Tuo Yaw (XXXIII)

Poco antes de abandonar la Antártida recordé una absurda promesa que hice a los de “Lo que yo te diga”: Me fui hacia un extremo del aeropuerto desde el que se veía el glaciar, y sobre el hielo me hice una fotografía, sin más abrigo que la camiseta de su programa de radio (Una caricatura de varios personajes famosos de aquellos días, encabezados por el Papa Wojtyla). A la tarde embarcamos en aquel “Hércules” del ejército brasileño rumbo a la Patagonia.

Como Jon no soportaba verme ocioso, ni tan siquiera durante el vuelo, tuve que visionar cintas con el magnetoscopio portátil, y señalar los códigos de tiempo de las principales localizaciones en las que habíamos grabado… Siempre había algún “marrón” para mí, y cuanto más molesto mejor.

Al anochecer aterrizamos en Punta Arenas, y salimos del aeropuerto con la expedición brasileña, sin cruzar aduana alguna. Después nos separamos de ellos, y buscamos un cómodo hotel en el centro de la ciudad. Estábamos cansados, y tras los habituales papeleos nos fuimos a dormir. Caímos rendidos. De pronto llamaron a la puerta. Golpes duros, violentos e insistentes. Mi padre y yo nos despertamos asustados. “¿Qué pasa?” le pregunté. Oíamos voces, y alguien, en un tono imperativo y serio, soltó un “¡Abran!” que nos heló la sangre. Mi padre se puso una camiseta y fue hacia la puerta. Yo esperaba en calzoncillos, paralizado. Nada más abrir nos dimos cuenta de que estábamos metidos en un lío de los de verdad: Jon se encontraba entre dos enormes policías chilenos, mientras que un tercero, y otro vestido de paisano, nos miraban con cara de pocos amigos. Iban armados, y uno de ellos estaba preparado por si nos resistíamos. Jon, experto en esas lides, dijo que nos callásemos, y nos bajaron hasta el hall del hotel, dejándonos bajo la vigilancia de un agente, junto a la puerta de entrada, en la calle, en mitad de la noche, en calzoncillos, y pelados de frío.

Jon se marchó con el que parecía ser el jefe, y yo le dije a mi padre que “hasta aquí” habíamos llegado: Pinochet no era de andarse con tonterías, y las aguas estaban revueltas, con el pueblo chileno aún temeroso de que el dictador diera un “autogolpe” para recuperar el poder. Mi padre estaba sorprendentemente tranquilo. Al cabo de unos minutos -que se nos hicieron horas- regresaron Jon, y un jefe de policía -supongo- que se disculpó ante mi padre, y nos dieron una manta dejándonos pasar al hotel. Se relajaron, y por fin nos enteramos de lo que había pasado: Habíamos llegado desde Ushuaia (Argentina) a La Antártida, territorio que los argentinos consideran dentro de su soberanía; pero regresamos desde La Antártida a Punta Arenas (Chile), y los chilenos también reclaman la península antártica como suelo patrio. De modo que al no tener visa de entrada, porque no hay aduanas en ese continente, éramos ilegales en Chile -en un momento sumamente delicado para el país-. Después de unas horas de negociaciones todo quedó aclarado, y pudimos quedarnos un par de días por la zona grabando el estrecho de Magallanes, pero esos gélidos momentos en aquella calle no se me olvidarán fácilmente (siempre me quedó la duda de si el pasado de Jon Intxaustegui había tenido algo que ver con lo sucedido, pero preguntarle hubiera sido inútil).

Debíamos volver a Argentina con urgencia para cumplir con todas nuestras citas, que nos llevarían a Río Gallegos primero, y desde allí a Buenos Aires, para finalmente alcanzar Punta del Este, justo cuando estaba previsto que arribasen a esa ciudad de veraneo uruguaya los primeros barcos de la regata vuelta al mundo (Withbread entonces, Volvo Ocean Race ahora). De modo que alquilamos un coche con conductor para cruzar el territorio de los indios “Ona” [Mi padre se había comprado un libro sobre ellos; un pueblo duro, que fue literalmente cazado hasta la extinción por los británicos, que organizaban “monterías” humanas, y finalmente rematado por la fiebre del oro que azotó la zona, personificada en la figura de Julio Popper, un personaje sin escrúpulos que incluso se permitió crear un albúm de fotos con sus repugnantes “proezas”, que se pueden ver en internet con facilidad. En 1990 los Onas apenas eran cuatro, que vivían “desintegrados” en la sociedad moderna]. Durante los primeros días en Punta Arenas me llamó la atención la tupida reja que cubría la luna delantera de todos los vehículos. No acababa de ver su utilidad hasta que salimos a la carretera (Ruta 255). Se trataba de una pista, de más de diez metros de ancho, sin asfaltar, pedregosa, y sin apenas curvas, que marchaba paralela al estrecho de Magallanes hasta la frontera con Argentina, en donde se desviaba para dirigirse a Río Gallegos. Los coches y camiones circulaban por ella a una velocidad insensata, y algunos derrapaban y perdían la tracción por momentos. Los camiones, de gran tonelaje hacían que las piedras salieran disparadas como balas a su paso, y sin la reja no hubiera sido posible sobrevivir a aquellos encuentros, que parecían formar parte de una secuencia de “Mad Max: salvajes de la autopista”, una sensación que se multiplicaba gracias a los inumerables “cadáveres” oxidados de vehículos que jalonaban el recorrido.

Tardaríamos cinco horas en cubrir el trayecto. Yo miraba al conductor preocupado por su relajación, pero este parecía acostumbrado a conducir en aquellas condiciones, e incluso a ver a través de la polvareda que se levantaba en el camino con el paso de aquellos energúmenos de más de cuatro ejes. Parecía reírse de nuestros miedos.

Nos detuvimos un par de veces para grabar el estrecho y algunos grupos de pingüinos, o focas, que descansaban en las pedregosas playas -personalmente yo ya estaba hasta el gorro de ellos, y deseaba que se los comieran las orcas-. Finalmente llegamos a la frontera.

En aquellos días ambos países compartían un mismo edificio oficial que había que atravesar para sellar el pasaporte y volver a montar en el coche al otro lado. Como en un mal chiste el contraste resultaba de lo más tópico: El lado chileno era silencioso, limpio, y sumamente formal. Pero fue cruzar el umbral que separaba ambos países y entrar en un universo ruidoso y desordenado. Estábamos de nuevo en Argentina.

Pasamos un par de días en Río Gallegos, la ciudad que sirviera de base para la aviación argentina durante la Guerra de las Malvinas. Lo recuerdo como un lugar algo triste, una ciudad de casas bajas y calles anchas. Entrevistamos a diestro y siniestro, y embarcamos en los pesqueros españoles de Pesca-Chile que faenaban en la zona -refugiados en Sudamérica después de haber esquilmado el banco de Angola- para hablar con los patrones.

Por fin aterrizamos en Buenos Aires, y de nuevo nos hospedamos en el hotel Obelisco. La suciedad acumulada en nuestros cuerpos durante el viaje había fundido nuestras ropas con la piel, y el olor a barbacoa de pescado que desprendíamos forzaba a echar un paso atrás a los que hablaban con nosotros.

Sin quitarme las botas llamé a Madrid. Mi hijo evolucionaba favorablemente y esperaban mi llegada, más ansiosos que yo mismo porque, a pesar de las palizas, me lo estaba pasando bien. Mi padre salió a dar un paseo, y descubrió que en el tiempo que habíamos estado fuera sus australes habían perdido más de la mitad de su valor. Un par de asados después volamos hasta Montevideo, y alquilamos un coche para llegar a Punta del Este.

Aquello era otro nivel: Lujo, restaurantes, un hotel de cinco estrellas. Acababa de tumbarme en la cama cuando me dijeron que había que correr al puerto: Llegaba el “Steinlager”, el barco de Peter Blake [Meses atrás les habíamos grabado saliendo de Southampton, una gran experiencia, con mi padre en la proa de un barco de seguimiento como si fuera un mascarón].

Scanfortuna

Mi padre, Jon, y parte del equipo, junto al Fortuna en la salida de la Withbread. El Solent.

Corrimos hasta el puerto para conseguir una buena posición pero ya era tarde, y nos tuvimos que contentar con algunos planos generales. Con el tiempo fueron llegando los demás (primero el Fisher & Paykel, y luego “Rothmans”, y el “Merit” -Cerveza, tabaco, y salud, como cambian los tiempos, y los patrocinadores-). En el barullo que se había formado Jon empezó a correr de un lado a otro, y yo debía seguirle con la cámara, el cinturón de baterías, la mochila de las cintas… Viniendo de la Antártida nuestra ropa no era la más adecuada: Estábamos a 35 grados, en la playa, con la gente en bañador y bikini… Y yo llevaba unas botas semirrígidas con suela “camet” para hielo y nieve, un pantalón de espuma, y una camiseta sucia. Jon avanzaba por la cubierta de uno de aquellos barcos, y, de pronto, me dijo “¡Pipe, la cámara!”. Yo se la pasé como pude, y le seguí mientras grababa, porque estaba enganchado a la batería. Sudaba como un pollo. En una de esas, sobre uno de aquellos barcos, me mareé. Por suerte lo ví venir, y cuando Jon saltó de un barco a otro supe que no podía seguirle, y que el cable de la batería que nos unía haría que la cámara cayese al mar. Me quité el cinturón del hombro, y lo lancé a la espalda de Jon, cayendo a plomo sobre la cubierta. Sí, me desmayé.

Me desperté pensando que habrían pasado horas, pero no, fueron sólo cinco minutos. Jon, tras recogerme, pasó de mi, y me dejó junto a unos espectadores que me daban aire con su toalla. Intentaron retenerme, pero no pudieron. Bebí una coca-cola y me fui tras Jon, que saltaba como loco de barco en barco. Ni tan siquiera me preguntó por lo que me había pasado, y simplemente me dijo “¿Dónde está tu padre?”, yo no le pude responder, y entonces me ordenó entrevistar al mismísimo Peter Blake, que se encontraba esperándonos cerca de su barco (Jon era bilingüe en francés y euskera, pero el inglés era para él un muro infranqueable). De modo que, recién recuperado de una lipotimia, y sin tener ni idea de navegación ni haberme documentado, me vi improvisando una entrevista a uno de los mejores navegantes de la historia, un tipo de más de dos metros, simpático y educado, que con paciencia completó mis grandes lagunas técnicas, y dio una valoración de aquella dura etapa (Aukland-Punta del Este), una de las más emocionantes de la historia de la vuelta al mundo [Nota para gente de mar: Tal y como hoy sucede con los winches a pedales del New Zealand, entonces había una pelea con los que Blake había instalado en su barco, que mejoraban los tradicionales cabrestantes de pura tracción humana]. A la mayoría de los que lean esto -si es que alguien lo hace- les importará un rábano este universo náutico, pero quizá se conmuevan al saber que “Sir” Peter Blake murió en 2001, con 53 años, defendiendo a tiros su barco y su tripulación del asalto de unos piratas brasileños en el río Amazonas.

Mientras esperábamos la llegada del “Fortuna”, el velero español (Patroneado durante el recorrido por tres capitanes: De la Gándara-Santana-Doreste) por el que realmente estábamos allí [Teníamos un compromiso con TVE y algunos patrocinadores, que sufragaron a medias nuestros gastos], aprovechamos para recorrer la zona: Punta del Este era el refugio de las grandes fortunas argentinas, que aprovechaban sus frecuentes visitas para lucir riqueza y joyas, algo sumamente arriesgado en su propio país. Helicópteros de alquiler -incluso pequeños “monoplazas” aéreos (algo que durante años me costó pasar por mentiroso, ya que era difícil creer que existieran)-, coches de caballos, comercios despampanantes, restaurantes, y -por qué no decirlo- mujeres… Muchas, y muy simpáticas, especialmente con todos los implicados en aquella regata.

Camara en URUGUAY

Entre mis obligaciones estaba la de grabar todos los amameceres, y a Jon le daba igual a la hora a la que me hubiera acostado. FOTO: En las playas de Punta del Este una mañana cualquiera. Sé que podría ser Torremolinos, pero juro que es Uruguay.

Aprovechando la estancia Jon nos llevó a un restaurante de un viejo amigo suyo, miembro de la numerosa comunidad vasca que se había instalado allí, bien fuera por motivos políticos, como personales [Es sabida esa historia: Durante años ETA utilizó Uruguay, y una red de restaurantes, como “escondite”, hasta que en 1992 se desmontó la trama de ocultación de escapados de la justicia española con la “Operación dulce”].  No sé si el restaurante “Marinaetxea” -como creo que se llamaba- formaba parte de aquella trama, pero sí que su comida era espectacular. Tenía unos grandes viveros de marisco bañados por el Océano Atlántico, y una decoración que nos era muy familiar. El propietario se sentó con nosotros, y charló con mi padre, mientras que yo me entretuve “tirándole los tejos” a su hija, una chica guapísima que parecía más interesada en Jon que en mi. Una pena.

Finalizadas nuestras grabaciones regresamos a Buenos Aires con la idea de ordenar el material y preparar nuestro regreso. Recuperamos las cajas metálicas que nos había guardado Pino Solanas, y las llenamos con las cintas que habíamos grabado… ¡Al menos un centenar! Nuestro material había crecido desde que llegamos, y Jon empezó a preocuparse por el peso, de modo que me ordenó que tirase toda mi ropa, todos mis zapatos y abrigos, para llevar la mayor cantidad de material sin tener que pagar el sobrepeso. Hicimos una montaña en el centro de la habitación, con gran dolor de mi corazón, y llenamos nuestros equipajes con material técnico. Tanto había crecido nuestro equipo que viaje hasta Madrid con los cinturones de baterías atados a mi cintura.

El día de la partida mi padre no aparecía. Como sucedía habitualmente había desaparecido, durmiendo fuera del hotel. Cuando estábamos a punto de llamar a la policía llegó, sonriente, blandiendo un látigo de piel que aún ronda por alguna casa de mi familia… De estar una semana más allí seguro que acaba con una camisa de fuerza.

Y como tantas otras veces en mi vida me metí en el baño del avión, justo cuando cruzábamos el ecuador, para ver si captaba el momento exacto en el que el agua cambiaba de dirección (Puñetero “efecto Coriolis”, que nunca se manifiesta cuando uno lo desea). 

Desconozco cuando, pero seguiré…

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Acerca de Felipe Mellizo

Soy guionista, casi periodista, padre, pareja, ex-golfo, ex-aventurero, comilón, bruto, y seguidor del Atlético de Madrid.
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2 respuestas a Tuo Yaw (XXXIII)

  1. DARTH V dijo:

    Impactante lo de Peter Blake!!!! Vaya…

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