¿Quién dijo miedo? YO

En asuntos médicos soy un cobarde. Lo reconozco. “El Rey del drama” como dice Mrs P. Recuerdo a mi madre persiguiéndome por El Escorial para que me pusieran la vacuna del tétanos después de una caída, o algunas costuras y trabajos en escayola de traumatólogos que me las hicieron pasar canutas… Pero siempre fueron reparaciones de “chapa y pintura”. Jamás me enfrenté con valor a la medicina de “verdad”, la invasiva. Ni tan siquiera a los análisis. Durante mi paso por la Armada soporté los controles médicos como si fueran torturas de la STASI, y las cuatro o cinco veces que pasé por el dentista lo hice con el mayor de los miedos, tanto que llegué a amenazar a uno de los especialistas con clavarle el chupababas en un ojo si no me ponía suficiente anestesia -algo que por suerte se tomó a broma-. En 1988-89 pasé por una leve versión de Hepatitis, y me llevaron a la Clínica de la luz en donde solamente confirmaron lo que sospechábamos y me pusieron una dieta. Cuando pasó el plazo aconsejado volví a mi vida normal, sin consultar a nadie. Tuve algunas enfermedades, más -o menos- decentes, que siempre curé por mis propios medios. Consultaba enciclopedias y preguntaba a amigos sobre dolencias similares con cualquier pretexto, evitando levantar sospechas. Me recuerdo recorriendo farmacias hasta encontrar una en la que no ponían peros para comprar determinado medicamento, como el Rocefalin de 2g, y buscando luego un practicante que me lo inyectara. Compré toneladas de analgésicos y antibióticos sin receta. Falseé documentos, fotocopiando análisis o reproduciéndolos por cualquier medio, y eludí cualquier control de salud de empresas, federaciones deportivas, seguros, etcétera. Y en el colmo de mi miedo y estupidez me curé solo de un grave golpe en las costillas, cuando me caí haciendo el imbécil en la piscina de casa (fueron tres meses de dolor agudo en el costado, de no poder respirar, consumiendo ampollas de Nolotil como si fueran Smints). Desde 1989 no he visitado más médico que un otorrino -por un tapón-, y dos dentistas. El resto me lo inventé para tranquilizar a familiares y amigos. He creído siempre que ir al médico es iniciar un proceso que solo tiene una salida: Palmar. Y eso no mola. Por eso hoy, que por primera vez voy a acudir a un puñetero médico de cabecera para que me revise, puedo asegurar que se inicia formalmente mi proceso de defunción. Voy a perder mi inmortalidad.

[Pensamiento dedicado a mis hermanas Carmen e Inés. Unas valientes].

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“Primera línea de tiburón”

Desde que a mediados de los 70 Spielberg (adaptando una novela de Peter Benchley), tuvo a bien estropear el baño a la humanidad recordándonos cuál era nuestro lugar en la cadena trófica, algunos tenemos la costumbre de juzgar a quién pensamos que atacaría antes un pérfido escualo, cuando estamos sumergidos en cualquier abarrotada playa del mundo. Yo siempre prefiero tener un grupo de niños chapoteando a una distancia que me permita escapar mientras se los comen, porque según parece son irresistibles. En mi familia lo llamamos “estar en primera línea de tiburón”.

Lo mismo debe estar pensando más de un político catalán, ahora que se avecina la tormenta veraniega. Puigdemont busca no destacarse tanto, o al menos no tan solo, no vaya a convertirse en fácil carnada. Seguro que preferiría ser cebra, o mejor dicho sardina, y confundirse entre una multitud de independentistas “rayados” para aumentar sus propias posibilidades de supervivencia, porque la “supervivencia” del “process” es algo  prácticamente imposible, y en los próximos meses solo se tratará de seleccionar quién paga el pato -además del contribuyente catalán, que ya ha pagado bastante gracias a sus extraordinarios representantes-. Claro que también puede confiar en su falta de “sustancia” para ofrecer a Junqueras, mucho más carnoso, como sustitutivo eficaz, pero al parecer su oferta no ha colado, y el vicepresidente ha dicho a su jefe que él, solo, no va hasta la boya.

Este verano, cuando estéis en la playa, aseguraros de tener siempre un grupo de sabrosos niños por delante, sobre todo si véis cerca a algún político catalán. Y si os dicen de ir a tocar la boya les decís que el verano es para tocar la boya propia, no la ajena.

Buen verano al que se lo merezca, e infecciones de oído, gripes veraniegas, y diarreas para los que no.

[Un recordatorio para los más valientes]

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Tuo Yaw (XXXIII)

Poco antes de abandonar la Antártida recordé una absurda promesa que hice a los de “Lo que yo te diga”: Me fui hacia un extremo del aeropuerto desde el que se veía el glaciar, y sobre el hielo me hice una fotografía, sin más abrigo que la camiseta de su programa de radio (Una caricatura de varios personajes famosos de aquellos días, encabezados por el Papa Wojtyla). A la tarde embarcamos en aquel “Hércules” del ejército brasileño rumbo a la Patagonia.

Como Jon no soportaba verme ocioso, ni tan siquiera durante el vuelo, tuve que visionar cintas con el magnetoscopio portátil, y señalar los códigos de tiempo de las principales localizaciones en las que habíamos grabado… Siempre había algún “marrón” para mí, y cuanto más molesto mejor.

Al anochecer aterrizamos en Punta Arenas, y salimos del aeropuerto con la expedición brasileña, sin cruzar aduana alguna. Después nos separamos de ellos, y buscamos un cómodo hotel en el centro de la ciudad. Estábamos cansados, y tras los habituales papeleos nos fuimos a dormir. Caímos rendidos. De pronto llamaron a la puerta. Golpes duros, violentos e insistentes. Mi padre y yo nos despertamos asustados. “¿Qué pasa?” le pregunté. Oíamos voces, y alguien, en un tono imperativo y serio, soltó un “¡Abran!” que nos heló la sangre. Mi padre se puso una camiseta y fue hacia la puerta. Yo esperaba en calzoncillos, paralizado. Nada más abrir nos dimos cuenta de que estábamos metidos en un lío de los de verdad: Jon se encontraba entre dos enormes policías chilenos, mientras que un tercero, y otro vestido de paisano, nos miraban con cara de pocos amigos. Iban armados, y uno de ellos estaba preparado por si nos resistíamos. Jon, experto en esas lides, dijo que nos callásemos, y nos bajaron hasta el hall del hotel, dejándonos bajo la vigilancia de un agente, junto a la puerta de entrada, en la calle, en mitad de la noche, en calzoncillos, y pelados de frío.

Jon se marchó con el que parecía ser el jefe, y yo le dije a mi padre que “hasta aquí” habíamos llegado: Pinochet no era de andarse con tonterías, y las aguas estaban revueltas, con el pueblo chileno aún temeroso de que el dictador diera un “autogolpe” para recuperar el poder. Mi padre estaba sorprendentemente tranquilo. Al cabo de unos minutos -que se nos hicieron horas- regresaron Jon, y un jefe de policía -supongo- que se disculpó ante mi padre, y nos dieron una manta dejándonos pasar al hotel. Se relajaron, y por fin nos enteramos de lo que había pasado: Habíamos llegado desde Ushuaia (Argentina) a La Antártida, territorio que los argentinos consideran dentro de su soberanía; pero regresamos desde La Antártida a Punta Arenas (Chile), y los chilenos también reclaman la península antártica como suelo patrio. De modo que al no tener visa de entrada, porque no hay aduanas en ese continente, éramos ilegales en Chile -en un momento sumamente delicado para el país-. Después de unas horas de negociaciones todo quedó aclarado, y pudimos quedarnos un par de días por la zona grabando el estrecho de Magallanes, pero esos gélidos momentos en aquella calle no se me olvidarán fácilmente (siempre me quedó la duda de si el pasado de Jon Intxaustegui había tenido algo que ver con lo sucedido, pero preguntarle hubiera sido inútil).

Debíamos volver a Argentina con urgencia para cumplir con todas nuestras citas, que nos llevarían a Río Gallegos primero, y desde allí a Buenos Aires, para finalmente alcanzar Punta del Este, justo cuando estaba previsto que arribasen a esa ciudad de veraneo uruguaya los primeros barcos de la regata vuelta al mundo (Withbread entonces, Volvo Ocean Race ahora). De modo que alquilamos un coche con conductor para cruzar el territorio de los indios “Ona” [Mi padre se había comprado un libro sobre ellos; un pueblo duro, que fue literalmente cazado hasta la extinción por los británicos, que organizaban “monterías” humanas, y finalmente rematado por la fiebre del oro que azotó la zona, personificada en la figura de Julio Popper, un personaje sin escrúpulos que incluso se permitió crear un albúm de fotos con sus repugnantes “proezas”, que se pueden ver en internet con facilidad. En 1990 los Onas apenas eran cuatro, que vivían “desintegrados” en la sociedad moderna]. Durante los primeros días en Punta Arenas me llamó la atención la tupida reja que cubría la luna delantera de todos los vehículos. No acababa de ver su utilidad hasta que salimos a la carretera (Ruta 255). Se trataba de una pista, de más de diez metros de ancho, sin asfaltar, pedregosa, y sin apenas curvas, que marchaba paralela al estrecho de Magallanes hasta la frontera con Argentina, en donde se desviaba para dirigirse a Río Gallegos. Los coches y camiones circulaban por ella a una velocidad insensata, y algunos derrapaban y perdían la tracción por momentos. Los camiones, de gran tonelaje hacían que las piedras salieran disparadas como balas a su paso, y sin la reja no hubiera sido posible sobrevivir a aquellos encuentros, que parecían formar parte de una secuencia de “Mad Max: salvajes de la autopista”, una sensación que se multiplicaba gracias a los inumerables “cadáveres” oxidados de vehículos que jalonaban el recorrido.

Tardaríamos cinco horas en cubrir el trayecto. Yo miraba al conductor preocupado por su relajación, pero este parecía acostumbrado a conducir en aquellas condiciones, e incluso a ver a través de la polvareda que se levantaba en el camino con el paso de aquellos energúmenos de más de cuatro ejes. Parecía reírse de nuestros miedos.

Nos detuvimos un par de veces para grabar el estrecho y algunos grupos de pingüinos, o focas, que descansaban en las pedregosas playas -personalmente yo ya estaba hasta el gorro de ellos, y deseaba que se los comieran las orcas-. Finalmente llegamos a la frontera.

En aquellos días ambos países compartían un mismo edificio oficial que había que atravesar para sellar el pasaporte y volver a montar en el coche al otro lado. Como en un mal chiste el contraste resultaba de lo más tópico: El lado chileno era silencioso, limpio, y sumamente formal. Pero fue cruzar el umbral que separaba ambos países y entrar en un universo ruidoso y desordenado. Estábamos de nuevo en Argentina.

Pasamos un par de días en Río Gallegos, la ciudad que sirviera de base para la aviación argentina durante la Guerra de las Malvinas. Lo recuerdo como un lugar algo triste, una ciudad de casas bajas y calles anchas. Entrevistamos a diestro y siniestro, y embarcamos en los pesqueros españoles de Pesca-Chile que faenaban en la zona -refugiados en Sudamérica después de haber esquilmado el banco de Angola- para hablar con los patrones.

Por fin aterrizamos en Buenos Aires, y de nuevo nos hospedamos en el hotel Obelisco. La suciedad acumulada en nuestros cuerpos durante el viaje había fundido nuestras ropas con la piel, y el olor a barbacoa de pescado que desprendíamos forzaba a echar un paso atrás a los que hablaban con nosotros.

Sin quitarme las botas llamé a Madrid. Mi hijo evolucionaba favorablemente y esperaban mi llegada, más ansiosos que yo mismo porque, a pesar de las palizas, me lo estaba pasando bien. Mi padre salió a dar un paseo, y descubrió que en el tiempo que habíamos estado fuera sus australes habían perdido más de la mitad de su valor. Un par de asados después volamos hasta Montevideo, y alquilamos un coche para llegar a Punta del Este.

Aquello era otro nivel: Lujo, restaurantes, un hotel de cinco estrellas. Acababa de tumbarme en la cama cuando me dijeron que había que correr al puerto: Llegaba el “Steinlager”, el barco de Peter Blake [Meses atrás les habíamos grabado saliendo de Southampton, una gran experiencia, con mi padre en la proa de un barco de seguimiento como si fuera un mascarón].

Scanfortuna

Mi padre, Jon, y parte del equipo, junto al Fortuna en la salida de la Withbread. El Solent.

Corrimos hasta el puerto para conseguir una buena posición pero ya era tarde, y nos tuvimos que contentar con algunos planos generales. Con el tiempo fueron llegando los demás (primero el Fisher & Paykel, y luego “Rothmans”, y el “Merit” -Cerveza, tabaco, y salud, como cambian los tiempos, y los patrocinadores-). En el barullo que se había formado Jon empezó a correr de un lado a otro, y yo debía seguirle con la cámara, el cinturón de baterías, la mochila de las cintas… Viniendo de la Antártida nuestra ropa no era la más adecuada: Estábamos a 35 grados, en la playa, con la gente en bañador y bikini… Y yo llevaba unas botas semirrígidas con suela “camet” para hielo y nieve, un pantalón de espuma, y una camiseta sucia. Jon avanzaba por la cubierta de uno de aquellos barcos, y, de pronto, me dijo “¡Pipe, la cámara!”. Yo se la pasé como pude, y le seguí mientras grababa, porque estaba enganchado a la batería. Sudaba como un pollo. En una de esas, sobre uno de aquellos barcos, me mareé. Por suerte lo ví venir, y cuando Jon saltó de un barco a otro supe que no podía seguirle, y que el cable de la batería que nos unía haría que la cámara cayese al mar. Me quité el cinturón del hombro, y lo lancé a la espalda de Jon, cayendo a plomo sobre la cubierta. Sí, me desmayé.

Me desperté pensando que habrían pasado horas, pero no, fueron sólo cinco minutos. Jon, tras recogerme, pasó de mi, y me dejó junto a unos espectadores que me daban aire con su toalla. Intentaron retenerme, pero no pudieron. Bebí una coca-cola y me fui tras Jon, que saltaba como loco de barco en barco. Ni tan siquiera me preguntó por lo que me había pasado, y simplemente me dijo “¿Dónde está tu padre?”, yo no le pude responder, y entonces me ordenó entrevistar al mismísimo Peter Blake, que se encontraba esperándonos cerca de su barco (Jon era bilingüe en francés y euskera, pero el inglés era para él un muro infranqueable). De modo que, recién recuperado de una lipotimia, y sin tener ni idea de navegación ni haberme documentado, me vi improvisando una entrevista a uno de los mejores navegantes de la historia, un tipo de más de dos metros, simpático y educado, que con paciencia completó mis grandes lagunas técnicas, y dio una valoración de aquella dura etapa (Aukland-Punta del Este), una de las más emocionantes de la historia de la vuelta al mundo [Nota para gente de mar: Tal y como hoy sucede con los winches a pedales del New Zealand, entonces había una pelea con los que Blake había instalado en su barco, que mejoraban los tradicionales cabrestantes de pura tracción humana]. A la mayoría de los que lean esto -si es que alguien lo hace- les importará un rábano este universo náutico, pero quizá se conmuevan al saber que “Sir” Peter Blake murió en 2001, con 53 años, defendiendo a tiros su barco y su tripulación del asalto de unos piratas brasileños en el río Amazonas.

Mientras esperábamos la llegada del “Fortuna”, el velero español (Patroneado durante el recorrido por tres capitanes: De la Gándara-Santana-Doreste) por el que realmente estábamos allí [Teníamos un compromiso con TVE y algunos patrocinadores, que sufragaron a medias nuestros gastos], aprovechamos para recorrer la zona: Punta del Este era el refugio de las grandes fortunas argentinas, que aprovechaban sus frecuentes visitas para lucir riqueza y joyas, algo sumamente arriesgado en su propio país. Helicópteros de alquiler -incluso pequeños “monoplazas” aéreos (algo que durante años me costó pasar por mentiroso, ya que era difícil creer que existieran)-, coches de caballos, comercios despampanantes, restaurantes, y -por qué no decirlo- mujeres… Muchas, y muy simpáticas, especialmente con todos los implicados en aquella regata.

Camara en URUGUAY

Entre mis obligaciones estaba la de grabar todos los amameceres, y a Jon le daba igual a la hora a la que me hubiera acostado. FOTO: En las playas de Punta del Este una mañana cualquiera. Sé que podría ser Torremolinos, pero juro que es Uruguay.

Aprovechando la estancia Jon nos llevó a un restaurante de un viejo amigo suyo, miembro de la numerosa comunidad vasca que se había instalado allí, bien fuera por motivos políticos, como personales [Es sabida esa historia: Durante años ETA utilizó Uruguay, y una red de restaurantes, como “escondite”, hasta que en 1992 se desmontó la trama de ocultación de escapados de la justicia española con la “Operación dulce”].  No sé si el restaurante “Marinaetxea” -como creo que se llamaba- formaba parte de aquella trama, pero sí que su comida era espectacular. Tenía unos grandes viveros de marisco bañados por el Océano Atlántico, y una decoración que nos era muy familiar. El propietario se sentó con nosotros, y charló con mi padre, mientras que yo me entretuve “tirándole los tejos” a su hija, una chica guapísima que parecía más interesada en Jon que en mi. Una pena.

Finalizadas nuestras grabaciones regresamos a Buenos Aires con la idea de ordenar el material y preparar nuestro regreso. Recuperamos las cajas metálicas que nos había guardado Pino Solanas, y las llenamos con las cintas que habíamos grabado… ¡Al menos un centenar! Nuestro material había crecido desde que llegamos, y Jon empezó a preocuparse por el peso, de modo que me ordenó que tirase toda mi ropa, todos mis zapatos y abrigos, para llevar la mayor cantidad de material sin tener que pagar el sobrepeso. Hicimos una montaña en el centro de la habitación, con gran dolor de mi corazón, y llenamos nuestros equipajes con material técnico. Tanto había crecido nuestro equipo que viaje hasta Madrid con los cinturones de baterías atados a mi cintura.

El día de la partida mi padre no aparecía. Como sucedía habitualmente había desaparecido, durmiendo fuera del hotel. Cuando estábamos a punto de llamar a la policía llegó, sonriente, blandiendo un látigo de piel que aún ronda por alguna casa de mi familia… De estar una semana más allí seguro que acaba con una camisa de fuerza.

Y como tantas otras veces en mi vida me metí en el baño del avión, justo cuando cruzábamos el ecuador, para ver si captaba el momento exacto en el que el agua cambiaba de dirección (Puñetero “efecto Coriolis”, que nunca se manifiesta cuando uno lo desea). 

Desconozco cuando, pero seguiré…

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Tuo Yaw (XXXII)

En unas horas habíamos llegado a nuestro siguiente destino: La base chilena “Presidente Eduardo Frei”, en la isla del Rey Jorge, el lugar más parecido a Mos Eisley de este planeta.

Supuestamente el Tratado Antártico protegía la zona de especulaciones y atentados ecológicos, pero los acuerdos no frenaron la concentración de bases en aquella pequeña porción de tierra austral. Coreanos, ecuatorianos, rusos, chilenos, uruguayos, argentinos, y polacos, habían sentado sus reales en sus costas, con la esperanza de ganar puntos en el caso de un hipotético reparto de soberanías, o para conseguir derechos de explotación si se anulaban los acuerdos. España había entrado en aquella carrera -no podía ser menos-, y añadía a la base de la isla Livingston otra de carácter militar (o científico-militar según decían ellos mismos): Gabriel de Castilla, en la preciosa isla Decepción; y nuestros investigadores contaban con el apoyo de un nuevo buque científico, que reemplazaba al vetusto “Las Palmas”: “El Hespérides”, bautizado con tan desafortunado nombre por el Rey Juan Carlos -según nos dijeron fuentes de absoluta confianza- [Unos corchetes para destacar a un gran ser humano, el contralmirante Manuel Catalán Urquiola; científico, militar, jefe de las expediciones militares, director del observatorio de San Fernando, y agradable conversador, que mantuvo una estrecha y amistosa relación con mi padre]. Las reclamaciones territoriales de las distintas naciones sobre aquel continente helado se sucedían y solapaban, empezando por la misma península antártica, considerada terreno patrio por cuatro o cinco países, además de rusos y americanos, que ni tan siquiera se molestaban en decirlo. La mayor de aquellas bases, la que ejercía de “capital” a todos los efectos, era la base chilena.

Pinochet, aún en el poder, había invertido mucho dinero público en potenciar la presencia de su país en la zona creando una pequeña ciudad, con estafeta de correos, aeropuerto, albergue, gimnasio, hospital, supermercado, banco, y hasta escuela… Sí, escuela, porque algunos militares se trasladaron allí con sus familias al completo -niños que pasaban en el continente helado los primeros años de su vida, creciendo en un mundo extraño, sin enfermedades comunes, ni ciclos de noche/día tradicionales, y para los que una gallina era una especie de horroroso pingüino (Y tienen razón, la verdad).

Nos instalamos en el albergue situado junto a la pista de aterrizaje, un aeródromo que compartían todas las expediciones de la zona: Aviones del British Antartic Survey, Antonovs de los rusos, Hércules brasileños… Un tráfico constante que pasaba por encima de un grupo de elefantes marinos que apenas les prestaban atención, y que nosotros observábamos desde la sala de estar del “Hotel cruz del sur”, bebiendo vodka y viendo la televisión vía satélite como si estuviéramos en un lujoso hotel de Santiago de Chile. Grandes camiones subían y bajaban por el estrecho camino que llevaba hasta la bahía: Orugas, trailers articulados, motonieves, motos, todo terrenos… La actividad era incesante en aquella torre de Babel.

yo y tanque

Mi menda, cámara al hombro frente a un anfibio ruso, en la isla del Rey Jorge.

Grabamos todo lo que pudimos, mientras buscábamos la manera de salir de allí porque, dada la complejidad del viaje y no sabiendo lo que encontraríamos, Jon no lo había previsto. En un documental previo, que nos llevó a Islandia -y que algo tenía que ver con los “Sugar Cubes” de Bjork, pero ahora no lo recuerdo- había experimentado las más de veinte horas de oscuridad invernal, pero aquello no me afectaba tanto como las cerca de veinticuatro horas de luz del verano antártico. Levantarse a mear a las tres de la madrugada y ver el sol confunde bastante. De vez en cuando paseaba por la playa, haciendo correr a focas y pingüinos, y observando un gran iceberg que se había quedado varado en el centro. En uno de aquellas caminatas me encontré con una joven foca herida, quizá fuera por una orca de las muchas que frecuentaban la zona, o las aspas de alguna embarcación, pero intenté acercarme a ella y su reacción no fue muy amistosa, de modo que la dejé a su suerte. Un día Jon me propuso subirme a un hielo flotante para grabar unos planos desde el mar, y yo le dije que ni hablar: Las orcas ven a través del hielo, y yo, enfundado en mi traje de agua negro, soy extraordinariamente parecido a un pinnípedo.

[En una ocasión se posó sobre una de las tuberías de desagüe de las bases una gaviota, e hice la foto de la gaviota, la tubería hundiéndose en el mar, la bahía de fondo, y los glaciares (Televisión Española nos obligaba a presentar decenas de instantáneas de cada viaje, supongo yo que como prueba de que realmente estuvimos allí, y esa era otra de mis sofisticadas misiones. La pena es que nunca supe qué fue de aquellas imágenes, tomadas durante años en todos los continentes). Meses después presenté aquella imagen a un premio del INJUVE, denunciando la contaminación de la Antártida, pero no gané, ni quedé finalista. Creo que el premio se lo llevó un perro saltando en un parque de Madrid… Un perro “extra-ordinario”. Si uno busca la isla del Rey Jorge en Google Earth, y recorre la península Fildes, verá de lo que hablo; y si amplía la imagen descubrirá grandes depósitos, carreteras, y otras construcciones que supuestamente no deberían existir].

Después de un tiempo observando a las aves y pingüinos de la zona me di cuenta de que todas estaban anilladas ¡Todas! Y no solo con una chapa, sino con varias. Debían ser tantos los científicos que las controlaban que los pobres animales parecían adolescentes cargados de pulseras después de un verano de festivales. En un lugar supuestamente salvaje, tanto control parecía un sinsentido.

Y entonces nos invitaron a la inauguración de una base, una base china que se llamaría… (redoble) “La gran muralla” ¡Sí!

La entrada al complejo estaba decorada con guirnaldas doradas y rojas, y en el espacio destinado a los vehículos de transporte había un grupo de funcionarios asiáticos uniformados izando las banderas de su proyecto y país con parsimonia y pompa. Por los altavoces sonaban unos acordes apenas distinguibles como himno, y observando todo, confundidos por el espectáculo, un grupo de militares, científicos, y periodistas de medio mundo entre los que me contaba.

Era un día gris, ventoso y frío, lo que no sorprende a nadie en esas latitudes, y mucho menos a mi padre, que ocultaba su calva bajo un gorro descomunalmente grande. Pero lo que nos dejó helados no fue el aspecto ridículo de mi progenitor, sino la aparición de la representación chilena: Llegaron en un transporte militar. El jefe vestido de militar, y su mujer… ¡Por Belcebú! Mira que he visto cosas absurdas, pero ¿¡Con tacones y visón!? ¡¿En la Antártida?!  En serio, fue la bomba. Shakelton se hubiera dejado arrastrar al fondo del océano con su “Endurance” de haberlo visto. Mi mandíbula se desprendió momentáneamente del resto del cráneo…

Pero la extraña inauguración no acabó allí. Tras unos discursos ininteligibles e inaudibles (había un modesto altavoz en lo alto de un poste) nos pasaron al interior para mostrarnos los espacios dedicados a las presuntas labores científicas, y finalmente nos regalaron un “pin” conmemorativo (que aún conservo) y nos condujeron a un salón… ¡Un salón comedor! Era como el restaurante chino de Fernández de la Hoz con Espronceda, lo juro. Igualito: Sillas sólidas de madera barnizada, vajillas historiadas, camareros diligentes, cuadros…  Tuve la sensación de que al salir cogería un taxi para irme a casa… (Todo esto quedó convenientemente grabado, y estará criando malvas en algún almacén de TVE).

Los días se nos hacían eternos a todos, pero muy especialmente para mi claustrofóbico padre, que empezó a ponerse nervioso. Quería salir de allí a toda costa, y repetía sus críticas a Jon hasta sacarle de sus casillas. Por suerte en aquella base había muchos británicos, y mi padre se calmaba amenizándoles con anécdotas y canciones (mi padre siempre cantaba, tocaba el piano, o silbaba, de ahí el apodo que le puso Jon Intxaustegui: “El Melodías”, y así le llamaba hasta cuando se dirigía a mi: “Pipe, dile al “melodías” que tiene que hablar con el jefe de la base…”). Al final todos acabábamos brindando y riendo con su ingenio, ya fuera en inglés, en español, o en alemán. El 11 de febrero nos reunimos todos los huéspedes del albergue frente al televisor para ver el combate entre Tyson y “Buster” Douglas. Recuerdo ese gran combate como si fuera ayer, en aquella sala vestida de madera, con varias botellas de licor sobre la mesa, y los partidarios de uno y otro pegando voces, hasta que “Buster” encadenó aquellos seis golpes que mandaron a Tyson a la ducha en lo que era su primera derrota.

Y entonces llegó un avión brasileño, con  material y relevo para sus bases, y por suerte para nosotros la expedición venía encabezada por un alto mando militar que decidió quedarse en el mismo albergue hasta que se hubiera terminado la operación, para regresar con sus científicos a Brasil en un Hércules casi vacío. Jon vio la oportunidad, y habló con mi padre para que fingiera una entrevista y así ganárselo. Y eso hizo. Montamos el set en el mismo hotel, y estuvimos una hora hablando con el militar sobre lo humano y lo divino, sin intención alguna de usarlo en el documental, ni interés en sus palabras, pero le caímos bien, y conseguimos un billete gratis para Punta Arenas.

Poco después llegaron los científicos brasileños que volvían al continente, y entre ellos varias mujeres que llamaron rápidamente nuestra atención. Por arte de magia aparecieron botellas de cachaza, y tuvimos fiesta hasta lo que podría llamarse alba, aunque en aquella latitud no tenga mucho sentido esa expresión… (Y lo que no cuento yo, ya lo contará mi hijo algún día, si le apetece y se acuerda).

(Continuará… Me temo).

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Tuo Yaw (XXXI)

Gracias a mi padre tuve la oportunidad de viajar por el mundo, en los años en los que aún no existía esta eficaz red de comunicación global de la que hoy en día disfrutamos -o padecemos, según se mire-. A finales de los ochenta había algunos teléfonos “satelitales”, pero estaban en fase experimental, de modo que, cuando te marchabas de viaje por el mundo “no urbanizado” la comunicación se rompía ¡Pero del todo!, y no unas horas, sino días, semanas, o meses. Las cartas hacían largos y complicados viajes para llegar al mundo civilizado, y la onda corta -en donde la había- se destinaba a urgencias y breves comunicaciones familiares pactadas, que solían limitarse a un par de llamadas al mes. En una ocasión, cuando acababa de aterrizar en Malabo, probé a llamar a España con un teléfono satélite que nos habían impuesto, y respondió mi suegra, Juana, diciendo -enfadada- que por qué había tardado tanto en llamarles… En ese instante asumí que el concepto “aventura” se había ido al carajo.

Cruzar el paso -o pasaje- de Drake para llegar a la Antártida tiene su guasa. La Antártida es un continente ocupado permanentemente por un anticiclón, que es retenido por unas borrascas brutales que giran incansablemente alrededor del continente helado en sentido oeste-este, al igual que la helada corriente de agua del océano antártico, formando una barrera de temporales infinita. De modo que, cuando uno baja buscando el sur se encuentra con una sucesión de olas monstruosas que le fuerza a dirigirse hacia el sur-este si no quiere volcar (salvo que se sea un albatros, qué maravilla de vuelo el suyo), así hasta llegar a una latitud en la que la protección de la península antártica permita virar de golpe, encarando las olas de proa. Ese apocalíptico momento del cambio de rumbo es el que eligieron mi padre y Jon para que quedara inmortalizado en el documental, pero claro, sería yo, el junior, el encargado de grabarlo. De modo que me engancharon a una barandilla, con la cámara envuelta en una funda de neopreno especialmente diseñada para trabajar en condiciones extremas, me pusieron un poncho de chubasquero sobre el plumas, y me dijeron que no soltase la cámara (preguntar por el chaleco salvavidas no era una opción: Con el agua helada y aquel oleaje poco se podía hacer por el que cayera por la borda, y menos si tenía atado a su cintura un cinturón doble de baterías). Y allí me dejaron, en cubierta. Cuando la primera ola golpeó al barco por estribor pensé que nos íbamos a pique, pero no, el barco aguantó (ya he contado que este mismo barco se hundió pocos años después, llevándose bastantes vidas con él). Me aseguré de que estaba grabando y cerré los ojos. Fueron veinte minutos de estruendo, agua, y zarandeo, sin soltarme de la barandilla y sin mirar ni una vez por el visor. Un parque de atracciones pasado por agua fría y viento. Lo bueno es que, con el miedo a morir al ser arrancado de mi atalaya por un golpe de mar, el mareo desapareció, dejándome sumido en un placentero estado de ingravidez. Divagaba, canturreaba, pensaba en mi hijo, en mi esquela… De pronto todo se calmó. Habíamos cruzado.

Lo primero que pude ver de aquel extraordinario continente fue un resplandor, un brillo espectacular reforzado por unas extrañas nubes negras, que se reflejaban en el aún más negro mar. Franjas cambiantes que permitían distinguir con claridad los gigantescos acantilados de hielo que formaban los glaciares.

Protegidos de las borrascas, y acompañados por delfines del cabo, y alguna distante ballena, bajamos hacia el mar de Bellinghausen, para subir de nuevo hasta la isla del Rey Jorge, pasando cerca de la isla “Decepción”, un espectacular volcán abierto al mar que lleva más de un siglo dando cobijo a balleneros y marineros en apuros. Antes de visitar la base española, principal objetivo de nuestro viaje, el barco debía realizar una parada en la base polaca Arctowski, en la isla del Rey Jorge.

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[(1) Mi padre y el geólogo, alpinista, profesor, y explorador Jerónimo López a bordo del Heweliusz con la Antártida al fondo -foto mía-. (2) Yo, en la popa del Heweliusz con algo de frío.

Volviendo al punto en el que estaba -doce mil kilómetros al sur de Moratalaz- diré que desembarcamos en la base polaca con los repuestos que esperaban ansiosos tras el largo y oscuro invierno, y tras ser saludados como si fuéramos el séptimo de caballería aprovechamos para hacer algunas entrevistas para el documental. Mi padre intimó con un científico escocés, que sorprendentemente le pidió dinero -no sabemos para qué, pero le soltó doscientos dólares que probablemente serían de Jon, y no suyos-, y tomamos algo de café con posos y agua de deshielo. Aburrido me puse a pasear por la pedregosa playa, haciéndome fotos con pingüinos y costillas de ballenas, cuando de pronto escuché un tremendo y sostenido bocinazo. Miré hacia la entrada de la bahía, pero unas rocas no me permitían ver el mar. Algunos científicos salieron a la carrera hacia el embarcadero. Miré de nuevo, y entonces descubrí un gigantesco barco turístico, un transatlántico con más de tres cubiertas y una decena de pisos, entrando en el puerto natural de la isla para resguardarse de la tormenta. Aquello era desconcertante, apabullante. No tenía sentido. La embarcación avanzó hasta el centro de la ensenada, y se detuvo. No dejábamos de observarla. Era un barco turístico con bandera canadiense. Desde lejos distinguíamos a cientos de pasajeros, protegidos por abrigos rojos, que no dejaban de tomar fotos de aquella pequeña base. Pero lo peor estaba por llegar. Jon me señaló que estaban bajando del barco unas grandes barcazas, llenas de aquellos extraños seres con abrigos rojos. ¡Era una invasión alienígena! Al cabo de media hora empezaron a llegar a la pedregosa playa, y fueron desembarcando. Yo estaba sentado junto a dos pingüinos barbijos cuando llegó la primera oleada. No dábamos crédito. Eran mil turistas, jubilados norteamericanos, que habían pagado una fortuna a la compañía “Adventures Network” por llevarles desde Puerto Montt hasta las Shetland del Sur. Como si fuera la primera vez que veían un bípedo antropomorfo nos pidieron posar con ellos, y durante media hora no hicimos otra cosa más que ser fotografiados por señoras que llevaban un clavel en el pelo, y no me pregunten el porqué de aquel adorno. Y del mismo modo que llegaron, se marcharon en su flamante “Barco del amor”, dejando a pingüinos, focas, y científicos, estupefactos.

Finalmente llegamos a la base española. El Heweliusz fondeó en la “bahía sur” y desembarcamos con el equipo.

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Siempre llevaba dos cinturones de baterías: Uno puesto y el otro colgando del brazo. De caer me hubiera hundido como un plomo. Verme en apuros era algo que a Jon le divertía, era un gran jefe, un poco mamón, pero un buen tío.

 

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Planos robados de la red. En alguna parte guardo las cartas y planos que utilizamos entonces, pero no encuentro las fuerzas para subir a buscarlo a mis caóticas buhardillas.

La base española era un pequeño conglomerado de contenedores rojos conectados entre sí. Había laboratorios, almacenes, y zonas de esparcimiento, así como dormitorios, y aseos. Nos recibió la directora de la base, Josefina Castellví -miembro de la segunda oleada de científicos españoles en la Antártida, después de aquel heroico equipo que llegó a bordo de la goleta “idus de marzo” en 1982-. Para un macarrilla de 25 años -como lo era yo entonces-, aquello era una acumulación de postureo, y las conversaciones sobre cambios climáticos, y reclamaciones territoriales, me importaban un rábano. Los científicos habían marcado zonas de líquenes para que no se pisaran, de modo que cuando caminabas, de pronto, te decían “cuidado, por ahí no, que hay un liquen crustáceo muy viejo”… “Ah, vale” decía yo, esquivando algo apenas visible. Mi cerebro intentaba convencerme de que aquello era importante, pero cuando no miraban probé a pisar fuerte sobre esas cosas amarillentas, y siguieron tan campantes. Mientras caminábamos por los alrededores nos contaron que en lo alto de los glaciares cercanos había un avión estrellado con toda su tripulación, al que nadie nunca pudo acceder, y que de vez en cuando avisaba de su presencia con un destello: Una de las muchas “tumbas de hielo” que hay por el mundo.

Estuvimos un tiempo grabando entrevistas, recorriendo los alrededores, y persiguiendo pingüinos papúa y barbijos por la pedregosa playa. Descubrí también que los leones marinos tienen mucha mala hostia, y que si uno se acerca demasiado a ellos ya puede ser rápido porque, a pesar de su apariencia, corren como demonios. También nos acercamos a un precioso glaciar cercano, en donde nos mostraron las primeras pruebas del retroceso del hielo por el calentamiento global (1990), y tomamos imágenes del barco y de la bahía. Finalmente tocó volver al barco, la base no tenía espacio para invitados. El viento había cambiado, y la bahía entera se había llenado de hielo. Trozos del tamaño de un coche, y otros más pequeños, que habían rodeado el barco y que algunos llamaba “rass” -eso creí entender-. Debíamos embarcar como fuera, pero el viento no dejaba de empujar esa masa de hielo de cubata contra nosotros. Tras algunos debates decidimos intentarlo. El mayor riesgo era que los bordes afilados como cuchillas de alguno de los bloques más grandes rasgaran la zodiac, de modo que cogimos remos y piolets, y mientras avanzábamos lentamente alejábamos el hielo de la embarcación. La bahía sur se había convertido en un tazón de arroz inflado, y los chasquidos del hielo al resquebrajarse hacía que se pareciera aún más con su “chas-chas”, contribuyendo al nerviosismo de mi padre, que sufría de claustrofobia. Apenas habíamos avanzado cincuenta metros en veinte minutos cuando empezó a perder los papeles. Daba órdenes a marineros muy experimentados -que no le entendían-, y lamentaba que no nos hubiéramos quedado en tierra. Se llevaba la mano a la cabeza, y no dejaba de mover la embarcación. Los polacos murmuraban entre sí y Jon, con ese tono entre paciente y amenazante que utilizaba cuando había peligro, me dijo a voces “Pipe, haz que se calme, o nos matará a todos”. Mi padre se puso a insultar a diestro y siniestro, levantándose y desestabilizando el bote, y entonces le cogí de un brazo con fuerza bajándole, y le grite “Para de una puta vez, o te doy con un remo en la cabeza… ¿Me oyes? No me importa una mierda pegarte un tiro con la pistola de señales, o que Jon te saque de la zodiac a hostias, pero ¡para ya!”. Mi padre debió darse cuenta que aquello no era ficción. Todos le miraron con gesto serio, y se llevó las manos al rostro diciendo entre dientes “Pero…pero…”, a lo que Jon añadió un “ni peros ni hostias Felipe, empuja el hielo y calla”. Tardamos una hora en recorrer los doscientos metros que nos separaban del Heweliusz, en donde nos esperaba una escala tosca y una red de desembarco que habían colocado a babor del barco. Decidimos que mi padre subiera el primero, sin material, para asegurarnos de no tener más problemas. Le costó un horror, pero finalmente lo consiguió. Después subimos los demás con el pesado equipo. Mi padre, hombre con poca memoria para lo que le interesaba, viéndose a salvo se dedicó a dirigirnos y aconsejarnos sobre cómo ascender y dónde asirnos, animándonos: “Venga Pipe, tranquilo, vas bien…”. Jon me miraba y sonreía… “Así es tu viejo”.

(En el siguiente seguimos allí, y no tiene desperdicio).

 

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Tuo yaw (XXX)

José Miguel, Piedad, y algunos amigos más, subían por la empinada “calle principal” de Membrillera, tras haber dejado aparcado el coche en “las afueras”, cuando se dieron de bruces con la comitiva que bajaba hacia la iglesia: Doscientas personas que, respetando la tradición local, habían acompañado a la novia desde su casa hasta encontrarse conmigo, simulando que no habíamos pasado la noche bajo el mismo techo. Por suerte yo no había dormido; aquella madrugada los primos de la novia me sacaron de la cama a la fuerza para emborracharme, y con la resaca me sentía más espectador que protagonista, pero los que vieron aquella procesión no la olvidarían jamás.

En la puerta de la iglesia esperaban el cura -el tío Antonio-, mi familia, los monaguillos, y Máximo Pradera, que cámara en mano y ataviado con sus mejores galas -una camiseta de “Lo que yo te diga” (Programa de radio que hacía con Carlos López Tapia)- grababa aquel espectáculo [Por suerte, o por desgracia, Máximo perdió las cintas que grabó -o al menos es lo que me dijo cuando se las pedí-]. Tras nosequé bendiciones y demás historias previas pasamos al interior de la modesta iglesia. Entonces, en 1989, había ceremonias cortas, medias, largas, y como las de Membrillera: Aquello no acababa nunca. Era tal la devoción y la emoción de los asistentes que el cura tuvo que cortar las estrofas de los cánticos con un tenso gesto, porque una de las feligresas, Felisilla, presa de un arrebato de fervor religioso añadía versos y más versos a aquella desagradable melodía que cerraba con lo de “no te importe la raza, ni el color de su piel, ama a todos tus hermanos y haz el bien” (o algo así). Finalmente todo acabó, y tras las firmas y demás zarandajas burocráticas salimos a la barbacana, en donde nos esperaba una multitud de sobreexcitados energúmenos para tirarnos arroz, judías, garbanzos, y yo creo que hasta piedras, ante el estupor de mis amigos madrileños. Doloridos, y cubriéndonos como podíamos, llegamos hasta el coche de Tomás Rodríguez Limón, un amigo de mi padre que se había ofrecido a llevarnos por tener el vehículo más aparente de los allí presentes, y escapamos con rumbo al hostal-mesón “el Castillo” de Jadraque, en donde se celebraría el convite.

El mesón “El Castillo” era toda una institución en la zona: Estaba cerca de una de las más bonitas gasolineras de España por su florida decoración -hoy una de las más horrendas-, y destacaba por su cabrito asado, y -sorprendentemente- por sus calamares a la romana, cuyo perfecto rebozado los hacía insuperables a pesar de los kilómetros que nos separaban del mar.

Descansamos un poco en la habitación y nos preparamos para el ágape, festín, o como quiera que se le llame a esa salvajada gastronómica que suele acompañar cualquier celebración que se precie. Los invitados fueron llegando en oleadas. Abrumado por el gran número de compromisos de la familia de Celia yo había borrado de mi lista a gran parte de mis familiares y amigos, pero a pesar de ello éramos más de doscientos cincuenta comensales. Y entonces se me acercó un primo de mi suegra, y cuchicheando algo initeligible me metió un sobre en el bolsillo… Miré con disimulo el contenido: Tenía tres billetes de diez mil pesetas. No diré que no estaba avisado de las costumbres locales, pero me sorprendió. Poco después vino otro sobre, y otro, y otro… El bochorno se me fue pasando conforme se llenaban mis bolsillos. Mi familia, mucho más sofisticada y tacaña, me había bombardeado con electrodomésticos, cuadros, fondúes -muy de moda entonces-, y demás regalos inútiles que todos conocemos, aunque a este respecto mi padre superó las mejores expectativas obsequiándonos un libro a cada uno. A ella, que nunca fue santo de su devoción, “Celia se pudre”, y a mi, -que tantas veces le había decepcionado- “Nunca llegarás a nada”.

Una vez que estaban todos sentados hicimos la tradicional entrada, y antes de que nos diéramos cuenta estábamos comiendo como alimañas. Yo, poseedor de un estómago infinito, había repetido cuatro veces cabrito asado cuando Celia me llamó la atención. Estaba dando una imagen lamentable, porque no sacarían la tarta hasta que yo no terminase. Una pena, porque aún podía con una quinta pieza. Después vino la tarta, la subasta, y todas esas mamonadas, hasta que llegó el momento de abrir el baile. Tocaron el vals habitual y lo intenté, pero por suerte, y antes de que aquello fuera a peor José Miguel salió a echarme un capote, y me salvó de ser lapidado porque la naturaleza tampoco tuvo a bien darme el don de la danza.

Como en cualquier reunión en la que coinciden grupos humanos tan diferentes, hubo escenas y emparejamientos imposibles, hilarantes, pero nada fue más impactante que ver a mi madre y a mi padre bajo un mismo techo. Era algo que no sucedía desde hacía lustros, y que no volvería a pasar hasta finales de los noventa.

Llegó la noche, y nos trasladamos a “El Burna”, la única discoteca de la comarca, para seguir con la fiesta. Cada vez que me giraba alguien me daba una pastilla o me ofrecía una copa, y como es natural acabé perdiendo completamente el juicio, hasta que Carlos “scarface” tuvo a bien pelearse con su chica, lo que provocó un tumulto en el que todos dimos y recibimos, y que acabó con Carlos caminando por Jadraque, golpeando todos los coches con su puño hasta reventarse la muñeca y los dedos, y yo corriendo detrás para frenarle. Cuando al alba llegamos a la habitación caímos rendidos. Pero no pude evitar sacar los sobres de los bolsillos: ¡Había más de un millón y medio de pesetas! Sabiendo de mis ánimos dilapidadores Celia me apartó del dinero de inmediato, y yo perdí el conocimiento hasta el día siguiente.

Nuestro viaje de bodas fue modesto y rápido. Unos días en Lisboa bastaron para curarnos la resaca, y cuando me di cuenta estaba viviendo como un hombre casado, y tenía a mi suegra a los pies de la cama, con unos tuppers que había traído para ahorrarnos tener que cocinar. “¿Cómo has entrado?” le pregunté. “Pues con la llave, claro”, me dijo, dejándome entrever el infierno que se me avecinaba.

A todo esto José Miguel había abierto una oficina propia, una agencia de información, o editorial, u organizadora de eventos, o como fuera que definieran lo que hacían allí, en la calle Ayala 124 -creo-, en un palacete cercano a varios garitos de nuestra adolescencia -“Models” y “Desert sound”-, que si no me equivoco había sido la sede del modisto Elio Bernhanyer, y antes aún un local de alterne que -por lo que he leído- habitaba el fantasma de un sacerdote -que a saber lo que estaba haciendo allí cuando murió-. La empresa se llamaba “Asociación de Ideas”, y compartía edificio con una conocida agencia de publicidad de la que ya no recuerdo el nombre, pero que llevaba -entre otras-, las cuentas de “Pantys Berkshire” (Hay que ver las tonterías que uno recuerda, y como, a veces, desplazan información que sería de mayor utilidad, en fin). Bien, para trabajar en “Asociación de ideas” José Miguel, junto a su amigo Miguel B, había contratado a unos jóvenes talentosos, entre los que -por supuesto- no estaba yo. Pero, eso sí, contaban conmigo para cualquier evento ocioso, festivo, o simplemente para dar ambiente al hall, dejándome ocupar las típicas butacas “Le Corbusier” de cintas negras que habían comprado. Allí pasaba yo el día, a la espera de que sucediera algo, aunque no sabía yo muy bien el qué, y mientras tanto pues daba ambiente, solucionaba pequeños problemas técnicos, o les regalaba la nevera pequeña que tenía en mi cuarto para que hubiera cerveza fresca.

Dos días a la semana me pasaba por El País para atender al “master”, que me seguía pagando un modesto jornal -sin contrato ni seguridad social, tengo que decir-. El resto de mis compañeros de la antigua emisora, mucho más útiles que yo, se habían trasladado a la Gran Vía (Cadena SER), pero yo no les envidiaba: Tenía un estudio solo para mí, con mesas de mezclas, altavoces, ordenadores, y un bote de líquido verde con una etiqueta de promoción de la película “re-animator”, que habían dejado olvidado los de “Lo que yo te diga” en la vieja emisora de radio que estaba siendo demolida para dejar espacio al suplemento Tentaciones.

Y sin apenas tiempo para instalarnos en nuestra nueva vida Celia estaba embarazada. No diré que lo esperaba, ni tampoco que lo deseaba: Simplemente pasó. Te resultará evidente, si has llegado hasta aquí, que yo no estaba preparado, pero a todos les pareció algo maravilloso, de manera que me dejé llevar por la corriente una vez más.

Pero el salario de la Escuela no daba para mantener mi recién creada familia, y mucho menos alimentar a ese hijo que inesperadamente esperaba (sí, tú majete). Mi padre parecía ser el único en ser consciente de mi inmadurez, y preocupado por mi futuro presionó a Jon Intxáustegui para que me incluyera en sus equipos, con los que ya había trabajado como auxiliar en algunos cortos publicitarios -y otras obras menores-.

La mórula fue creciendo hasta ocupar un espacio considerable en el abdomen de Celia, y llegado el otoño me dijeron que sería niño, y que me iría a La Antártida como parte del equipo del documental que mi padre presentaba por entonces, “Longitud Latitud”, para ilustrar la ratificación del Tratado Antártico, obtener imágenes de las dos relucientes bases españolas, e instalar una antena parabólica que permitiera la comunicación directa con España, además de contar algo sobre la historia de las poco conocidas expediciones antárticas españolas.

Me imaginaba un desembarco como el del Almirante Byrd, con un gran ejército de helicópteros y aviones, pero no: Solo seríamos Jon, mi padre, y yo. Estaba tan emocionado que olvidé mis obligaciones maritales y paternales y sólo hablaba de aquel viaje. Por si fuera poco mi amigo Javier Pérez de Albéniz, que entonces escribía sobre naturaleza en el diario El País y sus suplementos, había conseguido convencer a sus jefes para ir con nosotros. Sería una gran aventura. Recuerdo perfectamente cuando fuimos a la tienda “El Igloo”, paraíso de los plumas de Pedro Gómez, para hacernos con el equipo necesario. Por desgracia el productor impuso el “ahorro de dinero público”, y acabé teniendo que vestir exactamente igual que mi padre. Un espanto.

Por suerte para mí el viaje sería justo después del nacimiento de mi hijo, de modo que pude darle la bienvenida el día 23 de enero de 1990, justo durante la emisión de LA SOGA de Hitchcock y después de hacer que su madre rompiera aguas cuando yo estaba felizmente sentado, tomando los tiempos de las contracciones y viendo al Joventut de Badalona jugar la copa Korac. Con urgencia cogimos el “kit” de parturienta, y salimos con el coche, recogiendo en la esquina de su cercana casa a mi suegra, quien con las prisas se olvidó de ponerse la dentadura postiza lo que le tuvo felizmente en silencio durante toda la noche. Teníamos previsto que diera a luz en otro hospital, pero las circunstancias nos obligaron a entrar de urgencia en el Gregorio Marañon / General Universitario / o Francisco Franco (según épocas), en donde finalmente dio a luz. Se me hacía extraño ser el responsable de esa criatura, pero lo asumí como una consecuencia inevitable de la vida adulta, una fase natural más por la que debía pasar: Naces, creces, te reproduces, y mueres.

Fue olerle, dejar que me oliera, y marcharme durante varios meses a la otra punta del mundo, no sin antes engañar a su madre para que le registraran como Felipe Mellizo, en lugar de Alejandro como ella deseaba, en honor a su fallecido padre (cosas de una legislación machista, que solicita el nombre de la criatura cuando la madre no puede levantarse de la cama).

Albéniz no tuvo tanta suerte como yo con el viaje a la Antártida: Juantxu Rodríguez , el fotógrafo, había muerto cubriendo la invasión de Panamá, y aquello, además de las naturales y tristes consecuencias, abrió un debate sobre la legalidad de algunos contratos temporales en el diario, lo que finalmente llevó a que Javier, que no era fijo del diario, fuera reemplazado por otra redactora. Una pena (No mayor que lo sucedido en Panamá, claro está. Juantxu, que hacía equipo con Maruja Torres, murió acribillado por los marines americanos. Un suceso que nunca fue aclarado del todo.).

De modo que, tras varios miles de kilómetros de avión -cuando aún se podía fumar en ellos-, aterrizamos en Buenos Aires.

Allí nos hospedamos en el Hotel Obelisco, detrás de Corrientes, y como no, junto al obelisco de la Avenida 9 de julio. Jon mantenía una buena relación con un gran director de cine argentino, ahora senador, Fernando Pino Solanas, y durante unos días fue nuestro anfitrión -así como su hijo, de quien guardo un grato recuerdo-. Además de trabajar -lo justo- recorrimos innumerables boliches, decenas de asadores, y algunos antros de reconocida mala fama antes de salir rumbo a Ushuaia.

Haciendo alarde de su poco juicio para asuntos económicos, mi padre convirtió todo-todo el dinero que llevaba en “australes”, la moneda de curso legal entonces. Esto tendría desastrosas consecuencias: El valor de la moneda cambiaba cada hora -por eso los precios estaban escritos sobre pizarras-, y durante el tiempo que estuvimos en La Antártida se depreció a un tercio de su valor… Mira que le avisaron, pero cuando él decía que sabía más que nadie de algo, había que dejarle, por no oírle. Cuando regresamos había perdido cerca de cien mil pesetas de entonces.

Finalmente volamos hasta la ciudad del fin del mundo en un desvencijado avión, que por poco se sale de la pequeña pista de aterrizaje que “flotaba” sobre el Beagle. A la espera del barco que nos trasladaría a la base española nos dedicamos a recorrer aquella curiosa ciudad, cuya arquitectura, costumbres, y ciudadanos, nos hacían sentir en plenos alpes austríacos: El alcalde tenía un apellido alemán, así como varias calles por las que paseamos. Había mucha gente rubia y alta, y restaurantes que se llamaban “Tante María”, por ejemplo (“Tía” en alemán, para quien no lo sepa), que servía unos mejillones o “cholgas”, como balones de rugby. Por más que se negase, era evidente el pasado post-nazi de aquella pequeña colonia. También fuimos a grabar el pequeño tren del fin del mundo, y algunos glaciares que rodeaban la ciudad, así como el propio museo, que recogía una extraordinaria colección de aves antárticas.

Ushuaia no estaba exenta de lugares de ocio nocturno, y mi padre y Jon olían el cachondeo como los tiburones la sangre -quizá algún día se descubra en algunos humanos un “organo de Lorenzini” que lee los campos magnéticos de los locales de alterne, porque entonces, sin google, su orientación era casi mágica-. En uno de ellos, completamente borrachos, montaron una tangana por decirle algo cariñoso a una mujer equivocada, y acabamos apoyados en un coche de policía local, intentando explicarnos.

EL Heweliusz era un gran barco, un ferry utilizado como carguero por Polonia para trasladar equipo y científicos a su base Arctowski, cerca de las bases españolas Juan Carlos I y Gabriel de Castilla. Nos instalamos en un camarote con dos literas. Yo dormiría abajo y mi padre arriba. Soltamos los equipajes, cogimos la cámara, y salimos a grabar nuestra partida, dejando atrás Ushuaia, con sus casas tirolesas, y aquellas preciosas montañas nevadas. Avanzamos por el Beagle, sorteando islotes repletos de leones marinos, y pasamos frente a Puerto Navarino y Puerto Williams, poblaciones chilenas que compiten con Ushuaia por ser la ciudad más austral del mundo. Finalmente llegamos a la desembocadura, y tras pasar por delante de los restos encallados de algún naufragio antiguo viramos al sur, rumbo a la Isla de los Estados (y el peligroso estrecho de Le Maire), Cabo de Hornos, y finalmente La Antártida. De pronto el barco empezó a cabecear. Primero suavemente, siguiendo largas ondas. No dejábamos de maravillarnos con las vistas, mientras que bandadas de “skuas” malencaradas empezaban sus vuelos rasantes sobre nosotros, intentando conseguir algo de comer. El frío empezaba a calarnos los huesos, de modo que entramos a comer. Poco a poco las suaves ondas fueron convirtiéndose en molestas ondas…

Compartíamos mesa con los marineros polacos y ex-soviéticos que formaban parte de la tripulación, lo que hizo más amena la sobremesa. Mi padre hizo gala de sus artes como showman, como “lobo de mar”, como enciclopedia humana, y como políglota, narrando la vida y obras del astrónomo polaco que daba nombre al barco (debo señalar que el buque se hundió pocos años después, llevándose al fondo del báltico a 55 almas). Yo, aburrido, me retiré al camarote, tumbándome para vencer el creciente mareo (la redactora de El País había tenido que ser sedada, y así pasó todo el viaje, pero el fotógrafo que le acompañaba, merced a nosequé semilla que se había puesto en el cuello, aguantó como un campeón). Mi padre llegó un poco más tarde que yo. Estaba pálido, pero se subió a su cama con energía esquivando mi equipaje, que estaba abierto junto a mi catre. Los vaivenes del barco crecían en frecuencia y violencia, y el agua empezó a cubrir el ojo de buey. Entonces pasó. A modo de cortina, una cascada de vómito cayó desde la cama de mi padre, hasta mi equipaje. Un Niágara estomacal que pringó toda mi ropa limpia, mis botas, mi chaqueta. Espantoso. Me quedé mudo. Con cuidado conseguí salir de mi cama y preguntarle si había acabado ya. Mi padre me pidió agua, bebió, y se giró para quedarse dormido de inmediato. ¡Lobo de mar! Y una mierda. Después de limpiar lo que pude, como pude, me fui a la cantina, y me senté con Jon y los marineros polacos. El barco no tenía alcohol para la marinería, y eran años de crisis económica en los países del este, de modo que sacaron de las cajas que transportaban un botellón de alcohol de laboratorio, y sirvieron un poco en varias tazas metálicas. Después pusieron dos cucharadas de mermelada en cada una y lo prendieron fuego. Al minuto, cuando habían agotado parte del alcohol, lo removieron, y se lo bebieron de un trago. Yo no podía ser menos, claro está, y les seguí el juego. Media hora después avanzaba por el pasillo, rumbo a mi camerino. Estábamos en pleno cabo de hornos, y aquel pasillo subía y bajaba como una atracción de feria. No pude evitarlo, y solté todo lo que llevaba dentro, dejando las paredes, el suelo, y mi ropa, perdidos. Jon se me acercó, y muerto de risa me llevó hasta la cubierta de popa, allí, con el aire, me despejé. Las skuas habían desaparecido, el océano estaba negro y agitado, y a estribor tenía la mismísima isla de Hornos. Así, oliendo a vómitos propios y ajenos, doblé el cabo de Hornos por vez primera…

 

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Podría haberme hecho del Real Madrid, pero no.

Mi padre era del Atlético y mi abuelo del “Atlético Aviación”, pero todos mis tíos y primos salieron madridistas. Podría haberme hecho del Madrid, pero no.

Mi abuela Carola, que no sabía nada de fútbol, también lo era, y la mayoría de mis amigos, y el panadero, y el lechero… Algunos me preguntaban ¿Por qué no te haces del Madrid?, y como argumento de peso soltaban aquello de “gana más copas” o “vuestro equipo es un equipo perdedor”. Y yo presumía de camiseta derrota tras derrota. Sí, podía haberme hecho del Madrid, pero no.

Muchos reniegan de los estereotipos asociados a uno y otro equipo, y desmienten su existencia: “No todos los madridistas son conservadores, ni los del Atleti progresistas” (casualmente en mi familia sí que se cumple ese modelo), pero cuando vemos a alguien del Atleti sabemos que es del Atleti antes de que lo diga. En el Madrid no cabe aquello de “Es el típico madridista”, porque “madridista” es cualquiera que siga el razonamiento básico de seguir al equipo que más trofeos gana, el que contrata a los mejores jugadores de medio mundo, porque los puede pagar. Visto así podría haberme hecho del Madrid, pero no.

¿Por qué hay tantos personajes del Atleti en las series de televisión, y tan pocos madridistas? Me preguntaron una vez en una conferencia. La respuesta es evidente: Señalar que alguien es del Atleti dice más de esa persona, cuenta que tiene aristas, que sufre -una de las claves de nuestro trabajo de guionistas-, que se repone con humor de los reveses -otra de las llaves del éxito-. Decir que es madridista es cagarla, es crear un personaje anodino, que ni siente ni padece. Yo prefiero ser Íñigo Montoya, que Wesley. Por supuesto que solo es un juego, pero cuando miro a mis amigos madridistas me digo, ¡Bien!

Podría haberme hecho del Real Madrid, pero no ¡Soy del Atleti!

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