Tuo Yaw (XXIV)

Conforme me acerco al presente va resultando más y más complicado mantener mi propósito de no herir a nadie con mis letras, salvo a mí mismo. Pero lo seguiré intentando, aunque suponga escamotear algunas escenas interesantes, o cambiar u ocultar ciertos nombres. Quizá, algún día, pueda completar esas “lagunas” que voy dejando. En cuanto a lo que puedo contar, y contaré, entiendo que existan otras versiones, pero estas son MIS memorias, y describo las situaciones tal y como YO las recuerdo, y como tengo anotadas en cientos de cuadernos que he tenido a bien conservar. Por otra parte tampoco me importa quién cree qué, de modo que no os molestéis en abrir debates sobre si primero fue la gallina, o el huevo. Para lo demás sugiero que se lea el prólogo de la obra “Vida” de Diego de Torres Villarroel.

…………..

Celia era la mayor de dos hermanos, hijos de una mujer sobrenatural, Juana García. Juana había nacido en un pequeño pueblo de Guadalajara con el curioso nombre de Membrillera -curioso porque nunca vi un membrillo por ahí-. Una población que como canta su himno está en todas partes, y en ninguna: “Eres campiña y alcarria, comienzo de serranía…”.  Juana fue criada en un mundo agrícola que apenas había cambiado desde la Edad Media. Cumplida la edad reglamentaria se casó con Alejandro, un hombre sorprendentemente atractivo para aquellos años -un galán propio del cine americano-, y ambos vivían del campo. A principios de los años sesenta Juana llevaba a diario el almuerzo para su marido -y los jornaleros y braceros que contrataban para la cosecha- a lomos de una borrica, después de haberse levantado antes que ellos para empezar a cocinar. Era una vida dura, pero tanto ella como Alejandro eran hijos únicos, en un pueblo que empezaba a despoblarse de una manera alarmante, de modo que, herencia tras herencia, acabaron acumulando una considerable cantidad de tierra, además de algunas casas en el pueblo.

En ese tiempo tuvieron cuatro hijos, de los que solo sobrevivieron dos: Celia y Raúl. Todo parecía funcionar hasta que Alejandro enfermó, muriendo a los pocos meses y dejando a Juana sin otra posibilidad para salir adelante que trasladarse a Madrid para trabajar y dar a sus hijos la educación que ella no tuvo. Con el tiempo Juana se casó con otro vecino del pueblo, Pepe, un hombre rudo, recto, y mucho menos atractivo que su primer marido. Pepe trabajaba como administrativo en la fábrica de cervezas Mahou, después de haber sido cobrador del tranvía de la Complutense y vendedor de huevos -que traía desde el pueblo hasta la capital subiendo al tren en marcha, aprovechando que el cambio de agujas de Jadraque le obligaba a desacelerar-, e incluso pastor ocasional, con apenas diez años, muerto de miedo y con los montes llenos de militares de uno y otro bando. (Su vida daría para escribir mil páginas, pero eso le corresponde a mi hijo, no a mi). De modo que cuando yo conocí a Celia ella convivía con Pepe, con su hermano Raúl, con su madre, y con los dos abuelos: El padre del difunto Alejandro (Esteban), y el de Juana (Juan, antiguo Juez de paz del pueblo), éste último con Alzheimer.

Trabajando en lo que podía, Juana había conseguido pagarles buenos colegios a sus hijos, y tuvo la suerte de que ambos fueran estudiantes aplicados. En 1985 Celia estaba en 3º de Biología, y su hermano Raúl terminaba el bachillerato y se disponía a pasar la selectividad.

Su entorno familiar estaba en las antípodas del mío. Era gente con vínculos familiares intensos, con ataduras y compromisos -no como mi dispersa, liberal, y frívola familia-. Aquello me llamó la atención desde el primer momento, pero tengo que reconocer que lo que realmente me ganó, además del sentido del humor de Celia, fue la cocina de Juana. He comido en cientos de restaurantes maravillosos de medio mundo, pero jamás encontré un talento culinario como el de esa mujer. Daba igual lo que le pidieras, o a la hora que se lo pidieras, que sacaba dos cazuelas y se ponía a ello como si tuviera ocho brazos. Tiraba la sal al aire y caían filetes empanados… Era algo sobrenatural. Por si fuera poca mi suerte Juana siempre hacía comida para un pelotón. Si querías caracoles los cogía ella misma en el pueblo y te preparaba una deliciosa cacerola de ¡cinco litros! para ti solo… ¿Ensaladilla rusa? ¿Carne con patatas? ¿En dados? ¿Paja? ¿Tiras? ¿Al horno? Uf. Asados, guisados, fritos, cocidos, frescos…  Para mí, que -sin querer ofender- no había vivido jamás con una verdadera ama de casa, más allá de las asistentas o criadas de mi infancia, aquello era el acabose, algo maravilloso que me llegó justo a tiempo, porque a las pocas semanas de volver de Elche encontré un nuevo trabajo, y me fui a vivir por mi cuenta a un piso de la calle Canillas, cerca de Príncipe de Vergara. Una vivienda pequeña, en un edificio de apartamentos tan moderno que en su interior había un pub para uso exclusivo de los vecinos. Recuerdo el precio, 38.000 mil pesetas al mes por un dormitorio, un baño, y un saloncito con cocina americana. Mucho dinero entonces, pero mi nuevo salario no estaba mal. Y yo cocinar, pues no cocinaba nada, más allá del pastel de costo y el cacao con galletas.

[NOTA: Mi madre nunca fue una madre-cocinera, aunque a la fuerza aprendió a preparar platos socorridos, como los macarrones, o el pollo asado. Baste decir que su plato estrella, en los últimos años de su corta vida, en su retiro almeriense, eran las tortillas de “patatas de bolsa” de distintos sabores… Y María José, la siguiente pareja de mi padre, tampoco se prodigaba mucho con las sartenes. Era más de “hazte un sandwich Pipe”].

Mi padre tenía una estupenda relación -creo, aunque nunca se sabe-, con los directivos del diario El País. Desde Juan Cruz a Polanco, pasando por Julio Alonso, Javier Baviano, o el mismo Cebrián. Supongo que sería por mediación de este último por lo que me contrataron como técnico de sonido en uno de los más atractivos proyectos de PRISA: RADIO EL PAÍS.

La emisora, que ocupaba el 105.4 del dial de la FM (Hoy CADENA SER), había nacido un año y medio antes, con un gran despliegue publicitario encabezado por el mismísimo Enrique Tierno Galván. Contaba con un equipo joven y talentoso dirigido por Costa primero, Roldán después, y finalmente José María “Pepo” Baviano.Pajarita_emisora La plantilla con la que me tocó convivir se podía dividir entre periodistas puros (J.M Contreras, Luis Fernández, Pilar Falagán, Ernesto Estévez, Pilar Rodríguez, Jesús Serrada, Javier Pérez, Ricardo Cantalapiedra, Carmen Pérez Tortosa (Tortu), José Ramón Pindado, Pedro Paniagua, Emilio de la Peña, Juan Ramón Lucas, Carlos Llamas, Gema Rodríguez, Denise Cook, Jaime Roza, Montse Fernández Villa, Felipe Pontón…); Periodistas y locutores de programas musicales y de entretenimiento (Moncho Alpuente, Javier Pérez de Albéniz, Andrés Varela, Santiago Alcanda, Máximo Pradera, Almudena Belda, Igor Reyes, Carlos López Tapia, Ana Pécker, Jorge Flo, José Ramón Rubio, Nacho Sáez de Tejada, Marisa Bas, Julia Gil, Kike Tourmix, Luis Mario Quintana, Fernando Martín, Merche Yoyoba, Alfredo Díaz…); Técnicos de sonido y personal de gestión y organización (Alberto Bonilla, Manolo, Jerónimo Florit, Jesús Sánchez, José Antonio Guisasola, Juantxo Rollo, Belkis, Pedro Pérez, el gran Aurelio, la chica de la fonoteca…); Amigos, redactores, y colaboradores del periódico y la radio (López Iturriaga, Jorge Luis Ron, Alex Grijelmo, Víctor Mato, Martinez Roig, Yarnoz, Luis Gómez…); Y alguien que como no valía para nada servía para todo (YO). [Iré añadiendo nombres conforme los recuerde, que bastantes me han salido. Más adelante, cuando empezaron las prácticas, José Miguel Contreras trajo grupos de becarios e investigadores entre los que estaban José Luis Corretjé, Piedad Sancristóval (con “V”), o Javier Bonilla]. Una extraña mezcla de gente con talento, gente con apellidos, y gente con problemas.

Supongo yo que en dos frases ya había dejado claro que no tenía ni puñetera idea de cómo funcionaba aquello, así que me asignaron al estudio de grabación, y no al de emisión. Mis compañeros fueron más que generosos, y en poco tiempo me familiaricé con los equipos. La edición con corte, o las mezclas, se me daban bien, y a pesar de mis carencias me hice de querer. Pero no había manera de etiquetarme, y eso era algo vital para los jóvenes -y clasistas- periodistas de Radio El País, que trataban por todos los medios de distanciarse de los técnicos. Ellos eran los culturetas, los que escribían bien, los expertos en política; los de la música eran unos golfos, gente de la noche, modernos y vividores; y los demás éramos una extensión del mobiliario técnico, gente gris que apenas entendía sus sofisticados chistes.  Una vez, uno de los más antipáticos, al escucharme usando una referencia supuestamente culta cuando hablaba con Aurelio, el conserje, le dijo a otro en tono de burla “No, si al final estos técnicos acabarán leyendo a Proust”. Podía haberle metido un cabezazo ahí mismo, pero me quedé petrificado: Yo no había leído a Proust. Esa noche empecé con “El camino de Swann”, y no me detuve hasta acabar con los siete de “En busca del tiempo perdido”, me sentía dolido en mi orgullo. Por vez primera fui consciente de que era un ignorante, un patético patán, y me puse a leer todo lo que caía en mis manos, que no era poco, porque la biblioteca de mi padre empezaba a tener dimensiones alejandrinas.

Pero no todos los que allí trabajaban eran tan imbéciles. Algunos, como Carlos Llamas, se mostraban siempre cercanos y respetuosos (lamenté mucho su muerte, la verdad). Carlos había llegado de la mano de Contreras, y era un tipo de barrio, periodista, rojo, y del Atleti. No se podía pedir más. A Carmen “La Tortu”  también le tenía aprecio, con ese punto tan maternal, y esa forma tan dulce de resolver los problemas -aunque fueran provocados por el mismísimo Fraga-; Y a Julia Gil, con esas minifaldas hipnóticas…. Por supuesto que con Andrés sintonicé rápido, teníamos muchas cosas en común, y con Albéniz, a quien había conocido en los días de Radio Estudio, y que llegó a la emisora tomándole el pelo a todo el mundo, hasta ganarse el apodo de “guindilla” (También “Cruz Springsteen”, por la obsesión que tenía con el artista americano). Cuarenta personas entre  los 20 y los 35 años de edad, con salarios generosos, entradas para conciertos, pases para baloncesto, y grandes planes para el futuro, y todos compartiendo edificio y ascensores con los respetables peridodistas del diario, y con las distintas personalidades que les visitaban (Jamás olvidaré la postal que me regalaron Jesús Polanco y Quique Tourmix, compartiendo ascensor). En general era un gran lugar para trabajar, aprender, y divertirse.

Mi relación con Celia evolucionaba favorablemente. Salíamos con sus amigas, un grupo de sosas conservadoras que actuaban y vestían como abuelas, y cuya manera de tratar a Celia me desagradaba -siempre con cierto aire de condescendencia-, y con sus amigos, -algo más divertidos, aunque sus “entretenimientos” quedaban muy lejos de los que yo acostumbraba a disfrutar-. Cuando se juntaban ambos sexos aquello era un absoluto “tueste” -con interminables charlas sobre fisiología animal, bioquímica, y demás zarandajas-, pero conseguí integrarme, e incluso hacer amistad con alguno de ellos. Me imagino que la opinión de Celia sobre mis amigos no sería mejor que la mía sobre los suyos.

Sabiendo que eran incompatibles me organicé de modo que no coincidieran. Veía a Celia hasta una hora prudencial, y cuando la dejaba en su casa, o se marchaba a estudiar, quedaba con ellos. A veces venían a mi casa, y se comían los “tuppers” que la señora Juana me preparaba, o directamente coincidíamos en los bares. Habíamos empezado a ir a las terrazas de la Castellana, al “Honky”, al “Dónde vamos”, a “La sal”, “Ricorda”, “Don friolera”. A veces nos emborrachábamos en mi piso, que Celia había mejorado con algunas plantas, pero cuando les pillé meándolas decidí que no vendrían más (Las plantas murieron a las pocas horas).

Con menos de treinta años José Miguel Contreras ya era Subdirector de la emisora. Un tío aplicado, ambicioso, inteligente… Jamás entenderé qué vio en mí. Puede que fuera para acercarse a mi padre, o curiosidad por ver hasta dónde podía llegar alguien como yo, pero me tenía cariño, o eso creo. Yo tardé poco en darme cuenta de que él era la persona a la que seguir de todo aquel elenco, e hice lo posible para caerle bien, incluso memorizarme las plantillas de la NBA, único nexo entre nosotros entonces. Siempre que había algún trabajo desagradable, poco edificante, complicado, o mal remunerado, José Miguel podía contar conmigo (y así hasta hoy), y de un modo u otro me las apañaba para hacerlo bien. Gracias a los retos que me planteaba José Miguel, fuera consciente o no, empecé a descubrir aquello para lo que servía, lo que hacía bien, y uno de esos valores era que hablaba inglés, y que conocía programas y series americanos y británicos, algo poco común en el Madrid de los años ochenta.

Un buen día me dijeron que había muerto mi abuelo Felipe. Había sido un buen ingeniero, un trabajador incansable que anduvo por medio mundo buscando técnicas para llevar agua dulce a la mayor cantidad de españoles posible (antes y después de la Guerra civil). A pesar de la mala fama de las obras hidráulicas de Franco mi abuelo jamás dudó que lo que él hacía era ayudar, y nosotros tampoco. Canalizó ríos que se desbordaban, construyó embalses, alcantarillas, fuentes… Pequeño, pero con mala leche, murió la noche antes de que le fueran a poner pañales de incontinencia. Por ahí no pasaba su orgullo.

Lentamente un hombre avanza por el pasillo de la residencia de los carmelitas de la calle Ayala, hundido en un abrigo gris que apenas deja asomar unas manos que sostienen un viejo sombrero junto a su pecho. Mi padre le mira y baja la cabeza, emocionado. El hombre pasa entre los grupos, que sueltan tópicos encadenados en tono bajo. El hombre es esquivado por algún niño que corre, ajeno a la tristeza que le rodea, y sigue su camino como un fantasma, como alguien que vive entre dos mundos. Arrastrando los pies llega hasta el cristal tras el que está el féretro de mi abuelo, y apoyándose baja la cabeza. Después murmura algo, y se gira hacia mi afligida abuela. Ella se levanta para recibir su pésame, y al hacerlo se le desbordan los sentimientos de nuevo. Mis tías la sientan. El hombre se dirige de nuevo a la salida del velatorio, pero al ver a mi padre se nos acerca. Le da el pésame y añade emocionado “Ay Felipe, ya soy el último de la orla. Me han dejado solo”. Y sin acelerar el paso vuelve por donde vino, para no volver jamás.

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Acerca de Felipe Mellizo

Soy guionista, casi periodista, padre, pareja, ex-golfo, ex-aventurero, comilón, bruto, y seguidor del Atlético de Madrid.
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2 respuestas a Tuo Yaw (XXIV)

  1. DARTH V dijo:

    Me ha maravillado Juana… y la frase:”TIRABA LA SAL AL AIRE… Y CAÍAN FILETES EMPANADOS”… maravilloso

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