Juegos Paralímpicos Seúl 1988 (Parte I)

Suerte tuve desde pequeño. Suerte para no romperme la cabeza al caer de un árbol, para no estrellarme con una moto mal conducida, para no reventar con las drogas en la adolescencia -and beyond-, o para rodearme siempre de gente más inteligente que yo a quienes misteriosamente les caía bien… Un tipo afortunado. Lo asumo. De otro modo no se podría explicar que me ofreciesen ir a Seúl para cubrir los Juegos Paralímpicos acompañando a mi colega Pedro Paniagua, en los estertores de nuestros días de Radio El País.

Supongo que sería por los tejemanejes de José Miguel Contreras, o Carlos López Tapia, y  hasta hoy desconozco qué carajo vieron en mi (entonces ya había confirmado que era completamente inútil en todo, y muy especialmente en aquello que conllevara cualquier tipo de responsabilidad), pero con 24 años me vi sentado en una mesa, de un restaurante pretencioso de la Casa de Campo, con un tal Enrique Sanz, y varios directivos más de alto nivel de la ONCE, preparando lo que debía ser la primera experiencia de cobertura con enviados especiales de las paraolimpiadas (que habían ganado mucho en popularidad gracias al esfuerzo de los atletas con diversidad funcional -entonces se decía minusvalía-, que ganaban decenas de medallas, mientras que los otros atletas españoles de los Juegos “Olímpicos” volvían a casa con las manos vacías). En un momento dado Enrique Sanz, un tipo con mucha vista y poca visión, soltó un seco: “Por favor, quiero decirle a quien esté moviendo la mesa desde hace veinte minutos que se esté quieto”… Era yo, o mis nervios. Mi pierna tenía el  “tembleque del pie de embrague”. Pedro “bread and water” me miró, muerto de risa, y yo sonreí como pude frenando el seismo.

Después de prepararnos durante unas semanas, y con los bolsillos llenos por unas más que generosas dietas, partimos. En Madrid, coordinando y publicando en la revista de la ONCE, quedaba Piedad Sancristóval, probablemente muerta de envidia.

Mi contacto con la discapacidad, o diversidad funcional, hasta la fecha era nulo, pero aquellas primeras horas acompañando a centenares de deportistas con problemas de visión, o movilidad, fueron una de las más gratificantes experiencias de mi destartalada vida. Nos montamos en un jumbo con rumbo a Osaka, y tras hacer escala de diez horas en Copenhague, sobrevolar el polo Norte, aterrizar de nuevo en Anchorage -el tiempo justo para hacernos una foto con el oso polar del aeropuerto-,  y seguir después hacia Japón, llegamos finalmente a la capital de Corea del Sur. Casi 40 horas!!!!

En el avión viajaba la estrella del momento, Purificación Santamarca (16 medallas en velocidad, 11 de ellas de oro), quien no dejaba títere con cabeza con su desparpajo y lengua afilada. A mi lado se sentaba un chaval de mi edad, cuyo nombre no recuerdo, con quien hice muy buenas migas, y al otro lado del pasillo un Hércules malagueño, saltador de longitud invidente. A la media hora de vuelo el avión ya era una fiesta, hasta el punto que el comandante avisó con severidad de los riesgos de tanto cambio de asiento, carrera, baile y cante. Las azafatas del avión de la JAL no daban abasto. Cuando una de ellas, guapísimas todas, se acercaba a nuestra altura yo daba el aviso convenido y alguno de los ciegos se levantaba forzando el choque con ella. Fue un vuelo desternillante (excepto para las azafatas, supongo).

Finalmente llegamos a Seúl. (Seguire otro día, y juro que el relato no defraudará a nadie.  Samaranch, deporte, hamburguesas, pulpos vivos, hoteles lujosos, y algunos delitos… ).

 

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Acerca de Felipe Mellizo

Soy guionista, casi periodista, padre, pareja, ex-golfo, ex-aventurero, comilón, bruto, y seguidor del Atlético de Madrid.
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Una respuesta a Juegos Paralímpicos Seúl 1988 (Parte I)

  1. DARTH V dijo:

    Lo esperaré ansiosa.. as usual

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