Tuo Yaw (XVII)

En un tiempo en el que la ideología dominaba el día a día de todos los españoles, yo opté por disfrutar de cualquier corriente política, fuera la que fuera, sin escŕúpulos. Me importaba un rábano todo aquel ruido de sables. Esa irracional generosidad me llevó a participar, en el mismo año, en la fiesta del PCE (en la Casa de Campo, en pleno mes de julio), y en la del 20-N, en la Plaza de Oriente. Yo celebraba en general, pegando voces, como si realmente me importase algo aquello. Y aunque sea adelantarme al orden cronológico de estas memorias, me gustaría contar -avergonzado, lo aseguro- que las elecciones del 82 fueron las primeras en las que participé. Unos meses antes había celebrado la mayoría de edad perdiendo dinero en el bingo del hotel Claridge, como era menester en esos días, y llegado el 28 de octubre (1982) me presenté en el colegio Los Olmos -un centro vinculado al Opus Dei- para depositar mi voto, acompañado por quince amigos y después de habernos bebido varias litronas. Una vez allí montamos un buen alboroto, y los “maderos” amenazaron con expulsarnos. En un vano intento por salvarse de la cárcel el golpista Tejero había creado un partido, Solidaridad Española se llamaba. No había un porqué, pero le votamos en grupo, muertos de risa (y quien diga lo contrario miente).

Antes de las elecciones el Alcalde de Madrid, Enrique Tierno Galván -Admirado por mi padre desde siempre-, había inaugurado la calle de John Lennon (asesinado en diciembre del 80). Aquel acto le dio no pocos votos al PSOE cuando el PSP (de Tierno) se fusionó con ellos para las elecciones de octubre, en las que arrasaron -a pesar de mi voto-. Por supuesto que dejé mi huella en aquel espectáculo callejero. Me había comido un “cuartito” de ácido (Sí, eran tiempos de LSD, en secante, micropunto, de una gota, de dos…), y bebido medio litro de moscatel de la bodega de la calle Perseo, cuando subimos, desde el recién inaugurado parque O’Donnell, hasta la nueva calle, junto al colegio Montserrat. Tierno, micrófono en mano, daba uno de sus típicos discursos populistas cuando me pegó el subidón, y sujetando violentamente una de las cámaras de TVE me puse a gritar enloquecido, y para toda España, “¡¡¡¡John Lennon… John Lennon!!!!”. Así quedé inmortalizado, para mayor gloria de mi estulticia y bochorno de mi padre, que por entonces estaba en todas las quinielas para dirigir medios y cadenas públicas, mientras que colaboraba en “La Clave” y presentaba un nuevo documental sobre la cultura y el conocimiento humano, que se llamaba “Un mundo feliz?”.

Mi padre ganaba prestigio, conforme yo lo perdía. Había empezado la serie documental, y de vez en cuando me llevaba con él a las grabaciones, intentando que me interesase por algo. De ese modo me vi haciendo de auxiliar durante su entrevista a Ian Gibson en “El León rojo”, un conocido pub irlandés de la calle Hurtado de Mendoza. Me encargaron mantener el rácord de las cervezas de ambos… Vaya tela. También me llevaba a exteriores, por la sierra. En esos rodajes aprendí a cargar carcasas de película virgen -tras horas practicando con película vieja y la funda esa en la que metías las manos para evitar que se velara-. Y pude debutar como documentalista, y colaborar en el guión -con brutales faltas de ortografía- del capítulo dedicado a “La batalla de los Arapiles”. Resulta extraño -y probablemente increíble para algunos-, pero incluso en los peores momentos fui siempre un aplicado lector, sobre todo de Galdós, y eso me había dado un conocimiento muy preciso sobre algunos episodios de la Guerra de la Independencia. Pero bastaban unas horas para que todo su esfuerzo por darme una profesión se fuera a la mierda.

Las noches eran cada vez más largas. Recorríamos Madrid de una punta a otra, ya fuera  andando, en metro, bus, o coche (los accidentes, más o menos graves, eran el pan de cada día).  Podíamos empezar en los bajos de Argüelles, pasar por “Palacete”, “Argos”, o “Limón y menta”, y terminar soltando las barcas del Retiro -como hicimos-. A veces pasábamos por los bajos de Orense (Recuerdo aquel sitio mágico, Combustible se llamaba, en el que te servían los minis desde un surtidor de gasolina; y como, estando borrachos frente al local, les quitamos un porro a dos tíos mayores, y nos dieron hostias hasta en el cielo de la boca).  “Chapandaz” era otro de nuestros bares preferidos, con aquel camarero cachas, y esos copones “de leche de pantera”, que bebíamos haciendo burbujas con el humo de la marihuana que nunca nos faltaba;  Y “San Cayetano”, en El Rastro, y sus “matrículas de honor”, que bebíamos jugando al “Penúltimo”, o “El tío maragato”. Por supuesto que fuimos a “Rockola”, y al “Marquee” algunas veces, -pero las salas de conciertos no eran de nuestros lugares preferidos-, y también a la sala “Morasol”, “América”, “Baile el baile”… Los pubs y discopubs crecían sin parar: Desde los de Covarrubias, a los de Goya (como el Bemol, a donde acudíamos cuando conseguíamos pareja, porque tenía una zona oscura con asientos “privados” en donde solo se escuchaban gemidos y jadeos).  Y por último la recientemente inaugurada sala “Joy Eslava”.

Había estallado la Guerra de las Malvinas, y para nosotros apenas era más que una canción “Yo me voy hacia las Malvinas, con un bote lleno de anfetaminas” (aunque sí que me enteré del hundimiento del Sheffield, tras el impacto de un misil “exocet” argentino). Y habíamos visto de cerca el drama de la colza, que afectó de lleno a una familia que vivía en una de las conserjerías del barrio (Padre, madre, y varios hermanos, que venían de Murcia, creo que de Totana, y de vez en cuando participaban en nuestros botellones y partidillos). No recuerdo si alguno murió, pero sí cómo se fueron consumiendo poco a poco, hasta que dejaron de salir de su casa. Joy Eslava se convirtió en nuestro hogar. Empezábamos la tarde tomando cervezas con cucharilla en “la tasquita de enmedio”, y seguíamos en “La Coquette”, en donde Alfred y José nos ponían unas copas y bocatas de pan suizo impresionantes (José y su amigo Javi trabajaban, y daban conciertos en el local. Finalmente montaron un grupo. Hoy José sigue actuando como  J. Bulevar, y es un gran tipo. Javi creo que se hizo mago). De vez en cuando veíamos las grabaciones de “Aplauso”, y gracias a las gestiones de Moncho -que era quien lideraba el grupo- y Carlos “scarface” -que tenía mucho éxito con las mujeres, y era objeto de deseo de algunos hombres-, los feos nos librábamos de pagar en la puerta. A Moncho y a Carlos siempre les esperaba alguna tía, o varias, como Sandra, o Karla, mientras que yo -el freak- me dedicaba a jugar a la máquina que había en la escalera trasera, o contar las lentejuelas de la cortina del escenario mientras bebía hasta perder la brújula. De vez en cuando bailaba, sin soltar la copa, pensando en como llamar la atención sin llamar la atención. Y finalmente regresaba a casa, en el búho, tirando a mi paso cuantos cubos de basura encontrase.

A pesar de ser generosa mi “paga” no era suficiente. El ritmo de gasto nos superaba. Pero mi padre siempre fue un desastre con el dinero, para bien y para mal. Jamás sabía cuánto llevaba en el bolsillo o la cartera, de modo que yo le limpiaba constantemente. Billetes de mil, de dos mil, y algunos de cinco mil, que escondía uno o dos días antes de usarlos, por si los echaba de menos y debía reponerlos de algún modo. Otras veces le decía que tenía que comprarme zapatos, y que costaban dos o tres mil pesetas, de “Lorenzo y Gloria” (de moda entonces) le aseguraba. Mi padre me daba el dinero sin mirarme, ocupado como siempre con sus lecturas, y yo me compraba un par en “El Bombazo” de la calle Narváez por 199 pesetas (de aquellos que estaban hechos con cartón plastificado, y que literalmente se deshacían con la humedad). Pero los billetes se me escapaban de las manos -como siempre-, de modo que empecé a quitarle pasta también a María José, y después, durante las pocas visitas que hacía a mis abuelos paternos, -que por entonces se habían trasladado a vivir a una cómoda residencia de la calle Ayala (Monte Carmelo), muy cerca de lo que fuera su casa de Castelló-, descubrí que había dinero escondido en una cómoda, y también metí mano. No contento con eso cogí una pequeña medalla de oro, una pieza insignificante que estaba tirada en el fondo de un cajón, y de camino a Joy Eslava la vendí en uno de esos “compro oro” que tanto abundan en el centro de Madrid. Fue todo un descubrimiento, y a los pocos días estaba vendiendo la segunda pieza de oro, y la tercera. Cualquier cadena o anillo que “encontrase”, fuera donde fuera, acababa en uno de esos locales de dudosa legalidad, y en el colmo de mi bajeza moral vendí uno que pertenecía a mis hermanos pequeños. Es cierto que no nos pagaban el gramo de oro al precio oficial, pero tampoco nos pedían documentos de identidad, ni de propiedad.

Nuestro contacto con la homosexualidad fue bastante transigente y natural para aquellos días. Una extraña relación de pareja de uno de nuestros amigos con una bailarina nos llevó a conocer a una curiosa familia de nuestro barrio: Alan, Falo, Junior y Johnny. Creo que eran Panameños. El mayor tendría unos cuarenta años, y trabajaba en un local de alterne de la calle de la Ballesta al que acudíamos de vez en cuando, no como clientes sexuales, sino como amigos. El segundo era coreógrafo y bailarín con un trabajo estable, el tercero era una loca estruendosa y divertida, y el pequeño una promesa del ballet (y por entonces el único heterosexual). Pasábamos muchas tardes en su casa, escuchándo música, o riéndonos con el chistoso Alan. Le cogimos mucho cariño. Era mayor, pero nos acompañaba a todas partes, siempre con un bolso en el que guardaba unas tijeras, para defenderse de los que le insultaban, unos “shorts”, y ese pelo de color rojo tan llamativo. Era una buena persona. De vez en cuando pasábamos por Chueca, por la sauna de Augusto Figueroa (cuando se podía aparcar enfrente), para recogerle, o para pillar algo de droga (A pesar de que aumentaba el número de traficantes, no era tan fácil encontrarles como lo fue en los 90). Otras veces le acompañábamos a garitos como “Leather”, y otros locales gays de la zona, y que yo recuerde jamás tuvimos mayor problema que decir que “no” a quienes intentaban ligar con nosotros (alguna anécdota sí que nos quedó de aquello, pero nada destacable). A todo esto, y suena reiterativo y obvio, me expulsaron del instituto. Robaba reiteradamente las actas de asistencia, y me enfrentaba a los profesores con asiduidad y violencia. No tenía sentido mantenerme allí.

El mundial del 82 había pasado sin pena ni gloria por nuestras vidas (y por la selección española), y apenas nos generó un par de anécdotas, cuando empezamos a cocinar pasteles de costo. Fue una temporada divertidísima y muy hogareña. Quedábamos para cocinar en la primera casa que se quedase vacía, y allí, reunidos, nos poníamos manos a la obra. Eran los mejores de Madrid. Tanto es así que un día bajamos una gran “coca” de hachís al bar, y uno de los camareros nuevos, con nuestra misma edad y falta de juicio, decidió ponerlo para el desayuno. Estuvo repartiendo trozos durante el café de los oficinistas… ¡Pobre gente! No quiero imaginarme lo mal que lo pasaron, o lo bien, cuando les pegó el subidón. Y claro, entonces nadie sabía nada de pasteles con droga, de modo que no trascendió. Nada podía frenar nuestra risa, salvo el padre de “El Lupas”, el de la tienda de marcos y espejos. Era un hombre grande, inmenso, con unas manos que intimidaban. Hablaba poco, y siempre en imperativo. Un día le encargaron la decoración de un pub de la calle Doctor Esquerdo, Eclipse. El propietario quería poner teselas de espejo por todas las paredes, como si se tratase de una gran bola de cristal. El trabajo era extenuante, porque las paredes irregulares impedían pegar placas completas. De modo que nos pagó unas monedas por hacer el trabajo sucio: EL Lupas (Carlos) y su hermano cortaban los pequeños espejos, en cuadrados de un centímetro de lado, y nosotros los pegábamos… No quedó hueco en nuestra piel para más cortes. Con tanto fumar se nos escapaban las piezas, y cada resbalón era un tajo. Así durante días. Pero hicimos el trabajo, y nos pagaron por partida doble, porque al dinero hubo que sumarle la amistad que hicimos con los propietarios, y las copas que sacamos gratis.

El garaje era otro de nuestros espacios de divertimento. A veces entrábamos para soltar el contenido de los extintores, montando un lío tremendo. Otras veces para jugar al fútbol, o hacer correr a los porteros que nos perseguían. Un día cogí el coche de mi padre, un Talbot 150 -no tenía carnet-, y salimos a dar una vuelta. Fue divertido, y repetimos. Así hasta que en una de esas, cuando mi padre dejó el coche aparcado en el patio, al sacarlo de la plaza me la pegué contra otro vehículo aparcado detrás. Dejamos de nuevo el coche en donde estaba, y recogimos todos los restos colocándolos como si fuera el otro coche quien hubiera golpeado al de mi padre. Pero Alfredo, el dueño de la cafetería, lo habia visto todo, y se lo dijo en cuanto le vio. Recuerdo que entramos en el bar, y nos encaramos con él, amenazándole y jurándole que nos las pagaría. Poco después empezamos a tirar “cerdos” (petardos gordos como un barreno que ahora están prohibidos) dentro del bar, cuando estaba en hora punta. El odio era mutuo.

En aquellos días recorrí varias academias de la ciudad; una en la calle Alcalá (cerca del conocido bar de los perritos calientes, camino de Manuel Becerra), otra en Goya, otra en Costa Rica… Tantas que apenas guardo memoria de ellas, aunque recuerdo perfectamente las clases particulares que me daban en la calle Eraso, junto al mercado de San Cayetano. La profesora, una mujer menuda y agradable, me recibía en su casa, y me sentaba en frente a una mesa camilla con faldones azul pastel. Cargada de paciencia intentaba meter algo en mi cabeza, durante dos horas, tres días a la semana. Era una buena mujer. Un buen día, cuando llevaba el dinero para pagarle, decidí quedármelo. Rompí el jersey que llevaba, me arañé con unas piedras, y regresé a casa diciendo que me habían robado, acompañando mi mentira con todo tipo de detalles… Nunca volví allí.

Aquel verano mi padre decidió enviarme a un campamento de verano organizado por el ICONA, instituto para la conservación de la naturaleza, en la Isla de Ons. Una experiencia que tampoco olvidaré. Tras llega a Ons desde Bueu, nos instalaron en unos barracones, cerca de la playa, a la izquierda del muelle. En aquellos días no había más ley en la isla que la del vigilante de ICONA, a quien apodamos “mafias”, y que recorría los precarios caminos con su escopeta a la espalda. El responsable de nosotros era un hombre grande, barbudo, pero agradable. Tenía -o trabajaba- en una librería-editorial de Madrid, en la calle Hermosilla, que todavía existe, “Miraguano Ediciones” (Cuando recuerde su nombre lo añadiré, pero por ahora solo me viene a la cabeza algo así como Zote, o Tote). Nuestro trabajo consistía en limpiar caminos, apagar pequeños incendios (casi todos provocados por una anciana residente que había perdido el juicio), y desbrozar el cementerio. De vez en cuando, en los descansos, nos fumábamos algún porro, tumbados sobre las lápidas. Fuimos leyendo los nombres, y descubrimos que apenas había cinco apellidos diferentes (mucha endogamia), y que entre todos aquellos nichos había muy pocos hombres, y mucha mujer longeva  (probablemente sea común en antiguas comunidades dedicadas a la pesca).

Nos recorríamos la isla subidos en un “dumper”, con el que llegamos a volcar por nuestra ineptitud. Cogíamos nécoras, pulpo, y buey de mar, y nos asomábamos al “buraco do inferno”, jugando peligrosamente en el borde del embudo. Con dos patéticas piraguas recorrimos la costa, y fracasamos peligrosamente intentando llegar hasta la cercana isla de Onza. Y aprendimos a “mazar” el pulpo en el muelle, dirigidos por señoras expertas que nos explicaban la razón de que fueran 33 los golpes que debíamos dar -ya no recuerdo el origen del número-, y a formular el conjuro de la queimada.

El largo brazo del vicio había llegado hasta allí desde Sanjenjo y Villagarcía. Primero con los consumidores de estramonio, que a punto estuvo de mandarme al otro barrio, y después con el muestrario habitual. A mi me dio por el Bustaid (siempre fui muy de “bustaid”, y de esa confusión sentimental en la que te sumergía, queriendo a todo y a todos hasta llorar de emoción).

Ver la costa, y distinguir los incendios veraniegos de las luces de las ciudades, era  otro de nuestros entretenimientos en aquellas noches veraniegas. Eran años duros de enfrentamiento entre terratenientes, narcotraficantes, y miembros del Bloque -expulsados del Parlamento tras negarse a firmar la Constitución del 78-. Galicia entera ardía por dentro y por fuera, pero de sus cenizas salieron grandes artistas, como Golpes Bajos, o Aerolíneas Federales.  Regresé a Madrid entero.

Habiendo sido expulsado de todas partes mi padre probó a matricularme en cursos de informática, y como tampoco tenía talento para “basic” ni “cobol” me envió a la Escuela de Radio de la calle del Carmen 17, que dirigía un conocido suyo, Román Beitia. Al menos completé el curso de iniciación sin romper nada, y sin saberlo entonces, coincidí con dos personas que años después serían grandes amigos míos: Juan Carlos Cueto y Javier Pérez de Albéniz. Finalmente mi padre, con el apoyo de su colega Pedro V. García, que entonces era el experto en informacion militar de TVE, tomó una decision: “Elige hijo, dos años a la legión, o tres a la Armada”. (Ese mítico grupo de periodistas que trabajaba en informativos, con Enrique Vázquez como jefe, y Pedro H, Pedro V, Tello Zurro, Pedro “Perico” Ricote…)

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Acerca de Felipe Mellizo

Soy guionista, casi periodista, padre, pareja, ex-golfo, ex-aventurero, comilón, bruto, y seguidor del Atlético de Madrid.
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Una respuesta a Tuo Yaw (XVII)

  1. DARTH V dijo:

    Lo de las votaciones me ha encantado…. qué fue? legión o armada?… que putada mi brigada… jajajajaja

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