Tuo Yaw (XXII)

Esta parte puede resultar aburrida, y triste. Pero así es, o así fue.

Tras mi paso por la Armada mi vida entró en un bucle: Intentos de enderezarme, seguidos de fracasos estrepitosos debidos a mi poco seso. En los 80 Madrid se inundó de bares. Lamento el chaparrón de nombres de pubs y discotecas que viene a continuación, pero mencionarlos es de justicia porque apenas sobreviven tres o cuatro, y pronto habrán desaparecido de nuestras memorias -muchos los he olvidado ya-.

La oscura ciudad setentera cambió por completo en un lustro. Era como el encendido del alumbrado de la Feria de abril de Sevilla, y no sólo para los afortunados: En poco tiempo esa luz llegó hasta el último rincón de la ciudad. En cuanto al uso y abuso de las drogas, muchos de los que vivimos aquellos días pensamos que a nadie le importaba, ni les importábamos. Se fue legislando conforme nosotros probábamos los distintos estupefacientes, que siempre entraban a través de las clases más altas, para acabar castigando a los menos afortunados. En cierto sentido fuimos cobayas, y ese atontamiento general hacía felices a las autoridades, que tenían a toda una generación controlada sin esfuerzo.

Como es natural, dado el deterioro de nuestras almas y el desorden de nuestros cerebros, nos metíamos en peleas con frecuencia. No éramos especialmente pendencieros, pero sí guasones, y eso era algo que muchos no llevaban bien. Aún hoy me gusta recordar las tanganas que tuvieron algo de gracia, como cuando a “El Lupas”, discutiendo con el portero de un garito de la calle Barquillo, se le ocurrió sacar de su bolsillo un artilugio de broma que tenía un guante de boxeo en su extremo, golpeando al gorila en la nariz, lo que provocó un violento contrataque en el que nos llevamos la peor parte; o aquella vez, en la calle Santa Teresa, que tras habernos emborrachado en el cercano “Kwai” de Constante (con sus “cacharritos del ala” y las “pechuguitas de Villaroi”: combinados hechos con 3/4 partes de ron J.B -Julio Borrajo-, y 1/4 de refresco), intentamos entrar de malos modos en un garito cercano, y nos cascaron también. Tuvimos muchos “altercados” en la zona de Covarrubias, tanto en el “Menage a trois” como en el “Pub Dylan”, en donde recuerdo un intento de atraco en el que pincharon a un camarero amigo nuestro -Poco antes de que se inaugurase nuestro querido “Honky Tonk”-. Y como muestra de nuestra chaladura en varias ocasiones llegamos a pegarnos entre nosotros, como cuando, bajando por Goya camino de la gasolinera, y tras habernos quedado tirados con el coche de mi padre, golpeé con un bidón en la cara a mi amigo Carlos -con violencia y sin motivo- y nos enzarzamos a golpes, para acabar, poco después de que nos separasen, en Pick Up (Zopo), en donde por inercia nos metimos en una pelea que nada tenía que ver con nosotros, de la que salí con unas pocas magulladuras, pero sin haber perdido la copa -que era lo importante-. Rara era la noche en la que no terminábamos corriendo.

Tras años llevando coches y motos sin permiso, y animado por mi padre, decidí sacarme el carnet de conducir (legalmente, no como algunos amigos míos que pagaban para que otros se presentasen por ellos). El teórico lo aprobé de pura suerte, pero después de un intento fallido de aprobar el práctico en Las Rozas decidimos no perder tiempo, ni dinero, y me apunté a una autoescuela de Torrevieja, pensando que allí sería más sencillo. Efectivamente. El examen lo hice cerca de Orihuela. El examinador se sentó, y tras unos segundos de suspense, y mientras yo intentaba frenar el tamborileo del “pie de embrague”, me miró y dijo ser admirador de mi padre, de modo que me dio el aprobado sin hacerme prueba alguna, y me dijo que le llevase, con el mismo coche con el que me estaba examinando, a la oficina de Tráfico de Alicante. Me detuve frente al edificio, pensando que tendría que aparcar legalmente, y me dijo que no hacía falta. Miré al profesor que me acompañaba y éste se encogió de hombros, así que me detuve en segunda fila y el tipo se bajó, y tras entregarme una tarjeta me pidió que le consiguiera un autógrafo de mi padre y se lo enviara. Yo ya tenía el carnet de modo que… Jamás lo hice.

Mi padre intentaba acercarse a mi por todas las vías posibles, supongo yo que dirigido por María José, que estaba perdiendo la paciencia conmigo. De ese modo fuimos juntos a varios conciertos, como los de Jarreau y Benson, y tan pronto me conseguía entradas para festivales de rock, como me regalaba ediciones especiales de cómics de Marvel. Pero no había manera de enderezar mi rumbo. Seguía robando dinero a diestro y siniestro, y cuando me quedaba a cargo de los pequeños era incapaz de atenderles, y acababan llorando, y quejándose de mi (especialmente mi hermana Laura, que tenía una extraordinaria tendencia a exagerar y mentir desde pequeña, hasta el punto de arrancarse a llorar cuando llegaban sus padres, para decirles después que yo la había pegado, cuando no era cierto… pero claro, quién iba a creerme). Y si estaba solo en casa no tardaba en convocar a los amigos, montando fiestas que acababan con la policía municipal llamando al telefonillo y mi padre regañándome después.

Apenas mantenía contacto con mi madre y mis hermanas, hasta que un buen día apareció por casa mi hermana Carlota, que había escapado de Villalba porque el segundo marido de mi madre, Pedro, le había pegado -creo recordar que llegó con señales evidentes-. Mi padre se encendió, y cogió el coche, dispuesto a matarle, pero alguien llamó a la Guardia Civil de Villalba, y estos le detuvieron en la autovía antes de que llegase a Villalba.

Como es natural no tenía éxito alguno con las mujeres, ni tampoco lo buscaba. A pesar de los años seguía enamorado de Victoria, al menos en sentido platónico. No podía quitármela de la cabeza. Hasta que un día, desconozco cómo fue, me puse en contacto con ella y quedamos en “If”, un local de María de Molina. Habían pasado muchos años, pero me emocioné al verla. Seguía igual de encantadora, si no más. Casi de inmediato me di cuenta de que no tenía ninguna posibilidad: Ella estaba terminando sus estudios, y yo ni los había empezado. Tenía un buen coche y un nivel de vida por encima del mío. Físicamente yo parecía lo que era, un pandillero sin futuro, y ella, impecablemente vestida, parecía venir de un planeta distinto al mío. Era una mujer, y yo un niño. Lo asumí, y le hice la cita lo más breve posible. Sospecho que algo cambió en mi interior con aquel desencuentro.

Y conocimos a Enrique.. Enrique era un tipo extraño, mitad español, mitad venezolano. Pijo, chistoso, con muy buen gusto y un buen número de amigas. Vivía junto al colegio Agustiniano, muy cerca de mi casa, y tenía coche, un seiscientos “amarillo huevo” que sería nuestro transporte hasta que se hizo con un moderno Ford Escort. Le gustaban el soul y el funk, y tenía una casa de fin de semana en El Gasco (Torrelodones). Enrique organizaba grandes fiestas. Era un bailón y un ligón. Recuerdo que en uno de aquellos saraos, estando yo en el dormitorio con una de sus amigas, salí para ir a por algo de beber, y cuando regresé estaba enrollada con Enrique, que había aprovechado mi despiste. De vez en cuando hacíamos fiestas en su casa de Torrelodones. En verano barbacoas, en invierno fiestas con baile en su gigantesco salón. Un año, confiando en la fama de Enrique, organizamos una fiesta de Fin de Año por todo lo alto. Habíamos invitado a cincuenta chicas, y comprado botellas, drogas, y aperitivos para doce horas de desenfreno. Estuvimos esperando, mirando el reloj, pero nadie apareció. Fue un fracaso absoluto, de manera que nos comimos las uvas, nos emborrachamos como siempre, y acabamos tirándonos vestidos a la sucia y helada piscina. Fue una gran fiesta.

Salíamos mucho por la sierra. Al principio por Torrelodones, especialmente a la discoteca del club -“La Cage” creo que se llamaba-. Enrique intentaba dirigirnos hacia una vida más pija, pero en cuanto nos tomábamos dos copas volvíamos al vandalismo. Jugábamos a robar copas a los demás, o a romper vasos sin que nos vieran, dejando el suelo lleno de cristales. Al final llegaban las peleas, y todavía recuerdo a Carlos (M), taburete en mano, golpeando a los vigilantes de la puerta del club, que en vano trataban de subir las escaleras para alcanzarnos. Otras veces salíamos de Madrid, hasta Cercedilla, y allí, en El Chivo Loco, empezábamos a beber. Después volvíamos hacia Madrid, parando en todos los pubs que podíamos.

A veces nos deteníamos en Villalba, porque uno de los amigos de Enrique, hijo de unos conocidos de mis padres, había montado un bar de copas en lo que antiguamente era el bar Cantos Altos (“Testa”). O bajábamos hasta “Oh!” o el “Four Roses”, pero siempre visitando ese horrendo bar de carretera de Las Matas, en donde nos comíamos un bocadillo de chorizo frito. La comida empezó a acompañar nuestras salidas: Las chuletas Oh! Madrid, el bar de los basureros, el de los taxistas, el de Cardenal Cisneros, o el Foxtrot, en donde acabábamos comiendo albóndigas y latas de fabada al amanecer, después de haber salido de “Rajajá”, de “El sol”, o volviendo de alguno de los pubs de Malasaña o San Mateo.

Cambiábamos de zona cada mes. Tan pronto estábamos en “El Escenario”, o “Taste” y otros pubs de Ortega y Gasset, como en “Tecnogenia”, o el “Sky garden”. Nos encantaba el “Sky”. Ocupaba el último piso del “Edificio España”, y junto a “La Fiesta” (en el Manzanares), era el lugar perfecto en las tórridas noches veraniegas de la ciudad. El “Sky” tenía piscina, y resultaba hipnótico tirarse a ella, de noche, con la mirada puesta en el horizonte de la ciudad, como si te estuvieras lanzando al vacío. Un buen día nos comimos un “micropunto” (LSD), y subimos. Paranoico perdido pensé que el viento me iba a llevar hacia el vacío, y caminaba a cuatro patas, o sujetándome a mesas y personas. Finalmente alguien tuvo la feliz idea de cambiarme un billete de dos mil en monedas de 25 pesetas, y así, con los bolsillos llenos, me sentí mucho más seguro. Otra droga vino a sumarse a nuestro botiquín habitual, la mescalina. De “mescalina” íbamos por todas partes, desde La Barraca, en Valencia, hasta el nuevo Keeper de Juan Bravo.

María José tocó fondo. Harta de que robase en casa, de cinco mil en cinco mil pesetas, me puso una trampa para dejarme en evidencia ante mi padre, y piqué -a sabiendas de que picaba-. A los pocos días recogía mis cosas para entrar en una pensión de Doctor Esquerdo, junto al callejón de Los Peñascales. Compartía habitación con un tipo preocupante, que guardaba un cuchillo debajo del colchón. Una semana después me cambié a otro hostal cercano, en la calle Fuente del Berro, frente al Palacio de los Deportes y sobre el cine porno. Con mis amigos estudiando, y fuera del barrio, no tenía nada que hacer, salvo ver películas porno como “Seis suecas en una gasolinera”. Mi padre seguía dándome dinero, además de pagar mi pensión, y de vez en cuando me caían algunas entradas.

De ese modo me hice con entradas para una de las primeras ediciones del Festival de jazz de Madrid. Aburrido, como el de de Kaka de Luxe “soy un tío aburrido y me voy a suicidar”, me sentaba a disfrutar de la música, desde Tete Montoliu, a Lee Konitz, pasando por McCoy Tyner, o las primeras fusiones de flamenco y jazz. Tras unos meses mi padre me cambió de nuevo de pensión, esta vez me mandó a una que se encontraba en la calle Príncipe de Vergara, en una vieja casa cuyo perfil es de sobra conocido.

Era un edificio en ruinas, oscuro (no como ahora), con aires vampíricos, y la fonda ocupaba el último piso. Mi habitación daba a una balconada que ocupaba todo el lateral del edificio. Tenía el techo alto, pero lleno de humedades, un armario, y una mesa de lectura. Todo estaba desconchado, hasta yo. Un largo y oscuro pasillo recorría la enorme vivienda, y al fondo, bajo el torreón, estaba la sala de estar de las propietarias: Dos mujeres de más de 80 años, que siempre estaban mirando el televisor en penumbra, cubiertas con pesadas mantas. Yo estaba acojonado, hasta que apareció una chica, la encargada de cuidarlas, y de mantener la pensión. Era un encanto. A los pocos días nos habíamos hecho amigos, y en un par de semanas nos enrollamos. Ella nunca quiso ser mi pareja, ni mucho menos, pero se sentía atraída por lo único de la casa que no olía a alcanfor.

Cuando me estaba acostumbrando a esa vida me cambiaron de nuevo. Recogí mis miserables pertenencias y me trasladé al Colegio Mayor Hispanoamericano Nuestra señora de Guadalupe, en la Avenida de Séneca de la Ciudad Universitaria. Sonaba raro, pero debía tratarse de algún chanchullo de mi padre. Ocuparía la habitación 143, que daba justo a la pista de tenis, y el complejo deportivo del SEU. Tardé poco en hacerme con el lugar, y menos aún en apuntarme a todo el ocio universitario posible, participando en crueles novatadas, asaltos a colegios mayores femeninos, y fiestas en los bares de la zona (y en la Casa do Brasil). Pero había una diferencia entre mis compañeros -arquitectos como Ronaldo Pol, a quien acompañaba para tomar medidas de los monumentos de la ciudad que debía trasladar a sus dibujos técnicos- y yo: Ellos estudiaban una carrera -cuando no varias-, eran útiles, aplicados, y yo… yo no sabía lo que era.

Llegaba el verano, se marchaban los estudiantes, y mi padre me dio una segunda oportunidad. Regresé a su casa. Nada había cambiado en el barrio, ni en mi, pero en una de las salidas con mis viejos amigos conocimos a un grupo de chicas. Estábamos en “If”, y tras el típico encuentro entre grupos les dijimos que se vinieran con nosotros a Pick-up. Aprovechando que el camarero se despistaba cogí una botella de ron de la barra y nos marchamos. Estuvimos bebiendo y divirtiéndonos, y yo me acerqué a una de ellas, que me miraba mucho entre risas y cuchicheos. Ese día empezamos una relación que duraría 15 años, se llamaba Celia. Durante los siguientes meses nos veíamos a diario, enrollándonos donde podíamos. Estaba estudiando biología en el CEU, era risueña, divertida, y sus amigas un verdadero coñazo. Feliz por tener por fin algo estable en mi vida no dejaba de hablar de ella y sus virtudes, de modo que mis amigos, crueles -como debe ser-, comenzaron a llamarla así, “La virtudes”. ¡Qué cabrones!

Pero mi padre tenía planes para mí. Había conseguido que me contratasen en Radio Elche, en Alicante. De modo que muy a mi pesar me trasladé allí.

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Acerca de Felipe Mellizo

Soy guionista, casi periodista, padre, pareja, ex-golfo, ex-aventurero, comilón, bruto, y seguidor del Atlético de Madrid.
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Una respuesta a Tuo Yaw (XXII)

  1. DARTH V dijo:

    NADA DE ABURRIDO….

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