Tuo Yaw IX

Desde finales del siglo XIX y principios del XX, cuando algunos burgueses y aristócratas capitalinos comenzaron a disfrutar de los limpios aires de la Sierra de Guadarrama, siguiendo la estela de los veraneos borbónicos de La Granja, existían dos tribus en Villalba: Los acaudalados visitantes estivales; príncipes destronados por el comunismo, políticos en ascenso, familias de rancio abolengo, y familias simplemente rancias, que levantaban ajardinadas mansiones de piedra y pizarra con frontones, cenadores, y piscinas; y los vecinos del pueblo, que se ganaban el pan con la ganadería, el comercio local, y el tallado de piedras extraídas de las canteras de Alpedrete. Ambos grupos se relacionaban bastante más y mejor de lo que podría suponerse, aunque siempre se mantuvieron las clasistas distancias caciquiles.

El “desarrollismo” franquista plantó algunas fábricas en la deprimida zona que rodeaba a la estación de tren -que había quedado muy alejada del centro del pueblo cuando se construyó la línea que llevaba de Madrid a Ávila en el siglo XIX-, y alrededor de ellas nació otro núcleo urbano mucho mejor comunicado gracias al ferrocarril, y a la “Autopista de La Coruña”, inaugurada en 1967, añadiendo un tercer grupo humano, formado por obreros, comerciantes, y profesionales, a esa “menestra” serrana. La distancia entre una y otra zona del pueblo, y el efecto frontera de la autopista, contuvo a cada uno en su sitio, aunque con la aparición de las primeras “boites”- casi todas en la zona de La Estación- se produjeran encuentros y desencuentros más o menos sonados entre unos y otros.

Con la mejora de las comunicaciones, y casi sin darnos cuenta, apareció una cuarta “tribu”: Los domingueros. Llegaban de poco en poco, y a su alrededor brotaban negocios que atraían a su vez a más visitantes ocasionales. Supe de su existencia un buen día, en el mesón de El Tranco de Manzanares el Real (hoy en ruinas). En aquellos días era una zona boscosa y poco visitada, y el río fluía con bastante fuerza a pesar del pequeño embalse. La laguna que la erosión había formado entre las piedras era una preciosa piscina natural, y desde la gran roca se veía con nitidez el fondo, y a los enormes peces volando sobre él, mientras que el reflejo de las águilas nadaba reflejado en la superficie del agua. Los mayores se bañaban, o pescaban, mientras nosotros chapoteábamos por las zonas menos profundas. Poco a poco fueron llegando extraños visitantes  que venían desde la capital, y cuando nos dimos cuenta ya eran demasiados. En una de las rocas que jalonaban el río, desgastadas hasta la redondez por el agua, descubrí mi primera pintada ecológica, escrita seguramente por algún visionario local: “Dominguero, animal que viene con la suegra y el 600 y lo guarrea todo” [Cuarenta años después han prohibido el baño. Y no estoy del todo conforme. Es cierto que ensuciaban el entorno, pero ¿Dieron una alternativa a las familias con pocos recursos que se acercaban así a la naturaleza? ¿O es algo que solo se le permite a las élites?].

Eran días de “Galería nocturna” y otras producciones de terror, muchas de ellas españolas gracias a Chicho Ibáñez Serrador y su padre. Una de ellas me traumó durante años. Se trataba de una obra de teatro -creo-, y seguro que hoy es fácil de encontrar entre las “historias para no dormir”:

 

Había una mancha en la pared, y un hombre se obsesiona con ella, pero la mancha empieza a crecer, y crecer… Finalmente la mancha le devora, y pasando de mano en mano rebasa las fronteras de la casa amenazando al mundo… Bien, pues desde que a escondidas vi aquella obra vigilaba de cerca todas y cada una de las motas que encontraba en las paredes de mi habitación. Las marcaba pintando con bolígrafo sobre el papel pintado para ver si engordaban, y sufría de horribles pesadillas en las que era devorado por ese pudding oscuro. También temía a los vampiros -normal viviendo en un lugar como aquel, rodeado de conventos, casas abandonadas, y con mi padre siempre de viaje-. Antes de acostarme, cuando nadie me veía, colocaba junto a la puerta y la ventana una serie de crucifijos, veinte más o menos, juntando lápices de colores. Pero no debía confiar mucho en su eficacia porque pasaba las noches tapado hasta las cejas, sudando como un pollo, y pendiente de cualquier ruido extraño que pudiera alertarme del peligro. Era un sinvivir.

Para mi padre eran años confusos. Su amor por Gran Bretaña había superado lo razonable, y sea como fuere se las apañaba para volver a Londres a la menor oportunidad, bombardeándonos desde allí con postales y cartas, incluso un disco, un “single” que grabó con felicitaciones navideñas para todos, en uno de sus viajes a los Estados Unidos, usando una de aquellas sorprendentes cabinas de grabación callejeras. Escribía en varias publicaciones, pero apenas llegaba dinero a casa. Eso sí, cuando aparecía derrochaba alegría y detalles con nosotros, y muy especialmente conmigo, aunque a veces fuera a mi pesar. En vano intentaba mi padre aficionarme a un deporte pagándome cursos y entrenadores, ya fuera tenis, fútbol, ciclismo, o judo: Mi falta de espíritu competitivo acababa desesperándole.

villavicencio-y-yo

Villavicencio y yo en algún momento de los 70.

Un mes de agosto me dijo “voy a llevarte al pueblo de donde viene  una parte importante de tu acervo genético”. Estábamos en lo peor de agosto, soportando cuarenta grados a la sombra, cuando llegamos a Villavicencio de los Caballeros, en pleno “Sahel” castellano. Habíamos pasado Valladolid, Medina del Campo, y Medina de Rioseco, y entre los típicos espejismos acuosos de la carretera adiviné un letrero anunciando que el pueblo estaba a doscientos metros. Eran las dos de la tarde y no nos quedaba agua, porque como siempre mi padre había dicho que llenaríamos la botella en la siguiente gasolinera, pero se le pasó. Yo buscaba el pueblo entre los infinitos campos de trigo agostado que ondulaban con esa brisa asfixiante, hasta que con gran esfuerzo pude distinguir dos chopos, que debían resistir el calor alimentándose con las gotas de sudor de los viajeros, porque el río que había a sus pies no llevaba ni una puñetera gota de agua. Al acercarnos a los árboles fueron surgiendo del desenfocado fondo los ocres muros de adobe de las casas, y fijándome más aún -todavía no sabía que era miope- pude distinguir la torre de la iglesia. Habíamos llegado a alguna parte, ya fuera Villavicencio o Brigadoon.

No es que me esperase una banda municipal, ni al alcalde con los brazos abiertos, pero tampoco pensaba que aquello estaría desierto. Llamamos a varias puertas sin obtener respuesta, hasta que vimos a un lugareño saliendo de su casa con un jamón, y le perseguimos, alcanzándole a la entrada de una cueva. Allí mismo nos dijo “pero almas de cántaro, que hacen a esta hora en la calle, con la que está cayendo”. No quise dejar a mi padre en mal lugar. Y es que el pueblo entero estaba bajo tierra, oculto en formidables cuevas con todo tipo de comodidades (al menos eso creía yo, y así lo recuerdo y recordaré por siempre): Televisión, comida, agua, y catres para echar la siesta y aguantar hasta que se pusiera el sol. Nos acompañaron hasta la cueva de nuestros familiares -la más ruidosa, como es natural-, y allí conocí a un buen montón de tíos y tías nuevos, que se empeñaron en explicarme nuestro parentesco hasta que dieron las diez de la noche. Entonces, como si hubiera finalizado un bombardeo, salimos de las cavernas. El pueblo era otro. El pastor llegaba con las polvorientas ovejas, las madres aparecían con los niños, los bares servían vino de garrafa, los adolescentes jugaban al fútbol… Dormimos en una fonda, o lo intentamos, porque resultaba difícil hacerlo gracias al bullicio de ese pueblo de “vampiros” castellanos, que dormían de día y vivían de noche.

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Acerca de Felipe Mellizo

Soy guionista, casi periodista, padre, pareja, ex-golfo, ex-aventurero, comilón, bruto, y seguidor del Atlético de Madrid.
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