Tuo Yaw (XXXIV)

Me sentía un extraño en mi propia casa, como si aquello no fuera conmigo. Miraba a los grandes ojos de mi hijo Felipe, que había crecido lo suficiente como para sostener su cabeza recta y sonreír, intentando en vano convencerme de que aquello era la vida real.

No soportaba las visitas de las amigas de mi mujer con sus respectivos maridos, todos cargados de aspiraciones conservadoras, naderías, y lugares comunes, y mucho menos cuando éramos nosotros los que nos desplazábamos a casas ajenas. Uno de estos consortes me recibía con los auriculares puestos mientras escuchaba el carrusel deportivo, vestido con un chándal que dejaba al aire la mitad de su culo, y se sentaba en su sofá intentando hacerme partícipe de su divertimento sin ofrecerme drogas ni alcohol para hacer más llevadero el encuentro. El mismo tipo -una joya-, llevaba escritos en un papel los chistes que le hacían más gracia, y a hurtadillas consultaba la chuleta durante las cenas para regalarnos alguna de esas gloriosas joyas de humor zafio que inundaban las cadenas de televisión de entonces. Escucharle me provocaba arcadas, y mientras le sonreía pensaba en cogerle de la nuca y estrellar su cabeza contra el plato de spaghetti a la bolognesa. Otras veces, las menos, quedábamos con los compañeros de facultad de mi mujer, todos listísimos y pijísimos, capaces de tomarse “por lo menos” dos cervezas en una tarde mientras hablaban de fisiología animal, o recordaban cuando el profesor de química se equivocó a la hora de poner en la pizarra una fórmula de aminoácido alifático ¡Y puso la de un inminoácido..! ¡Para morirse de risa! Una pena que no pudiera contarles todo lo que sabía yo de ácidos, fueran en secante o micropunto…

Pero mi hijo era algo extraordinario: Callado, feliz, e ignorante. Celia había empezado a trabajar en el Instituto de la Juventud de la calle Ortega y Gasset, y yo pasaba muchas horas a solas con él. Quedaba poco para examinarme del acceso a la Universidad para mayores de veinticinco años, y preparaba el examen con el niño colgando de la mochila porta-bebés, caminando desde la puerta de entrada hasta el baño, en aquella diminuta vivienda que nos habían cedido mis suegros, mientras repasaba los apuntes y los recitaba en voz baja. Me grababa mis propias lecturas en cintas de casete, y las escuchaba una y otra vez hasta quedarme dormido, y consultaba a Celia -ya licenciada en Biología-, cualquier duda que pudiera tener. Finalmente me examiné en la Escuela de Caminos, y aprobé con buena nota, matriculándome en Periodismo de inmediato para así acallar algunas voces que no dejaban de recordarme mis muchos fracasos, como hacía mi padre todos los días. ¿Su reacción cuando aprobé? Ninguna.

Mientras tanto seguía viajando por el mundo, acompañando a Jon Incháustegui como auxiliar de cualquier cosa.

All-focus

Fotograma “robado” de la página de RTVE en donde se pueden ver algunos capítulos de aquellos documentales. En el de la imagen seguíamos la ruta de una lata de caviar desde el punto de venta en Madrid (Khazar Co, en el Paseo de la Habana -Yo era el cámara, pero no el estilista de mi padre-), hasta el pueblo pesquero del mar Caspio en donde se envasó.

En mayo recibimos a los barcos de la Withbread (la vuelta al mundo) en Portsmouth, y cruzamos Europa de un extremo a otro persiguiendo historias de marinos ilustres, ya  fuera a bordo de barcos de rescate, de lanchas de recreo, o de rompehielos nucleares rusos. Finalmente, en junio, salimos hacia África para ilustrar la vida de Manuel Iradier, gran explorador vasco del siglo XIX maltratado por el “salón de la fama histórico”.

Las relaciones entre España y Guinea Ecuatorial no estaban en su mejor momento. España denunciaba la falta de derechos en el país africano, y daba cobijo a los que escapaban de la larga y cruel mano de Teodoro Obiang Nguema. La cárcel de “Playa negra” (Black Beach), una de las más temidas de todo África, era el destino de todo opositor al líder del partido único (El mismo Teodoro había sido director del pavoroso penal de “irás y no volverás” en el pasado). España mantenía sus proyectos de cooperación, pero cedía terreno ante los acuerdos comerciales que Teodoro firmaba con Sudáfrica, y ante la pasividad de la antigua metrópoli Marruecos se había convertido en el principal aliado militar, y sus soldados hacían las veces de policías en los lugares más conflictivos del país. El poder, según nos dijeron, estaba en manos de la familia del Presidente Teodoro y de los vecinos de Mongomó, lugar en donde se criaron tanto él, como su antecesor Macías.

Fueron mis primeras vacunaciones tropicales. Hasta entonces había viajado sin preocuparme por las enfermedades. El SIDA era algo en lo que apenas pensábamos, confiando en la ruleta del destino, y para el resto de males bastaba con inyectarse “rocefalin 2g”, que se vendía en cualquier farmacia española sin receta médica, y que acababa en horas con cualquier forma de vida no deseada. De todos modos recibimos innumerables charlas sobre profilaxis y abstinencia, para que no tuviéramos malas experiencias a nuestro regreso, ni pusiéramos en peligro vidas ajenas.

Mientras tanto mis antiguos compañeros de Radio El País se habían dispersado. La mayoría de ellos fueron acogidos por la S.E.R, otros entraron a formar parte de distintos gabinetes de prensa de empresas públicas y privadas, y los hubo que ganaron una plaza como docentes en distintas universidades. Pero un pequeño grupo, liderado por José Miguel Contreras, saltó al primer gran proyecto audiovisual del grupo PRISA, CANAL +.

El viaje fue cómodo, y en pocas horas estábamos desembarcando en Malabo, con ese ambiente plomizo y pegajoso de los climas tropicales. Fuimos recibidos con cariño por una curiosa mosca -mosca Bubi me dijeron después-, que se posó sobre mi mano cuando caminaba hacia la terminal, giró sobre sí misma, y se llevo un buen trozo de mi piel, dejándome una graciosa marca roja. Qué cachonda.

Durante varios días estuvimos grabando por la isla de Bioko. Novoa, el especialista en Guinea que nos acompañaba, nos fue llevando de un lado a otro para que grabásemos el espectáculo de las mujeres cantando y lavando ropa en Luba, acompañadas por el impresionante sonido de mil prendas sumergidas al mismo tiempo en el río; o el intenso verdor de la selva que rodea el lago del cráter del volcán Moca, después de hacer una ofrenda de cerveza a los espíritus tirando varias latas a la caldera (Teníamos que haberlas abierto antes, porque visiblemente molestos los espíritus desencadenaron una tremenda tormenta a los pocos minutos, y bajamos del cráter de 1500 metros de altitud resbalando entre ríos de lodo, como en “Tras el corazón verde”).

De vez en cuando nos reuníamos con políticos locales, que se sentaban frente a la cámara con aires de emperador romano para responder a preguntas que nos inventábamos, con la única intención de conseguir permisos para grabar. En ese sentido debo decir que el trabajo en Guinea no era algo fácil, ni exento de riesgo. Habiéndonos instalado en los edificios de la Cooperación española en Malabo -algo así como terreno sagrado-, trajeron a un fotógrafo español malherido. Le habían descubierto haciendo fotos en una zona militar, y los guardias morroquíes, acompañados por algunos guineanos, le habían metido una paliza dejándolo medio muerto.  Las autoridades llegaron a un acuerdo, y no se publicitó. Pero Novoa consiguió hablar con él: Trabajaba para una revista de naturaleza, y había seguido a unas aves hasta que se topó con un grupo de militares, intentó explicarse, pero le dijeron que estaba espiando… ¿El qué? Me he preguntado yo desde entonces.

Por la noche, después de cenar, salíamos a un club de la ciudad. Para un chaval de 26 años como yo aquello era Sodoma y Gomorra. Ni en mis más audaces sueños había imaginado algo así: Mujeres espectaculares no dejaban de acosarte hasta sentirte molesto. Bailaban algo llamado “Birkusí”, una especie de twerking que te hacía retroceder por miedo a no estar a la altura. Finalmente el alcohol te daba el valor que te faltaba, y ayudaba a calmar la conciencia borrando las memorias.

Aprovechando nuestra visita José Manuel Novoa quiso que grabásemos algunos rituales ancestrales de los pueblos africanos, materia en la que fue, y será para siempre, uno de los mayores expertos [Escribiendo esta parte me enteré de su muerte, una pena. Fue una de aquellas grandes personas que se cruzaron en mi vida. Curioso, incansable… ]. Nos explicó el origen del vudú, y el uso de la raíz de “iboga” en los ceremoniales de iniciación, algo que pudimos ver y grabar en directo en una perdida choza, a la luz de la luna, rodeados de hogueras que hacían que todo pareciera aún más mágico de lo que ya era. También asistimos a maravillosos cantos y bailes nocturnos, y a algo que probablemente fuera la experiencia más dura que yo había vivido hasta entonces: La visita a un centro médico que recogía a niños enfermos de tripanosomiasis (Enfermedad del sueño), que eran abandonados por sus familiares cuando, tras tratarles con medicina tradicional, los daban por perdidos. Muchos de ellos morían a los pocos días, y ese argumento era utilizado por los que defendían la medicina tradicional para denostar la científica. Abrieron una choza gigantesca en donde les atendían para que entrase yo -el aprendiz, porque el verdadero profesional era Josu- con la cámara, recogiendo las primeras imágenes. Me quedé congelado, con la cámara al hombro. Era un lugar infecto, oscuro y húmedo. Varios niños salieron de la penumbra, con esos grandes ojos blancos -como los de mi hijo-, y vinieron hacia mi. No estuve a la altura y retrocedí, pero Josu me frenó y empujó hacia dentro. Fueron veinte minutos de terrible realidad. Jamás lo olvidaré.

 

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Acerca de Felipe Mellizo

Soy guionista, casi periodista, padre, pareja, ex-golfo, ex-aventurero, comilón, bruto, y seguidor del Atlético de Madrid.
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Una respuesta a Tuo Yaw (XXXIV)

  1. DARTH V dijo:

    Vaya… lo leo y me acuerdo que publicaste en Facebook sobre Novoa… que terrible coincidencia, de nuevo lo siento mucho.

    Lo de la enfermedad del sueño que comentas, no sé que és.. voy a buscarlo

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