Tuo Yaw (XXIX)

Sin una profesión clara, sin grandes amigos, sin familia, y sin objetivos ni ambiciones, me quedé ingrávido, flotando en mitad de ninguna parte. Entre mis conocidos tampoco había una gran confianza en que lograse salir adelante, de modo que me sujeté a los únicos que parecían interesados por mi: Celia, su familia, y su pueblo; y sorprendentemente aquello no estaba nada mal.

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En Membrillera me sentía vivo. Bajaba a los huertos, subía al pinar, me bañaba en el río -poco por el puñetero frío-, cogía setas, caracoles… Si quería patatas me daban un saco, ¿tomates? los que pudiera cargar; cebollas, pimientos, melones (tantos que llevé algunos cargamentos a El País, para repartirlos en el parking con la ayuda del gran Pedro, conserje del diario),  sin olvidar la caza -mayor y menor-, ni la pesca… Y por si fuera poco se bebía sin medida, se comía a todas horas, y, jugándonos la vida en aquellas sinuosas carreteras, recorríamos los pueblos cercanos para ir a sus discotecas, jugar al fútbol, o provocar peleas; materia -esta última- en la que los de Membrillera no tenían rival. Allí aprendí lo que era una mula mecánica, que se podía pescar con la mano cogiendo al pez por las agallas, qué se fabricaba en una gravera, la utilidad de un “celemín”, o algo tan importante en el pasado -e intrascendente en mi futuro-como distinguir entre “fanegas” de superficie y de volumen. Gracias a Gabino Alonso, protector de las tradiciones locales -y dueño de una freiduría de gallinejas en la glorieta de Embajadores de Madrid-, descubrí que se podía jugar al “chito”, “la calva”, la “charla”, o el “tejo”, y escuchando a los mayores aprendí cientos de expresiones como “torniscón”, “viéntare”, “ren”, “censo”, que jamás había escuchado antes.

El epítome de ese mundo agrícola y montaraz eran las fiestas patronales -A finales de agosto, por San Agustín, un beato que siempre tuvo mis simpatías por haber logrado lavar su imagen de un modo descaradamente genial-.

Como sucede en toda España, cuanto más pequeño es el pueblo mayor es la entrega en los festejos… Y Membrillera era muy pequeño.

Resulta curioso cómo los nombres de las distintas “peñas” o “collas” se repiten por todo el país: Los “Salvajes”, “Los de siempre”, “Los bravos”, “Los impresentables”… Yo nunca había pertenecido a una de esas agrupaciones festeras hasta entonces, cuando me apunté a la peña de “Los fantasmas”. Básicamente, y a falta de bares y otros locales de ocio, se trataba de tener un lugar en donde poder beber y bailar rodeado de los que son de tus mismos -o parecidos- gustos y cultura. Nuestro grupo estaba compuesto por una extraña aleación de topógrafos, conserjes, médicos, policías, agricultores, funcionarios, hosteleros, maestros, parados, y biólogos, nacidos entre 1955 y 1975, la mayoría de ellos primos en distinto nivel, y casi todos padres ya. En ese grupo los había viciosos y, como siempre, me uní a ellos. Era gente de barrio obrero de Madrid, que había conocido la dureza de las drogas, y que en algunos casos seguía enganchado a ellas, provocando que sus primos policías “fuera de servicio” les llamasen la atención -hubo uno, que opositaba entonces para comisario, que tras varios intentos de frenar las actividades del piso de arriba de aquel granero que ocupábamos, decidió dejar la “peña” y no complicarse la vida-. Y por supuesto estaban los toros, y esos encierros interminables y crueles que despiertan nuestros más primitivos instintos -que son los de matar, o morir-, y que culminaban con una corrida de “maletillas” con más miedo que nosotros mismos, en la vieja plaza formada por carros del campo y tablones, que pocos años después fue reemplazada por una plaza fija construida a las afueras del pueblo. Y allí, en esa plaza, desde el balcón del Ayuntamiento y micrófono en mano, fue cuando mi padre, que había ido encantado a dar el pregón de las fiestas -el mayor evento de la comarca desde lo de las hijas del Cid en el Robledal de Corpes-, dijo aquello de: “…Y quiero deciros una cosa más: Estoy orgulloso de que mis nietos vayan a ser de Membrillera”, provocando mi bochorno, y un estallido de aplausos y vítores descomunal.

Además de acompañarle en las grabaciones de sus documentales como “chico para todo”, mi padre me usaba como documentalista, fotógrafo, e incluso redactor de muchos de sus proyectos y trabajos -tal y como yo hago con mi hijo hoy-, con la doble intención de ahorrarse esfuerzos, y de llenar mi cabeza de datos por si algún día me eran de utilidad -idem-. De modo que tan pronto me mandaba a la hemeroteca, para que le buscase todo lo que hubiera sobre un personaje, como me llevaba de secretario en sus viajes por España, persiguiendo científicos, historiadores, o huellas de dinosaurios, a veces acompañados por mis hermanos pequeños, por lo que también debía ejercer de niñero.

Padre y Álvaro en ruta dinosaurios arnedo

Foto que hice de mi hermano Álvaro y mi padre, en la ruta de las icnitas, camino de Arnedo, y al fondo un vigilante dinosaurio. “Gallinas de los tiempos de los moros” decían en Yanguas, cuando les preguntaban sobre quién dejó las enormes huellas grabadas en la piedra de sus montes.

Al mismo tiempo seguía trabajando en el Máster de El País, aprendiendo de Carlos López Tapia y de Inmaculada de la Cruz, y cuando podía asistía -con disimulo- a las clases de los demás ilustres profesores como Miguel Ángel Bastenier, el siempre agradable Enrique Palacios, o Ángel Santa Cruz, y otros muchos que pasaban por las aulas. Poco a poco había ido mejorando mi interpretación de “tonto que parece un listo haciéndose pasar por tonto”, hasta el punto de que me hicieron formar parte del tribunal de acceso al Máster, permitiéndome opinar, e incluso votar, junto a eminencias del periodismo como Jesús de la Serna. Por el camino había tenido mis más y mis menos con los alumnos, con quienes salía de vez en cuando, y entre juerga y juerga tuve esporádicos encuentros sexuales con alumnas. También hice grandes amigos, de los que luego me separé, pero siempre recordaré a Elena “torbellino” Sánchez, que tristemente nos dejó demasiado pronto, demasiado joven. Muchos han tenido éxito en sus carreras, como lo tuvo ella, y de vez en cuando me los encuentro en redacciones, cadenas, o despachos de medio mundo. Mi tiempo allí tocaba a su fin.

Como también terminó la convivencia con mi padre, quien había iniciado una relación formal con Alicia, y pensaba en marcharse a vivir a la sierra con ella. La madre de Celia, temiéndose que nos fuéramos tras ellos, nos ofreció entonces un piso que tenía en Aluche, pero decidimos venderlo, y usar el dinero para pagar una entrada de lo que debía ser nuestro futuro hogar. Mientras tanto podíamos vivir en otra casa que tenían en Moratalaz. Con casa, y los bolsillos llenos, se me olvidó que seguía sin valer para nada más que para gastar dinero -materia en la que nunca tuve rival-. El pobre 600 quedó abandonado en la esquina de General Dávila con General Rodrigo (Hoy -que no queremos saber nada de ejércitos, y menos aún de guerras civiles-, son las culturales calles de Max Aub y Maestro Ángel Llorca), y lo cambiamos por un moderno “Volvo” deportivo, mi primer coche con aire acondicionado, elevalunas eléctricos, y dirección asistida… ¡Y corría sin echar humo!

En el verano, y como casi todos los años, recorríamos las universidades estivales aprovechando que mi padre participaba en conferencias y cursos. Desde Santander a Gandía. En 1989 fue incitado -que no invitado- por el filósofo López Aranguren para participar en un curso de la “Menéndez Pelayo” sobre comunicación, y estando yo enfermo de otitis no tuvo más remedio que llevarme con él, acompañando a mis dos hermanos pequeños, Álvaro y Laura. El hotel era el típico de la costa, sobrevalorado, con su salón hortera y congelado por el aire acondicionado, y la piscina llena de plantas falsas y guiris. Para ahorrar dinero comíamos en los “buffet libre” de la playa, y después, cuando mi padre se marchaba a la Universidad, me encargaba yo de los pequeños.

Pensando que mi padre, ocupado en sus discursos, no se enteraría de nada, y aprovechando que Carlos “scarface” estaba también de vacaciones allí, invité a algunos amigos de Madrid. Pero como no podían ser vistos les colaba en el hotel cada noche, metiéndoles en la habitación sin que supuestamente nadie lo notara. Recuerdo que nos escapábamos de madrugada, y desnudos y borrachos nos metíamos en las piscinas de los hoteles y apartamentos cercanos imitando coreografías de natación sincronizada hasta que salían los de seguridad, y entre risas cambiábamos de escenario. La policía estuvo a punto de cogernos un par de veces, pero siempre nos las apañábamos para evitarles.

Cuando mi padre fue a pagar se encontró con una factura inesperada: Sabiendo que habían dormido más personas de las registradas en el hotel le cobraron como si hubiéramos ocupado una habitación de más durante toda la semana… Y eso no lo cubría la Universidad.

Un buen día Celia me dijo que nos casábamos, y yo ni rechisté. Ya habíamos pasado varias duras y vociferantes crisis, especialmente relacionadas con mi prodigalidad, y pensé que… ¡Qué leches! Ni lo pensé ni nada: Dije que sí y punto. No tenía nada que perder, y sí mucho que ganar ¿Por qué decir que no?

Las negociaciones con mis padres fueron breves: La familia de la novia se encargaba de todo, pagaba todo, y decidía todo. Y punto final. Siendo ateo confeso intenté que fuera una boda civil, y Máximo Pradera se me ofreció para oficiar una boda alternativa difrazado de cura, pero mi propuesta no tuvo éxito. Estaba condenado a una boda hortera de ciudad cuando alguien sugirió que podríamos casarnos en el pueblo, en donde hacía mucho tiempo que no se celebraban matrimonios, y me pareció estupendo, especial. De modo que iniciamos los absurdos papeleos para pedir permiso al arzobispado, ayudados por el tío de Celia, Antonio, alto cargo del clero de Sigüenza que oficiaría el evento.

Y entonces me vinieron con lo del cursillo.  No me lo podía creer: Tenía que asistir a unas clases en una iglesia cercana, en donde, junto a otras parejas, un cura célibe -en el mejor de los casos-, miembro de una organización retrógada y machista, me iba a asesorar sobre lo que era el matrimonio. ¡A mí! ¡A Satanás! Hijo de divorciados ateos, consumidor compulsivo de estupefacientes, vago, pendenciero… Por supuesto  que dije que no. Pero de nada sirvió, y allá que fui, con mi bolígrafo. Fueron un par de semanas, en una pequeña iglesia de la calle Marroquina, creo, conteniendo las ganas de darle un cabezazo al sacerdote cada vez que me preguntaba por mi falta de colaboración. Era un espectáculo grotesco, la verdad. Algunas parejas se daban la mano, y se miraban embelesadas cuando el cura hablaba de sexo, y de la visión de la Iglesia sobre la familia y la reproducción. Llegado un punto me decidí a participar, y al menos pasar un buen rato, y lo logré, especialmente cuando el curilla sacó unas hojas, con la silueta de un hombre y una mujer -asexuados, por supuesto-, sobre las que teníamos que anotar lo que opinábamos sobre su forma de pensar, sus costumbres, su cuerpo…  -Nunca entendí por qué Celia aceptaba pasar por todo aquello, cuando tampoco era una persona creyente ni practicante. Supongo yo que lo hacía por su madre, pero ¡vaya gracia!-. Miré el test y me dio la risa. Celia se giró y conteniéndose me dijo que ni se me ocurriera hacer lo que estaba pensando. Entregamos el dibujo, dimos por terminado el curso, y un gran pene pasó a sumarse a los cientos que debía recibir el sacerdote con cada nueva promoción.

Y llegó la despedida de soltero. Habiendo sido un crápula toda mi corta vida, se podría suponer que, al igual que hacía la mayoría, cenaríamos, beberíamos, y tendríamos alguna exhibición sexual que probablemente acabaría en un prostíbulo. Pero no. Lo que hicimos fue quedar en un restaurante de la calle María de Guzmán, propuesto por Javier Pérez de Albéniz. Allí reuní a dos o tres amigos de la emisora (José Miguel Contreras, el mismo Albéniz, Pontón, y Carlos López Tapia…); a otros dos o tres amigos del barrio de la Estrella (Carlos, Enrique, Moncho…); y como estrella invitada… A mi PADRE. Sí. Mi padre vino a mi despedida.

Evidentemente me robó todo el protagonismo, y aliándose con mis amigos protagonizó tres horas de comedia alrededor de mi persona. Fue un “desmontando a mi hijo” espectacular. Conforme bebían me daban más cera, y en el cénit de la velada dijo: “Yo, que tengo poderes, puedo ver tu futuro, y te digo una cosa: Engañarás a tu mujer antes de un año, y… se llamará Nuria”.  Seguimos bebiendo, y acabamos borrachos, recorriendo locales de la cercana -y deprimida entonces- calle Orense hasta el alba.

 

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Acerca de Felipe Mellizo

Soy guionista, casi periodista, padre, pareja, ex-golfo, ex-aventurero, comilón, bruto, y seguidor del Atlético de Madrid.
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