Tuo Yaw (XIV)

Hice más amigos, cada vez menos prudentes, y me dedicaba al vandalismo de manera sistemática, bien fuera rompiendo cristales de casas a pedradas -estuvieran o no habitadas-, como dañando vehículos estacionados, o tirando botes de añil a las piscinas privadas para estropearles el baño… Y siempre acababa escapando a la carrera por prados y callejones, trepando y saltando muros con bastante agilidad, ayudado por ese físico simiesco que aún hoy me caracteriza.

Cerca de la “Plaza de los cuatro caños”, junto a “La ´Pérgola”, uno de los amigos del pueblo tenía una vieja casa abandonada que decidimos convertir en nuestro club. Lo bautizamos como “Pub Octopus”, y tras encalar la construcción, por dentro y por fuera, dibujamos el nombre en la fachada, con grandes letras, junto a un pulpo negro.

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Solar de la calle Cantarranas en donde estaba nuestro “club”. (FOTO DE STREET VIEW)

El hijo del herrero fabricó una cabina de “dj-pinchadiscos” que instalamos en el salón. Otros hicieron bancos con colchones viejos y ladrillos apilados, y colgamos bombillas pintadas a mano por todas partes. Allí nos reuníamos muchos para escuchar música

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No me pude escapar para ver aquel mítico concierto del “Rocktiembre”, pero el disco me marcó.

 

, beber, y bailar, y en ese lugar, borracho como una cuba, es en donde perdí mi virginidad (suena mal, pero aseguro que las demás expresiones pegan menos aún con lo que fue aquella sórdida experiencia). La había visto alguna vez por el pueblo, y su fama no me era ajena. Estaba tumbada en una colchoneta bastante sucia, en una de las habitaciones “privadas” en donde pasaban las horas las pocas parejas que había en el grupo. Yo no era el primero, y puede que ni el segundo de la tarde, pero espoleado por los amigos entré, me bajé los pantalones, y forniqué como un macaco. Me levanté, salí con “honores”, y seguí bebiendo hasta la hora de irme a casa, con la sensacion de haber cubierto un expediente necesario para ingresar en el mundo adulto.

En aquellos días conocí a un tipo de Alcorcón, seis o siete años mayor que yo. Estaba rematadamente loco, y los tres o cuatro menos inteligentes nos hicimos devotos suyos de inmediato. Se inyectaba heroína delante nuestro, ofreciéndonos, y robaba coches que traía cada fin de semana al pueblo. Nosotros nos subíamos con él para dar vueltas por la sierra haciendo el cafre, y luego los destrozábamos saltando con ellos en una rampa de autoescuela que había en la carretera de Moralzarzal, cerca de mi casa; o estrellándolos contra muros y rocas en la zona del “Cerro del telégrafo”, pero la mayoría nos resistimos a las agujas. Un día apareció con una “zeta”, el arma de la Guardia Civil. La llevaba en suelo del asiento trasero. Nos dijo que fuéramos con él a Madrid, que nos lo íbamos a pasar cojonudamente. No sé de dónde salió el sentido común que me empujó a decir que no, pero me quedé en tierra. Nunca más le vi. Se llamaba Juan.

Mi madre se enamoró. Fue una sucesión de casualidades lo que les unió. Pedro había sido nuestro vecino, diez años antes, en Madrid, en la casa de Joaquín María López. Casualmente se fue a vivir a la sierra a la vez que nosotros, y de nuevo casualmente envió a sus hijos, Juan y Carmen, al mismo colegio que el nuestro, en Torrelodones. Ahora el destino les había puesto juntos, y en el mismo estado civil, y mi madre necesitaba con urgencia que alguien diera sentido a su vida. Tuvo suerte. Pedro Negrón era comandante de Iberia, de aquellos que aún mantenían su estatus militar (teniente coronel en aquellos días). Era un tipo “chulillo”, siempre con sus cazadoras de piel con el gato, y el mítico lema de “no le busques tres pies” en la espalda.  Jamas abandonaba sus gafas rayban clásicas, y conducía un todoterreno descapotable. Era un “Jake Cutter” (para los que tengan edad de recordar aquella serie de “Los cuentos del mono de oro”), algo bastante alejado de la imagen de intelectual romántico y eterno perdedor de mi progenitor. Pedro fue un balón de oxígeno para mi madre, en todos los sentidos. Gracias a él consiguió olvidar todos los malos tragos que mi padre le hizo pasar. Empezó a salir a cenar, a hacer escapadas románticas, a reír… Poco a poco Pedro fue haciéndose con el rol de padre, en una familia cada vez más numerosa, y muchísimo más complicada de lo que podía suponer.

En el instituto Jaime Ferrán estaban a punto de echarme… Todos los días. Había repetido curso, y mis fechorías se contaban por decenas: Robo de un reloj en el vestuario -cuando jugaba en el equipo de voleyball-; agresiones verbales y amenazas a profesores; vandalismo con el coche del director del centro; rotura de cristales con bolas de nieve que encerraban piedras en su interior; llegar a clase sistemáticamente tarde -y alguna vez con las tablas de esquí-; hacer “los galgos” (Buying despiadado que consistía en meterle ortigas o cardos en el calzoncillo a “alguien” y subírselo); o quitar las válvulas de los radiadores provocando inundaciones… El colmo llegó cuando empezamos a robar las cajas de recaudación de las cabinas telefónicas del instituto. Con ganzúas reventábamos el bloque y sacábamos la caja, llevándola a un famoso cortado que existía en Cantos Altos -la guarida de aquel grupo de estúpidos que formamos-. Allí las abríamos, y nos repartíamos el nada despreciable botín que yo escondía en casa, en mi cuarto, en el interior de mi equipo de música, un Bettor estupendo que mi padre me había enviado sin yo merecerlo.

Mi padre vivía con María José, y en ese tiempo habían tenido ya una hija, Laura, y medio hijo, Álvaro, que nacería ese mismo verano. Seguía visitándonos, y pagando una miserable cantidad a mi madre como ayuda. Las disputas telefónicas eran habituales, y la presencia de Pedro alteraba a mi padre. Un buen día se encontró con Pedro, en el jardín. Pedro le dijo que no pasara, y empezaron a discutir hasta que terminaron zurrándose. Mi madre había llamado ya a la Guardia Civil, y llegaron rápido, separándoles mientras vociferaban. Un precioso espectáculo que pudimos ver desde la galería de la casa de mi abuela.

En febrero de 1980, durante la retransmisión de los Juegos Olímpicos de invierno de Lake Placid, mi madre me echó de casa. Yo estaba sentado frente al televisor, viendo cómo esquivaba las banderas en su “eslalon” (como dice la RAE que se escribe), uno de mis grandes héroes de siempre, Ingemar Stenmark. El sueco había recorrido solo unos metros cuando una de mis hermanas tuvo la ocurrencia de desenchufarme el televisor (supongo que habría un motivo inicial, pero no lo recuerdo). Las demás rieron. Ya estaba acostumbrado a sus burlas y menosprecios -mal que les pese si lo leen-, y en silencio encendí de nuevo el televisor y me acerqué más aún a él. Pero lo volvieron a hacer. Cabreado pedí que me dejaran en paz y lo volví a encender. De nuevo una de ellas tiró del ecnhufe, dejándome sin ver la llegada. Lleno de ira me giré, soltando el brazo con fuerza, con tan mala suerte que, en lugar de golpear a las mayores, mi mano alcanzó a Alicia, de diez años, haciéndola caer de bruces al suelo. Fue la gota que colmó el vaso. Mi madre no podía más conmigo y fuera de sí comenzó a golpearme. Yo me defendí, haciéndole algo de daño en el antebrazo, y entre gritos, y voces de mis hermanas, me dijo que me fuera, y así fue. Cogí algo de ropa y desaparecí, para no volver jamás. Tenía 15 años.

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Acerca de Felipe Mellizo

Soy guionista, casi periodista, padre, pareja, ex-golfo, ex-aventurero, comilón, bruto, y seguidor del Atlético de Madrid.
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2 respuestas a Tuo Yaw (XIV)

  1. DARTH V dijo:

    I love your life… pese a todo

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