Tuo yaw (XXX)

José Miguel, Piedad, y algunos amigos más, subían por la empinada “calle principal” de Membrillera, tras haber dejado aparcado el coche en “las afueras”, cuando se dieron de bruces con la comitiva que bajaba hacia la iglesia: Doscientas personas que, respetando la tradición local, habían acompañado a la novia desde su casa hasta encontrarse conmigo, simulando que no habíamos pasado la noche bajo el mismo techo. Por suerte yo no había dormido; aquella madrugada los primos de la novia me sacaron de la cama a la fuerza para emborracharme, y con la resaca me sentía más espectador que protagonista, pero los que vieron aquella procesión no la olvidarían jamás.

En la puerta de la iglesia esperaban el cura -el tío Antonio-, mi familia, los monaguillos, y Máximo Pradera, que cámara en mano y ataviado con sus mejores galas -una camiseta de “Lo que yo te diga” (Programa de radio que hacía con Carlos López Tapia)- grababa aquel espectáculo [Por suerte, o por desgracia, Máximo perdió las cintas que grabó -o al menos es lo que me dijo cuando se las pedí-]. Tras nosequé bendiciones y demás historias previas pasamos al interior de la modesta iglesia. Entonces, en 1989, había ceremonias cortas, medias, largas, y como las de Membrillera: Aquello no acababa nunca. Era tal la devoción y la emoción de los asistentes que el cura tuvo que cortar las estrofas de los cánticos con un tenso gesto, porque una de las feligresas, Felisilla, presa de un arrebato de fervor religioso añadía versos y más versos a aquella desagradable melodía que cerraba con lo de “no te importe la raza, ni el color de su piel, ama a todos tus hermanos y haz el bien” (o algo así). Finalmente todo acabó, y tras las firmas y demás zarandajas burocráticas salimos a la barbacana, en donde nos esperaba una multitud de sobreexcitados energúmenos para tirarnos arroz, judías, garbanzos, y yo creo que hasta piedras, ante el estupor de mis amigos madrileños. Doloridos, y cubriéndonos como podíamos, llegamos hasta el coche de Tomás Rodríguez Limón, un amigo de mi padre que se había ofrecido a llevarnos por tener el vehículo más aparente de los allí presentes, y escapamos con rumbo al hostal-mesón “el Castillo” de Jadraque, en donde se celebraría el convite.

El mesón “El Castillo” era toda una institución en la zona: Estaba cerca de una de las más bonitas gasolineras de España por su florida decoración -hoy una de las más horrendas-, y destacaba por su cabrito asado, y -sorprendentemente- por sus calamares a la romana, cuyo perfecto rebozado los hacía insuperables a pesar de los kilómetros que nos separaban del mar.

Descansamos un poco en la habitación y nos preparamos para el ágape, festín, o como quiera que se le llame a esa salvajada gastronómica que suele acompañar cualquier celebración que se precie. Los invitados fueron llegando en oleadas. Abrumado por el gran número de compromisos de la familia de Celia yo había borrado de mi lista a gran parte de mis familiares y amigos, pero a pesar de ello éramos más de doscientos cincuenta comensales. Y entonces se me acercó un primo de mi suegra, y cuchicheando algo initeligible me metió un sobre en el bolsillo… Miré con disimulo el contenido: Tenía tres billetes de diez mil pesetas. No diré que no estaba avisado de las costumbres locales, pero me sorprendió. Poco después vino otro sobre, y otro, y otro… El bochorno se me fue pasando conforme se llenaban mis bolsillos. Mi familia, mucho más sofisticada y tacaña, me había bombardeado con electrodomésticos, cuadros, fondúes -muy de moda entonces-, y demás regalos inútiles que todos conocemos, aunque a este respecto mi padre superó las mejores expectativas obsequiándonos un libro a cada uno. A ella, que nunca fue santo de su devoción, “Celia se pudre”, y a mi, -que tantas veces le había decepcionado- “Nunca llegarás a nada”.

Una vez que estaban todos sentados hicimos la tradicional entrada, y antes de que nos diéramos cuenta estábamos comiendo como alimañas. Yo, poseedor de un estómago infinito, había repetido cuatro veces cabrito asado cuando Celia me llamó la atención. Estaba dando una imagen lamentable, porque no sacarían la tarta hasta que yo no terminase. Una pena, porque aún podía con una quinta pieza. Después vino la tarta, la subasta, y todas esas mamonadas, hasta que llegó el momento de abrir el baile. Tocaron el vals habitual y lo intenté, pero por suerte, y antes de que aquello fuera a peor José Miguel salió a echarme un capote, y me salvó de ser lapidado porque la naturaleza tampoco tuvo a bien darme el don de la danza.

Como en cualquier reunión en la que coinciden grupos humanos tan diferentes, hubo escenas y emparejamientos imposibles, hilarantes, pero nada fue más impactante que ver a mi madre y a mi padre bajo un mismo techo. Era algo que no sucedía desde hacía lustros, y que no volvería a pasar hasta finales de los noventa.

Llegó la noche, y nos trasladamos a “El Burna”, la única discoteca de la comarca, para seguir con la fiesta. Cada vez que me giraba alguien me daba una pastilla o me ofrecía una copa, y como es natural acabé perdiendo completamente el juicio, hasta que Carlos “scarface” tuvo a bien pelearse con su chica, lo que provocó un tumulto en el que todos dimos y recibimos, y que acabó con Carlos caminando por Jadraque, golpeando todos los coches con su puño hasta reventarse la muñeca y los dedos, y yo corriendo detrás para frenarle. Cuando al alba llegamos a la habitación caímos rendidos. Pero no pude evitar sacar los sobres de los bolsillos: ¡Había más de un millón y medio de pesetas! Sabiendo de mis ánimos dilapidadores Celia me apartó del dinero de inmediato, y yo perdí el conocimiento hasta el día siguiente.

Nuestro viaje de bodas fue modesto y rápido. Unos días en Lisboa bastaron para curarnos la resaca, y cuando me di cuenta estaba viviendo como un hombre casado, y tenía a mi suegra a los pies de la cama, con unos tuppers que había traído para ahorrarnos tener que cocinar. “¿Cómo has entrado?” le pregunté. “Pues con la llave, claro”, me dijo, dejándome entrever el infierno que se me avecinaba.

A todo esto José Miguel había abierto una oficina propia, una agencia de información, o editorial, u organizadora de eventos, o como fuera que definieran lo que hacían allí, en la calle Ayala 124 -creo-, en un palacete cercano a varios garitos de nuestra adolescencia -“Models” y “Desert sound”-, que si no me equivoco había sido la sede del modisto Elio Bernhanyer, y antes aún un local de alterne que -por lo que he leído- habitaba el fantasma de un sacerdote -que a saber lo que estaba haciendo allí cuando murió-. La empresa se llamaba “Asociación de Ideas”, y compartía edificio con una conocida agencia de publicidad de la que ya no recuerdo el nombre, pero que llevaba -entre otras-, las cuentas de “Pantys Berkshire” (Hay que ver las tonterías que uno recuerda, y como, a veces, desplazan información que sería de mayor utilidad, en fin). Bien, para trabajar en “Asociación de ideas” José Miguel, junto a su amigo Miguel B, había contratado a unos jóvenes talentosos, entre los que -por supuesto- no estaba yo. Pero, eso sí, contaban conmigo para cualquier evento ocioso, festivo, o simplemente para dar ambiente al hall, dejándome ocupar las típicas butacas “Le Corbusier” de cintas negras que habían comprado. Allí pasaba yo el día, a la espera de que sucediera algo, aunque no sabía yo muy bien el qué, y mientras tanto pues daba ambiente, solucionaba pequeños problemas técnicos, o les regalaba la nevera pequeña que tenía en mi cuarto para que hubiera cerveza fresca.

Dos días a la semana me pasaba por El País para atender al “master”, que me seguía pagando un modesto jornal -sin contrato ni seguridad social, tengo que decir-. El resto de mis compañeros de la antigua emisora, mucho más útiles que yo, se habían trasladado a la Gran Vía (Cadena SER), pero yo no les envidiaba: Tenía un estudio solo para mí, con mesas de mezclas, altavoces, ordenadores, y un bote de líquido verde con una etiqueta de promoción de la película “re-animator”, que habían dejado olvidado los de “Lo que yo te diga” en la vieja emisora de radio que estaba siendo demolida para dejar espacio al suplemento Tentaciones.

Y sin apenas tiempo para instalarnos en nuestra nueva vida Celia estaba embarazada. No diré que lo esperaba, ni tampoco que lo deseaba: Simplemente pasó. Te resultará evidente, si has llegado hasta aquí, que yo no estaba preparado, pero a todos les pareció algo maravilloso, de manera que me dejé llevar por la corriente una vez más.

Pero el salario de la Escuela no daba para mantener mi recién creada familia, y mucho menos alimentar a ese hijo que inesperadamente esperaba (sí, tú majete). Mi padre parecía ser el único en ser consciente de mi inmadurez, y preocupado por mi futuro presionó a Jon Intxáustegui para que me incluyera en sus equipos, con los que ya había trabajado como auxiliar en algunos cortos publicitarios -y otras obras menores-.

La mórula fue creciendo hasta ocupar un espacio considerable en el abdomen de Celia, y llegado el otoño me dijeron que sería niño, y que me iría a La Antártida como parte del equipo del documental que mi padre presentaba por entonces, “Longitud Latitud”, para ilustrar la ratificación del Tratado Antártico, obtener imágenes de las dos relucientes bases españolas, e instalar una antena parabólica que permitiera la comunicación directa con España, además de contar algo sobre la historia de las poco conocidas expediciones antárticas españolas.

Me imaginaba un desembarco como el del Almirante Byrd, con un gran ejército de helicópteros y aviones, pero no: Solo seríamos Jon, mi padre, y yo. Estaba tan emocionado que olvidé mis obligaciones maritales y paternales y sólo hablaba de aquel viaje. Por si fuera poco mi amigo Javier Pérez de Albéniz, que entonces escribía sobre naturaleza en el diario El País y sus suplementos, había conseguido convencer a sus jefes para ir con nosotros. Sería una gran aventura. Recuerdo perfectamente cuando fuimos a la tienda “El Igloo”, paraíso de los plumas de Pedro Gómez, para hacernos con el equipo necesario. Por desgracia el productor impuso el “ahorro de dinero público”, y acabé teniendo que vestir exactamente igual que mi padre. Un espanto.

Por suerte para mí el viaje sería justo después del nacimiento de mi hijo, de modo que pude darle la bienvenida el día 23 de enero de 1990, justo durante la emisión de LA SOGA de Hitchcock y después de hacer que su madre rompiera aguas cuando yo estaba felizmente sentado, tomando los tiempos de las contracciones y viendo al Joventut de Badalona jugar la copa Korac. Con urgencia cogimos el “kit” de parturienta, y salimos con el coche, recogiendo en la esquina de su cercana casa a mi suegra, quien con las prisas se olvidó de ponerse la dentadura postiza lo que le tuvo felizmente en silencio durante toda la noche. Teníamos previsto que diera a luz en otro hospital, pero las circunstancias nos obligaron a entrar de urgencia en el Gregorio Marañon / General Universitario / o Francisco Franco (según épocas), en donde finalmente dio a luz. Se me hacía extraño ser el responsable de esa criatura, pero lo asumí como una consecuencia inevitable de la vida adulta, una fase natural más por la que debía pasar: Naces, creces, te reproduces, y mueres.

Fue olerle, dejar que me oliera, y marcharme durante varios meses a la otra punta del mundo, no sin antes engañar a su madre para que le registraran como Felipe Mellizo, en lugar de Alejandro como ella deseaba, en honor a su fallecido padre (cosas de una legislación machista, que solicita el nombre de la criatura cuando la madre no puede levantarse de la cama).

Albéniz no tuvo tanta suerte como yo con el viaje a la Antártida: Juantxu Rodríguez , el fotógrafo, había muerto cubriendo la invasión de Panamá, y aquello, además de las naturales y tristes consecuencias, abrió un debate sobre la legalidad de algunos contratos temporales en el diario, lo que finalmente llevó a que Javier, que no era fijo del diario, fuera reemplazado por otra redactora. Una pena (No mayor que lo sucedido en Panamá, claro está. Juantxu, que hacía equipo con Maruja Torres, murió acribillado por los marines americanos. Un suceso que nunca fue aclarado del todo.).

De modo que, tras varios miles de kilómetros de avión -cuando aún se podía fumar en ellos-, aterrizamos en Buenos Aires.

Allí nos hospedamos en el Hotel Obelisco, detrás de Corrientes, y como no, junto al obelisco de la Avenida 9 de julio. Jon mantenía una buena relación con un gran director de cine argentino, ahora senador, Fernando Pino Solanas, y durante unos días fue nuestro anfitrión -así como su hijo, de quien guardo un grato recuerdo-. Además de trabajar -lo justo- recorrimos innumerables boliches, decenas de asadores, y algunos antros de reconocida mala fama antes de salir rumbo a Ushuaia.

Haciendo alarde de su poco juicio para asuntos económicos, mi padre convirtió todo-todo el dinero que llevaba en “australes”, la moneda de curso legal entonces. Esto tendría desastrosas consecuencias: El valor de la moneda cambiaba cada hora -por eso los precios estaban escritos sobre pizarras-, y durante el tiempo que estuvimos en La Antártida se depreció a un tercio de su valor… Mira que le avisaron, pero cuando él decía que sabía más que nadie de algo, había que dejarle, por no oírle. Cuando regresamos había perdido cerca de cien mil pesetas de entonces.

Finalmente volamos hasta la ciudad del fin del mundo en un desvencijado avión, que por poco se sale de la pequeña pista de aterrizaje que “flotaba” sobre el Beagle. A la espera del barco que nos trasladaría a la base española nos dedicamos a recorrer aquella curiosa ciudad, cuya arquitectura, costumbres, y ciudadanos, nos hacían sentir en plenos alpes austríacos: El alcalde tenía un apellido alemán, así como varias calles por las que paseamos. Había mucha gente rubia y alta, y restaurantes que se llamaban “Tante María”, por ejemplo (“Tía” en alemán, para quien no lo sepa), que servía unos mejillones o “cholgas”, como balones de rugby. Por más que se negase, era evidente el pasado post-nazi de aquella pequeña colonia. También fuimos a grabar el pequeño tren del fin del mundo, y algunos glaciares que rodeaban la ciudad, así como el propio museo, que recogía una extraordinaria colección de aves antárticas.

Ushuaia no estaba exenta de lugares de ocio nocturno, y mi padre y Jon olían el cachondeo como los tiburones la sangre -quizá algún día se descubra en algunos humanos un “organo de Lorenzini” que lee los campos magnéticos de los locales de alterne, porque entonces, sin google, su orientación era casi mágica-. En uno de ellos, completamente borrachos, montaron una tangana por decirle algo cariñoso a una mujer equivocada, y acabamos apoyados en un coche de policía local, intentando explicarnos.

EL Heweliusz era un gran barco, un ferry utilizado como carguero por Polonia para trasladar equipo y científicos a su base Arctowski, cerca de las bases españolas Juan Carlos I y Gabriel de Castilla. Nos instalamos en un camarote con dos literas. Yo dormiría abajo y mi padre arriba. Soltamos los equipajes, cogimos la cámara, y salimos a grabar nuestra partida, dejando atrás Ushuaia, con sus casas tirolesas, y aquellas preciosas montañas nevadas. Avanzamos por el Beagle, sorteando islotes repletos de leones marinos, y pasamos frente a Puerto Navarino y Puerto Williams, poblaciones chilenas que compiten con Ushuaia por ser la ciudad más austral del mundo. Finalmente llegamos a la desembocadura, y tras pasar por delante de los restos encallados de algún naufragio antiguo viramos al sur, rumbo a la Isla de los Estados (y el peligroso estrecho de Le Maire), Cabo de Hornos, y finalmente La Antártida. De pronto el barco empezó a cabecear. Primero suavemente, siguiendo largas ondas. No dejábamos de maravillarnos con las vistas, mientras que bandadas de “skuas” malencaradas empezaban sus vuelos rasantes sobre nosotros, intentando conseguir algo de comer. El frío empezaba a calarnos los huesos, de modo que entramos a comer. Poco a poco las suaves ondas fueron convirtiéndose en molestas ondas…

Compartíamos mesa con los marineros polacos y ex-soviéticos que formaban parte de la tripulación, lo que hizo más amena la sobremesa. Mi padre hizo gala de sus artes como showman, como “lobo de mar”, como enciclopedia humana, y como políglota, narrando la vida y obras del astrónomo polaco que daba nombre al barco (debo señalar que el buque se hundió pocos años después, llevándose al fondo del báltico a 55 almas). Yo, aburrido, me retiré al camarote, tumbándome para vencer el creciente mareo (la redactora de El País había tenido que ser sedada, y así pasó todo el viaje, pero el fotógrafo que le acompañaba, merced a nosequé semilla que se había puesto en el cuello, aguantó como un campeón). Mi padre llegó un poco más tarde que yo. Estaba pálido, pero se subió a su cama con energía esquivando mi equipaje, que estaba abierto junto a mi catre. Los vaivenes del barco crecían en frecuencia y violencia, y el agua empezó a cubrir el ojo de buey. Entonces pasó. A modo de cortina, una cascada de vómito cayó desde la cama de mi padre, hasta mi equipaje. Un Niágara estomacal que pringó toda mi ropa limpia, mis botas, mi chaqueta. Espantoso. Me quedé mudo. Con cuidado conseguí salir de mi cama y preguntarle si había acabado ya. Mi padre me pidió agua, bebió, y se giró para quedarse dormido de inmediato. ¡Lobo de mar! Y una mierda. Después de limpiar lo que pude, como pude, me fui a la cantina, y me senté con Jon y los marineros polacos. El barco no tenía alcohol para la marinería, y eran años de crisis económica en los países del este, de modo que sacaron de las cajas que transportaban un botellón de alcohol de laboratorio, y sirvieron un poco en varias tazas metálicas. Después pusieron dos cucharadas de mermelada en cada una y lo prendieron fuego. Al minuto, cuando habían agotado parte del alcohol, lo removieron, y se lo bebieron de un trago. Yo no podía ser menos, claro está, y les seguí el juego. Media hora después avanzaba por el pasillo, rumbo a mi camerino. Estábamos en pleno cabo de hornos, y aquel pasillo subía y bajaba como una atracción de feria. No pude evitarlo, y solté todo lo que llevaba dentro, dejando las paredes, el suelo, y mi ropa, perdidos. Jon se me acercó, y muerto de risa me llevó hasta la cubierta de popa, allí, con el aire, me despejé. Las skuas habían desaparecido, el océano estaba negro y agitado, y a estribor tenía la mismísima isla de Hornos. Así, oliendo a vómitos propios y ajenos, doblé el cabo de Hornos por vez primera…

 

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Acerca de Felipe Mellizo

Soy guionista, casi periodista, padre, pareja, ex-golfo, ex-aventurero, comilón, bruto, y seguidor del Atlético de Madrid.
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5 respuestas a Tuo yaw (XXX)

  1. DARTH V dijo:

    A lo mejor me equivoco, pero juraría que lo del barco, los vómitos, etc… lo he leído ya en alguna otra entrada, puede ser?

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