Tuo Yaw (XXVIII)

Resulta paradójico, pero uno de los placeres de vivir con alguien es cuando se marcha de viaje un par de días. Da igual con quién se comparta el espacio, ya sean padres, parejas, o amigos. Llegado el gran momento uno se levanta de la cama con parsimonia, y disfruta del café como si estuviera protagonizando un anuncio, exagerando los gestos placenteros. Si pone música, busca que sea la más sofisticada, aquella de la que reniega en público; y si es persona de gases se tira un sostenido pedo, guiñando los ojos y respirando hondo al acabar, como si se hubiera completado una etapa importante de la vida.

Así me levanté yo un sábado del mes de marzo, en nuestra casa de Julián Romea. Mi padre estaba de viaje y yo tenía guardia en la emisora. Trabajar festivos y fines de semana era aburrido, porque toda la programación estaba grabada, y el técnico al que le tocaba sólo debía cambiar las cintas, y llenar el carrusel de “cartuchos” y “tortas” del “Harris”; un sistema informático del tamaño de un mueble de salón setentero, que se encargaba de pinchar cada una de las fuentes a su tiempo. Un minuto antes de la hora en punto llegaba un redactor, con la oreja roja después de haberse pasado 55 minutos hablando con su pareja en la redacción, y recitaba el boletín, que prácticamente era el mismo que el de la hora anterior. Todo era relajo, y nos daba tiempo a descansar, ver un par de películas, y fumar un par de canutos en la escalera de incendios -salvo cuando a alguien famoso se le ocurría fallecer en sábado, como nos sucedió con Carmen Polo de Franco, por ejemplo, y los jefes “tocaban a rebato”, haciendo que aparecieran por la emisora todos los empleados localizables-. Pero por lo general, al final de un día tedioso, conectábamos el modo nocturno del “Harris”, y le abandonábamos a su suerte hasta el día siguiente. Por si fuera poco aquello era un chollo, porque el plus que te pagaban rondaba las 15 mil pesetas, y eso era mucho dinero entonces.

Me había quedado en “babia”, mirando la pantalla apagada de la televisión, hasta que se me hizo tarde. A la carrera me vestí. Por suerte mi padre me había dejado las llaves del coche, con la condición de que lo usase solo para ir y volver del trabajo, de modo que bajé al garaje, salí por Guzmán el Bueno a la izquierda, y aceleré suavemente para evitar que se me cerrase el semáforo. Al cruzar la calle General Ibáñez de Ibero (justo en donde poco después se produjo un tremendo atentado) levanté un poco el pie: Un viejo R-12 avanzaba, sospechosamente lento, por la derecha. Apenas tuve tiempo para sujetarme al volante. El tipo del R-12 había girado bruscamente hacia la izquierda, ajeno a mi presencia, acelerando todo lo que podía para hacer un cambio de sentido atravesando tres carriles. El golpe fue confuso y violento, como todos, y el Talbot acabó montado sobre el R-12, después de haber golpeado a dos coches aparcados a mi izquierda. Pensé lento, pero pensé que estaba entero. Había cristales por todas partes, y algo de humo. Vi perfectamente como sacaban al conductor del otro coche. Era un anciano. Pero no me preocupé por él en absoluto. En mi cabeza solo estaba el clásico “ya verás cuando se entere mi padre. Me voy a cagar”. Me apoyé en el volante y encendí la radio. Funcionaba. Alguien empezó a tirar de mi puerta para abrirla. “¿Está bien, está bien? Era el anciano, acompañado por un Guardia Civil del cuartel de al lado, que había llegado a la carrera. Levanté la cara del volante y dije “que se vaya de aquí, que se aleje, no quiero verle”. El Guardia Civil debió ver sangre en mi mirada, porque le hubiera matado allí mismo. Me había costado un horror ganarme la confianza de mi padre, y sabía que esto lo echaría todo por tierra. “Hombre, no se ponga usted así” ¡”Que no me ponga así”! Finalmente salí del coche. Estaba llorando de rabia, y el hombre se diculpó. Tenía 76 años, la edad que sumábamos mi padre y yo, lo recuerdo como si fuera ayer. Me dijo que no me preocupase, que él reconocía su culpa. Tras las mil y una gestiones habituales, entre las que estaba llamar a mi jefe para contarle lo sucedido, y me volví a casa a llorar mis penas.

EL domingo por la noche regresó mi padre, y fue como esperaba: Me acusó de borrachín, y dijo no creer una palabra de lo que le decía, añadiendo que yo correría con todos los gastos porque su coche estaba a terceros. Le dije que lo pagaría el seguro del otro, porque había reconocido su culpa “¿Has presentado los papeles en el seguro? Me preguntó. Yo no había hecho nada, y me dijo que fuera cuanto antes. Cuando me senté con el fulano que me correspondía de la Mutua, me dijo que era genial que lo tuviéramos tan claro ambas partes, y buscó información. De pronto cambió el gesto y me dijo “pues sepa usted que la parte contraria ha presentado su parte antes que usted, y dice que la culpa fue suya, que le embistió intentando adelantarle sin espacio…”. De modo que yo tenía que demostrar que no era así. Mi bisoñez me había jugado una mala pasada. Busqué testigos, presenté mil escritos, pero nada. El seguro estaba feliz, porque se ahorraba un dinero con la maniobra, de modo que tuve que cargar con los gastos de la reparación. Una ruina en todos los sentidos, porque mi padre jamás creyó mi versión.

Poco después, y para evitar que le quitará el coche de nuevo, me compró un seiscientos de cuarta mano -aunque yo creo que se lo regalaron-. Verde “Oxford” para más señas. Era una mierda maravillosa, que no podía superar los cincuenta por hora porque al hacerlo se perdía el control sobre la dirección, y pegaba bandazos de dos metros. Aún así Celia y yo salíamos con él por el Pardo, buscando lugares apartados en donde ver anochecer -hubiera preferido un Simca 1000, lo juro-.

Mi padre seguía sin dinero, pero con amigos -¿será genético?- y, como no, se reunían en casa con frecuencia. De todos es sabido que un piso de solterón/ona es como un imán para los casados, especialmente cuando el anfitrión es un “showman” con buen whisky. De modo que fuimos los dueños del “man cave” perfecto. Pero era caro de mantener de manera que, para financiar la bodega, decidimos comprar una gran hucha de barro cocido, la mayor que encontramos, y colocarla en el hall con una leyenda que decía que solo admitíamos donativos en monedas de 100, 200 y 500 pesetas; y ya fueran políticos, iletrados, o literatos, todos los que entraban se aflojaban el bolsillo en nuestro beneficio. Después de un año decidimos romperla. Mi padre dio unos martillos a mis hermanos pequeños, y con dos golpes certeros dejaron al descubierto más de 130.000 mil pesetas. Fue maravilloso, salvo porque me hicieron compartir el dinero con mis hermanos, cuando era yo quien había pagado casi todas las botellas que entraron en aquella casa.

Con el tiempo fui descubriendo que mi progenitor mantenía una relación estable con una mujer, Alicia. Primero fueron algunas fotos que fue colocando en las estanterías, luego encuentros en restaurantes, y al cabo de unos meses empezó a aparecer por  casa. Era aproximadamente de mi edad, periodista también, y sumamente amable y agradable. Alicia ayudaba a mi padre en todo lo que podía, especialmente con los pequeños Álvaro y Laura, y trataba de mediar en nuestras discusiones. Poco a poco fue ordenando la caótica vida de mi padre, quedándose a dormir día sí, y día también. El pacto de convivencia que teníamos, ese acuerdo no escrito por el que una mujer no podía pasar en la casa más tiempo que el estrictamente necesario, estaba herido de muerte.

Las obras de la Escuela de Periodismo de El País habían terminado, y a las aulas y redacciones les habían añadido un estupendo y reluciente estudio de radio, con dos cabinas para practicas de reporterismo. De modo que tuve que decir adiós a la vieja y abandonada emisora, que sería derribada poco después para dar cobijo al equipo fundacional del suplemento “Tentaciones”.

Por otra parte mi viejo había entrado en contacto con un director de documentales peculiar, Jon Incháustegui. Jon era el prototipo del aventurero vasco: Recío, inconformista, peleón, y extraordinariamente generoso. Un tipo duro, que había perdido parte de la mano al pasar sobre ella una gran sierra de carpintería de un decorado. Consiguieron coserle los dedos, pero perdieron la sensibilidad para siempre.

En su juventud Jon había estado vinculado a movimientos independentistas, ayudando a cruzar la frontera a los perseguidos por la policía de Franco, hasta que los más radicales y violentos se hicieron con el poder. Jon, que pasaba la vida entre Bilbao y París, estaba muy bien relacionado entonces, y mantenía un contacto permanente con José María Gorordo, que acababa de abandonar la dirección general de la televisión vasca al ser elegido Alcalde de Bilbao. Quizá para estar cerca de él Jon había situado su productora a dos pasos del Ayuntamiento, cruzando la ría, en la calle Acebal Idígoras.

Jon producía documentales de todo tipo, desde marinos, a históricos, pasando por reportajes políticos, o de pura aventura, lo que le llevó a filmar por vez primera el “entierro celestial” del Himalaya -esa ceremonia funeraria tan impresionante que consiste en trocear a los muertos y dárselos de comer a los buitres-. Tenía un pequeño equipo, y algunas cámaras de cine que en poco tiempo dieron paso a las más cómodas “betacam” de finales de los ochenta. No sé cómo entraron en contacto mi padre y él, pero se hicieron buenos amigos. Jon disfrutaba con las salidas de tono de mi padre, azote de estultos, y mi padre con la capacidad de generar trabajo -y dinero por adelantado- de Jon. En nada estaba produciendo documentales, con el apoyo del V Centenario y gracias a mi padre, y fue llevándome con él como auxiliar, con la intención de ayudarme a encontrar un trabajo mejor que el que tenía, y supongo yo que reforzar su relación con mi viejo. Enseguida simpaticé con él y con su equipo. Tanto mi padre, como yo, éramos excesivos, vehementes, y juerguistas. De modo que, cuando no estaba en el máster, estaba viajando por el mundo con Jon, y si no tenía viaje me marchaba a Membrillera con Celia, o sin ella.

Y es que a Celia no le acababa de convencer eso de ir de madrugada a fotografiar buitres en Baides, llevándoles “Budejos” de cordero como reclamo. Pero a su hermano sí, lo que era un alivio, y gracias a él aprendí algunos conceptos básicos sobre fotografía, que me servirían para, con un poco de literatura, hacerme pasar por menos inútil de lo que era en mi trabajo como ayudante de cámara (Baides es un pequeño, bonito, y perdido pueblo de Guadalajara, que justo entonces tuvo un sorprendente momento de fama, cuando ETA decidió aprovechar su aislamiento para colocar un artefacto explosivo en la vía del tren que une Zaragoza y Guadalajara). Tampoco debía gustarle mucho verme integrado en esa vida rural que ella había dejado atrás, pero es que aquello era un sueño: Un pueblo sin autoridad, que se regía por los lazos familiares, y que si te adoptaba jamás te abandonaría. Adaptarse a su ritmo era sencillo: Apenas hacían otra cosa más que beber, comer, y jugar a las cartas. Era un pueblo de gente recia, algo que achacaban al agua que bebían, y muchos de ellos trabajaban en las distintas policías de la capítal, desde la municipal, a los antidisturbios. Uno de estos “fortachones”, Daniel, había perdido parte de una oreja en un accidente de coche, cuando, estando revisando el motor con el capó abierto, otro vehículo le golpeó por detrás. Daniel se asió al motor caliente, y resistió las sacudidas del accidente hasta que se detuvieron los coches, pero el capó le había golpeado en la cabeza dejándole malherido. Ese mismo Daniel, un día de verano, se empeñó en que yo me bañase en el río, que estaba frío de cojones, y ante mi reticencia me agarró, como su fuera yo un conejo, me levantó sobre su cabeza y me tiró al río (conviene recordar que yo peso cien kilos, gramo arriba, gramo abajo). Daniel tenía un hermano aún más fuerte, Eduardo. De carácter opuesto a su hermano, Eduardo solo bebía leche, y siempre se mostraba educado y tranquilizador. Cuando subíamos al pantano de El Alcorlo, montábamos en una zodiac, para llegar a la cabecera y ver nutrias -todavía quedaba alguna-, a la vuelta Eduardo prescindía de la embarcación, y desnudo se zambullía en el oscuro pantano, nadando todo el camino de vuelta sin compañia. Disfrutaba quedándose a solas, flotando en mitad de la nada, sobre las ruinas del anegado pueblo que daba nombre al embalse, a mi me daban escalofríos de pensarlo.

Cumplida la edad necesaria, y presionado por mi orgullo -en primer lugar-, por Celia -como es natural-, y por algunos amigos, decidí apuntarme al acceso a la Universidad para mayores de 25 años en un centro de estudios pegado a la Parroquia del Santísimo Sacramento, en la calle Sáinz de Baranda. Tenía un año para prepararme el examen, de modo que me lo tomé con calma.

Un buen día, estando con Jon en el pasillo del despacho de mi padre, en el edificio de la calle Segre que ocupaba la “Sociedad Estatal del V Centenario del descubrimiento”, charlábamos sobre mis fracasos cuando se abrió la puerta, y salió un tío al que Jon conocía. Era un ejecutivo de una agencia de publicidad muy popular entonces, vinculada por las malas lenguas al partido del gobierno. Jon se sorprendió al saber que había venido para competir por una gran campaña, y el hombre se puso algo nervioso, marchándose con repentinas prisas. Entramos al despacho, y de primeras Jon, directo como siempre, le dijo a mi padre que era una casualidad extraordinaria que esa misma mañana hubiera visto salir del despacho a dos tipos de la misma empresa, con el mismo interés por ganar la generosa cuenta de publicidad del V Centenario. Mi padre se puso tenso, pero Jon continuó, añadiendo “yo creo que las tres empresas que compiten son la misma… El concurso público está amañado… Te la están jugando”… La bronca de mi padre fue tan mítica como su ingenuidad: “No sabes nada… a mi no me la juegan con esas cosas… quieres echarle mierda al gobierno…”. Salimos escopetados de ahí, pero sí: Se la estaban jugando con la publicidad, para qué engañarnos.

(Continuaré, por supuesto)

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Acerca de Felipe Mellizo

Soy guionista, casi periodista, padre, pareja, ex-golfo, ex-aventurero, comilón, bruto, y seguidor del Atlético de Madrid.
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