Tuo Yaw (XXXV)

A los pocos días volamos hacia Bata, en el continente. Estuvimos una semana realizando entrevistas y visitando lugares relacionados con la navegación y la brujería (Novoa aprovechaba nuestras grabaciones para investigar y registrar tradiciones y ceremoniales misteriosos).  Sorprendía la cantidad de grandes barcos encallados en las costas africanas, y me explicaron que se trataba de algo normal para no tener que pagar por su reparación o desguace, así como para cobrar seguros y ahorrarse salarios.

Siguiendo las huellas de Iradier salimos hacia el sur en un gran todoterreno Pick-up, por una carretera que atravesaba la selva; un camino de tierra y barro impracticable para un vehículo normal. El reparto de los asientos se hizo siguiendo un orden estricto de edad y relevancia en el rodaje, de modo que me dejaron fuera, sujetándome como podía a la barra anti-vuelco cuando volábamos sobre los baches que las riadas formaban en el camino.

Cruzábamos poblados que flotaban entre ese impresionante mar de vegetación, y cada vez que lo hacíamos los niños del lugar salían a la carrera señalándome, mientras gritaban algo que yo no entendía, hasta que en una de las paradas me dijeron que decían “Blanco, blanco”. Los árboles que nos rodeaban rebosaban de vida, que estallaba en estampida a nuestro paso. Y aburrido de tanto verde me puse a cantar, -sí, soy un cantarín-. Empecé por los himnos de la marina, y pronto pasé a las jotas. Nadie me escuchaba, de modo que me crecí, cantando con todas mis fuerzas aquello de “Tengo un hermano en el tercio, y otro tengo en regulares, y el hermano más pequeño preso en Alcalá de Henares…”. Mis compañeros, aislados en el interior del coche con su música y su aire acondicionado, me miraban cada rato para comprobar si aquellos berridos eran gritos de dolor, porque mi voz es de todo menos melodiosa, y al verme feliz cerraban de nuevo las ventanillas.

De vez en cuando nos cruzábamos con grupos o individuos que caminaban desde ninguna parte a parte alguna (típico de la zona). Desde lejos hacían señales para que nos detuviéramos, y a punto estaban de ser atropellados por el conductor, que hacía caso omiso de sus peticiones. De pronto, aprovechando que vadeábamos un riachuelo, tres de ellos consiguieron subirse en marcha. Se trataba de dos hombres y una mujer. Me saludaron sonrientes y se sentaron. Nadie dijo nada, de modo que entendí que aquella forma de autoestop era lo normal allí. En un momento del viaje el 4×4 pegó un brinco, y la chica, una mujer joven, cayó del vehículo. Se pegó tal hostia que yo empecé a golpear en el techo de la cabina, para que parasen, pero miraron por el espejo, vieron que se levantaba, y siguieron como si nada, dejándola a su suerte. Miré a los dos hombres que seguían con nosotros, y sonriendo me dijeron “no pasa nada”.   Llegados a Río Benito los dos hombres se apearon. El viejo puente se había derrumbado, y cruzamos en un transbordador sobrecargado hasta la otra orilla, siguiendo después nuestro camino hacia Cogo, la antigua ciudad de Puerto Iradier.

Llegar a Cogo no es fácil. La ciudad se encuentra en un promontorio selvático en mitad del río Muni, entre Gabón y Guinea Ecuatorial. Subimos el equipo sobre varios cayucos, y cruzamos aquellas negras aguas hasta llegar a un pequeño puerto (hoy muy mejorado). Durante todo el trayecto estuve midiendo las posibilidades que tendría de llegar a nado hasta la orilla si volcábamos, en el caso de que no me devorase alguna de las infinitas bestias que seguramente poblaban aquellas aguas. Los cayucos, embarcaciones sin quilla, tienen la mala costumbre de volcar en cuanto se desequilibran, de modo que me abstuve de cantar durante el trayecto. Finalmente desembarcamos en la vieja Puerto Iradier.

Aquello era un lugar mágico, con aires caribeños gracias a los numerosos edificios coloniales que los españoles dejamos allí. Teníamos la sensación de estar en Cuba, más que en África. Grabamos y embarcamos en una lancha algo más sofisticada, que nos

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Manuel Iradier (Wikipedia)

llevó hasta la isla de Corisco, pasando por Elobey grande y Elobey chico, islas abandonadas en donde filmamos las ruinas de los edificios construidos durante la ocupación española. Finalmente llegamos a Corisco, enclave situado frente a las costas de Gabón, con sus míticas playas de arena blanca, las más blancas que vi en toda mi vida. Recorrimos sus cosatas, grabando bailes, y entrevistas con lugareños que nos contaban viejas historias de la ocupación española, y disfrutamos de su comida y hospitalidad durante unos días. Un gran lugar para desaparecer, salvo porque las serpientes tenían por costumbre llegar hasta sus costas a bordo de grandes troncos arrastrados al océano por las tormentas, y a falta de predadores se habían extendido como una plaga. Regresamos a Bata.

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Cuando uno se dedica a rodar documentales no suele tener mucho tiempo, ni espacio en su mochila, para la higiene personal. Al menos eso era lo que pensaba yo, un joven aprendiz de cámara, cuando me enviaron a comprar jabón a un badulaque local. En pocas horas debíamos subirnos a la avioneta, rumbo a una isla abandonada a su suerte en mitad del océano Atlántico, Annobón. Acostumbrado a acatar y obedecer órdenes sin rechistar me hice de inmediato con cerca de veinte pastillas de jabón “Lagarto”, y las empaqueté junto a mis escasos calzoncillos.

Salimos de Bata hacia Port Gentil -Gabón-, para cargar combustible, y tras un largo y peligroso vuelo conseguimos aterrizar en el asilvestrado aeródromo de San Antonio de Palé, entonces abandonado, salvo por las esporádicas e imprevisibles visitas de los aviones de la Cooperación Española, que dejaban medicinas y correspondencia, a menudo soltándolas desde el aire.

Anobón

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Durante varios días exploramos ese pequeño paraíso habitado por unas 5000 almas, aisladas del resto del mundo tras la destrucción del muelle del puerto durante uno de los muchos temporales que asolaban la isla. Un lugar sin electricidad entonces, recorrido por intrincadas sendas abiertas a machetazos que tardaban poco en ser cubiertas de nuevo por el verde manto de la selva tropical.

Buscábamos información y testimonios sobre la pesca de ballenas con arpón desde inestables cayucos. Un arriesgado modo de sustento de los lugareños que venía practicándose desde hacía siglos. No tuvimos suerte, pero durante una semana pudimos entrevistar a varios pescadores que aún salían a por las “Yubartas”, y que hablaban una extraña mezcla de idiomas, entre el portugués, francés, y español. Para recorrer la isla, cargados de material, teníamos que pedir ayuda a jóvenes locales, que nos seguían con curiosidad a todas partes. Entonces descubrí el porqué del jabón.

A falta de los más mínimos bienes de la sociedad moderna, y en un lugar en el que el dinero carecía de utilidad, el jabón les resultaba fascinante y útil. La limpieza de la ropa era un evento social diario y muy musical, siempre acompañado por los cánticos de las mujeres, a ritmo del violento retumbar del agua cuando se sumergían las prendas con fuerza.

Siguiendo las indicaciones de mis superiores entregué un jabón a cada uno de los dos lugareños que nos habían ayudado en la subida al volcán. Pero entre ellos estalló una violenta disputa. Según me explicaron después fue debido a que yo había pagado con la misma moneda esfuerzos muy diferentes: Uno de los jóvenes había cargado el doble de peso, durante el doble de tiempo. Esa misma noche, en la habitación que nos había preparado el monje claretiano que cuidaba de la fe cristiana de los isleños, la pasé cortando jabón “lagarto” en trozos de distinto tamaño. Nadie se pelearía por mi culpa. Con un cuchillo afilado y una vela para calentarlo, deshice las pastillas en fracciones, con algunas de mayor valor, a modo de sistema monetario. De ese modo pudimos trabajar, y pagar por la ayuda, sin provocar más trifulcas.

El documental en cuestión se llamaba “Longitud Latitud”, y se emitió en TVE entre 1989 y 1992. Las reservas de petróleo de Annobón se descubrieron en 1992… ahora hay puerto, y aeropuerto.

(* Texto dedicado a mi amigo “EL TURCO”, Sergio, todo un lagarto).

Y hoy añado a la dedicatoria al recientemente fallecido José Manuel Novoa.

[Entiendo que el fondo de la anécdota pueda resultar moralmente reprochable para algunos, pero eran otros tiempos, y lugares con costumbres y gustos difíciles de asimilar. Y yo lo que hacía siempre era obedecer, superado por la suerte de poder hacer aquellos extraordinarios viajes de los que podría estar escribiendo tres vidas enteras].

Una semana después me senté en el avión que nos traía de vuelta a España. Estaba molido. La noche anterior habíamos bebido, y fumado “congo” hasta reventar. Había perdido mucho peso después de semanas alimentándome de aguacate, cebolla, y alcohol, estaba moreno a ronchas, y mis manos se habían hinchado por las miles de picaduras que había recibido sosteniendo el flash en mitad de la selva (una de mis obligaciones). Pero regresaba por fin…

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Acerca de Felipe Mellizo

Soy guionista, casi periodista, padre, pareja, ex-golfo, ex-aventurero, comilón, bruto, y seguidor del Atlético de Madrid.
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2 respuestas a Tuo Yaw (XXXV)

  1. DARTH V dijo:

    Esta entrada me suena… como si ya lo hubiera leído… sobre todo lo del jabón… no sé.

    Lo de la mujer me ha dejado muerta… la dejan ahí… ale, no ha pasado nada!! Madre mía

    Y ya por último, leyendo estos viajes y experiencias, entiendo que las últimas películas de cine español como Palmeras en la Nieve o Los últimos de Filipinas (que se rodó en Guinea Ecuatorial)… te habrán parecido aberrantes…. o no, no lo sé?

    Besos

    • Pues claro que te suena. Voy recuperando viejos textos hasta completar la historia. no es fácil. En cuanto a las pelis, no las juzgo. Prefiero verlas sin prejuicios. Y si son de amigos, como es el caso, siempre soy positivo. Jejeje.

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