Tuo yaw (XXX)

José Miguel, Piedad, y algunos amigos más, subían por la empinada “calle principal” de Membrillera, tras haber dejado aparcado el coche en “las afueras”, cuando se dieron de bruces con la comitiva que bajaba hacia la iglesia: Doscientas personas que, respetando la tradición local, habían acompañado a la novia desde su casa hasta encontrarse conmigo, simulando que no habíamos pasado la noche bajo el mismo techo. Por suerte yo no había dormido; aquella madrugada los primos de la novia me sacaron de la cama a la fuerza para emborracharme, y con la resaca me sentía más espectador que protagonista, pero los que vieron aquella procesión no la olvidarían jamás.

En la puerta de la iglesia esperaban el cura -el tío Antonio-, mi familia, los monaguillos, y Máximo Pradera, que cámara en mano y ataviado con sus mejores galas -una camiseta de “Lo que yo te diga” (Programa de radio que hacía con Carlos López Tapia)- grababa aquel espectáculo [Por suerte, o por desgracia, Máximo perdió las cintas que grabó -o al menos es lo que me dijo cuando se las pedí-]. Tras nosequé bendiciones y demás historias previas pasamos al interior de la modesta iglesia. Entonces, en 1989, había ceremonias cortas, medias, largas, y como las de Membrillera: Aquello no acababa nunca. Era tal la devoción y la emoción de los asistentes que el cura tuvo que cortar las estrofas de los cánticos con un tenso gesto, porque una de las feligresas, Felisilla, presa de un arrebato de fervor religioso añadía versos y más versos a aquella desagradable melodía que cerraba con lo de “no te importe la raza, ni el color de su piel, ama a todos tus hermanos y haz el bien” (o algo así). Finalmente todo acabó, y tras las firmas y demás zarandajas burocráticas salimos a la barbacana, en donde nos esperaba una multitud de sobreexcitados energúmenos para tirarnos arroz, judías, garbanzos, y yo creo que hasta piedras, ante el estupor de mis amigos madrileños. Doloridos, y cubriéndonos como podíamos, llegamos hasta el coche de Tomás Rodríguez Limón, un amigo de mi padre que se había ofrecido a llevarnos por tener el vehículo más aparente de los allí presentes, y escapamos con rumbo al hostal-mesón “el Castillo” de Jadraque, en donde se celebraría el convite.

El mesón “El Castillo” era toda una institución en la zona: Estaba cerca de una de las más bonitas gasolineras de España por su florida decoración -hoy una de las más horrendas-, y destacaba por su cabrito asado, y -sorprendentemente- por sus calamares a la romana, cuyo perfecto rebozado los hacía insuperables a pesar de los kilómetros que nos separaban del mar.

Descansamos un poco en la habitación y nos preparamos para el ágape, festín, o como quiera que se le llame a esa salvajada gastronómica que suele acompañar cualquier celebración que se precie. Los invitados fueron llegando en oleadas. Abrumado por el gran número de compromisos de la familia de Celia yo había borrado de mi lista a gran parte de mis familiares y amigos, pero a pesar de ello éramos más de doscientos cincuenta comensales. Y entonces se me acercó un primo de mi suegra, y cuchicheando algo initeligible me metió un sobre en el bolsillo… Miré con disimulo el contenido: Tenía tres billetes de diez mil pesetas. No diré que no estaba avisado de las costumbres locales, pero me sorprendió. Poco después vino otro sobre, y otro, y otro… El bochorno se me fue pasando conforme se llenaban mis bolsillos. Mi familia, mucho más sofisticada y tacaña, me había bombardeado con electrodomésticos, cuadros, fondúes -muy de moda entonces-, y demás regalos inútiles que todos conocemos, aunque a este respecto mi padre superó las mejores expectativas obsequiándonos un libro a cada uno. A ella, que nunca fue santo de su devoción, “Celia se pudre”, y a mi, -que tantas veces le había decepcionado- “Nunca llegarás a nada”.

Una vez que estaban todos sentados hicimos la tradicional entrada, y antes de que nos diéramos cuenta estábamos comiendo como alimañas. Yo, poseedor de un estómago infinito, había repetido cuatro veces cabrito asado cuando Celia me llamó la atención. Estaba dando una imagen lamentable, porque no sacarían la tarta hasta que yo no terminase. Una pena, porque aún podía con una quinta pieza. Después vino la tarta, la subasta, y todas esas mamonadas, hasta que llegó el momento de abrir el baile. Tocaron el vals habitual y lo intenté, pero por suerte, y antes de que aquello fuera a peor José Miguel salió a echarme un capote, y me salvó de ser lapidado porque la naturaleza tampoco tuvo a bien darme el don de la danza.

Como en cualquier reunión en la que coinciden grupos humanos tan diferentes, hubo escenas y emparejamientos imposibles, hilarantes, pero nada fue más impactante que ver a mi madre y a mi padre bajo un mismo techo. Era algo que no sucedía desde hacía lustros, y que no volvería a pasar hasta finales de los noventa.

Llegó la noche, y nos trasladamos a “El Burna”, la única discoteca de la comarca, para seguir con la fiesta. Cada vez que me giraba alguien me daba una pastilla o me ofrecía una copa, y como es natural acabé perdiendo completamente el juicio, hasta que Carlos “scarface” tuvo a bien pelearse con su chica, lo que provocó un tumulto en el que todos dimos y recibimos, y que acabó con Carlos caminando por Jadraque, golpeando todos los coches con su puño hasta reventarse la muñeca y los dedos, y yo corriendo detrás para frenarle. Cuando al alba llegamos a la habitación caímos rendidos. Pero no pude evitar sacar los sobres de los bolsillos: ¡Había más de un millón y medio de pesetas! Sabiendo de mis ánimos dilapidadores Celia me apartó del dinero de inmediato, y yo perdí el conocimiento hasta el día siguiente.

Nuestro viaje de bodas fue modesto y rápido. Unos días en Lisboa bastaron para curarnos la resaca, y cuando me di cuenta estaba viviendo como un hombre casado, y tenía a mi suegra a los pies de la cama, con unos tuppers que había traído para ahorrarnos tener que cocinar. “¿Cómo has entrado?” le pregunté. “Pues con la llave, claro”, me dijo, dejándome entrever el infierno que se me avecinaba.

A todo esto José Miguel había abierto una oficina propia, una agencia de información, o editorial, u organizadora de eventos, o como fuera que definieran lo que hacían allí, en la calle Ayala 124 -creo-, en un palacete cercano a varios garitos de nuestra adolescencia -“Models” y “Desert sound”-, que si no me equivoco había sido la sede del modisto Elio Bernhanyer, y antes aún un local de alterne que -por lo que he leído- habitaba el fantasma de un sacerdote -que a saber lo que estaba haciendo allí cuando murió-. La empresa se llamaba “Asociación de Ideas”, y compartía edificio con una conocida agencia de publicidad de la que ya no recuerdo el nombre, pero que llevaba -entre otras-, las cuentas de “Pantys Berkshire” (Hay que ver las tonterías que uno recuerda, y como, a veces, desplazan información que sería de mayor utilidad, en fin). Bien, para trabajar en “Asociación de ideas” José Miguel, junto a su amigo Miguel B, había contratado a unos jóvenes talentosos, entre los que -por supuesto- no estaba yo. Pero, eso sí, contaban conmigo para cualquier evento ocioso, festivo, o simplemente para dar ambiente al hall, dejándome ocupar las típicas butacas “Le Corbusier” de cintas negras que habían comprado. Allí pasaba yo el día, a la espera de que sucediera algo, aunque no sabía yo muy bien el qué, y mientras tanto pues daba ambiente, solucionaba pequeños problemas técnicos, o les regalaba la nevera pequeña que tenía en mi cuarto para que hubiera cerveza fresca.

Dos días a la semana me pasaba por El País para atender al “master”, que me seguía pagando un modesto jornal -sin contrato ni seguridad social, tengo que decir-. El resto de mis compañeros de la antigua emisora, mucho más útiles que yo, se habían trasladado a la Gran Vía (Cadena SER), pero yo no les envidiaba: Tenía un estudio solo para mí, con mesas de mezclas, altavoces, ordenadores, y un bote de líquido verde con una etiqueta de promoción de la película “re-animator”, que habían dejado olvidado los de “Lo que yo te diga” en la vieja emisora de radio que estaba siendo demolida para dejar espacio al suplemento Tentaciones.

Y sin apenas tiempo para instalarnos en nuestra nueva vida Celia estaba embarazada. No diré que lo esperaba, ni tampoco que lo deseaba: Simplemente pasó. Te resultará evidente, si has llegado hasta aquí, que yo no estaba preparado, pero a todos les pareció algo maravilloso, de manera que me dejé llevar por la corriente una vez más.

Pero el salario de la Escuela no daba para mantener mi recién creada familia, y mucho menos alimentar a ese hijo que inesperadamente esperaba (sí, tú majete). Mi padre parecía ser el único en ser consciente de mi inmadurez, y preocupado por mi futuro presionó a Jon Intxáustegui para que me incluyera en sus equipos, con los que ya había trabajado como auxiliar en algunos cortos publicitarios -y otras obras menores-.

La mórula fue creciendo hasta ocupar un espacio considerable en el abdomen de Celia, y llegado el otoño me dijeron que sería niño, y que me iría a La Antártida como parte del equipo del documental que mi padre presentaba por entonces, “Longitud Latitud”, para ilustrar la ratificación del Tratado Antártico, obtener imágenes de las dos relucientes bases españolas, e instalar una antena parabólica que permitiera la comunicación directa con España, además de contar algo sobre la historia de las poco conocidas expediciones antárticas españolas.

Me imaginaba un desembarco como el del Almirante Byrd, con un gran ejército de helicópteros y aviones, pero no: Solo seríamos Jon, mi padre, y yo. Estaba tan emocionado que olvidé mis obligaciones maritales y paternales y sólo hablaba de aquel viaje. Por si fuera poco mi amigo Javier Pérez de Albéniz, que entonces escribía sobre naturaleza en el diario El País y sus suplementos, había conseguido convencer a sus jefes para ir con nosotros. Sería una gran aventura. Recuerdo perfectamente cuando fuimos a la tienda “El Igloo”, paraíso de los plumas de Pedro Gómez, para hacernos con el equipo necesario. Por desgracia el productor impuso el “ahorro de dinero público”, y acabé teniendo que vestir exactamente igual que mi padre. Un espanto.

Por suerte para mí el viaje sería justo después del nacimiento de mi hijo, de modo que pude darle la bienvenida el día 23 de enero de 1990, justo durante la emisión de LA SOGA de Hitchcock y después de hacer que su madre rompiera aguas cuando yo estaba felizmente sentado, tomando los tiempos de las contracciones y viendo al Joventut de Badalona jugar la copa Korac. Con urgencia cogimos el “kit” de parturienta, y salimos con el coche, recogiendo en la esquina de su cercana casa a mi suegra, quien con las prisas se olvidó de ponerse la dentadura postiza lo que le tuvo felizmente en silencio durante toda la noche. Teníamos previsto que diera a luz en otro hospital, pero las circunstancias nos obligaron a entrar de urgencia en el Gregorio Marañon / General Universitario / o Francisco Franco (según épocas), en donde finalmente dio a luz. Se me hacía extraño ser el responsable de esa criatura, pero lo asumí como una consecuencia inevitable de la vida adulta, una fase natural más por la que debía pasar: Naces, creces, te reproduces, y mueres.

Fue olerle, dejar que me oliera, y marcharme durante varios meses a la otra punta del mundo, no sin antes engañar a su madre para que le registraran como Felipe Mellizo, en lugar de Alejandro como ella deseaba, en honor a su fallecido padre (cosas de una legislación machista, que solicita el nombre de la criatura cuando la madre no puede levantarse de la cama).

Albéniz no tuvo tanta suerte como yo con el viaje a la Antártida: Juantxu Rodríguez , el fotógrafo, había muerto cubriendo la invasión de Panamá, y aquello, además de las naturales y tristes consecuencias, abrió un debate sobre la legalidad de algunos contratos temporales en el diario, lo que finalmente llevó a que Javier, que no era fijo del diario, fuera reemplazado por otra redactora. Una pena (No mayor que lo sucedido en Panamá, claro está. Juantxu, que hacía equipo con Maruja Torres, murió acribillado por los marines americanos. Un suceso que nunca fue aclarado del todo.).

De modo que, tras varios miles de kilómetros de avión -cuando aún se podía fumar en ellos-, aterrizamos en Buenos Aires.

Allí nos hospedamos en el Hotel Obelisco, detrás de Corrientes, y como no, junto al obelisco de la Avenida 9 de julio. Jon mantenía una buena relación con un gran director de cine argentino, ahora senador, Fernando Pino Solanas, y durante unos días fue nuestro anfitrión -así como su hijo, de quien guardo un grato recuerdo-. Además de trabajar -lo justo- recorrimos innumerables boliches, decenas de asadores, y algunos antros de reconocida mala fama antes de salir rumbo a Ushuaia.

Haciendo alarde de su poco juicio para asuntos económicos, mi padre convirtió todo-todo el dinero que llevaba en “australes”, la moneda de curso legal entonces. Esto tendría desastrosas consecuencias: El valor de la moneda cambiaba cada hora -por eso los precios estaban escritos sobre pizarras-, y durante el tiempo que estuvimos en La Antártida se depreció a un tercio de su valor… Mira que le avisaron, pero cuando él decía que sabía más que nadie de algo, había que dejarle, por no oírle. Cuando regresamos había perdido cerca de cien mil pesetas de entonces.

Finalmente volamos hasta la ciudad del fin del mundo en un desvencijado avión, que por poco se sale de la pequeña pista de aterrizaje que “flotaba” sobre el Beagle. A la espera del barco que nos trasladaría a la base española nos dedicamos a recorrer aquella curiosa ciudad, cuya arquitectura, costumbres, y ciudadanos, nos hacían sentir en plenos alpes austríacos: El alcalde tenía un apellido alemán, así como varias calles por las que paseamos. Había mucha gente rubia y alta, y restaurantes que se llamaban “Tante María”, por ejemplo (“Tía” en alemán, para quien no lo sepa), que servía unos mejillones o “cholgas”, como balones de rugby. Por más que se negase, era evidente el pasado post-nazi de aquella pequeña colonia. También fuimos a grabar el pequeño tren del fin del mundo, y algunos glaciares que rodeaban la ciudad, así como el propio museo, que recogía una extraordinaria colección de aves antárticas.

Ushuaia no estaba exenta de lugares de ocio nocturno, y mi padre y Jon olían el cachondeo como los tiburones la sangre -quizá algún día se descubra en algunos humanos un “organo de Lorenzini” que lee los campos magnéticos de los locales de alterne, porque entonces, sin google, su orientación era casi mágica-. En uno de ellos, completamente borrachos, montaron una tangana por decirle algo cariñoso a una mujer equivocada, y acabamos apoyados en un coche de policía local, intentando explicarnos.

EL Heweliusz era un gran barco, un ferry utilizado como carguero por Polonia para trasladar equipo y científicos a su base Arctowski, cerca de las bases españolas Juan Carlos I y Gabriel de Castilla. Nos instalamos en un camarote con dos literas. Yo dormiría abajo y mi padre arriba. Soltamos los equipajes, cogimos la cámara, y salimos a grabar nuestra partida, dejando atrás Ushuaia, con sus casas tirolesas, y aquellas preciosas montañas nevadas. Avanzamos por el Beagle, sorteando islotes repletos de leones marinos, y pasamos frente a Puerto Navarino y Puerto Williams, poblaciones chilenas que compiten con Ushuaia por ser la ciudad más austral del mundo. Finalmente llegamos a la desembocadura, y tras pasar por delante de los restos encallados de algún naufragio antiguo viramos al sur, rumbo a la Isla de los Estados (y el peligroso estrecho de Le Maire), Cabo de Hornos, y finalmente La Antártida. De pronto el barco empezó a cabecear. Primero suavemente, siguiendo largas ondas. No dejábamos de maravillarnos con las vistas, mientras que bandadas de “skuas” malencaradas empezaban sus vuelos rasantes sobre nosotros, intentando conseguir algo de comer. El frío empezaba a calarnos los huesos, de modo que entramos a comer. Poco a poco las suaves ondas fueron convirtiéndose en molestas ondas…

Compartíamos mesa con los marineros polacos y ex-soviéticos que formaban parte de la tripulación, lo que hizo más amena la sobremesa. Mi padre hizo gala de sus artes como showman, como “lobo de mar”, como enciclopedia humana, y como políglota, narrando la vida y obras del astrónomo polaco que daba nombre al barco (debo señalar que el buque se hundió pocos años después, llevándose al fondo del báltico a 55 almas). Yo, aburrido, me retiré al camarote, tumbándome para vencer el creciente mareo (la redactora de El País había tenido que ser sedada, y así pasó todo el viaje, pero el fotógrafo que le acompañaba, merced a nosequé semilla que se había puesto en el cuello, aguantó como un campeón). Mi padre llegó un poco más tarde que yo. Estaba pálido, pero se subió a su cama con energía esquivando mi equipaje, que estaba abierto junto a mi catre. Los vaivenes del barco crecían en frecuencia y violencia, y el agua empezó a cubrir el ojo de buey. Entonces pasó. A modo de cortina, una cascada de vómito cayó desde la cama de mi padre, hasta mi equipaje. Un Niágara estomacal que pringó toda mi ropa limpia, mis botas, mi chaqueta. Espantoso. Me quedé mudo. Con cuidado conseguí salir de mi cama y preguntarle si había acabado ya. Mi padre me pidió agua, bebió, y se giró para quedarse dormido de inmediato. ¡Lobo de mar! Y una mierda. Después de limpiar lo que pude, como pude, me fui a la cantina, y me senté con Jon y los marineros polacos. El barco no tenía alcohol para la marinería, y eran años de crisis económica en los países del este, de modo que sacaron de las cajas que transportaban un botellón de alcohol de laboratorio, y sirvieron un poco en varias tazas metálicas. Después pusieron dos cucharadas de mermelada en cada una y lo prendieron fuego. Al minuto, cuando habían agotado parte del alcohol, lo removieron, y se lo bebieron de un trago. Yo no podía ser menos, claro está, y les seguí el juego. Media hora después avanzaba por el pasillo, rumbo a mi camerino. Estábamos en pleno cabo de hornos, y aquel pasillo subía y bajaba como una atracción de feria. No pude evitarlo, y solté todo lo que llevaba dentro, dejando las paredes, el suelo, y mi ropa, perdidos. Jon se me acercó, y muerto de risa me llevó hasta la cubierta de popa, allí, con el aire, me despejé. Las skuas habían desaparecido, el océano estaba negro y agitado, y a estribor tenía la mismísima isla de Hornos. Así, oliendo a vómitos propios y ajenos, doblé el cabo de Hornos por vez primera…

 

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Podría haberme hecho del Real Madrid, pero no.

Mi padre era del Atlético y mi abuelo del “Atlético Aviación”, pero todos mis tíos y primos salieron madridistas. Podría haberme hecho del Madrid, pero no.

Mi abuela Carola, que no sabía nada de fútbol, también lo era, y la mayoría de mis amigos, y el panadero, y el lechero… Algunos me preguntaban ¿Por qué no te haces del Madrid?, y como argumento de peso soltaban aquello de “gana más copas” o “vuestro equipo es un equipo perdedor”. Y yo presumía de camiseta derrota tras derrota. Sí, podía haberme hecho del Madrid, pero no.

Muchos reniegan de los estereotipos asociados a uno y otro equipo, y desmienten su existencia: “No todos los madridistas son conservadores, ni los del Atleti progresistas” (casualmente en mi familia sí que se cumple ese modelo), pero cuando vemos a alguien del Atleti sabemos que es del Atleti antes de que lo diga. En el Madrid no cabe aquello de “Es el típico madridista”, porque “madridista” es cualquiera que siga el razonamiento básico de seguir al equipo que más trofeos gana, el que contrata a los mejores jugadores de medio mundo, porque los puede pagar. Visto así podría haberme hecho del Madrid, pero no.

¿Por qué hay tantos personajes del Atleti en las series de televisión, y tan pocos madridistas? Me preguntaron una vez en una conferencia. La respuesta es evidente: Señalar que alguien es del Atleti dice más de esa persona, cuenta que tiene aristas, que sufre -una de las claves de nuestro trabajo de guionistas-, que se repone con humor de los reveses -otra de las llaves del éxito-. Decir que es madridista es cagarla, es crear un personaje anodino, que ni siente ni padece. Yo prefiero ser Íñigo Montoya, que Wesley. Por supuesto que solo es un juego, pero cuando miro a mis amigos madridistas me digo, ¡Bien!

Podría haberme hecho del Real Madrid, pero no ¡Soy del Atleti!

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Tuo Yaw (XXIX)

Sin una profesión clara, sin grandes amigos, sin familia, y sin objetivos ni ambiciones, me quedé ingrávido, flotando en mitad de ninguna parte. Entre mis conocidos tampoco había una gran confianza en que lograse salir adelante, de modo que me sujeté a los únicos que parecían interesados por mi: Celia, su familia, y su pueblo; y sorprendentemente aquello no estaba nada mal.

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En Membrillera me sentía vivo. Bajaba a los huertos, subía al pinar, me bañaba en el río -poco por el puñetero frío-, cogía setas, caracoles… Si quería patatas me daban un saco, ¿tomates? los que pudiera cargar; cebollas, pimientos, melones (tantos que llevé algunos cargamentos a El País, para repartirlos en el parking con la ayuda del gran Pedro, conserje del diario),  sin olvidar la caza -mayor y menor-, ni la pesca… Y por si fuera poco se bebía sin medida, se comía a todas horas, y, jugándonos la vida en aquellas sinuosas carreteras, recorríamos los pueblos cercanos para ir a sus discotecas, jugar al fútbol, o provocar peleas; materia -esta última- en la que los de Membrillera no tenían rival. Allí aprendí lo que era una mula mecánica, que se podía pescar con la mano cogiendo al pez por las agallas, qué se fabricaba en una gravera, la utilidad de un “celemín”, o algo tan importante en el pasado -e intrascendente en mi futuro-como distinguir entre “fanegas” de superficie y de volumen. Gracias a Gabino Alonso, protector de las tradiciones locales -y dueño de una freiduría de gallinejas en la glorieta de Embajadores de Madrid-, descubrí que se podía jugar al “chito”, “la calva”, la “charla”, o el “tejo”, y escuchando a los mayores aprendí cientos de expresiones como “torniscón”, “viéntare”, “ren”, “censo”, que jamás había escuchado antes.

El epítome de ese mundo agrícola y montaraz eran las fiestas patronales -A finales de agosto, por San Agustín, un beato que siempre tuvo mis simpatías por haber logrado lavar su imagen de un modo descaradamente genial-.

Como sucede en toda España, cuanto más pequeño es el pueblo mayor es la entrega en los festejos… Y Membrillera era muy pequeño.

Resulta curioso cómo los nombres de las distintas “peñas” o “collas” se repiten por todo el país: Los “Salvajes”, “Los de siempre”, “Los bravos”, “Los impresentables”… Yo nunca había pertenecido a una de esas agrupaciones festeras hasta entonces, cuando me apunté a la peña de “Los fantasmas”. Básicamente, y a falta de bares y otros locales de ocio, se trataba de tener un lugar en donde poder beber y bailar rodeado de los que son de tus mismos -o parecidos- gustos y cultura. Nuestro grupo estaba compuesto por una extraña aleación de topógrafos, conserjes, médicos, policías, agricultores, funcionarios, hosteleros, maestros, parados, y biólogos, nacidos entre 1955 y 1975, la mayoría de ellos primos en distinto nivel, y casi todos padres ya. En ese grupo los había viciosos y, como siempre, me uní a ellos. Era gente de barrio obrero de Madrid, que había conocido la dureza de las drogas, y que en algunos casos seguía enganchado a ellas, provocando que sus primos policías “fuera de servicio” les llamasen la atención -hubo uno, que opositaba entonces para comisario, que tras varios intentos de frenar las actividades del piso de arriba de aquel granero que ocupábamos, decidió dejar la “peña” y no complicarse la vida-. Y por supuesto estaban los toros, y esos encierros interminables y crueles que despiertan nuestros más primitivos instintos -que son los de matar, o morir-, y que culminaban con una corrida de “maletillas” con más miedo que nosotros mismos, en la vieja plaza formada por carros del campo y tablones, que pocos años después fue reemplazada por una plaza fija construida a las afueras del pueblo. Y allí, en esa plaza, desde el balcón del Ayuntamiento y micrófono en mano, fue cuando mi padre, que había ido encantado a dar el pregón de las fiestas -el mayor evento de la comarca desde lo de las hijas del Cid en el Robledal de Corpes-, dijo aquello de: “…Y quiero deciros una cosa más: Estoy orgulloso de que mis nietos vayan a ser de Membrillera”, provocando mi bochorno, y un estallido de aplausos y vítores descomunal.

Además de acompañarle en las grabaciones de sus documentales como “chico para todo”, mi padre me usaba como documentalista, fotógrafo, e incluso redactor de muchos de sus proyectos y trabajos -tal y como yo hago con mi hijo hoy-, con la doble intención de ahorrarse esfuerzos, y de llenar mi cabeza de datos por si algún día me eran de utilidad -idem-. De modo que tan pronto me mandaba a la hemeroteca, para que le buscase todo lo que hubiera sobre un personaje, como me llevaba de secretario en sus viajes por España, persiguiendo científicos, historiadores, o huellas de dinosaurios, a veces acompañados por mis hermanos pequeños, por lo que también debía ejercer de niñero.

Padre y Álvaro en ruta dinosaurios arnedo

Foto que hice de mi hermano Álvaro y mi padre, en la ruta de las icnitas, camino de Arnedo, y al fondo un vigilante dinosaurio. “Gallinas de los tiempos de los moros” decían en Yanguas, cuando les preguntaban sobre quién dejó las enormes huellas grabadas en la piedra de sus montes.

Al mismo tiempo seguía trabajando en el Máster de El País, aprendiendo de Carlos López Tapia y de Inmaculada de la Cruz, y cuando podía asistía -con disimulo- a las clases de los demás ilustres profesores como Miguel Ángel Bastenier, el siempre agradable Enrique Palacios, o Ángel Santa Cruz, y otros muchos que pasaban por las aulas. Poco a poco había ido mejorando mi interpretación de “tonto que parece un listo haciéndose pasar por tonto”, hasta el punto de que me hicieron formar parte del tribunal de acceso al Máster, permitiéndome opinar, e incluso votar, junto a eminencias del periodismo como Jesús de la Serna. Por el camino había tenido mis más y mis menos con los alumnos, con quienes salía de vez en cuando, y entre juerga y juerga tuve esporádicos encuentros sexuales con alumnas. También hice grandes amigos, de los que luego me separé, pero siempre recordaré a Elena “torbellino” Sánchez, que tristemente nos dejó demasiado pronto, demasiado joven. Muchos han tenido éxito en sus carreras, como lo tuvo ella, y de vez en cuando me los encuentro en redacciones, cadenas, o despachos de medio mundo. Mi tiempo allí tocaba a su fin.

Como también terminó la convivencia con mi padre, quien había iniciado una relación formal con Alicia, y pensaba en marcharse a vivir a la sierra con ella. La madre de Celia, temiéndose que nos fuéramos tras ellos, nos ofreció entonces un piso que tenía en Aluche, pero decidimos venderlo, y usar el dinero para pagar una entrada de lo que debía ser nuestro futuro hogar. Mientras tanto podíamos vivir en otra casa que tenían en Moratalaz. Con casa, y los bolsillos llenos, se me olvidó que seguía sin valer para nada más que para gastar dinero -materia en la que nunca tuve rival-. El pobre 600 quedó abandonado en la esquina de General Dávila con General Rodrigo (Hoy -que no queremos saber nada de ejércitos, y menos aún de guerras civiles-, son las culturales calles de Max Aub y Maestro Ángel Llorca), y lo cambiamos por un moderno “Volvo” deportivo, mi primer coche con aire acondicionado, elevalunas eléctricos, y dirección asistida… ¡Y corría sin echar humo!

En el verano, y como casi todos los años, recorríamos las universidades estivales aprovechando que mi padre participaba en conferencias y cursos. Desde Santander a Gandía. En 1989 fue incitado -que no invitado- por el filósofo López Aranguren para participar en un curso de la “Menéndez Pelayo” sobre comunicación, y estando yo enfermo de otitis no tuvo más remedio que llevarme con él, acompañando a mis dos hermanos pequeños, Álvaro y Laura. El hotel era el típico de la costa, sobrevalorado, con su salón hortera y congelado por el aire acondicionado, y la piscina llena de plantas falsas y guiris. Para ahorrar dinero comíamos en los “buffet libre” de la playa, y después, cuando mi padre se marchaba a la Universidad, me encargaba yo de los pequeños.

Pensando que mi padre, ocupado en sus discursos, no se enteraría de nada, y aprovechando que Carlos “scarface” estaba también de vacaciones allí, invité a algunos amigos de Madrid. Pero como no podían ser vistos les colaba en el hotel cada noche, metiéndoles en la habitación sin que supuestamente nadie lo notara. Recuerdo que nos escapábamos de madrugada, y desnudos y borrachos nos metíamos en las piscinas de los hoteles y apartamentos cercanos imitando coreografías de natación sincronizada hasta que salían los de seguridad, y entre risas cambiábamos de escenario. La policía estuvo a punto de cogernos un par de veces, pero siempre nos las apañábamos para evitarles.

Cuando mi padre fue a pagar se encontró con una factura inesperada: Sabiendo que habían dormido más personas de las registradas en el hotel le cobraron como si hubiéramos ocupado una habitación de más durante toda la semana… Y eso no lo cubría la Universidad.

Un buen día Celia me dijo que nos casábamos, y yo ni rechisté. Ya habíamos pasado varias duras y vociferantes crisis, especialmente relacionadas con mi prodigalidad, y pensé que… ¡Qué leches! Ni lo pensé ni nada: Dije que sí y punto. No tenía nada que perder, y sí mucho que ganar ¿Por qué decir que no?

Las negociaciones con mis padres fueron breves: La familia de la novia se encargaba de todo, pagaba todo, y decidía todo. Y punto final. Siendo ateo confeso intenté que fuera una boda civil, y Máximo Pradera se me ofreció para oficiar una boda alternativa difrazado de cura, pero mi propuesta no tuvo éxito. Estaba condenado a una boda hortera de ciudad cuando alguien sugirió que podríamos casarnos en el pueblo, en donde hacía mucho tiempo que no se celebraban matrimonios, y me pareció estupendo, especial. De modo que iniciamos los absurdos papeleos para pedir permiso al arzobispado, ayudados por el tío de Celia, Antonio, alto cargo del clero de Sigüenza que oficiaría el evento.

Y entonces me vinieron con lo del cursillo.  No me lo podía creer: Tenía que asistir a unas clases en una iglesia cercana, en donde, junto a otras parejas, un cura célibe -en el mejor de los casos-, miembro de una organización retrógada y machista, me iba a asesorar sobre lo que era el matrimonio. ¡A mí! ¡A Satanás! Hijo de divorciados ateos, consumidor compulsivo de estupefacientes, vago, pendenciero… Por supuesto  que dije que no. Pero de nada sirvió, y allá que fui, con mi bolígrafo. Fueron un par de semanas, en una pequeña iglesia de la calle Marroquina, creo, conteniendo las ganas de darle un cabezazo al sacerdote cada vez que me preguntaba por mi falta de colaboración. Era un espectáculo grotesco, la verdad. Algunas parejas se daban la mano, y se miraban embelesadas cuando el cura hablaba de sexo, y de la visión de la Iglesia sobre la familia y la reproducción. Llegado un punto me decidí a participar, y al menos pasar un buen rato, y lo logré, especialmente cuando el curilla sacó unas hojas, con la silueta de un hombre y una mujer -asexuados, por supuesto-, sobre las que teníamos que anotar lo que opinábamos sobre su forma de pensar, sus costumbres, su cuerpo…  -Nunca entendí por qué Celia aceptaba pasar por todo aquello, cuando tampoco era una persona creyente ni practicante. Supongo yo que lo hacía por su madre, pero ¡vaya gracia!-. Miré el test y me dio la risa. Celia se giró y conteniéndose me dijo que ni se me ocurriera hacer lo que estaba pensando. Entregamos el dibujo, dimos por terminado el curso, y un gran pene pasó a sumarse a los cientos que debía recibir el sacerdote con cada nueva promoción.

Y llegó la despedida de soltero. Habiendo sido un crápula toda mi corta vida, se podría suponer que, al igual que hacía la mayoría, cenaríamos, beberíamos, y tendríamos alguna exhibición sexual que probablemente acabaría en un prostíbulo. Pero no. Lo que hicimos fue quedar en un restaurante de la calle María de Guzmán, propuesto por Javier Pérez de Albéniz. Allí reuní a dos o tres amigos de la emisora (José Miguel Contreras, el mismo Albéniz, Pontón, y Carlos López Tapia…); a otros dos o tres amigos del barrio de la Estrella (Carlos, Enrique, Moncho…); y como estrella invitada… A mi PADRE. Sí. Mi padre vino a mi despedida.

Evidentemente me robó todo el protagonismo, y aliándose con mis amigos protagonizó tres horas de comedia alrededor de mi persona. Fue un “desmontando a mi hijo” espectacular. Conforme bebían me daban más cera, y en el cénit de la velada dijo: “Yo, que tengo poderes, puedo ver tu futuro, y te digo una cosa: Engañarás a tu mujer antes de un año, y… se llamará Nuria”.  Seguimos bebiendo, y acabamos borrachos, recorriendo locales de la cercana -y deprimida entonces- calle Orense hasta el alba.

 

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Tuo Yaw (XXVIII)

Resulta paradójico, pero uno de los placeres de vivir con alguien es cuando se marcha de viaje un par de días. Da igual con quién se comparta el espacio, ya sean padres, parejas, o amigos. Llegado el gran momento uno se levanta de la cama con parsimonia, y disfruta del café como si estuviera protagonizando un anuncio, exagerando los gestos placenteros. Si pone música, busca que sea la más sofisticada, aquella de la que reniega en público; y si es persona de gases se tira un sostenido pedo, guiñando los ojos y respirando hondo al acabar, como si se hubiera completado una etapa importante de la vida.

Así me levanté yo un sábado del mes de marzo, en nuestra casa de Julián Romea. Mi padre estaba de viaje y yo tenía guardia en la emisora. Trabajar festivos y fines de semana era aburrido, porque toda la programación estaba grabada, y el técnico al que le tocaba sólo debía cambiar las cintas, y llenar el carrusel de “cartuchos” y “tortas” del “Harris”; un sistema informático del tamaño de un mueble de salón setentero, que se encargaba de pinchar cada una de las fuentes a su tiempo. Un minuto antes de la hora en punto llegaba un redactor, con la oreja roja después de haberse pasado 55 minutos hablando con su pareja en la redacción, y recitaba el boletín, que prácticamente era el mismo que el de la hora anterior. Todo era relajo, y nos daba tiempo a descansar, ver un par de películas, y fumar un par de canutos en la escalera de incendios -salvo cuando a alguien famoso se le ocurría fallecer en sábado, como nos sucedió con Carmen Polo de Franco, por ejemplo, y los jefes “tocaban a rebato”, haciendo que aparecieran por la emisora todos los empleados localizables-. Pero por lo general, al final de un día tedioso, conectábamos el modo nocturno del “Harris”, y le abandonábamos a su suerte hasta el día siguiente. Por si fuera poco aquello era un chollo, porque el plus que te pagaban rondaba las 15 mil pesetas, y eso era mucho dinero entonces.

Me había quedado en “babia”, mirando la pantalla apagada de la televisión, hasta que se me hizo tarde. A la carrera me vestí. Por suerte mi padre me había dejado las llaves del coche, con la condición de que lo usase solo para ir y volver del trabajo, de modo que bajé al garaje, salí por Guzmán el Bueno a la izquierda, y aceleré suavemente para evitar que se me cerrase el semáforo. Al cruzar la calle General Ibáñez de Ibero (justo en donde poco después se produjo un tremendo atentado) levanté un poco el pie: Un viejo R-12 avanzaba, sospechosamente lento, por la derecha. Apenas tuve tiempo para sujetarme al volante. El tipo del R-12 había girado bruscamente hacia la izquierda, ajeno a mi presencia, acelerando todo lo que podía para hacer un cambio de sentido atravesando tres carriles. El golpe fue confuso y violento, como todos, y el Talbot acabó montado sobre el R-12, después de haber golpeado a dos coches aparcados a mi izquierda. Pensé lento, pero pensé que estaba entero. Había cristales por todas partes, y algo de humo. Vi perfectamente como sacaban al conductor del otro coche. Era un anciano. Pero no me preocupé por él en absoluto. En mi cabeza solo estaba el clásico “ya verás cuando se entere mi padre. Me voy a cagar”. Me apoyé en el volante y encendí la radio. Funcionaba. Alguien empezó a tirar de mi puerta para abrirla. “¿Está bien, está bien? Era el anciano, acompañado por un Guardia Civil del cuartel de al lado, que había llegado a la carrera. Levanté la cara del volante y dije “que se vaya de aquí, que se aleje, no quiero verle”. El Guardia Civil debió ver sangre en mi mirada, porque le hubiera matado allí mismo. Me había costado un horror ganarme la confianza de mi padre, y sabía que esto lo echaría todo por tierra. “Hombre, no se ponga usted así” ¡”Que no me ponga así”! Finalmente salí del coche. Estaba llorando de rabia, y el hombre se diculpó. Tenía 76 años, la edad que sumábamos mi padre y yo, lo recuerdo como si fuera ayer. Me dijo que no me preocupase, que él reconocía su culpa. Tras las mil y una gestiones habituales, entre las que estaba llamar a mi jefe para contarle lo sucedido, y me volví a casa a llorar mis penas.

EL domingo por la noche regresó mi padre, y fue como esperaba: Me acusó de borrachín, y dijo no creer una palabra de lo que le decía, añadiendo que yo correría con todos los gastos porque su coche estaba a terceros. Le dije que lo pagaría el seguro del otro, porque había reconocido su culpa “¿Has presentado los papeles en el seguro? Me preguntó. Yo no había hecho nada, y me dijo que fuera cuanto antes. Cuando me senté con el fulano que me correspondía de la Mutua, me dijo que era genial que lo tuviéramos tan claro ambas partes, y buscó información. De pronto cambió el gesto y me dijo “pues sepa usted que la parte contraria ha presentado su parte antes que usted, y dice que la culpa fue suya, que le embistió intentando adelantarle sin espacio…”. De modo que yo tenía que demostrar que no era así. Mi bisoñez me había jugado una mala pasada. Busqué testigos, presenté mil escritos, pero nada. El seguro estaba feliz, porque se ahorraba un dinero con la maniobra, de modo que tuve que cargar con los gastos de la reparación. Una ruina en todos los sentidos, porque mi padre jamás creyó mi versión.

Poco después, y para evitar que le quitará el coche de nuevo, me compró un seiscientos de cuarta mano -aunque yo creo que se lo regalaron-. Verde “Oxford” para más señas. Era una mierda maravillosa, que no podía superar los cincuenta por hora porque al hacerlo se perdía el control sobre la dirección, y pegaba bandazos de dos metros. Aún así Celia y yo salíamos con él por el Pardo, buscando lugares apartados en donde ver anochecer -hubiera preferido un Simca 1000, lo juro-.

Mi padre seguía sin dinero, pero con amigos -¿será genético?- y, como no, se reunían en casa con frecuencia. De todos es sabido que un piso de solterón/ona es como un imán para los casados, especialmente cuando el anfitrión es un “showman” con buen whisky. De modo que fuimos los dueños del “man cave” perfecto. Pero era caro de mantener de manera que, para financiar la bodega, decidimos comprar una gran hucha de barro cocido, la mayor que encontramos, y colocarla en el hall con una leyenda que decía que solo admitíamos donativos en monedas de 100, 200 y 500 pesetas; y ya fueran políticos, iletrados, o literatos, todos los que entraban se aflojaban el bolsillo en nuestro beneficio. Después de un año decidimos romperla. Mi padre dio unos martillos a mis hermanos pequeños, y con dos golpes certeros dejaron al descubierto más de 130.000 mil pesetas. Fue maravilloso, salvo porque me hicieron compartir el dinero con mis hermanos, cuando era yo quien había pagado casi todas las botellas que entraron en aquella casa.

Con el tiempo fui descubriendo que mi progenitor mantenía una relación estable con una mujer, Alicia. Primero fueron algunas fotos que fue colocando en las estanterías, luego encuentros en restaurantes, y al cabo de unos meses empezó a aparecer por  casa. Era aproximadamente de mi edad, periodista también, y sumamente amable y agradable. Alicia ayudaba a mi padre en todo lo que podía, especialmente con los pequeños Álvaro y Laura, y trataba de mediar en nuestras discusiones. Poco a poco fue ordenando la caótica vida de mi padre, quedándose a dormir día sí, y día también. El pacto de convivencia que teníamos, ese acuerdo no escrito por el que una mujer no podía pasar en la casa más tiempo que el estrictamente necesario, estaba herido de muerte.

Las obras de la Escuela de Periodismo de El País habían terminado, y a las aulas y redacciones les habían añadido un estupendo y reluciente estudio de radio, con dos cabinas para practicas de reporterismo. De modo que tuve que decir adiós a la vieja y abandonada emisora, que sería derribada poco después para dar cobijo al equipo fundacional del suplemento “Tentaciones”.

Por otra parte mi viejo había entrado en contacto con un director de documentales peculiar, Jon Incháustegui. Jon era el prototipo del aventurero vasco: Recío, inconformista, peleón, y extraordinariamente generoso. Un tipo duro, que había perdido parte de la mano al pasar sobre ella una gran sierra de carpintería de un decorado. Consiguieron coserle los dedos, pero perdieron la sensibilidad para siempre.

En su juventud Jon había estado vinculado a movimientos independentistas, ayudando a cruzar la frontera a los perseguidos por la policía de Franco, hasta que los más radicales y violentos se hicieron con el poder. Jon, que pasaba la vida entre Bilbao y París, estaba muy bien relacionado entonces, y mantenía un contacto permanente con José María Gorordo, que acababa de abandonar la dirección general de la televisión vasca al ser elegido Alcalde de Bilbao. Quizá para estar cerca de él Jon había situado su productora a dos pasos del Ayuntamiento, cruzando la ría, en la calle Acebal Idígoras.

Jon producía documentales de todo tipo, desde marinos, a históricos, pasando por reportajes políticos, o de pura aventura, lo que le llevó a filmar por vez primera el “entierro celestial” del Himalaya -esa ceremonia funeraria tan impresionante que consiste en trocear a los muertos y dárselos de comer a los buitres-. Tenía un pequeño equipo, y algunas cámaras de cine que en poco tiempo dieron paso a las más cómodas “betacam” de finales de los ochenta. No sé cómo entraron en contacto mi padre y él, pero se hicieron buenos amigos. Jon disfrutaba con las salidas de tono de mi padre, azote de estultos, y mi padre con la capacidad de generar trabajo -y dinero por adelantado- de Jon. En nada estaba produciendo documentales, con el apoyo del V Centenario y gracias a mi padre, y fue llevándome con él como auxiliar, con la intención de ayudarme a encontrar un trabajo mejor que el que tenía, y supongo yo que reforzar su relación con mi viejo. Enseguida simpaticé con él y con su equipo. Tanto mi padre, como yo, éramos excesivos, vehementes, y juerguistas. De modo que, cuando no estaba en el máster, estaba viajando por el mundo con Jon, y si no tenía viaje me marchaba a Membrillera con Celia, o sin ella.

Y es que a Celia no le acababa de convencer eso de ir de madrugada a fotografiar buitres en Baides, llevándoles “Budejos” de cordero como reclamo. Pero a su hermano sí, lo que era un alivio, y gracias a él aprendí algunos conceptos básicos sobre fotografía, que me servirían para, con un poco de literatura, hacerme pasar por menos inútil de lo que era en mi trabajo como ayudante de cámara (Baides es un pequeño, bonito, y perdido pueblo de Guadalajara, que justo entonces tuvo un sorprendente momento de fama, cuando ETA decidió aprovechar su aislamiento para colocar un artefacto explosivo en la vía del tren que une Zaragoza y Guadalajara). Tampoco debía gustarle mucho verme integrado en esa vida rural que ella había dejado atrás, pero es que aquello era un sueño: Un pueblo sin autoridad, que se regía por los lazos familiares, y que si te adoptaba jamás te abandonaría. Adaptarse a su ritmo era sencillo: Apenas hacían otra cosa más que beber, comer, y jugar a las cartas. Era un pueblo de gente recia, algo que achacaban al agua que bebían, y muchos de ellos trabajaban en las distintas policías de la capítal, desde la municipal, a los antidisturbios. Uno de estos “fortachones”, Daniel, había perdido parte de una oreja en un accidente de coche, cuando, estando revisando el motor con el capó abierto, otro vehículo le golpeó por detrás. Daniel se asió al motor caliente, y resistió las sacudidas del accidente hasta que se detuvieron los coches, pero el capó le había golpeado en la cabeza dejándole malherido. Ese mismo Daniel, un día de verano, se empeñó en que yo me bañase en el río, que estaba frío de cojones, y ante mi reticencia me agarró, como su fuera yo un conejo, me levantó sobre su cabeza y me tiró al río (conviene recordar que yo peso cien kilos, gramo arriba, gramo abajo). Daniel tenía un hermano aún más fuerte, Eduardo. De carácter opuesto a su hermano, Eduardo solo bebía leche, y siempre se mostraba educado y tranquilizador. Cuando subíamos al pantano de El Alcorlo, montábamos en una zodiac, para llegar a la cabecera y ver nutrias -todavía quedaba alguna-, a la vuelta Eduardo prescindía de la embarcación, y desnudo se zambullía en el oscuro pantano, nadando todo el camino de vuelta sin compañia. Disfrutaba quedándose a solas, flotando en mitad de la nada, sobre las ruinas del anegado pueblo que daba nombre al embalse, a mi me daban escalofríos de pensarlo.

Cumplida la edad necesaria, y presionado por mi orgullo -en primer lugar-, por Celia -como es natural-, y por algunos amigos, decidí apuntarme al acceso a la Universidad para mayores de 25 años en un centro de estudios pegado a la Parroquia del Santísimo Sacramento, en la calle Sáinz de Baranda. Tenía un año para prepararme el examen, de modo que me lo tomé con calma.

Un buen día, estando con Jon en el pasillo del despacho de mi padre, en el edificio de la calle Segre que ocupaba la “Sociedad Estatal del V Centenario del descubrimiento”, charlábamos sobre mis fracasos cuando se abrió la puerta, y salió un tío al que Jon conocía. Era un ejecutivo de una agencia de publicidad muy popular entonces, vinculada por las malas lenguas al partido del gobierno. Jon se sorprendió al saber que había venido para competir por una gran campaña, y el hombre se puso algo nervioso, marchándose con repentinas prisas. Entramos al despacho, y de primeras Jon, directo como siempre, le dijo a mi padre que era una casualidad extraordinaria que esa misma mañana hubiera visto salir del despacho a dos tipos de la misma empresa, con el mismo interés por ganar la generosa cuenta de publicidad del V Centenario. Mi padre se puso tenso, pero Jon continuó, añadiendo “yo creo que las tres empresas que compiten son la misma… El concurso público está amañado… Te la están jugando”… La bronca de mi padre fue tan mítica como su ingenuidad: “No sabes nada… a mi no me la juegan con esas cosas… quieres echarle mierda al gobierno…”. Salimos escopetados de ahí, pero sí: Se la estaban jugando con la publicidad, para qué engañarnos.

(Continuaré, por supuesto)

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Tuo Yaw (XXVII)

Habiendo abandonado los estudios sin terminar el bachillerato, siempre estaría en inferioridad de condiciones respecto a los demás. Pero mi vida errante, mi afición por la ciencia y la lectura, y las infinitas lecciones de mi padre, sumados a mi natural gracejo y saber estar, me ayudaron a ser aceptado en grupos de mayor nivel que los que, por mi formación, me correspondían. Algo me decía que tenía que competir con ellos, saber más de lo que ellos supieran. Cualquier cosa que mencionaban se convertía en un reto para mí, y con la ayuda de viejas enciclopedias fui almacenando datos sobre lo humano y lo divino. Celia colaboraba como podía, y el haber reemplazado el consumo de drogas por el de calorías y grasas también fue de gran ayuda. Un buen día, tras ser humillado por una nota escrita con faltas de ortografía, Celia se sentó conmigo, y en media hora me explicó las reglas de acentuación. Desde entonces no he vuelto a fallar (creo).

Pero mi frustración seguía aumentando, más aún cuando El País creó el Máster de Periodismo, y en otro golpe de suerte me llamaron para ocupar la plaza de técnico de sonido de la “Escuela”, con Carlos López Tapia como jefe directo. Por una parte me sentía halagado, orgulloso enseñando a gente mucho más inteligente que yo a desenvolverse con el material técnico que se usaba en la radio de entonces, pero por otra me dolía pensar que nunca les alcanzaría, y que probablemente mi padre me hubiera cambiado por cualquiera de ellos.

Los movimientos de las grandes empresas de comunicación, que afilaban sus colmillos de cara a la llegada de las televisiones privadas, hizo que todos los que trabajábamos en la emisora soñásemos con un futuro en la televisión, pero todavía estaba lejos. Radio El País pasó a convertirse en Radio Minuto; Pepo Baviano se marchó, y fue reemplazado por un tipo algo desafortunado, que llegó con la misión de desmontar aquello; y la mayoría de los redactores y técnicos fueron trasladados al edificio de la SER, recién adquirida por el grupo PRISA, o contratados por el diario, hasta que finalmente dejaron de emitir desde Miguel Yuste, y yo me convertí, gracias al “Máster”, en el último habitante de aquella pequeña gran emisora.

Solo eran dos días a la semana, pero aunque no tuviera nada que hacer me gustaba estar a solas en aquel “esqueleto” de emisora, abriendo cajones, recuperando notas que mis ex-compañeros había dejado olvidadas, poniendo música hasta hacer temblar el edificio…. Me pagaban una miseria por enseñar a unos alumnos que pagaban una fortuna, pero me sentía feliz. Muchos profesores pasaron por mi estudio, y alguno -muy respetado- cobró, y no pasó, dejándome a mi la tarea de cubrir sus ausencias, algo que no se me daba mal, porque de escuchar lo mismo cuatro veces al día acabé por memorizar las clases. Pero por muy bien que me tratasen, tanto Amelia Guardiola, como Mariví, o el mismo director de entonces, José Juan Toharia, las 40 mil pesetas no me llegaban para vivir (a pesar de la ayuda de Celia y su familia).

No recuerdo muy bien los detalles -porque apenas me preocupaba por mi familia-, pero por aquellos días mi padre se separó de nuevo, y ¿para qué pagar dos casas malas, pudiendo vivir en una buena? Ambos nos instalamos en un piso de la calle General Rodrigo, esquina a Julián Romea. Primero ocupamos una vivienda pequeña e interior, pero en cuanto pudimos nos trasladamos a otra, mucho más luminosa y con espacio suficiente para alojar a mis hermanos, al piano, y a los varios miles de libros que siempre acompañaban a mi padre. Estando de nuevo con él no tenía que preocuparme por nada, o eso pensaba yo hasta que empezó a pedirme dinero. Estaba arruinado. Había dejado a María José en la estacada, así como a varios amigos de los que había estado viviendo durante años. Pero mi padre tenía una gran confianza en sí mismo “pleitos tengas, y los ganes” decía siempre. Su alegría era contagiosa, y en un par de meses reunía alrededor del piano de aquella casa a grandes personalidades, y gracias a aquellas relaciones públicas -y a su proverbial talento-, consiguió recuperarse.

La convivencia con mi padre podía ser un infierno, sobre todo cuando pretendía ejercer como amo de casa. Tan pronto dejaba mantas a remojo en la bañera, como guisaba un pollo con patatas y cebolla, que quedaba tan crudo como para echar a volar nada más quitar la tapa. Era todo un espectáculo, que sufrían especialmente los pequeños Álvaro y Laura, cuando venían a pasar el fin de semana con nosotros. Por suerte para mi apenas pasaba tiempo en casa, y cuando lo hacía era para encerrarme a dormir en mi cuarto, en donde había instalado una pequeña nevera para tener cerveza fresca sin necesidad de socializar -y meter la cabeza cuando las resacas eran insoportables-, y por suerte para mis hermanos mi padre era más de comer en restaurantes, o pedir comida a domicilio.

Aprovechando que vivía en un barrio nuevo comencé a salir por los bares de la zona, “Ricorda”, “La Sal”, “El punto”, y otros veinte más, cercanos a mi casa, que casualmente se tenis canal yopusieron de moda, para acabar la noche comiendo chuletas en “Oh Madrid”, o intentando en vano ligar en “Baby Q” (Four Roses), pero tenía que regresar a casa antes del alba, porque mi padre seguía tratándome como a un niño, y no acababa de entender que yo tuviera esos horarios. Lo más duro llegaba los sábados, porque, me hubiera acostado a la hora que fuera, mi padre me sacaba de la cama para jugar al tenis en el Canal de Isabel II. Me recuerdo inerte, en las pistas de tierra batida, con los ojos hinchados y enrojecidos, intentando contener el vómito mientras que él, hiperactivo, me regañaba porque no corría las pelotas, ni echaba la raqueta atrás, ni apuntaba con el hombro, ni me apoyaba en el pie contrario…

Suerte tuve desde pequeño. Suerte para no romperme la cabeza al caer de un árbol, para no estrellarme con una moto mal conducida, para no reventar con las drogas en la adolescencia -and beyond-, o para rodearme siempre de gente más inteligente que yo a quienes misteriosamente les caía bien… Un tipo afortunado. Lo asumo. De otro modo no se podría explicar que me ofreciesen ir a Seúl para cubrir los Juegos Paralímpicos acompañando a mi colega Pedro Paniagua, en los estertores de nuestros días de Radio El País.

Supongo que sería por los tejemanejes de José Miguel Contreras, o Carlos López Tapia, pero un buen día me vi sentado en una mesa, de un restaurante pretencioso de la Casa de Campo, con un tal Enrique Sanz, y varios directivos más de alto nivel de la ONCE, preparando lo que debía ser la primera experiencia de cobertura con enviados especiales de las paraolimpiadas (que habían ganado mucho en popularidad gracias al esfuerzo de los atletas con diversidad funcional -entonces se decía minusvalía-, que ganaban decenas de medallas, mientras que los otros atletas españoles de los Juegos “Olímpicos” volvían a casa con las manos vacías). En un momento dado Enrique Sanz, un tipo con mucha vista y poca visión, soltó un seco: “Por favor, quiero decirle a quien esté moviendo la mesa desde hace veinte minutos que se esté quieto”… Era yo, o mis nervios. Mi pierna tenía el  “tembleque del pie de embrague”. Pedro “bread and water” me miró, muerto de risa, y yo sonreí como pude frenando el seísmo.

Después de prepararnos durante unas semanas, y con los bolsillos llenos por unas más que generosas dietas, partimos. En Madrid, coordinando y publicando en la revista de la ONCE, quedaba Piedad Sancristóval -periodista y amiga-, probablemente muerta de envidia.

Mi contacto con la discapacidad, o diversidad funcional, hasta la fecha era nulo, pero aquellas primeras horas acompañando a centenares de deportistas con problemas de visión, o movilidad, fueron una de las más gratificantes experiencias de mi destartalada vida. Nos montamos en un jumbo con rumbo a Osaka, y tras hacer escala de diez horas en Copenhague, sobrevolar el polo Norte, aterrizar de nuevo en Anchorage -el tiempo justo para hacernos una foto con el oso polar del aeropuerto-,  y seguir después hacia Japón, llegamos finalmente a la capital de Corea del Sur. Casi 40 horas!!!!

En el avión viajaba la estrella del momento, Purificación Santamarca (16 medallas en velocidad, 11 de ellas de oro), quien no dejaba títere con cabeza con su desparpajo y lengua afilada. A mi lado se sentaba un chaval de mi edad, cuyo nombre no recuerdo, con quien hice muy buenas migas, y al otro lado del pasillo un Hércules malagueño, saltador de longitud invidente. A la media hora de vuelo el avión ya era una fiesta, hasta el punto que el comandante avisó con severidad de los riesgos de tanto cambio de asiento, carrera, baile y cante. Las azafatas del avión de la JAL no daban abasto. Cuando una de ellas se acercaba a nuestra altura yo daba el aviso convenido, y alguno de los ciegos se levantaba forzando el choque con ella. Fue un vuelo desternillante (excepto para las azafatas, supongo).

Finalmente llegamos a Seúl.

Aterrizamos de noche, confundidos por el espectáculo de cruces rojas y farolillos de los tejados y azoteas que identificaban a las distintas parroquias de la ciudad y que nos acompañaron en el largo recorrido de descenso hacia el aeropuerto. Iglesias protestantes, católicas, templos budistas, musulmanes, moonitas… Sorprendente espiritualidad en un país aconfesional -Un aterrizaje muy Ridley Scott por otra parte-.

La ciudad de Seúl nos recibió con esa extraña sensación que uno tiene cuando visita un piso piloto. Todo era nuevo, edificios, puentes, centros comerciales… El esfuerzo que habían hecho para merecer las olimpiadas se notaba en cada rincón, y en cuanto a los Juegos Paralímpicos habían tenido que cambiar hasta sus cimientos morales: Poco antes del 88 Seúl era una ciudad caótica, casi medieval, y algunas de sus costumbres -como lo era el rechazo a las personas que nacían con alguna limitación física- estaban arraigadas con fuerza en su cultura. La mera existencia de planos turísticos de la ciudad era algo extraordinario para un país acostumbrado a convivir con invasiones, que todavía pensaba que la tenencia de un callejero podía facilitar los movimientos del enemigo. Habían decidido pasar a ser algo más que una base militar de los Estados Unidos, con una industria dedicada a plagiar vehículos japoneses y alemanes, y todo el país estaba conjurado para que el éxito de los juegos sirviera como plataforma de lanzamiento para su sociedad y su economía.

Avanzamos con el autobús oficial por amplias avenidas, entre relucientes rascacielos, cruzando varias veces el río Han -compartido malamente por las dos “Coreas”-, siempre escoltados por unos policías que parecían haber salido de algún cómic futurista, montados sobre unas “Harleys” cromadas desde las que nos sonreían, antes de ponerse de pie sobre el asiento para crear un espectáculo circense mientras ordenaban el tráfico para darnos prioridad.

EL hotel estaba a la altura (los atletas siguieron camino hacia la más modesta Villa Olímpica). Creo que era el Hotel Intercontinental. Veinte plantas -o más- de lujo asiático: Fuentes, techos infinitos con lámparas inexplicablemente suspendidas del cielo, cientos de empleados sonrientes esperando el más mínimo gesto para ofrecer ayuda, y un cuarteto de cuerda en cada planta para que el pasillo de alfombras persas se te hiciera más agradable. Las habitaciones, cada uno la suya, tampoco nos sorprendieron: Perfectas.  Nos instalamos y preparamos la agenda del día siguiente.

La ceremonia de apertura fue tan extraordinaria como la de los Juegos Olímpicos. Para mí la más delicada y elegante de todas las habidas hasta la fecha. (Todo lo contrario que mis fotografías, que son un ejercicio de ineptitud sin igual).

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Cada día visitábamos un centro deportivo diferente, intentando cubrirlos todos, pero no era fácil: Baloncesto, natación, atletismo… España acumulaba éxitos en cada disciplina, y nosotros kilos en la cintura, porque descubrimos que en todas las sedes teníamos barra libre de hamburguesas de una conocida marca. Después, al alba, montábamos un pequeño estudio, y usando el teléfono de la habitación conectábamos para enviar las crónicas a las emisoras que nos habían contratado a través de la ONCE. Recuerdo especialmente las conexiones con José María García. Me aterraba que algo pudiera no funcionar, y duplicaba casi todas las grabaciones por si acaso una no entraba a tiempo.

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A pesar del trabajo salíamos por la ciudad -no voy a engañar a nadie a estas alturas-. Habíamos oído hablar de Itaewon, de sus animados escaparates “estilo holandés”, y sus discotecas para turistas. Casi todas las noches acabábamos por aquellas calles acompañados de nuestro traductor, salvo cuando teníamos que cenar con algún ejecutivo venido desde Madrid, o con el personal de la organización. También recorrimos tenderetes en los que vendían pulpitoos vivos, que se te agarraban a la garganta cuando tratabas de tragar; grandes almacenes perfectamente organizados pero sin más clientes que nosotros, atemorizados por las miradas de un millar de dependientas; y seguimos la estela de un bulo sexual hasta sus últimas y ridículas consecuencias. Solo decir que en aquella peluquería hablaban poco inglés, pero nuestros gestos fueron más que suficientes para que nos pusieran en la calle. Ridículo. Nos montamos en un taxi, para regresar al hotel, y poco antes de llegar el taxista se detuvo y nos dijo que tendríamos que pagar “one milión Won”. El hombre debía pensar que era un robo razonable, pero al cambio suponían unas 180.000 pesetas de 1988. Nos negamos, y le pedimos que nos llevara con la policía. El hombre intentó amedrentarnos, pero finalmente se derrumbó y aceptó el pago que le dimos, que era más que generoso.

También salíamos con los atletas. Y si nosotros teníamos peligro ellos más. Vaya tela. Recuerdo que empezábamos cantando, con la guitarra del saltador de longitud malagueño, y que algunas cervezas después nos colábamos borrachos en la Villa Olímpica. A partir de ahí todo es confuso… Y punto.

La parte formal seguía adelante sin novedad. Cumplíamos con nuestras crónicas, y en Madrid estaban contentos con nuestro trabajo y la repercusión que estaba teniendo. Samaranch nos recibió a Pedro y a mi en un piso lujoso y barroco, con su siempre eficiente -y mandona- secretaria, para que le hiciéramos una entrevista. Era un tipo agradable. También nos recibió el embajador, pero esta vez con un grupo de atletas. En un bonito jardín de la embajada habían colocado mesas y sillas a modo de boda, y sobre ellas había tortillas de patata, jamón ibérico, croquetas… Llevábamos un mes a base de hamburguesas y amenazaban con que no habría tiempo para disfrutar de aquello!!!!!! En dos miradas ya nos habíamos organizado: Empezamos a guardarnos platos enteros. Yo cogí dos tortillas de patata y me las pegué bien al cuerpo con la chaqueta, otro se llenó los bolsillos de croquetas, y alguno se hizo con botellas de vino. Costó un poco quitarse el olor, pero merecía la pena. Lo robado apenas duró una tarde de clásica “españolada”.

Llegó el final de los juegos y nos despedimos. Salíamos en un vuelo distinto al de los atletas. La última noche acabamos con varios “mueble-bares”, pero yo soy de poco dormir y estaba preparado a la hora que convenimos. Pero Pedro no. Bajé mis maletas al hall y volví a la habitación de Pedro, que me mandó a la mierda sin contemplaciones. Y yo me dije “vale, que se quede aquí”, y me marché. Al pasar por la recepción un amable y nervioso coreano vino a mi encuentro con una factura. Por lo visto había una cuenta de más de 200.000 pesetas de teléfono, fruto de la infinidad de conferencias que habíamos puesto para enviar las crónicas. Yo pensaba que eso se había arreglado en Madrid, pero no tenía dinero para pagar y les dije que tranquilos, que mi compañero bajaba para arreglarlo enseguida, que yo era solo el técnico. Me creyeron y salí. Claro que no podía avisarle, y era tarde, de modo que fui al aeropuerto, facturé mi equipaje, y pasé a la zona internacional como un rayo. A la hora y media, cuando estaban a punto de cerrar el embarque, apareció Pedro, con ese aire tan suyo, siempre sonriente, y le dije “¿Qué?” a lo que Pedro respondió con un “¿Qué de qué?”. “¿No te han dicho nada en recepción?”. “No” me dijo. “Con la resaca que tengo he pasado de ellos, había mucho lío y gente con maletas, así que me he venido, qué más da. ¿Tú hiciste el check out, no?”. Y así fue como salimos de ese bonito país dejándoles un pufo -del que nadie se hizo responsable después-.

Perdí el contacto con aquellos deportistas, pero guardo un gran recuerdo de ellos como atletas y como personas.

A mi regreso me encontré con que a mi padre le habían nombrado director de comunicación de la “Sociedad Estatal V Centenario del descubrimiento de América”. Todo un espaldarazo. El dinero y la fama volvían a nuestras vidas.

Y llegó la Navidad. Había pasado un mes y medio desde mi regreso de Seúl, tiempo que dediqué a recorrer todas las fiestas y conciertos de la ciudad presumiendo de mis aventuras, y castigando mi cuerpo como si fuera parte de un experimento científico. Para no envenenar a nadie encargamos la cena de Nochebuena en uno de los conocidos restaurantes de la zona de Julián Romea; una cantidad desorbitada de todo lo que tenían. Pocos días antes había comentado a mi padre que estaba débil, y ambos pensamos que era falta de proteínas y de sueño, sin darle mayor importancia. No tenía buena cara cuando empecé a comer aquella bandeja de langostinos, y después de dos docenas alguien dijo que tenía los ojos amarillos. Entre risas me fui al baño y… ¡La monda! Parecía un extraterrestre. Según me interrogaban fui asumiendo que eso de la decoloración de mis heces no era por comer muchas patatas fritas… De inmediato me llevaron a la Clínica de la Luz, al lado de casa, y tras los habituales análisis me dijeron que tenía hepatitis, pero que no me preocupase, que no era una variedad grave, se trataba de Hepatitis A, y que con toda seguridad me había acompañado desde Corea hasta aquí. Aún así me pusieron un dieta estricta, primero de arroz blanco, y después de pollo a la plancha, sin alcohol, sin salsas, y sin drogas. Como consecuencia en tres meses había bajado de 75 kilos, algo que seguro que no se volverá a repetir hasta que me metan en un tarro en el tanatorio.

 

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Tuo Yaw (XXVI)

Mi padre había regresado a la Agencia Efe como Jefe de Cultura, sin dejar de colaborar con media docena de publicaciones informativas, literarias, científicas, profesionales, o puramente comerciales. Apoyado por su fama, su labia, su cultura sin medida, y su inagotable imaginación, participaba como jurado en grandes eventos, como el premio Prínotra maneracipe de Asturias, o era invitado a recepciones reales, conferencias, y tertulias de todo tipo. En 1986 había editado “Otra manera de cantar el tango”, corta novela biográfica en donde hablaba de “lo que pudo haber sido, y no fue”, como dijo él mismo, y con la que dejaba claro su amor hacia Londres, la que fuera siempre su ciudad, por delante de Córdoba y Madrid, y en la que pasó los mejores años de su vida.

Como muchos sabían, y otros imaginaban, mi padre seguía viviendo de un modo desordenado. Viajes de dos días, difícilmente justificables, cenas que se alargaban hasta el alba… Sin entrar en detalles diré que en esos años aprendí a ser testigo mudo y coartada sólida para cualquier mentira (lo siento).

Mi relación con Celia evolucionaba favorablemente: Me dejaba alimentar por Juana, su madre, comiendo como si no hubiera un mañana; le ayudaba con los trabajos de la facultad, ya fuera repasando fichas de zoología, como preguntando temas de fisiología escogidos al azar; y me mostraba cariñoso e integrado con su hermano y abuelos, aunque siempre les mantuve al margen de mi trabajo y mis amigos, lo que significaba tener a mi pareja alejada de la mayor parte de mi vida. Gracias a Celia recuperé el contacto con mi madre y mis hermanas, a quienes tenía abandonadas desde que fuera expulsado -por méritos propios- de EL Romeral, en 1980. Desde entonces mi madre había tenido otra hija, Beatriz, y tras unos años de romántica relación había terminado separándose de su segunda pareja, Pedro. A pesar de visitarles con más frecuencia nunca llegaría a ser una reparación completa, pero noté que estaban felices por verme con una vida aparentemente organizada. No puedo decir lo mismo de mi padre, que no veía con buenos ojos nuestro “noviazgo” [Jamás supe por qué. Quizá fuera por clasismo -sí, aunque pueda sonar extraño era otro de los defectos ocultos de mi padre, un rojo clasista-; por temor a que mi inutilidad provocase un desastre -algo lógico-; por celos de padre al ser separado de su hijo -lo típico-; o por una mezcla de los tres miedos -lo que parece más que probable-].

Las familia de Celia tampoco era un remanso de paz. Su hermano Raúl había sacado un carácter tormentoso, con acelerones que le llevaban a perder la razón… y el juicio. Acababa de empezar a estudiar Derecho, y apenas se podía toser en la casa cuando estaba en su cuarto, o viendo partidos de baloncesto -su gran afición-. Sobreprotegido por Juana tras el fallecimiento de su padre se volvió un consentido, capaz de lo peor, y de lo mejor. Y es que su madre era (y es aún cuando escribo estas líneas) tan desmedidamente generosa y servicial que molestaba. Tan pendiente de los demás que hacía que uno se sintiera mal. Tan sacrificada, y con tanto estrés porque sus hijos llevasen una vida mejor que la suya que les saturó, alejándoles de SU realidad, y de la realidad del mundo que les rodeaba. Y no lo necesitaban: Ambos eran mucho más inteligentes, ocurrentes, y valiosos que la mayoría de sus amigos y conocidos -lo que me incluye a mi, por supuesto-.

El machismo era otra de las claves de sus relaciones. En su mundo “el hombre” no hacía nada. Pero NADA de NADA. No es que en mi familia fuéramos un ejemplo de igualdad de género, -especialmente en la de mi padre-, pero en aquella casa alcarreña la diferencia entre hombres y mujeres era espectacular, como si fueran dos especies distintas: Juana trabajaba, y se encargaba de la alimentación, limpieza, y mantenimiento del hogar, así como del cuidado de los dos abuelos octogenarios, siempre ayudada por Celia -tuviera exámenes o no-, mientras que su padrastro Pepe, Raúl, y yo, estábamos liberados de cualquier actividad familiar, más allá de elegir el canal del televisor.

En la emisora las fiestas se sucedían, ya fueran personales o profesionales, sin importar el día de la semana: Presentaciones de discos de Mecano -todo un evento entonces-, conciertos de Paul Collins, de Radio Futura, de Alaska… Nunca supe cómo, pero siempre regresaba a casa con todas mis extremidades, e incluso con más de las habituales si se daba bien la noche. Si alguna de aquellos eventos me dejó un recuerdo imborrable fue la presentación de “Ellos las prefieren gordas” de Gurruchaga y su Orquesta Mondragón. Era un gran disco, en serio, y “olvídate de mí” se convirtió en una de mis canciones de cabecera (“Vístete deprisa, y olvídate, olvídate de mí”), pero la presentación en el matadero -sí, mucho antes de que se “gentrificase”- fue un feliz despropósito. Recuerdo que a la entrada había una báscula, y Michele McCain -gran voz- te esperaba con un lápiz para que anotases tu peso en un listado. Una vez dentro habían colocado largas filas de mesas repletas de comida y bebida, pero sin cubiertos, de modo que te tenías que pringar para comer. Tras saludar a Gurruchaga, y grabarle un par de respuestas para la emisora, me centré en lo importante: Comer. Acabé metiendo hasta los codos en las fuentes de judías,  royendo pollo a dos manos, y bebiendo directamente de las grasientas botellas. Tres horas después dejé todo lo que había comido, convenientemente saboreado y pre-digerido, junto al Puente de Toledo.

En otra ocasión, de fiesta con mi amigo Carlos “Scarface”, acabamos siendo invitados por una periodista recién llegada a la emisora y su prima, a la casa que tenían en el centro, pero tan borrachos estábamos que en cuanto nos dejaron en el sofá de su dúplex nos quedamos dormidos, igual que en una comedia barata. EL fútbol de clubes no me había llamado la atención hasta entonces, salvo para usarlo como excusa para el menosprecio y la burla. Había visto dos partidos en el Calderón -menos que conciertos-, y cuatro en el Bernabéu, en toda mi vida, y me resultaban tremendamente aburridos (no como el baloncesto, el tenis, o el rugby). Jugar jugaba de vez en cuando, pero era bastante “guarro” e indisciplinado. Pero algunos de mis compañeros de emisora eran forofos de libro, capaces de arrojar un televisor por la ventana cuando el Madrid encajaba un gol -como hizo uno de ellos, literalmente-. El más exaltado era Santiago Alcanda. Recuerdo el partido aquel contra el Nápoles de Maradona, en su casa de Arturo Soria, rodeado de periodistas, y jugadores del Real Madrid de baloncesto capitaneados por Juanma L. Iturriaga, que secundado por Chechu Biriukov animaba a la grada. ¡Vaya voces!, y qué pretexto más bueno para salir de juerga. Todo valía si se ganaba, y si había que celebrar siempre podían contar conmigo sabiendo que lo daría todo. Sumados conciertos, fiestas, partidos, “porquesíes”, y cumpleaños, apenas me quedaban días para descansar.

En el plano profesional José Miguel, subdirector de la emisora entonces, ni paraba, ni dejaba parar a nadie. Desde su mesa repleta de “cafiaspirinas” controlaba todo, y a todos, siempre escoltado por su gran amigo y redactor jefe de informativos, Luis “Fer” Fernández. A través de corresponsales y conocidos José Miguel recibía información constante del mundo de la comunicación, prestando especial interés a los temas políticos y de análisis de tendencias y audiencias -y a la NBA por supuesto-. Había empezado por seguir las campañas electorales de los políticos españoles durante la transición, y los primeros años del “felipismo” –Tema central de su tesis doctoral, a la que me invitó para que se la grabase, y que entonces me pareció un absoluto tueste (probablemente ahora me lo seguiría pareciendo)-, para después pasar a los programas de debate estadounidenses, los “talk shows”, informativos serios, cómicos, paródicos, programas, y finalmente series de televisión.

José Miguel, además, daba clase en la Complutense, primero como adjunto -supongo yo-, y después como titular, y de vez en cuando desembarcaba en la emisora con un grupo de sus alumnos para desmenuzar algún programa americano (era un experto en conversiones de NTSC-PAL-SECAM, verdadera obsesión en la era analógica de la televisión), o preparados para acumular información acerca de empresas de comunicación de todo el orbe. Siempre estaba abierto a nuevos y extraños proyectos –Lo primero que escuché de José Miguel, que si no recuerdo mal había pasado antes por Radio 3, fueron dos grabaciones: Una entrevista, de las pocas que se le hicieron, a José Bergamín, abuelo de mis amigos Carlos y Javi; y un programa especial sobre la muerte de Carrero Blanco, en el que se reproducían los minutos anteriores y posteriores a la explosión, en una hipotética emisora de radio local, con interrupciones para dar información de lo sucedido, como si realmente hubiera habido una cobertura moderna del suceso en 1973-. Uno de esos proyectos de Contreras era Euradio, un programa informativo semanal compuesto por piezas, generadas por varias emisoras extranjeras, que cada país editaba, doblaba, y emitía por su cuenta. Desconozco los motivos, probablemente azarosos, pero José Miguel tuvo a bien ponerme como técnico de sonido, y a Felipe Pontón como redactor y locutor. Gracias a ese proyecto salvé mi trabajo, porque los dueños de la emisora, al hilo de las nuevas inversiones del grupo PRISA, planeaban un cambio de rumbo que no me incluía.

En aquellos días, y cuando se debatía en el Congreso la futura Ley de Televisión Privada, Calviño, ex director general de RTVE, adelantó a todos por la derecha abriendo CANAL 10, la primera cadena de televisión privada de nuestro país. Para evitar la legislación española el canal emitía desde Londres, lo que levantó no pocas ampollas en la industria de la comunicación. Algunos de nuestros compañeros, que estaban deseando saltar a la tele desde hacía un tiempo, se apuntaron a la aventura, de modo que nuestras grandes fiestas madrileñas abrieron sucursal en el Reino Unido. Pero fue un experimento fallido, y a los pocos meses CANAL 10 se declaró en suspensión de pagos (aunque algunos, bien por prófugos del servicio militar, o por prófugos de sus propios vicios, decidieran quedarse allí durante algo más de tiempo).

Probablemente debido a mi infancia errante, cambiando de colegio y de ciudad como un feriante, tengo una extraordinaria facilidad para adaptarme a cualquier ambiente, haciéndolo mío en poco tiempo (probablemente también, ese baile de casas y colegios me dejase algunas taras, pero es otro tema). Eso, adaptarme con facilidad, es lo que me pasó con Membrillera, el pueblo de la familia de Celia, hasta el punto de que aún hoy lo echo de menos.

Membrillera no es un pueblo bien conservado, ni está enclavado en un paraje espectacular. En sus días de gloria contaba con más de quinientos habitantes, pero cuando yo lo conocí apenas superaba los cien -De todos es sabido que no vivían tantas personas allí, pero algunos se empadronaban para que el pueblo no perdiera su Ayuntamiento, pasando a ser controlado por la localidad vecina y rival, Jadraque-. Membrillera era un pueblo fundamentalmente agrícola, gracias a una tierra fértil bañada por el caudaloso río Bornova, y contaba con abundante caza, menor y mayor, algunos bosques de encina y pino, y las ruinas de una torre de vigilancia árabe que no era rival para el vecino castillo del Cid, en Jadraque cómo no. En 1986 aún tenía una tienda, que cerró poco después, y dos bares. El único teléfono del pueblo estaba en el Ayuntamiento, junto al viejo portón de madera, justo enfrente del frontón, e Inocencia (“La Ino”), se encargaba de recibir las llamadas, cobrando cinco duros por aviso.

Mis amigos Carlos “scarface” y Enrique llegaron a la plaza del pueblo en un ford escort decapotable, aparcando cerca de la fuente. Un labrador pasaba con su mula, y se detuvo a mirarles mientras el animal calmaba su sed. Vestidos con sus bermudas de colores chillones entraron en el bar, y pidieron dos botellas de agua. Les miraron como si estuvieran pidiendo sangre de neonato: “Pero, pero… ¿Agua? ¡Si tienen la fuente ahí fuera! La mejor agua del mundo”. La mula había dejado su sitio a dos niños, pero a mis amigos, lo de compartir grifo con animales no les acababa de convencer…

(Seguiré otro día)

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Tuo Yaw (XXV)

Primero fueron dos periodistas, luego cuatro, y más tarde seis. Algunos peatones empezaron a preguntar, y otros llegaban sabiendo ya lo que pasaba hasta saturar el bulevar de la calle Juan Bravo, en Madrid:  Enrique Tierno Galván agonizaba. El cáncer de hígado podía con el defensor del buen rollo y promotor del “colocarse” global. Hacía frío, y las cafeterías cercanas no daban abasto. Fue una jornada larga, pero nadie se movió.

18581514_10211957727672615_3397854579343829404_nY allí estábamos nosotros, con nuestra pequeña unidad móvil -la número 5, aunque realmente fuera la única de la emisora: Un “Seat panda” ranchera con sobre-techo al que me destinaron durante un tiempo-. Personalidades y familiares fueron entrando y saliendo de la clínica Ruber, respondiendo con evasivas a los periodistas, hasta que a la noche se nos comunicó que había fallecido. Sin mediar palabra empezamos a aplaudir, todos, espontáneamente. No soy quien para valorar los méritos de nadie, pero alguno debía tener don Enrique cuando provocó aquella reacción tan emotiva. Hacía décadas que no se escuchaba en España un aplauso tan sincero como aquel, una ovación inacabable, que se extendía por la ciudad y el país a través de las emisoras de radio. Para mi que teníamos ganas de mostrar afecto por algún político elegido democráticamente, como si el pueblo quisiera decirles “¿Lo véis? Sí se puede gobernar con empatía, solo hay que intentarlo”. Dos días después fue el multitudinario entierro. Y allí estábamos de nuevo con nuestra furgoneta, rodeados por un millón de ciudadanos que querían dar su último adiós a Tierno. Me río de las cuentas de las manifestaciones actuales, cuando dicen saber lo que ocupa un millón de personas ¡Aquello era bíblico! Desde la Puerta del Sol a la Puerta de Alcalá, y desde Colón a Neptuno, no cabía un alma. Y luego, durante el recorrido que siguió la comitiva hasta el cementerio de La Almudena, más gente, centenares de miles que se sumaban al duelo desde las aceras o balcones. Nosotros seguíamos el féretro montados en el coche, mientras que los reporteros Lucas, Llamas, Estévez, las “pilares”, y compañía, coordinados por Luis Fernández en la móvil y José Miguel en el estudio, entrevistaban a diestro y siniestro, intentando transmitir hasta el último detalle del evento. Yo distribuía pilas para los equipos, repartía “Tomates” (Ese artilugio chapucero con el que nos conectábamos desde cualquier cabina), editaba cortes, y recibía broncas, todo ello sobre la marcha, presa -como todos- de una desmedida excitación informativa. Tanta fue que llegamos a olvidarnos de lo que nos había llevado hasta allí. Y tan notoria como para que al día siguiente se nos llamase la atención por lo que algunos habían interpretado como falta de respeto hacia el difunto Alcalde.Enrique Tierno Galván

Con la unidad móvil pude recorrer Madrid a gastos pagados. En verano quedaba con el redactor en cualquier bar de la ciudad -normalmente Jaime Roza, que desgraciadamente fue el primero de nuestros compañeros en fallecer-, y pasábamos las horas sentados en uno de los chiringuitos del interior de El Retiro, al fresco, leyendo el periódico, gracias al pase especial que nos permitía circular con el coche por el parque -que unos meses antes había sido definitivamente cerrado al tráfico-, comunicados con la emisora mediante uno de aquellos primitivos y descomunales teléfonos de coche -con el que hacíamos llamadas costosísimas a nuestros amigos para decirles aquello de “¿A qué no sabes desde dónde te llamo?”-.

Pero con la llegada del otoño la cosa cambiaba. Recuerdo esas rutinarias y desangeladas mañanas ochenteras. El aire gris, el cielo frío, y ese olor a nada tan profundo. Llegar a la emisora, desayunar, y coger la unidad móvil con la certeza de que antes de las nueve tendríamos que acudir al encuentro de las ambulancias, los agentes, y el humo de un nuevo atentado… Embajada italiana, Novotel, Colombia… Y siempre evitando el atasco de Alcalá por la misma calle: Sambara. La urgencia, y ese afán estúpidamente heroico del reportero de ciudad, nos hacía imprudentes, saltándonos semáforos y pasos de peatones. Pasaron los meses, los atentados y los peatones, hasta que un buen día nos dijeron: “Han detenido al comando Madrid (uno de tantos)”. “¿En dónde?” Nos preguntamos, “En Río Ulla, aquí cerca”. “Tenían el garaje en la calle Sambara. Allí fabricaban las bombas, que ocultaban en ollas express”.

Cada mañana pasábamos delante de aquella cochera roja, y con toda seguridad nos cruzamos con los terroristas, yendo -o viniendo- de sus sanguinarias actuaciones, abrigados, protegiéndose del aire gris, del cielo frío, y de ese olor a muerte tan profundo. Gris teñido de rojo, asfalto y sangre por toda la ciudad. Algunos no se me quitarán de la cabeza nunca, como el del autobús de Santo Domingo – por lo descomunal-, el de Ynestrillas frente al Calderón -porque llegamos muy pronto-, el de Cristóbal Colón en Tambre -porque perseguimos a la policía, que perseguía a los etarras, hasta la calle Toledo-.

Pero no todo eran sucesos trágicos. La misma unidad móvil nos transportaba a conciertos, competiciones deportivas, e incluso servía de dormitorio ocasional, porque la frecuencia de nuestras juergas apenas había variado, y salíamos todas las noches que nuestro cuerpo nos permitía.

Las drogas seguían estando presentes en nuestras vidas. No señalaré cómplices, porque la gran mayoría de mis compañeros eran gente sana, pero los que no lo éramos compensábamos consumiendo lo nuestro, y lo que a ellos les hubiera correspondido. Recuerdo grandes “consumiciones” con alguno en concreto, como cuando, yendo a cubrir un concierto de Jean-Michel Jarre, mi compañero ocasional y yo nos hicimos unos “nevaditos”, después de unas copas, y acabamos abandonando nuestras obligaciones para recorrernos Madrid en la unidad móvil. Otras veces la música nos permitía lujos como estrechar -rozar más bien- la mano de David Bowie -en Jácara, la sala de conciertos de Príncipe de Vergara, de la mano de Santi Alcanda-;  O montar conciertos como el de Los Lobos, en una sala de General Ricardos cuyo nombre he olvidado.

La ventaja de ser técnico de sonido -además de estar siempre libre de responsabilidades- era que no me limitaban a un tipo de contenidos -como sí que les sucedía a los periodistas-, y podía empezar el día en una rueda de prensa de gran interés político, y terminarlo acompañando a Ricardo Cantalapiedra por los bares de Malasaña. En las Cortes me conocían tanto que los policías apenas miraban en mis bolsas de cables cuando entrábamos para cubrir alguna sesión importante, y circulaba por el hemiciclo a mis anchas, permitiéndome usar los aseos de los diputados, emocionado por la idea de que allí mismo habrían apoyado sus posaderas grandes hombres de Estado… Y yo.  De vez en cuando me tocaba cubrir el Consejo de Ministros, en Moncloa, un verdadero marrón porque lo que verdaderamente deseábamos todos era que nos tocase ir al Salón de Comisiones del Ayuntamiento de Madrid, en donde cerraban las sesiones con un estupendo aperitivo (Muchos solo venían a comer y beber de forma descarada, sin molestarse siquiera en sacar un cuaderno). También tuve asiento de primera fila en las distintas elecciones de aquellos días. Y fui afortunado, porque ya fuera OTAN, Europa, Generales, o Autonómicas, siempre me tocaba Alianza Popular, y de todos era sabido que aún perdiendo tenían el mejor catering.

Gracias al periódico teníamos entradas de lujo para cualquier espectáculo deportivo o artístico, y cuando la emisora no cubría el evento siempre había algún carnet de fotógrafo del diario libre. Por suerte para mí la emisora pagaba una cabina de radio en el viejo Palacio de los Deportes de Goya, sin hacer uso de ella más que una o dos veces al año, de modo que me hice con el control de la entrada, y primero con Albéniz, y después solo, pude hacer uso de ella como si fuera de mi propiedad, incluso después de que se cerrase la emisora. Así que me vi por la cara casi cuatro años de baloncesto; liga, copa, copas europeas, del Madrid y del Estudiantes (compartían pista entonces), además de algunos conciertos.

De vuelta a la emisora editaba alguna cuña publicitaria con Víctor Mato, el hombre que hablaba más rápido del mundo (capaz de meter dos productos de “Marcol” con sus precios en cada segundo). O grababa una entrevista a un grupo de moda, como Alphaville, o Europe. Estos últimos se llevarían un grato recuerdo nuestro, porque, estando yo a la mesa, el locutor que les hacía la que era su primera entrevista en España, se quedó dormido. Como suena. Con la cabeza hacia atrás y la boca abierta.  Los rubios me miraban, desconcertados, con las palmas hacia arriba buscando una explicación, pero no, no era una broma. Le tuve que despertar dos veces antes de que perdieran la paciencia y se marchasen con sus melenas ofendidas y deshidratadas.

También estaban los de “Lo que yo te diga”, un grupo formado después de “abierto de 5 a 8” por Máximo y Carlos, junto a Almudena e Igor. Eran la parte creativa de la emisora, y los más coñazo, especialmente Carlos. Siempre tenía algo que decir sobre los cortes, sobre el nivel de la música, el fundido, el ritmo, los agudos, los graves… Por no hablar del contenido. Era un purista de los cojones. Y era ciego. Nos tocaba tanto las narices que dejábamos abiertas las cajoneras de las mesas metálicas de la redacción para hacerle difícil y doloroso llegar hasta su asiento, mientras le observábamos desde el interior del estudio, a salvo de su fino oído.

Alcanda, Jorge, Nacho, Ana, Merche, y Albéniz competían a modernos, cada uno en un estilo, y con su programa: “Música privada”, “Tribus Urbanas”, y otros tres o cuatro programas que abarcaban todos los géneros. Era una emisora completa, que también cubría información deportiva, con la colaboración de nuevos amigos, como Juanma López Iturriaga.

“Everybody wants to rule the world” debía estar sonando en todos los garitos de la ciudad cuando empezaron a montar el tinglado en donde se celebraría el décimo aniversario de EL PÁIS.  Durante unas semanas estuvimos preparando un estudio en el centro del Palacio de Cristal de El Retiro, desde donde se emitirían contenidos relacionados con la efeméride -una novedad entonces-.

Recuerdo la inauguración, las fiestas del aniversario -la calle de Miguel Yuste cortada, los políticos con demasiado alcohol en la sangre, las escapadas “en pareja” por la redacción…-, y muy especialmente las comilonas en Alfredos Barbacoa. A diario atravesábamos el pasadizo de la calle Lagasca para disfrutar de unas cuantas “super-Alfredo” con costillas y ensalada de col, del brownie con helado, y terminar vaciando una botella de Jack Daniel’s a base de chupitos. Fueron tantas y tantas nuestras visitas, que el equipo aquel de la emisora, con Contreras a la cabeza, fue el principal contribuyente de la colección de cascos de Bourbon que tenía Alfred, y dudo que otros aportasen más que nosotros desde entonces.

En los meses que van desde finales del 85, a finales del 88, no falté a una sola manifestación. Feministas, fascistas, abortistas, obreros, separatistas… Y por supuesto estudiantes. Esas últimas -contra las reformas de Maravall “un bote, dos botes, Maravall el que no bote”-, quedaron bien impresas en mi memoria. Todavía resuena en mis oídos el sordo sonido de las pelotas de goma al golpear la unidad móvil de la emisora, mientras Juantxo y yo tapábamos el depósito de gasolina  -que alguien había abierto para sacar combustible incendiario-. Recuerdo las formaciones de policía y estudiantes, confrontadas, con los jóvenes gritando “esos de marrón, de qué colegio son”; las carreras por Chueca, y las motos de los agentes siendo derribadas en la esquina de Barquillo con la Gran vía. Y, por supuesto, a “El cojo manteca”, aquel personaje que acabó convertido en símbolo de las protestas, sin tener nada que ver con ellas.

Mi vida era la emisora, y mi familia los que allí trabajaban. Mucho tiempo después algunos salieron rana, y mucha gente me pregunta cómo puedo seguir unido a ellos… ¿Cómo no estarlo?

(Por supuesto que continuará)

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