Tuo Yaw (XXV)

Primero fueron dos periodistas, luego cuatro, y más tarde seis. Algunos peatones empezaron a preguntar, y otros llegaban sabiendo ya lo que pasaba hasta saturar el bulevar de la calle Juan Bravo, en Madrid:  Enrique Tierno Galván agonizaba. El cáncer de hígado podía con el defensor del buen rollo y promotor del “colocarse” global. Hacía frío, y las cafeterías cercanas no daban abasto. Fue una jornada larga, pero nadie se movió.

18581514_10211957727672615_3397854579343829404_nY allí estábamos nosotros, con nuestra pequeña unidad móvil -la número 5, aunque realmente fuera la única de la emisora: Un “Seat panda” ranchera con sobre-techo al que me destinaron durante un tiempo-. Personalidades y familiares fueron entrando y saliendo de la clínica Ruber, respondiendo con evasivas a los periodistas, hasta que a la noche se nos comunicó que había fallecido. Sin mediar palabra empezamos a aplaudir, todos, espontáneamente. No soy quien para valorar los méritos de nadie, pero alguno debía tener don Enrique cuando provocó aquella reacción tan emotiva. Hacía décadas que no se escuchaba en España un aplauso tan sincero como aquel, una ovación inacabable, que se extendía por la ciudad y el país a través de las emisoras de radio. Para mi que teníamos ganas de mostrar afecto por algún político elegido democráticamente, como si el pueblo quisiera decirles “¿Lo véis? Sí se puede gobernar con empatía, solo hay que intentarlo”. Dos días después fue el multitudinario entierro. Y allí estábamos de nuevo con nuestra furgoneta, rodeados por un millón de ciudadanos que querían dar su último adiós a Tierno. Me río de las cuentas de las manifestaciones actuales, cuando dicen saber lo que ocupa un millón de personas ¡Aquello era bíblico! Desde la Puerta del Sol a la Puerta de Alcalá, y desde Colón a Neptuno, no cabía un alma. Y luego, durante el recorrido que siguió la comitiva hasta el cementerio de La Almudena, más gente, centenares de miles que se sumaban al duelo desde las aceras o balcones. Nosotros seguíamos el féretro montados en el coche, mientras que los reporteros Lucas, Llamas, Estévez, las “pilares”, y compañía, coordinados por Luis Fernández en la móvil y José Miguel en el estudio, entrevistaban a diestro y siniestro, intentando transmitir hasta el último detalle del evento. Yo distribuía pilas para los equipos, repartía “Tomates” (Ese artilugio chapucero con el que nos conectábamos desde cualquier cabina), editaba cortes, y recibía broncas, todo ello sobre la marcha, presa -como todos- de una desmedida excitación informativa. Tanta fue que llegamos a olvidarnos de lo que nos había llevado hasta allí. Y tan notoria como para que al día siguiente se nos llamase la atención por lo que algunos habían interpretado como falta de respeto hacia el difunto Alcalde.Enrique Tierno Galván

Con la unidad móvil pude recorrer Madrid a gastos pagados. En verano quedaba con el redactor en cualquier bar de la ciudad -normalmente Jaime Roza, que desgraciadamente fue el primero de nuestros compañeros en fallecer-, y pasábamos las horas sentados en uno de los chiringuitos del interior de El Retiro, al fresco, leyendo el periódico, gracias al pase especial que nos permitía circular con el coche por el parque -que unos meses antes había sido definitivamente cerrado al tráfico-, comunicados con la emisora mediante uno de aquellos primitivos y descomunales teléfonos de coche -con el que hacíamos llamadas costosísimas a nuestros amigos para decirles aquello de “¿A qué no sabes desde dónde te llamo?”-.

Pero con la llegada del otoño la cosa cambiaba. Recuerdo esas rutinarias y desangeladas mañanas ochenteras. El aire gris, el cielo frío, y ese olor a nada tan profundo. Llegar a la emisora, desayunar, y coger la unidad móvil con la certeza de que antes de las nueve tendríamos que acudir al encuentro de las ambulancias, los agentes, y el humo de un nuevo atentado… Embajada italiana, Novotel, Colombia… Y siempre evitando el atasco de Alcalá por la misma calle: Sambara. La urgencia, y ese afán estúpidamente heroico del reportero de ciudad, nos hacía imprudentes, saltándonos semáforos y pasos de peatones. Pasaron los meses, los atentados y los peatones, hasta que un buen día nos dijeron: “Han detenido al comando Madrid (uno de tantos)”. “¿En dónde?” Nos preguntamos, “En Río Ulla, aquí cerca”. “Tenían el garaje en la calle Sambara. Allí fabricaban las bombas, que ocultaban en ollas express”.

Cada mañana pasábamos delante de aquella cochera roja, y con toda seguridad nos cruzamos con los terroristas, yendo -o viniendo- de sus sanguinarias actuaciones, abrigados, protegiéndose del aire gris, del cielo frío, y de ese olor a muerte tan profundo. Gris teñido de rojo, asfalto y sangre por toda la ciudad. Algunos no se me quitarán de la cabeza nunca, como el del autobús de Santo Domingo – por lo descomunal-, el de Ynestrillas frente al Calderón -porque llegamos muy pronto-, el de Cristóbal Colón en Tambre -porque perseguimos a la policía, que perseguía a los etarras, hasta la calle Toledo-.

Pero no todo eran sucesos trágicos. La misma unidad móvil nos transportaba a conciertos, competiciones deportivas, e incluso servía de dormitorio ocasional, porque la frecuencia de nuestras juergas apenas había variado, y salíamos todas las noches que nuestro cuerpo nos permitía.

Las drogas seguían estando presentes en nuestras vidas. No señalaré cómplices, porque la gran mayoría de mis compañeros eran gente sana, pero los que no lo éramos compensábamos consumiendo lo nuestro, y lo que a ellos les hubiera correspondido. Recuerdo grandes “consumiciones” con alguno en concreto, como cuando, yendo a cubrir un concierto de Jean-Michel Jarre, mi compañero ocasional y yo nos hicimos unos “nevaditos”, después de unas copas, y acabamos abandonando nuestras obligaciones para recorrernos Madrid en la unidad móvil. Otras veces la música nos permitía lujos como estrechar -rozar más bien- la mano de David Bowie -en Jácara, la sala de conciertos de Príncipe de Vergara, de la mano de Santi Alcanda-;  O montar conciertos como el de Los Lobos, en una sala de General Ricardos cuyo nombre he olvidado.

La ventaja de ser técnico de sonido -además de estar siempre libre de responsabilidades- era que no me limitaban a un tipo de contenidos -como sí que les sucedía a los periodistas-, y podía empezar el día en una rueda de prensa de gran interés político, y terminarlo acompañando a Ricardo Cantalapiedra por los bares de Malasaña. En las Cortes me conocían tanto que los policías apenas miraban en mis bolsas de cables cuando entrábamos para cubrir alguna sesión importante, y circulaba por el hemiciclo a mis anchas, permitiéndome usar los aseos de los diputados, emocionado por la idea de que allí mismo habrían apoyado sus posaderas grandes hombres de Estado… Y yo.  De vez en cuando me tocaba cubrir el Consejo de Ministros, en Moncloa, un verdadero marrón porque lo que verdaderamente deseábamos todos era que nos tocase ir al Salón de Comisiones del Ayuntamiento de Madrid, en donde cerraban las sesiones con un estupendo aperitivo (Muchos solo venían a comer y beber de forma descarada, sin molestarse siquiera en sacar un cuaderno). También tuve asiento de primera fila en las distintas elecciones de aquellos días. Y fui afortunado, porque ya fuera OTAN, Europa, Generales, o Autonómicas, siempre me tocaba Alianza Popular, y de todos era sabido que aún perdiendo tenían el mejor catering.

Gracias al periódico teníamos entradas de lujo para cualquier espectáculo deportivo o artístico, y cuando la emisora no cubría el evento siempre había algún carnet de fotógrafo del diario libre. Por suerte para mí la emisora pagaba una cabina de radio en el viejo Palacio de los Deportes de Goya, sin hacer uso de ella más que una o dos veces al año, de modo que me hice con el control de la entrada, y primero con Albéniz, y después solo, pude hacer uso de ella como si fuera de mi propiedad, incluso después de que se cerrase la emisora. Así que me vi por la cara casi cuatro años de baloncesto; liga, copa, copas europeas, del Madrid y del Estudiantes (compartían pista entonces), además de algunos conciertos.

De vuelta a la emisora editaba alguna cuña publicitaria con Víctor Mato, el hombre que hablaba más rápido del mundo (capaz de meter dos productos de “Marcol” con sus precios en cada segundo). O grababa una entrevista a un grupo de moda, como Alphaville, o Europe. Estos últimos se llevarían un grato recuerdo nuestro, porque, estando yo a la mesa, el locutor que les hacía la que era su primera entrevista en España, se quedó dormido. Como suena. Con la cabeza hacia atrás y la boca abierta.  Los rubios me miraban, desconcertados, con las palmas hacia arriba buscando una explicación, pero no, no era una broma. Le tuve que despertar dos veces antes de que perdieran la paciencia y se marchasen con sus melenas ofendidas y deshidratadas.

También estaban los de “Lo que yo te diga”, un grupo formado después de “abierto de 5 a 8” por Máximo y Carlos, junto a Almudena e Igor. Eran la parte creativa de la emisora, y los más coñazo, especialmente Carlos. Siempre tenía algo que decir sobre los cortes, sobre el nivel de la música, el fundido, el ritmo, los agudos, los graves… Por no hablar del contenido. Era un purista de los cojones. Y era ciego. Nos tocaba tanto las narices que dejábamos abiertas las cajoneras de las mesas metálicas de la redacción para hacerle difícil y doloroso llegar hasta su asiento, mientras le observábamos desde el interior del estudio, a salvo de su fino oído.

Alcanda, Jorge, Nacho, Ana, Merche, y Albéniz competían a modernos, cada uno en un estilo, y con su programa: “Música privada”, “Tribus Urbanas”, y otros tres o cuatro programas que abarcaban todos los géneros. Era una emisora completa, que también cubría información deportiva, con la colaboración de nuevos amigos, como Juanma López Iturriaga.

“Everybody wants to rule the world” debía estar sonando en todos los garitos de la ciudad cuando empezaron a montar el tinglado en donde se celebraría el décimo aniversario de EL PÁIS.  Durante unas semanas estuvimos preparando un estudio en el centro del Palacio de Cristal de El Retiro, desde donde se emitirían contenidos relacionados con la efeméride -una novedad entonces-.

Recuerdo la inauguración, las fiestas del aniversario -la calle de Miguel Yuste cortada, los políticos con demasiado alcohol en la sangre, las escapadas “en pareja” por la redacción…-, y muy especialmente las comilonas en Alfredos Barbacoa. A diario atravesábamos el pasadizo de la calle Lagasca para disfrutar de unas cuantas “super-Alfredo” con costillas y ensalada de col, del brownie con helado, y terminar vaciando una botella de Jack Daniel’s a base de chupitos. Fueron tantas y tantas nuestras visitas, que el equipo aquel de la emisora, con Contreras a la cabeza, fue el principal contribuyente de la colección de cascos de Bourbon que tenía Alfred, y dudo que otros aportasen más que nosotros desde entonces.

En los meses que van desde finales del 85, a finales del 88, no falté a una sola manifestación. Feministas, fascistas, abortistas, obreros, separatistas… Y por supuesto estudiantes. Esas últimas -contra las reformas de Maravall “un bote, dos botes, Maravall el que no bote”-, quedaron bien impresas en mi memoria. Todavía resuena en mis oídos el sordo sonido de las pelotas de goma al golpear la unidad móvil de la emisora, mientras Juantxo y yo tapábamos el depósito de gasolina  -que alguien había abierto para sacar combustible incendiario-. Recuerdo las formaciones de policía y estudiantes, confrontadas, con los jóvenes gritando “esos de marrón, de qué colegio son”; las carreras por Chueca, y las motos de los agentes siendo derribadas en la esquina de Barquillo con la Gran vía. Y, por supuesto, a “El cojo manteca”, aquel personaje que acabó convertido en símbolo de las protestas, sin tener nada que ver con ellas.

Mi vida era la emisora, y mi familia los que allí trabajaban. Mucho tiempo después algunos salieron rana, y mucha gente me pregunta cómo puedo seguir unido a ellos… ¿Cómo no estarlo?

(Por supuesto que continuará)

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Acerca de Felipe Mellizo

Soy guionista, casi periodista, padre, pareja, ex-golfo, ex-aventurero, comilón, bruto, y seguidor del Atlético de Madrid.
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3 respuestas a Tuo Yaw (XXV)

  1. DARTH V dijo:

    Ay me encanta todo… pero pobres Europe!!! Yo era superfans!!!! Y darle la mano a Bowie… madre mía Mellizo….. que afortunado!!

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