Tuo Yaw (XI)

Mis padres debían estar técnicamente separados, pero nosotros no lo notamos, al menos los pequeños, que habíamos asumido las broncas como algo normal en la convivencia diaria de los adultos. Seguían durmiendo juntos, reos de las costumbres conservadoras con las que les habían educado, y del egoísmo de mi padre, que hacía lo que le venía en gana, pero aquello tenía mala pinta. Un buen día, tras discutir con sonora vehemencia, mi padre cayó al suelo soltando alaridos. A cuatro patas, retorciéndose de dolor y con la mano en el pecho, reptaba hacia la puerta ante mi confundida madre. Nos encerraron en una habitación, llamaron a la ambulancia, y se lo llevaron a Madrid. Había sufrido una angina de pecho.

Días después nos llevaron a visitarle. Había estado muerto unos instantes, pero gracias a su juventud (44 años entonces) tendría una segunda oportunidad. Plastificados de pies a cabeza, y por turnos, fuimos entrando en la UCI. Allí estaba él, conectado a las máquinas por media docena de electrodos que partían de su pecho. No lo olvidaré nunca. En pocos días mi padre estaba recuperado, pero desde entonces debería vivir atento y atado a sus debilitadas arterias, reduciendo el tabaco, alcohol, y disgustos… ¡JA!

Yo tampoco me libré de males físicos. A los arañazos de mis hermanas, con quienes me peleaba por todo -incluso por los juegos que venían en los tapones del insecticida “fogo”, o los acertijos de las cajas de cerillas-, había que sumar las heridas por caídas de árboles, bicicletas, muros de piedra, puentes, mordiscos de perro… Y por si fuera poco un buen día me intoxiqué: Aún no había alcantarillado en la zona, de modo que todas las casas contaban con un “pozo negro” en el que se acumulaba la mierda -literalmente- hasta que venían unos señores con un camión, levantaban la tapa, y con un largo intestino succionador que partía del vehículo lo vaciaban. En la otra esquina del jardín, cerca de la piscina, estaba el “pozo blanco”, que abastecía de agua potable a nuestra vivienda. Bien, pues hubo una avería, y la tubería del pozo negro se rompió, y su contenido terminó filtrándose a través del rocoso terreno hasta el pozo potable. Mi madre se dio cuenta al ver el oscuro color del agua, y mantuvo alejados a todos de los grifos… menos a mi. Yo había estado montando en bicileta cuatro horas, bajo un sol de justicia, y apoyándome en la pared, y subiendo al sillín, entré por la ventana de mi habitación sin ser visto -que no me vieran entrar, salir, subir,o bajar, fue siempre mi entretenimiento favorito-. Fui al baño, y me puse a beber a morro y a ciegas hasta no poder más. Cuando mi madre se dio cuenta ya era demasiado tarde. Me llevaron al médico, pero nada pudo evitar que pasara dos de las peores semanas de mi vida digestiva.

Y llegaban las fiestas.

Con el corazón latiendo fuera de sí, o debería decir de “mí”, los ojos enrojecidos, los sentidos despiertos, y las piernas pedaleando como si no hubiera cadena, avanzaba yo por las anchas calles de aquella pequeña comunidad de Los Negrales, esquivando los baches y dejando atrás a los perros de las fincas colindantes. Derrapando entraba en el jardín, y como perseguido por una horda de vampiros soltaba la bicicleta en marcha, llegando hasta la puerta de un salto. ¡Han llegado! ¡Han llegado! Repetía con emoción y sin resuello ¡Han llegado los de los coches de choque! ‘Los he visto!

El fin de curso, las Navidades, o tu propio cumpleaños, no provocaban una liberación de endorfinas similar en un chico de once o doce años. Era lo que todos esperábamos. ¡Las fiestas del pueblo!  ¡Los coches de choque! EL MAL. La noticia se extendía por esa misteriosa red social que no necesitaba de conexiones, y esa misma tarde una decena de niños, apoyados en los manillares de nuestros vehículos de tracción humana, observábamos con detalle como empezaban las tareas de instalación de la feria, mientras que unos mugrientos altavoces repetían aquello de “bailemos el bimbó”.

Para mi padre era uno de los momentos más odiosos del verano, una concentración anual del mal gusto, de la mala educación, de estridencias y gentes de “baja estofa”, algo chabacano -sí, eso pensaba, repitiéndolo una y otra vez-. Para nosotros era el cielo en la tierra, el paraíso.

Con atención vigilábamos cada pequeño gesto de los encargados de montar las planchas de acero y las luces de colores, soñando con que nos regalasen alguna de esas maravillosas “fichas” que simbolizaban el éxito. Hubiera vendido a mis hermanas por cuatro o cinco. Me río yo de los tesoros de Odyssey: Ninguna “Moneda” de la historia de la humanidad ha tenido tanto valor como esos “token”, al menos para mi. Veías como sacaban las bolsas en donde las guardaban con ojos de “Dioni”, eran un tesoro. “Han traído el coche morado”, el coche morado era el más deseado, se comentaba que era capaz de esquivar embestidas de un modo mágico, hubiéramos competido contra el mismo Fittipaldi si nos hubieran puesto un techo de malla eléctrica sobre el circuito de Montecarlo.

Desde ese primer momento nuestro único motor, el objetivo de nuestras vidas, nuestro mayor deseo, era conseguir las preciadas fichas. Podías ganarlas compitiendo en las pruebas de ciclismo, carreras, y demás actividades que organizaba el Ayuntamiento, comprarlas con tu “paga”, que aunque fuera algo más generosa que de costumbre apenas llegaba para 10 fichas,  o ganarlas haciendo favores a los que trabajaban en la atracción. Como medida desesperada te quedaba buscar entre los hierros de la zona de la taquilla, metiendo la mano por lugares inverosímiles para alcanzar una que viste como se le caía a un despistado padre, y se dice que algunos, como último recurso, recurrieron al hurto (si eras pequeño te convenía guardar la distancia con los extorsionadores adolescentes, especialmente los de tu propia familia).

Pasaban los días, los meses, y los años, pero no para Leonisa.

Doña Leonisa ALonso Sancho había nacido el 4 de febrero de 1876. Era mi bisabuela por parte de madre. Vivía en la calle Trafalgar, junto al antiguo mercado de Olavide, con su hermana pequeña -96 años entonces-, y mi tía abuela María. Leonisa, o “Ni” como la llamábamos, era una mujer enérgica y divertida. En 1976 celebramos su cumpleaños número cien con una misa en el salón de su casa. Todos estábamos encantados con el evento, y ella muy orgullosa por haber salido en el diario Ya “con foto y todo”. A mi primo Ignacio y a mí nos tocó hacer de monaguillos, una ocupación muy cristiana que por suerte jamás antes habíamos desempeñado. Con toda la familia sentada frente al improvisado altar tuve ese primer momento de “miedo escénico”, terror que me ha acompañado hasta hoy. Pero debimos hacerlo bien porque nos dieron una generosa propina por nuestro trabajo ¡Cinco duros! La bisabuela “Ni” también nos dio una propina especial; una moneda de cincuenta céntimos -con agujero-, con la que pensaba que seríamos los chicos más afortunados del barrio. Después de cerrar su monedero se giró, y acercándose a la mesa cogió una medianoche con chorizo y la engulló como una boa. Probablemente fuera el secreto de su longevidad.

 

Habíamos perdido la pista de mi familia americana hasta que el hermano de mi padre, Carlos, vino desde Wyoming con la intención de reclamar el pago de un libro que había escrito -probablemente sobre el pensamiento, vida, u obras de David Hume-, algo que la editorial salmantina que lo editó no podía, o no quería, hacer. Llegó en un 850 blanco de alquiler, con su mostacho mejicano, su cara de haber aparecido en el mundo casi sin querer, de profesor perdido en sus pensamientos, y me invitó a acompañarle hasta Salamanca. Sospechando que aquello sería una buena aventura me subí al coche de inmediato… Nada más salir a la carretera empezó a diluviar, no a llover: ¡La más densa “chupa” de agua que jamás había visto! Los limpiaparabrisas eran inútiles ante aquel caudal, que prontó empezó a colarse por los agujeros y juntas de la mal rematada chapa. Para ahorrarse unos duros mi flemático tío decidió cruzar la sierra de Guadarrama por el Alto de los Leones, y seguía lloviendo, y seguía, y seguía… A mitad de la cuesta ya había un palmo de agua en la parte trasera del vehículo. Coronamos a ciegas, y al iniciar el descenso todo el agua se vino hacia nuestros pies, cubriéndolos por completo. Mi tío intentaba no perder el tacto de los pedales, acercándose bien a la luna del coche para adivinar las curvas. Yo coloqué los míos sobre el salpicadero, y tras veinte interminables minutos conseguimos descender el puerto y ponernos a cubierto. Achicamos el agua como pudimos. Estábamos empapados. Pero no podíamos quedarnos allí y decidimos seguir camino hacia Salamanca. Seguía lloviendo, pero con algo menos de intensidad. Llevábamos media hora más de camino cuando el coche se detuvo, se caló. Estábamos en mitad de ninguna parte. No se veían coches, ni pueblos, ni vacas, ni ovejas, ni nada de nada “Esto de la lluvia es una contrariedad”, fue lo único que dijo mi tío Carlos, antes de salir del coche con la intención de caminar hasta el primer lugar civilizado en busca de ayuda. Y yo me quedé allí, sentado, viendo llover durante una hora y media (puede que fuera menos, pero a mi se me hizo eterna la espera). Dejó de llover cuando mi tío llegó montado en una grúa, acompañado por un mecánico del lugar. El hombre abrió el capó y en dos segundos dijo “se les ha mojado el Delco“… ¡Normal! Lo secó con un trapo, revisó las bujías, y se sentó al volante consiguiendo arrancar a la primera. Una hora después llegamos a Salamanca. Fuimos hasta la misma puerta de la oficina de publicaciones de la Universidad, y mi tío entró para hablar con el responsable, que ni le esperaba, ni sabía nada de la supuesta deuda. Había venido desde los Estados Unidos hasta allí para cobrar, y no se iría de vacío. Montó en cólera -a su manera, sin grandes aspavientos-, y tras una dura negociación se llevó lo que le correspondía. Cuando regresábamos descubrí que se trataba de una cuestión de honor. La cantidad que le debían era tan pequeña que apenas cubría el alquiler del coche , la gasolina, y la reparación del dichoso “Delco“. No, los negocios no son cosa de los Mellizo.

Y por segundo año consecutivo ¡No nos cambiaron de colegio! Por fin teníamos amigos que nos invitaban a sus casas, y profesores que se sabían nuestro nombre aún antes de empezar el curso. Era algo novedoso, extraordinario, extraño. El mejor de mis profesores era Pellico. Pellico era el alto, melenudo, y fibroso profesor de “Educación Física”. Había llegado a competir con el equipo español de 4X400, y por entonces estaba casado -o emparejado- con Paloma San Basilio, una de las grandes estrellas de aquellos días. Nos hacía sudar y reír en la misma medida. De vez en cuando llevaba su “mini cooper” al campo de fútbol cercano en el que corríamos, y nos dejaba conducir si cumplíamos los objetivos que nos fijaba. Formó un equipo de atletismo, con David como estrella, junto a otro fenómeno que se llamaba Fernando, y a mi me tocó la disciplina atlética menos estética: La marcha. Nos llevaba a competir a Madrid, al antiguo estadio de Vallehermoso, y a pesar de lo ridículo de mi especialidad me defendí con bastante éxito y pocas trampas. David y yo nos convertimos en amigos inseparables. Sus padres tenían un negocio de peletería, que por entonces debía funcionar bien, y vivían en una urbanización del pueblo de Torrelodones de reciente construcción, con el bucólico nombre de Edelweiss. Los fines de semana se marchaban a una casa que poseían en la Sierra de Gredos, cerca de Arenas de San Pedro. Salíamos los viernes desde el mismo colegio, montados en el SIMCA 1200 en el que nos esperaban sus padres y Alfonso, su hermano mayor. Después de casi dos horas de carretera llegábamos a su montaraz chalet: Una casa de piedra y madera de estilo alpino, con un gran jardín y un pequeño huerto. A quinientos metros de la casa, volviendo por el camino que bajaba al pueblo, había un mesón, junto a un gélido lago en el que en invierno se bañaban los más audaces -o imprudentes- para demostrar su hombría tocando el trozo de hielo que se formaba en la otra orilla. David y su hermano siempre estaban dispuestos para cualquier actividad física. Jugábamos al tenis, rugby, fútbol; subíamos hasta Los Galayos con su padre -a veces sobre una mula-,  y montábamos en bicicleta por la montaña -antes de que hubiera bicicletas de montaña- siempre seguidos por sus estupendos perros… Al contrario que yo no tenían complejos, y se bañaban desnudos en una escondida poza, junto a otros amigos y amigas de la zona. Yo me escondía en un recodo, dispuesto a morir antes de desnudarme delante de tantas chicas. Entre risas subían a una roca de cuatro o cinco metros, y se lanzaban al agua… Ellas también… desnudas…  Y por la noche, alrededor de una hoguera,  ¡hablaban de sexo!

Mi padre estaba pasando por un mal momento profesional, dudando entre su verdadera vocación literaria, y el más rentable periodismo. Su natural impaciencia y querencia hacia el ocio y la tertulia le hacían fallar una y otra vez. Tan pronto dirigía una publicación médica, como escribía artículos sobre el rey Arturo. Se le suponía viviendo en Londres, o en El Escorial, o en Madrid, o en Bonn… No teníamos dinero, pero nos hablaba como si fuera millonario, confiado siempre en su buena fortuna y en la ayuda de la familia. De modo que si había que esquiar para emular a Paquito Fernández Ochoa, se esquiaba. Recuerdo los madrugones de los primeros cursillos, cuando nos subían a la estación de esquí en autobús, desde el bar “El Abeto”, en el pueblo de Navacerrada, en donde pelados de frío esperábamos a que nos recogieran.

esquiando

Chubasquero fino, ataduras de goma, guantes de lana… ¡Valientes que éramos!

Después la carretera, el atasco, y de vez en cuando el coche del Rey Juan Carlos, que nos adelantaba a todos con su todo terreno y su escolta. También recuerdo aquel viejo local de la E.E.E (Escuela Española de Esquí), y cómo nos echaban de allí en cuanto llegaba alguien de la familia real, hubiera ventisca o no. Y como, cuando bajábamos esquiando con nuestro torpe “fundamental” y sin piedad ni miramientos, nos sacaban de las pistas los guardaespaldas “reales”, aunque eso nos condenase a ir por un pedregal destrozando las “suelas” de nuestras económicas tablas. Pero sobre todo recuerdo que en aquellos días mi prima Elena se rompió el fémur, golpeándose contra una baliza en Cotos, justo bajo el telesilla de la Hoya.  Y al caer la tarde, agotados, el deprimente regreso, con la humedad metida hasta lo más íntimo de mi ser gracias a esos primitivos equipos de “Le coq sportif”.

Por si fueran pocas las obligadas actividades, y aprovechando mis habilidades simiescas, también hacía gimnasia deportiva, en el Cuartel de la Montaña -siempre con David y su hermano-. Y hasta probé durante unos meses con la natación, en aquel mismo y estupendo polideportivo (ahora dedicado a José María Cagigal). No parábamos un instante.

En 1977 legalizaron el Partido Comunista. Eso era más de lo que gran parte de los padres y profesores del colegio San Ignacio de Loyola estaba dispuesto a tolerar. Algunos  reaccionarios se habían hecho fuertes en el segundo edificio, levantado en Parquelagos para dar cabida a los alumnos de los recientemente creados BUP y COU. Tras algunas broncas habían expulsado a los profesores más liberales y demócratas, y finalmente se independizaron del edificio principal. Para colmo el PCE decidió celebrar su legalización a pocos minutos del colegio, en el pequeño valle que había junto a Las Torres, un local de alterne con una larga tradición. recuerdo algún tímido intento de convocar a las huestes conservadoras para boicotear el evento, pero claro, vinieron 350.000 rojos, y la gran mayoría de los agitadores dio media vuelta, y se alejó con el orgullo algo herido.

Definitivamente mis padres habían dado por terminado su matrimonio. Legalmente no, tendrían que esperar a que Suárez, y el amigo de mi padre Paco Fernández Ordóñez (otro “pilarista”), sacaran adelante la ley que lo permitiera, en 1981, pero sí, estaban separados.

Conforme avanzaban los días mi madre iba perdiendo los nervios. Había descubierto que mi padre no pagaba el gran chalet en el que vivíamos, y que sospechaba que había otra mujer detrás de la ruptura (ahora parece obvio, pero entonces, y para una mujer nacida en los 40 y educada en las Damas Negras, no lo era tanto). Mis hermanas tuvieron siempre claro de qué lado estaban, pero yo era el mimado, el preferido, y me sentía extrañamente dividido, a la vez que defraudado. Durante un tiempo litigaron acerca de con quién me quedaría yo, hasta que un día, en La Pérgola -la finca del abuelo-, tuvieron una fuerte discusión en la que me vi envuelto. Yo estaba entre los dos, mientras se insultaban, y en un momento de mucha tensión me cogieron cada uno por un brazo, queriendo llevarme hacia su lado. Yo lloraba, y les miraba enfurecido, con la mandíbula y el alma desquiciada. Al final ganó mi madre y me fui con ella.

Por aquel entonces mi madre no tenía con qué ganarse la vida. La separación le había dejado con una hipoteca de lujo sin pagar, y seis hijos. Fueron días difíciles. Mi padre se había marchado a Londres, y apenas enviaba dinero, porque no lo tenía. Sus problemas para publicar y cobrar se multiplicaban, como pude descubrir al leer una “prodigiosa” carta de disculpa de Plaza y Janés, firmada por un tal José Moya…

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El libro, inspirado por el episodio de su angina de pecho -a la que dedicó un capítulo “Angor pectoris”, finalmente se publicó. No estaba mal, pero no alivió su maltrecha economía.

De manera que vivíamos de lo que nos daba la madre de mi madre, y de la ropa usada que nos llegaba de nuestros primos. Tuvimos que asumir la nueva situación como pudimos. Yo, como siempre que tenía problemas, me pasaba el día subido a los árboles, los demás me importaban poco. Estábamos tan arruinados que llegamos a ir a los bares, en los que antes presumíamos de poderío, para quitar azucarillos de los platos del café para poder endulzar los cafés y desayunos de nuestra casa (no parece mucho para alguien que no tiene nada, pero era duro para un crío mal acostumbrado e inocente como era yo). El resto de la familia -sí, así fue- se comportó de manera extraña -por decirlo de un modo civilizado-. Probablemente fuera porque no estaban familiarizados con las separaciones, algo lógico entonces, pero su ayuda a mi madre fue muy limitada. Eso sí, las abuelas le daban charlas y consejos cada dos por tres. Tuvimos que abandonar el comedor del colegio, y renunciar a excursiones y viajes. Y yo me fui haciendo más y más huraño e irrespetuoso, especialmente con mi madre y hermanas, amparado por mi creciente fuerza física y la ausencia de un padre que me diera dos hostias. Y como siempre ocurre, cambié de amigos…

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Acerca de Felipe Mellizo

Soy guionista, casi periodista, padre, pareja, ex-golfo, ex-aventurero, comilón, bruto, y seguidor del Atlético de Madrid.
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3 respuestas a Tuo Yaw (XI)

  1. DARTH V dijo:

    Vaya… ya lo siento….. tu padre… con todos mis respetos para tí porque te aprecio… era una joyita…

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