Tuo Yaw (XIV)

Hice más amigos, cada vez menos prudentes, y me dedicaba al vandalismo de manera sistemática, ya fuera rompiendo cristales de casas a pedradas -estuvieran o no habitadas-, como dañando vehículos estacionados, o tirando botes de añil a las piscinas privadas para estropearles el baño… Y siempre acababa escapando a la carrera por prados y callejones, ayudado por ese físico simiesco que me caracteriza.

Cerca de la “Plaza de los cuatro caños”, junto a “La ´Pérgola”, uno de los amigos del pueblo tenía una vieja casa abandonada que decidimos convertir en nuestro club. Lo bautizamos como “Pub Octopus”, y tras encalar la construcción -por dentro y por fuera- dibujamos en la fachada el nombre, con grandes letras, junto a un pulpo negro.

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Solar de la calle Cantarranas en donde estaba nuestro “club”. (FOTO DE STREET VIEW)

El hijo del herrero fabricó una cabina que instalamos en el salón, otros hicieron bancos con colchones viejos y ladrillos apilados, y colgamos bombillas pintadas a mano por todas partes. Allí nos reuníamos muchos para beber y bailar, y en ese lugar, borracho como una cuba, es donde perdí mi virginidad (suena mal, pero aseguro que las demás expresiones pegan menos aún con aquella sórdida experiencia). La había visto alguna vez por el pueblo, y su fama no me era ajena. Estaba tumbada en una colchoneta bastante sucia, en una de las habitaciones “privadas” en donde pasaban las horas las pocas parejas que había en el grupo. Yo no era el primero, y puede que ni el segundo de la tarde, pero espoleado por los amigos entré, me bajé los pantalones, y forniqué como un macaco. Me levanté, salí con “honores”, y seguí bebiendo hasta la hora de irme a casa, con la sensacion de haber cubierto un expediente necesario para ingresar en el mundo adulto.

En aquellos días conocí a un tipo de Alcorcón, seis o siete años mayor que yo. Estaba rematadamente loco, y los tres o cuatro menos inteligentes nos hicimos devotos suyos de inmediato. Se inyectaba heroína delante nuestro, ofreciéndonos, y robaba coches que traía cada fin de semana al pueblo. Nosotros nos subíamos con él para dar vueltas por la sierra haciendo el cafre, y luego los destrozábamos saltando con ellos en una rampa de autoescuela que había en la carretera de Moralzarzal, cerca de mi casa; o estrellándolos contra muros y rocas en la zona del “Cerro del telégrafo”. Un día apareció con una “zeta”, el arma de la Guardia Civil. La llevaba en suelo del asiento trasero. Nos dijo que fuéramos con él a Madrid, que nos lo íbamos a pasar cojonudamente. No sé de dónde salió el sentido común que me empujó a decir que no´, pero me quedé en tierra. Nunca más le vi. Se llamaba Juan.

Mi madre se enamoró. Fue una sucesión de casualidades lo que les unió. Pedro había sido nuestro vecino, diez años antes, en Madrid, en la casa de Joaquín María López. Casualmente se fue a vivir a la sierra a la vez que nosotros, y de nuevo casualmente envió a sus hijos, Juan y Carmen, al mismo colegio que el nuestro, en Torrelodones. Ahora el destino les había puesto juntos, y en el mismo estado civil, y mi madre necesitaba con urgencia que alguien diera sentido a su vida. Tuvo suerte. Pedro Negrón era comandante de Iberia, de aquellos que aún mantenían su estatus militar (teniente coronel en aquellos días). Era un tipo “chulillo”, siempre con sus cazadoras de piel con el gato, y el mítico lema de “no le busques tres pies” en la espalda.  Jamas abandonaba sus gafas rayban clásicas, y conducía un todoterreno descapotable. Era un “Jake Cutter” (para los que tengan edad de recordar aquella serie de “Los cuentos del mono de oro”), algo bastante alejado de la imagen de intelectual romántico y eterno perdedor de mi progenitor. Pedro fue un balón de oxígeno para mi madre, en todos los sentidos. Gracias a él consiguió olvidar todos los malos tragos que mi padre le hizo pasar. Empezó a salir a cenar, a hacer escapadas románticas, a reir… Poco a poco Pedro fue haciéndose con el rol de padre, en una familia cada vez más numerosa, y muchísimo más complicada de lo que podía suponer.

En el instituto Jaime Ferrán estaban a punto de echarme… Todos los días. Había repetido curso, y mis fechorías se contaban por decenas: Robo de un reloj en el vestuario -cuando jugaba en el equipo de voleyball-; agresiones verbales y amenazas a profesores; vandalismo con el coche del director del centro; rotura de cristales con bolas de nieve que encerraban piedras en su interior; llegar a clase sistemáticamente tarde -y alguna vez con las tablas de esquí-… El colmo llegó cuando empezamos a robar las cajas de recaudación de las cabinas telefónicas del instituto. Con ganzúas reventábamos el bloque y sacábamos la caja, llevándola a un famoso cortado que existía en Cantos Altos -la guarida de aquel grupo de estúpidos que formamos-. Allí las abríamos, y nos repartíamos el botín, que yo escondía en casa, en mi cuarto, en el interior de mi equipo de música, un Bettor estupendo que mi padre me había enviado sin yo merecerlo.

Mi padre vivía ya con María José, y en ese tiempo habían tenido ya una hija, Laura, y medio hijo, Álvaro, que nacería ese mismo verano. Seguía visitándonos, y pagando una miserable cantidad a mi madre como ayuda. Las disputas telefónicas eran habituales, y la presencia de Pedro alteraba a mi padre. Un buen día se encontró con Pedro, en el jardín. Pedro le dijo que no pasara, y empezaron a discutir hasta que terminaron zurrándose. Mi madre había llamado ya a la Guardia Civil, y llegaron rápido, separándoles mientras vociferaban. Un precioso espectáculo que pudimos ver desde la galería de la casa de mi abuela.

Un día de febrero de 1980, durante la retransmisión de los Juegos Olímpicos de invierno de Lake Placid, mi madre me echó de casa. Yo estaba sentado frente al televisor, viendo como esquivaba las banderas en su “eslalon” (como dice la RAE que se escribe), uno de mis grandes héroes de siempre, Ingemar Stenmark. El sueco había recorrido solo unos metros cuando una de mis hermanas tuvo la ocurrencia de desenchufarme el televisor (supongo que habría un motivo inicial, pero no lo recuerdo). Las demás rieron. Ya estaba acostumbrado a sus burlas y menosprecios -mal que les pese si lo leen-, y en silencio encendí de nuevo el televisor y me acerqué más aún a él. Pero lo volvieron a hacer. Cabreado pedí que me dejaran en paz y lo volví a encender. De nuevo una de ellas tiró del ecnhufe, dejándome sin ver la llegada. Lleno de ira me giré, soltando el brazo con fuerza, con tan mala suerte que, en lugar de golpear a las mayores, mi mano alcanzó a Alicia, de diez años, haciéndola caer de bruces al suelo. Fue la gota que colmó el vaso. Mi madre no podía más conmigo y a gritos comenzó a golpearme. Yo me defendí, haciéndole algo de daño en el antebrazo, y entre gritos, y voces de mis hermanas, me dijo que me fuera, y así fue. Cogí algo de ropa y desaparecí, para no volver jamás. Tenía 15 años.

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RUMBO A LA ANTÁRTIDA: UNA DE VÓMITOS…

Como un fantasma recorría el esqueleto de Radio El País, abriendo y cerrando cajones, recogiendo adhesivos, papeles, recuerdos, y fotografías olvidadas en los corchos. Me había quedado solo en la quinta planta del edificio de Miguel Yuste, a la espera de que se terminasen los nuevos estudios de la Escuela de Periodismo. El resto de mis compañeros, mucho más útiles que yo, se habían trasladado a la Gran Vía (Cadena SER), o al edificio de Conde de Xiquena (Canal +), pero no les envidiaba: Tenía una planta entera para mí, con mesas de mezclas, altavoces, ordenadores, y un bote de líquido verde con una etiqueta de promoción de la película “re-animator”, que habían dejado olvidado los de “Lo que yo te diga”.

Pero el salario de la Escuela no daba para mantener mi recién creada familia, y mucho menos alimentar al hijo que inesperadamente esperaba (sí, tú), de modo que mi padre me “colocó” como técnico de sonido y ayudante de cámara en una productora vasca, Igarregun, dirigida por el cineasta y aventurero Jon Intxaustegui. Tras rodar algunos cortos publicitarios -y otras obras menores-, me dijeron que iría a La Antártida como parte del equipo del documental que mi padre presentaba, “Longitud Latitud”, para ilustrar la ratificación del Tratado Antártico, obtener imágenes de las dos relucientes bases españolas, e instalar una antena parabólica que permitiera la comunicación directa con España, además de contar algo sobre la historia de las poco conocidas expediciones antárticas españolas.

Me maginaba un desembarco como el del Almirante Byrd, pero no. Solo seríamos Jon, mi padre, y yo.

Estaba tan sobreexcitado que olvidé mis obligaciones maritales y paternales (con 24 años, y un largo historial de torpezas, era de esperar). Solo hablaba de aquel viaje. Por si fuera poco mi amigo Javier Pérez de Albéniz, que entonces escribía sobre naturaleza en el diario y sus suplementos, había conseguido convencer a sus jefes para ir con nosotros. Sería una gran aventura.

Recuerdo perfectamente cuando fuimos a la tienda “El Igloo”, paraíso de los plumas de Pedro Gómez, para hacernos con el equipo necesario. Por desgracia el productor impuso el “ahorro de dinero público”, y acabé teniendo que vestir exactamente igual que mi padre. Un espanto. Por suerte para mí el viaje sería justo después del nacimiento de mi hijo, de modo que pude darle la bienvenida el día 23 de enero de 1990 -nació justo durante la emisión de LA SOGA de Hitchcock, y tras provocar que su madre rompiera aguas cuando yo estaba felizmente sentado, viendo al Joventut de Badalona jugar la copa Korac -. Fue olerle, dejar que me oliera, y marcharme durante varios meses.

Javier no tuvo tanta suerte. Juantxu Rodríguez había muerto -asesinado- cubriendo la invasión de Panamá, y aquello, además de las naturales y tristes consecuencias, abrió un debate sobre la legalidad de algunos contratos temporales en el diario, lo que finalmente llevó a que Javier fuera reemplazado por Malen Ruiz de Elvira. Una pena (no mayor que lo sucedido en Panamá, claro está). De modo que, tras varios miles de kilómetros de avión -cuando aún se podía fumar en ellos-, nos embarcamos en un carguero polaco rumbo al polo sur. (En otra ocasión contaré, hasta donde legalmente se pueda, lo que hicimos en Buenos Aires primero, y después en Ushuaia).

EL Heweliusz era un gran barco, un ferry utilizado como carguero por Polonia para trasladar equipo y científicos a su base Arctowski, cerca de las bases españolas Juan Carlos I y Gabriel de Castilla. Nos instalamos en un camarote con dos literas. Yo dormiría abajo y mi padre arriba. Soltamos los equipajes, cogimos la cámara, y salimos a grabar nuestra partida, dejando atrás Ushuaia, con sus casas tirolesas, y aquellas preciosas montañas nevadas. Avanzamos por el Beagle, sorteando islotes repletos de leones marinos, y pasamos frente a Puerto Navarino y Puerto Williams, poblaciones chilenas que compiten con Ushuaia por ser la ciudad más austral del mundo. Finalmente llegamos a la desembocadura, y tras pasar por delante de los restos encallados de algún naufragio antiguo viramos al sur, rumbo a la Isla de los Estados (y el peligroso estrecho de Le Maire), Cabo de Hornos, y finalmente La Antártida. De pronto el barco empezó a cabecear. Primero suavemente, siguiendo largas ondas. No dejábamos de maravillarnos con las vistas, mientras que bandadas de “skuas” malencaradas empezaban sus vuelos rasantes sobre nosotros, intentando conseguir algo de comer. El frío empezaba a calarnos los huesos, de modo que entramos a comer.

Compartíamos mesa con los marineros polacos y ex-soviéticos que formaban parte de la tripulación, lo que hizo más amena la sobremesa. Mi padre hizo gala de sus artes como showman, como “lobo de mar”, como enciclopedia humana, y como políglota, narrando la vida y obras del astrónomo polaco que daba nombre al barco (debo señalar que el buque se hundió pocos años después, llevándose al fondo del báltico a 55 almas). Yo, aburrido, me retiré al camarote, tumbándome para vencer el creciente mareo (la redactora de El País había tenido que ser sedada, y así pasó todo el viaje, pero el fotógrafo, merced a nosequé semilla que se había puesto en el cuello, aguantó como un campeón). Mi padre llegó un poco más tarde que yo. Estaba pálido, pero se subió a su cama con energía esquivando mi equipaje, que estaba abierto junto a mi catre. Los vaivenes del barco crecían en frecuencia y violencia, y el agua  empezó a cubrir el ojo de buey. Entonces pasó. A modo de cortina, una cascada de vómito cayó desde la cama de mi padre, hasta mi equipaje. Un Niágara estomacal que pringó toda mi ropa limpia, mis botas, mi chaqueta. Espantoso. Me quedé mudo. Con cuidado conseguí salir de mi cama y preguntarle si había acabado ya. Mi padre me pidió agua, bebió, y se giró para quedarse dormido de inmediato. ¡Lobo de mar! Y una mierda. Después de limpiar lo que pude, como pude, me fui a la cantina, y me senté con Jon y los marineros polacos. El barco no tenía alcohol para la marinería, y eran años de crisis económica en los países del este, de modo que sacaron de las cajas que transportaban un botellón de alcohol de laboratorio, y sirvieron un poco en varias tazas metálicas. Después pusieron dos cucharadas de mermelada en cada una y lo prendieron fuego. Al minuto, cuando habían agotado parte del alcohol, lo removieron, y se lo bebieron de un trago. Yo no podía ser menos, claro está, y les seguí el juego. Media hora después avanzaba por el pasillo, rumbo a mi camerino. Estábamos en pleno cabo de hornos, y aquel pasillo subía y bajaba como una atracción de feria. No pude evitarlo, y solté todo lo que llevaba dentro, dejando las paredes, el suelo, y mi ropa, perdidos. Jon se me acercó, y muerto de risa me llevó hasta la cubierta de popa, allí, con el aire, me despejé. Las skuas habían desaparecido, el océano estaba negro y agitado, y a estribor tenía la mismísima isla de Hornos. Así, oliendo a vómitos propios y ajenos, doblé el cabo por vez primera… (Otro día sigo).

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Emilio Herrera y la revista “Madrid científico” (1897-1936)

Como chatarrero virtual que soy, y siguiendo el hilo conductor que me proporcionan mis ancestros -en este caso la colaboración de mi abuelo en las obras del puerto de Ceuta, entre 1934 y 1936-, he llegado hasta una publicación extraordinaria: MADRID CIENTÍFICO. Lo más seguro es que a nadie le importe, pero a mi me ha maravillado. Es una especie de “Science et Vie” al que la Guerra Civil primero, y después la dictadura, dejaron enterrado en los archivos de la Biblioteca Nacional. Podéis verlos todos a través de la WEB (www.BNE.es). Es entretenidísimo, y se descubren personajes que nunca deberían desaparecer de nuestra memoria.

Como Emilio Herrera: General del Ejército del Aire, aviador, diplomático, ingeniero aeronáutico,  Presidente del Gobierno de la república española en el exilio (1960-1962), esperantista, descendiente de Juan de Herrera, colega de Kindelán (que luego sería su enemigo), segundo comandante del Graf Zepellin -cruzando el Atlántico como tal-, observador durante la I Guerra Mundial,  colaborador de Juan de la Cierva en su invención del “autogiro”, miembro de la Academia de Ciencias, padre de Petere Herrera, que militó activamente en el Partido Comunista y obtuvo en 1938 el Premio Nacional de Literatura; y de Emilio Herrera, muerto en combate con 19 años, cuando pilotaba un Polikarpov I-15. También fue el precursor de los trajes de astronauta de la NASA, amigo de Einstein…

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Gráfico sobre incomodidades aéreas de Emilio Herrera

Estando en el exilio en Francia Hitler intentó contratarle para que trabajase en sus programas atómicos, pero Franco lo evitó. Según refirió su propio ayudante, el piloto Antonio García Borrajo: “Cuando los norteamericanos le ofrecieron a Herrera trabajar para su programa espacial con un cheque sin limitaciones en ceros, él pidió que una bandera española ondeara en la Luna, pero le dijeron que sólo ondearía la de Estados Unidos”. Herrera rechazó la oferta  Fue nombrado consultor de la UNESCO sobre temas de física nuclear, pero dimitió al ser aceptado el ingreso del régimen franquista en la ONU [WIKIPEDIA].

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¡Quién hace una película de esta vida tan interesante! ¡Una serie! ¡Algo!

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LA FE NACIONAL (y otros escritos sobre España)

Hoy, aniversario de la muerte de mi principal referente literario, y más allá de sus novelas y artículos, nos conviene recordar, leer, o releer sus textos políticos y discursos. Dejo una muestra de su pensamiento, una brizna de su talento como diseccionador de la sociedad, retratista de sus males y de sus virtudes, que enlaza a la perfección con la actual situación política.

“Los dos partidos que se han concordado para turnarse pacíficamente en el poder son dos manadas de hombres que no aspiran más que a pastar en el presupuesto. Carecen de ideales, ningún fin elevado los mueve; no mejorarán en lo más mínimo las condiciones de vida de esta infeliz raza, pobrísima y analfabeta. Pasarán unos tras otros dejando todo como hoy se halla, y llevarán a España a un estado de consunción que, de fijo, ha de acabar en muerte. No acometerán ni el problema religioso, ni el económico, ni el educativo; no harán más que burocracia pura, caciquismo, estéril trabajo de recomendaciones, favores a los amigotes, legislar sin ninguna eficacia práctica, y adelante con los farolitos… Si nada se puede esperar de las turbas monárquicas, tampoco debemos tener fe en la grey revolucionaria (…) No creo ni en los revolucionarios de nuevo cuño ni en los antediluvianos (…) La España que aspira a un cambio radical y violento de la política se está quedando, a mi entender, tan anémica como la otra. Han de pasar años, tal vez lustros, antes de que este Régimen, atacado de tuberculosis ética, sea sustituido por otro que traiga nueva sangre y nuevos focos de lumbre mental”. Benito Pérez Galdós (La fe nacional y otros escritos sobre España)

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Corazón, corazón (Y España vs Malta)

Estaba yo pensando, tenedor en ristre, en que si mi padre entrase a este restaurante ahora mismo, y se sentase frente a mi, nada nos extrañaría a ninguno de los dos. Yo siempre he creído que realmente se fugó -una idea que metió en mi cabeza Pilar, mi pareja-, y que deambula con una identidad falsa por la ciudad; y él, habiendo vino, no hubiera notado cambio alguno, ni en los coches, ni en las tecnologías que nos rodean. Nunca lo hizo. Ni tan siquiera le extrañaría mi pelo canoso, porque durante su vida probé a llamar su atención con extravagancias y disfraces, sin conseguirlo. Flemático, habría seguido con uno de sus discursos como si no hubiera pasado nada.

En esas, y tras escuchar en un lejano televisor que era el aniversario del “glorioso” partido de “España contra Malta”, y recordar que lo viví borracho y vestido de marinero, a pocos metros de donde me encontraba, he comenzado a leer uno de sus viejos ensayos. Se titula “Corazón, corazón”, y creo que merece la pena.



F.M

El miedo ha sido bien sembrado en la huerta de nuestro mundo y de nuestros días, sin que el hortelano olvidase las cosas mínimas: el abono fue elegido con calma, se aprovechó bien la oferta de la primavera, y fueron abiertos los surcos con pericia.

Ha florecido. En algún retazo surge el matorral frondoso de los accidentes; allí, la sombra tupida de la guerra; más allá, la planta más fértil, el miedo a uno mismo. Y, en un rincón cuidado, el corazón, corazón, que con tanta frecuencia les estalla a los hombres de bien como a los que no lo son.

Ya ni siquiera interesa, como noticia, la muerte súbita de los hombres que caen sobre sus mesas, sobre el volante de su automóvil, o sobre el charco de la esquina. Cosas que eran antes, por lo menos lingüísticamente, difíciles, como el infarto, la trombosis, el paro cardíaco, son ahora temas de tertulia tabernaria y de sobremesa familiar, cuando ni siquiera la luminosa alcahueta que es la televisión puede hacer que la fruta descanse en silencio.

Los médicos lo han explicado de mil maneras, pero, sobre todo, de una manera no-médica. Dicen que nos mata la historia, que es una bestia voraz, especializada en corazones. Dicen que nos mata la civilización, nada menos, y muy concretamente nuestra civilización, la llamada “occidental”, esa mezcla fastuosa de gloria y excrementos, ese edificio tan difícil.

Dicen aún más cosas los médicos. Friedman y Rosenman dicen en “Type A behavior and your heart” que los motivos por los que se nos parte el corazón, corazón, son personales: solo les sucede a algunas personas, esas, precisamente, que corresponden al “tipo A”. Un tipo, digámoslo de una vez, siniestro. Un gusto excesivo por la competencia, dicen, agresividad, impaciencia, y un sentido acelerado, urgente, apremiado, del tiempo. Y añaden: Los individuos que se comportan así parecen estar empeñados en una lucha contra ellos mismos, una lucha incesante, crónica y, muy a menudo, infructuosa. Y también en la lucha contra los otros, contra las circunstancias, contra el tiempo y, a veces, contra la misma vida. Frecuentemente exhiben una hostilidad vaga, aunque racionalizada y, casi siempre, una profunda inseguridad.

Ése es, dicen los médicos, el tipo que, súbitamente, se encuentra con el hiato catastrófico de su corazón, corazón. Un gran hombre, Sir Peter Medawar, que a veces gana el premio Nobel de Medicina y, a veces, escribe sobre el amor, las inspiración, la santidad, y el alma humana, comenta las andanzas del “Tipo A”, diciendo: Probablemente, conocimos a ese tipo en la escuela primaria. Cuando el maestro hacía una pregunta a toda la clase, y un muchacho se levantaba, alzando su brazo, en agonía, y clamaba: “Por favor, por favor, pregúnteme a mí.” Ése era.

Pero resulta que las fórmulas incambiables de la biología han ido construyendo en torno a nuestro corazón, corazón, una corona arterial. Las arterias coronarias rodean la víscera sagrada como la cuerda de un chaval rodea la peonza. Cuando el corazón, que también tiene forma de peonza, se mueve, muévese con él la arteria, que se agita con sus brincos, se duele con sus dolores, se estira y se encoge con sus sístoles y diástoles. Y es solo una arteria, no un calabrote marinero, gordo y bien trenzado. Es solo un tubo de pequeño diámetro, cuyas paredes, tejidos sutiles y hermosos, carecen del rigor del acero: son tejidos humanos, finitos, destinados a una función limitada que bien pudiéramos llamar felicidad, esa cosa tan secreta.

Dicen Friedman y Rosenman que ningún ingeniero podría construir un tubo que pudiera soportar las pasiones de un “Tipo A”. Pero este “Tipo A” aprieta, salta, grita, se impacienta, hace que su corazón actúe como un león encerrado en una caja de cristal, y  transmite las congojas y las ambiciones a un músculo pequeño, pretendiendo que funcione como un martillo pilón. Mientras, miles de diminutos obreritos fisiológicos se afanan por reparar constantemente las averías de la arteria, como las células del endotelio, que restañan las pequeñas heridas del tubo. Pero el trabajo llega a ser inútil, y el cataclismo inunda las páginas de los periódicos.

Antes no se moría así, más que de amor. Así se partió el corazón, corazón de la princesa Mafalda. Así morían, en brazos de la persona amada, los hombres y las mujeres que tenían más entera la ambición de inmortalidad que las arterias coronarias. Un beso podía partir esas arterias, y eso sí que era una forma increíblemente humana de morir. Pero si lo que dicen Friedman y Rosenman es cierto, resulta que el corazón, corazón, por lo único que no se parte en estos tiempos es por amar, porque el amor ha sido transformado, facilitado, yya no provoca grandes tempestades, ni soledades irremediables, ni deseos eternamente instisfechos. EL corazón, corazón, se parte precisamente por no amar, y si es esa la condena que parece esconderse tras las palabras alarmadas de los médicos, maldita la gracia que tiene vivir y medrar en el marco reglamentario que nuestra “occidentalidad” nos impone.

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Porque el “Tipo A” es el ejemplo, el modelo que estamos poniendo delante de nuestros hijos para que aprendan. El “Tipo A” es “el hombre que hace cosas”. Cuando le encargan una tarea enloquece y desarrolla al máximo la capacidad que todos tenemos para usar el látigo, incluso contra nosotros mismos. Decimos a los niños que sean buenos, y que, para eso, lo que hace falta es ser silenciosos, tenaces, fríos, laboriosos, incontaminados, decididos, crueles hasta la justicia, justos hasta la crueldad. Y aún añadimos, como consuelo, que el premio es el poder. La educación occidental es una artimaña para conseguir que se nos partan las arterias, pero con la condición previa de que se nos partan después de haber poseído cosas y haber facilitado, duramente, a otros, la posesión de cosas. El propio MEdawar cita al viejo y estupendo Sir William Osler cuando decía que la mayoría de sus pacientes perdidos eran ciudadanos ejemplares: se levantaban temprano y se quedaban trabajando hasta muy tarde.  Así dicen que son las víctimas de los infartos y las trombosis, buenos ciudadanos, reyes del petróleo, directores de empresas, hombres sin domingos ni vacaciones, hábiles para hablar por teléfono, escribir cartas, comprar vidas ajenas, y si acaso, si acaso, alguna pequeña fuga alcohólica al atardecer, raramente una mujer, más raramente una partida de naipes con los amigos, y muchísimo más raramente los amigos mismos.

Así, lentamente, las arterias van almacenando heriditas malamente cicatrizadas, y en ellas se va depositando la grasa, la maldición del colesterol. EL efecto que produce esa capita es el mismo efecto cosmético y traicionero del maquillaje sobre el rostro de la vieja madrastra de Blancanieves, que engaña al espejo hasta el día en el que maquillaje se despega y se derrumba. Las cicatrices de las coronarias se endurecen, y lo que había sido tejido suave de la paredarterial se hace tubo de hueso, por el que no puede pasar la sangre cuando lo exige un grito, un susto, una ambición fallida, la pérdida del empleo, la condena de todos los demás y de uno mismo. Y entonces se cumple el último rito de la “occidentalidad” y otro “Tipo A” se convierte en esquela ante el pasmo de los que están condenados al mismo final. La explicación de Friedman y Rosenman es terrible, porque, al parecer, da lo mismo fumar que no fumar, comer que no comer, ser gordo que ser flaco. Solo al “Tipo A” se le parte el corazón, corazón, porque solo el “Tipo A” a querido ser en todo mejor que todos, empecinado en la excelsitud, inhábil para la sonrisa sincera, o para el perdón, frágil ante el propio error.

De alguna forma será, ya lo sé. Horrorosa o dulcemente me iré de entre vosotros algún día, y dejaré mi mesa desordenada, mis deudas sin pagar, mis culpas sin redimir, mis libros y mis hijos a la intemperie. Pero me propongo, firmemente, mantener frescas mis coronarias renunciando a ser César. Yo prefiero ser, desde el principio, NADA. A mí nadie me partirá el corazón, corazón, salvo tú, corazón.

FELIPE MELLIZO “Literatura y enfermedad” 1979.

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El Rey Arturo, mi padre, y Faustino (La inmortalidad de…).

[Entrada personal, no hablo de tele ni me pongo en ridículo, lo siento]

“Di comienzo a este libro en 1969, en Londres, ciudad que amo y en la que viví feliz. Lo termino en 1975, en un pueblo de la montaña guadarrameña donde, si todo transcurre como Dios manda, moriré, junto a mi historia y junto a mi sangre”. 

Con estás proféticas palabras cerraba mi padre el prólogo de “Arturo, rey”, editado en 1976. Finalmente murió en Alpedrete, el día de San Fermín del año 2000, acompañado por su hija más pequeña, Inés.

Para cualquiera que lea los textos que publico en la red resultará obvia, e incluso cargante, la obsesión que tengo por su figura. Siempre he pensado que fue injustamente tratado como literato, pensador, y periodista; e indulgentemente juzgado como padre, marido, y contribuyente… No dejaré que se apague su recuerdo, quizá por el temor que tengo a que con ello se apague también el mío mismo. (Algunos amigos y conocidos tratan de no envejecer recurriendo a cirugías capilares, tintes, y otros costosos tratamientos: Yo hago lo mismo manteniendo viva su figura, con sus textos, con sus recuerdos. Hablar de él me rejuvenece. Me vuelve “hijo”).

En esas estaba cuando, navegando por la red, descubrí que había dos ejemplares de sus escritos en venta, en una librería de viejo cercana a la oficina, y me fui a por ellos. Todos los bibliófilos sabemos que, además de las compuestas por las propias letras, los libros cuentan siempre otra historia, la suya misma, gracias a pequeñas pistas que dejamos en el interior, a veces intencionadamente, como facturas, billetes de metro, dinero, garabatos infantiles, rasgones, manchas de vino o café, marcapáginas, notas al margen… Y por supuesto dedicatorias. Y así ha sido. Nada más pagar la compra he cogido uno de los ejemplares, lo he abierto, y  me he encontrado con ésto:

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¡Vaya sorpresa! Una dedicatoria de mi padre.

“Consumado en una vida breve, llenó mucho tiempo”.

Lo reconozco. Yo no sabía quién era Faustino, aunque me sonaba familiar el apellido, pero rápidamente he consultado mi “oráculo” de bolsillo, y me encontré con lo siguiente:

Faustino González-Aller nació en Gijón el 2 de marzo de 1919. Abogado y periodista, fue redactor de Radio Nacional de España desde 1944 hasta 1953. En los años 1950-1953 estrenó varias comedias en Madrid y Barcelona; entre ellas, La noche no se acaba -premio Lope de Vega 1950-, que fue estrenada en el teatro Español en 1951 y retirada del cartel por el Gobierno, que la consideró “inmoral y heterodoxa”.

González-Aller fue también guionista de cine entre 1953 y 1956, y obtuvo con Todos somos necesarios el primer. premio en el I Festival de Cine de San Sebastián (1956). Desde 1956 hasta 1959 fue corresponsal en Cuba y director de edición en el canal 13. Más adelante, entre 1959 y 1972, trabajó en el servicio de información de Naciones Unidas. En 1977 ingresó en la agencia Efe y fue nombrado corresponsal en Nueva York.

La producción literaria de González-Aller incluye algunos títulos de fama, caso de sus novelas Operación Gernika, Niña Huanca, Orosia y Vía Gala.

(EL PAÍS, de su nota necrológica, 11 de marzo de 1983)

Faustino debía ser un hombre muy interesante, y probablemente tuvo un papel importante en la carrera de mi padre -que desconozco-, pero me alegra haber podido recordar su figura gracias al azar, en una librería de segunda mano, porque junto a la inmortalidad de mi padre, siempre irán las inmortalidades de todos los que se cruzaron en su camino, así como él formará parte de las inmortalidades de ellos.

[Al investigar he descubierto a su hijo en Facebook, y he visto que tenía bastantes amigos en común. Un paso más hacia la eternidad].
P.D: Se me olvidaba que ya antes tenía algún amigo con el mismo apellido. Obtuso que soy, seguro que son familia.
Confirmado: estoy “empanao”. Mi amigo Áĺvaro Gonzáĺéź-Aller es el nieto, pero no sé cómo no he caído. Quizá la emoción…
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Tuo Yaw (XIII) -Un ladronzuelo serrano en Londres-

YA!

[Las fotografías irán apareciendo según las encuentre, como siempre]

Pin, el albañil/constructor que se encargaba de casi todas las obras y reformas en Collado Villalba, había añadido al viejo caserón de El Romeral -edificio de paredes blancas, y contraventanas rojas de metal, que en algún caso tenían perforaciones “supuestamente” debidas a disparos de la Guerra Civil, y cuyo nombre estaba escrito en la fachada con grandes azulejos blancos y negros- varias habitaciones y baños, manteniendo la estructura de la vivienda, pero creando dos alas claramente diferenciadas: Por una parte estaba la zona de mi abuela Carola, de techo alto, fría, y con esos muebles y ornamentos venidos desde el siglo XIX -incluyendo un curioso comedor de madera, pintado de azul y decorado con pájaros tropicales y motivos florales, que llegó a estar enterrado en alguna parte de Sevilla, junto a otras pertenencias familiares, para protegerlo de bombardeos y robos durante el conflicto de los años treinta-; por otra, atravesando una puerta “mágica” oculta tras una pesada cortina que parecía conducir a Narnia, una sucesión de medias escaleras, recibidores, saloncitos con chimenea, dormitorios, y baños -más modernos y prácticos-, organizados de modo que mi madre pudiera manejarse bien con los seis niños que estaban a su cargo.

El jardín también se había dividido. Carola había entregado la otra mitad de la finca a su hija Pilar, quien construyó un pretencioso y moderno chalet sobre las ruinas del anterior edificio -que nunca supe quién lo había habitado, ni para qué servía, más allá de ser el lugar en donde los niños organizábamos aquellos circuitos con escenas de “terror” para sacar dinero a los adultos-. Y separando ambas “propiedades” una valla metálica, con una portezuela verde, un “muro de Berlín” que limitaba los movimientos del pastor alemán de mis primos, y nuestras poco deseadas incursiones.

Mi madre, dolida por la situación de abandono en la que nos había dejado mi padre, y picada con el universo en su totalidad, se puso a estudiar filología británica como una poseída, en un pequeño despacho adosado a su habitación, en donde había instalado el viejo sillón de lectura de piel roja, una mesa de trabajo, y parte de la antigua biblioteca. No sabíamos muy bien a qué se dedicaba nuestro padre, pero sí que iba y venía de Londres con mucha frecuencia. Cuando tocaba visita nos silbaba desde la pequeña puerta lateral del jardín, con esa musiquilla familiar que tanto nos desagradaba -pero que aún hoy sigo utilizando-, o hacía sonar el claxon del coche hasta sacar a mi madre -y a los vecinos- de sus casillas. Entonces salíamos como una cuerda de reos para saludarle. Daba pena verle allí, sonriendo, mientras que en nuestro interior aún escuchábamos las últimas barbaridades dichas sobre él en casa -no digo que no se lo mereciera, solo que nosotros no nos merecíamos esa información, según yo lo veo-. Sea como fuere mi padre llegaba siempre con regalos traídos de sus viajes por el mundo, y nos llevaba a comer a algún restaurante de la sierra gastándose con toda seguridad un dinero que no tenía, pero así era él. Después del paseo se despedía con un beso y varias toneladas de consejos que jamás atendimos, y se marchaba a donde quiera que fuera o fuese entonces…

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Las relaciones con nuestros primos por parte de madre eran extrañas. Ni buenas, ni malas. Jugábamos juntos, salíamos de paseo juntos, ibamos al colegio juntos, pero sabíamos que nuestras madres tenían grandes y graves diferencias. Mi tía Pilar, más ambiciosa y conservadora, nunca vio con buenos ojos nuestra amistad. En vano intentó dirigir nuestros pasos hacia el mismo y desagradable destino que el de sus hijos -buenos estudiantes, temerosos de sus padres y de Dios, discretos, timoratos…-. Nunca acabamos de encajar con ellos, o viceversa. Mi tía fue haciéndose con el favor de mi abuela mediante la adulación -con sus hijos siempre relucientes y corteses-, mientras que nosotros, que nos encargábamos de cuidarla y soportar sus manías -cuando no de salvarla literalmente de morir abrasada en su mesa camilla, al prenderse el faldón con el brasero mientras extasiada escuchaba una ópera-, nos convertimos en nietos de “segunda clase”.

Al otro lado del pueblo, en La Pérgola, mis primos por parte de padre, mucho menos ejemplares, habían traído una pareja de buitres leonados de no sé dónde, y con la colaboración de mi tío Mauro les habían construido una gran jaula junto a la cochera, con todas las comodidades -si exceptuamos que no podían volar- . Maurete e Ignacio estaban en su mejor momento, eran dos tipos guaperas con pasta y coche, y recorrían todas las discotecas y salas de baile de la sierra ligando y metiéndose en líos con demasiada frecuencia. Ignacio estudiaba la carrera en Madrid, y jugaba al fútbol, mientras que su hermano Mauro entraba y salía de extraños negocios e inversiones, como una autoescuela, o lo que sería la primera discoteca de Collado Villalba, Crack. El local, un viejo caserón serrano, estaba en el camino de Fontenebro, junto a las antiguas cochiqueras entonces ya en ruinas y abandonadas (ahora hay adosados). En el exterior montaron un jardín, con una fuente de agua a modo de cascada natural, y en el interior barras, pista de baile, sillones… De vez en cuando me pasaba por ahí, con la intención de que me dejasen pasar, pero tenía que conformarme con observar como entraban y salían con su habitual cachondeo. A deshoras, cuando limpiaban, conseguía asomarme. Allí estaban Mauro y sus amigos, pegándose hostias con unos guantes en mitad de la pista de baile… Yo soñaba con ser como ellos. Alguien nos dijo un día que se había incendiado el local, y hasta ahí puedo contar, el resto que lo explique mejor alguno de mis mayores, porque lo sucedido tenía varias “lagunas”.

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Un día aburrido de otoño, cuando pasaba frente a “El Raso”, vi uno de los carteles que indicaban el camino hacia “Crack”. El logo era básico, una especie de explosión con el nombre escrito sobre un fondo rojo fosforescente. Eran los primeros días de los adhesivos de locales de moda, de modo que me lancé a descolgarlo. Trepé hasta alcanzarlo, y cuando estaba en lo alto se detuvo frente a mi un descapotable, con dos tipos fornidos que desde sus asientos amenazaban con darme una paliza. Yo no estaba por la labor, de modo que aguanté asido a las rama,s dispuesto a pasar las próximas horas como un koala. Me dijeron que dejase el cartel como estaba, y así lo hice, pero no bajé del árbol, ni les dije quien era. A la media hora se fueron, pero para engañarme y cogerme en el suelo, pero en lugar de salir por la carretera salté al bosque del palacete de los “rumanos” y corrí hasta mi casa. Tiempo después me vieron en la casa de mi abuelo, y mi primo Maurete me regaló un par de capones por idiota.

Las tardes de ocio y buen clima las pasábamos repartiéndonos entre las peñas, peñitas, y peñascos, que rodeaban entonces al pueblo. Desde la “redondela”, hasta “la peña del cura”, pasando por las “peñitas” que había entre “El Raso” y “Villa Carlota”. Las conocíamos bien desde pequeños, cuando nuestros padres, hartos de nuestros gritos y carreras, nos entregaban a las chachas para que nos sacasen de paseo -yo creo que con la intención de que volviera alguno menos, como en “Hansel y Gretel”-. Ahora, ya crecidos, buscábamos entre esas piedras los lugares más apartados para fumar, reír, o besar. Pero tenían los días contados: Las urbanizaciones, extendiéndose como la imparable marea negra de mis pesadillas, estaban a punto de devorar aquellos pequeños paraísos. Primero fue “Casablanca”, luego “Peñanevada I… II… III…”.

Los días en San Ignacio de Loyola tocaban a su fin. Yo ya había dado muestras de lo que sería mi futuro suspendiendo en lengua y matemáticas; y dejando ver ciertos preocupantes detalles de mi confuso carácter empujando al profesor de lengua (el “Porky”, un apodo común entonces) contra la pequeña estantería del aula cuando me quiso dar un merecido capón. Los últimos días en Torrelodones los pasé bloqueando las cerraduras de las clases con palillos, pintando en las paredes, y rompiendo las asquerosas gafas que para mi desdicha acababan de ponerme. A pesar de todo aprobé, y nos fuimos de viaje de fin de etapa, más que de curso. En un autobús de línea, de color sepia, embarcamos cerca de cuarenta niños y niñas de 13 y 14 años, junto al “Porky”, y la insoportable señorita Conchita, la bruja de las matemáticas -o del Este, según se quiera-. Estuvimos en Córdoba, Granada, y Sevilla. Dos días en cada ciudad. Por las noches bebíamos vino en las habitaciones, y nos mezclábamos con las niñas -o lo intentábamos- buscando algo que no sabíamos bien en qué consostía, pero que decían que era la hostia. Solo hubo una intervención de nuestros tutores, y fue cuando decidimos mear desde los balcones a la calle, en plena judería, pero por lo demás tuvimos un comportamiento bastante civilizado. La vuelta, como todas, fue triste. En seis días me habia enamorado, y desenamorado de tres compañeras de clase: Antonia, Myriam, y Pilar, y algo me decía que nuestros caminos no volverían a cruzarse. Como en “Corazón” nuestras vidas se separaban, y yo me quedaba con una extraña sensación, entre el miedo y la curiosidad por lo que me traería el futuro.

Con tanto cambio de residencia no tenía un grupo de amigos fijo. Tan pronto estaba con los del pueblo (los Atienza, el hijo de “El Negro” -Un taxista local, de cuando sólo había cuatro taxis pegados al teléfono de la Estación de tren-…), y acabábamos cazando jilgueros con red y reclamo en la dehesa -para venderlos después-, o peleándonos con los recién aparecidos domingueros; como sentado con primos y otros vecinos de familias “bien”, cantando alguna canción pseudo-religiosa de amor (“Angelito de ojos tristes, color caoba…”), o jugando al parchís. Si quedaba con los dos o tres “rockeros” que había en el pueblo escuchaba música, bebía cerveza, y fumaba porros (A veces, por pura precariedad, nos los hacíamos con especias, o plátano seco… Cosas de aquellos días); y si venían amigos del colegio jugaba al tenis o al fútbol en el jardín.

Y me enamoré de nuevo. Esta vez de una chica de Madrid a la que conocía desde siempre. Se llamaba (y se llama) Victoria.

Recuerdo su agradable sonrisa, y la cara de bobalicón que se me quedaba cuando me dirigía la palabra. Por supuesto que no tuve el valor de decirle nunca nada, ni tan siquiera a través de su hermana gemela Beatriz. Yo no era atractivo, mi mala fama empezaba a dificultarme la vida, y tampoco era un experto en el arte de seducir. Todos los adolescentes de entonces soñábamos con organizar grandes fiestas -es evidente que nuestras hormonas tenían otras intenciones, pero eso era algo implanteable-. Aprovechábamos casi cualquier espacio; garajes, invernaderos, y hasta pequeñas habitaciones, para encerrarnos con un tocadiscos prestado. Colocábamos bombillas pintadas de morado, y tras tapar todas las puertas y ventanas para evitar ver, ser vistos, o respirar, empezábamos aquellas interminables sesiones de italianadas, salpicadas con temás lentos amércianos de larguísima duración. En aquellas “saunas” también había clases: Estaban los del morreo interminable, los bailongos que hacían pasos acrobáticos, los de bailar lento guardando las distancias, los que actuaban ya como parejas de adultos, y los que poníamos la música… Sí. Yo era de esos.

[Qué recuerdos: Javi, Bea, Vicky, MªÁngeles, Jesús, Enrique, Luis, Olga. Los primos Ignacio, Alicia, Almudena, Susana, y hasta mi hermana Carlota… Pero por encima de todos recuerdo a Eduardo y María, dos hermanos de Javi que nos dejaron demasiado pronto]

Un día de lluvia nos refugiamos todos en la casa de uno de los de aquella pandilla de mojigatos para pasar la tarde. Era un pequeño piso de la urbanización que habían construido en lo que antes había sido parte del jardín de la casa familiar de nuestros antepasados Sanz-Astolfi, y que heredó el nombre original de La Granjilla. Debíamos ser unos quince, pero conseguí sentarme cerca de Victoria. Ella se levantó para ir al baño, y a su regreso tuve la feliz ocurrencia de amagar que le quitaba la silla (ese demonio estupido e incontrolable que llevo dentro), provocando que cayera al suelo entre las risas de los demás, y se acabó. Durante días no hice otra cosa más que escuchar una canción de los Bee Gees, de un disco que ella me acababa de regalar, que decía aquello de “Empecé una broma, y ví que se reían… pero no vi que se reían de mí”. Un looser en toda regla.

El cine era otra de nuestras ocupaciones y preocupaciones. En Villalba había varios antiguos salones de proyecciones de tiempos del NODO -el salón del pueblo, y el que estaba cerca del “Bus stop”-, y un gran cine moderno (¿Albasan? ¿Albasanz? ya no recuerdo), justo detrás de la cafetería El Mirador, en La Estación. Durante el invierno proyectaban peliculas de Bruce Lee, de Paul Naschy, de Jaimito… Pero en verano llegaban los deseados estrenos (con seis meses de retraso con respecto a Madrid, y un año con el resto del mundo).

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Recuerdo con emoción el momento en el que cambiaban los carteles del cine, en la panadería que había frente a la iglesia, al lado de “Serafín” (Restaurante, panadería, distribuidor de agua en camiones cisterna…). De pronto te encontrabas con “El cipote de Archidona”, o “Qué hace una chica como tú…”, cuando no un “Fiebre del sábado noche”. Está claro que tenías que colarte, pero en Villalba nunca fueron muy estrictos con eso de las edades. Un día, antes de terminar en el colegio San Ignacio de Loyola, mi padre vino a buscarme. Había hablado con mi madre y me iba a Madrid con él, al estreno de “La guerra de las galaxias”. Nunca lo olvidaré. Toda esa gente a las puertas del Roxy… ¡y la película! Todavía me estremezco pensando en cómo disfruté, cuántos sueños se despertaron con ello, y cuanta frustración por la puñetera realidad en la que vivía.

Mi madre no podía seguir pagando colegios privados, por lo que dimos con nuestros huesos en el instituto Jaime Ferrán de Villalba.

Aquello no se parecía en nada a nuestros anteriores colegios. Los profesores eran menos impresionables por los apellidos, y no estaban interesados en saber de nuestras vidas privadas. Los primeros meses me mantuve a la expectativa, estudiando este nuevo ambiente y eligiendo compañeros con los que compartir las horas libres. Me apunté al equipo de voleibol por ver si destacaba en algo, y al equipo de “chinchón”, que jugaba en el bar de enfrente del instituto: “La guarra” (nombre que tenía su origen en que, según contaba el mito estudiantil, habían visto a la cocinera coger una tortilla caída del suelo y colocarla de nuevo en el plato sin miramientos… Y el suelo era para verlo, si es que se estaba quieto). Bien, como decía “La guarra” era un quiosco verde y blanco, con una zona de barra en donde se servían esos “jugosos” bocadillos de tortilla, y se vendía alcohol sin problema. El local contaba con una pequeña sala, separada de la zona de barra por una cortina mejicana, en donde se jugaba a las cartas de sol a sol. Allí pasábamos las horas de recreo, y en poco tiempo empezamos a pasar también las de clase. Primero mirando, luego jugando y perdiendo, y finalmente jugando y ganando. Los viernes esperábamos allí a nuestros amigos, para bajar juntos hasta una de las discotecas de la estación, el Bus-stop, a donde debíamos llegar ya borrachos porque nuestro dinero no daba para copas. Los más pudientes se reunían en otras discotecas como Boticceli, y los malotes en El 5º Infierno, pero “El Bus” era la más divertida. Por lo general yo no tenía dinero para entrar, de manera que me ponía a las puertas del instituto y pacientemente empezaba a pedir dinero, con la palma abierta, hasta juntar el capital que necesitaba. En poco tiempo me hice amigo de todos los vagos y maleantes del bar, para desesperación de mis profesores, y de mi pobre madre, que no encontraba la manera de enderezar el rumbo de mi vida.

Faltaba a clase de manera sistemática. En ocasiones tiraba las tablas de esquí y las botas por la ventana de mi cuarto, para recogerlas al salir de casa y, en lugar de ir al instituto, subirme a esquiar todo el día. Mi vida sí que era un descenso a tumba abierta. Sentía pasión por las motos, y tenía bastante habilidad con ellas, de modo que consideré una traición que comprasen una a mis hermanas mayores antes que a mí. Así que cuando podía se la quitaba, hasta que un día, saltando con ella en las peñitas, la partí por el carter clavándola en una roca. Otras veces, cuando sabía que La Pérgola estaba vacía, superaba con agilidad felina la valla y cogía las motos de mis primos ricos, de mayor cilindrada, para lucirme… Y robé una segunda moto. Esta vez una “cobra”, mito del macarra de la época. Con ella anduve por la sierra, moviéndome de pueblo en pueblo por caminos y atajos para eludir a la Guardia Civil (como el pequeño paso subterráneo que cruzaba la autopista). Por la noche la escondía junto a la valla de la dehesa, tras unas zarzas. Un buen día se me rompió el embrague, y cansado de tirar del cable la dejé abandonada en “Lobo cojo”, el basurero de la carretera de Alpedrete.

Y de nuevo aparecía mi padre, sin venir a cuento y a deshoras, para decir que me llevaba a Londres. Y yo encantado, con tal de salir de esa casa que me empezaba a resultar incómoda. Así me ví en Londres, en mayo de 1979, en plenas elecciones generales, en lugar de estar estudiando para mejorar mis patéticas notas.

Dormíamos en Lambs conduit, en un edificio propiedad de la nueva suegra de mi padre. Era un típico bloque inglés, con apartamentos alquilados a los seres más extraños que uno pudiera imaginarse. El baño era comunal, y estaba situado entre tramo y tramo de la enmoquetada escalera. Allí tenías que esperar hasta que saliera el vecino anterior, tuvieras la prisa que tuvieras. En el bajo una cafetería, en donde a diario desayunábamos los populares huevos con baicon que tanto mal hicieron al colesterol de mi padre. Nos habían cedido una habitación en la casa de Taofic Khan, un médico chiflado homeópata que ´creo que se llevaba bien con la señora Concha. Taofic era paquistaní, o paki, como decía mi padre. Tenía la casa llena de botes de formol en los que conservaba mi y una plantas, o lo que sea que fuera aquello, creando un ambiente desasosegante muy acorde con el Londres del destripador -aprovechando que estábamos a pocas manzanas de Scotland Yard-.

Desayunábamos y bajábamos caminando por Holborn y Shoe Lane, hasta el rascacielos en el que estaba la nueva oficina de la Agencia Efe. Mi padre me daba unas libras, y me dejaba paseando por la zona. Si había mercadillo me recorría los puestos, comprando comics y observando con curiosidad pueblerina a los punkis, que me provocaban una más que evidente hilaridad con esos imperdibles, y esas crestas, y esos ridículos pantalones de cuadros… Si tenía tiempo me metía en una maravillosa chocolatería en donde disfrutaba de la mayor oferta de Cadbury jamás vista (fuera de Birmingham, claro está). El dueño del establecimiento, un Willy Wonka de ascendencia griega que chapurreaba español, me atendía encantado, mostrándome las novedades y comentando los distintos sabores y mezclas de sus deliciosas chocolatinas. Probablemente fuera la única persona del mundo a la que le gustaba el chocolate más que a mí.

La tarde de las elecciondes, después de cerrarse las urnas, subí a la oficina con mi padre para seguir el proceso. Me sentaron en una esquina para no molestar. Los teletipos no dejaban de teclear, en un constante diálogo con Madrid. El ambiente era agitado, estresante, como siempre ocurre en las redacciones durante los procesos electorales -sean trascendentes o no-. En la televisión un hombre soso y serio, vestido con un elegante traje gris, comentaba los resultados. Desde mi punto de vista aquel sistema de recuento de votos era un “sindiós”. Por lo que me dijeron, tratando de culturizarme, el sistema de recuento premiaba al partido que mejorase sus resultados con respecto a anteriores campañas, algo así como las bonificaciones para el vencedor de una etapa ciclista. Para mostrar en qué sentido ese balanceo afectaba a las elecciones el locutor tenía un gráfico al que llamaba “swingometer”, una ocurrencia lisérgica que parecía parte de un trabajo de fin de curso de primaria, hecho con cartulinas y flechas. Según iban llegando los resultados el presentador desplazaba la aguja de una lado a otro, mostrando el dato final. En balde intenté enterarme de algo más. Mi padre apostaba por los laboristas, de manera que ganaron los conservadores de Margaret Thatcher, un desastre para la humanidad. Dos días después de la derrota laborista mi padre me llevó hasta el despacho de Tony Ben, un peculiar personaje -y gran político-. Estuve fuera durante la entrevista que le hizo para la Agencia, pero al acabar salieron juntos, y Tony me sonrió, y estrechó mi mano. Manda cojones. ¡A mi, un idiota adolescente serrano!

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