Tuo Yaw (XXXI)

Gracias a mi padre tuve la oportunidad de viajar por el mundo, en los años en los que aún no existía esta eficaz red de comunicación global de la que hoy en día disfrutamos -o padecemos, según se mire-. A finales de los ochenta había algunos teléfonos “satelitales”, pero estaban en fase experimental, de modo que, cuando te marchabas de viaje por el mundo “no urbanizado” la comunicación se rompía ¡Pero del todo!, y no unas horas, sino días, semanas, o meses. Las cartas hacían largos y complicados viajes para llegar al mundo civilizado, y la onda corta -en donde la había- se destinaba a urgencias y breves comunicaciones familiares pactadas, que solían limitarse a un par de llamadas al mes. En una ocasión, cuando acababa de aterrizar en Malabo, probé a llamar a España con un teléfono satélite que nos habían impuesto, y respondió mi suegra, Juana, diciendo -enfadada- que por qué había tardado tanto en llamarles… En ese instante asumí que el concepto “aventura” se había ido al carajo.

Cruzar el paso -o pasaje- de Drake para llegar a la Antártida tiene su guasa. La Antártida es un continente ocupado permanentemente por un anticiclón, que es retenido por unas borrascas brutales que giran incansablemente alrededor del continente helado en sentido oeste-este, al igual que la helada corriente de agua del océano antártico, formando una barrera de temporales infinita. De modo que, cuando uno baja buscando el sur se encuentra con una sucesión de olas monstruosas que le fuerza a dirigirse hacia el sur-este si no quiere volcar (salvo que se sea un albatros, qué maravilla de vuelo el suyo), así hasta llegar a una latitud en la que la protección de la península antártica permita virar de golpe, encarando las olas de proa. Ese apocalíptico momento del cambio de rumbo es el que eligieron mi padre y Jon para que quedara inmortalizado en el documental, pero claro, sería yo, el junior, el encargado de grabarlo. De modo que me engancharon a una barandilla, con la cámara envuelta en una funda de neopreno especialmente diseñada para trabajar en condiciones extremas, me pusieron un poncho de chubasquero sobre el plumas, y me dijeron que no soltase la cámara (preguntar por el chaleco salvavidas no era una opción: Con el agua helada y aquel oleaje poco se podía hacer por el que cayera por la borda, y menos si tenía atado a su cintura un cinturón doble de baterías). Y allí me dejaron, en cubierta. Cuando la primera ola golpeó al barco por estribor pensé que nos íbamos a pique, pero no, el barco aguantó (ya he contado que este mismo barco se hundió pocos años después, llevándose bastantes vidas con él). Me aseguré de que estaba grabando y cerré los ojos. Fueron veinte minutos de estruendo, agua, y zarandeo, sin soltarme de la barandilla y sin mirar ni una vez por el visor. Un parque de atracciones pasado por agua fría y viento. Lo bueno es que, con el miedo a morir al ser arrancado de mi atalaya por un golpe de mar, el mareo desapareció, dejándome sumido en un placentero estado de ingravidez. Divagaba, canturreaba, pensaba en mi hijo, en mi esquela… De pronto todo se calmó. Habíamos cruzado.

Lo primero que pude ver de aquel extraordinario continente fue un resplandor, un brillo espectacular reforzado por unas extrañas nubes negras, que se reflejaban en el aún más negro mar. Franjas cambiantes que permitían distinguir con claridad los gigantescos acantilados de hielo que formaban los glaciares.

Protegidos de las borrascas, y acompañados por delfines del cabo, y alguna distante ballena, bajamos hacia el mar de Bellinghausen, para subir de nuevo hasta la isla del Rey Jorge, pasando cerca de la isla “Decepción”, un espectacular volcán abierto al mar que lleva más de un siglo dando cobijo a balleneros y marineros en apuros. Antes de visitar la base española, principal objetivo de nuestro viaje, el barco debía realizar una parada en la base polaca Arctowski, en la isla del Rey Jorge.

481067_10201315653987424_1519892156_n 224158_4555079829118_1122812072_n

[(1) Mi padre y el geólogo, alpinista, profesor, y explorador Jerónimo López a bordo del Heweliusz con la Antártida al fondo -foto mía-. (2) Yo, en la popa del Heweliusz con algo de frío.

Volviendo al punto en el que estaba -doce mil kilómetros al sur de Moratalaz- diré que desembarcamos en la base polaca con los repuestos que esperaban ansiosos tras el largo y oscuro invierno, y tras ser saludados como si fuéramos el séptimo de caballería aprovechamos para hacer algunas entrevistas para el documental. Mi padre intimó con un científico escocés, que sorprendentemente le pidió dinero -no sabemos para qué, pero le soltó doscientos dólares que probablemente serían de Jon, y no suyos-, y tomamos algo de café con posos y agua de deshielo. Aburrido me puse a pasear por la pedregosa playa, haciéndome fotos con pingüinos y costillas de ballenas, cuando de pronto escuché un tremendo y sostenido bocinazo. Miré hacia la entrada de la bahía, pero unas rocas no me permitían ver el mar. Algunos científicos salieron a la carrera hacia el embarcadero. Miré de nuevo, y entonces descubrí un gigantesco barco turístico, un transatlántico con más de tres cubiertas y una decena de pisos, entrando en el puerto natural de la isla para resguardarse de la tormenta. Aquello era desconcertante, apabullante. No tenía sentido. La embarcación avanzó hasta el centro de la ensenada, y se detuvo. No dejábamos de observarla. Era un barco turístico con bandera canadiense. Desde lejos distinguíamos a cientos de pasajeros, protegidos por abrigos rojos, que no dejaban de tomar fotos de aquella pequeña base. Pero lo peor estaba por llegar. Jon me señaló que estaban bajando del barco unas grandes barcazas, llenas de aquellos extraños seres con abrigos rojos. ¡Era una invasión alienígena! Al cabo de media hora empezaron a llegar a la pedregosa playa, y fueron desembarcando. Yo estaba sentado junto a dos pingüinos barbijos cuando llegó la primera oleada. No dábamos crédito. Eran mil turistas, jubilados norteamericanos, que habían pagado una fortuna a la compañía “Adventures Network” por llevarles desde Puerto Montt hasta las Shetland del Sur. Como si fuera la primera vez que veían un bípedo antropomorfo nos pidieron posar con ellos, y durante media hora no hicimos otra cosa más que ser fotografiados por señoras que llevaban un clavel en el pelo, y no me pregunten el porqué de aquel adorno. Y del mismo modo que llegaron, se marcharon en su flamante “Barco del amor”, dejando a pingüinos, focas, y científicos, estupefactos.

Finalmente llegamos a la base española. El Heweliusz fondeó en la “bahía sur” y desembarcamos con el equipo.

escala barco

Siempre llevaba dos cinturones de baterías: Uno puesto y el otro colgando del brazo. De caer me hubiera hundido como un plomo. Verme en apuros era algo que a Jon le divertía, era un gran jefe, un poco mamón, pero un buen tío.

 

livingstonejcI

Planos robados de la red. En alguna parte guardo las cartas y planos que utilizamos entonces, pero no encuentro las fuerzas para subir a buscarlo a mis caóticas buhardillas.

La base española era un pequeño conglomerado de contenedores rojos conectados entre sí. Había laboratorios, almacenes, y zonas de esparcimiento, así como dormitorios, y aseos. Nos recibió la directora de la base, Josefina Castellví -miembro de la segunda oleada de científicos españoles en la Antártida, después de aquel heroico equipo que llegó a bordo de la goleta “idus de marzo” en 1982-. Para un macarrilla de 25 años -como lo era yo entonces-, aquello era una acumulación de postureo, y las conversaciones sobre cambios climáticos, y reclamaciones territoriales, me importaban un rábano. Los científicos habían marcado zonas de líquenes para que no se pisaran, de modo que cuando caminabas, de pronto, te decían “cuidado, por ahí no, que hay un liquen crustáceo muy viejo”… “Ah, vale” decía yo, esquivando algo apenas visible. Mi cerebro intentaba convencerme de que aquello era importante, pero cuando no miraban probé a pisar fuerte sobre esas cosas amarillentas, y siguieron tan campantes. Mientras caminábamos por los alrededores nos contaron que en lo alto de los glaciares cercanos había un avión estrellado con toda su tripulación, al que nadie nunca pudo acceder, y que de vez en cuando avisaba de su presencia con un destello: Una de las muchas “tumbas de hielo” que hay por el mundo.

Estuvimos un tiempo grabando entrevistas, recorriendo los alrededores, y persiguiendo pingüinos papúa y barbijos por la pedregosa playa. Descubrí también que los leones marinos tienen mucha mala hostia, y que si uno se acerca demasiado a ellos ya puede ser rápido porque, a pesar de su apariencia, corren como demonios. También nos acercamos a un precioso glaciar cercano, en donde nos mostraron las primeras pruebas del retroceso del hielo por el calentamiento global (1990), y tomamos imágenes del barco y de la bahía. Finalmente tocó volver al barco, la base no tenía espacio para invitados. El viento había cambiado, y la bahía entera se había llenado de hielo. Trozos del tamaño de un coche, y otros más pequeños, que habían rodeado el barco y que algunos llamaba “rass” -eso creí entender-. Debíamos embarcar como fuera, pero el viento no dejaba de empujar esa masa de hielo de cubata contra nosotros. Tras algunos debates decidimos intentarlo. El mayor riesgo era que los bordes afilados como cuchillas de alguno de los bloques más grandes rasgaran la zodiac, de modo que cogimos remos y piolets, y mientras avanzábamos lentamente alejábamos el hielo de la embarcación. La bahía sur se había convertido en un tazón de arroz inflado, y los chasquidos del hielo al resquebrajarse hacía que se pareciera aún más con su “chas-chas”, contribuyendo al nerviosismo de mi padre, que sufría de claustrofobia. Apenas habíamos avanzado cincuenta metros en veinte minutos cuando empezó a perder los papeles. Daba órdenes a marineros muy experimentados -que no le entendían-, y lamentaba que no nos hubiéramos quedado en tierra. Se llevaba la mano a la cabeza, y no dejaba de mover la embarcación. Los polacos murmuraban entre sí y Jon, con ese tono entre paciente y amenazante que utilizaba cuando había peligro, me dijo a voces “Pipe, haz que se calme, o nos matará a todos”. Mi padre se puso a insultar a diestro y siniestro, levantándose y desestabilizando el bote, y entonces le cogí de un brazo con fuerza bajándole, y le grite “Para de una puta vez, o te doy con un remo en la cabeza… ¿Me oyes? No me importa una mierda pegarte un tiro con la pistola de señales, o que Jon te saque de la zodiac a hostias, pero ¡para ya!”. Mi padre debió darse cuenta que aquello no era ficción. Todos le miraron con gesto serio, y se llevó las manos al rostro diciendo entre dientes “Pero…pero…”, a lo que Jon añadió un “ni peros ni hostias Felipe, empuja el hielo y calla”. Tardamos una hora en recorrer los doscientos metros que nos separaban del Heweliusz, en donde nos esperaba una escala tosca y una red de desembarco que habían colocado a babor del barco. Decidimos que mi padre subiera el primero, sin material, para asegurarnos de no tener más problemas. Le costó un horror, pero finalmente lo consiguió. Después subimos los demás con el pesado equipo. Mi padre, hombre con poca memoria para lo que le interesaba, viéndose a salvo se dedicó a dirigirnos y aconsejarnos sobre cómo ascender y dónde asirnos, animándonos: “Venga Pipe, tranquilo, vas bien…”. Jon me miraba y sonreía… “Así es tu viejo”.

(En el siguiente seguimos allí, y no tiene desperdicio).

 

Anuncios

Acerca de Felipe Mellizo

Soy guionista, casi periodista, padre, pareja, ex-golfo, ex-aventurero, comilón, bruto, y seguidor del Atlético de Madrid.
Esta entrada fue publicada en aventura, Periodismo, Sin categoría y etiquetada , , , , , , . Guarda el enlace permanente.

Una respuesta a Tuo Yaw (XXXI)

  1. DARTH V dijo:

    Lo publicaste al final!!!!! Jajajajajaja

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s