No hay miedo, ni vergüenza.

Hoy leo que un político francés con nombre de pirata, Bruno Le Roux, ha dimitido al haberse descubierto que tenía enchufadas a sus dos hijas, ¡desde que tenían 15 años!, cobrando 55.000 euros, y trabajando en áreas tan poco definidas como “actualizar ficheros” o “Búsquedas en internet” (Mi padre me enchufaba, pero lo que se dice cobrar yo no cobraba ni un duro). Ya ni nos sorprende. En los últimos años hemos visto a políticos robando, mintiendo, prevaricando, etcétera. Desde Tokio a Tierra del Fuego, pasando por todas las provincias españolas, y ¿qué consecuencias han tenido sus pifias?: Pocas, o ninguna (Bueno, de vez en cuando tenemos al japonés que se hace el Hara-kiri, pero cada vez son menos).

Contaba un gran amigo mío -presente en este muro- que durante la mili, estando embarcado en un prestigioso navío, había acumulado tantos arrestos que su oficial, tras su última trastada y fuera de sí, le gritó: “¡¡¡¡XXXXXXXX (Apellido)!!!!! Tiene más días de arresto que los que quedan de singladura. Dígame: ¿Qué hago con usted? ¡¿Qué hago?!”, a lo que mi amigo, con su habitual pachorra, le respondió “No sé, ¿pasarme por la quilla?” (suerte tuvo de que fuera un castigo de los siglos XVII y XVIII). A muchos de mi generación, a mi el primero, no nos hubiera venido mal algún castigo decimonónico, e incluso medieval, pero siendo indulgente pienso que el mayor daño de nuestras fechorías nos lo hacíamos a nosotros mismos, y eso era suficiente castigo, pero entonces no teníamos miedo, ni miedo ni vergüenza.

Tampoco hay miedo ni vergüenza entre los poderosos, bien sean políticos, o grandes empresarios de los países más civilizados, porque como mucho, y después de un lustro de juicios, pasarán en la cárcel un par de años; y no en una cárcel común, rodeado de presos poco-comunes, sino en las zonas vip de los presidios más céntricos. A pesar de los llantos televisados las familias suelen estar inteligentemente blindadas -o rodeadas de amigos que pueden devolver favores prestados-, y los embargos se ven dificultados con complejas estrategias de intercambio empresarial. ¿Cómo no se la van a jugar? Solo deben temer que les elijan como cabezas de turco, pero para evitarlo basta con asegurarse tres o cuatro pruebas que incriminen a otros.

Vale, no me gusta eso de torturar, amputar, y matar, que como explicaba Beccaria en “De los delitos y de las penas” ni era proporcional, ni útil, pero coño, los jueces deberían fingir cierta dureza, al menos de cara a los ciudadanos que acaban en la cárcel por querer escapar de una vida miserable, o robar una bicicleta.

Para ilustrar este pensamiento, seguramente equivocado e intrascendente, dejo  parte de la sentencia de Damiens, que intentó asesinar chapuceramente a Luis XV, y el relato de la no menos chapucera ejecución de esa sentencia:

SENTENCIA: Damiens fue condenado, el 2 de marzo de 1757, a pública retractación ante la puerta principal de la Iglesia de París, adonde debía ser llevado y conducido en una carreta, desnudo, en camisa, con una hacha de cera encendida de dos libras de peso en la mano; después, en dicha carreta, a la plaza de Grève, y sobre un cadalso que allí habrá sido levantado (deberán serle) atenaceadas las tetillas, brazos, muslos y pantorrillas, y su mano derecha, asido en esta el cuchillo con que cometió dicho parricidio, quemada con fuego de azufre, y sobre las partes atenaceadas se le verterá plomo derretido, aceite hirviendo, pez resina ardiente, cera y azufre fundidos juntamente, y a continuación, su cuerpo estirado y desmembrado por cuatro caballos y sus miembros y tronco consumido en el fuego reducidos a cenizas arrojadas al viento.

EJECUCIÓN DE LA SENTENCIA: Finalmente, se le descuartizó, refiere la Gazettte d´Amsterdam. Esta última operación fue muy larga, porque los caballos que se utilizaban no estaban acostumbrados a tirar; de suerte que en lugar de cuatro hubo que poner seis, y no bastando aún esto, fue forzoso para desmembrar los muslos del desdichado, cortarle los nervios y romperle a hachazos las coyunturas. Aseguran que aunque siempre fue un gran maldiciente, no dejó escapar blasfemia alguna; tan sólo los extremados dolores le hacían proferir horribles gritos y a menudo repetía: “Dios mío, tened piedad de mí; Jesús socorredme”. Todos los espectadores quedaron edificados de la solicitud del párroco de Saint – Paul, que a pesar de su avanzada edad, no dejaba pasar momento alguno sin consolar al paciente. Y el exento Bouton: se encendió el azufre, pero el fuego era tan pobre que sólo la piel de la parte superior de la mano quedó no más que un poco dañada. A continuación un ayudante, arremangado por encima de los codos, tomó unas tenazas de acero hechas para el caso, largas de un pie y medio aproximadamente, y le atenaceó primero la pantorrilla de la pierna derecha, después el muslo de ahí pasó a las dos mollas del brazo derecho, y a continuación a las tetillas. A este oficial, aunque fuerte y robusto, le costó mucho trabajo arrancar los trozos de carne que tomaba con las tenazas y tres veces del mismo lado, retorciendo, y lo que sacaba en cada porción dejaba una llaga del tamaño de un escudo de seis libras”. Después de estos atenaceamientos, Damiens, que gritaba mucho aunque sin maldecir, levantaba la cabeza y se miraba. El mismo atenaceador tomó con una cuchara de hierro del caldero mezcla hirviendo, la cual vertió en abundancia sobre cada llaga. A continuación, ataron con soguillas las cuerdas destinadas al tiro de los caballos, y después se amarraron aquéllas a cada miembro a lo largo de los muslos, piernas y brazos. El señor Le Breton, escribano, se acercó repetidas veces al reo para preguntarle si no tenía algo que decir. Dijo que no; gritaban como representan a los condenados, que no hay cómo se diga, a cada tormento: “¡Perdón, Dios mío! Perdón, señor”. A pesar de todos los sufrimientos dichos, levantaba de cuando en cuando la cabeza y se miraba valientemente. Las sogas, tan apretadas por los hombres que tiraban de los caballos, le hacían sufrir dolores indecibles. El señor Le Breton se le volvió a acercar y le preguntó si no quería decir nada; dijo que no. Unos cuantos confesores se acercaron y le hablaron buen rato. Besaba de buena voluntad el crucifijo que le presentaban; tendía los labios y decía siempre: “Perdón, Señor.” Los caballos dieron una arremetida, tirando cada uno de un miembro en derechura, sujeto cada caballo por un oficial. Un cuarto de hora después, vuelta a empezar, y en fin, tras de varios intentos, hubo que hacer tirar a los caballos de esta suerte: los del brazo derecho a la cabeza, y los de los muslos volviéndose del lado de los brazos, con lo que se rompieron los brazos por las coyunturas. Estos tirones se repitieron varias veces sin resultado. El reo levantaba la cabeza y se contemplaba. Fue preciso poner otros dos caballos delante de los amarrados a los muslos, lo cual hacía seis caballos. Sin resultado. En fin, el verdugo Samson marchó a decir al señor Le Breton que no había medio ni esperanza de lograr nada, y le pidió que preguntara a los Señores si no querían que lo hiciera cortar en pedazos. El señor Le Breton acudió de la ciudad y dio orden de hacer nuevos esfuerzos, lo que se cumplió; pero los caballos se impacientaron, y uno de los que tiraban de los muslos del supliciado cayó del suelo. Los confesores volvieron y le hablaron de nuevo. Él les decía (yo lo oí): “Bésenme, señores.” Y como el señor cura de Saint – Paul no se decidiera, el señor de Marisilly pasó por debajo de la soga del brazo izquierdo y fue a besarlo en la frente. Los verdugos se juntaron y Damiens les decía que no juraran, que desempeñaran su cometido, que él no los recriminaba; les pedía que rogaran a Dios por él, y recomendaba al párroco de Saint – Paul que rezara por él en la primera misa. Después de dos o tres tentativas, el verdugo Samson y el que lo había atenaceado sacaron cada uno un cuchillo de la bolsa y cortaron los muslos por su unión con el tronco del cuerpo. Los cuatro caballos, tirando con todas sus fuerzas, se llevaron tras ellos los muslos, a saber primero el del lado derecho, el otro después; luego se hizo lo mismo con los brazos y en el sitio de los hombros y axilas y en las cuatro partes. Fue preciso cortar las carnes hasta casi el hueso; los caballos, tirando con todas sus fuerzas, se llevaron el brazo derecho primero y el otro después. Una vez retiradas estas cuatro partes, los confesores bajaron para hablarle; pero su verdugo les dijo que había muerto, aunque la verdad era que yo veía al hombre agitarse, y la mandíbula inferior subir y bajar como si hablara. Uno de los oficiales dijo incluso poco después que cuando levantaron el tronco del cuerpo para arrojarlo a la hoguera, estaba aún vivo. Los cuatro miembros desatados de la sogas de los caballos, fueron arrojados a una hoguera dispuesta en el recinto en línea recta del cadalso; luego el tronco y la totalidad fueron enseguida cubiertos de leños y de fajina, y prendiendo el fuego a la paja mezclada con esta madera. En cumplimiento de la sentencia, todo quedó reducido a cenizas. El último trozo hallado en las brasas no acabó de consumirse hasta las diez y media y más de la noche. Los pedazos de carne y el tronco tardaron unas cuatro horas en quemarse. Los oficiales en cuyo número me contaba yo, así como mi hijo, con unos arqueros a modo de destacamento, permanecimos en la plaza hasta cerca de las once. Se quiere hallar significado al hecho de que un perro se echó a la mañana siguiente sobre el sitió donde había estado la hoguera, y ahuyentando repetidas veces, volvía allí siempre. Pero no es difícil comprender que el animal encontraba aquel lugar más caliente.

[Y no contentos con eso derribaron su casa, expulsaron del país a su familia, y eliminaron cualquier referencia a su vida].

¡Brutal! ¿Verdad?

https://milescraven.wordpress.com/2014/11/05/1757-the-execution-of-robert-francois-damiens-why-it-haunts-john-eagle-the-uncommon-attorney-and-why-it-haunts-his-creator/

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Acerca de Felipe Mellizo

Soy guionista, casi periodista, padre, pareja, ex-golfo, ex-aventurero, comilón, bruto, y seguidor del Atlético de Madrid.
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Una respuesta a No hay miedo, ni vergüenza.

  1. DARTH V dijo:

    Uffff…. nadie como el ser humano para crear técnicas de tortura tan horrible… solo nosotros torturamos a nuestra propia especie…. que triste y que horror

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