Corazón, corazón (Y España vs Malta)

Estaba yo pensando, tenedor en ristre, en que si mi padre entrase a este restaurante ahora mismo, y se sentase frente a mi, nada nos extrañaría a ninguno de los dos. Yo siempre he creído que realmente se fugó -una idea que metió en mi cabeza Pilar, mi pareja-, y que deambula con una identidad falsa por la ciudad; y él, habiendo vino, no hubiera notado cambio alguno, ni en los coches, ni en las tecnologías que nos rodean. Nunca lo hizo. Ni tan siquiera le extrañaría mi pelo canoso, porque durante su vida probé a llamar su atención con extravagancias y disfraces, sin conseguirlo. Flemático, habría seguido con uno de sus discursos como si no hubiera pasado nada.

En esas, y tras escuchar en un lejano televisor que era el aniversario del “glorioso” partido de “España contra Malta”, y recordar que lo viví borracho y vestido de marinero, a pocos metros de donde me encontraba, he comenzado a leer uno de sus viejos ensayos. Se titula “Corazón, corazón”, y creo que merece la pena.



F.M

El miedo ha sido bien sembrado en la huerta de nuestro mundo y de nuestros días, sin que el hortelano olvidase las cosas mínimas: el abono fue elegido con calma, se aprovechó bien la oferta de la primavera, y fueron abiertos los surcos con pericia.

Ha florecido. En algún retazo surge el matorral frondoso de los accidentes; allí, la sombra tupida de la guerra; más allá, la planta más fértil, el miedo a uno mismo. Y, en un rincón cuidado, el corazón, corazón, que con tanta frecuencia les estalla a los hombres de bien como a los que no lo son.

Ya ni siquiera interesa, como noticia, la muerte súbita de los hombres que caen sobre sus mesas, sobre el volante de su automóvil, o sobre el charco de la esquina. Cosas que eran antes, por lo menos lingüísticamente, difíciles, como el infarto, la trombosis, el paro cardíaco, son ahora temas de tertulia tabernaria y de sobremesa familiar, cuando ni siquiera la luminosa alcahueta que es la televisión puede hacer que la fruta descanse en silencio.

Los médicos lo han explicado de mil maneras, pero, sobre todo, de una manera no-médica. Dicen que nos mata la historia, que es una bestia voraz, especializada en corazones. Dicen que nos mata la civilización, nada menos, y muy concretamente nuestra civilización, la llamada “occidental”, esa mezcla fastuosa de gloria y excrementos, ese edificio tan difícil.

Dicen aún más cosas los médicos. Friedman y Rosenman dicen en “Type A behavior and your heart” que los motivos por los que se nos parte el corazón, corazón, son personales: solo les sucede a algunas personas, esas, precisamente, que corresponden al “tipo A”. Un tipo, digámoslo de una vez, siniestro. Un gusto excesivo por la competencia, dicen, agresividad, impaciencia, y un sentido acelerado, urgente, apremiado, del tiempo. Y añaden: Los individuos que se comportan así parecen estar empeñados en una lucha contra ellos mismos, una lucha incesante, crónica y, muy a menudo, infructuosa. Y también en la lucha contra los otros, contra las circunstancias, contra el tiempo y, a veces, contra la misma vida. Frecuentemente exhiben una hostilidad vaga, aunque racionalizada y, casi siempre, una profunda inseguridad.

Ése es, dicen los médicos, el tipo que, súbitamente, se encuentra con el hiato catastrófico de su corazón, corazón. Un gran hombre, Sir Peter Medawar, que a veces gana el premio Nobel de Medicina y, a veces, escribe sobre el amor, las inspiración, la santidad, y el alma humana, comenta las andanzas del “Tipo A”, diciendo: Probablemente, conocimos a ese tipo en la escuela primaria. Cuando el maestro hacía una pregunta a toda la clase, y un muchacho se levantaba, alzando su brazo, en agonía, y clamaba: “Por favor, por favor, pregúnteme a mí.” Ése era.

Pero resulta que las fórmulas incambiables de la biología han ido construyendo en torno a nuestro corazón, corazón, una corona arterial. Las arterias coronarias rodean la víscera sagrada como la cuerda de un chaval rodea la peonza. Cuando el corazón, que también tiene forma de peonza, se mueve, muévese con él la arteria, que se agita con sus brincos, se duele con sus dolores, se estira y se encoge con sus sístoles y diástoles. Y es solo una arteria, no un calabrote marinero, gordo y bien trenzado. Es solo un tubo de pequeño diámetro, cuyas paredes, tejidos sutiles y hermosos, carecen del rigor del acero: son tejidos humanos, finitos, destinados a una función limitada que bien pudiéramos llamar felicidad, esa cosa tan secreta.

Dicen Friedman y Rosenman que ningún ingeniero podría construir un tubo que pudiera soportar las pasiones de un “Tipo A”. Pero este “Tipo A” aprieta, salta, grita, se impacienta, hace que su corazón actúe como un león encerrado en una caja de cristal, y  transmite las congojas y las ambiciones a un músculo pequeño, pretendiendo que funcione como un martillo pilón. Mientras, miles de diminutos obreritos fisiológicos se afanan por reparar constantemente las averías de la arteria, como las células del endotelio, que restañan las pequeñas heridas del tubo. Pero el trabajo llega a ser inútil, y el cataclismo inunda las páginas de los periódicos.

Antes no se moría así, más que de amor. Así se partió el corazón, corazón de la princesa Mafalda. Así morían, en brazos de la persona amada, los hombres y las mujeres que tenían más entera la ambición de inmortalidad que las arterias coronarias. Un beso podía partir esas arterias, y eso sí que era una forma increíblemente humana de morir. Pero si lo que dicen Friedman y Rosenman es cierto, resulta que el corazón, corazón, por lo único que no se parte en estos tiempos es por amar, porque el amor ha sido transformado, facilitado, yya no provoca grandes tempestades, ni soledades irremediables, ni deseos eternamente instisfechos. EL corazón, corazón, se parte precisamente por no amar, y si es esa la condena que parece esconderse tras las palabras alarmadas de los médicos, maldita la gracia que tiene vivir y medrar en el marco reglamentario que nuestra “occidentalidad” nos impone.

libro-literatura-y-enfermedad

Porque el “Tipo A” es el ejemplo, el modelo que estamos poniendo delante de nuestros hijos para que aprendan. El “Tipo A” es “el hombre que hace cosas”. Cuando le encargan una tarea enloquece y desarrolla al máximo la capacidad que todos tenemos para usar el látigo, incluso contra nosotros mismos. Decimos a los niños que sean buenos, y que, para eso, lo que hace falta es ser silenciosos, tenaces, fríos, laboriosos, incontaminados, decididos, crueles hasta la justicia, justos hasta la crueldad. Y aún añadimos, como consuelo, que el premio es el poder. La educación occidental es una artimaña para conseguir que se nos partan las arterias, pero con la condición previa de que se nos partan después de haber poseído cosas y haber facilitado, duramente, a otros, la posesión de cosas. El propio MEdawar cita al viejo y estupendo Sir William Osler cuando decía que la mayoría de sus pacientes perdidos eran ciudadanos ejemplares: se levantaban temprano y se quedaban trabajando hasta muy tarde.  Así dicen que son las víctimas de los infartos y las trombosis, buenos ciudadanos, reyes del petróleo, directores de empresas, hombres sin domingos ni vacaciones, hábiles para hablar por teléfono, escribir cartas, comprar vidas ajenas, y si acaso, si acaso, alguna pequeña fuga alcohólica al atardecer, raramente una mujer, más raramente una partida de naipes con los amigos, y muchísimo más raramente los amigos mismos.

Así, lentamente, las arterias van almacenando heriditas malamente cicatrizadas, y en ellas se va depositando la grasa, la maldición del colesterol. EL efecto que produce esa capita es el mismo efecto cosmético y traicionero del maquillaje sobre el rostro de la vieja madrastra de Blancanieves, que engaña al espejo hasta el día en el que maquillaje se despega y se derrumba. Las cicatrices de las coronarias se endurecen, y lo que había sido tejido suave de la paredarterial se hace tubo de hueso, por el que no puede pasar la sangre cuando lo exige un grito, un susto, una ambición fallida, la pérdida del empleo, la condena de todos los demás y de uno mismo. Y entonces se cumple el último rito de la “occidentalidad” y otro “Tipo A” se convierte en esquela ante el pasmo de los que están condenados al mismo final. La explicación de Friedman y Rosenman es terrible, porque, al parecer, da lo mismo fumar que no fumar, comer que no comer, ser gordo que ser flaco. Solo al “Tipo A” se le parte el corazón, corazón, porque solo el “Tipo A” a querido ser en todo mejor que todos, empecinado en la excelsitud, inhábil para la sonrisa sincera, o para el perdón, frágil ante el propio error.

De alguna forma será, ya lo sé. Horrorosa o dulcemente me iré de entre vosotros algún día, y dejaré mi mesa desordenada, mis deudas sin pagar, mis culpas sin redimir, mis libros y mis hijos a la intemperie. Pero me propongo, firmemente, mantener frescas mis coronarias renunciando a ser César. Yo prefiero ser, desde el principio, NADA. A mí nadie me partirá el corazón, corazón, salvo tú, corazón.

FELIPE MELLIZO “Literatura y enfermedad” 1979.

Anuncios

Acerca de Felipe Mellizo

Soy guionista, casi periodista, padre, pareja, ex-golfo, ex-aventurero, comilón, bruto, y seguidor del Atlético de Madrid.
Esta entrada fue publicada en audiovisual, Biografía, comunicación, Entretenimiento, Sin categoría y etiquetada , , , . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s