UN PENSAMENT (IV): EL MUNDO SE VA AL CARAJO… Y es mi cumpleaños.

El número de seres humanos en el planeta aumenta, pero el espacio y los recursos no. Como las canicas con las que nos explicaban las teorías de Gay Lussac, estamos condenados a chocar cada vez más conforme crezca esa presión, generando un escenario perfecto para pandemias, egoísmos, y guerras… ¿Qué opciones tenemos? ¿Qué futuros utópicos o distópicos nos esperan? Hoy (abril 2021) anuncian que la población en España durante el año más duro de la pandemia se ha reducido. Somos 106.146 españoles menos que en 2019. A pesar de ello los habitantes del mundo aumentaron en más de ¡70.000.000! durante ese mismo tiempo (Worldmeters). El equivalente a todas las almas que poblaban “La Tierra” en tiempos de Sócrates.

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Encontrar un planeta, para extendernos como una plaga, parece un proyecto irrealizable, utópico, porque nos queda menos tiempo para agotar los recursos que lo que tardaríamos en ampliar nuestras fronteras (las distancias astronómicas son… astronómicas). Más sencillo será buscar materias primas que nos permitan sobrevivir esquilmando planetas cercanos. Eso parece  asequible, puede ayudarnos a ganar tiempo aunque suene a “patada a seguir”.  

Por otra parte, la distribución de estos pocos recursos que nos quedan dista mucho de ser igualitaria, y los que disfrutan de mayor fortuna se resisten –lógicamente, como decía el uruguayo José Mujica cuando comentaba las dificultades de meter la mano en el bolsillo de los que más tienen- a compartir sus “posesiones”. En cualquier caso, el reparto equitativo de la riqueza del mundo da lo justo para que nadie pase hambre, para que todos tengan techo y ropa, pero poco más: El salario medio per cápita en el mundo ronda los 2500 euros al año (3000 dólares, Wikipedia), pero resulta mucho menor si se saca de la ecuación a los que más tienen (un 1% que atesora el 80% de la riqueza –varias fuentes-). Por si fuera poco, un 70% de la población del mundo es POBRE -según el Banco Mundial-, y solo 50 millones de personas, de entre 8.000.000.000, acumulan un patrimonio superior a un millón de dólares… Sí. ¿A cuántos conoces tú? Seré sincero: Yo, a muchos, porque por fortuna pertenezco a un grupo afortunado, en un país afortunado, aunque a algunos les parezca poco tener menos que otros.

El intento por repartir esa riqueza provoca actitudes defensivas, sectarias. Reacciones que nos llevan a detestar al que es diferente. Sospecho que parte del “radicalismo” que nos invade tiene su origen en esta “defensa de lo que tengo” a ultranza, cuando no un “recuperar lo que tuvieron mis antepasados” -aunque fuera conseguido a costa de la libertad y los derechos de otros-. La historia recoge algunas soluciones para este tipo de conflictos de “reparto”, pero se resumen en uno: ¡Guerra! Tabla rasa de crueldad extrema pero eficacia contrastada, que ha sido promovida y utilizada por muchos poderes y poderosos, desde que el primer “Homo Habilis” se fijó en que su vecino tenía unas herramientas superchulas y eficaces. 

Las habituales ficciones “divinas” que daban cohesión a la sociedad y que conocemos como religiones, han perdido fuelle, siendo reemplazadas por otras formas de fe de distinta índole, pero igualmente fantasiosas. Nadie de ese 1% quiere que los del 70% pobre sepan la verdad. Las redes sociales han reemplazado en parte a ese “Olimpo” o “santoral” clásicos con figuras nuevas de referencia, como Instagramers, youtubers, influencers… Y personajes de ficción, herramientas a su vez de un sistema que trata de convencerles de que hay una vida mejor, o que les trasladan a una realidad alternativa en la que todo es posible (cine, series, juegos). Un fenómeno de hipnosis colectiva que mantiene a los afortunados con la cabeza baja, mirando sus pantallas, y a los desafortunados soñando con poder disfrutar alguna vez de esa “libre humillación tecnológica”, a costa de ascender al “Olimpo del 1% y la verdad” a alguno de ellos… De vez en cuando.

Una última opción es mejorar nuestro margen de tolerancia. Asumir que debemos compartir nuestra fortuna, nuestro espacio. Ser tolerantes, transigentes, educados (Algo que no es incompatible con la rectitud de un sistema judicial que castigue a los que no lo sean). Las habilidades sociales pueden ser la clave para que sobrevivamos como especie un poco más, a la espera de que encontremos ese nuevo planeta y el modo de llegar hasta él en un tiempo razonable, y si no lo son por lo menos lo harán menos doloroso.

Soy de los que no creen en naciones, ni destinos prometidos, ni vidas futuras, ni tan siquiera en justicias planetarias. Simplemente defiendo los acuerdos, las cesiones razonables, la igualdad de todos los puñeteros seres que habitan esta porquería de planeta, tanto en derechos como en deberes. Pero por encima de todo considero una obligación del ser humano del futuro, en un mundo superpoblado, tratar de apagar incendios, sofocar conflictos, mediar, suavizar, limar, unir, entretener… Los “crispadores” son como los que provocan aludes de gente (a veces mortales) dando voces de alarma en medio de una inocente multitud.

Me gustaría ser inmortal, y que lo fueran todas las personas a las que aprecio, pero me da que no cuela. Hoy me he levantado existencialista, pero es que es mi cumpleaños. Mañana seré inexistencialista y frívolo de nuevo… Espero.

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UN VIAJE POR GUINEA EN 1990

(Sacado de la biografía esa que nunca se acaba, hasta que se acabe para siempre)

“…A finales de los ochenta las relaciones entre España y Guinea Ecuatorial no estaban en su mejor momento. España denunciaba la falta de derechos en el país africano, y daba cobijo a los que escapaban de la larga y cruel mano de Teodoro Obiang Nguema. La cárcel de “Playa negra” (Black Beach), una de las más temidas de todo África, era el destino de todo opositor al líder del partido único (El mismo Teodoro había sido director del pavoroso penal de “irás y no volverás” en el pasado). España mantenía sus proyectos de cooperación, pero cedía terreno ante los acuerdos comerciales que Teodoro firmaba con Sudáfrica, y ante la pasividad de la antigua metrópoli Marruecos se había convertido en el principal aliado militar, y sus soldados hacían las veces de policías en los lugares más conflictivos del país. El poder, según nos dijeron, estaba en manos de la familia del Presidente Teodoro y de los vecinos de Mongomó, lugar en donde se criaron tanto él, como su antecesor Macías.

Fueron mis primeras vacunaciones tropicales. Hasta entonces había viajado sin preocuparme por las enfermedades. El SIDA era algo en lo que apenas pensábamos, confiando en la ruleta del destino, y para el resto de males bastaba con inyectarse “rocefalin 2g”, que se vendía en cualquier farmacia española sin receta médica, y que acababa en horas con cualquier forma de vida no deseada. De todos modos recibimos innumerables charlas sobre profilaxis y abstinencia, para que no tuviéramos malas experiencias a nuestro regreso, ni pusiéramos en peligro vidas ajenas.

Mientras tanto mis antiguos compañeros de Radio El País se habían dispersado. La mayoría de ellos fueron acogidos por la S.E.R, otros entraron a formar parte de distintos gabinetes de prensa de empresas públicas y privadas, y los hubo que ganaron una plaza como docentes en distintas universidades. Pero un pequeño grupo, liderado por José Miguel Contreras, saltó al primer gran proyecto audiovisual del grupo PRISA, CANAL +.

El viaje fue cómodo, y en pocas horas estábamos desembarcando en Malabo, con ese ambiente plomizo y pegajoso de los climas tropicales. Fuimos recibidos con cariño por una curiosa mosca -mosca Bubi me dijeron después-, que se posó sobre mi mano cuando caminaba hacia la terminal, giró sobre sí misma, y se llevo un buen trozo de mi piel, dejándome una graciosa marca roja. Qué cachonda.

Durante varios días estuvimos grabando por la isla de Bioko. Novoa, el especialista en Guinea que nos acompañaba, nos fue llevando de un lado a otro para que grabásemos el espectáculo de las mujeres cantando y lavando ropa en Luba, acompañadas por el impresionante sonido de mil prendas sumergidas al mismo tiempo en el río; o el intenso verdor de la selva que rodea el lago del cráter del volcán Moca, camino de la mágica y misteriosa caldera de San Carlos (que a día de hoy -2021- aún no ha sido totalmente explorada, y entonces era un lugar completamente virgen). Después de hacer una ofrenda de cerveza a los espíritus tirando varias latas al lago de la caldera -siguiendo órdenes de los guías locales- (Teníamos que haberlas abierto antes, porque visiblemente molestos los espíritus desencadenaron una tremenda tormenta a los pocos minutos) bajamos del cráter de más de 1500 metros de altitud resbalando entre ríos de lodo, como en “Tras el corazón verde”).

De vez en cuando nos reuníamos con políticos locales, que se sentaban frente a la cámara con aires de emperador romano para responder a preguntas que nos inventábamos con la única intención de conseguir permisos para grabar a cambio de adularles. En ese sentido debo decir que el trabajo en Guinea no era algo fácil, ni exento de riesgo. Habiéndonos instalado en los edificios de la Cooperación española en Malabo -algo así como terreno sagrado-, trajeron a un fotógrafo español malherido. Le habían descubierto haciendo fotos en una zona militar, y los guardias marroquíes, acompañados por algunos guineanos, le habían metido una paliza dejándolo medio muerto.  Las autoridades llegaron a un acuerdo y no se publicitó. Pero Novoa consiguió hablar con él: Trabajaba para una revista de naturaleza, y había seguido a unas aves hasta que se topó con un grupo de militares, intentó explicarse, pero le dijeron que estaba espiando… ¿El qué? Me he preguntado yo desde entonces.

Por la noche, después de cenar, salíamos a un club de la ciudad. Para un chaval de 26 años como yo aquello era Sodoma y Gomorra. Ni en mis más audaces sueños había imaginado algo así: Mujeres espectaculares no dejaban de acosarte hasta sentirte molesto. Bailaban algo llamado “Birkusí”, una especie de twerking que te hacía retroceder por miedo a no estar a la altura. Finalmente el alcohol te daba el valor que te faltaba, y ayudaba a calmar la conciencia borrando las memorias y los vínculos que en mi caso había dejado en Madrid.

Aprovechando nuestra visita José Manuel Novoa quiso que grabásemos algunos rituales ancestrales de los pueblos africanos, materia en la que fue, y será para siempre, uno de los mayores expertos [Escribiendo esta parte me enteré de su muerte, una pena. Fue una de aquellas grandes personas que se cruzaron en mi vida. Curioso, incansable… ]. Nos explicó el origen del vudú, y el uso de la raíz de “iboga” en los ceremoniales de iniciación, algo que pudimos ver, grabar, y hasta experimentar en una perdida choza, a la luz de la luna, rodeados de hogueras que hacían que todo pareciera aún más mágico de lo que ya era. También asistimos a maravillosos cantos y bailes nocturnos, y a algo que probablemente fuera la experiencia más dura que yo había vivido hasta entonces: La visita a un centro médico que recogía a niños enfermos de tripanosomiasis (Enfermedad del sueño), que eran abandonados por sus familiares cuando, tras tratarles con medicina tradicional, los daban por perdidos. Muchos de ellos morían a los pocos días, y ese argumento era utilizado por los que defendían la medicina tradicional para denostar la científica. Abrieron una choza gigantesca en donde les atendían para que entrase yo -el aprendiz, porque el verdadero profesional era Josu- con la cámara, recogiendo las primeras imágenes. Me quedé congelado, con la cámara al hombro. Era un lugar infecto, oscuro y húmedo. Varios niños salieron de la penumbra, con esos grandes ojos blancos -como los de mi hijo recién nacido-, y vinieron hacia mí. No estuve a la altura y retrocedí, pero Josu me frenó y empujó hacia dentro. Fueron veinte minutos de terrible realidad. Jamás lo olvidaré.

A los pocos días volamos hacia Bata, en el continente. Estuvimos una semana realizando entrevistas y visitando lugares relacionados con la navegación y la brujería (Novoa aprovechaba nuestras grabaciones para investigar y registrar tradiciones y ceremoniales misteriosos).  Sorprendía la cantidad de grandes barcos encallados en las costas africanas, y me explicaron que se trataba de algo normal para no tener que pagar por su reparación o desguace, así como para cobrar seguros y ahorrarse salarios.

Siguiendo las huellas de Iradier salimos hacia el sur en un gran todoterreno Pick-up, por una carretera que atravesaba la selva; un camino de tierra y barro impracticable para un vehículo normal. El reparto de los asientos se hizo siguiendo un orden estricto de edad y relevancia en el rodaje, de modo que me dejaron fuera, sujetándome como podía a la barra anti-vuelco cuando volábamos sobre los baches que las riadas formaban en el camino.

Cruzábamos poblados que flotaban entre ese impresionante mar de vegetación, y cada vez que lo hacíamos los niños del lugar salían a la carrera señalándome, mientras gritaban algo que yo no entendía, hasta que en una de las paradas me dijeron que decían “¡Blanco, blanco!”. Los árboles que nos rodeaban rebosaban de vida, que estallaba en estampida a nuestro paso, y aburrido de tanto verde me puse a cantar, -sí, soy un cantarín-. Empecé por los himnos de la marina, y pronto pasé a las jotas. Nadie me escuchaba, de modo que me crecí, cantando con todas mis fuerzas aquello de “Tengo un hermano en el tercio, y otro tengo en regulares, y el hermano más pequeño preso en Alcalá de Henares…”. Mis compañeros, aislados en el interior del coche con su música y su aire acondicionado, me miraban cada rato para comprobar si aquellos berridos eran gritos de dolor, porque mi voz es de todo menos melodiosa, y al verme feliz cerraban de nuevo las ventanillas.

De vez en cuando nos cruzábamos con grupos o individuos que caminaban desde ninguna parte a parte alguna (típico de la zona). Desde lejos hacían señales para que nos detuviéramos, y a punto estaban de ser atropellados por el conductor, que hacía caso omiso de sus peticiones. De pronto, aprovechando que vadeábamos un riachuelo, tres de ellos consiguieron subirse en marcha. Se trataba de dos hombres y una mujer. Me saludaron sonrientes y se sentaron. Nadie dijo nada, de modo que entendí que aquella forma de autoestop era lo normal allí. En un momento del viaje el 4×4 pegó un brinco, y la chica, una mujer joven, cayó del vehículo. Se pegó tal hostia que yo empecé a golpear en el techo de la cabina, para que parasen, pero miraron por el espejo, vieron que se levantaba, y siguieron como si nada, dejándola a su suerte. Miré a los dos hombres que seguían con nosotros, y sonriendo me dijeron “no pasa nada”.   Llegados a Río Benito los dos hombres se apearon. El viejo puente se había derrumbado por puro abandono, y cruzamos en un transbordador sobrecargado hasta la otra orilla, siguiendo después nuestro camino hacia Cogo, la antigua ciudad de Puerto Iradier.

Llegar a Cogo no es fácil. La ciudad se encuentra en un promontorio selvático en mitad del río Muni, entre Gabón y Guinea Ecuatorial. Subimos el equipo sobre varios cayucos, y cruzamos aquellas negras aguas hasta llegar a un pequeño puerto (hoy muy mejorado). Durante todo el trayecto estuve midiendo las posibilidades que tendría de llegar a nado hasta la orilla si volcábamos, en el caso de que no me devorase alguna de las infinitas bestias que seguramente poblaban aquellas aguas. Los cayucos, embarcaciones sin quilla, tienen la mala costumbre de volcar en cuanto se desequilibran, de modo que me abstuve de cantar durante el trayecto. Finalmente desembarcamos en la vieja Puerto Iradier.

Aquello era un lugar mágico, con aires caribeños gracias a los numerosos edificios coloniales que los españoles dejamos allí. Teníamos la sensación de estar en Cuba, más que en África. Grabamos y embarcamos en una lancha algo más sofisticada, que nos

Manuel Iradier (Wikipedia)

llevó hasta la isla de Corisco, pasando por Elobey grande y Elobey chico, islas abandonadas en donde filmamos las ruinas de los edificios construidos durante la ocupación española. Finalmente llegamos a Corisco, enclave situado frente a las costas de Gabón, con sus míticas playas de arena blanca, las más blancas que vi en toda mi vida. Recorrimos sus cosatas, grabando bailes, y entrevistas con lugareños que nos contaban viejas historias de la ocupación española, y disfrutamos de su comida y hospitalidad durante unos días. Un gran lugar para desaparecer, salvo porque las serpientes tenían por costumbre llegar hasta sus costas a bordo de grandes troncos arrastrados al océano por las tormentas, y a falta de predadores se habían extendido como una plaga. Regresamos a Bata.

Novoa con una víbora cornuda del Gabón que mató el guía.

Cuando uno se dedica a rodar documentales no suele tener mucho tiempo, ni espacio en su mochila, para la higiene personal. Al menos eso era lo que pensaba yo, un joven aprendiz de cámara, cuando me enviaron a comprar jabón a un badulaque local. En pocas horas debíamos subirnos a la avioneta, rumbo a una isla abandonada a su suerte en mitad del océano Atlántico, Annobón. Acostumbrado a acatar y obedecer órdenes sin rechistar me hice de inmediato con cerca de veinte pastillas de jabón “Lagarto”, y las empaqueté junto a mis escasos calzoncillos.

Salimos de Bata hacia Port Gentil -Gabón-, para cargar combustible, y tras un largo y peligroso vuelo conseguimos aterrizar en el asilvestrado aeródromo de San Antonio de Palé, entonces abandonado, salvo por las esporádicas e imprevisibles visitas de los aviones de la Cooperación Española, que dejaban medicinas y correspondencia, a menudo soltándolas desde el aire. La emoción de ver un avión sobrevolando la isla llevó a sus habitantes a poner en peligro el aterrizaje, pero tras un par de vuelos rasantes para abrir hueco, lo logramos.

Anobón
san-antonio-de-pale

Durante varios días exploramos ese pequeño paraíso habitado por unas 5000 almas, aisladas del resto del mundo tras la destrucción del muelle del puerto durante uno de los muchos temporales que asolaban la isla. Un lugar sin electricidad entonces, recorrido por intrincadas sendas abiertas a machetazos que tardaban poco en ser cubiertas de nuevo por el verde manto de la selva tropical.

Buscábamos información y testimonios sobre la pesca de ballenas con arpón desde inestables cayucos. Un arriesgado modo de sustento de los lugareños que venía practicándose desde hacía siglos. No tuvimos suerte, pero durante una semana pudimos entrevistar a varios pescadores que aún salían a por las “Yubartas”, y que hablaban una extraña mezcla de idiomas, entre el portugués, francés, y español. Para recorrer la isla, cargados de material, teníamos que pedir ayuda a jóvenes locales, que nos seguían con curiosidad a todas partes. Entonces descubrí el porqué del jabón.

A falta de los más mínimos bienes de la sociedad moderna, y en un lugar en el que el dinero carecía de utilidad, el jabón les resultaba fascinante y útil. La limpieza de la ropa era un evento social diario y muy musical, siempre acompañado por los cánticos de las mujeres, a ritmo del violento retumbar del agua cuando se sumergían las prendas con fuerza.

Siguiendo las indicaciones de mis superiores entregué un jabón a cada uno de los dos lugareños que nos habían ayudado en la subida al volcán. Pero entre ellos estalló una violenta disputa. Según me explicaron después fue debido a que yo había pagado con la misma moneda esfuerzos muy diferentes: Uno de los jóvenes había cargado el doble de peso, durante el doble de tiempo. Esa misma noche, en la habitación que nos había preparado el monje claretiano que cuidaba de la fe cristiana de los isleños, la pasé cortando jabón “lagarto” en trozos de distinto tamaño. Nadie se pelearía por mi culpa. Con un cuchillo afilado y una vela para calentarlo, deshice las pastillas en fracciones, con algunas de mayor valor, a modo de sistema monetario. De ese modo pudimos trabajar, y pagar por la ayuda, sin provocar más trifulcas.

El documental en cuestión se llamaba “Longitud Latitud”, y se emitió en TVE entre 1989 y 1992. Las reservas de petróleo de Annobón se descubrieron en 1992… ahora hay puerto, y aeropuerto.

(* Texto dedicado a mi amigo “EL TURCO”, Sergio, todo un lagarto).

Y hoy añado a la dedicatoria al recientemente fallecido José Manuel Novoa.

[Entiendo que el fondo de la anécdota pueda resultar moralmente reprochable para algunos, pero eran otros tiempos, y lugares con costumbres y gustos difíciles de asimilar. Y yo lo que hacía siempre era obedecer, superado por la suerte de poder hacer aquellos extraordinarios viajes de los que podría estar escribiendo tres vidas enteras].

Una semana después me senté en el avión que nos traía de vuelta a España. Estaba molido. La noche anterior habíamos bebido, y fumado “congo” hasta reventar. Había perdido mucho peso después de semanas alimentándome de aguacate, cebolla, y alcohol, estaba moreno a ronchas, y mis manos se habían hinchado por las miles de picaduras que había recibido sosteniendo el flash en mitad de la selva (una de mis obligaciones). Pero regresaba por fin…

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No me olvidaré nunca de recordaros.

María LdH era una chica extraordinariamente alegre, guapa, e inteligente. Veraneaba al lado de nuestra casa en la sierra de Madrid, a finales de los 70. Guasona, nunca me tomó en serio (como debe ser). Los enamoradizos y adolescentes ojos de ambos miraban hacia otros miembros de aquella pandilla de la valla de la Dehesa (Jesús, Bea, Vicky, Enrique, Luis, Olga, los primos Romero, Chewy, Patata…). Pero nos llevábamos muy bien, aunque formaba parte del trío “criticón” junto a mi hermana Carlota y Mari Ángeles.

María LdH tenía cuatro hermanos, y yo me hice “inseparable” de dos de ellos, Eduardo y Fco Javier. Eduardo era extraordinariamente desastroso. Alto, loco, y ágil. No tenía miedo al ridículo, ni a nada, y era más gracioso que ocurrente. Fco Javier era diferente: Rápido, mordaz, pequeño de estatura y bromista contumaz… Los hermanos menores… Pues eran eso, pequeños, prácticamente invisibles entonces como lo eran los padres. Vivimos unos años muy felices juntos, y me emociono solo de recordar aquellas tardes en “las peñitas”, las fiestas en el sotanillo o la galería -bailando a salto “por” Tavares, o lento con Umberto Tozzi o aquello de Il guardiano del Faro, o los concursos de pedos en tienda de campaña…

Tabaquismo mediante, y afortunadamente, mi familia era tan longeva como extensa. Gracias a ello me mantuve ajeno a la muerte hasta que, estando en la mili -siendo aún adolescente-, me dijeron que María LdH había fallecido. Fue un campanazo duro de asumir. Leucemia, según recuerdo. ¡Hostias, la vida se acaba así, de golpe, y no solo afecta a la gente de las noticias, sino a los conocidos! Todavía estábamos penando por su muerte cuando su hermano Eduardo se mató, junto a alguno de sus primos de Parquelagos, en un accidente de coche cerca de La Navata. Fue un remate cruel.

Poco me importa lo que opinen otros sobre lo que escribo. Si es triste, alegre, malo, bueno, justo, o injusto… Escribo lo que me da la gana y porque me da la gana. Pero jamás dejaré de recordar a la gente que pasa por mi vida. Especialmente si se trata de buena gente.

Estos días se “celebra” el aniversario de la muerte de ambos, en 1982 y 1984 respectivamente. Suele haber una misa en la igesia que hay frente a donde vivían en madrid, la parroquia de San Manuel y San Benito, a la que nunca he ido (no soy muy de iglesias), pero cada año, por algunos minutos, pienso en ellos, visualizo sus caras y los convierto en inmortales, porque todos sabemos que la verdadera muerte es olvidar. Nunca he vuelto a ver a Fco Javier, salvo en noticias y periódicos -como empresario exitoso-, pero desde aquí mi entrañable recuerdo y un fuerte abrazo a todos los de aquella pandilla.

PD: Pienso recordaros a todos y por muchos años…

Pipe

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La democracia y yo.

Creo mucho en la democracia. Asumiendo el riesgo que hay de que no triunfe mi opción, me parece el menos malo de los mecanismos de Gobierno que los humanos hemos creado. En eso estamos de acuerdo muchos… demócratas… Y los que han votado a Trump también lo son, aunque algunos no votasen al partido, ni tan siquiera a su ideología: Votaban al personaje.

Todo esto me recuerda a mi propia experiencia electoral… Sí, yo fui elegido democráticamente… como delegado de clase. Veamos: Debía ser 1979 cuando sucedió. Yo ya era un absoluto cretino, un idiota de exposición. Un imán para el desastre. Da igual cómo llegué hasta ahí –ya he hablado de ello antes-, pero irradiaba un profundo olor a fracasado cuando mi clase decidió que yo debería representarles. Mi victoria fue aplastante. ¿Qué les había prometido? NADA, pero había roto las ventanas del instituto con piedras ocultas en bolas de nieve, robado la caja de la cabina telefónica -semana sí, semana no-, pinchado las ruedas del coche del director, inundado el Jaime Ferrán quitando las válvulas de los radiadores, faltado a clase, organizado timbas de chinchón en “la guarra”, protagonizado peleas, encerrado a compañeros en armarios, y destacado haciendo deporte a pesar de ser un “flaco”, loco, y cabezón, capaz de bajar por La Dehesa esquiando un día de nevada –de los que ya no hay-, de meter ortigas en calzoncillos ajenos, o de colocar mierda de vaca seca entre los panes de los despistados. Repetidor y “porrero”, no había aprobado ni una sola asignatura desde mi salida del San Ignacio de Loyola  –salvo educación física e inglés-, y los viernes pedía dinero en la puerta para conseguir entrar en las discotecas de la zona (mermados mis ingresos por la crisis familiar). Uf. ¡Ese era yo! (y en casa era peor, pero también lo he contado).

Bien, pues a pesar de todo la gente se reía mucho conmigo –o de mí-, aunque yo deseara que se murieran, en el mejor de los casos. Incluso ligué, sin ponerle mucho empeño al asunto. No recuerdo el contenido de ninguna reunión de delegados, pero mi estupidez debió pasar por inteligencia cuando me eligieron representante de todos los primeros de BUP del Instituto ¡De todos!

Justo entonces empezaron las primeras huelgas de estudiantes de la democracia (mucho antes que las de “El cojo manteca”), y acabé yendo junto a otros a las asambleas del instituto Santa Marca, sin importarme un rábano nada de lo que pasaba allí. Hablaban apasionadamente de sus cosas, mientras yo solo pensaba en las mías.

No sé si fue mi tutor, o el director, o que dejé de ir por pereza, pero finalmente me alejé de aquello, cerrando mi carrera política con una ristra de suspensos interminable, pero siempre he pensado que la clave de muchas elecciones democráticas está escondida en alguna parte de aquel episodio de mi vida ¿Por qué me eligieron? ¿Qué esperaban? ¿Les importaba realmente?

Gracias a Trump he creído encontrar respuesta a algunas de esas preguntas: Al apoyarme algunos buscaban divertirse, provocar sin más; Otros pensaban que, siendo yo el rey del ocio, conseguirían más libertad y menos exigencias y/o limitaciones docentes (poder fumar en clase, etcétera); Los más taimados esperaban verme caer, estrepitosamente y humillado; y algún despistado, o amigo, podía llegar a pensar que realmente yo sabía lo que tenía que hacer y que mejoraría aquel curso, iniciando una carrera que me llevaría a la Presidencia del Gobierno.

Para los demás aquello era un absoluto despropósito.

Lo peor es que siempre pensé que si me presentaba otra vez saldría elegido, incluso con más votos que en la primera ocasión.  

Trump se acabará yendo, pero hoy leo que Marjorie Taylor Greene ha conseguido plaza en el Congreso de los USA, y todo aquello vuelve a tener valor.

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La TV desde la bicicleta estática…

Pedaleando sin destino me viene a la cabeza aquella Academia del saber que fuera “La Escuela de la Radio”, de la calle del Carmen número 17, en Madrid. Han pasado 40 años, pero lo recuerdo bien. En ese centro, y su emisora asociada “Radio Estudio Alcobendas” que dirigía ¿Román? Beitia, coincidí con dos personas difíciles de olvidar y que han aportado mucho a mi vida, y a nuestra industria: J.P d Albéniz y Juan Carlos Cueto. Con Albéniz me reencontré después, en Radio El País, y he mantenido amistad hasta hoy -aunque distante-. En su día pudo haberse pasado a la ficción y la creación de series, pero optó por el periodismo y el reportaje. A Cueto le perdí la pista hasta que reapareció en Globomedia, integrándose en ese mini-equipo de series de ficción de GECA, que formábamos Manolo Valdivia y yo.

Llegó un poco tarde, en “comisión de servicios” cuando estábamos creando la segunda temporada (o época) de la serie “Colegio Mayor”, porque -según recuerdo- tras su paso por grandes formatos de programas como “EL juego de la Oca”, o “La quinta marcha” -con otro gran compañero, Víctor García- (corregidme si me equivoco) estaba haciendo un curso, o algo así, en los USA. Siempre fue brillante, aunque un poco “gallego” en su actitud (ni sí, ni no, sino todo lo contrario). El éxito de muchos de los formatos que hicimos entonces se debe en parte a sus aportaciones y trabajo.

Años después nos separamos, cuando la empresa creció tanto que dejó de ser un “negocio de amigos que sale bien”, y se convirtió en una empresa con más interés por los beneficios que por los sentimientos y amistades. Ha seguido haciendo series, y triunfando después de aquello, y así será por muchos años, pero hoy me acuerdo de él, y de algunos de sus ocurrentes diseños, como el porta-vasito de café realizado con cables, que se colocaba sobre la cabeza dejando las manos libres para el trabajo. EN cuarenta años de tele (más los que anduve a gatas) se conoce a mucha gente brillante, pocos como él.

Saludos CUeto

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Esquinas, datos, cadáveres y putrefactos… Malasaña (3)

En el barrio de Malasaña tenemos dos cuerpos incorruptos “oficiales” –que yo sepa-, aunque por el aspecto de algunos pueda parecer que hay muchos más. Uno es el de la copatrona de Madrid, María Ana de Jesús. Según dice la Wikipedia  “El 31 de agosto de 1627 se abrió su sepultura, y ante el asombro general, supuestamente se encontró que el cuerpo estaba intacto, con la carne fresca y los miembros flexibles, y exhalando una agradable fragancia. De acuerdo a la leyenda, solamente el rostro se encontraba un tanto desfigurado debido a las manipulaciones que se habían hecho para obtener la mascarilla mortuoria. Este hecho inexplicable se habría verificado las sucesivas veces que se inspeccionaron los restos mortales, en 1731, 1924 y 1965”. Su cuerpo se encuentra hoy en la Iglesia del Convento de Juan de Alarcón, entre lo que fue el Ya’sta y el Quiet Man (por ejemplo).

El otro cadáver milagroso es el de Vicenta María López y Vicuña, cuyos restos incorruptibles se encuentran en un retablo lateral de la Iglesia de las RR. Hijas de María Inmaculada, más conocidas como monjas del “Servicio Doméstico”, en la calle de Fuencarral, justo enfrente de lo que ahora es LA MUCCA, antes Pain Quotidien, y antes un comercio de telas, sábanas y mantas. Mismo portal en donde viviera la pintora surrealista Maruja Mallo, una más de la pandilla putrefacta -pero corruptible- que formaban Dalí, Lorca, Buñuel, Pepín Bello y Margarita Manso.

La Iglesia de Fuencarral está edificada sobre lo que fuera un solar, entre dos palacios, uno de ellos ocupado en su día por un caradura borbónico que trató de hacerse con el trono de España a cualquier precio, Antonio de Orleáns –Montpensier para los amigos-, y a pocos metros –cerca de la esquina de Apodaca- está la casa en donde detuvieron a “Fantomas”, el delincuente que inspiró a Sauvestre y Allain para crear su popular archivillano del comic y las películas, que acabó robando documentos a los nazis contratado por los aliados, siempre acompañado de su peculiar amada, la argentina Leonor Fioravanti. Y unos metros más allá, vivían mis bisabuelos… Pero esa es otra historia.

Cada esquina del barrio oculta mil historias.

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Fauna en las series. (Recuerdos de Águila Roja)

Francisco Pulido (Jorge Lorenzo) tras vencer a Satur (Javier Gutiérrez) en una carrera de burros.

Anoche, en casa, recordábamos algunas obsesiones que “Ms P” y “yomismo” hemos trasladado a la pantalla durante estos cuarenta años, una de las más agradables es la de los animales. En ese sentido la palma se la lleva “Águila Roja”. En los más de cien capítulos de la exitosa serie, Pilar –si, ella, aunque aceptaba propuestas- logró hacer intervenir en las tramas a monos, elefantes, jirafas, pingüinos, cocodrilos, serpientes, tigres, osos, águilas, arañas, gatos, burros, ratones, conejos, perros de todas las razas, vacas de todos los colores (cap 100, vaca rosa), y por supuesto caballos… Ninguno de los animales sufrió daño alguno (aunque en la ficción hubo de todo. Quizá quien lo pasó peor fue el cocodrilo, porque el día de la grabación -en exterior- había nevado y su naturaleza no le llevaba a mostrarse muy activo en esas circunstancias). Y no solo fue por gusto lo de integrarles en el relato, durante el reinado de Felipe IV aparecieron las primeras colecciones modernas de animales “vivos” (o muertos),  conforme las exploraciones recorrían el planeta. Felipe IV creó el primer zoo de la ciudad, no accesible para todos, y los nobles de medio mundo comenzaron a competir por mostrar las especies más llamativas.

Con un recuerdo a todos los implicados (desde los guionistas hasta los cuidadores de aquellos figurantes tan especiales, pasando por los productores, actores, y demás equipo).

PN (y yo).

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¿ENVEJECEN LAS REDES, O LAS PERSONAS?

A ciertas edades lo único que uno desea, al menos según mi experiencia, es estar lejos de los adultos, de los padres, con los amigos o la pandilla, en un lugar apartado de las miradas de auditores y reprimendas. Con esa intención algunos adolescentes -y adolescentados- han utilizado lugares infectos para sus reuniones a lo largo de la historia. En mi caso me serví de varios, desde el basurero de “Lobo cojo”, hasta los bajos de las terrazas de La Estrella que compartíamos con ratas y perros callejeros, pasando por los refugios de montaña. Todo por establecer fronteras y marcar diferencias y distancias con “los viejunos”. En la playa se buscan calas de difícil acceso, a veces sin saber que muchos desagües de la costa aprovechan el mismo aislamiento.

Del mismo modo, a mi juicio, funcionan las redes sociales. Se van ocupando y abandonando generacionalmente, no porque sean mejores o peores –aunque cada una tenga sus características- sino simplemente porque no están los que no quieres que estén. Con el tiempo las redes que sobreviven económicamente van ganando en madurez, hasta el punto que la “puerta de WC de instituto” que un día fuera Twitter, parece un convento comparada con TIK TOK, por ejemplo, y Facebook es prácticamente un cementerio para los menores de 20 (aunque no deja de crecer, a pesar de los pesares).

La cacareada red China –acusada de espiar a todo el mundo, cosa que hacen también los demás- es visual y no textual (dejando a Instagram en una red de comunicación comercial y no personal). Yo me apunté de los primeros, como hago con todas, pero me di de baja al poco tiempo porque me parecía “algo turbio” el bombardeo de imágenes insanas (tanto de ellas como de ellos). Sí, puedes llamarlo mente sucia, o como te dé la gana, pero no lo es. Nada más lejos: Es una evidencia. Poco a poco envejecerán sus usuarios, y acabarán abriéndose perfiles en otras redes que permitan desarrollar más las ideas, y menos las hormonas. Yo, lo reconozco, no lo critico, pero tampoco lo ensalzo como hacen algunos.

Es lo de siempre, los ciclos de siempre con el contenido de siempre… Lo diferente es que entonces no compartíamos nuestras actividades con el mundo entero. Nuestras “primigenias” coreografías compartidas se perdieron en la memoria (Un espanto lo de “Angelito de ojos tristes”, o el ejercicio soviético de “YMCA”). De las arriesgadas maniobras que hicimos para mostrar una masculinidad mal entendida solo quedan algunas cicatrices, y por suerte nuestros delitos también pasaron sin pena ni gloria… Ahora que lo vuestro va a quedar ahí para siempre. Desde la experiencia: Yo me lo pensaría.

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NO VOY AL MÉDICO POR NO ENFERMAR (COVID)

Otro de esos momentos de pánico al COVID por los que he pasado –después de la intoxicación por polvo de la buhardilla, de la alergia al polen, y de cuando me tuve que meter en el cubo de la basura del bloque de al lado-, tuvo un inicio solidario:

Caminaba por la Corredera, la tarde del 19 de junio, rumbo al supermercado, cuando vi que en el callejón que dejaron las obras de la calle de La Palma, junto a la trasera del Penta, había un hombre tirado en el suelo. Un tío se acercó a la vez que yo para interesarse por él, y cuando le giramos descubrimos que al caer se había cortado en la frente y la mejilla, y tenía un chichón considerable.  Era un hombre de unos cuarenta y pocos años, de origen americano, visiblemente borracho.

Intentamos retenerle, y al mismo tiempo cogí el teléfono de mi pantalón y llamé, equivocadamente, a la policía municipal. Algunos curiosos se acercaron, pero al ver la escena se alejaban rápido. La policía me estaba diciendo que llamase al 112 cuando el hombre salió corriendo, escapando de nuestro control, calle abajo, como alma a la que persigue el diablo. Pero no había recorrido ni veinte metros cuando, de forma extraña, salto hacia adelante y voló un par de metros para acabar aterrizando con mucha violencia sobre su cara, en el duro adoquinado de la calle.  Quedó inerte. Como un saco. Con los brazos paralelos al cuerpo…

Salimos tras él y cuando le giramos se había roto la nariz hasta el cartílago. Se le veía parte del hueso. La cara se le había destrozado con el roce, y el labio estaba agrietado. Sangraba bastante. Otros se unieron a nosotros, pero guardando las distancias. Volvió en sí. ¡Estese quieto! Le dijimos. Y mientras el chico le sujetaba y le decía que no pensaba dejar que se levantase,  yo llamé al SAMUR. Dijeron que vendrían enseguida.

Mientras esperábamos me senté a su lado, sujetándole el hombro para que no se fuera a matar (no tenía que hacer mucha fuerza para retenerle, la verdad). Y entonces me di cuenta de que tanto el otro chico, como todos los que nos miraban, llevaban mascarilla… La madre que… ¡La mía la tenía en el cuello! La había bajado para hablar mejor por teléfono… “¡Seré idiota! ¿Cuántos minutos? ¡¿Quince?!” Me la puse corriendo, y me separé del hombre con el pretexto de ir a por agua al badulaque más cercano. Cuando regresé mantuve las distancias, mientras que una parte de mi cerebro decía “ Es que eres tonto… Pero muuuy tooonto”.

La ambulancia llegó. Se hicieron cargo de Prudencio “el imprudente”, y Felipe “el imprudente” se fue para casa para anotar en el diario del COVID la fecha, y controlar mis síntomas. Otras dos semanas paranoico… Y van… Qué ganas tengo de que acabe ya esto, pero me temo que serán un par de años de paranoia…

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TEXTO ALECCIONADOR CARGADO DE METÁFORAS Y REFERENCIAS QUE MUCHOS GUIONISTAS CONOCEMOS (por supuesto que también otros gremios, pero es el que me interesa a mí).

ÓSCAR WILDE: LA PRINCESA Y EL ENANO

Había una vez una princesa que vivía en un palacio muy grande. El día en que cumplía trece años hubo una gran fiesta, con trapecistas, magos, payasos… Pero la princesa se aburría. Entonces, apareció un enano, un enano muy feo que daba brincos y hacía piruetas en el aire. El enano fue todo un acontecimiento.

Bravo, Bravo, decía la princesa aplaudiendo y sin dejar de reír, y el enano, contagiado de su alegría, saltaba y saltaba, hasta que cayó al suelo rendido. “Sigue saltando, por favor” dijo la princesa. Pero el enano ya no podía más. La princesa se puso triste y se retiró a sus aposentos…

Al rato, el enano, orgulloso de haber agradado a la princesa, decidió ir a buscarla, convencido de que ella se iría a vivir con él al bosque. “Ella no es feliz aquí” pensaba el enano. “Yo la cuidaré y la haré reír siempre”. El enano recorrió el palacio, buscando la habitación de la princesa, pero al llegar a uno de los salones vio algo horrible. Ante él había un monstruo que lo miraba con ojos torcidos y sanguinolentos, con unas manos peludas y unos pies enormes. El enano quiso morirse cuando se dio cuenta de que aquel monstruo era él mismo, reflejado en un espejo. En ese momento entró la princesa con su séquito.

“Ah estas aquí, qué bien, baila otra vez para mí, por favor”. Pero el enano estaba tirado en el suelo y no se movía. El médico de la corte se acercó a él y le tomó el pulso. “Ya no bailará más para vos, princesa” le dijo. “¿Por qué?” preguntó la princesa. “Porque se le ha roto el corazón”. Y la princesa contestó: “De ahora en adelante, que todos los que vengan a palacio no tengan corazón”.

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OTRA DE GUERRAS: LAS MALVINAS

Tenía yo 17 años cuando estalló aquella Guerra de las Malvinas, que terminó un día como hoy de 1982. Fue breve, pero intensa, y dejó mucha huella en la cultura de aquellos años. Pero mientras que mi padre trataba de informar sobre aquello, y explicaba cómo funcionaba un misil Exocet, o quiénes eran los “Gurkas”, yo estaba en un universo paralelo de “pirulas” y descontrol. Como recuerdo quedará aquella canción que bailábamos saltando enloquecidos, sin tener la más mínima idea del conflicto que se llevó la vida de 649 argentinos y 255 británicos…

LAS MALVINAS

Código Neurótico

Yo me voy a hacia las Malvinas
Yo me voy lleno de anfetaminas
Yo me voy a hacia las Malvinas
Yo me voy lleno de anfetaminas

Que más te da! Que más te da!
Que más te da! Que más te da!

La presidenta Thatcher me está cayendo gorda
La presidenta Thatcher es una gran pelota
La presidenta Thatcher no come gominolas
La presidenta Tatcher no sabe saltar olas

Que más me da! Que más me da!
Que más me da! Que más te da!

Yo me voy a hacia las Malvinas
Yo me voy lleno de anfetaminas
Yo me voy a hacia las Malvinas
Yo me voy lleno de anfetaminas

Que más te da! Que más te da!
Que más te da! Que más te da!

Esta es una guerra con barcos y aviones
Esta es una guerra no habrá soluciones
Esta es una guerra con barcos y aviones
Aunque muera mucha gente no habrá soluciones

Que más te da! Que más te da!
Que más te da! Que más te da!
Que más te da! Que más te da!
Que más te da! Que más te da!
No, no, no, no!

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La olvidada Guerra de África que deberías recordar

Huyendo de mis obligaciones literarias remuneradas he vuelto a viajar en el tiempo. (Resulta sencillo cuando uno se esconde en buhardillas que apenas han cambiado en los últimos 140 años). Hoy he visitado un momento olvidado por nuestro país -por muchos y buenos motivos-: La Guerra de África (“Segunda Guerra de África” o “Guerra del RIF” para los entendidos). Sin ser un historiador resulta evidente el sobresfuerzo que hizo España para defender su orgullo militar, tocado y hundido por los reveses de finales del XIX. Buscando redimirnos elegimos un conflicto menor, y proyectamos allí toda nuestra rabia. Pero nos salió “rana”. A pesar de la colaboración francesa (que a veces fue en nuestra contra), la Guerra duró oficialmente desde 1909-1911 hasta 1927.

Durante ese tiempo murieron más de 25.000 soldados españoles. Una tropas que fueron alistadas a la fuerza en pequeñas localidades de España. Muchos de esos pueblos aún conservan placas con los nombres de los caídos y anécdotas de los que sobrevivieron, la mayoría agricultores que no tenían ni idea de a qué se enfrentaban, casi todos analfabetos con poca o nula formación militar. Los afortunados urbanitas se libraron pagando una suma que no era muy alta, aunque inalcanzable para la gente del campo, de modo que en las ciudades no se tuvo una sensación cercana del conflicto.

Fue un conflicto “experimental”. Así como hicieran los nazis durante la Guerra Civil con bombardeos indiscriminados como los de Gernika o del Maestrat (que algunos niegan), en la Guerra del Rif se probaron armas que se usaron en la Primera y Segunda Guerras mundiales. Los aviones de observación, por ejemplo, fueron uno de los más aplaudidos avances en eso de localizar y matar enemigos, pero hubo algo mucho peor: Las armas químicas.

Nuestra tropas (o sus líderes más bien) utilizaron contra la población civil marroquí fosgeno, difosgeno, cloropicrina y gas mostaza (fabricado en La Marañosa, Madrid). Siempre lo negaron, incluso a día de hoy. [En 2005 ERC propuso que España reconociese el uso sistemático de armas químicas contra la población del Rif, pero PSOE y PP lo rechazaron].

Tropas de la Legión con cabezas de rifeños decapitados (Wikipedia)

Otra de las “innovaciones” fue el desembarco aeronaval. En una acción militar dirigida por Primo de Rivera 13.000 hombres tomaron Alhucemas en lo que es considerado el primer desembarco aeronaval de la historia (Años después serviría de modelo para el desembarco de Normandía gracias al estudioso Eisenhower).

Los apellidos de los implicados dan alguna idea sobre por qué se habla tan poco de aquellos días que tuvieron tanta importancia en el futuro de este país: Millán Astray, Primo de Rivera, Franco (que consiguiera ascender a General tras el desembarco de Alhucemas…). Y en el lado Francés nada menos que el Mariscal Pétain.

Abd el Krim con Horacio Echevarrieta negociando la devolución de prisioneros tras el “Desastre de Annual”

Las tropas de Abd el Krim -que no eran unos angelitos- usaban técnicas de guerrilla, salvo en algunos momentos puntuales, como en el “desastre de Annual”, en donde murieron más de diez mil hispano-franceses, la mayoría degollados cuando las tropas marroquíes tomaron el monte Arruit (al lado de Melilla).

Degollados en el monte Arruit (Wikipedia)

El coste que tuvo la guerra se sumó al daño de la pérdida de las colonias, dejando el país al borde de la quiebra, perfecto caldo de cultivo para lo que vino después.

Mi familia lo sufrío poco. Éramos afortunados. Salvo el tío abuelo Joaquín Sanz Astolfi,

capitán médico del ejército, de una conocida familia de la aristocracia sevillana y madrileña. Durante la Guerra estuvo luchando contra el paludismo que diezmaba a las tropas españolas y a los residentes en el protectorado. Investigaba sobre el terreno, con pocos medios, pero logró salvar muchas vidas. Cuando estalló la Guerra Civil no se sumó al bando golpista, y escapó a México. Durante un tiempo participó en el Gobierno en el exilio, pero con el tiempo terminó centrándose en la

ciencia, consiguiendo el reconocimiento internacional de su trabajo (Algo que jamás fue publicitado en España).

Seguramente coincidieron, o eso quiero pensar yo, Joaquín y Esteban, uno de los abuelos maternos de mi hijo. Un hombre de la “sierra alcarreña” al que conocí cuando ya estaba perdiendo la cabeza, y que nunca terminó de entender aquello. Simplemente obedecía órdenes mientras veía como masacraban a sus compañeros. Es otra de las series que nunca haré, al menos yo.

En fin. Voy a escribir un poco….

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Infarto de corazón-corazón

F.M

El miedo ha sido bien sembrado en la huerta de nuestro mundo y de nuestros días, sin que el hortelano olvidase las cosas mínimas: el abono fue elegido con calma, se aprovechó bien la oferta de la primavera, y fueron abiertos los surcos con pericia.

Ha florecido. En algún retazo surge el matorral frondoso de los accidentes; allí, la sombra tupida de la guerra; más allá, la planta más fértil, el miedo a uno mismo. Y, en un rincón cuidado, el corazón, corazón, que con tanta frecuencia les estalla a los hombres de bien como a los que no lo son.

Ya ni siquiera interesa, como noticia, la muerte súbita de los hombres que caen sobre sus mesas, sobre el volante de su automóvil, o sobre el charco de la esquina. Cosas que eran antes, por lo menos lingüísticamente, difíciles, como el infarto, la trombosis, el paro cardíaco, son ahora temas de tertulia tabernaria y de sobremesa familiar, cuando ni siquiera la luminosa alcahueta que es la televisión puede hacer que la fruta descanse en silencio.

Los médicos lo han explicado de mil maneras, pero, sobre todo, de una manera no-médica. Dicen que nos mata la historia, que es una bestia voraz, especializada en corazones. Dicen que nos mata la civilización, nada menos, y muy concretamente nuestra civilización, la llamada “occidental”, esa mezcla fastuosa de gloria y excrementos, ese edificio tan difícil.

Dicen aún más cosas los médicos. Friedman y Rosenman dicen en “Type A behavior and your heart” que los motivos por los que se nos parte el corazón, corazón, son personales: solo les sucede a algunas personas, esas, precisamente, que corresponden al “tipo A”. Un tipo, digámoslo de una vez, siniestro. Un gusto excesivo por la competencia, dicen, agresividad, impaciencia, y un sentido acelerado, urgente, apremiado, del tiempo. Y añaden: Los individuos que se comportan así parecen estar empeñados en una lucha contra ellos mismos, una lucha incesante, crónica y, muy a menudo, infructuosa. Y también en la lucha contra los otros, contra las circunstancias, contra el tiempo y, a veces, contra la misma vida. Frecuentemente exhiben una hostilidad vaga, aunque racionalizada y, casi siempre, una profunda inseguridad.

Ése es, dicen los médicos, el tipo que, súbitamente, se encuentra con el hiato catastrófico de su corazón, corazón. Un gran hombre, Sir Peter Medawar, que a veces gana el premio Nobel de Medicina y, a veces, escribe sobre el amor, las inspiración, la santidad, y el alma humana, comenta las andanzas del “Tipo A”, diciendo: Probablemente, conocimos a ese tipo en la escuela primaria. Cuando el maestro hacía una pregunta a toda la clase, y un muchacho se levantaba, alzando su brazo, en agonía, y clamaba: “Por favor, por favor, pregúnteme a mí.” Ése era.

Pero resulta que las fórmulas incambiables de la biología han ido construyendo en torno a nuestro corazón, corazón, una corona arterial. Las arterias coronarias rodean la víscera sagrada como la cuerda de un chaval rodea la peonza. Cuando el corazón, que también tiene forma de peonza, se mueve, muévese con él la arteria, que se agita con sus brincos, se duele con sus dolores, se estira y se encoge con sus sístoles y diástoles. Y es solo una arteria, no un calabrote marinero, gordo y bien trenzado. Es solo un tubo de pequeño diámetro, cuyas paredes, tejidos sutiles y hermosos, carecen del rigor del acero: son tejidos humanos, finitos, destinados a una función limitada que bien pudiéramos llamar felicidad, esa cosa tan secreta.

Dicen Friedman y Rosenman que ningún ingeniero podría construir un tubo que pudiera soportar las pasiones de un “Tipo A”. Pero este “Tipo A” aprieta, salta, grita, se impacienta, hace que su corazón actúe como un león encerrado en una caja de cristal, y  transmite las congojas y las ambiciones a un músculo pequeño, pretendiendo que funcione como un martillo pilón. Mientras, miles de diminutos obreritos fisiológicos se afanan por reparar constantemente las averías de la arteria, como las células del endotelio, que restañan las pequeñas heridas del tubo. Pero el trabajo llega a ser inútil, y el cataclismo inunda las páginas de los periódicos.

Antes no se moría así, más que de amor. Así se partió el corazón, corazón de la princesa Mafalda. Así morían, en brazos de la persona amada, los hombres y las mujeres que tenían más entera la ambición de inmortalidad que las arterias coronarias. Un beso podía partir esas arterias, y eso sí que era una forma increíblemente humana de morir. Pero si lo que dicen Friedman y Rosenman es cierto, resulta que el corazón, corazón, por lo único que no se parte en estos tiempos es por amar, porque el amor ha sido transformado, facilitado, yya no provoca grandes tempestades, ni soledades irremediables, ni deseos eternamente instisfechos. EL corazón, corazón, se parte precisamente por no amar, y si es esa la condena que parece esconderse tras las palabras alarmadas de los médicos, maldita la gracia que tiene vivir y medrar en el marco reglamentario que nuestra “occidentalidad” nos impone.

libro-literatura-y-enfermedad

Porque el “Tipo A” es el ejemplo, el modelo que estamos poniendo delante de nuestros hijos para que aprendan. El “Tipo A” es “el hombre que hace cosas”. Cuando le encargan una tarea enloquece y desarrolla al máximo la capacidad que todos tenemos para usar el látigo, incluso contra nosotros mismos. Decimos a los niños que sean buenos, y que, para eso, lo que hace falta es ser silenciosos, tenaces, fríos, laboriosos, incontaminados, decididos, crueles hasta la justicia, justos hasta la crueldad. Y aún añadimos, como consuelo, que el premio es el poder. La educación occidental es una artimaña para conseguir que se nos partan las arterias, pero con la condición previa de que se nos partan después de haber poseído cosas y haber facilitado, duramente, a otros, la posesión de cosas. El propio MEdawar cita al viejo y estupendo Sir William Osler cuando decía que la mayoría de sus pacientes perdidos eran ciudadanos ejemplares: se levantaban temprano y se quedaban trabajando hasta muy tarde.  Así dicen que son las víctimas de los infartos y las trombosis, buenos ciudadanos, reyes del petróleo, directores de empresas, hombres sin domingos ni vacaciones, hábiles para hablar por teléfono, escribir cartas, comprar vidas ajenas, y si acaso, si acaso, alguna pequeña fuga alcohólica al atardecer, raramente una mujer, más raramente una partida de naipes con los amigos, y muchísimo más raramente los amigos mismos.

Así, lentamente, las arterias van almacenando heriditas malamente cicatrizadas, y en ellas se va depositando la grasa, la maldición del colesterol. EL efecto que produce esa capita es el mismo efecto cosmético y traicionero del maquillaje sobre el rostro de la vieja madrastra de Blancanieves, que engaña al espejo hasta el día en el que maquillaje se despega y se derrumba. Las cicatrices de las coronarias se endurecen, y lo que había sido tejido suave de la paredarterial se hace tubo de hueso, por el que no puede pasar la sangre cuando lo exige un grito, un susto, una ambición fallida, la pérdida del empleo, la condena de todos los demás y de uno mismo. Y entonces se cumple el último rito de la “occidentalidad” y otro “Tipo A” se convierte en esquela ante el pasmo de los que están condenados al mismo final. La explicación de Friedman y Rosenman es terrible, porque, al parecer, da lo mismo fumar que no fumar, comer que no comer, ser gordo que ser flaco. Solo al “Tipo A” se le parte el corazón, corazón, porque solo el “Tipo A” a querido ser en todo mejor que todos, empecinado en la excelsitud, inhábil para la sonrisa sincera, o para el perdón, frágil ante el propio error.

De alguna forma será, ya lo sé. Horrorosa o dulcemente me iré de entre vosotros algún día, y dejaré mi mesa desordenada, mis deudas sin pagar, mis culpas sin redimir, mis libros y mis hijos a la intemperie. Pero me propongo, firmemente, mantener frescas mis coronarias renunciando a ser César. Yo prefiero ser, desde el principio, NADA. A mí nadie me partirá el corazón, corazón, salvo tú, corazón.

FELIPE MELLIZO “Literatura y enfermedad” 1979.

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UNA DE DOS: “Hikikomori”, o “Síndrome de la cabaña”

Tengo miedo de que esto del encierro acabe. Como suena. Hasta el día de hoy soy un afortunado. No he perdido a nadie cercano, ni estar en el paro supone un problema grave para mí. Tengo una casa soleada, dos buenas buhardillas llenas de basura y recuerdos que ordenar, y estoy con mi chica, con quien me llevo estupendamente y que comparte conmigo filias y fobias. Lo demás me sobra. ¿Es posible de verdad que no tenga necesidad de nada? Me da pereza salir. Nada dramático, no es eso, simplemente me pregunto ¿Para qué? Mi hijo es un adulto y hace su vida; no tengo padres y no veo a mi familia nunca; El trabajo me cabrea y me frustra cada vez más; Ya no voy a bares por no beber, ni puedo ir a restaurantes por no engordar. ¿Relacionarme? La gente, en su forma tangible, me saca de mis casillas, y con las “máquinas” en casa no añoro ni el deporte ¿La naturaleza? Bueno, sí que la echo de menos, pero con un par de documentales y lo bien que huele la “ciudad sin coches”, me consuelo. Tengo libros para leer durante tres vidas y una buena conexión de internet… No sé. Igual prefiero quedarme…

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Bares colaterales…

No resto importancia a las vidas que se pierden por el virus, ni hago de menos a los que tratan de evitar que esto suceda si le dedico unas líneas a los bares, pubs, restaurantes, y el resto de establecimientos hosteleros de todo el mundo. Para mí son un segundo hogar, casi un primero. Escribo en ellos, me reúno en ellos, me alimento en ellos, saco experiencias de ellos, mato las penas en ellos… Son víctimas de ávidos recaudadores, de normas infinitas, de especuladores del suelo… Nos quejamos de sus ruidos, pero recurrimos a ellos para celebrar nuestros grandes y pequeños ruidosos momentos. Sus pistas de baile, barras, o comedores nos protegen de pensamientos oscuros. Los que trabajan en ellos nos escuchan con paciencia más o menos fingida -y más o menos creíble-, siempre que cumplamos dos reglas básicas: pagar y no molestar a los demás. Bien, pues esos bares y garitos van a estar cerrados mucho tiempo y muchos no sobrevivirán a ese paréntesis. Entiendo que la situación lo requiere pero me apena, y me pongo en su lugar. Muchos otros trabajos sufren por el coronavirus, prácticamente todos, pero hoy me apetecía recordarles a ellos y darles las gracias. Volveremos.

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La jarapa y mi padre (Sin “Coronavirus”)

De haber enterrado a mi padre en lugar de repartir sus cenizas por la Sierra de Guadarrama, su mortaja tendría que haber sido una “jarapa”. Una de esas con mil colores, que hacen honor a la etimología de su nombre: tela confeccionada con harapos, o “harapa”. Y es que en cuanto a decoración e interiorismo mi viejo era poco menos que un visionario. Me explico: Precursor del reciclaje, mi padre levantaba estanterías para sus miles de libros con cajas y tablones desparejados, sostenidos por otros tantos libros, y para embellecer esas estructuras las cubría con “jarapas”. La televisión en su casa de Alpedrete estaba colocada también sobre una caja de libros, camuflada por otra elegante “jarapa”. Había “jarapas” sobre los sofás, como alfombras, y como manteles. “Jarapas” para recoger el polvo y “jarapas” cubriendo el sofá, en donde uno se protegía del frío invierno serrano con otras “jarapas”. “Jarapas” como mantas, toallas y trapos, y hasta “jarapas” para limpiar el coche. Desde su muerte no he vuelto a tocar una “jarapa”, pero guardo alguna de aquellas en la buhardilla, que nunca se sabe…

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¿Quo Vadis?

Cuando llega la Semana Santa me vienen a la cabeza todas esas producciones que tan bien conocemos, como “La túnica sagrada”, “Quo Vadis”, o “Los díez mandamientos”, y aún siendo un ateo convencido no dejo de sentir nostalgia por aquel cine de efectos mecánicos, esos decorados grandiosos que no eran creados en un ordenador, sino levantados y pintados a mano. Esos forillos que temblaban cuando caminaban aquellos grandes actores, todos ellos muy teatrales, exagerados. La naturalidad, y los efectos especiales, no me provocan la cercanía de aquello. Como dice Ms P “Eran decorados que uno sentía que podía reproducir en casa con dos sillas y una tela, no como en las obras actuales de cine y televisión. De andar por casa. Cuando los decorados parecían deorados”. Todavía recuerdo el chasco que me llevé cuando salió la primera copia remasterizada de “La Guerra de las Galaxias”, con naves añadidas y otros efectos. Era una traición. No quito valor a los editores digitales, pero prefería las maquetas y petardos de los primeros días… Los efectos de hoy en día son tan reales, que ya no se puede llamar ficción al resultado, y los rodajes son tan ficticios (en estudios con un gran croma y disfrazados todos como Oompa Loompas) que resultan increíbles, y alejan a los actores del relato, del cuento en el que participan. A mi juicio nos ha alejado del sueño dándolo todo mascado. Es una opinión, nada más, y seguramente podría opinar lo contrario, pero ahora me apetece decirlo.

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Sobre el control de la red…

(Artículo publicado en 2001. En LA CORRIENTE ALTERNA. Periódico digital extinto que luego fuera un programa de televisión).

Circulaba con el coche por una desierta autovía de este país. El día era claro, soleado y fresco. Una música suave, y el aire que entraba por la ventana, me relajaron lo suficiente como para no ver el control de tráfico que tenía unos cientos de metros por delante de mis narices. Frené con más cuidado del normal y me detuve. Un agente bigotudo se acercó a mí parsimoniosamente. Mi velocidad era la legal, tenía los papeles en regla, el seguro pagado, no llevaba armas, ni drogas… tranquilidad, me dije. El agente me saludó fríamente, yo le devolví el saludo con la más hipócrita de las sonrisas. Me pidió los papeles y se los di, sin dejar de mostrar esa patética mueca. “Ahora me dirá que ya está y seguiré mi camino”, pensaba… “¿Puede abrir su maletero?” fue todo lo que salió de su boca.

Había perdido veinte minutos y ya no me hacía tanta gracia. Salí del coche algo molesto y le abrí el portón trasero. “¿Hacia dónde va?” me preguntó. Pensé decirle alguna impertinencia, pero mis labios me lo impidieron revelándole de inmediato mi destino exacto. Miró en el maletero –un verdadero caos de raquetas, papeles, y ropa- y se fijó en una bolsa verde militar. ¡Coño! Pensé. Antes de que abriera la bolsa me deshice en explicaciones innecesarias: No he tenido tiempo de dejarlo en casa, no quería tirarlo… el inmutable Guardia Civil me hizo sacar de la bolsa un recipiente, una cubitera verde con tapa y placa con el nombre y la fecha de la incineración, que meses atrás me habían entregado con las cenizas de mi difunto padre, y que cuando las esparcimos en el Collado del Milano no quise abandonar.

Tras una hora de explicaciones conseguí que me dejaran marchar. Encendí la radio otra vez, bajé la ventanilla, e intenté olvidar aquello, pero no podía: ¿Quién coño era ese tío para detener el viaje de un ciudadano cualquiera, sacándole información personal y haciéndole perder una hora de su tiempo libre? Y, sobre todo, ¿qué iba a hacer con esa información que había conseguido? Mi padre era un personaje conocido, ¿se lo contaría a alguien? ¿Se reiría de mí? Conforme avanzaba en mi camino el cielo se fue nublando. Llegué a mi destino cabreado, llovía a mares, y en cuanto tuve un ordenador cerca me conecté para leer mi correo y las últimas noticias… ETA había atentado contra el General Justo Oreja frente a mi oficina de Madrid, en la calle López de Hoyos. Recordé al Guardia Civil que me retuvo, con sus preguntas y pesquisas. Pensé en los foros y chats en los que se leen mensajes violentos, de bromistas y no tan bromistas, y en los mecanismos de control de la información que circula por Internet.

Uno vive controlado todo el día: cuando paga con tarjeta de crédito, cuando asiste a un partido de fútbol, cuando compra un billete de avión y cuando viaja por carretera. Nos controlan en las oficinas y en los bares, al entrar en discotecas o edificios públicos… El control molesta en cualquiera de sus formas, pero es inevitable. Lo que a mi me importa, o me gustaría saber, es qué hacen con la información una vez que nos han ‘devorado’, y si todo este ejercicio de espionaje sirve para algo. Yo, personalmente, creo que en mi caso sólo sirvió para que un agente tuviera algo que contar a sus nietos.

F.M

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POR EJEMPLO: UNA MUJER.

Es imposible resumir en unas pocas líneas todo lo que significa para mí “Ms P”. Podría sintetizar señalando que es un ser humano excepcional. La mejor combinación de nucleótidos posible. Recién superada la adolescencia dejó todo atrás para irse a Nueva York. Había invertido en el billete lo que ahorró trabajando como administrativa en una empresa de muebles de oficina de Castellón, para vivir su sueño. Sin un “duro” y viviendo sin visado -con el miedo a ser descubierta y expulsada- consiguió ganarse la vida y estudiar publicidad, aprendiendo el idioma gracias a los anuncios de la televisión de la casa en la que trabajaba como “Au pair”. Cuando -años después- regresó a España, siguió perseverando en su objetivo de contar historias y llevarlas a la pantalla. Con una economía muy ajustada, empleaba dos horas y media en llegar hasta la oficina (Globomedia) desde un pequeño pueblo de Toledo (Yepes), y otras dos y media en regresar, leyendo guiones en el último tren para superar el miedo de caminar de noche y a solas por el oscuro parking de la estación de Aranjuez.

Nunca dudó de sí misma, y de ese modo ha llegado a escribir en más de una decena de exitosas series, y a liderarlas desde finales de los años 90 con un insuperable porcentaje de éxito, siendo una de las pioneras en un mundo dominado por hombres. Nunca vi a nadie trabajar con más tesón y brillantez. Jamás concedió un milímetro al machismo, ni a las injusticias. En casi treinta años de carrera nunca se cogió una baja, ni se amilanó cuando era maltratada o ninguneada, ni procrastinó, ni se puso de perfil ante un reto. Siempre leyendo o escribiendo, frente a su ordenador y un sandwich. Afilando los lápices con los que anota revisiones, fechas, fallos propios o ajenos… Ante cualquier problema Ms P respira hondo, aprieta la mandíbula, y se pone a trabajar para solucionarlo. Mejor Productora Ejecutiva de ficción por la Academia en 1999, Premio Talento en 2014, y “co-propietaria” de varias decenas de premios ATV, Ondas, etcétera. Puedo decir con absoluto convencimiento, que su único error en tres décadas he sido yo. Preguntad si no me creéis.

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SCAVENGERS, O LOS QUE TIENEN QUE SERVIR.

Una mañana de 1994 llegó a la oficina de GECA un proyecto de Antena 3. Era un concurso de Julian Grant y la 20th Century Fox que se producía en Pinewood. Una franquicia que se había exportado -decían- a varios países, y que tenía garantizado el éxito. Nuestro trabajo era investigar, estudiar el formato, y redactar un informe para que nuestros superiores pudieran contárselo a la cadena y ésta decidiera si participar o no.

Dirigido por mi jefe entonces -Manolo Valdivia- rellené páginas y páginas que fueron convenientemente corregidas y editadas, y nuestra conclusión fue que el programa no funcionaría en España, fueran quienes fueran los conductores.

La cadena dudó durante un tiempo, incluso dijo que no lo haría, pero de la noche a la mañana cambió de parecer y montó un equipo… Muchos pensamos que 20th Century Fox había utilizado algún argumento de peso, algo sobre derechos de películas quizá…. Vaya usted a saber, y por otra parte debían tener suscrito un costoso acuerdo con algún presentador, pero eso no lo puedo asegurar.

Yo me olvidé del formato hasta que nuestro jefe soltó que, para sacar adelante un programa que sabíamos que no saldría adelante necesitaban guionistas que hablasen inglés y que quisieran pasar tres meses en Londres, con un buen salario y unas grandes dietas. Dicho y hecho. Nada me gusta más que un reto de antemano perdido, pero con diversión asegurada. Junto a un par de compañeros de GLOBO, nuestra empresa “hermana”, y un guionista recomendado por la casa y con gran experiencia en concursos y programas, nos reunimos en la sede de la cadena para cerrar nuestros contratos y marcharnos a Londres para trabajar junto al equipo que hacía la versión inglesa, conocidos por haber montado también otro concurso muy exitoso “Crystal Maze”.

Por el camino fuimos descubriendo los demás detalles:

Lo presentaría Bertín Osborne, junto a Olga Ojeda, y con la colaboración del actor Juan Rueda como “medio hombre”. Viviríamos en el Heathrow/Windsor Marriott, un hotelazo en Slough, junto al resto del equipo. Diariamente iríamos al plató, en Pinewood, y trabajaríamos codo a codo con el propio Bertín, todos a las órdenes de Chema Quero, director del programa (Me acuerdo de casi todos los miembros del equipo español, pero no los nombraré, por si quieren pemanecer en el anonimato).

Bertín nos ganó de inmediato: era más showman fuera del escenario, que dentro. Venía acompañado por su pareja de entonces, y por su representante/amigo Jaime Morey. Por supuesto que nada más llegar preguntamos por Pinewood. Queríamos ir cuanto antes. Los estudios no nos decepcionaron. Visitamos los platós en donde se habían rodado películas míticas, y los estudios de efectos en donde habían nacido infinidad de criaturas de nuestras pesadillas [“Razas de noche” era entonces la referencia en cuanto a “seres” de ficción, y pudimos entrar en sus talleres… Allí estaba ese personaje que se hizo tan popular por parecerse a un importante político catalán]. En el estudio grande, el “007”, habían reconstruido el Londres de Dickens para una película, y en el exterior, cerca del edificio principal, Richard Gere y Sean Conerry rodaban “El primer caballero” [Gere comía a diario en el comedor de los estudios, junto a su equipo, haciendo cola con su bandeja y hablando con todos, incluso con nosotros, mostrando siempre una estupenda sonrisa. Connery fue fiel a lo que se espera: Un borde. Sieso, de gatillo fácil. Uno de nuestro equipo quiso pedirle un autógrafo y casi se lo come crudo]. Pero lo que a mí me impresionó más de aquello no fue el famoseo, ni estar en donde se rodó “El Gran Gatsby”, sino aquel ciclorama gigante y su piscina, en donde había navegado el “Poseidón” de la original y catastrófica película.

El trabajo era extenuante, pero pronto encontramos tiempo para el cachondeo. Las máquinas de bebida alcohólica de los pasillos del hotel se vaciaban cada noche. Carreras por pasillos, cambios de habitación, cambios de ropa, e incluso algunos accidentes, como cuando D.F me rompió las gafas de un raquetazo, jugando al tenis en los pasillos del hotel.

Lo de Bertín era un tema aparte. A pesar de estar acompañado no perdía ojo de ninguna mujer que pasara cerca de él, pero su pasión por los caballos -durante las semanas que estuvimos con él fue a ver varias cuadras y carreras, con la intención de comprarse alguno-, y por el fútbol -en pleno mundial de 1994- absorbía “casi” toda su energía (y punto). Finalmente ganó la porra del mundial y se llevó la pasta, y no se invitó ni a un botellín.

Escribíamos en una habitación del mismo hotel, en unas mesas que se habían colocado a modo de oficina. Teníamos poco tiempo, de modo que nos turnábamos para cumplir con las entregas. En un momento de absoluto agotamiento nuestro compañero J.C empezó a dar cabezadas sobre el teclado, hasta quedarse tendido sobre él. Cuando le levantamos vimos con sorpresa que lo escrito por su frente ¡tenía sentido!

En el estudio había una batalla diaria. Los concursantes, tipos fornidos y tías buenas, tenían cierta querencia al cachondeo, y los británicos del equipo se dedicaban a mal-meter en la producción española, hasta el punto de que descubrimos que grababan sin permiso el trabajo del director dentro del control , y que tenían a un técnico absolutamente bilingüe fingiendo no entender español para informar a sus superiores de nuestras decisiones.

Todo era muy musical. La jornada empezaba con “Things can only get better” sonando por los altavoces del plató, y se cerraba bailando en algún pub de Windsor la canción del momento: “Baby I love your Way”, y cuando C.M, inmerso en la lectura de uno de sus guiones, cayó en el mayor de los estanques -Talkback incluido-, los miembros del equipo decidieron bautizarnos como los “Wet-wet-wet”, poniendo un cartel con el nombre del grupo a la entrada del despacho de los guionistas.

Recibimos algunas visitas, por supuesto, y fuimos a Londres alguna vez para tomar tortillas en Navarros. Pero lo realmente importante vino cuando cerramos los guiones y pudimos entregarnos libremente al cachondeo (otros tuvieron que seguir currando). Con el hotel lleno de invitados de las cercanas carreras de Ascott -a los que atormentábamos por su aspecto-, cogíamos algunos taxis y nos marchábamos a la City. Nuestro local preferido, “Los Locos”, estaba junto a la Soho Square, en el tramo de Soho street que lleva a Oxford. Allí, unas tías vestidas con cinturones/cartuchera de chupitos se sentaban sobre nuestra nuca y nos hacían beber una y otra vez, o quizá éramos nosotros los que lo pedíamos… Después nos pasábamos por sitios como “Café de París”, una discoteca en la que me gasté casi todas las dietas invitando a “triple” a todos los que estaban en la barra… No hace falta decir que muchas noches acaban al alba, bien caminando descalzos por Oxford Street hasta encontrar un taxi que quisiera llevarnos hasta Slough, o durmiendo en alguna habitación ajena (algunos, no todos claro).

Finalmente superamos la prueba y volvimos a España, algunos con mucho dolor por dejar a alguien atrás, como suele suceder en ese tipo de experiencias “inmersivas”. El programa se editó y pasaron meses. Yo ya me había olvidado de él cuando se emitió, sin mucho éxito. Lo cambiaron de franja para completar su emisión y pasó a convertirse en una referencia kitsch gracias a la presencia de Bertín, prototipo españolista, disfrazado como soldado espacial pero hablando como si estuviera en un bar de Dos Hermanas.

(Añadiré más datos conforme los recuerde, como siempre). Muchos llevaron allí una vida más monacal que yo, que no se me enfaden. Y sí, hay cosas que mejor no contar, como siempre.

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