Tuo Yaw (XIX)

Por una de esas piruetas del destino, que en materia de hedonismo siempre me ha favorecido, acabé ocupando una cabina de lujo, enmoquetada y espaciosa, con un maravilloso armario-lavabo con vasos y pasta de dientes, en el “rías baixas”, rumbo a Vigo. Vestido de civil dejé mis pertenencias, y salí al pasillo para disfrutar de la partida. Siempre me fascinaron las estaciones, los andenes, los arrabales, y esos viajes nocturnos tan literarios. A mi lado había otros pasajeros, todos hombres, y nos saludamos educadamente con una leve inclinación de la cabeza. Pedí algo de alcohol, y pasé una maravillosa noche mirando por la ventana desde el sillón de mi cabina.  Me sentía como un explorador inglés del XIX, embarcando rumbo a África. Un Phileass Fogg iniciando su heroico periplo… Idiota.

A la mañana siguiente me vestí de marinero, mientras el tren llegaba a su destino. Perdí un calcetín, y por no abrir de nuevo el petate (el saco marinero), decidí presentarme en el cuartel con un tobillo al aire. Perfectamente acicalado abrí la puerta, y respiré aquel aire húmedo de la ría que corría por el pasillo, y al abrir los ojos descubrí que todos mis acompañantes, a un lado y al otro, eran oficiales. Desde jóvenes Tenientes de Navío, hasta un Vicealmirante. Todos con sus relucientes trajes, entorchados, y “cocas” (ese churro que hay sobre los galones de 14 milímetros, como tuvimos que aprender de memoria durante la instrucción). Me miraron tan sorprendidos como yo a ellos. Yo, con mi tafetán, mi gamuza, mi tobillo al aire, y mi Lepanto, era un último mono en el escalafón militar, y viajaba en el mismo vagón que tíos a los que debía tratar de “señor”, “usía”, o “vuecencia”. Saludé a diestro y siniestro, llevándome la mano a la sien repetidas veces, provocando la sonrisa de más de uno, y tuve que esperar hasta que bajasen todos para volver a respirar.

Me presenté en el cuartel, en Teis, detrás del monte de A Guía, y me instalaron en un sollado gigantesco, herrumbroso, y con las ventanas rotas. Después me dieron una hora para recorrer las instalaciones con un veterano, descubriendo la cantina, las aulas de formación, el cuerpo de guardia, la oficina de correos, y los misteriosos túneles que daban a la ría. Por último recorrimos el muelle, que separaba la escuela de unos fétidos embarcaderos industriales. Frente a nosotros, en mitad de la ría, decenas de bateas formando un muro, y a lo lejos, mirando hacia el este, el novísimo puente de Rande. Se suponía que debería pasar allí los siguientes años, salvo los períodos en los que me embarcasen, para completar mi formación. No estaba mal. Nos llamaron a formar, nos presentaron a nuestros superiores, y después de cenar volvimos a nuestros dormitorios.

La luz había caído, y la temperatura también. Las ventanas no cerraban, y el aire frío y húmedo de la ría llegaba hasta las duchas. Los veteranos empezaron sus amenazantes rituales de bienvenida, con nosotros como diana, y los débiles, llamativos, o menos prudentes, acabaron pagando el pato, y sufriendo aquellas humillaciones tan habituales.

Los muelles de las camas eran un artículo de lujo, había que comprarlos, o robarlos, y guardarlos a buen recaudo cuando los conseguías. Yo los compré. Ya sin luz se empezaban a descubrir extraños grupos que se aislaban, colgando mantas de las literas superiores para evitar miradas curiosas. De sobra sabía yo lo que trataban de ocultar. La droga estaba en todas partes, entraba, salía… Droga blanda, dura, química, o natural. Inyectada, comida, fumada, esnifada. No era fácil mantenerse alejado de ella, pero esta vez lo logré, relacionándome con un grupo bastante sano, gente que realmente quería hacer carrera en la marina.

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En la Plaza de la Leña de Pontevedra, durante una excursión militar a principios de 1983.

Y empezaron las clases. Electrónica, electricidad, motores… ¡Un espanto! Con aquellos libros mal editados, desactualizados, y traducciones de manuales norteamericanos de la Segunda Guerra Mundial. Lo intenté, lo juro, pero no lo conseguí, más allá de aprender cuatro tonterías sobre los sistemas militares de identificación amigo/enemigo, que ojalá sirviesen para catalogar a los seres humanos -me hubiera ahorrado muchos disgustos-. Solo pensaba en que mi nombre estuviera en la lista de aquellos que habían recibido un giro (Nuestras vidas pivotaban alrededor de las “Cartas”, “Paquetes”, “Giros”, y “Telegramas”. No recibir nada era lo peor que le podía pasar a uno, y el mayor tesoro eran los paquetes con embutidos y tabaco. Mi padre, como era un intelectual, pensaba que me vendría mejor alimentar mi alma, de modo que yo recibía libros, cartas, y cuadernos para anotar mis experiencias… La madre que le parió -dicho desde el cariño-. Me quedé en el “chasis”).

Una vez conseguido el dinero corríamos a prepararnos para la “revista de policía”, el malicioso examen de limpieza e higiene que uno debía pasar para que le dejasen salir por la ciudad. Vigo era entonces uno de los lugares más entretenidos de la península. Los primeros meses, cuando teníamos permiso para salir, nos desplazábamos en manada hasta un local que se llamaba “Teide”, en el centro de la ciudad, en donde alquilaban taquillas para que pudiéramos guardar allí nuestra ropa de civil, algo que estaba prohibido por las ordenanzas (la marinería debía vestir siempre con la ropa militar). Después nos integrábamos en la corriente humana de cabezas rapadas, fingiendo que no éramos lo que todo el mundo sabía que éramos, para acabar bebiendo “tumbadiós” en las escalinatas de “A Pedra”, o tratando de entrar en alguna de las discotecas de moda, para bailar “Last night a DJ saved my life”, o “No controles”, rodeando a las pocas mujeres que aún no habían escapado del lugar. Después, vuelta al Teide, y al cuartel -y si llegabas tarde ya sabías que no saldrías de nuevo en una temporada-.

Al cabo de un tiempo nos alquilamos una casa en Teis. Era el piso de arriba de un comercio local, regentado por una pareja sumamente agradable y condescendiente con los marineros. Era un lugar para concentrarse, estudiar, y hacer alguna fiesta, a cinco minutos de la entrada del cuartel. Yo no estudiaba mucho, pero con lo de la casa conseguí engañar a mi padre para que me enviase más dinero. Llegó el buen tiempo, y me pasaba los días libres fumando porros en la playa de Samil, a donde llegábamos tras unas largas caminatas. Como es natural suspendí absolutamente todos los exámenes.

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Mi padre vino a verme un día. Ya era famoso, y me dieron permiso para pasar el fin de semana con él. Fue estupendo. Comimos en los mejores restaurantes, bebimos como si se fuera a acabar el mundo, y conseguí convencerle para que entrase en un bingo, algo que odiaba, con tanta suerte que ganamos el premio más gordo de la noche. Fueron un par de días magníficos. Poco después apareció mi madre, a quien no veía desde hacia muchos meses. Vino con su segundo marido, Pedro, vestido de teniente coronel del ejército del aire (ya dije que entonces los pilotos de IBERIA aún conservaban su rango militar). Nuestro encuentro fue más breve y tenso, pero agradecí verla después de tanto tiempo.

Las actividades militares se reducían al remo -yendo hasta las bateas, y en ocasiones tumbándonos en ellas para descansar-, los desfiles, y observar las pantallas de radar en donde se identificaban claramente las “planeadoras”, que traían droga a la costa desde los buques nodriza. Un buen día remolcaron hasta la escuela a uno de estos grandes buques, con un agujero en un lateral del tamaño de un balón de fútbol, causado por el disparo de la corbeta que le apresó. Quedó amarrado al muelle y bajo vigilancia de la Policía Naval. Luego llegaron unos camiones y para desgracia nuestra se llevaron la carga. También nos visitó el padre del Rey, Don Juan de Borbón. Desde su renuncia al trono recorría los cuarteles con puerto o embarcadero en su propio barco, ganándose la simpatía de toda la marinería con sus mangas remangadas, sus tatuajes, y su proximidad -a pesar de los esfuerzos de los mandos para alejarle de nosotros-.

Hacíamos guardias militares armados. Había cierta tensión entre los militares, todavía no repuestos del Golpe de Estado del 23-F, ni del intento 27 de octubre, y permanentemente preocupados por ETA. Pero yo no pensaba disparar a nadie bajo ningún concepto. Llenaba los bolsillos del correaje con la radio, el tabaco, y una petaca de ron, y aguantaba mis turnos escuchando programas de radio de madrugada, e incluso dormitando, hasta que el relevo aparecía. Después regresaba al cuerpo de guardia, y me acostaba en aquellas mugrientas camas, cubriéndome con una manta que picaba más que las chinches que se alimentaban de nosotros (por no hablar del olor, y de los onanistas…).

Finalmente me expulsaron. Mi rendimiento académico era peor que bajo, y mi espíritu militar no existía, de modo que me degradaron. Bajé de especialista, a marinero de primera, y me destinaron al Arsenal de El Ferrol, a la oficina de la Capitanía. No se vivía mal, y pude pasear mucho por la ciudad, pero después de un par de meses allí, mi padre, probablemente dolido con mi nuevo fracaso, consiguió que me trasladaran a Madrid, a la Jefatura de Apoyo Logístico, al final de la calle Pio XII.

De vuelta en Madrid descubrí que el mundo seguía exactamente igual que como lo había dejado: Mi padre, cada vez más famoso, recogía y entregaba premios, participaba en tertulias radiofónicas, y se relacionaba con la élite cultural del “felipismo”; María José había aparcado su carrera para atender a los niños; y mis amigos, igual de golfos y borrachos que siempre, habían incorporado al grupo nuevos elementos, como Javi. R y Enrique O.

Mi nuevo destino era -y es todavía- un edificio blanco de oficinas, coronado por cuatro torreones de vigilancia que nunca utilizamos. Era el centro de apoyo logístico de la Armada, el lugar desde el que se gestionaban todos los envíos de material de consumo, desde papel higiénico hasta balas. Un centro poco militarizado, con cientos de despachos, y un pequeño patio interior. Fui recibido por mis compañeros con bastante simpatía, probablemente emocionados con mi decepcionante carrera militar, que ya superaba los 18 meses, por lo que me había convertido en el “bisabuelo” del cuartel -figura respetadísima-, y los jefes tuvieron a bien darme un trabajo poco exigente como electricista, que básicamente consistía en cambiar fluorescentes. Pero mis constantes faltas acabaron condenándome al último pelotón de todos los cuarteles, un cajón desastre conocido como “servicios generales”, encargados de todo, y de nada. Era el destino perfecto para mi. Teníamos total libertad para movernos dentro y fuera del cuartel con una furgoneta militar, o paquetera, poco controlada. Tan pronto estábamos cargando cajas de comida de supervivencia en la calle Infanta Mercedes, como pintando el piso de un Almirante en Arturo Soria. Pero por el camino aprovechábamos para beber, pillar, y hasta visitar a nuestros amigos civiles. A veces nos mandaban limpiar las ventanas, y sujetos con un arnés nos descolgábamos -entre risas- por la fachada, y nos encargábamos de mantener limpios el patio y los jardines.

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Quitando nieve durante un arresto.

Vestir de civil estaba aún prohibido, pero teníamos cerca el bar Laredo, de Agustín de Foxá, y allí acudíamos en cuanto nos soltaban, para abandonar los hábitos militares y vestirnos con nuestras horrendas ropas ochenteras.  Por lo general, cuando nos daban “Franco de ría” (un fin de semana libre en jerga marinera), salíamos desde el cuartel por la calle del Marqués de Torroja, hacia Duque de Pastrana, y allí, en unos pequeños jardines que había frente a la Iglesia -en donde ahora está la Fundación de ayuda contra la drogadicción-, pillábamos las drogas necesarias para nuestro ocio. Después subíamos hasta la estación de Chamartín, rumbo al Laredo. Nuestra estúpida “audiencia imaginaria” nos hacía gritones, y el consumo de estupefacientes multiplicaba nuestra alegría, creando una estampa a todas luces patética. Un buen día, corriendo por la planta superior de la estación, uno de nuestros amigos saltó un seto y desapareció ante nuestros ojos. Corrimos, sabiendo de sobra lo que le había Pagado: Cayó por el hueco que lleva a la calle del piso inferior, ocho metros más abajo. Para él la mili se había acabado, aunque tuvo la suerte de poder contarlo.

A pesar de ser un cuartel burocratizado debíamos cumplir ciertos requisitos militares, maniobras organizadas siempre por el “Ayudante mayor”, oficial encargado de esos menesteres. Cuando tocaba nos llevaban en autobús hasta Hoyo de Manzanares, y nos ponían a disparar distintas armas -Ya dije que me apasionaba, pero si tengo que quedarme con una elijo las MG. Con ellas podías destrozar un monte entero, era brutal para alguien con tan pocas entendederas como yo-. Otras veces nos llevaban al embalse de El Burguillo, para refrescar conceptos marineros. Nos sentábamos en la orilla, mientras que el mismo Ayudante Mayor, sobre una tabla de windsurf, exhibía sus habilidades náuticas.

Si no estaba de guardia, estaba arrestado. Una vez por llegar tarde: Había salido de fiesta con mis amigos del barrio, y me desperté en una piscina vacía de Becerril de la sierra, a las diez de la mañana, cuando debía haber llegado al cuartel a las seis; Otra vez me comí un ácido estando de guardia, y salí corriendo hasta Duque de Pastrana con el subfusil cargado; y también fui descubierto tomando el sol, con gafas y música, sobre las garitas del tejado del edificio. Tampoco me libré de castigo cuando me emborraché antes, durante, y después del España vs Malta de diciembre de 1983, montando una pelea en la cantina; ni la misma noche del incendio de la discoteca Alcalá 20, que me pilló ebrio en Joy Eslava, cuando debía haber regresado aquella misma tarde… Por suerte no se dieron cuenta de que cuando estábamos arrestados, y pelando patatas, meábamos en las perolas de la cocina de oficiales, antes de enjuagarlas para hacer su comida; ni se enteraron de cuando vacié varios botes de “Evacuol” en la sopa de los suboficiales (espero que estas estupideces hayan preescrito, y si no es así que alguien me lo diga y lo quito del blog, pero ¡Cómo corrían hacia el baño!).

Por suerte para la Armada me licenciaron. Como era un caso especial mi nombre salió con un epígrafe propio en el Boletín oficial de la Marina. Me dieron mi cartilla, con notas negativas en todas las categorías, y me mandaron a casa. Lo celebré en una desaparecida discoteca de Madrid, un lugar un tanto macarra: Consulado. Entré junto a dos amigos, también licenciados, y rompimos nuestra ropa en la escalinata de la entrada.

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Acerca de Felipe Mellizo

Soy guionista, casi periodista, padre, pareja, ex-golfo, ex-aventurero, comilón, bruto, y seguidor del Atlético de Madrid.
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Una respuesta a Tuo Yaw (XIX)

  1. DARTH V dijo:

    Evacuol? En serio? jajajajaja….. Dios que elemento….

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