Tuo Yaw (XXIII)

Nunca he tenido problemas para dormirme dónde, cómo, y cuándo quisiera, de modo que el viaje en autobús, desde Conde de Casal a Elche, lo pasé amedrentando con mis ronquidos a una inocente señora con la que apenas intercambié dos palabras en todo el recorrido: Hola, y adiós. Llegué a Elche por la tarde, un caluroso día de mayo de 1985, y me instalé en una pensión del centro, cerca del cauce del Vinalopó -uno de esos ríos levantinos que pasan de secos a desbordados en cuestión de segundos-.

Me instalé en una vivienda antigua, oscura, con un largo pasillo al que daban los seis dormitorios que una señora mayor, que vivía en un piso contiguo, alquilaba. Mi habitación era interior y bastante cutre, pero limpia. Deshice mi equipaje y salí a dar un paseo por la ciudad para orientarme, localizando lugares que pudieran servirme de referencia o utilidad en el futuro. Después de cenar un bocadillo, en el bar más cercano y barato, me metí en la pensión y me tumbé en la cama, pensando en todo lo que había dejado detrás, especialmente a mi pareja, Celia -que me había prestado un reloj de su padre para que la recordara durante aquellos meses-. Sin una idea clara de lo que me esperaba me puse el auricular -de una moderna radio que “sustraje” a mi padre poco antes-, y escuchando a José María García me dormí.

Al día siguiente me presenté en los estudios de la calle Doctor Caro.  Aunque pequeña y poco conocida, la emisora contaba con una importante audiencia y era líder en el Baix Vinalopó, su rica zona de influencia. Tenía un par de estudios viejos -con mezcladores de rosca y palanca-, varias cabinas de grabación, una redacción con máquinas de escribir, y dos emisoras: Onda media y F.M.  Mi primer destino era la Onda Media, y los programas “Tarde de todos” -un espacio de consejos y confidencias, patrocinado entre otros por la popular funeraria “La siempreviva”, y que presentaba una mujer extraordinariamente agradable y divertida, que hacía las veces de madre de todos los que allí trabajábamos-, y “Camvi de parella”, un programa musical bastante hortera con locuciones pregrabadas en Valencià -que alguna vez tuve que leer yo mismo sin tener ni idea del idioma-. Por la noche sintonizábamos Antena 3 Radio, y dejábamos la emisora conectada a sus contenidos hasta el día siguiente -de un modo absolutamente pirata, sospecho-.

La emisora era propiedad de la familia Garrigós, que supongo que tenía algún contacto en común con mi padre. Todo en Elche era muy familiar y cercano, siempre dominado por cuatro apellidos, entre los que por supuesto destacaba el de Diego Quiles, presidente del Elche Club de Fútbol, entonces en primera división, y propietario también de la marca Kelme.

Por la noche volvía a mi pensión, y saludaba a un grupo de chicas que también se hospedaban allí, y que tenían por costumbre salir todas las noches. Tras varios encuentros acabamos congeniando, y me sentaba con ellas hasta que me entraba el sueño. Trabajaban en la industria del zapato, decían -aunque las malas lenguas de la emisora me dijeron que si las seguía podría ver cómo las recogía una furgoneta para llevarlas a un local de la carretera en donde se hacía de todo, menos zapatos-.

Era una emisora muy activa, en una ciudad que parecía querer comerse a su vecina Alicante, siempre compitiendo por las primeras páginas de los periódicos locales con sus convocatorias, aunque el periódico local fuera el mismo, con matices: el INFORMACIÓN DE ALICANTE, y el INFORMACIÓN DE ELCHE. Unos valenciano-parlantes, los otros castellano-parlantes. Unos con playas, otros con palmeras, unos con el ELCHE C.F y los otros con el HÉRCULES DE ALICANTE. Unos con concursos playeros, los otros con el SUPER RADIO BINGO…

Mi padre venía a verme de vez en cuando, en coche desde Torrevieja, o directamente desde Madrid, quedándose a dormir en el Hotel Huerto del Cura. Una de sus visitas coincidió con un concierto de Alaska en el Hort de Baix, el jardín de palmeras del centro de la ciudad. Fue una gran noche, y por pura vaguería -y hedonismo- acabé durmiendo en el hotel de mi padre -mucho mejor, dónde va a parar-. Gracias a su fama -entonces inmensa, hasta el punto de que me negaba a ir a su lado por la calle porque me abochornaba cuando le pedían autógrafos- conseguí librarme de la Onda Media, pasando a formar parte del equipo de la F.M, mucho más divertido y dinámico, por decirlo de un modo profesional…

Para empezar teníamos una unidad móvil, un “Ford Escort” descapotable, con el que nos desplazábamos a las discotecas de la playa de Santa Pola para dar fe de fiestas y conciertos, entrevistar propietarios, gogós, o guiris, en el programa estrella de la zona: “El troncomóvil”. Por supuesto no tardé en contactar con quien no debía, y ya fuera mescalina, coca, o anfetas, estaba todo el día en el “Maná-maná”, y otras salas, con las manos en alto y cantando aquello de “dale, dale, toma, toma, pilla, pilla: MESCALINA”.

Mis amigos de Madrid aparecieron en cuanto supieron que allí había cachondeo. Llegaron en el 600 amarillo de Enrique, a ritmo de Scritti Politti, después de haberse recorrido todos los garitos que había en la costa valenciana. Ese año Enrique nos trajo una nueva bebida: La horchata con vodka -Carlos, que era de Alboraya, ponía la horchata, y Enrique, que no era ruso pero lo parecía, el vodka-. La moda no tardó en extenderse (tan rápido como la de aquellos pantalones de pinzas y cuadros escoceses, o las chaquetas de lino que había puesto de moda Don Johnson… Un espanto). No sé cómo, pero ligábamos, y no solo eso: conseguíamos meternos todos en el 600 para buscar playas apartadas en donde rematar la noche.

Tuvo que ser en una de aquellas expediciones cuando conocimos a Pthirus pubis.  Llegó sin saludar, y se quedó entre nosotros durante unos meses. Fue toda una experiencia que empezó con unos polvos, y acabó con otros (oh gran remedio milagroso). No habiendo males mayores conseguimos ocultarles su presencia a nuestros mayores.

Los habitantes de la ciudad de Elche llegaban al mayor grado de paroxismo que he conocido con las fiestas de agosto -no podía ser de otro modo-. Brutal. Empezaban con los “pobladores”, compitiendo por comerse un animal completo -al estilo medieval- en menos tiempo que el año anterior. Después venía la vigilia de los devotos, que daban vueltas a la Basílica de Santa María con cirios hasta resbalar debido a la cera acumulada sobre la acera. Luego la Nit del Albá, una exhibición de fuegos artificiales descomunal, sin sentido, inolvidable. Tan desproporcionado que ilumina el mar, a kilómetros de distancia, y que termina con una batalla campal de “correpiés” (carretillas), y otros petardos que aquel año en el que estuve dejó más de cien heridos. Y por último el espectáculo del “Misteri”, el drama sacro-lyrico-medieval -patrimonio de la humanidad- en el que unos niños con pelucas rubias cantan a la “asunción, dormición, y coronación” de la Virgen María (Uf), bajando desde la bóveda de la iglesia, mientras una masa compacta y sudorosa de seres humanos entra en trance escuchando sus trinos. El “acabose”.

Aprender, lo que se dice aprender, aprendí poco, pero fueron unos meses estupendos. Llegando el otoño regresé a Madrid. Mi padre me había conseguido un trabajo mejor que aquel. Legal, bien pagado, y en una gran empresa: El País.

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Acerca de Felipe Mellizo

Soy guionista, casi periodista, padre, pareja, ex-golfo, ex-aventurero, comilón, bruto, y seguidor del Atlético de Madrid.
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