Tuo Yaw (XVIII)

Obligado por mi padre a elegir entre Marina y Legión opté por la primera, confiando en que sería un ambiente más amable y permisivo. Pero antes debía pasar por un proceso de selección; un examen de conocimientos básicos, un psicotécnico, y un chequeo médico.

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He cogido “prestado” el flyer, aunque aún conservo el mío… (No se me enfaden los propietarios, que es por pura pereza de buscarlo)

Fue hablar con dos o tres de los que competían conmigo por las mejores plazas, como mi amigo “rulos”, Pepín, o Pipo (los dos últimos en el Ejército del Aire, que nos colaron a todos los amigos en los globos que instalaron en el estanque de El Retiro cuando lo vaciaron para contar los peces, en 1982), y darme cuenta de que estaría entre los elegidos sin apenas esforzarme. Alistarse como soldado, o marino profesional, seguía siendo un salida laboral digna para muchos que, como yo, habíamos agotado otras alternativas. Te ofrecían formación profesional y militar, en un ambiente disciplinado -justo lo que yo necesitaba-. (También los había vocacionales, pero los menos, e incluso alguno que escapaba de una vida más dura, trabajando en el campo de sol a sol).

Durante unos días anduve por el barrio con el pecho hinchado y henchido de satisfacción, como si fuera la reencarnación del almirante Nelson. Me examiné, y conseguí la plaza de “Especialista en electrónica”, en la Escuela de Transmisiones y Electricidad de la Armada de Vigo [Puede que hubiera una mano negra, porque mucha gente deseaba que me fuera de Madrid de una vez, pero mi sensación fue que hice un examen perfecto, y con eso me quedo].

Y al comenzar el otoño salí para San Fernando, Cádiz, con el resto de la marinería del sexto reemplazo de 1982, para pasar el período de instrucción junto a los que hacían la mili obligatoria. Fueron tres meses muy entretenidos.

El cuartel, hoy demolido, estaba cerca de la Escuela de Suboficiales y el “Panteón de marinos ilustres”, y frente al de Infantería de marina. A su espalda las marismas, en donde practicábamos remo, con aquellas barcazas gigantescas de la Armada -mientras los lugareños buscaban cañaillas en las fangosas orillas-. Los edificios eran blancos, con arcos enmarcando los distintos “sollados” de la marinería, y en cada esquina una reliquia militar: cañones antiaéreos y ametralladoras pesadas que se usaban como fondo para las fotografías de los orgullosos reclutas. -Si alguien quiere hacerse una idea más exacta no tiene más que verse la película “Cateto a babor” (protagonizada por Alfredo Landa), rodada allí unos años antes. La instrucción, para quien no lo sepa, era básicamente aprenderse coreografías, letras de canciones, y categorías militares, además de familiarizarse con mosquetones que no habían disparado desde la Guerra Civil, y -sobre todo- aprender a “bailar el Lepanto”, una habilidad que consistía en coger el “gorro” marinero y darle vueltas sobre el dedo, a modo de plato de equilibrista -y que no se olvida jamás-.

[Puede que sorprenda, a día de hoy -como me sorprendía a mi mismo entonces-, pero en aquel cuartel -y supongo que no sería en el único de España- había una brigada compuesta por aquellos que no sabían escribir ni leer. Uno de los objetivos de aquella instrucción era que aprendieran en tres meses].   

Conforme aprendíamos lo que era la disciplina militar perfeccionábamos el arte del escaqueo, de cómo pasar inadvertido para los superiores, de cómo conseguir más comida que los demás, de cómo evitar arrestos, de cómo sacarle brillo a las botas… También aprendimos a desenvolvernos en peleas multitudinarias, fundamentalmente con -y contra- los “Lugareños”, y motivadas casi siempre por el alcohol y las mujeres, y descubrimos que el mejor bocadillo que inventó el hombre es la “ballena” de tortilla de patata. El flujo de hachís era constante, y llegaba “volando” cada noche: Un coche pasaba por la calle y se detenía un instante. Un tipo se bajaba y lanzaba una bolsa sobre los muros del cuartel, y luego otra. Se montaba de nuevo en el coche y desaparecía hacia su siguiente destino. Nadie decía nada ni sabía nada.

Las maniobras militares eran un gran divertimento, al menos para mí. Entiendo el pacifismo, y creo que es la única vía para que el mundo no se vaya al carajo, pero disparar armas de guerra es algo peligrosamente fascinante, hace que uno se sienta poderoso. EL CETME, en tiro a tiro o ráfaga; las “zetas”; y esas granadas que parecían botes malos de perfume, con su cintita de color colgando… Me encantaba el olor, el ruido… Era como tirar cohetes, pero a lo bestia.

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1982. En una lancha de desembarco. De los tres que tienen las piernas estiradas, al frente del grupo, soy el que está en el medio, con los brazos cruzados.

A veces nos llevaban al vecino Arsenal de La Carraca [aquel almacén de armas que explotó en 1947, segando la vida de varios centenares de civiles y militares, -o miles, porque el Gobierno trató de silenciar el desastre-] para subirnos a bordo de algún barco militar allí atracado; O nos montaban en lanchas de desembarco paseándonos por la bahía de Cádiz En una de las “excursiones”nos prometieron embarcar en el Dédalo, el portaaviones del que tanto presumía la Armada, a pesar de ser de segunda mano -había participado en la II Guerra mundial, e incluso recibió el impacto de un Kamikaze-. Pero una de sus muchas averías al salir de Rota nos hizo terminar en un carguero horrendo, en donde nos sometimos a las habituales charlas sobre nociones básicas de navegación y trabajo en los barcos.

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Creo que soy el primero de la segunda fila, empezando por la derecha (Mi brigada en la jura de bandera).

Tras cientos de horas de entrenamiento juramos bandera. Sé que vinieron mis padres, supongo que cada uno por su lado, pero por algún motivo no recuerdo cómo fue nuestro reencuentro. El caso es que después del evento patriótico volvía a casa unos días, antes de incorporarme a la Escuela militar de Vigo. Por fin había superado una etapa de mi vida con éxito.(Y si alguien, por puro tedio, lee esto, que sepa que todavía me quedan unos cuantos párrafos para volver a la vida civil, puede saltárselos si quiere)

Mi padre, mientras tanto, se había convertido en una estrella. Cenaba con Ministros y ministrables,  acudía a galas, recibía premios…

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Acerca de Felipe Mellizo

Soy guionista, casi periodista, padre, pareja, ex-golfo, ex-aventurero, comilón, bruto, y seguidor del Atlético de Madrid.
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3 respuestas a Tuo Yaw (XVIII)

  1. DARTH V dijo:

    Yo no me salto nada….ya sabes que soy tu fans Nº1!!!

  2. Lo sé. Y que conste que las visitas son una pasada, mucho más de lo que me esperaba para algo tan personal.

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