Tuo Yaw (XVI)

Mi padre no tuvo más remedio que hacerse cargo de mi.

No recuerdo si pasamos por su casa de la Plaza de Cristo Rey antes, o después, pero sí que terminamos viviendo con su pareja, María José, y mis dos pequeños hermanastros, Álvaro y Laura, en El Escorial, en la calle Floridablanca 14. Supongo que para María José -pocos años mayor que yo- no sería agradable cargar con un adolescente conflictivo, concentrada como estaba en estudiar periodismo, y sacar adelante a dos hijos que apenas se llevaban once meses, pero me recibió con una sonrisa. Pobre, si hubiera sabido lo que le esperaba…

[Antes de seguir “espolsando” mi desastrosa existencia me gustaría dejar claro que no me enorgullezco de la infinidad de estupideces que protagonicé a lo largo de mi vida. Lamento mucho haber hecho sufrir a mis padres y madres, a mis hermanos, amigos, y a tanta gente a la que ni tan siquiera conocía. Es evidente que no cuento todo porque; ni quiero hacer daño a nadie con estos textos, ni que me lo hagan a mi. Ah, y resulta obvio para los que me conocen, pero siempre he tenido muchísima suerte -al menos hasta hoy-].

Era un piso alto, abuhardillado, moderno, próximo al Teatro Carlos III y a varios bares y restaurantes de los que mi padre era cliente habitual, como La Cueva, Fonda Genara, o El Charolés. En aquellos días se le veía mucho con otro personaje escurialense popular, y no menos extravagante que él: El pintor aragonés Viola. Le recuerdo como un hombre grande, canoso, y divertido. Yo me sentaba con ellos de vez en cuando, mientras discutían sobre política y pintura, siempre con la intención de conseguir algo de dinero para mantener mis vicios, aunque para lograrlo tuviera que soportar comentarios más o menos molestos sobre mi, y decenas de consejos para enderezar mi rumbo. Los amigos de mi padre siempre fueron generosos e indulgentes conmigo.

El curso lo dimos por perdido -normal-, aunque mi padre me apuntó a una academia local de recuperación para que mantuviera el contacto con mi malograda educación. Como complemento, y para tenerme más tiempo bajo control, me puso a trabajar como mozo en un taller mecánico: MAVILSA, en la Calle del Rey. Mi trabajo consistía en barrer, recoger herramientas, sujetar, y otras tareas de mayor responsabilidad, como ir a comprar los bocadillos de media mañana para los mecánicos. En unos días me gané su confianza, y me permitieron asumir otras responsabilidades, como lijar chapas, emplastecer, lijar de nuevo, emplastecer… La primera semana pensé que perdería los brazos; Tras ocho horas diarias frotando me dolían como si estuvieran metiéndome plomo fundido por el tuétano. Pero descubrí un analgésico: El disolvente. Había latas de disolvente industrial por todas partes, y a falta de dinero para cosas mejores me dediqué al “olisqueo” indiscriminado de productos químicos, como el controlador de “Aterriza como puedas”.

No me pagaban -sospecho que mi padre no quería que yo tuviera dinero-, pero descubrí que una empresa vecina empleaba a chavales para descargar camiones de helado a cambio de unos “duros”, de modo que empecé a trabajar para ellos cuando terminaba en el taller. Con ese dinero podía ir a Villalba de vez en cuando, para reencontrarme con mis amigos, y pillar algo (Colarse en “Sing-sing”, “El Ojo izquierdo”, o “Keeper”, los garitos de moda de El Escorial, era del todo imposible. Y llegar a Villalba en tren era económico: Durante años jamás pagué un solo billete de tren, aunque tuve que correr mucho por las estaciones). El vandalismo seguía siendo el final de cualquier día de fiesta. Romper, pintar, robar, y correr… Desaliñado, desgarbado, malencarado. “Eres carne de cárcel”, me repetía mi padre.

Un día me dejaron al cuidado de mis hermanos pequeños. Mi padre y María José tenían que irse a una cena, y volverían tarde. Tenía todo preparado, ropa, comida, y pañales, y di mi palabra de no liarla. Visto con perspectiva parecía una prueba, como si quisieran medir mi madurez. Les salió mal. Los dos bebés empezaron a llorar en cuanto se cerró la puerta. Al principio no les presté atención, y me lié un porro. Me estaban agobiando. Muy especialmente Álvaro. De modo que abrí la ventana, y le amenacé con tirarle al vacío, sujetándole con mis brazos en el aire. Pero ni por esas. Ambos seguían llorando, y solo callaban cuando se encanaban. Sus pañales rebosaban, y estaban manchando el suelo y el sofá, así que me los llevé al baño, metiéndolos en la bañera sucios y desnudos. Resbalaban conforme les enchufaba con la ducha, sin dejar de llorar ni cuando les entraba agua en la boca. Finalmente los saqué, limpios y sin grandes traumatismos, y los senté sobre unas toallas en el sofá. El pequeño se durmió, pero Laura se mantuvo llorando hasta que llegaron sus padres. Cuando abrieron la puerta, y vieron el campamento de refugiados abandonado que había en el salón, se dieron cuenta de su error: Ni les había dado comida, ni agua, ni vestido después de la bañera… Otro punto negativo para mi historial.

Finalmente nos trasladamos a Madrid.

El Barrio de la Estrella era una zona aún en construcción, cerca de la M-30. Bloques de ocho y quince pisos marrones, con pequeñas zonas verdes, y locales comerciales que cuando llegamos allí todavía buscaban dueño. La casa era cómoda, funcional, con cuatro dormitorios, perfecto para que pudiéramos vivir los cinco. Durante los primeros días no pude dormir, acostumbrado a las frescas noches serranas el calor y el ruido se me hacían insoportables. El zumbido constante del tráfico era una tortura, así  como las voces de los patios, y el ruido de cisternas, o el claxón de los coches…

Los vecinos eran exageradamente heterogéneos: Políticos de extrema derecha, que compartían portal con socialistas en ascenso, deportistas, jueces, personal de embajadas de medio mundo, republicanos acérrimos, tenderos exitosos, militares franquistas a punto de pasar a la reserva, intelectuales recién llegados del exilio… Rápidamente hice amigos. Estaba decidido a enderezar mi rumbo, a vivir una nueva vida más acorde con mi edad. En mi misma planta vivía José Miguel, un canario rubiales, que tenía mucha guasa -y su padre un buen whisky-; y en el piso siguiente Carlos “El Lupas”. Los padres de Carlos tenían una tienda de “cristales, marcos, y espejos” en Moratalaz, y otros dos hijos mayores que él. Uno era un peligroso golfo de barrio, y el otro un simpático forzudo con síndrome de Down. Con ellos jugaba al fútbol en el patio, o en el cercano instituto, o simplemente pasaba la tarde escuchando música´, y cuando el día no estaba para salir de casa nos dedicábamos al  ping-pong de la primitiva consola de José Miguel, comprada en Canarias claro, o al recién llegado juego de mesa “La fuga de Colditz”, de “El Lupas”.

En pocos meses se habían vendido todos los pisos y locales de nuestro edificio. Primero abrieron una tienda de muebles -cuyo propietario desapareció en menos de un año llevándose el dinero de varias familias-, después unos billares, y también un bar, el “Gaboy`s”, que sería nuestra base durante varios años. Allí, en el bar, nos reuníamos todos los jóvenes de la zona, veinte o treinta, de muy distintas edades. Mi grupo se completó con Moncho, y otro Carlos -un nombre muy común en nuestra generación-, que tartamudeaba por culpa de un accidente -su anterior pandilla intentó crear una bomba con una lata de café metálica (carbón vegetal, azufre, y nitrato de potasio, como sabíamos todos los que tuvimos el “Cheminova”, o disfrutado de la versión original del “Anarchist Cookbook”). La mecha prendió demasiado rápido y la detonación pilló a varios. A Carlos se le clavó una chapa del bote en el pómulo, desde la nariz a la oreja, dejandole marcado para siempre, y provocándole un tartamudeo que le hacía muy popular-. Carlos tenía varios hermanos también, y para mayor gloria de sus padres el mayor había triunfado como futbolista en el Saint Étienne, entonces un club puntero en Europa.

Como suele suceder en esas grandes concentraciones de jóvenes, cambiábamos de grupo con frecuencia. De ese modo intimé también con la pandilla de de la calle Estrella Polar , especialmente con Javier y Carlos. Gente admirable, porque a pesar de su golfería consiguieron terminar los estudios, y hoy son exitosos empresarios y abogados. Pero entonces habían formado un grupo conocido como el Club C.A.A (club de amigos del alcohol) y cada noche, antes de salir, cantaban el himno y bebían un par de botellas de licor para animarse (“Somos, somos, somos borrachos del club C.A.A, seremos, seremos, borrachos hasta el final. Bebe, bebe, no hay mayor placer. Bebe, bebe, no hay nada como el beber”). Invariablemente las fiestas acababan con unos cuantos de nosotros inclinados sobre los setos de aquellas calles con nombres de constelaciones y estrellas, intentando expulsar a los demonios de nuestro interior; Otros grupos eran más belicosos, como la gente del Mallorca en Madrid; Una pandilla que contaba con algunos conocidos miembros de la ultraderecha más violenta de la capital. Cuando nos juntábamos frente al hotel Colón jugábamos al pasillo, en una de las modalidades más salvajes, con patadas y puñetazos; También estaban los fornicadores, un grupo mayor, con el guaperas del hermano de Javier a la cabeza, con más dinero que nostros, y que siempre iban acompañados por tías; O los que se lo metían todo, como Fran y Festus, a los que llegaron a sacar los policías de su habitación por las denuncias de su madre, y que cuando fueron enviados al ejército llenaron la mochila de botes de Novoprem como único equipaje (el pegamento de moda entonces); Y por último los de Moratalaz, con los que pasábamos mucho tiempo por ser ex-vecinos de algunos de mis nuevos compañeros. Era un grupo de freaks con los que nos dedicábamos a llamar a gritos a la policía, cerca del campo de fútbol del Urbis, para que nos detuvieran y cachearan (previamente habíamos escondido la droga en el parque y llenado los bolsillos con juguetes infantiles). Habían formado un grupo de rock conocido como “Los imbéciles de siempre”, y llegaron a actuar en La Lonja de Moratalaz, interpretando sus éxitos “Confidencias con Nutrexpa” o “Las Puteznas del Bra” (Qué decía, más o menos, así: Allá en la lejanía, se acercan dos tías, que son más feas que dos baterías de cocina Bra… En un burdel de Tahití, me molan cantidad, son las Puteznas del Bra), y terminando la actuación como siempre, rompiendo cosas propias y ajenas. Recuerdo que uno de aquella pandilla, Chanete creo que se llamaba, apareció un día muerto en el parque: Se había ahogado con el pegamento de la bolsa que esnifaba.

Me matricularon en un instituto público, el Mariana Pineda, de Moratalaz, y me apuntaron para probar con el rugby, en el cercano Canoe. Empecé con ganas, pero me duraron poco. Los porros acompañaban mi día a día, y me aficioné a las pastillas. En aquellos días se vendían sin receta en cualquier farmacia y por poco dinero, y después se podían re-vender sacando algo de beneficio. “Bustaid”, “Minilip”, “Rohypnol”, “Desidrina” (dexedrina), “Maximabato”, “Centramina”, “Valium”… Y vuelta a empezar. Peleas, borracheras, detenciones. En el instituto no me querían ni ver, y yo no quería ni ver la puerta de la comisaría de la calle Lira. Casualmente un día, que nos habían parado al pillarnos con pegamento en un parque, resultó que habían detenido a mi padre también. Por lo visto no llevaba documentación, y había bebido un poco. Pocos días después nos enteramos de que uno de los mayores había muerto, cayéndose desde una azotea por la que corría perseguido por la policía.

las peleas multitudinarias se sucedían, y siempre había alguien armado. Tiros cerca del Adam`s Apple, punkis en el puente de Vallecas… Con la voz de alarma corríamos como locos al encuentro de los rivales, reales o imaginarios -que también los hubo-, cogiendo todo aquello que pudiera sernos de utilidad. Recuerdo una de las gordas, cerca de Sainz de Baranda, en la que pincharon a uno de mis amigos en el vientre. No se dio no cuenta, de pronto nos fijamos, se estaba desangrando (el creía que se estaba meando encima). En la refriega alguien sacó un 22 y le pegó un tiro a otro amigo en la frente, con la suerte de que la bala le rozó, sin entrar en el cráneo pero dejándole marcado para siempre, el “diadema” le llamábamos, porque se le cayó el pelo de la zona por la que se había desplazado la bala, entre la piel y el hueso. Por suerte el hospital -Francisco Franco entonces- estaba cerca, y muchas tardes acabábamos sentados en la entrada de urgencias. Yo participaba de una forma muy cobarde en aquellos altercados, golpeando lo menos posible pero fingiendo ser tan estúpidamente viril como los demás. Un buen día, y nunca dejaré de arrepentirme, fuimos a un garito de la calle Naciones a buscar bronca. De entre todos fui yo el elegido para llevar una pistola, una “star” que no sé de dónde había salido -creo que era del padre de uno de mis colegas-. Sentía su peso y me temblaban las piernas, sudaba. Nos metimos dentro y tan rápido como pude me quité la cazadora, dejándola en un sofá del local. Para colmo me dijeron que era un bar de policías, y que varios estaban en la barra. Fueron dos horas terribles. Finalmente nos fuimos, y yo devolví el arma al propietario. Estuve cerca de perder el conocimiento de puro miedo, porque el juicio ya lo había perdido hacía tiempo, pero recordaba aquello que me decía mi padre: “si llevas un arma debes estar dispuesto a utilizarla, o la usarán contra ti”.

Mi padre colaboraba con varias publicaciones, profesionales la mayoría, y aparecía de vez en cuando en el programa LA CLAVE de Balbín, con su pipa de tabaco “Amphora whisky”, y hablando de ciencia, filosofía, política, o su admirado “Rey Arturo”. Estaba muy bien relacionado, y le habían ofrecido dirigir y presentar un documental sobre los avances en conocimiento de la humanidad que se titularía “Un mundo feliz?” (en honor a Aldous Huxley).

Mis relaciones con las tías fueron igualmente desastrosas. No era un seductor, la verdad. Reconozco también que el sexo nunca fue una obsesión para mi, como lo era para otros. Recuerdo que una vez, en una fiesta en casa de un amigo, me quedé solo. Todos se habían enrollado y marchado a las habitaciones con tías, salvo una pareja, que directamente estaban revolcándose delante de mis narices. Se rieron un poco de mi -ya era el freak- pero me recordaron que había una chica, Margarita, que vivía cerca y a la que yo le gustaba. A mi esto del sexo no me parecía tan divertido como romper cosas, o meterse en líos, pero la llamé. Nos enrollamos, y estuvimos juntos unos meses. No teniendo donde meternos nos dedicamos a fornicar al final de las escaleras, o en el descansillo del cuarto de los ascensores. Un buen día nos pilló su padre, y yo prácticamente me tiré por el hueco de la escalera para salvar mi vida. Otra vez fuimos sorprendidos por mi padre y María José, en casa, pero en mi familia aquello no estaba tan mal visto. Al poco tiempo me dijo que teníamos que hablar, que había un problema: Estaba embarazada. Me entró el pánico. No sabía si salir corriendo, o decírselo a mis padres, pero ella, mucho más madura, se me adelantó, asegurando que no pensaba tenerlo. Respiré aliviado, aunque después de aquello no la volví a ver más. Ni la busqué, ni me buscó.

Los pisos de la calle Sirio habían sido ocupados por la flor y nata del socialismo-neo-socialista de aquellos días. Entre mis vecinos estaban Felipe González, Cosculluela, Galeote… Junto a estos personajes, que luchaban por conseguir una victoria en las elecciones del año siguiente, convivía una nutrida colonia de nuevos ricos, fachas, fachillas y facciosos, de “aguilucho” y “vivaespaña”.

María José me soportaba con gran esfuerzo -normal, sabedora de que me dedicaba a cogerle dinero de manera sistemática-, y me acababan de expulsar del instituto del barrio por faltar a clase durante varios meses -tampoco sorprendió a nadie-. Mi padre se había marchado a Nueva York, no tengo ni idea de a qué, no sin antes castigarme por haber intentado robar su coche, y estrellarme en el mismo parking del edificio (intentamos fingir que otro coche lo había golpeado, dándose a la fuga, pero el dueño de un bar cercano nos delató). De manera que no podía salir de casa…

Ni recuerdo el día de la semana, ni me importaba entonces, pero para no saltarme el castigo decidimos hacer fiesta en el portal –como tantas otras veces-. Cargaditos de costo, papel y filtrillos nos sentamos en un cómodo rellano, entre el segundo y el tercero. Sabíamos que el portero no nos diría nada por miedo –era un buen hombre, que había colgado los hábitos por una mujer, y al que teníamos frito con toda clase de amenazas y putadas-. Bien, pues cogimos también cuatro botellas de gaseosa, una de ron, y dos cajas de aerored, para –entre porro y porro- beber, eructar y peernos (ignorando que la misión de aquellas pastillas era disolver los gases, y no potenciarlos). No podíamos más de la risa, ni del ciego, cuando –simultáneamente- salieron de las casas algunos padres. María José, la mujer del mío, me pegó una voz y yo, como pude, me comí los últimos cuatro aerored y me bajé para casa –entre pedo y pedos-.

La pobre María José estaba alteradísima, y yo no dejaba de sonreír ante tanta conmoción. Me fui a la habitación sin entender un carajo de lo que me había dicho… Algo de un “Golpe de Estado”.

La mitad facha de nuestro barrio no se quedó en casa. Muchos de mis amigos de entonces eran profundamente anti-demócratas –sin saber el significado de aquello, por supuesto-, e igualmente golfos y borrachos. Para ellos ondear la bandera española era un fin. Evidentemente no perdieron el tiempo…

María José llamó a mi búnker con gran alarma: “¡Pipe, Pipe! ¡Están en la calle! Yo me había quedado absorto mirando las caras de los componentes del grupo Kiss del póster que había en mi cuarto, mientras apuraba una china que le había mangado al Lupas. Salí con toda la velocidad que me permitía el pedo y me acerqué a la terraza. Y allí abajo, frente al bar, estaban todos. Banderas y más banderas. Entre gritos de ¡Franco! ¡Franco! Pude distinguir a mis amigos: Moncho, Carlos… ¡Qué juerga! ¡Qué movida! Mientras María José cogía el teléfono me quedé escuchando los cánticos… ¿Dónde están esos rojos? ¿Esos rojos dónde están..? A voces les respondí que en la escalera de al lado –la casa de Guillermo Galeote-, porque mi padre no estaba en Madrid, e hice una seña a mi amigo Moncho para decirle que me esperase, que bajaba.

Mará José hablaba por teléfono con alguien –estaba yo como para saber con quién-. Tenía miedo y la radio puesta a un volumen ensordecedor –es normal que estuviera atemorizada: pocas semanas antes habían llamado diciendo que le enviarían la cabeza de mi padre (que ya era un rojo famoso) en una bandeja-. Yo no entendía nada así que me fui por la puerta de la cocina a la calle –no podía consentir que hubiera una celebración sin mi-.

No sé cómo fue, pero acabé en la entrada de la cafetería Gaboy`s (la del chivato) en un estado de embriaguez total. Eran las cuatro de la mañana y los tanques estaban en la calle. Tardé varios días en enterarme de lo que había pasado.

Mi padre regresó a los cinco días del golpe y siempre nos quedó la sospecha de que se había marchado porque sabía lo que iba a pasar…

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Acerca de Felipe Mellizo

Soy guionista, casi periodista, padre, pareja, ex-golfo, ex-aventurero, comilón, bruto, y seguidor del Atlético de Madrid.
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3 respuestas a Tuo Yaw (XVI)

  1. DARTH V dijo:

    Estas vivo de milagro…. ay de verdad, esto cada vez me sorprende y conmociona más amigo….

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