LA NOCHE DE REYES, O DEL GENEROSO EGOÍSMO

La cosa está muy mal. Los salarios son una mierda. Los ricos, intentando prolongar la suerte de sus herederos y calmar sus insanas ansiedades, son cada vez menos escrupulosos. Los pobres tienen muy pocas posibilidades de salir del agujero, y las clases medias se afanan en simular que tienen más de lo que realmente tienen, mientras que los “Montoros” les vacían los bolsillos impunemente para luego repartirlo entre los miembros de la caterva política amiga de lo ajeno. Entonces llegan los “Reyes Magos de Oriente”, y nos olvidamos de lo que no queremos recordar para intentar contentar a nuestros congéneres y, ya puestos, calmar nuestras conciencias.

En mi caso regalar es  más una muestra de egoísmo que de generosidad: Regalo porque me hace sentir bien, y punto. El mismo egoísmo que siento cuando doy un euro a un pobre, por ejemplo, maniobra que provoca en mí una inmediata subida de endorfinas.

Si. Para mí, que no soy creyente aunque practique todo tipo de festividades religiosas o paganas, hoy es el día en el que confluyen todos los egoísmos de nuestro país, tanto los de dar, como los de recibir. Seamos egoístas y felices esta noche, y “nada” de poner peros, porque “nada” cuesta sonreír, fingir un poco, y luego tirar el regalo que nos dieron en la primera papelera que encontremos antes de regresar a casa. Con toda seguridad quien te lo regaló, inmerso en sus generosos egoísmos, tampoco recordará habértelo comprado.

Así que regala, déjate regalar, y participa en esta fiesta consumista de egoísmos disimulados, que la vida son dos días.

Y si aciertas ya es la hostia…

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La red, la historia, y el 2018

Mientras espero a que la “Marcha Radetzky” confirme que estamos en un nuevo Anno Domini (a falta de los tristemente desaparecidos saltos de Garmisch-Parternkirchen), y escapando de mis obligaciones, que son escribir para una nueva serie y un nuevo programa, me he molestado en recopilar algunos datos tan innecesarios como que el 2018 coincide con el 5778 del calendario judío, 1439 del musulmán, 4715 del chino, y si no he calculado mal 2561 del budista (no voy a corregirlo si está mal, no se molesten ustedes en enmendarme la plana). Como efemérides de este año que empezamos señalar que se cumple un siglo de la epidemia de “gripe española” (Un sambenito que nos colocaron porque, estando el mundo en plena I Guerra Mundial, la neutral España fue el único país que informó de la enfermedad). Aquella “gracia vírica” acabó con la vida de entre 50 y 100 millones de personas en todo el mundo ¡En un solo año! 1918 fue también el año del estreno de “La venganza de Don Mendo” de Muñoz Seca, o de la creación de los parques nacionales de “Picos de Europa” y “Ordesa y Monte Perdido”, así como de las campañas autonomistas, asambleas regionalistas, y reivindicaciones de Cataluña, Andalucía, y Valencia.  Yendo atrás en el tiempo decir que se cumplen (hoy mismo) dos siglos de la edición de Frankestein, de Mary Shelley;  tres siglos de la fundación de Nueva Orleáns;  cuatro desde que el jesuita español Pedro Páez llegara a la fuentes del Nilo Azul.

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Flashmob mortal de Estrasburgo

Han pasado cinco siglos desde la epidemia de baile de Estrasburgo, episodio de “flashmob” que acabó, por agotamiento, con la vida de cientos de personas tras un mes continuado de histérico baile; 900 años desde que Alfonso I reconquistara Zaragoza, y se ganara una estupenda bula de cruzada, como solía suceder, lo que perdonaba todos sus pecados. Puede que importe menos, pero quinientos años antes, en el 418 moría Fridibaldo, rey de los vándalos silingos, y en el 318 Gregorio “el Iluminador” elegía a su hijo Aristax como sucesor al trono de Armenia. Hace diceciocho siglos, en el 218, Anibal se lía la manta a la cabeza y con sus elefantes desembarca en Hispania, para llegar a pata hasta Italia y tocar las narices al imperio romano, y finalmente se cumplen dos milenios desde que Thusnelda, la pobre mujer del jefe germano Arminio, fuera exhibida por Roma en el desfile de la victoria del general romano Julio César (un desfile que pertenecía a la “posverdad” de entonces, porque realmente Julito había perdido Germania para siempre).

Los años pasan, y cada año aplasta al anterior. Las vidas se diluyen con el tiempo hasta hoy, cuando gracias a la red y las redes todos tenemos presencia, biografía, y una historia que contar. Aún así conviene recordar que lo que permanece es tangible, y que un apagón informático acabaría para siempre con nuestra huella digital, dando valor de nuevo a los textos impresos, las piedras, las estatuas, y de paso a la pobre Thusnelda.

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Pensament (Y 3): El muerto al hoyo.

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Una cosa me tiene ocupado desde hace unos años, y es reconocer el mérito de la gente a la que conozco y respeto antes de que se los lleve “La Parca”, sin importarme si vivirá diez, veinte, o cien años más. Vale, está bien lo de los lloros, y los golpes en pecho propio y espalda ajena, en los pasillos de los tanatorios -para luego salir a fumar y hablar del cochazo que tiene menganito, o el…-, pero, si uno lo va a sentir tanto ¿Por qué no manifestar su aprecio cuando el finado estaba aún  vivo? Yo, desde luego, prefiero las cosas al contado y en neto, de modo que si alguien tiene pensado lamentarse de algo el día que yo muera, por ejemplo, tiene la oportunidad de manifestarlo durante mi vida, especialmente si es oneroso ¡Qué mejor que eso! Después, como si me dan de comer a los cerdos (o a los buitres en un “entierro celestial”). El cinismo funerario me saca de mis casillas, casi tanto como la muerte en sí misma, y temiendo que en los próximos treinta años esto del óbito se ponga de moda entre los de mi generación me gustaría romper una lanza en favor del dolor sincero: Si ves a alguien cercano jodido no lo lamentes, ¡actúa mamón -o mamona-! Y déjate de frases solidarias post-mortem. Esas las puedes dejar para soltarlas cuando vayas a entierros o funerales de esos a los que se va por ir, para que te vean, o por asegurarte de que esa persona está real y merecidamente muerta.

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Tuo Yaw (XXXVI)

Intentaba implicarme en las tareas propias de un padre joven y primerizo, pero no había manera: Cada viaje me alejaba más de mi familia.

Aquella pequeña casa, aquella vida tan realista, aquellas personas tan atadas a la tierra, todo ese universo madrileño-alcarreño era un extraño paréntesis dentro de la ficción que yo vivía con las producciones en las que trabajaba, un mundo de hoteles, aeropuertos, y aventuras, de entrevistas a personalidades de medio mundo, de constantes cambios de horario y de estación, de largas noches…  Fui dejándome dirigir por productores y familiares, yendo y viniendo sin preguntarme el cómo ni el porqué: “Hoy vamos a Membrillera y coges un saco grande de patatas y una caja con tomates y melones”, decía mi suegra; “Mañana te mando una cámara en bus hasta la estación de la calle Alenza, y grabas una entrevista al director de la orquesta de Madrid, y el viernes te vienes a Bilbao para editar antes de salir para Canarias…”, decía Jon; “EL martes cenamos con Paloma y su marido y tienes que llevar al niño con mi madre”, decía mi mujer… “Deberías leer más y cuidar tu aspecto”, añadía mi padre… Y yo decía que sí a todo, sin rechistar.

Volaba a Bilbao con mucha frecuencia, y siempre dormía en el hotel Carlton, como si fuera una estrella del rock -cosas de mi irracionalmente generoso jefe (Todos los demás han sido racionales y tacaños)-. El vetusto hotel aún no había sido reformado, y las gigantescas habitaciones contaban con aquellas viejas y enormes bañeras en las que me sumergía cada mañana, para después salir a Moyúa, y bajar caminando por Gran Vía y Buenos Aires hasta Acebal Idígoras, en donde estaba la oficina.

Nunca me integré del todo con la gente de aquella productora, que acertadamente debían verme como un pijo madrileño enchufado e inútil, de modo que mataba el tiempo libre paseando por la ciudad sin un objetivo claro. Salía por las noches tratando de hacer amigos, pero mis esfuerzos solo me proporcionaron tensión y respuestas secas de todos aquellos con los que trataba de entablar conversación, así que, después de llamar a mi casa en Madrid para interesarme por mi hijo, me buscaba un buen restaurante y me ponía ciego a comer y beber en soledad -por otra parte la expresión máxima de calidad de vida que conozco-.

Y cuando regresaba a Madrid,  y si me encontraba libre de otras obligaciones, me pasaba por la facultad. No me hacía especial ilusión pero, ya que había conseguido superar las pruebas de acceso, debía darle una oportunidad.

Lo primero que escuché de un profesor cayó como un jarro de agua fría por mi entrepierna (que lo de la nuca suena a poco): “Este año estaré ocupado con un trabajo literario importante, de modo que os daré una serie de libros para que hagáis un estudio, que me presentaréis conforme lo anuncie en el tablón. No hace falta que vengáis a clase” (SIC). Es evidente que no volvimos a saber de él hasta el final del curso, cuando pasamos por el departamento según nos fue citando para exponer nuestro trabajo en no más de cinco minutos “¿Te parece bien un notable?”, me dijo, a lo que yo respondí descolocado con un “Cla… claro”, saliendo de allí a la carrera antes de que se arrepintiera. No diré quién era, pero si la asignatura: “Pensamiento político”. Y no fue el único, porque en los años que pasé en la Universidad me encontré con muchos profesores ociosos; otros tantos absolutamente ignorantes; e incluso alguno con negocios paralelos que montaba aprovechándose de los alumnos, que les servían como ejército de investigación e incluso de redacción en algunos casos. Para bien, o para mal, todos ellos sabían quién era yo nada más leer mi nombre, y los hubo que habían trabajado conmigo y trataban de facilitarme los aprobados sin que tuviera que pasar por el trago de examinarme. Fueron muy pocos los que me enseñaron algo, y casualmente se trataba de aquellos que menos tenían que ver con el ejercicio diario del periodismo, como los de historia, teoría de la comunicación, literatura, o economía. La distancia entre la realidad del periodismo y lo que enseñaban en la Universidad era bestial, especialmente en materia de edición de textos y consulta de bases de datos. Solo algunos alumnos, yo entre ellos, usábamos ordenador para pasar los apuntes, que archivábamos y compartíamos con aquellos discos de 5 1/4 pulgadas, que pronto cambiamos por los de 3. 1/2 (treinta años después de aquello esa tecnología resulta ridícula, y supongo que en treinta años pasará lo mismo con la actual tecnología, y así eternamente). Por si fuera poco aún había profesores que permitían fumar en las aulas, favoreciendo la beligerancia entre los que lo hacían y los que no, un combate que pasaba por abandonar el aula, toser, abrir las ventanas, etcétera. Yo entonces fumaba más que respiraba, y el frío no fue nunca un problema para mi, de modo que me alineé con la tribu “tabaquera”. Con 26 años era uno de los mayores del aula, pero a pesar de ello -o quizá aprovechándome de ello-, no tardé en hacer amigos, que sabedores de mis muchas ocupaciones me proporcionaban apuntes y me instruían en materia de “cambiazos”, “soplos” y “chuletas” que tanto tiempo de estudio me ahorraron (Entonces se decía que con paciencia, chuletas, y un poco de “pelotilleo”, uno podía sacar la carrera en siete u ocho años sin haber abierto un libro).

Me compré un coche por encima de mis posibilidades, como es natural, gracias al dinero de mi nueva familia, y me hice con una tarjeta de crédito bien nutrida gracias a la venta de una de las viviendas de la madre de mi mujer, un piso en Aluche al que no quisimos ir a vivir. Se suponía que debíamos comprarnos otro para no perder capital, pero no nos pusimos de acuerdo sobre la zona en la que fijar nuestra residencia, de modo que empezamos a gastar -yo el primero-, en restaurantes y ropa, y estando cómodamente instalados en otro piso de su familia se nos quitaron las ganas de mejorar.

Sin duda que mi doble o triple vida tuvo que ver con aquella dejadez. Por pura conveniencia había mantenido cada uno de esos mundos aislado de los demás, lo que me permitía ocultar verdades y vender mentiras con facilidad. Sentía cierta vergüenza por el lugar en el que vivía, de modo que jamás invité a mis amigos a casa. Por otra parte mantener a mi familia alejada de ellos me dejaba el camino libre para tener aventuras, y por supuesto que las tuve, empezando por un pequeño escarceo, un simple beso en el coche con una agradable compañera de trabajo que se llamaba Nuria, tal y como mi padre había vaticinado antes de que yo mismo la conociera, durante mi despedida de soltero. ¿Azar, gafe, o visionario? Quién sabe.

Aquel verano José Miguel organizaba unos cursos sobre periodismo político y campañas electorales en la Universidad Menéndez Pelayo de Valencia, y por supuesto que me apunté. Fueron unos días inolvidables. José Miguel había seleccionado un grupo heterogéneo de amigos que cubría “cualquier” necesidad que pudiera tener en “cualquier” área del saber (Pontón, Bonilla, Cook…), y luego estaba yo. Mi trabajo consistía en grabar las clases y dar ambiente a las largas noches levantinas. Y ambas cosas las hice a la perfección.

Siendo hijo de quien era tenía algunas ventajas, quizá muchas… Una de ellas era que los conocidos de mi padre, profesionales de prestigio, no me rechazaban nada más verme. Así me vi compartiendo mesa y desayuno, en aquel lujoso hotel de la Plaza del Ayuntamiento de Valencia, con el mismísimo Jesús Hermida y el profesor García Matilla (Eduardo).  El tiempo que ha pasado puede haber estrechado las distancias entre ellos y yo, pero entonces eran insalvables, os lo aseguro. Recuerdo el interrogatorio al que me sometió Jesús, amigo de mi padre y sabedor de mi “nulidad”, así como lo mal que lo estaba pasando tratando de responder acertadamente a pesar de la resaca. Pero la suerte nunca me abandona del todo, y de pronto se abrieron las puertas de aquel precioso salón, entrando de golpe cien jóvenes mujeres uniformadas, y unos pocos hombres. Todo el curso de formación de El Corte Inglés de Alicante, establecimiento que había sido inaugurado el año anterior, que realizaban prácticas en la filial valenciana de la empresa. Aquello acabó de golpe con mi tortura, porque empezaron a pedir autógrafos a Jesús, terminando con sus preguntas.

Para aquellos cursos valencianos de la Menéndez Pelayo José Miguel había invitado a los más brillantes expertos en política y comunicación del mundo, entre los que estaban los que habían llevado la campaña de David Dinkins, primer alcalde afroamericano de Nueva York (Mack y McMahon creo que se llamaban -Si alguien sabe el nombre correcto que me lo envíe y lo modifico-, dos tipos divertidos). Y por si fuera poco también apareció mi padre, autor de un libro sobre el lenguaje de los políticos en los años setenta, y especialista en política anglosajona en general y británica en particular, pero como es natural mi padre apareció cuando menos me convenía…

Habiendo resuelto las clases con éxito salimos a cenar con el equipo y los ponentes, y como era de esperar la cosa se complicó -culpa del “agua de Valencia”-. Pronto congenié con los yankees, y empezamos a cantar y contar chistes y anécdotas. En un momento de la noche me coloqué en el centro del grupo, con una jarra del zumo alcohólico en la mano, y me puse a contar alguna absurdez ininteligible cuando de pronto descubrí a mi padre, junto a José Miguel, cubriéndose los ojos avergonzado al ver a su hijo en semejante estado, y ante tan respetable público. Había llegado de noche cuando le esperábamos al día siguiente. Mamón.

Acabé en la playa de La Malvarrosa viendo amanecer junto a los dos americanos, que aún con su traje -y sus tirantes de colores-, habían bebido tanto como yo. Mirábamos al frente dando cabezadas, y tras varios balbuceos me dijeron que en ese momento, frente al mar, habían descubierto el valor de la cultura mediterránea. ¡Y todo gracias a mi!

Mi madre había tenido una hija, Beatriz, con su segundo marido, Juan, y unos años después se separaron, quedándose la pequeña con mi madre. Mi hermana mayor, Mari Carmen, había sido doblemente engañada por una misma persona que la abandonó con dos hijos -pero esa es su historia, no la mía-, y mi padre y su nueva pareja -Alicia- se habían marchado a vivir a la sierra, con su hija recién nacida, Inés, “dejando” a mis hermanos Álvaro y Laura al cuidado de su madre, María José. Inés, la hija de Alicia y mi padre, había venido al mundo con una enfermedad mitocondrial severa, incurable, y tras meses entre la vida y la muerte parecía haberse estabilizado, aunque las consecuencias de su patología le acompañarían para siempre, lo mismo que su sonrisa y alegría de vivir. Después de ocupar una casa de pueblo en Alpedrete, mi padre, Alicia, e Inés, pasaron a un gran chalet adosado, en una urbanización de reciente construcción a las afueras del pueblo, con una pista de tenis que mi padre utilizaba a diario. Sería su última casa.

Recuerdo que Inés tenía que alimentarse a través de una horrible máquina y necesitaba de una atención que no existía en España, de modo que mi padre buscó ayuda recurriendo a sus contactos, mientras que Alicia luchaba día a día por sacarla adelante sin dejar de cuidar a los demás hijos de mi padre, que ahogaba sus problemas con ayuda del alcohol, el tabaco, y el piano. Alicia fue otra heroína de las muchas con las que me crucé en la vida.

Generalitat

De todas las cartas que escribieron solicitando ayuda solo conservo una, la que dirigieron al entonces President de la Generalitat, Jordi Pujol, que respondió inmediatamente a sus peticiones. Su comportamiento en este caso fue de agradecer. Lo que hiciera en otros temas es harina de otro costal.

Puyol y padre

 

 

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Pensaments y otras ocurrencias que no conducen a nada (Y 2)

Siempre soñé con ser más alto. Medir dos metros me hubiera parecido perfecto, incluso más. Podría haber jugado al baloncesto, y seguramente me quedarían bien los trajes, pero no pudo ser, y resulta que tengo casi tanto de altura como de perímetro torácico, soy algo así como un “Gimli” en grande. Muchos hemos vivido siempre con la absurda frustración de los centímetros, y algunos la han mantenido más allá de la adolescencia, e incluso en la pura madurez. Zapatos con alza, zapatillas con suelas de varios centímetros de grosor, e incluso pelos cardados, revueltos, o estirados, han servido siempre para elevarnos frente a los demás, en un vano esfuerzo por mostrar una mejor genética (Ciertamente hay estudios que asocian una mayor altura con un mejor salario  https://www.muyinteresante.es/revista-muy/noticias-muy/articulo/los-altos-ganan-mas-dinero-791493361406 ). Esta competición se hace más evidente con los ejecutivos: Yo he notado varias veces como alguno intentaba levantarse sobre las puntas de los pies para superarme en las fotografías, y cuando -casualmente- se sacaba el tema de ¿Cuánto mides? resultaba que tipos a todas luces más bajos que yo me sacaban dos o tres centímetros, al menos de boquilla. Lo gracioso es quitarse en lugar de ponerse. En ese caso se llega a un punto en el que el interlocutor se bloquea “¿Como vas a medir eso, si eres casi como yo?” Me encanta hacerlo, les descoloca y humilla. Es un mecanismo de falsa modestia que funciona igual de bien en casi todas las materias. Por ejemplo, en el mundo de la televisión en general y el guión en particular.

Hacerse de menos es mucho más divertido que hacerse de más, especialmente cuando uno ya ha superado los años de la autopromoción, y tiene la vida más o menos organizada. Cada cierto tiempo me veo sentado delante de alguien, jefe o no-jefe, que me habla de algo que conozco a la perfección, incluso mejor que él o ella, como si él o ella fuera el experto, y cuando me preguntan siempre trato de hacerme de menos. Lo malo es que de tanto usar este recurso uno acaba convenciendo a los demás de que realmente sabe tan poco como dice, y la idea se convierte en un arma de doble filo. Con la edad sucede lo contrario, como todos sabemos gracias a la vanidad de muchos grandes personajes. Ponerse años resulta entretenido, yo lo recomiendo, y si uno lo hace bien puede conseguir piropos inalcanzables de otro modo: Mejor decir que tienes seis o siete años más y que te digan “pues no lo aparentas, estás genial”, a ser sincero y  que te comparen con el capullo de Brad Pitt.

(PD. Siempre he estado rodeado de jugadores de baloncesto y otros tipos de altura considerable, y la verdad, no envidio eso de medir 2’10 y tener que estar siempre bajando la cabeza y separando las piernas… para poder escuchar a los demás).

El Mellizo

 

 

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Contra la pereza: ¡Más pereza!

Llevo unas semanas buscando fuerzas para avanzar en esas absurdas memorias que ocupan mi tiempo libre -y parte del que no debería serlo- desde hace tres lustros, pero no aparecen por ninguna parte. Quizá sea el temor a mencionar a otros a los que no desearía dañar, o incluso el dolor por no ser capaz de dañar a los que sin duda se lo merecerían, pero mis dedos se quedan congelados cuando me enfrento a la siguiente página del diario. En esa fase laboral en la que me encuentro, y que todos mis colegas conocemos como “entre proyectos” -aunque los demás seres humanos lo llamen “paro”, o simplemente “eufemismo”-, subo con más frecuencia a mis buhardillas (sí, tengo dos, como las de Silvestre Paradox, gracias a mi generosa pareja “Mrs P”), y allí me reencuentro con todo tipo de recuerdos, textos, y objetos que me hacen viajar en el tiempo. Mis dos buhardillas son dos “Tardis” en donde he acumulado alrededor de diez mil libros, decenas de cuadros, cientos de guiones, cuadernos anotados, disfraces, ordenadores rotos, fotografías, correspondencia de mi padre, de mi abuelo, periódicos, facturas, premios de otros, libros de cuentas… Una forma suave -espero- del síndrome de los hermanos Collyer (recomiendo investigar en ello, a mi me lo descubrió mi amigo Javiér Pérez de Albéniz y es una gran pequeña historia). El otro día, buscando papeles de viejas declaraciones de la renta (Hacienda tiene por costumbre ponerme a prueba cada cierto tiempo), encontré un cuaderno con las notas, diálogos incluidos, de las reuniones de ejecutivos de los inicios en ficción de Globomedia. Durante unos años me dio por anotarlo todo, incluso los diálogos y chascarrillos que soltábamos en la intimidad -probablemente para ocultar mi falta de interés en lo que escuchaba-. Por supuesto que no puedo mostrar aquellos textos, pero sí que puedo enseñar parte del proceso ejecutivo de creación de una de las grandes series de los 90, “Compañeros”. He oscurecido, o directamente “pintado”, sobre algunas frases, nombres, y palabras, por si alguien se molestaba. No es la lista Falciani, simplemente una tontería entrañable que comparto por puro tedio. Saludos. Mellizo.

Primera página que tengo

 

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Pensaments y otras patologías

Nunca se me dieron bien los números –en mi caso el uso de la expresión “tampoco” sería más preciso que el de “nunca”-, ni la geometría, ni ninguna otra materia relacionada con las matemáticas en sentido estricto, pero sí soy un experto en perder el tiempo. Lo hago con maestría, como nadie lo hizo desde los tiempos en los que los seres -que luego fueron humanos- pasaban las horas subidos a una rama, rascando glúteos propios y ajenos por puro tedio. Soy capaz de poner la mente en blanco con una rapidez e intensidad sobrenatural. Puedo hacerlo incluso mientras hablo, como, o escribo (…), generando movimientos, respuestas, y textos automáticamente, y a veces -por puro azar- con sentido.

En los años que llevo conmigo mismo he ido perfeccionando ese talento, haciendo que mi cara de “lelo”, “enfadao”, o “empanao” pase para la mayoría por un gesto de introspección, cuando no de dispersión creativa (digo “mayoría”, porque algunos saben de ese gran vacío en el que me sumerjo con creciente frecuencia).

Bastan un par de líneas rectas del techo, unos baldosines, o la tipografía de una etiqueta de cerveza para transportarme a otro mundo, aunque a mi lado se estén hundiendo las mismísimas Torres Gemelas. Y en ese mundo busco patrones, tranquilizadoras estructuras equilibradas para pensamientos que no lo son en absoluto, y cuando doy con ellas se produce en mi interior una liberación de endorfinas que lo hace adictivo, y paso a buscar otro caos para ordenarlo. Mientras tanto, en mi exterior, todo sigue igual de desordenado.

Un buen día, durante una lectura de guion de una serie en la que figuraba como coordinador de guiones, con todos los actores -y parte del equipo técnico- sentados a la mesa de trabajo, Víctor García, el jefe de aquello, advertido de mis movimientos por la actriz Luisa Martín, detuvo el ensayo para hacer notar que durante los veinte minutos que llevábamos reunidos yo había recogido todos los rotuladores de la mesa, y las botellas vacías de agua, colocándolos en perfecta formación militar de un metro de longitud. También alineo monedas, como centurias y contubernios, con sus líderes -según valor y tamaño-. Cuento las baldosas del baño, los árboles, las farolas, los coches. Camino siguiendo las líneas de cemento de las aceras -aunque me choque de vez en cuando con la gente-, y disfruto sacando fotos de ángulos rectos, tratando de encontrar las “razones” que unen objetos y estructuras, entendiendo como “razón” al “vínculo entre dos magnitudes que son comparables entre sí”.

Como es natural la informática siempre fue mi aliada. He sometido textos a torturas impensables, sumando y restando, subiendo y bajando, para conseguir encontrar claves que me aportasen ese orden que nunca encontré en mi vida, y en ese sentido, trabajar en “series” ha sido toda una suerte, porque el mismo significado de “serie” como “Una sucesión de números reales” me relaja.

Una serie es una sucesión, y la relación entre los distintos números reales de una serie es su “razón matemática” (una determinada regla, fórmula, o algoritmo). En este insano paralelismo podríamos decir que esa “razón” es lo que en ficción conocemos como CONCEPTO: Aquello que empuja el capítulo 1 hacía el 2; el 2 hacia el 3; y así hasta donde termine la serie (salvo si esta es infinita). Son muchas las claves numéricas que me han acompañado en mis 30 años como guionista. Recuerdo la regla del 3×3, el “cuentapalabras” de Word, y los cuadros y gráficas en las que me he ido apoyando para ordenar ideas y optimizar mi trabajo, sacando un mayor partido de mi escasa creatividad. Algunas fueron adoptadas por mis compañeros, a veces sin recordar su procedencia, así como otras las cogí yo de ellos. Muchas son absolutamente inútiles, y las hay que solo sirven para explicar de un modo eficaz algunas ideas, especialmente durante los cursos, charlas, y clases diversas en las que participamos, ahorrándonos tiempo y energía. A mí me relajan, y definen el terreno de juego en el que debo volcar la creatividad, experiencia personal, y técnica narrativa,  para que una vez tamizado acabe convirtiéndose en una serie o capítulo. Pero por encima de eso tienen una función defensiva: Frenar argumentos peregrinos que nos llevaría mucho tiempo desmontar, pero que la experiencia nos dice que no conducen a nada bueno. Estas estructuras teóricas son, por decirlo de algún modo, un antídoto contra advenedizos, iluminados, y demás apariciones estelares con las que nos enfrentamos a diario. Al menos para mi.

 

 

 

 

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