Tuo Yaw (X)

En el curso 1973-1974 nos cambiaron de colegio… Otra vez. Tras pasar por Oviedo y Buenos Aires parte de mis primos se habían quedado a vivir en Villalba, y nuestros respectivos padres decidieron que la manada familiar entera fuera a estudiar al mismo centro: El colegio San Ignacio de Loyola, en Torrelodones. Por entonces ocupaba un pequeño edificio, adosado al lateral de una iglesia moderna, junto al cuartelillo de la Guardia Civil y rodeado por algunos “chaletes” de gente bien como la que abunda aún hoy en la zona. Lo dirigía el mismo religioso que lo fundó, monseñor José Ramón Fernández-Baldor y Hernando de Larramendi (espero no equivocarme), párroco de la iglesia conocido como “el Kodak” por el inquietante tic de uno de sus ojos, un guiño repetitivo que contabilizábamos durante sus homilías.

sanignaciodeloyola

No es mía. La quito si procede, pero ese es el escudo del colegio.

Pero quienes realmente regían el centro, y por extensión nuestras vidas, eran dos señoras, Conchita y Consuelo, supongo yo que religiosas -o algo peor-. Vestían siempre una falda tableada azul marino, una blusa blanca bien cerrada, oculta bajo una rebeca también azul -o un jersey de cuello vuelto gris-, y zapatos recios, de tacón grueso y bajo. Sobre su pecho, golpeando rítmicamente el colgante con crucifijo que pendía de su cuello, unas gafas de lectura. El pelo negro, corto y compacto, que dejaba al aire unos pendientes con forma de perla. Parecían clónicas, como las pérfidas hermanas siamesas de “La ciudad de los niños perdidos”.

No todos, pero la mayoría de los alumnos pertenecíamos a familias afortunadas en lo económico, lo cultural, o lo político -ya fueran sus respectivas fortunas hacia mejor, o hacia peor destino (en nuestro caso cada día que pasaba ganábamos un poco de cultura, y perdíamos “un mucho” de fortuna)-. Las parejas reproductoras de los años sesenta no habían perdido el tiempo, engendrando numerosas proles. En mis años en San Ignacio sólo conocí a un hijo único, lo que era todo un evento. Se llamaba Felipe González, un tipo grande y pelirrojo que debía aburrirse mucho en su casa, o eso pensábamos nosotros. El resto de mis compañeros tenían hermanos en casi todas las clases, desde “revalida” hasta primero de EGB (pronto tendremos que explicar que es eso de EGB para aquellos a los que ni les suene, y lo de “revalida” y PREU que lo busquen en la wikipedia): Los Díez Rubio -18 hermanos-; Los Chinchilla -18 creo-; Los Ordoñez (11), Los Chenel, Mestre, Mellizo, Romero, Fernández-Baldor, Vázqez-Prager… Si le sumamos los primos hermanos resultaba que no había curso en el que no se repitieran el ochenta por ciento de las listas. Yo compartía clase con dos de mis primas hermanas: Elena y Alicia [El San Ignacio de Loyola fue uno de los primeros colegios “religiosos” mixtos de Madrid].

En casa las cosas cambiaban más rápido de lo que yo podía asimilar. Las ausencias de mi padre se fueron haciendo más frecuentes y prolongadas, y cuando nos visitaba las broncas con mi madre iban ganando en frecuencia e intensidad. En uno de aquellos encuentros y desencuentros de mis progenitores surgió un nuevo miembro de la familia, Cristina. Las cuentas no salían, mi madre tenía que pedir dinero prestado a la familia porque mi padre no aportaba más que mentiras y promesas. Pronto empezaron a lanzarse objetos y golpear puertas. Llegado ese punto nuestra madre nos mandaba encerrarnos en el comedor de servicio, tras la puerta batiente, y allí esperábamos hasta su regreso, llorando unas veces, nerviosa otras. Sabíamos que el primero que abriera la boca se llevaría un bofetón, de modo que callábamos, y llorábamos solidariamente. Por suerte para todos mi padre se marchaba pronto, y volvíamos a nuestras “mediocres” vidas: Mi madre ahogaba sus penas leyendo en el porche, acompañada por Tete Montoliu y varios lagartos ocelados, que atraídos por la música se tumbaban al sol junto a su silla, y yo me subía a los árboles, en donde escondía mis posesiones más preciadas, y desde donde vigilaba a mis hermanas y sus novios, siempre armado de escopetas de perdigones, tirachinas de bola de acero, navajas… Si hacía frío me encerraba en mi cuarto hasta la hora de la cena. Me gustaba leer en el armario durante aquellas largas y aburridas noches serranas. Con una linterna me acurrucaba bajo los abrigos, pasando las páginas de “Guillermo el travieso”, de “Henry”, “Los cinco” y otros libros infantiles, y no tanto, con protagonistas cuyas vidas me resultaban agradablemente familiares, o deseadas. Así llegué a “Corazón”, y a todas las obras de Emilio Salgari, o Dumas, y finalmente los Episodios Nacionales, y muy especialmente el primero de todos “Trafalgar”. Alguien con poco juicio -sospecho quién-  tuvo a bien convertirme en padrino de mi pequeña hermana Cristina. Una idea inútil para una figura igual de inútil en los modernos entramados familiares. Pero sí, con apenas diez años acepté esa responsabilidad, y como responsable de ella me dediqué a investigar de cerca sus capacidades, descubriendo con gran alborozo que si soplabas con fuerza a la cara de un bebé, se quedaba sin aire.

En el colegio no tardé en hacer amigos, acostumbrado como estaba a tener que integrarme en ambientes nuevos. Por suerte para mí congenié de inmediato con la estrella del aula: David. Por entonces yo era un tipo flaco, moreno, no muy alto, con cara de mala leche y poco atractivo. David era todo lo contrario, y punto. En aquellos años de hormonada experimentación metí la pata muchas veces, pero nunca con tan duras consecuencias como cuando le dije a una chica que estaba como para “metérsela”. Dudo que yo tuviera una idea clara de lo que significaba, pero llegó a oídos de la directora, la señorita Consuelo. Fui inmediatamente llamado a su presencia. En su despacho, asustado y confundido a partes iguales, recibí una tremenda bronca. Con su inseparable bolígrafo sujeto entre los dedos, y dando golpes sobre la mesa con él, me dijo, me repitió, y me gritó, que yo era una vergüenza para el colegio, y que si en un grupo había un garbanzo negro había que extirparlo, para que no contaminase a los demás, y toda una retahíla de amenazas del mismo estilo, pero que no recuerdo bien porque -seguramente- había activado el mecanismo de defensa que tan bien me ha venido hasta hoy, ese proyectarme en el futuro que todo lo sana, un “no puede estar así más de dos horas, porque se acaban las clases, de modo que fíjate en cosas como sus uñas, los dibujos que hace con la mano, los agujeros de su nariz, parece un elefante marino, cómo serán sus bragas…”. Tras una breve penitencia, y la habitual charla de mis padres, fui perdonado, pero aprendí que en materia de mujeres nunca debía ser yo quien diera el primer paso, o dijera la primera palabra. En cuanto a la señorita Consuelo todavía me quedaba mucho que aprender.

No era un centro exigente en materia educativa. Los gestores no querían enemistarse con ninguna familia, no fueran a sacar a sus niños del centro, de manera que por mal que te fueran las cosas sabías que en junio conseguirías el anhelado aprobado. Todas las semanas teníamos la muy popular por entonces en España “misa voluntaria-obligatoria”. Llegada la hora Doña Consuelo entraba en la clase y anunciaba la cita, añadiendo que el colegio no quería presionar a nadie, de manera que el que no quisiera podría quedarse estudiando en el aula. Algunos chavales, mal aconsejados, se lo tomaban al pie de la letra… ¡Pobres! En cuanto se quedaban solos entraba la señorita Conchita -la otra harpía-, o la mismísima Consuelo, y se pasaban una hora sometiéndoles a un cruel interrogatorio sobre sus costumbres, sus pecados, y sus familias. A la semana siguiente el “ateo” era el primero en salir hacia la iglesia, como alma a la que persigue el mismísimo diablo. Por otra parte la misa era un cachondeo, lugar de intercambio de cromos, y de comentarios hirientes sobre los profesores.

Durante los recreos escapábamos por la calle de la urbanización, lejos del control del profesorado. Allí, tras saltar alguna tapia, nos reuníamos para jugar a “la cerilla”,  “La botella”, y otras perversiones que no eran del agrado de nuestro educadores como la “pídola”, o “El churro”. Cada semana me enamoraba de una de mis compañeras de clase, y a veces de varias al tiempo; Miriam, Pilar, Antonia… Grandes amores, y grandes chascos durante años, porque todas bebían los vientos por David -al menos eso he creído siempre-.  Fue entonces, cuando intentando llamar la atención, empecé a realizar cabriolas y acrobacias con bastante éxito. Aprovechaba cualquier momento para mantenerme en pino, hacer saltos, palomas, rondadas, y toda clase de piruetas simiescas… Pero hasta en eso David era mejor. Poco a poco asumí que mi papel nunca sería el de líder, salvo a la hora de hacer gamberradas, o cometer pequeños delitos. Ahí no tuve nunca rival, y me dediqué con esmero a bloquear las puertas de las aulas con palillos, o robar y coleccionar las marcas y logos que arrancaba de los coches que estacionaban cerca del colegio, incluso los de la Guardia Civil.

Un buen día nos dijeron que Franco estaba hospitalizado, y poco después que había muerto. Lo cierto es que no teníamos ni idea de lo que era la política hasta ese momento. Habíamos vivido la muerte de Carrero Blanco como algo que sucedía muy lejos de nuestra realidad, salvo por el chiste que circuló, aquel que decía que el almirante “nació en tierra, vivió en el mar, y murió en el aire”.  Mis padres, los “rojos” de la familia, deseaban un cambio político, o eso decían. Yo vivía ajeno a los problemas de mi padre con censores y políticos, pero sus “cartas demagógicas”, y otros escritos, le habían convertido en un periodista molesto, salvo cuando escribía de ciencia o literatura fantástica. Pero volviendo a mi existencia ¡Una semana de vacaciones! Qué alegría, qué gran tipo ese Franco. No hubo niño en el país que no lo celebrase, por más cara de luto que pusieran los maestros más fieles al “generalísimo”. Durante esos días mi padre aprovechó para darme algo de doctrina, contándome los horrores de la guerra, y de los cuarenta años de dictadura -pero omitiendo algunos detalles que vinculaban a mi familia con el régimen-. Supongo que yo le escuchaba entre confuso y aburrido, pero me dejé llevar y asumí que sería rojo para siempre, como ya era del Atleti para siempre.

La comitiva fúnebre pasaría por delante de mi casa, camino de El Valle de los Caídos, y pensé que arrojar unos clavos malamente doblados sobre el asfalto, antes de su paso, sería una buena idea. Guardé varios en el bolsillo, pero cuando llegamos al puente (el de la N-VI vieja) estaba tomado por público y guardias civiles, de modo que mi estúpida iniciativa se quedó en nada, por suerte. La comitiva pasó debajo de nosotros, acompañada por un ejército de negras y ruidosas “Sanglas”, y el temido “anciano” fue enterrado sin novedad, pero con muchos llantos, lamentos, y juramentos televisados. En mi familia los dos frentes se separaron un poco más, aún.

Cuando volvimos a las aulas nos encontramos con un cartel, de color sepia, con el rostro del “caudillo” en un lateral. Nos lo hicieron leer hasta aprenderlo de memoria. Hoy sólo recuerdo como empezaba: “Españoles: Al llegar para mi la hora de rendir la vida ante el altísimo…”.

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Acerca de Felipe Mellizo

Soy guionista, casi periodista, padre, pareja, ex-golfo, ex-aventurero, comilón, bruto, y seguidor del Atlético de Madrid.
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2 respuestas a Tuo Yaw (X)

  1. DARTH V dijo:

    Ayyy que lástima que no pudieras tirar los clavos joer… hubiera sido un marrón… pero genial!!!!

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