Tuo Yaw (XXXII)

En unas horas habíamos llegado a nuestro siguiente destino: La base chilena “Presidente Eduardo Frei”, en la isla del Rey Jorge, el lugar más parecido a Mos Eisley de este planeta.

Supuestamente el Tratado Antártico protegía la zona de especulaciones y atentados ecológicos, pero los acuerdos no frenaron la concentración de bases en aquella pequeña porción de tierra austral. Coreanos, ecuatorianos, rusos, chilenos, uruguayos, argentinos, y polacos, habían sentado sus reales en sus costas, con la esperanza de ganar puntos en el caso de un hipotético reparto de soberanías, o para conseguir derechos de explotación si se anulaban los acuerdos. España había entrado en aquella carrera -no podía ser menos-, y añadía a la base de la isla Livingston otra de carácter militar (o científico-militar según decían ellos mismos): Gabriel de Castilla, en la preciosa isla Decepción; y nuestros investigadores contaban con el apoyo de un nuevo buque científico, que reemplazaba al vetusto “Las Palmas”: “El Hespérides”, bautizado con tan desafortunado nombre por el Rey Juan Carlos -según nos dijeron fuentes de absoluta confianza- [Unos corchetes para destacar a un gran ser humano, el contralmirante Manuel Catalán Urquiola; científico, militar, jefe de las expediciones militares, director del observatorio de San Fernando, y agradable conversador, que mantuvo una estrecha y amistosa relación con mi padre]. Las reclamaciones territoriales de las distintas naciones sobre aquel continente helado se sucedían y solapaban, empezando por la misma península antártica, considerada terreno patrio por cuatro o cinco países, además de rusos y americanos, que ni tan siquiera se molestaban en decirlo. La mayor de aquellas bases, la que ejercía de “capital” a todos los efectos, era la base chilena.

Pinochet, aún en el poder, había invertido mucho dinero público en potenciar la presencia de su país en la zona creando una pequeña ciudad, con estafeta de correos, aeropuerto, albergue, gimnasio, hospital, supermercado, banco, y hasta escuela… Sí, escuela, porque algunos militares se trasladaron allí con sus familias al completo -niños que pasaban en el continente helado los primeros años de su vida, creciendo en un mundo extraño, sin enfermedades comunes, ni ciclos de noche/día tradicionales, y para los que una gallina era una especie de horroroso pingüino (Y tienen razón, la verdad).

Nos instalamos en el albergue situado junto a la pista de aterrizaje, un aeródromo que compartían todas las expediciones de la zona: Aviones del British Antartic Survey, Antonovs de los rusos, Hércules brasileños… Un tráfico constante que pasaba por encima de un grupo de elefantes marinos que apenas les prestaban atención, y que nosotros observábamos desde la sala de estar del “Hotel cruz del sur”, bebiendo vodka y viendo la televisión vía satélite como si estuviéramos en un lujoso hotel de Santiago de Chile. Grandes camiones subían y bajaban por el estrecho camino que llevaba hasta la bahía: Orugas, trailers articulados, motonieves, motos, todo terrenos… La actividad era incesante en aquella torre de Babel.

yo y tanque

Mi menda, cámara al hombro frente a un anfibio ruso, en la isla del Rey Jorge.

Grabamos todo lo que pudimos, mientras buscábamos la manera de salir de allí porque, dada la complejidad del viaje y no sabiendo lo que encontraríamos, Jon no lo había previsto. En un documental previo, que nos llevó a Islandia -y que algo tenía que ver con los “Sugar Cubes” de Bjork, pero ahora no lo recuerdo- había experimentado las más de veinte horas de oscuridad invernal, pero aquello no me afectaba tanto como las cerca de veinticuatro horas de luz del verano antártico. Levantarse a mear a las tres de la madrugada y ver el sol confunde bastante. De vez en cuando paseaba por la playa, haciendo correr a focas y pingüinos, y observando un gran iceberg que se había quedado varado en el centro. En uno de aquellas caminatas me encontré con una joven foca herida, quizá fuera por una orca de las muchas que frecuentaban la zona, o las aspas de alguna embarcación, pero intenté acercarme a ella y su reacción no fue muy amistosa, de modo que la dejé a su suerte. Un día Jon me propuso subirme a un hielo flotante para grabar unos planos desde el mar, y yo le dije que ni hablar: Las orcas ven a través del hielo, y yo, enfundado en mi traje de agua negro, soy extraordinariamente parecido a un pinnípedo.

[En una ocasión se posó sobre una de las tuberías de desagüe de las bases una gaviota, e hice la foto de la gaviota, la tubería hundiéndose en el mar, la bahía de fondo, y los glaciares (Televisión Española nos obligaba a presentar decenas de instantáneas de cada viaje, supongo yo que como prueba de que realmente estuvimos allí, y esa era otra de mis sofisticadas misiones. La pena es que nunca supe qué fue de aquellas imágenes, tomadas durante años en todos los continentes). Meses después presenté aquella imagen a un premio del INJUVE, denunciando la contaminación de la Antártida, pero no gané, ni quedé finalista. Creo que el premio se lo llevó un perro saltando en un parque de Madrid… Un perro “extra-ordinario”. Si uno busca la isla del Rey Jorge en Google Earth, y recorre la península Fildes, verá de lo que hablo; y si amplía la imagen descubrirá grandes depósitos, carreteras, y otras construcciones que supuestamente no deberían existir].

Después de un tiempo observando a las aves y pingüinos de la zona me di cuenta de que todas estaban anilladas ¡Todas! Y no solo con una chapa, sino con varias. Debían ser tantos los científicos que las controlaban que los pobres animales parecían adolescentes cargados de pulseras después de un verano de festivales. En un lugar supuestamente salvaje, tanto control parecía un sinsentido.

Y entonces nos invitaron a la inauguración de una base, una base china que se llamaría… (redoble) “La gran muralla” ¡Sí!

La entrada al complejo estaba decorada con guirnaldas doradas y rojas, y en el espacio destinado a los vehículos de transporte había un grupo de funcionarios asiáticos uniformados izando las banderas de su proyecto y país con parsimonia y pompa. Por los altavoces sonaban unos acordes apenas distinguibles como himno, y observando todo, confundidos por el espectáculo, un grupo de militares, científicos, y periodistas de medio mundo entre los que me contaba.

Era un día gris, ventoso y frío, lo que no sorprende a nadie en esas latitudes, y mucho menos a mi padre, que ocultaba su calva bajo un gorro descomunalmente grande. Pero lo que nos dejó helados no fue el aspecto ridículo de mi progenitor, sino la aparición de la representación chilena: Llegaron en un transporte militar. El jefe vestido de militar, y su mujer… ¡Por Belcebú! Mira que he visto cosas absurdas, pero ¿¡Con tacones y visón!? ¡¿En la Antártida?!  En serio, fue la bomba. Shakelton se hubiera dejado arrastrar al fondo del océano con su “Endurance” de haberlo visto. Mi mandíbula se desprendió momentáneamente del resto del cráneo…

Pero la extraña inauguración no acabó allí. Tras unos discursos ininteligibles e inaudibles (había un modesto altavoz en lo alto de un poste) nos pasaron al interior para mostrarnos los espacios dedicados a las presuntas labores científicas, y finalmente nos regalaron un “pin” conmemorativo (que aún conservo) y nos condujeron a un salón… ¡Un salón comedor! Era como el restaurante chino de Fernández de la Hoz con Espronceda, lo juro. Igualito: Sillas sólidas de madera barnizada, vajillas historiadas, camareros diligentes, cuadros…  Tuve la sensación de que al salir cogería un taxi para irme a casa… (Todo esto quedó convenientemente grabado, y estará criando malvas en algún almacén de TVE).

Los días se nos hacían eternos a todos, pero muy especialmente para mi claustrofóbico padre, que empezó a ponerse nervioso. Quería salir de allí a toda costa, y repetía sus críticas a Jon hasta sacarle de sus casillas. Por suerte en aquella base había muchos británicos, y mi padre se calmaba amenizándoles con anécdotas y canciones (mi padre siempre cantaba, tocaba el piano, o silbaba, de ahí el apodo que le puso Jon Intxaustegui: “El Melodías”, y así le llamaba hasta cuando se dirigía a mi: “Pipe, dile al “melodías” que tiene que hablar con el jefe de la base…”). Al final todos acabábamos brindando y riendo con su ingenio, ya fuera en inglés, en español, o en alemán. El 11 de febrero nos reunimos todos los huéspedes del albergue frente al televisor para ver el combate entre Tyson y “Buster” Douglas. Recuerdo ese gran combate como si fuera ayer, en aquella sala vestida de madera, con varias botellas de licor sobre la mesa, y los partidarios de uno y otro pegando voces, hasta que “Buster” encadenó aquellos seis golpes que mandaron a Tyson a la ducha en lo que era su primera derrota.

Y entonces llegó un avión brasileño, con  material y relevo para sus bases, y por suerte para nosotros la expedición venía encabezada por un alto mando militar que decidió quedarse en el mismo albergue hasta que se hubiera terminado la operación, para regresar con sus científicos a Brasil en un Hércules casi vacío. Jon vio la oportunidad, y habló con mi padre para que fingiera una entrevista y así ganárselo. Y eso hizo. Montamos el set en el mismo hotel, y estuvimos una hora hablando con el militar sobre lo humano y lo divino, sin intención alguna de usarlo en el documental, ni interés en sus palabras, pero le caímos bien, y conseguimos un billete gratis para Punta Arenas.

Poco después llegaron los científicos brasileños que volvían al continente, y entre ellos varias mujeres que llamaron rápidamente nuestra atención. Por arte de magia aparecieron botellas de cachaza, y tuvimos fiesta hasta lo que podría llamarse alba, aunque en aquella latitud no tenga mucho sentido esa expresión… (Y lo que no cuento yo, ya lo contará mi hijo algún día, si le apetece y se acuerda).

(Continuará… Me temo).

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Acerca de Felipe Mellizo

Soy guionista, casi periodista, padre, pareja, ex-golfo, ex-aventurero, comilón, bruto, y seguidor del Atlético de Madrid.
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