Tuo Yaw (XIII) -Un ladronzuelo serrano en Londres-

YA!

[Las fotografías irán apareciendo según las encuentre, como siempre]

Pin, el albañil/constructor que se encargaba de casi todas las obras y reformas en Collado Villalba, había añadido al viejo caserón de El Romeral -edificio de paredes blancas, y contraventanas rojas de metal, que en algún caso tenían perforaciones “supuestamente” debidas a disparos de la Guerra Civil, y cuyo nombre estaba escrito en la fachada con grandes azulejos blancos y negros- varias habitaciones y baños, manteniendo la estructura de la vivienda, pero creando dos alas claramente diferenciadas: Por una parte estaba la zona de mi abuela Carola, de techo alto, fría, y con esos muebles y ornamentos venidos desde el siglo XIX -incluyendo un curioso comedor de madera, pintado de azul y decorado con pájaros tropicales y motivos florales, que llegó a estar enterrado en alguna parte de Sevilla, junto a otras pertenencias familiares, para protegerlo de bombardeos y robos durante el conflicto de los años treinta-; por otra, atravesando una puerta “mágica” oculta tras una pesada cortina que parecía conducir a Narnia, una sucesión de medias escaleras, recibidores, saloncitos con chimenea, dormitorios, y baños -más modernos y prácticos-, organizados de modo que mi madre pudiera manejarse bien con los seis niños que estaban a su cargo.

El jardín también se había dividido. Carola había entregado la otra mitad de la finca a su hija Pilar, quien construyó un pretencioso y moderno chalet sobre las ruinas del anterior edificio -que nunca supe quién lo había habitado, ni para qué servía, más allá de ser el lugar en donde los niños organizábamos aquellos circuitos con escenas de “terror” para sacar dinero a los adultos-. Y separando ambas “propiedades” una valla metálica, con una portezuela verde, un “muro de Berlín” que limitaba los movimientos del pastor alemán de mis primos, y nuestras poco deseadas incursiones.

Mi madre, dolida por la situación de abandono en la que nos había dejado mi padre y picada con el universo en su totalidad, se puso a estudiar filología británica como una poseída, en un pequeño despacho adosado a su habitación en donde había instalado el viejo sillón de lectura de piel roja, una mesa de trabajo, y parte de la antigua biblioteca.

No sabíamos muy bien a qué se dedicaba nuestro padre, pero sí que iba y venía de Londres con mucha frecuencia. Cuando tocaba visita nos silbaba desde la pequeña puerta lateral del jardín, con esa musiquilla familiar que tanto nos desagradaba -pero que aún hoy sigo utilizando-, o hacía sonar el claxon del coche hasta sacar a mi madre -y a los vecinos- de sus casillas. Entonces aparecíamos como una cuerda de reos para saludarle. Daba pena verle allí, sonriendo, mientras que en nuestro interior aún escuchábamos las últimas barbaridades dichas sobre él en casa -no digo que no se lo mereciera, solo que nosotros no nos merecíamos esa información, según yo lo veo-. Sea como fuere mi padre llegaba siempre con regalos traídos de sus viajes por el mundo, y nos llevaba a comer a algún restaurante de la sierra gastándose con toda seguridad un dinero que no tenía, pero así era él. Después del paseo se despedía con un beso y varias toneladas de consejos que jamás atendimos, y se marchaba a donde quiera que fuera o fuese entonces…

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Las relaciones con nuestros primos por parte de madre eran extrañas. Ni buenas, ni malas. Jugábamos juntos, salíamos de paseo juntos, íbamos al colegio juntos, pero sabíamos que nuestras madres tenían grandes y graves diferencias. Mi tía Pilar, más ambiciosa y conservadora, nunca vio con buenos ojos nuestra amistad. En vano intentó dirigir nuestros pasos hacia el mismo y desagradable destino que el de sus hijos -buenos estudiantes, temerosos de sus padres y de Dios, discretos, timoratos…-. A pesar de los esfuerzos de mi madre nunca acabamos de encajar con ellos, o viceversa. Mientras tanto mi tía fue haciéndose con el favor de mi abuela mediante la adulación -con sus hijos siempre relucientes y corteses-, mientras que nosotros, que nos encargábamos de cuidarla y soportar sus manías -cuando no de salvarla literalmente de morir abrasada en su mesa camilla, al prenderse el faldón con el brasero mientras extasiada escuchaba una ópera-, nos convertimos en nietos de “segunda clase”.

Al otro lado del pueblo, en La Pérgola, mis primos por parte de padre, mucho menos ejemplares, habían traído una pareja de buitres leonados de no sé dónde, y con la colaboración de mi tío Mauro les habían construido una gran jaula junto a la cochera, con todas las comodidades -si exceptuamos que no podían volar- . Maurete e Ignacio estaban en su mejor momento, eran dos tipos guaperas con pasta y coche que recorrían todas las discotecas y salas de baile de la sierra ligando y metiéndose en líos con demasiada frecuencia. Ignacio estudiaba la carrera en Madrid, y jugaba al fútbol, mientras que su hermano Mauro entraba y salía de extraños negocios e inversiones arriesgadas como una autoescuela, o lo que sería la primera discoteca de Collado Villalba: Crack. El local de Crack, un viejo caserón serrano, estaba en el camino de Fontenebro, junto a las antiguas cochiqueras entonces ya en ruinas y abandonadas (ahora hay adosados). En el exterior montaron un jardín, con una fuente de agua a modo de cascada natural, y en el interior barras, pista de baile, sillones… A deshoras, cuando limpiaban, conseguía asomarme. Allí estaban Mauro y sus amigos, pegándose hostias con unos guantes en mitad de la pista de baile… Yo soñaba con ser como ellos.

Alguien nos dijo un día que se había incendiado el local, y hasta ahí puedo contar, el resto que lo explique mejor alguno de mis mayores -o la aseguradora que pagó los platos rotos-, porque lo sucedido tenía varias “lagunas”.

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Un día aburrido de otoño, cuando pasaba frente a “El Raso”, vi uno de los carteles que indicaban el camino hacia “Crack”. El logo era básico, una especie de explosión con el nombre escrito sobre un fondo rojo fosforescente. Eran los primeros días de los adhesivos de locales de moda, de modo que me lancé a descolgarlo. Trepé hasta alcanzarlo, y cuando estaba en lo alto se detuvo frente a mi un descapotable, con dos tipos fornidos que desde sus asientos amenazaban con darme una paliza. Yo no estaba por la labor, de modo que aguanté asido a las ramas dispuesto a pasar las próximas horas como un koala en su eucalipto. Me dijeron que dejase el cartel como estaba, y así lo hice, pero no bajé del árbol, ni les dije quien era. A la media hora se fueron, pero para engañarme y cogerme en el suelo, aunque en lugar de salir por la carretera salté al bosque del palacete de los “rumanos” y corrí hasta mi casa sin que pudieran alcanzarme. Tiempo después aquellos tíos me vieron en la casa de mi abuelo y le contaron la historia a mi primo Mauro, que me regaló un par de capones por idiota.

Las tardes de ocio y buen clima las pasábamos entre las peñas, peñitas, y peñascos, que rodeaban entonces al pueblo. Desde la “redondela”, hasta “la peña del cura”, pasando por las “peñitas” que había entre “El Raso” y “Villa Carlota”. Las conocíamos bien desde pequeños, cuando nuestros padres, hartos de nuestros gritos y carreras, nos entregaban a las chachas para que nos sacasen de paseo -yo creo que con la intención de que volviera alguno menos, como en “Hansel y Gretel”-. Ahora, ya crecidos, buscábamos entre esas piedras los lugares más apartados para fumar, reír, o besar. Pero tenían los días contados: Las urbanizaciones, extendiéndose como la imparable marea negra de mis pesadillas, estaban a punto de devorar aquellos pequeños paraísos. Primero fue “Casablanca”, luego “Peñanevada I… II… III…”.

Pero los días en el colegio San Ignacio de Loyola tocaban a su fin. Yo ya había dado muestras de lo que sería mi futuro suspendiendo en lengua y matemáticas, y empujando al profesor de lengua (el “Porky”, un apodo común entonces) contra la pequeña estantería del aula cuando amenazó con darme un bofetón. Los últimos días en Torrelodones los pasé bloqueando las cerraduras de las clases con palillos, pintando en las paredes, y rompiendo las asquerosas gafas que para mi desdicha acababan de ponerme. A pesar de todo aprobé, y nos fuimos de viaje de fin curso.

En un autobús de línea, de color sepia, embarcamos cerca de cuarenta niños y niñas de 13 y 14 años, junto al “Porky”, y la insoportable señorita Conchita, la bruja de las matemáticas -o del Este, según se quiera-. Estuvimos en Córdoba, Granada, y Sevilla. Dos días en cada ciudad. Por las noches bebíamos vino en las habitaciones, y nos mezclábamos con las niñas -o lo intentábamos- buscando algo que no sabíamos bien en qué consostía, pero que decían que era la hostia. Solo hubo una intervención de nuestros tutores, y fue cuando decidimos mear desde los balcones a la calle, en plena judería, pero por lo demás tuvimos un comportamiento bastante civilizado. La vuelta, como todas, fue triste. En seis días me habia enamorado, y desenamorado de tres compañeras de clase: Antonia, Myriam, y Pilar, y algo me decía que nuestros caminos no volverían a cruzarse. Como en “Corazón” nuestras vidas se separaban, y yo me quedaba con una extraña sensación, entre el miedo y la curiosidad por lo que me traería el futuro.

Con tanto cambio de residencia no tenía un grupo de amigos fijo. Tan pronto estaba con los del pueblo (los Atienza, Javi -que vivía detrás del Ayuntamiento-, el hijo de “El Negro” -Un taxista local, de cuando sólo había cuatro taxis pegados al teléfono de la Estación de tren-) y acabábamos cazando jilgueros con” red y reclamo” en la dehesa -para venderlos después-, o peleándonos con los recién aparecidos domingueros; como sentado con primos y otros vecinos de familias “bien” en alguna valla de piedra cercana a casa, cantando alguna canción pseudo-religiosa de amor (“Angelito de ojos tristes, color caoba…”), o jugando al parchís. Si quedaba con los dos o tres “rockeros” que había en el pueblo escuchaba música, bebía cerveza, y fumaba porros (A veces, por pura precariedad, nos los hacíamos con especias, o plátano seco… Cosas de aquellos días); y si venían amigos del colegio jugaba al tenis o al fútbol en el jardín.

Y me enamoré de nuevo. Esta vez de una chica de Madrid a la que conocía desde siempre. Se llamaba (y se llama) Victoria.

Recuerdo su agradable sonrisa, y la cara de bobalicón que se me quedaba cuando me dirigía la palabra. Por supuesto que no tuve el valor de decirle nunca nada, ni tan siquiera a través de su hermana gemela Beatriz. Yo no era atractivo, mi mala fama empezaba a dificultarme la vida, y tampoco era un experto en el arte de seducir.

Todos los adolescentes de entonces soñábamos con organizar grandes fiestas -es evidente que nuestras hormonas tenían otras intenciones, pero eso era algo implanteable en aquellos días-. Aprovechábamos casi cualquier espacio; garajes, invernaderos, y hasta pequeñas habitaciones, para encerrarnos con un tocadiscos prestado. Colocábamos bombillas pintadas de morado, y tras tapar todas las puertas y ventanas para evitar ver, o ser vistos, empezábamos aquellas interminables sesiones de italianadas, salpicadas con temas lentos americanos de larguísima duración (Hotel California, por ejemplo). En aquellas “saunas” (apenas se podía respirar) también había categorías: Estaban los del morreo interminable, los bailongos que hacían pasos acrobáticos, los de bailar lento guardando las distancias, los que actuaban ya como parejas de adultos, y los que poníamos la música… Sí. Yo era de esos.

[Qué tiempos: Javi, Bea, Vicky, MªÁngeles, Jesús, Enrique, Luis, Olga. Los primos Ignacio, Alicia, Almudena, Susana, y hasta mi hermana Carlota… Pero por encima de todos recuerdo a Eduardo y María, dos hermanos de Javi -un importante empresario hoy en día- que nos dejaron demasiado pronto]

Un día de lluvia nos refugiamos todos en la casa de uno de los de aquella pandilla de mojigatos para pasar la tarde. Era un pequeño piso de la urbanización que habían construido en lo que antes había sido parte del jardín de la casa familiar de nuestros antepasados Sanz-Astolfi, y que heredó el nombre original de La Granjilla. Debíamos ser unos quince, pero tras varias maniobras conseguí sentarme cerca de Victoria, arrebatando el lugar a su mejor amiga, y guardiana ocasional. Rozarla era para mi todo un triunfo, y parecía que a ella no le disgustaba mi proximidad. Entonces se levantó para ir al baño, y a su regreso tuve la feliz ocurrencia de amagar que le quitaba la silla (ese demonio estúpido e incontrolable que llevo dentro), provocando que cayera al suelo entre las risas de los demás, y se acabó. Durante días no hice otra cosa más que escuchar una canción de los Bee Gees, de un disco que ella me acababa de regalar, que decía aquello de “Empecé una broma, y vi que se reían… pero no vi que se reían de mí”. Un looser en toda regla.

El cine era otra de nuestras ocupaciones y preocupaciones. En Villalba había varios antiguos salones de proyecciones de tiempos del NODO -el salón del pueblo, y el que estaba cerca del “Bus stop”-, y un gran cine moderno (¿Albasan? ¿Albasanz? ya no recuerdo), justo detrás de la cafetería El Mirador, en La Estación. Durante el invierno proyectaban películas de Bruce Lee, de Paul Naschy, de Jaimito… Pero en verano llegaban los deseados estrenos (con seis meses de retraso con respecto a Madrid, y un año con el resto del mundo).

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A derecha e izquierda se colocaban los carteles.

Recuerdo con emoción el momento en el que cambiaban los carteles de promoción del cine, en la panadería que había frente a la iglesia, al lado de “Serafín” (Restaurante, panadería, distribuidor de agua en camiones cisterna…). De pronto te encontrabas con “El cipote de Archidona”, o “Qué hace una chica como tú…”, cuando no un “Fiebre del sábado noche”. No teníamos la edad, pero en Villalba nunca fueron muy estrictos con eso de las prohibiciones. Un día, antes de terminar en el colegio San Ignacio de Loyola, mi padre vino a buscarme. Había hablado con mi madre y me dijo que me iba a Madrid con él, al estreno de “La guerra de las galaxias”. Nunca lo olvidaré. Toda esa gente a las puertas del Roxy… ¡y la película! Todavía me estremezco pensando en cómo disfruté, cuántos sueños se despertaron con ello, y cuanta frustración por la puñetera realidad en la que vivía.

Sin el dinero de mi padre mi madre no podía seguir pagando colegios privados, por lo que dimos con nuestros huesos en el instituto Jaime Ferrán de Villalba.

Aquello no se parecía en nada a nuestros anteriores colegios. Los profesores eran menos impresionables por los apellidos, y no estaban interesados en saber de nuestras vidas privadas. Los primeros meses me mantuve a la expectativa, estudiando este nuevo ambiente y eligiendo compañeros con los que compartir las horas libres. Me apunté al equipo de voleibol por ver si destacaba en algo, y al equipo de “chinchón”, que jugaba en el bar de enfrente del instituto: “La guarra” (nombre que tenía su origen en que, según contaba el mito estudiantil, habían visto a la cocinera coger una tortilla caída del suelo y colocarla de nuevo en el plato sin miramientos… Y el suelo era para verlo, si es que se estaba quieto). Bien, como decía “La guarra” era un quiosco verde y blanco, con una zona de barra en donde se servían esos “jugosos” bocadillos de tortilla, y se vendía alcohol sin problema. El local contaba con una pequeña sala, separada de la zona de barra por una cortina mejicana, en donde se jugaba a las cartas de sol a sol. Allí pasábamos las horas de recreo, y en poco tiempo empezamos a pasar también las de clase. Primero mirando, luego jugando y perdiendo, y finalmente jugando y ganando. Los viernes esperábamos allí a nuestros amigos, para bajar juntos hasta una de las discotecas de la estación, el Bus-stop, a donde debíamos llegar ya borrachos porque nuestro dinero no daba para copas. Los más pudientes se reunían en otras discotecas como Boticceli, y los malotes en El 5º Infierno, pero “El Bus” era la más divertida. Por lo general yo no tenía dinero para entrar, de manera que me ponía a las puertas del instituto y pacientemente empezaba a pedir dinero, con la palma abierta, hasta juntar el capital que necesitaba. En poco tiempo me hice amigo de todos los vagos y maleantes del bar, para desesperación de mis profesores, y de mi pobre madre, que no encontraba la manera de enderezar el rumbo de mi vida.

Faltaba a clase de manera sistemática. En ocasiones tiraba las tablas de esquí y las botas por la ventana de mi cuarto, para recogerlas al salir de casa y, en lugar de ir al instituto, subirme a esquiar todo el día. Mi vida sí que era un descenso a tumba abierta. Sentía pasión por las motos, y tenía bastante habilidad con ellas, de modo que consideré una traición que comprasen una a mis hermanas mayores antes que a mí. Así que cuando podía se la quitaba, hasta que un día, saltando con ella en las peñitas, la partí por el carter clavándola en una roca. Otras veces, cuando sabía que La Pérgola estaba vacía, superaba con agilidad felina la valla y cogía las motos de mis primos ricos, de mayor cilindrada, para lucirme… Y robé una segunda moto. Esta vez una “cobra”, mito del macarra de la época. Con ella anduve por la sierra, moviéndome de pueblo en pueblo por caminos y atajos para eludir a la Guardia Civil (como el pequeño paso subterráneo que cruzaba la autopista). Por la noche la escondía junto a la valla de la dehesa, tras unas zarzas. Un buen día se me rompió el embrague, y cuando estaba intentando arreglarlo llegaron hasta mi dos guardias civiles. Al verles reaccioné de inmediato, improvisando. Fingiendo desesperación tiré la moto al suelo, y entre lágrimas la golpeé una y otra vez diciendo “mi padre me va a matar”. Convencidos por mi actuación los guardias se dedicaron a calmarme y animarme. Me ayudaron a levantar la moto, y tras preguntarme dónde vivía me dijeron que fuera tranquilo, tirando del cable del embrague hasta casa. Les obedecí, y me marché, pero en cuanto pude me dirigí hacia “lobo cojo”, el basurero de la carretera de Alpedrete, y la abandoné entre montañas de mierda.

Los animales también formaban parte del entretenimiento diario, para bien, o para mal. Siempre rodeado de perros, disparando a gatos y ratones, cogiendo pájaros, lagartos y lagartijas, cazando grillos, capturando ranitas de San Antonio. Incluso mantuve una relación de amistad con una vaca, la 105, que venía a saludarme cuando me acercaba a la dehesa a fumar. A veces adoptaba alguna alimaña, y la llevaba conmigo a todas partes, como Federica. Federica era una culebra de agua que no medía más de medio metro, la había cogido en uno de esos arroyos de primavera, y la llevaba a clase a diario. La metía en el bolsillo, y cuando se acercaba alguna chica la liberaba, de manera que aparecía trepando por mi cuello lo que alarmaba a la víctima, que salía corriendo y gritando para mayor gloria mía.

Y de nuevo aparecía mi padre, sin venir a cuento y a deshoras, para decir que me llevaba a Londres. Y yo encantado, con tal de salir de esa casa que me empezaba a resultar incómoda. Así me ví en Londres, en mayo de 1979, en plenas elecciones generales, en lugar de estar estudiando para mejorar mis patéticas notas.

Dormíamos en Lambs conduit, en un edificio propiedad de la nueva suegra de mi padre. Era un típico bloque inglés, con apartamentos alquilados a los seres más extraños que uno pudiera imaginarse. El baño era comunal, y estaba situado entre tramo y tramo de la enmoquetada escalera. Allí tenías que esperar hasta que saliera el vecino anterior, tuvieras la prisa que tuvieras. En el bajo una cafetería, en donde a diario desayunábamos los populares huevos con baicon que tanto mal hicieron al colesterol de mi padre. Nos habían cedido una habitación en la casa de Taofic Khan, un médico chiflado homeópata que ´creo que se llevaba bien con la señora Concha. Taofic era paquistaní, o paki, como decía mi padre. Tenía la casa llena de botes de formol en los que conservaba mi y una plantas, o lo que sea que fuera aquello, creando un ambiente desasosegante muy acorde con el Londres del destripador -aprovechando que estábamos a pocas manzanas de Scotland Yard-.

Desayunábamos y bajábamos caminando por Holborn y Shoe Lane, hasta el rascacielos en el que estaba la nueva oficina de la Agencia Efe. Mi padre me daba unas libras, y me dejaba paseando por la zona. Si había mercadillo me recorría los puestos, comprando comics y observando con curiosidad pueblerina a los punkis, que me provocaban una más que evidente hilaridad con esos imperdibles, y esas crestas, y esos ridículos pantalones de cuadros… Si tenía tiempo me metía en una maravillosa chocolatería en donde disfrutaba de la mayor oferta de Cadbury jamás vista (fuera de Birmingham, claro está). El dueño del establecimiento, un Willy Wonka de ascendencia griega que chapurreaba español, me atendía encantado, mostrándome las novedades y comentando los distintos sabores y mezclas de sus deliciosas chocolatinas. Probablemente fuera la única persona del mundo a la que le gustaba el chocolate más que a mí. Una mañana mi padre me llevó a Notting Hill, para comprar nosequé disco. Ajeno al historial del barrio yo lo observaba todo, y a todos, con insolencia. Quizá con demasiada: Recuerdo la desconchada casa con escalinata desde la que un tipo gigantesco de raza negra me observaba, como quien mira una mosca antes de aplastarla. Bajé la mirada cagado de miedo, y tropezando me metí en la tienda de discos.

La tarde de las elecciondes, después de cerrarse las urnas, subí a la oficina con mi padre para seguir el proceso. Me sentaron en una esquina para no molestar. Los teletipos no dejaban de teclear, en un constante diálogo con Madrid. El ambiente era agitado, estresante, como siempre ocurre en las redacciones durante los procesos electorales -sean trascendentes o no-. En la televisión un hombre soso y serio, vestido con un elegante traje gris, comentaba los resultados. Desde mi punto de vista aquel sistema de recuento de votos era un “sindiós”. Por lo que me dijeron, tratando de culturizarme, el sistema de recuento premiaba al partido que mejorase sus resultados con respecto a anteriores campañas, algo así como las bonificaciones para el vencedor de una etapa ciclista. Para mostrar en qué sentido ese balanceo afectaba a las elecciones el locutor tenía un gráfico al que llamaba “swingometer”, una ocurrencia lisérgica que parecía parte de un trabajo de fin de curso de primaria, hecho con cartulinas y flechas. Según iban llegando los resultados el presentador desplazaba la aguja de una lado a otro, mostrando el dato final. En balde intenté enterarme de algo más. Mi padre apostaba por los laboristas, de manera que ganaron los conservadores de Margaret Thatcher, un desastre para la humanidad. Dos días después de la derrota laborista mi padre me llevó hasta el despacho de Tony Ben, un peculiar personaje -y gran político-. Estuve fuera durante la entrevista que le hizo para la Agencia, pero al acabar salieron juntos, y Tony me sonrió, y estrechó mi mano. Manda cojones. ¡A mi, un idiota adolescente serrano!

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Acerca de Felipe Mellizo

Soy guionista, casi periodista, padre, pareja, ex-golfo, ex-aventurero, comilón, bruto, y seguidor del Atlético de Madrid.
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2 respuestas a Tuo Yaw (XIII) -Un ladronzuelo serrano en Londres-

  1. Ali dijo:

    Cine Alvasán

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