Tuo Yaw (XX)

A principios del verano se jugó la gran Eurocopa del 84. Habíamos negociado un precio para cerrar el Gaboys, el único bar de nuestra manzana en el barrio de La Estrella, y disfrutar del partido de cuartos de final que nos enfrentaba a la Alemania de Schumacher, Briegel, Stielike, Matthaus, Littbarski, Brehme, Voller, Rummenigge… Era imposible vencerles. Pero pertrechados con banderas, y provistos de estupefacientes, ocupamos nuestras posiciones alrededor de la televisión que colgaba sobre la máquina de tabaco. De pronto apareció él, con esa mirada soberbia que pasaba sobre nuestras cabezas gracias a sus dos metros de altura, y un cabello dorado como la cerveza: EL ALEMÁN.

Durante los siguientes noventa minutos no dejó de hablarnos de la superioridad física de sus paisanos, de que Brehme era un “decatleta”, con marcas en salto de longitud que le harían campeón de España. Alguno, con picardía -y algo de miedo-, le recordaba partidos de la Copa de Europa de clubes en los que se les había vapuleado, pero el teutón respondía infravalorando las demás competiciones: “En la selección reside el espíritu de un país”… Y así fue. Porque la picardía española sorprendió a los cartesianos alemanes, y Maceda (el más alto y rubio de los nuestros), cabeceó una falta al fondo de la red en el minuto 90, dejándoles más confundidos que dolidos. Esa misma confusión debió afectar a nuestro invitado, que tuvo que abandonar el bar cabizbajo, entre comentarios socarrones de la parroquia hispánica.

Estuvimos celebrando el éxito de la selección durante dos horas, y cuando decidimos abandonar el local nos encontramos de frente con tres o cuatro coches de policía, y una ambulancia. La ambulancia nos hizo descartar que se tratase de una redada –algo habitual en nuestras vidas ochenteras-, y nos acercamos con curiosidad insana. Desde lejos le vimos: era el ALEMÁN. Le llevaban esposado hacia un coche de la policía…

Un vecino salió a nuestro encuentro, y le interrogamos: Había estrangulado a su mujer tras una fuerte discusión. Nos quedamos de piedra.

Pero la vida seguía.

Contaba mi padre que, en los años de Eduardo Sotillos, Calviño, y Enrique Vázquez, se les acusaba, a los periodistas de TVE, de estar manipulados, como siempre sucede, pero aseguraba que a él nadie le dijo nunca nada sobre sus contenidos, aunque sospecho que muchos lo desearon (Adolfo Suárez le llamó para sugerirle algo, alguna vez, pero no creo que consiguiera convencerle; y Felipe González, al margen de ser ex-vecino, no acababa de encajar en el modelo de socialismo que mi padre admiraba). Como saben los que le conocieron, mi viejo hacía y decía lo que quería, en general, en particular, en directo,  y a toda España -entonces solo existía TVE-… Así le fue-. [Conviene recordar que entonces los “directores” de los telediarios eran “autores”, y no “editores”, como se les llamó después]. Si había censura -me decía- ésta se aplicaba en la contratación de almas afines, y aún así el establishment político siempre corría un riesgo, porque la personalidad de todos aquellos grandes periodistas de la transición hacía difícil su domesticación. Muchos de esos fenómenos, hoy fallecidos, retirados, o defenestrados, habían tenido que defender “su verdad” ante la dictadura, y no solo a riesgo de su estabilidad económica, sino de su integridad física [Eso es algo que conviene recordar a algunos de los periodistas que empiezan, como mi propio hijo, y que de sobra sabe ya mi hermano -corresponsal de EFE en medio mundo (Buenos Aires, Lima, Montevideo, Teherán, Lima) desde hace más de diez años-].

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“Otra manera de cantar el tango” Felipe Mellizo Cuadrado.

Eran tiempos difíciles.  En el 78 habían atentado contra el periódico El País, dejando un muerto y dos heridos, y el personaje público que no conseguía que telefónica borrase su nombre de las guías corría el riesgo de recibir todo tipo de anónimas amenazas. María José, la mujer de mi padre entonces, tuvo que responder a varias llamadas de ese tipo, anunciando que pensaban enviarle la cabeza de mi padre en una bandeja, por rojo, y el viejo contestador de “casete” no daba abasto.

Superado el informativo de la noche los periodistas bajaban hasta un secreto despacho, siguiendo a Enrique Vázquez, en donde guardaban una pequeña nevera, con copas frías, hielo, y whisky, para brindar por haber sobrevivido un día más a la balumba creciente de viejos facciosos, y jóvenes y ambiciosos tecnócratas, que -para mi padre- crecían como la mala hierba.

Uno de aquellos fenómenos de la comunicación era Alfonso Ortuño: Caricaturista del informativo, pintor, compositor, y comprometido socialista. Ortuño era un tipo pequeño, regordete, y brillante. Melómano hasta la médula y desacomplejado hedonista. Vivía justo encima del Rockola, aunque su corazón estaba siempre entre Orihuela y Torrevieja, a donde escapaba en cuanto sus obligaciones se lo permitían (e incluso cuando no, porque sé que algunos dibujos tuvieron que viajar en tren, desde Alicante, con urgencia, para llegar a tiempo del cierre de aquel  “telediario 4”). Alfonso era un hedonista, y en poco tiempo mi padre y él se hicieron grandes amigos, tanto que empezaron a pasar los veranos juntos, en Torrevieja.

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Ortuño era una personalidad en la zona. Compositor de habaneras, participaba activamente en cualquier evento que se convocase, y arrastraba a mi padre -que era muy de dejarse llevar-, y al resto de la familia, a todos aquellos saraos, desde el Festival de habaneras y polifonía (de las heras de la sal), hasta los conciertos de Julio Iglesias, pasando -como es natural- por las fiestas de “Moros y Cristianos”, y siempre acababan metiéndose en algún lío (Como cuando se disfrazaron de mejicanos y fueron cantando por la ciudad “Ay Jalisco no te rajes”).

Primero alquilamos un piso bajo, horroroso, en el pueblo. Cerca de la playa del cura “donde se bañan las feas, porque guapas no hay ninguna” -como cantaba Ortuño-, y de un pub en el que yo pillaba hachís que se llamaba Mandrágora  -y que creo que aún existe-. Pero más adelante nos trasladamos a un modertno y minimalista chalet en la parte alta de la playa de la Mata, cerca del antiguo hotel Berlín, en una zona conocida como “Los suecos” en la que ahora no cabe un alfiler, pero que entonces era una loma relajada y solitaria, residencia veraniega de suecos, alemanes, y franceses.

El grupo de mi padre se amplió con la llegada de Antonio, ajedrecista y práctico del puerto de Alicante, propietario también de un curioso pub cuyas mesas estaban decoradas con pinturas de Ortuño y otros artistas; Una pareja francesa, y su hija Justine que me volvía loco; El Alcalde de Orihuela, creo que cuñado de Alfonso Ortuño; y el director de un centro psiquiátrico cercano, que tuvo a bien enseñarme a reciclar y fabricar balas con sus propias herramientas, para después llevarme a pegar tiros a una zona desértica de los alrededores. María José, la mujer de mi padre, parecía encantada. Las parejas de los nuevos amigos de mi padre, como Manqui, eran de su edad, y las reuniones hasta altas horas de la madrugada, amenizadas por Alfonso, su guitarra, y mi padre -que siempre fue un showman, y cuando no contaba chistes o anécotas, cantaba, o hacía magia-, se sucedían si  tregua. En aquellas barbacoas yo intentaba acercarme a Justine, pero no había manera. Un día llegó un tipo rubio, medio metro más alto que yo, bronceado y cachas, sobre una gran moto, y se fueron juntos… Me temo que yo no estaba a la altura. Como “perdedor” que era me quedaba con los niños, ayudándoles a subirse al carruaje tirado por ponis, y llevándoles por el jardín. Pero eran muchos, y molestaban con su griterío. Entonces Alfonso les llevaba a una zona apartada, y les obligaba a sentarse haciendo un corro. Cogía su guitarra y empezaba a cantar (Con la melodía de “Dónde vas Alfonso XII, dónde vas triste de ti…”, para los que tengan edad de recordarla, claro) :

“Los niños bien educados,

no deben cagarse en Díos,

ni en la hostia consagrada,

ni en la madre del señor…

ni en la madre del señor”

Los niños le adoraban, y yo también.

En el verano del 84, recién licenciado de la Armada, mi padre decidió comprarme una pequeña moto, para que pudiera moverme por la zona sin darle el coñazo. Él había extendido su radio de acción hasta Santa Pola, en donde se reunía con Francisco Fernández Ordoñez para recordar pasados comunes “pilaristas”, y yo era una verdadera molestia, inoportuno y desaliñado. Era una “Mobylette” roja de segunda mano, un verdadero asco de moto, pero una moto.

Siempre tuve una especial habilidad para los vehículos de dos ruedas, y mi temeraria conducción hizo que más de uno se acordase de todos mis antepasados, circulando por arcenes, aceras, y playas, desde “Cala mosca” a las dunas de Guardamar, sin tocar el freno, y sin permiso de circulación. Un macarrilla de libro.

Llegaron los Juegos Olímpicos de Los Ángeles, y me encontré solo en aquella estupenda casa de Torrevieja, con algo de dinero, y ningún amigo. De modo que me hice con 25 gramos de hachís, y me dispuse a disfrutar de las retransmisiones en la más absoluta soledad. Fueron los mejores juegos que recuerdo. Me levantaba a deshoras, en la terraza, me fumaba un canuto, veía algún partido o prueba tirado en el sofá, y me volvía a dormir. Dos maravillosas semanas en las que no bajé a la playa ni un minuto, y solo salí dos veces al supermercado para comprar jamón de york, pan de molde, y queso.

Con el final de la Olimpiada apareció mi familia, y tuve que buscar mi propio espacio fuera de allí. Pero la moto empezó a fallarme. Tenía un problema en los “platinos”, o eso pensaba yo. Pero descubrí por azar que golpeando en una zona concreta del motor volvían a funcionar, de modo que me hice con un mazo. La estampa debía ser aterradora: Un tipo delgado, cabezón, con unas horrendas gafas de sol, bajando las cuestas del hotel sobre una destartalada moto, a toda velocidad, conduciendo con una mano, y sosteniendo un gran mazo en la otra con el que golpeaba a la altura del cigüeñal… Al final del verano, después de haber escuchado como se reían de mi en la mayoría de los garitos de la zona, estaba tan harto de la moto, y de mi vida, que a la altura del “222” (un lugar de ocio mítico) me salí de la carretera, y aprovechando la zona asfaltada que había junto a las rocas aceleré, tirándome con la moto al mar. Allí se quedó.

Y como siempre el verano se acababa, y regresaba a Madrid. Habiendo abandonado los estudios, expulsado del ejército, con todos los vicios posibles, y ninguna inquietud o vocación conocida, mi padre tendría que emplear mucho esfuerzo si quería hacer de mi un hombre, o medio.

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Acerca de Felipe Mellizo

Soy guionista, casi periodista, padre, pareja, ex-golfo, ex-aventurero, comilón, bruto, y seguidor del Atlético de Madrid.
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3 respuestas a Tuo Yaw (XX)

  1. DARTH V dijo:

    ¿Te tiraste con la moto al mar? Y no te pasó nada? jajajaja… madre mía

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