Tuo yaw (XII)

Con trece años ya había aprendido a fabricar llaves para abrir candados de bicicletas ajenas, poniendo sobre la vía del tren un abrelatas (de aquellos que enroscaban la tapa) para que el “cercanías” que circulaba camino a Segovia lo aplastase a su paso. Después de “planchada” se lijaba la pieza hasta conseguir el tamaño ideal para cada candado. Por supuesto que yo, falto de habilidades más tradicionales, tenía especial maña a la hora de moldearlas, y las perfeccionaba en el garaje de casa, o en mi cuarto. Cada fin de semana, casi siempre durante la misa, “cogíamos” dos  o tres de las relucientes bicicletas que traían algunos domingueros incautos, y después de usarlas durante unos días acabábamos tirándolas en las lagunas de “Pryconsa”, mal vendiéndolas, o abandonándolascerca de la vía del tren. Para prevenir los hurtos algunos chavales empezaron a ponerles candados con clave, pero siempre había un modo de abrirlos, ya fuera frotando con un pañuelo, o simplemente inundando el candado con gasolina de mechero y prendiéndole fuego. Perdido el respeto hacia las propiedades ajenas también nos dedicamos a entrar en casas de fin de semana vacías, llevándonos todo lo que podíamos, aunque no lo necesitásemos (“Una vez empezada esta marcha cuesta abajo, no se sabe nunca dónde hay que pararse” Thomas de Quincey). Incluso llegamos a robar una primera moto, una “Montesa furia” -de las que tenían las marchas en el puño-, con la mala suerte de que el dueño era hijo de un Guardia civil de Villalba… Estuvieron a punto de pillarnos junto al río, pero tras una breve pero intensa persecución conseguimos esquivarles, cruzando un viejo y destartalado puente por donde no podíán pasar con el coche, para dejar la moto tirada un poco después y escapar campo a través hasta nuestras casas. Empecé a fumar, y dejé de lado todo aquello que podía recordarme a mis padres. Simplemente no me interesaban, o eso pensaba yo.

Agobiada por no poder mantenernos mi madre malvendió la casa. Había decidido que nos marcharíamos a EL ROMERAL, la casa de campo de mi abuela Carola. Nuestros años en Los Negrales tocaban a su fin. Recuerdo cómo fuimos entrando en aquellas habitaciones vacías, despidiéndonos de los momentos tristes y alegres allí acumulados. Llorando nos montamos en el coche de mi madre y partimos. Miré la casa por última vez con miedo por lo que me depararía el futuro.

Durante el tiempo que duraban las obras para adaptar la nueva casa estuvimos viviendo en una de las nuevas urbanizaciones que como setas iban apareciendo por la sierra. Era un piso pequeño, algo a lo que no estábamos acostumbrados, pero no había para más. No estaba lejos de nuestra vieja casa, y alguna vez nos acercamos con las bicicletas para mirarla, sin entender por qué teníamos que dejarla atrás.

Mi padre, que vivía en Londres, aparecía de vez en cuando, como por sorpresa, siempre extrañamente vestido, con ponchos, gorras, botas extrañas… En una de esas visitas conocimos a María José, quien sería su pareja durante los siguientes diez años. Tuvo que ser duro y triste para ella, pero para nosotros fue absolutamente brutal -entiéndase que en la época, y en España, que tu padre tuviera una nueva mujer no era algo fácil de asumir, sin mencionar que aún era delito-. Ella estaba dentro del coche, en un descampado cercano a nuestra  casa temporal (Semisierra creo que se llamaba la urbanización), y nos sonrió según saludábamos tímidamente. Era una chica joven y guapa, muy joven para mi padre según nuestro criterio. Me quedé perplejo.

Otras veces llegaba con sobres de dinero para mi madre, mucho menos de lo que ella necesitaba para mantenernos, y de vez en cuando nos llevaba a comer fuera. Yo no le juzgaba, simplemente recogía las propinas y regalos que me daba, sin pensar en las miserias por las que pasaba mi madre. En una de sus visitas, y aprovechando que debía hacer un reportaje para Radio Nacional, me llevó hasta el Lago de Sanabria. Quería mostrarme otro “santuario” familiar: El complejo de embalses de Moncabril.

Nos hospedamos en una fonda muy humilde, vigilada por un ejército de gallinas apestosas -nunca fueron santo de mi devoción-, que no dejaron de emitir extraños ruidos guturales durante toda la noche. Por la mañana, muy temprano, fuimos a la vieja central eléctrica, en donde terminaba aquel gigantesco salto de agua que bajaba desde lo alto de la montaña. Allí, por lo que me contaba mi padre, había trabajado mi abuelo. Justo detrás del complejo se abría un camino empinado, que llegaba hasta las cumbres desde donde se vertía el agua. Comenzamos la ascensión, curva a curva, pasando una y otra vez bajo los pilares y ruinas de lo que había sido un elevador de personal, una plataforma de diez metros cuadrados que, apoyada sobre un rail, subía por la inclinada ladera del monte.

moncabril

El ministro Jorge Vigón con otras autoridades, en plena ascensión a Moncabril en 1959 (Foto propiedad de ABC, y la quito en cuanto me digan algo)

Por el camino mi padre me contó las dos grandes -y desafortunadas- historias del lago de Sanabria: La primera una leyenda, la de la desaparición del pueblo de Villaverde de Lucerna, y cómo aún se escucha el tañir de sus campanas desde el fondo del lago; y la segunda, más próxima y tristemente cierta de la catástrofe de 1959, cuando la ruptura de la presa de Vega de Tera se llevó por delante el pueblo de Ribadelago “viejo”, arrastrando consigo a 144 de sus ciudadanos, un suceso que según mi abuelo contó a mi padre, y éste me contó a mí, tuvo que ver con las prisas, y la mala calidad de los materiales empleados. El suceso se manipuló convenientemente, lo mismo que otros grandes “accidentes” ocurridos durante la dictadura, y las condenas fueron menos que leves. Finalmente llegamos a la cima, vimos los diques, y volvimos a bajar para comer como Heliogábalo y dormir una siesta. Antes de regresar a Madrid nos dimos una vuelta por las fantasmales ruinas del pueblo anegado, que se dejaron tal y cómo quedaron tras la catástrofe. Y frente a cada una de las derumbadas casas una placa en la que fuguraban los nombres de los habitantes que murieron aquel aciago día.

Hicimos las maletas de nuevo.

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Acerca de Felipe Mellizo

Soy guionista, casi periodista, padre, pareja, ex-golfo, ex-aventurero, comilón, bruto, y seguidor del Atlético de Madrid.
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2 respuestas a Tuo yaw (XII)

  1. Conforme pasa el tiempo, y releo y corrijo, me maravillo más y más con la fuerza de mi madre, con su valor, y con la estupidez de mi ser.

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