Tuo Yaw (XV)

Durante unos días deambulé por la zona, durmiendo en donde podía. Me ocultaba de policías y familiares en los andenes de la estación, en los muelles de carga de la ruinosa empresa MADE, o bajo los puentes de la autopista, poseído por una extraña sensación, mezcla de aventura y heroicidad, tras la que se ocultaban mis abrumadoras carencias. Muerto de frío tarareaba aquellas canciones tristes -que aún canto cuando llueve (o para que llueva)-, como “Don`t look back”, “Shadow of a lonely man”, o “A man  i’ll never be” de Boston, y muy especialmente “Leaving home ain’t easy” de Queen:

I take a step outside
And I breathe the air
And I slam the door
And I’m on my way
I won’t lay no blame
I won’t call you names
‘Cause I’ve made my break
And I won’t look back
I’ve turned my back
On those endless games

I’m all through with ties
I’m all tired of tears
I’m a happy man
Don’t it look that way?
Shaking dust from my shoes
There’s a road ahead
And there’s no way back home
Ohh but I have
Leaving home ain’t easy
Oh I never thought it would be easy
Leaving on your own
Oh is the main thing calling me back?
Leaving home ain’t easy
On the one your leaving home…

En ocasiones me colaba en casa de mi madre, saltando el muro, y Meli, la chacha de mi abuela, me sacaba algo de comer sin que nadie se enterase -al menos eso es lo que ingenuamente yo pensaba, aunque luego supe que no era así-. Finalmente me decidí a entrar en La Pérgola.

La crisis del petróleo, y el aumento de las obligaciones fiscales de los antiguos señoritos, había dejado la casa sin servicio permanente. Ya no había guardeses, ni jardineros mantenidos con un miserable salario, por lo que durante los inviernos la casa se convertía en una selva. Las malas hierbas crecían por todas partes, y los perros se asilvestraban, atrapando gatos, ratas, y aves. La finca tenía un aspecto fantasmagórico, con el viento moviendo las hojas de un lado a otro, y la oscura piscina, poblada por bichos repugnantes que se alimentaban de los cadáveres de ratones y ranas que caían en sus ponzoñosas aguas -cuando no estaban heladas-. Mis tíos no se acercaban por ahí en invierno, y la casa vieja, la de mis abuelos, estaba cerrada a cal y canto, pero yo sabía abrir aquellas viejas ventanas sin esfuerzo, y entré en aquel oscuro edificio.

Ocupé una de las habitaciones del piso superior, la más luminosa, y encontré mantas para taparme. No sabía por cuánto tiempo estaría allí, ni tan siquiera me lo planteaba, pero pedir perdón no estaba entre mis planes.

Mi primo Mauro, que en aquellos días iba y venía de una fiesta a otra -por qué no decirlo-, apareció de pronto con un par de amigos. Por suerte para mi no entraron en la casa grande, sino que se instalaron en un pequeño bugalow que había junto a la salida trasera de la casa. Yo les espiaba. Ponían música y se encerraban durante horas, a veces toda la noche, y después salían para no volver hasta el fin de semana siguiente. Cuando se marchaban yo entraba a aquella cabaña por la ventana del baño, y rebuscaba entre sus pertenencias. Siempre encontraba algo interesante, incluso dinero. Después me ocultaba de nuevo en el viejo caserón, paseando como un fantasma por aquellas habitaciones, subiendo y bajando la gran escalera de la entrada, o pasando al salón del abuelo. Sobre la mesa, junto a su vacía lata de ducados, encontré un cuaderno, y unos bolígrafos, y empecé a escribir extraños textos, fundamentalmente cartas de suicidio bajo el título “una palabra tuya…”. El contenido era previsible: En cada relato elegía una manera de quitarme de enmedio, ya fuera arrojándome al vacío, como cortándome las venas, y siempre dejaba una nota explicando que no veía un lugar para mí en este mundo. A veces aporreaba el piano, pero tampoco era bueno en eso, y el eco resultaba aterrador, y se podía escuchar desde la calle delatándome. Rebuscaba entre los cajones, subía a la misteriosa habitación del servicio… Es evidente que no me acerqué al instituto en ningún momento: Simplemente dejé de estudiar, pero por suerte para mi la casa tenía una buena biblioteca, y aburrido empecé a leer.

Con el dinero que conseguía, generalmente por medios ilícitos -incluyendo la venta de objetos de la propia casa-, me pagaba alguna excursión a la sierra. Ya no podía esquiar, pero tampoco lo necesitaba. Hice nuevos amigos, unos tipos greñudos que practicaban un tipo de montañismo muy popular entonces. Básicamente se trataba de llegar a un lugar apartado del resto de la humanidad para drogarse sin molestar, ni ser molestado. La sierra estaba llena de aquellos “montañistas” que, como nosotros, se instalaban en refugios en donde apenas cabía un alma. Nuestro grupo ocupaba casi siempre el abandonado apeadero de “Collado Albo” -a la sombra de siete picos-. Comíamos latas de fabada y bebíamos agua de una fuente cercana, y cuando llegaba la tarde empezábamos a fumar, beber, esnifar, comer, oler… Siempre con la banda sonora habitual (Deep Purple, Led Zepellin, Pink Floyd, Cucharada, Leño, Coz, Ñú, Alameda, Medina Azahara…). Un fin de semana decidimos movernos hasta un precioso refugio, en lo más hondo del valle que queda al norte de la carretera que conduce desde Navacerrada a Cotos, junto al arroyo del Puerto del Paular. Bajamos por el camino, desde la estación de tren, y tras una marcha de media hora encontramos el edificio. Estaba en una planicie nevada, rodeada de pinos y arroyos cristalinos. Había dos o tres grupos ya instalados, mayores que nosotros, todos con el mismo objetivo. Nos saludamos, bebimos, y compartimos algunos porros antes de comer. Al acabar la comida algunos de los mayores sacaron jeringuillas, y empezaron a picarse. Unos en la mano, otros en el brazo… Rohypnol, heroína… El miedo a las agujas me había protegido siempre, pero me dejé llevar y acepté una invitación. Me la pusieron en la mano, cerca del pulgar. Por entonces yo estaba flaco como una escoba, de manera que fue rápido y fácil. Uno de los mayores empezó a correr como un loco, entre las risas de los demás, y al tropezar se golpeó la cabeza con una rama, abiéndose una gran herida. Nadie le dio importancia. Debía estar sonando “Stairway to heaven” cuando perdí la conexión con la realidad.

En materia de fantasmas y otras ficciones nunca fui un valiente, y las noches de La Pérgola eran larguísimas. La casa no tenía electricidad, porque se cortaba cuando estaba deshabitada. Tampoco calefacción. Muerto de frío cruzaba aquellas viejas estancias hasta llegar al que había elegido como mi dormitorio. A la luz de una vela me encerraba, bloqueando la puerta con una silla, y me metía en la cama, cubriéndome cuanto podía. En los peores momentos de insomnio y alucinación llegué a escuchar como algo, o alguien, hacía sonar una tecla del piano. Yo me encogía aún más, y pasaba así las horas, sudando como un pollo, sin apenas respirar hasta el alba (la lectura de algunos cuentos de Borges, Lovecraft, o Poe, no ayudaba mucho).

¿Me buscaban?: NO. Así es. Mi padre no debía estar al tanto de mis fechorías. Su mujer, María José, estaba a punto de dar a luz al segundo de mis hermanastros, Álvaro, y su trabajo le obligaba a pasar largos períodos fuera de España, se supone. En ningún momento llegué a pensar en mi futuro, ni me preocupaba un rábano qué sería de mi familia. No les necesitaba, y estaba a punto de cumplir 16 años, era ya todo un hombre ¿No?

Una de aquellas aterradoras noches, después de leer el cuento aquel (creo que de Borges) en el que una presencia maligna y sobrenatural va haciéndose con las habitaciones de la casa del protagonista del relato hasta hacerse con ella por completo, escuche un ruido diferente a los que estaba acostumbrado, y mucho más aterrador y cercano. Venía de la zona en la que estaba el dormitorio de mis abuelos. Parecían gemidos, pero fueron ganando en fuerza hasta convertirse en gruñidos roncos. Mi psicosis fue en aumento hasta que no pude más. Cogí un bastón y, dispuesto a morir matando, salí de la habitación. Crucé todo el pasillo de la planta intentando localizar la fuente de aquel ruido. El corazón se me salía del pecho. Al fondo de la habitación vi algo que brillaba. Me acerqué bastón en ristre, y cuando estaba a punto de soltar el golpe me di cuenta de que era una cabeza, calva… ¡Mi padre! Durmiendo y roncando como un cerdo. Le desperté.

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Acerca de Felipe Mellizo

Soy guionista, casi periodista, padre, pareja, ex-golfo, ex-aventurero, comilón, bruto, y seguidor del Atlético de Madrid.
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4 respuestas a Tuo Yaw (XV)

  1. DARTH V dijo:

    Madre mía…… FELIPE!!!!!!

  2. Jajaja. Lo peor es que la mía duró 22 años. Y lo mejor es que sobreviví.

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