Tuo Yaw (XXI)

Ese invierno mi padre lo intentó todo menos asesinarme (que yo sepa), llevándome de una emisora a otra como técnico de sonido en prácticas, y pidiendo favores a amigos y conocidos para que me diesen una oportunidad, mientras financiaba mi ociosa y costosa vida. No sabía qué hacer, y yo no ponía de mi parte.

FB_IMG_1490698028205Gracias a Jordi García Candau, y Ernesto Pérez de Lama, entré a trabajar en Radio Cadena Española, en el antiguo edificio del diario Pueblo -aquel por el que correteaba de niño-, y durante un tiempo parecía haber encontrado un lugar en donde madurar. Recuerdo aquellos viejos estudios de Radio Centro -entonces ya desaparecida-, y a un jovencísimo Antonio San José empezando su exitosa carrera como periodista. En la onda media -un cementerio de elefantes- mandaba desde su púlpito matinal un tipo que me desagradaba bastante, el entonces famoso Ricardo Fernández Deu, y como gran aliada y jefa mía tenía a una mujer, una técnico de sonido amabilísima, que hacía punto mientras trabajaba.

Estaba plenamente integrado (integrarme en cualquier parte ha sido siempre uno de mis pocos talentos), y compartía desayunos con el resto del equipo en el bar que había junto a la comisaría de la calle Huertas, y cañas en la tasca “El diario”, o “la Dolores”. Alguna noche incluso me acerqué a tomar algo al pub “Reporter”, lugar de encuentro de grandes personajes del periodismo de entonces, decorado con unas maravillosas máquinas antiguas de escribir. Mi padre debió pensar que por fin acababa su calvario, de modo que, habiéndose enterado de que se convocaban oposiciones para entrar a formar parte de la plantilla de la emisora, me animó a presentarme. El destino por el que iba a competir era Alcañiz, en Teruel, y mi falta de conocimientos no sería un problema, porque un amigo suyo nos daría las preguntas del examen para que me las preparase.

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Frame de “Cuéntame” con mi padre, y mi jersey.

Así hicimos. Me leí un par de libros con nociones básicas de sonido, y me aprendí de memoria todas las preguntas del test, junto a sus respuestas, y ni una línea más, dejando mi futuro en manos de un fraude. El examen fue en el mismo edificio. Yo me senté en mi mesa, di la vuelta a los folios con las preguntas y… ¡Ni una! ¡Era otro examen!, totalmente distinto, NADA de NADA. Lo leí varias veces por si estaba equivocado, pero no. Me vine abajo. Perdí el tiempo observando a los demás para evitar el bochorno de salir corriendo, hasta que cansado me levanté, entregué las hojas en blanco, y salí por la puerta.

Pasé por varias emisoras más, siempre siguiendo la estela de mi padre, que había abandonado TVE por diferencias irreconciliables con la dirección (al menos eso es lo que contaba). Lo cierto es que su vida no era menos caótica que la mía, pero gozaba de una fama considerable, y yo solo intentaba destacar como imbécil con una adolescencia inusitadamente prolongada. Tras pasar por la Agencia EFE, como jefe de cultura, mi padre, de la mano de su amigo Leguina, se embarcó en el germen de lo que luego sería TELEMADRID, un proyecto que según recuerdo lideraba Martín Maqueda. En aquellos días se había decidido el himno y la bandera de la recientemente constituida comunidad autónoma, efemérides ambas que pude seguir de cerca porque mi padre decidió incluirme entre los becarios de la futura televisión autonómica, bajo la tutela de Manolo Cerezo. Recuerdo perfectamente aquellas oficinas de la calle Miguel Ángel, en donde ahora se ubica la Dirección General de la Policía. Ocupábamos un semisótano, que daba al luminoso patio interior. A falta de actividad “televisiva” mis superiores me incluyeron en otro de sus proyectos, Onda Madrid, pero ante mi contrastada ineptitud decidieron enviarme durante unos meses a Radio 80, por ver si aprendía algo (tiempo perdido).

Eran días de grandes fiestas en pisos, de carreras de coches, de perder la memoria y amanecer misteriosamente en cualquier cama, en un coche, en mitad del campo… Habíamos dejado los bares tradicionales y los parques, para visitar pubs más sofisticados y modernos, aunque en alguno nos echasen a patadas tras soltar en la pista de baile un poco de spray de pimienta. De vez en cuando nos subíamos al piso alto del Dalt Vila, en General Oraa, con nuestras bolsas de pegamento, y pasábamos la tarde muertos de risa, metiendo y sacando la cabeza sin saber qué nos parecía tan gracioso. Después nos desplazábamos hasta el pub Graffiti, en la calle Robledillo, y de ahí bajábamos, tirando los cubos de basura, hasta la Castellana, dejando un reguero de sinapsis a nuestro paso. Cuando teníamos dinero -y ganas- nos acercábamos a Joy, a Pachá, o a cualquiera de las grandes discotecas que se fueron abriendo entonces. Y para cerrar nuestras duras jornadas de autodestrucción nos juntábamos con otras cien alimañas enfarlopadas en el “Desert sound” o el “Models”, jugando al futbolín hasta el mediodía del día siguiente. Los fines de semana subíamos en un Ford Capri 2.8 hasta el pueblo de Navacerrada, con un nuevo grupo de amigos, uno de los cuales tenía una gigantesca “Honda”, con una columna de amplificadores y baffles sobre su rueda trasera, que cuando se encendía, en la casa que tenían a la orilla del embalse, la música se escuchaba en la misma plaza del pueblo. En una ocasión, y gracias a la amistad que mi amigo Carlos tenía con el mismísimo Julio Ayesa -gran relaciones públicas de la jet-set de aquellos años- nos invitaron a una fiesta en “su” piso de la calle Orense. Entramos en formación romana, intimidados por tanto lujo y elegancia, pero salimos en modo estampida gala, tras hacernos con varias botellas de licor, parte de la vajilla, algunos adornos, y una mini grabadora, que durante unas semanas nos acompañó en nuestras salidas, registrando las estupideces que soltábamos para escucharlas más tarde. Otras veces acabábamos paseando por la calle Sirio con una cabeza de Jabalí, o lanzando sandías desde el piso 14 de una de las torres para verlas estallando sobre el asfalto. Y si conseguíamos las llaves de alguna de las lujosas casas que el hermano de Carlos vendía en Arturo Soria, cogiéndolas de su oficina, las utilizábamos como “picaderos”, a donde llevábamos mediante engaño a nuestras conquistas nocturnas -eso acabo violentamente, cuando el hermano mayor de Carlos se enteró-. Podría seguir así durante horas, pero pensando en lo que me queda por contar prefiero seguir avanzando.

[La muerte no nos era ajena. EL goteo de fallecidos por droga, o accidentes, se alimentaba con nuestra generación, llevándose aquel año a varios amigos. Yo guardo especial recuerdo de uno, Eduardo L.d.H, que se quedó junto a sus primos en una carretera de Galapagar, dos años después de que su hermana, la guapísima María, muriera por culpa de la leucemia].

Mi padre no me perdonaría en seis vidas, con sus respectivas muertes, sin no menciono en estas memorias a su gran amigo el periodista Galvarino Plaza, o el “indio Galvarino” (emulando al héroe mapuche de “La Araucana”), como le llamaba en las largas sobremesas que compartían, junto a otros periodistas y escritores de mitad de los años 80. Moreno, de pelo negro azabache, y ancho de hombros. Bromista y cariñoso con los niños. Había practicado lucha libre en su juventud chilena, país de donde salió escapando de la dictadura para instalarse en España. Escritor, pintor, y periodista, autor de una biografía de Víctor Jara, y de varios libros de poemas que redactaba haciendo que los espacios entre las palabras formasen un dibujo. Montó una modesta agencia de información, “Recall press” creo que se llamaba, instalándose en lo alto del edificio del Hotel Princesa, en una habitación/despacho a donde me llevó mi padre alguna vez, y en la que trabajaba como asistente -como me ha recordado ahora mismo- mi hermana mayor, Mari Carmen.

En aquel tiempo Galva, que siempre estaba apurado de dinero, compartía su vida con una mujer alemana (la segunda pareja teutona que le conocí), igualmente cariñosa pero sumamente silenciosa, que vivía cerca de la plaza de Conde de Casal, en un pequeño piso decorado como si estuviera en la mismísima ciudad de Munich.

Cuando Galvarino venía de visita a nuestra casa acababa cantando, animado por el alcohol, y compitiendo en anécdotas con mi padre -era un combate igualado, especialmente cuando Galva hablaba de su familia, a la que dejó atrás con gran dolor, o de cómo tuvo que enterrar el coche, un cochazo que se había traído desde sudamérica, en Cuenca porque no tenía dinero para mantenerlo, y no quería ni venderlo, ni que se lo embargasen-. De pronto empujaba los sofás y la mesa, aclarando el salón, y me decía “ven Pipe, que te voy a enseñar lucha libre”. En calzoncillos, y con mi padre de árbitro, nos enzarzábamos en medio de la casa, con las ventanas abiertas. Galva decía “Pucha, nos están mirando los “guevones” de vuestros vecinos, seguro que piensan que somos maricones”, y posaba para satisfacer la curiosidad de los mirones…

Un buen día nos enteramos que tenía cáncer de garganta. Le operaron y le sacaron “un tumor del tamaño de una pelota de tenis, la concha de su madre”. Dijo que estaba recuperado, pero mintió. Galvarino Plaza murió el 28 de octubre de 1985. Esto es lo que publicó El país: “Galvarino Plaza, artista chileno de 55 años, falleció ayer en Madrid. Residía en España desde hace 10 años, y a lo largo de este tiempo desarrolló una dilatada labor en diversos campos de la cultura y el periodismo. Entre otros libros, es autor de una biografía de su compatriota el cantante Víctor Jara y de varios volúmenes de poemas. Además fue pintor, dibujante que ilustró sus propios textos y periodista. El entierro tendrá lugar esta tarde en el cementerio madrileño de la Almudena y partirá del servicio central funerario en su nueva sede de la M-30”. Jamás le olvidaremos.

Sin darnos cuenta llegó un nuevo verano. Mi amigo Javier R, vecino de Madrid, también veraneaba en Torrevieja e hicimos buenas migas. Javier tenía una gran afición por los porros, y un Opel Corsa plateado con el que bajábamos hasta Torrevieja los fines de semana, desde un pub en donde quedábamos a menudo, el Keeper de la calle Alcántara (antes de que se abriera el de Juan Bravo). Era un tipo educado, sumamente pelota con los adultos y siempre bien vestido. Para que nos dejaran las llaves de Torrevieja venía a buscarme con una rosa -para María José-, y un mechero, o tabaco -para mi padre-. Era un profesional. Luego se subía al coche, se encendía un canuto, y otro, y otro, a ciento cincuenta kilómetros por hora, en aquel cochecillo, hasta llegar a la playa. Habían abierto un Pachá y un Keeper en Torrevieja, y nos conocían lo suficiente para no tener que pagar, y en el caso de que tuviéramos problemas contábamos con la ayuda del hermano mayor de Javi, Alejandro, que ya era un exitoso empresario encargado de sacar adelante el negocio de óptica familiar. A veces llegábamos tan fumados que no podíamos bajarnos del coche, y simplemente dejábamos que se deslizara cuesta abajo hasta acercarnos a la playa.

Un fin de semana largo, de aquellos meses de verano, nos quedamos en mi casa para dedicarnos a fumar hasta que se nos dieran la vuelta los ojos. Nos tumbamos en la terraza de atrás, mirando las estrellas y escuchando música, confiados en que María José y mi padre no aparecerían hasta el día siguiente. Debía estar yo cerca de Saturno cuando escuché unos golpes. Era Javi, que se movía de un modo extraño. Con risa floja le pregunté, pero no respondía, y sus convulsiones iban en aumento. Javi estaba sufriendo un ataque de epilepsia. Algo sabía de aquello, pero nunca le había pasado conmigo de modo que reaccioné como pude, agitándole mientras se ahogaba. Una parte de mi perturbado cerebro pensó en aquello de clavarle la lengua a la barbilla con una aguja, pero no me veía con fuerzas de modo que me metí en la cocina, cogí una olla express, y la llené de agua fría. Javí seguía temblando cuando le lancé el agua a la cabeza, con tan mala suerte que el recipiente se me escapó de las manos, golpeándole de lleno en la frente. Empezó a sangrar de inmediato, y con un caudal preocupante: Le había abierto la cabeza, pero detuve el ataque. Javi comenzó a balbucear, recuperando la conciencia lentamente, y con mi ayuda se incorporó. Yo intentaba parar la hemorragia, pero no había manera, de modo que le llevé hasta el baño del piso de abajo, en donde dormíamos, y a base de toallas y tiempo conseguí frenarla. Aún bajo los efectos de las drogas Javi se empeñó en vestirse con ropa limpia, y lo logró, tras caerse un par de veces, pero se puso los calzoncillos sobre el pantalón. Finalmente conseguí que se tumbara en la cama, y a los pocos minutos se durmió. María José y mi padre llegaron de madrugada, y sabiendo que estábamos abajo se acostaron. Al día siguiente aquello parecía la escena de un crimen: Sangre, cacharros, ropa… Un desastre. Recogimos lo que pudimos mientras dábamos explicaciones. Por suerte, el que Javier sufriera un ataque epiléptico nos libró de interrogatorios sobre lo que estábamos haciendo. Dijimos que yo no pude controlarle, y se cayó por la escalera. Mi padre se lo creía todo, María José… No.

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Acerca de Felipe Mellizo

Soy guionista, casi periodista, padre, pareja, ex-golfo, ex-aventurero, comilón, bruto, y seguidor del Atlético de Madrid.
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4 respuestas a Tuo Yaw (XXI)

  1. Carlos Morán dijo:

    Pipe, me alegro de que sigas vivo! Un abrazo
    Carlos Morán

  2. DARTH V dijo:

    Madre… como terminará esto….

  3. Te lo adelanto: como siempre, YO a la calle. Pero el final-final, si es que se parece a lo que vivo hoy, es que me acaba yendo bien, engordo, no me meto en líos, y soy moderadamente feliz. JAJAJAJA.

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