Tuo Yaw (XXVI)

Mi padre había regresado a la Agencia Efe como Jefe de Cultura, sin dejar de colaborar con media docena de publicaciones informativas, literarias, científicas, profesionales, o puramente comerciales. Apoyado por su fama, su labia, su cultura sin medida, y su inagotable imaginación, participaba como jurado en grandes eventos, como el premio Prínotra maneracipe de Asturias, o era invitado a recepciones reales, conferencias, y tertulias de todo tipo. En 1986 había editado “Otra manera de cantar el tango”, corta novela biográfica en donde hablaba de “lo que pudo haber sido, y no fue”, como dijo él mismo, y con la que dejaba claro su amor hacia Londres, la que fuera siempre su ciudad, por delante de Córdoba y Madrid, y en la que pasó los mejores años de su vida.

Como muchos sabían, y otros imaginaban, mi padre seguía viviendo de un modo desordenado. Viajes de dos días, difícilmente justificables, cenas que se alargaban hasta el alba… Sin entrar en detalles diré que en esos años aprendí a ser testigo mudo y coartada sólida para cualquier mentira (lo siento).

Mi relación con Celia evolucionaba favorablemente: Me dejaba alimentar por Juana, su madre, comiendo como si no hubiera un mañana; le ayudaba con los trabajos de la facultad, ya fuera repasando fichas de zoología, como preguntando temas de fisiología escogidos al azar; y me mostraba cariñoso e integrado con su hermano y abuelos, aunque siempre les mantuve al margen de mi trabajo y mis amigos, lo que significaba tener a mi pareja alejada de la mayor parte de mi vida. Gracias a Celia recuperé el contacto con mi madre y mis hermanas, a quienes tenía abandonadas desde que fuera expulsado -por méritos propios- de EL Romeral, en 1980. Desde entonces mi madre había tenido otra hija, Beatriz, y tras unos años de romántica relación había terminado separándose de su segunda pareja, Pedro. A pesar de visitarles con más frecuencia nunca llegaría a ser una reparación completa, pero noté que estaban felices por verme con una vida aparentemente organizada. No puedo decir lo mismo de mi padre, que no veía con buenos ojos nuestro “noviazgo” [Jamás supe por qué. Quizá fuera por clasismo -sí, aunque pueda sonar extraño era otro de los defectos ocultos de mi padre, un rojo clasista-; por temor a que mi inutilidad provocase un desastre -algo lógico-; por celos de padre al ser separado de su hijo -lo típico-; o por una mezcla de los tres miedos -lo que parece más que probable-].

Las familia de Celia tampoco era un remanso de paz. Su hermano Raúl había sacado un carácter tormentoso, con acelerones que le llevaban a perder la razón… y el juicio. Acababa de empezar a estudiar Derecho, y apenas se podía toser en la casa cuando estaba en su cuarto, o viendo partidos de baloncesto -su gran afición-. Sobreprotegido por Juana tras el fallecimiento de su padre se volvió un consentido, capaz de lo peor, y de lo mejor. Y es que su madre era (y es aún cuando escribo estas líneas) tan desmedidamente generosa y servicial que molestaba. Tan pendiente de los demás que hacía que uno se sintiera mal. Tan sacrificada, y con tanto estrés porque sus hijos llevasen una vida mejor que la suya que les saturó, alejándoles de SU realidad, y de la realidad del mundo que les rodeaba. Y no lo necesitaban: Ambos eran mucho más inteligentes, ocurrentes, y valiosos que la mayoría de sus amigos y conocidos -lo que me incluye a mi, por supuesto-.

El machismo era otra de las claves de sus relaciones. En su mundo “el hombre” no hacía nada. Pero NADA de NADA. No es que en mi familia fuéramos un ejemplo de igualdad de género, -especialmente en la de mi padre-, pero en aquella casa alcarreña la diferencia entre hombres y mujeres era espectacular, como si fueran dos especies distintas: Juana trabajaba, y se encargaba de la alimentación, limpieza, y mantenimiento del hogar, así como del cuidado de los dos abuelos octogenarios, siempre ayudada por Celia -tuviera exámenes o no-, mientras que su padrastro Pepe, Raúl, y yo, estábamos liberados de cualquier actividad familiar, más allá de elegir el canal del televisor.

En la emisora las fiestas se sucedían, ya fueran personales o profesionales, sin importar el día de la semana: Presentaciones de discos de Mecano -todo un evento entonces-, conciertos de Paul Collins, de Radio Futura, de Alaska… Nunca supe cómo, pero siempre regresaba a casa con todas mis extremidades, e incluso con más de las habituales si se daba bien la noche. Si alguna de aquellos eventos me dejó un recuerdo imborrable fue la presentación de “Ellos las prefieren gordas” de Gurruchaga y su Orquesta Mondragón. Era un gran disco, en serio, y “olvídate de mí” se convirtió en una de mis canciones de cabecera (“Vístete deprisa, y olvídate, olvídate de mí”), pero la presentación en el matadero -sí, mucho antes de que se “gentrificase”- fue un feliz despropósito. Recuerdo que a la entrada había una báscula, y Michele McCain -gran voz- te esperaba con un lápiz para que anotases tu peso en un listado. Una vez dentro habían colocado largas filas de mesas repletas de comida y bebida, pero sin cubiertos, de modo que te tenías que pringar para comer. Tras saludar a Gurruchaga, y grabarle un par de respuestas para la emisora, me centré en lo importante: Comer. Acabé metiendo hasta los codos en las fuentes de judías,  royendo pollo a dos manos, y bebiendo directamente de las grasientas botellas. Tres horas después dejé todo lo que había comido, convenientemente saboreado y pre-digerido, junto al Puente de Toledo.

En otra ocasión, de fiesta con mi amigo Carlos “Scarface”, acabamos siendo invitados por una periodista recién llegada a la emisora y su prima, a la casa que tenían en el centro, pero tan borrachos estábamos que en cuanto nos dejaron en el sofá de su dúplex nos quedamos dormidos, igual que en una comedia barata. EL fútbol de clubes no me había llamado la atención hasta entonces, salvo para usarlo como excusa para el menosprecio y la burla. Había visto dos partidos en el Calderón -menos que conciertos-, y cuatro en el Bernabéu, en toda mi vida, y me resultaban tremendamente aburridos (no como el baloncesto, el tenis, o el rugby). Jugar jugaba de vez en cuando, pero era bastante “guarro” e indisciplinado. Pero algunos de mis compañeros de emisora eran forofos de libro, capaces de arrojar un televisor por la ventana cuando el Madrid encajaba un gol -como hizo uno de ellos, literalmente-. El más exaltado era Santiago Alcanda. Recuerdo el partido aquel contra el Nápoles de Maradona, en su casa de Arturo Soria, rodeado de periodistas, y jugadores del Real Madrid de baloncesto capitaneados por Juanma L. Iturriaga, que secundado por Chechu Biriukov animaba a la grada. ¡Vaya voces!, y qué pretexto más bueno para salir de juerga. Todo valía si se ganaba, y si había que celebrar siempre podían contar conmigo sabiendo que lo daría todo. Sumados conciertos, fiestas, partidos, “porquesíes”, y cumpleaños, apenas me quedaban días para descansar.

En el plano profesional José Miguel, subdirector de la emisora entonces, ni paraba, ni dejaba parar a nadie. Desde su mesa repleta de “cafiaspirinas” controlaba todo, y a todos, siempre escoltado por su gran amigo y redactor jefe de informativos, Luis “Fer” Fernández. A través de corresponsales y conocidos José Miguel recibía información constante del mundo de la comunicación, prestando especial interés a los temas políticos y de análisis de tendencias y audiencias -y a la NBA por supuesto-. Había empezado por seguir las campañas electorales de los políticos españoles durante la transición, y los primeros años del “felipismo” –Tema central de su tesis doctoral, a la que me invitó para que se la grabase, y que entonces me pareció un absoluto tueste (probablemente ahora me lo seguiría pareciendo)-, para después pasar a los programas de debate estadounidenses, los “talk shows”, informativos serios, cómicos, paródicos, programas, y finalmente series de televisión.

José Miguel, además, daba clase en la Complutense, primero como adjunto -supongo yo-, y después como titular, y de vez en cuando desembarcaba en la emisora con un grupo de sus alumnos para desmenuzar algún programa americano (era un experto en conversiones de NTSC-PAL-SECAM, verdadera obsesión en la era analógica de la televisión), o preparados para acumular información acerca de empresas de comunicación de todo el orbe. Siempre estaba abierto a nuevos y extraños proyectos –Lo primero que escuché de José Miguel, que si no recuerdo mal había pasado antes por Radio 3, fueron dos grabaciones: Una entrevista, de las pocas que se le hicieron, a José Bergamín, abuelo de mis amigos Carlos y Javi; y un programa especial sobre la muerte de Carrero Blanco, en el que se reproducían los minutos anteriores y posteriores a la explosión, en una hipotética emisora de radio local, con interrupciones para dar información de lo sucedido, como si realmente hubiera habido una cobertura moderna del suceso en 1973-. Uno de esos proyectos de Contreras era Euradio, un programa informativo semanal compuesto por piezas, generadas por varias emisoras extranjeras, que cada país editaba, doblaba, y emitía por su cuenta. Desconozco los motivos, probablemente azarosos, pero José Miguel tuvo a bien ponerme como técnico de sonido, y a Felipe Pontón como redactor y locutor. Gracias a ese proyecto salvé mi trabajo, porque los dueños de la emisora, al hilo de las nuevas inversiones del grupo PRISA, planeaban un cambio de rumbo que no me incluía.

En aquellos días, y cuando se debatía en el Congreso la futura Ley de Televisión Privada, Calviño, ex director general de RTVE, adelantó a todos por la derecha abriendo CANAL 10, la primera cadena de televisión privada de nuestro país. Para evitar la legislación española el canal emitía desde Londres, lo que levantó no pocas ampollas en la industria de la comunicación. Algunos de nuestros compañeros, que estaban deseando saltar a la tele desde hacía un tiempo, se apuntaron a la aventura, de modo que nuestras grandes fiestas madrileñas abrieron sucursal en el Reino Unido. Pero fue un experimento fallido, y a los pocos meses CANAL 10 se declaró en suspensión de pagos (aunque algunos, bien por prófugos del servicio militar, o por prófugos de sus propios vicios, decidieran quedarse allí durante algo más de tiempo).

Probablemente debido a mi infancia errante, cambiando de colegio y de ciudad como un feriante, tengo una extraordinaria facilidad para adaptarme a cualquier ambiente, haciéndolo mío en poco tiempo (probablemente también, ese baile de casas y colegios me dejase algunas taras, pero es otro tema). Eso, adaptarme con facilidad, es lo que me pasó con Membrillera, el pueblo de la familia de Celia, hasta el punto de que aún hoy lo echo de menos.

Membrillera no es un pueblo bien conservado, ni está enclavado en un paraje espectacular. En sus días de gloria contaba con más de quinientos habitantes, pero cuando yo lo conocí apenas superaba los cien -De todos es sabido que no vivían tantas personas allí, pero algunos se empadronaban para que el pueblo no perdiera su Ayuntamiento, pasando a ser controlado por la localidad vecina y rival, Jadraque-. Membrillera era un pueblo fundamentalmente agrícola, gracias a una tierra fértil bañada por el caudaloso río Bornova, y contaba con abundante caza, menor y mayor, algunos bosques de encina y pino, y las ruinas de una torre de vigilancia árabe que no era rival para el vecino castillo del Cid, en Jadraque cómo no. En 1986 aún tenía una tienda, que cerró poco después, y dos bares. El único teléfono del pueblo estaba en el Ayuntamiento, junto al viejo portón de madera, justo enfrente del frontón, e Inocencia (“La Ino”), se encargaba de recibir las llamadas, cobrando cinco duros por aviso.

Mis amigos Carlos “scarface” y Enrique llegaron a la plaza del pueblo en un ford escort decapotable, aparcando cerca de la fuente. Un labrador pasaba con su mula, y se detuvo a mirarles mientras el animal calmaba su sed. Vestidos con sus bermudas de colores chillones entraron en el bar, y pidieron dos botellas de agua. Les miraron como si estuvieran pidiendo sangre de neonato: “Pero, pero… ¿Agua? ¡Si tienen la fuente ahí fuera! La mejor agua del mundo”. La mula había dejado su sitio a dos niños, pero a mis amigos, lo de compartir grifo con animales no les acababa de convencer…

(Seguiré otro día)

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Acerca de Felipe Mellizo

Soy guionista, casi periodista, padre, pareja, ex-golfo, ex-aventurero, comilón, bruto, y seguidor del Atlético de Madrid.
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