatillo fácil. Uno de nuestro equipo quiso pedirle un autógrafo y casi se lo come crudo]. Pero lo que a mí me impresionó más de aquello no fue el famoseo, ni estar en donde se rodó “El Gran Gatsby”, sino aquel ciclorama gigante y su piscina, en donde había navegado el “Poseidón” de la original y catastrófica película.

El trabajo era extenuante, pero pronto encontramos tiempo para el cachondeo. Las máquinas de bebida alcohólica de los pasillos del hotel se vaciaban cada noche. Carreras por pasillos, cambios de habitación, cambios de ropa, e incluso algunos accidentes, como cuando D.F me rompió las gafas de un raquetazo, jugando al tenis en los pasillos del hotel.

Lo de Bertín era un tema aparte. A pesar de estar acompañado no perdía ojo de ninguna mujer que pasara cerca de él, pero su pasión por los caballos -durante las semanas que estuvimos con él fue a ver varias cuadras y carreras, con la intención de comprarse alguno-, y por el fútbol -en pleno mundial de 1994- absorbía “casi” toda su energía (y punto). Finalmente ganó la porra del mundial y se llevó la pasta, y no se invitó ni a un botellín.

Escribíamos en una habitación del mismo hotel, en unas mesas que se habían colocado a modo de oficina. Teníamos poco tiempo, de modo que nos turnábamos para cumplir con las entregas. En un momento de absoluto agotamiento nuestro compañero J.C empezó a dar cabezadas sobre el teclado, hasta quedarse tendido sobre él. Cuando le levantamos vimos con sorpresa que lo escrito por su frente ¡tenía sentido!

En el estudio había una batalla diaria. Los concursantes, tipos fornidos y tías buenas, tenían cierta querencia al cachondeo, y los británicos del equipo se dedicaban a mal-meter en la producción española, hasta el punto de que descubrimos que grababan sin permiso el trabajo del director dentro del control , y que tenían a un técnico absolutamente bilingüe fingiendo no entender español para informar a sus superiores de nuestras decisiones.

Todo era muy musical. La jornada empezaba con “Things can only get better” sonando por los altavoces del plató, y se cerraba bailando en algún pub de Windsor la canción del momento: “Baby I love your Way”, y cuando C.M, inmerso en la lectura de uno de sus guiones, cayó en el mayor de los estanques -Talkback incluido-, los miembros del equipo decidieron bautizarnos como los “Wet-wet-wet”, poniendo un cartel con el nombre del grupo a la entrada del despacho de los guionistas.

Recibimos algunas visitas, por supuesto, y fuimos a Londres alguna vez para tomar tortillas en Navarros. Pero lo realmente importante vino cuando cerramos los guiones y pudimos entregarnos libremente al cachondeo (otros tuvieron que seguir currando). Con el hotel lleno de invitados de las cercanas carreras de Ascott -a los que atormentábamos por su aspecto-, cogíamos algunos taxis y nos marchábamos a la City. Nuestro local preferido, “Los Locos”, estaba junto a la Soho Square, en el tramo de Soho street que lleva a Oxford. Allí, unas tías vestidas con cinturones/cartuchera de chupitos se sentaban sobre nuestra nuca y nos hacían beber una y otra vez, o quizá éramos nosotros los que lo pedíamos… Después nos pasábamos por sitios como “Café de París”, una discoteca en la que me gasté casi todas las dietas invitando a “triple” a todos los que estaban en la barra… No hace falta decir que muchas noches acaban al alba, bien caminando descalzos por Oxford Street hasta encontrar un taxi que quisiera llevarnos hasta Slough, o durmiendo en alguna habitación ajena (algunos, no todos claro).

Finalmente superamos la prueba y volvimos a España, algunos con mucho dolor por dejar a alguien atrás, como suele suceder en ese tipo de experiencias “inmersivas”. El programa se editó y pasaron meses. Yo ya me había olvidado de él cuando se emitió, sin mucho éxito. Lo cambiaron de franja para completar su emisión y pasó a convertirse en una referencia kitsch gracias a la presencia de Bertín, prototipo españolista, disfrazado como soldado espacial pero hablando como si estuviera en un bar de Dos Hermanas.

(Añadiré más datos conforme los recuerde, como siempre). Muchos llevaron allí una vida más monacal que yo, que no se me enfaden. Y sí, hay cosas que mejor no contar, como siempre.

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Obsesiones: Un relato familiar más rescatado del olvido.

El tiempo, la historia, y las generaciones, van borrando por aplastamiento las vidas de los que llegaron antes, y conforme nos alejamos del origen lo grande se vuelve pequeño y lo pequeño desaparece. Es algo que me obsesiona desde siempre: Haber vivido “pa ná”.

Puede que tuvieras influencia en tu entorno, sí, incluso algunos habréis llegado a trascender a la wikipedia, pero según caigan los días seréis aplastados por nuevas entradas, y en diez mil años, salvo tres o cuatro imágenes religiosas, alguna guerra, y Hitler y los omnipresentes documentales sobre nazismo, no seremos más que átomos, “bytes” de información que no rescatarán ni los guionistas más necesitados… ¡Yo me niego a desaparecer!

Pero como no puedo conseguir mi propia inmortalidad -por una evidente falta de valores, y las limitaciones naturales habituales-, y tampoco tengo dinero para construir mi propia pirámide -como están haciendo algunos de mis conocidos-, me dedico a ensalzar a los demás. Lo he hecho con los que me rodean, siempre, y también lo hago con mis antepasados. De ese modo he ido confirmando que “todo el mundo” tiene una gran historia detrás -lo que la mayoría ya sabíais-. No una historia normal, no una vida mediocre en la que naces, creces, te reproduces y mueres ¡Una vida extraordinaria! Por eso rescato todo lo que puedo, y de ahí la obsesión con el pasado.

Por la popularidad de mi padre siempre he contado quiénes fueron sus ancestros, pero nunca hablo de los de mi madre, Carmen Sanz. Hoy, leyendo sobre el coronavirus, recuerdo a Joaquín Sanz Astolfi, el hermano de mi abuelo Luis, el topógrafo. Joaquín era médico militar cuando estalló la guerra civil. Había estado sirviendo en África, luchando contra el paludismo que diezmaba a las tropas españolas en el 26 [Por eso de las diferentes generaciones, la de mis abuelos sufrió y participó más en la Guerra de África, aunque luego padecieran también la del 36]. Investigador incansable, Joaquín siguió su trabajo mientras pudo, se casó con una señorita de la alta sociedad, y se reprodujo como mandan los cánones.

Recientemente ascendido a capitán, sus mandos africanos le ordenaron que se uniera al bando nacional y se negó. En cuanto pudo Joaquín escapó a México y, como tantos otros, jamás regresó. Su hermano, mi abuelo Luis, quedó en España, trabajando como topógrafo en obras públicas. Se casó con Carolina Rivera, a quien conoció cuando ambos cantaban en un grupo coral de Madrid, pero murió de cáncer de estómago muy joven, dejando a Carola a cargo de tres niñas, una de ellas con parálisis cerebral -una tarea complicada en aquellos años, a pesar de la ayuda familiar-. Joaquín rehízo su vida en México, triunfando como médico e investigador.

Como es natural acabó trabajando en los Estados Unidos, pero no volvió a España (También como tantos otros).

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¿Te has enterao? Han nombrado a…

Resulta cuando menos curiosa la reacción de productores, colegas, y empresarios de la industria audiovisual cuando hay un nombramiento. El manual se repite una y otra vez desde el principio de los tiempos: ¿Le/la conoces? ¿Trabajaste con él/ella? ¿Qué tal te llevas con él/ella? Aunque entendible, me aburre. Es una cosa como antigua, al menos a mi me lo parece. No digo que no sea importante tener una buena entrada para acceder a los que forman parte del pequeño grupo de “compradores” de cadenas y plataformas, pero me da “cosa”, “grimilla”, que me pregunten, y que ese dato pueda hacerme valer más, o haga mejores mis proyectos. Por conocer, pues con cierto nivel de experiencia nos conocemos todos; Llevarnos, pues nos “llevamos” cuando nos vemos; Opinar, pues opinamos bien y mal de todos (todos hemos sido etiquetados como buenos y malos en algún momento, somos seres criticones)… Pero incluso accediendo con mayor facilidad que alguien que empieza en esto, los imponderables para lograr el objetivo final, venderles algo, son tantos que a veces “conocer” es peor que “desconocer”. Normalmente, si les conoces, acabarás dando la cara por un formato que no es tuyo, y con la sensación de haber quemado tus posibilidades de proponer algo propio -que es de lo que va ser autor-. Ese es mi pensamiento de ahora, sentado en mi esquina segura (a propósito de los dos nombramientos de ayer). De vez en cuando me llaman para entrevistarme como candidato para estos puestos, sabiendo de antemano que tampoco valgo para eso, pero me gusta pensar en quién, por qué orden, y con qué intenciones me llamaría para intentar cobrarse favores, y me parto de risa. Supongo que aunque no lo digan, los elegidos siempre tendrán ese momento de “Ja, te estaba esperando” (conozco algún caso y sé que resulta edificante).

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LOS NEGROS EN LA ESCRITURA: HABERLOS, HAYLOS

(Mientras espero)

En estos tiempos de revisión y “moñificación” del lenguaje, deberíamos haber encontrado ya un término que sustituyera la expresión “negro” en su acepción “Persona que trabaja anónimamente para lucimiento y provecho de otro, especialmente en trabajos literarios” (RAE 2020)… Y es que queda feo decir aquello de “Yo he sido negro”, y su origen racista es más que evidente, además de repugnante.

Pero todos lo hemos sido alguna vez (incluso genéticamente, cuando andábamos en pelotas por Olduvai). Trabajamos para “otros” que deciden en qué trabajamos, o qué hacemos, y se llevan la plusvalía y el mérito si es necesario. En lo relativo a la redacción de textos, la diferencia entre empleado y “negro” es que el “negro” asume que no existe desde el primer momento, mientras que el empleado o trabajador vive creyendo que si se esfuerza se le tratará con la justicia que se merece… Algún día.

No importa cuál sea nuestra profesión. Siempre hay alguien que se aprovecha de tu esfuerzo, excepto cuando pasas a pensar que de lo que se aprovechan es de tu dinero. Cuando crees esto último es que estás ejerciendo el papel de quien explota, osea: El negrero –perdón por usar este símil-.

Pero entre los escribanos como yo esto es algo que pocos reconocen. El trabajo de “negro” literario/creativo puede ser hasta lucrativo, y muy seguro cuando se es fiel,  pero con el tiempo siempre será frustrante. A veces te llega con una epifanía del “negrero” que abre la puerta de su maravilloso cerebro para decir una palabra, por ejemplo “Lechuga”, y tú ya te pones a trabajar en esa genialidad hasta convertirla en un drama de dos temporadas con tres tramas y quince personajes, todo ello firmado por el autor del impresionante concepto… ¡Lechuga!

En los cuarenta años que llevo en esto he conocido varios “negros” y muchos “negreros”–aunque la industria cultural lo niega, como es natural, y ellos mismos también si quieren seguir trabajando-. Gente que escribía libros en una noche… Uno de estos seres maravillosos me contó una gran anécdota: Meses después de entregar los textos que él había escrito para el libro de un famoso, se enteró de que lo firmaba en un “stand” de un centro comercial muy conocido, y sin dudarlo fue allí, compró un ejemplar, e hizo que se lo dedicara. El famoso lo firmó con una sonrisa, sin tener ni la más remota idea de quién era ese señor. Me encanta.  

También hay “negros” en los artículos de prensa y entrevistas. Yo mismo he sido uno de ellos. Quizá mi momento de mayor valor como negro en prensa llegó cuando a un famoso a quien yo conocía le pidieron que escribiera un “gran” artículo para el suplemento dominical de un “gran” periódico, hablando de su trabajo y otras zarandajas. Ese personaje, para quien yo ya había escrito varios discursos, delegó en otro, un ejecutivo de nivel medio-bajo, que como realmente no sabía nada del trabajo de nadie –y mucho menos del suyo-, me lo trasladó a mí, pero de “tapadillo”. De modo que yo escribí aquel artículo de varios folios, publicado en seis páginas con fotos, sin que el interesado que lo firmaba lo supiera. Yo redactaba, se lo enviaba al intermediario, y este al interesado, y sus notas y correcciones seguían el camino inverso, convirtiéndome en “negro de un negro”.

También fui negro de traducciones y otros textos de mi padre –como alguna de mis hermanas, que no podrán evitar decir algo al respecto cuando lean esto-, y hasta he prestado anécdotas para que otros las luzcan como suyas, y lo hacen muy bien. Ah, y también lo fui de un profesor de Tecnología en la Facultad (En segundo de Periodismo), que tuvo a bien utilizar mis textos en uno de sus libros, sin corrección ni mención (creo que es algo que en el pasado se daba con mucha frecuencia).

No es una mala profesión, la verdad, pero, como todo, acaba cansando. Uno piensa en cómo quedarán registradas sus “negritudes” en las futuras wikipedias, o en las conclusiones que sacarán los estudiosos sobre tal o cual ilustre creador y su obra, sin saber realmente nada sobre el verdadero origen de su éxito, y no puede evitar una mueca de extraña satisfacción por saber la verdad. Pero jo..e.

PD. Hay que buscar una nueva expresión para el concepto pero ya.    

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COSAS MÍAS QUE CUENTO PORQUE ME ALIVIA HACERLO PERO QUE NO VAN A NINGUNA PARTE.

Desde pequeño me sentí solo, pero rodeado de mucha gente: padres, hermanas, primos, tíos, perros… Pasé mucho tiempo buscando un nido dentro de mi propia casa, subiéndome a los árboles, al tejado, o al techo del pasillo para ver cómo pasaban por debajo de mí sin ser visto. Bajo la cama tuve un pequeño paraíso, pero fue el armario quien me ofreció más protección y calor. Después el coche se convirtió en mi castillo, una inexpugnable fortaleza móvil, un “Castillo ambulante”, y hoy lo es ese hueco extraño que queda bajo un calentador, cerca del radiador y las toallas del baño. Ahí, sentado sobre un pequeño cofre de madera, en la más absoluta oscuridad, es en donde pienso y maduro mis penas, un lugar al margen del tiempo, de la gente, y de mi propia voz.

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HE TRASLADADO ALGUNOS CONTENIDOS…

Con la intención de completar esas puñeteras memorias, que sorprendentemente tienen seguidores que no son de mi familia, ni policías, las he agrupado en otro de los blogs que uso. Este se llama ” https://porllevarlacontraria.wordpress.com ” . Así podré corregir y añadir sin liarme. Estan en orden inverso, claro. Hay faltas y erratas, no me toquéis las narices que por más que uno revisa siempre se le cuelan.

F. Mellizo. S.

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RECUERDO AQUELLOS MARAVILLOSOS DESAYUNOS…

…Algunos incluso los huelo, los escucho.

Los primeros que vienen a mi memoria llegaban en tazones de color naranja, una vajilla pop que merodeó por nuestra infancia durante largo tiempo. Papillas de copos de avena “Quaker oats” y chocolates con sabor a plátano o la fresa, en el Londres de los años sesenta. Y en el colegio aquellas galletas con chocolate, y los mini-tetrabrik de forma piramidal que bebíamos antes de las clases.

Después, de vuelta a España, llegaron esos clásicos colacaos, en tazas de duralex transparente, espartanas, muy del “movimiento”. Galletas María, y tostadas de pan en carmela, con aceite, vinagre y sal.

Con la crisis de los setenta pasé a los sucedáneos, mientras que mi madre nos perseguía peine en mano, en aquellas negras mañanas en las que el pesimismo invadía el país, y mi propia vida. A falta de petróleo, “Eko”, chocolate a la taza (de latón esmaltado verde en mi caso), y pan tostado -a veces en el mismo fuego-, eran nuestra aburrida fuente de energía.

Después los desayunos de estudiante, con carajillo incluído, y aquellos cuernos de chocolate y las espesas palmeras…

Superada esa etapa desaparecieron los desayunos. Fueron años en los que lo sólido apenas tenía hueco en mi agenda. Hasta que me fui a vivir con mi padre y me desperté con el sonido de la radio y sus “huevos fritos con beicon” a las seis de la mañana, y ese olor a grasa requemada que se mezclaba con el del café de cafetera, haciendo que salieras de la cama como por arte de magia aunque solo fuera para evitar un incendio -cuando no te encontrabas con la escena al regresar de una larga noche-.

Recuerdo muy bien los desayunos de la Armada. Aquellos tazones de espeso cacao, hirviendo como la lava, o el café de puchero gigante, combinado con algunos trozos de pan malamente tostado, que te tomabas hundido en tu abrigo mientras el marinero que tenías enfrente se dormía sobre la taza.

Luego vinieron los desayunos en cafetería. Maravillosos. Pincho de tortilla, zumo, café, y cero de esfuerzo. De vez en cuando un cruasán, o unas tostadas, y siempre el humeante cigarro entre los dedos.

Desayunos en el campo, con termo y camping gas, normalmente acompañados por alcohol. O los del tren, o en avión… Desayunos en el pueblo, con queso manchego y jamón cortado en tacos, café de puchero y media barra de pan.

Después vinieron los desayunos rápidos. En casa, con el niño dando el coñazo y cogiendo lo que podías antes de escapar…

¿Y los desayunos en los hoteles? Buf. Míticos. Nada hay como acercarse a un buffet de desayuno, cargar el plato de huevos revueltos con salchichas, coger un cuenco de yogur con muesli, y a veces una manzana, y sentarse a solas esperando a que te sirvan el café… O desayunos en la misma habitación, ya fuera trabajando o disfrutando.

Después los desayunos “regionales”, ya sean los “escoceses” -con pescado-, irlandeses, o gaditanos con su “manteca colorá”. Solo, acompañado, en mitad de la selva, o en una expedición polar. Cada uno tuvo su momento en mi vida.

Y ahora los desayunos organizados, que se preparan automáticamente, cerrando los armarios con la cadera o la cabeza, con muchos botes de vitaminas, alcachofa, fibra, zumo y pan integral con aceite de oliva… Cuántos desayunos diferentes, cuantos escenarios en una vida.

(Estos son algunos de los míos, claro que hay millones).

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NI SÉ NADA, NI LO SUPE NUNCA, NI LO SABRÉ…

…Y puede parecer solo una expresión de falsa modestia robada a Sócrates (según Platón), pero no:  Soy un ignorante con mayúsculas y pedigrí. Fui el más tonto de mis muchos hermanos y primos, el que sacaba peores notas, el friqui del colegio… Tuve muchas “pandillas” y en todas conseguí ser el menos inteligente con diferencia, aunque en algunos de estos grupos triunfé por estar tan falto de cerebro que nadie me superaba en absurda temeridad. Siempre he sido tan-tan tonto que algunos pensaban que realmente era un listo haciéndose el  tonto, porque no podían asumir que yo fuera un tonto haciéndose pasar por un listo haciéndose el tonto. A lo tonto conseguí trabajo y como era tan llamativamente tonto los llamativamente listos me cogieron cariño, porque lo que importaba era ser llamativo y no listo, supongo. Conforme los que me habían adoptado ascendían hacia los cielos audiovisuales me ascendían a mí, casi sin querer, a rebufo, y así hasta hoy.

El exceso de tontería tiene sus ventajas, por ejemplo: te permite identificar pronto a los de tu misma especie. Yo los huelo, los detecto antes que nadie, con apenas dos frases acompañadas por un poco de comunicación no verbal -o un tweet y un retweet-. No se me escapa ni uno -para la maldad tengo mucho peor ojo, según dicen-. Otro de los “poderes” que otorga la falta de inteligencia es que ayuda mucho a la hora de juzgar la calidad de un sistema humano, de un grupo de trabajo.  En mi caso hay una máxima infalible: Todo va bien cuando yo soy el más tonto del equipo, pero es un desastre si no es así -y juro que ha pasado alguna vez, incluso dos-. La tercera virtud es que el tonto provoca ternura, y por lo tanto reblandece a los que le reprenden -también juro que he sido reprendido con bastante frecuencia-. Si esto lo acompañas con un par de gracias, una mirada penosa, y un poco de empatía, te conviertes en el Doctor Manhattan de tu universo, serás indestructible.

Lo único incompatible con el don de la estulticia es el liderazgo. Yo intento evitarlo aunque a veces me resulte complicado. Siempre es mejor tener a alguien listo por encima, listo y dispuesto a asumir el protagonismo, que aunque no lo parezca los hay, no solo en política. Lo que me abre alguna duda como ¿Valoramos más la listeza o la inteligencia? y su contrario ¿Tontería o ignorancia? En cualquier caso, a mi no me dan las entendederas para responder esa pregunta, al menos hoy. Se la dejaré a alguien más listo, o inteligente.

¡Viva la tontería!

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NO ME GUSTA LA TELE (EN EL DÍA DE LA TELEVISIÓN)

Acabo de leer que hoy era el día de la TELEVISIÓN… Pues vaya. ¿Qué puedo decir que no esté muy visto? Pues… que la odio. La odio desde antes de que empezara a ganar dinero con ella, cuando mi padre me llevaba de un programa a otro como mascota, o me dejaba en la cola para pagos de Prado del Rey guardándole el turno mientras se pasaba a saludar… O al bar. No me gustaba. Pero los viajes sí que me gustaban, y las comilonas de equipo -aunque a mí, por ser aún pre-adolescente, me tuvieran alejado del alcohol-. Claro que las clases me gustaban menos aún y odiaba a los profesores… De modo que acabé entrando en esto por nulidad, eliminación, y enchufe: NO ME GUSTA LA TELE, PERO LO DEMÁS ME GUSTA MENOS. Lo más parecido pudo ser el Ejército, pero tampoco destacaba por mi espíritu militar ni sentimiento patrio. Mi falta de vocación fue clave para que siguiera vinculado a esta industria, al menos hasta que empecé a ganar dinero “de verdad” con los documentales, y superé mi falta de vocación con ayuda de mi padre, que me repetía aquello de “dónde te van a pagar tanto, si no lo vales ni al peso”. No me gustaban los programas cuando empecé a escribir en ellos, -pero me dejé llevar por el reto-, ni las series cuando me pidieron que empezara a dialogar -porque no tenían a otro-. No me gusta crear series, sino vivirlas, y prefiero contarlas en un bar a escribirlas. Y así, sin gustarme, he cumplido 40 años en el audiovisual (por combinar radio y televisión), y los últimos 32 dedicado solo a la televisión, participando en más de 40 programas/series emitidos. Todos mis amigos son de este gremio: amigos/odiados o amigos/queridos. Mi pareja lo es también. Y mi hijo, a pesar de las advertencias…

…No podría vivir alejado ni un metro de este medio que me ha dado tanto, sin gustarme.

Bonito detalle-collage que tuvo la redacción de Wifileaks para conmigo. Espero que la vida les dé lo que se merecen ;).

Mellizo 2019

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