Tuo Yaw (XXXVI)

Intentaba implicarme en las tareas propias de un padre joven y primerizo, pero no había manera: Cada viaje me alejaba más de mi familia.

Aquella pequeña casa, aquella vida tan realista, aquellas personas tan atadas a la tierra, todo ese universo madrileño-alcarreño era un extraño paréntesis dentro de la ficción que yo vivía con las producciones en las que trabajaba, un mundo de hoteles, aeropuertos, y aventuras, de entrevistas a personalidades de medio mundo, de constantes cambios de horario y de estación, de largas noches…  Fui dejándome dirigir por productores y familiares, yendo y viniendo sin preguntarme el cómo ni el porqué: “Hoy vamos a Membrillera y coges un saco grande de patatas y una caja con tomates y melones”, decía mi suegra; “Mañana te mando una cámara en bus hasta la estación de la calle Alenza, y grabas una entrevista al director de la orquesta de Madrid, y el viernes te vienes a Bilbao para editar antes de salir para Canarias…”, decía Jon; “EL martes cenamos con Paloma y su marido y tienes que llevar al niño con mi madre”, decía mi mujer… “Deberías leer más y cuidar tu aspecto”, añadía mi padre… Y yo decía que sí a todo, sin rechistar.

Volaba a Bilbao con mucha frecuencia, y siempre dormía en el hotel Carlton, como si fuera una estrella del rock -cosas de mi irracionalmente generoso jefe (Todos los demás han sido racionales y tacaños)-. El vetusto hotel aún no había sido reformado, y las gigantescas habitaciones contaban con aquellas viejas y enormes bañeras en las que me sumergía cada mañana, para después salir a Moyúa, y bajar caminando por Gran Vía y Buenos Aires hasta Acebal Idígoras, en donde estaba la oficina.

Nunca me integré del todo con la gente de aquella productora, que acertadamente debían verme como un pijo madrileño enchufado e inútil, de modo que mataba el tiempo libre paseando por la ciudad sin un objetivo claro. Salía por las noches tratando de hacer amigos, pero mis esfuerzos solo me proporcionaron tensión y respuestas secas de todos aquellos con los que trataba de entablar conversación, así que, después de llamar a mi casa en Madrid para interesarme por mi hijo, me buscaba un buen restaurante y me ponía ciego a comer y beber en soledad -por otra parte la expresión máxima de calidad de vida que conozco-.

Y cuando regresaba a Madrid,  y si me encontraba libre de otras obligaciones, me pasaba por la facultad. No me hacía especial ilusión pero, ya que había conseguido superar las pruebas de acceso, debía darle una oportunidad.

Lo primero que escuché de un profesor cayó como un jarro de agua fría por mi entrepierna (que lo de la nuca suena a poco): “Este año estaré ocupado con un trabajo literario importante, de modo que os daré una serie de libros para que hagáis un estudio, que me presentaréis conforme lo anuncie en el tablón. No hace falta que vengáis a clase” (SIC). Es evidente que no volvimos a saber de él hasta el final del curso, cuando pasamos por el departamento según nos fue citando para exponer nuestro trabajo en no más de cinco minutos “¿Te parece bien un notable?”, me dijo, a lo que yo respondí descolocado con un “Cla… claro”, saliendo de allí a la carrera antes de que se arrepintiera. No diré quién era, pero si la asignatura: “Pensamiento político”. Y no fue el único, porque en los años que pasé en la Universidad me encontré con muchos profesores ociosos; otros tantos absolutamente ignorantes; e incluso alguno con negocios paralelos que montaba aprovechándose de los alumnos, que les servían como ejército de investigación e incluso de redacción en algunos casos. Para bien, o para mal, todos ellos sabían quién era yo nada más leer mi nombre, y los hubo que habían trabajado conmigo y trataban de facilitarme los aprobados sin que tuviera que pasar por el trago de examinarme. Fueron muy pocos los que me enseñaron algo, y casualmente se trataba de aquellos que menos tenían que ver con el ejercicio diario del periodismo, como los de historia, teoría de la comunicación, literatura, o economía. La distancia entre la realidad del periodismo y lo que enseñaban en la Universidad era bestial, especialmente en materia de edición de textos y consulta de bases de datos. Solo algunos alumnos, yo entre ellos, usábamos ordenador para pasar los apuntes, que archivábamos y compartíamos con aquellos discos de 5 1/4 pulgadas, que pronto cambiamos por los de 3. 1/2 (treinta años después de aquello esa tecnología resulta ridícula, y supongo que en treinta años pasará lo mismo con la actual tecnología, y así eternamente). Por si fuera poco aún había profesores que permitían fumar en las aulas, favoreciendo la beligerancia entre los que lo hacían y los que no, un combate que pasaba por abandonar el aula, toser, abrir las ventanas, etcétera. Yo entonces fumaba más que respiraba, y el frío no fue nunca un problema para mi, de modo que me alineé con la tribu “tabaquera”. Con 26 años era uno de los mayores del aula, pero a pesar de ello -o quizá aprovechándome de ello-, no tardé en hacer amigos, que sabedores de mis muchas ocupaciones me proporcionaban apuntes y me instruían en materia de “cambiazos”, “soplos” y “chuletas” que tanto tiempo de estudio me ahorraron (Entonces se decía que con paciencia, chuletas, y un poco de “pelotilleo”, uno podía sacar la carrera en siete u ocho años sin haber abierto un libro).

Me compré un coche por encima de mis posibilidades, como es natural, gracias al dinero de mi nueva familia, y me hice con una tarjeta de crédito bien nutrida gracias a la venta de una de las viviendas de la madre de mi mujer, un piso en Aluche al que no quisimos ir a vivir. Se suponía que debíamos comprarnos otro para no perder capital, pero no nos pusimos de acuerdo sobre la zona en la que fijar nuestra residencia, de modo que empezamos a gastar -yo el primero-, en restaurantes y ropa, y estando cómodamente instalados en otro piso de su familia se nos quitaron las ganas de mejorar.

Sin duda que mi doble o triple vida tuvo que ver con aquella dejadez. Por pura conveniencia había mantenido cada uno de esos mundos aislado de los demás, lo que me permitía ocultar verdades y vender mentiras con facilidad. Sentía cierta vergüenza por el lugar en el que vivía, de modo que jamás invité a mis amigos a casa. Por otra parte mantener a mi familia alejada de ellos me dejaba el camino libre para tener aventuras, y por supuesto que las tuve, empezando por un pequeño escarceo, un simple beso en el coche con una agradable compañera de trabajo que se llamaba Nuria, tal y como mi padre había vaticinado antes de que yo mismo la conociera, durante mi despedida de soltero. ¿Azar, gafe, o visionario? Quién sabe.

Aquel verano José Miguel organizaba unos cursos sobre periodismo político y campañas electorales en la Universidad Menéndez Pelayo de Valencia, y por supuesto que me apunté. Fueron unos días inolvidables. José Miguel había seleccionado un grupo heterogéneo de amigos que cubría “cualquier” necesidad que pudiera tener en “cualquier” área del saber (Pontón, Bonilla, Cook…), y luego estaba yo. Mi trabajo consistía en grabar las clases y dar ambiente a las largas noches levantinas. Y ambas cosas las hice a la perfección.

Siendo hijo de quien era tenía algunas ventajas, quizá muchas… Una de ellas era que los conocidos de mi padre, profesionales de prestigio, no me rechazaban nada más verme. Así me vi compartiendo mesa y desayuno, en aquel lujoso hotel de la Plaza del Ayuntamiento de Valencia, con el mismísimo Jesús Hermida y el profesor García Matilla (Eduardo).  El tiempo que ha pasado puede haber estrechado las distancias entre ellos y yo, pero entonces eran insalvables, os lo aseguro. Recuerdo el interrogatorio al que me sometió Jesús, amigo de mi padre y sabedor de mi “nulidad”, así como lo mal que lo estaba pasando tratando de responder acertadamente a pesar de la resaca. Pero la suerte nunca me abandona del todo, y de pronto se abrieron las puertas de aquel precioso salón, entrando de golpe cien jóvenes mujeres uniformadas, y unos pocos hombres. Todo el curso de formación de El Corte Inglés de Alicante, establecimiento que había sido inaugurado el año anterior, que realizaban prácticas en la filial valenciana de la empresa. Aquello acabó de golpe con mi tortura, porque empezaron a pedir autógrafos a Jesús, terminando con sus preguntas.

Para aquellos cursos valencianos de la Menéndez Pelayo José Miguel había invitado a los más brillantes expertos en política y comunicación del mundo, entre los que estaban los que habían llevado la campaña de David Dinkins, primer alcalde afroamericano de Nueva York (Mack y McMahon creo que se llamaban -Si alguien sabe el nombre correcto que me lo envíe y lo modifico-, dos tipos divertidos). Y por si fuera poco también apareció mi padre, autor de un libro sobre el lenguaje de los políticos en los años setenta, y especialista en política anglosajona en general y británica en particular, pero como es natural mi padre apareció cuando menos me convenía…

Habiendo resuelto las clases con éxito salimos a cenar con el equipo y los ponentes, y como era de esperar la cosa se complicó -culpa del “agua de Valencia”-. Pronto congenié con los yankees, y empezamos a cantar y contar chistes y anécdotas. En un momento de la noche me coloqué en el centro del grupo, con una jarra del zumo alcohólico en la mano, y me puse a contar alguna absurdez ininteligible cuando de pronto descubrí a mi padre, junto a José Miguel, cubriéndose los ojos avergonzado al ver a su hijo en semejante estado, y ante tan respetable público. Había llegado de noche cuando le esperábamos al día siguiente. Mamón.

Acabé en la playa de La Malvarrosa viendo amanecer junto a los dos americanos, que aún con su traje -y sus tirantes de colores-, habían bebido tanto como yo. Mirábamos al frente dando cabezadas, y tras varios balbuceos me dijeron que en ese momento, frente al mar, habían descubierto el valor de la cultura mediterránea. ¡Y todo gracias a mi!

Mi madre había tenido una hija, Beatriz, con su segundo marido, Juan, y unos años después se separaron, quedándose la pequeña con mi madre. Mi hermana mayor, Mari Carmen, había sido doblemente engañada por una misma persona que la abandonó con dos hijos -pero esa es su historia, no la mía-, y mi padre y su nueva pareja -Alicia- se habían marchado a vivir a la sierra, con su hija recién nacida, Inés, “dejando” a mis hermanos Álvaro y Laura al cuidado de su madre, María José. Inés, la hija de Alicia y mi padre, había venido al mundo con una enfermedad mitocondrial severa, incurable, y tras meses entre la vida y la muerte parecía haberse estabilizado, aunque las consecuencias de su patología le acompañarían para siempre, lo mismo que su sonrisa y alegría de vivir. Después de ocupar una casa de pueblo en Alpedrete, mi padre, Alicia, e Inés, pasaron a un gran chalet adosado, en una urbanización de reciente construcción a las afueras del pueblo, con una pista de tenis que mi padre utilizaba a diario. Sería su última casa.

Recuerdo que Inés tenía que alimentarse a través de una horrible máquina y necesitaba de una atención que no existía en España, de modo que mi padre buscó ayuda recurriendo a sus contactos, mientras que Alicia luchaba día a día por sacarla adelante sin dejar de cuidar a los demás hijos de mi padre, que ahogaba sus problemas con ayuda del alcohol, el tabaco, y el piano. Alicia fue otra heroína de las muchas con las que me crucé en la vida.

Generalitat

De todas las cartas que escribieron solicitando ayuda solo conservo una, la que dirigieron al entonces President de la Generalitat, Jordi Pujol, que respondió inmediatamente a sus peticiones. Su comportamiento en este caso fue de agradecer. Lo que hiciera en otros temas es harina de otro costal.

Puyol y padre

 

 

Anuncios

Acerca de Felipe Mellizo

Soy guionista, casi periodista, padre, pareja, ex-golfo, ex-aventurero, comilón, bruto, y seguidor del Atlético de Madrid.
Esta entrada fue publicada en Biografía, comunicación, Historia, Periodismo, televisión y etiquetada , . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s