Tuo Yaw VIII

De modo que seguíamos manteniendo una imagen de familia feliz y opulenta, con el añadido de ese aire intelectual y cultureta que nos permitía hasta ser transigentes y tolerantes con unos y otros, mientras gran parte del país malvivía y sufría la dictadura en sus carnes.

Mis padres nos pusieron a estudiar piano, con una peculiar profesora cuyas medias se caían conforme avanzaba la clase hasta terminar enrollándose en sus tobillos. A mi se me escapaba la risa, pero era una buena mujer, nunca se enfadaba. Cuando llegaba el buen tiempo los ejercicios repetidos mil veces se convertían en una tortura, porque desde el taburete se veía la piscina, y a toda la balumba familiar chapoteando en ella como hipopótamos en delta del Okavango, y teniendo en cuenta mi natural dispersión lo que aprendía en una hora lo olvidaba en cinco minutos bajo el agua.

notas escorial

Mis notas en 1973-1974 (Real colegio Alfonso XII, El Escorial)

Durante los largos inviernos, cuando no estábamos en el colegio, éramos unos niños bastante solitarios. Mi padre desaparecía hasta la noche, o incluso varias noches, y mi madre bastante tenía con cuidar de Alicia y Carlota. Mari tenía a Ana para jugar, y viceversa. Y yo tenía a … Bueno, yo pasaba el día subido a los árboles, persiguiendo animales, o metiéndome en las vacías casas de verano del vecindario, pero con la mirada siempre puesta en la carretera, deseando ver aparecer el coche de algún vecino que viniera a pasar el fin de semana con su familia a aquella solitaria colonia. A veces les esperábamos sentados, sobre la valla, compitiendo por ser  los primeros en distinguir un coche que nos fuera familiar. Los Rivas eran los más puntuales. Tenían dos hijos, Pocholo y Mari Pepa, y apenas se detenía su coche ya estábamos corriendo para recibirles. Los dos habían salido tan enormes como sus padres. Yo me enamoré de Mari Pepa nada más verla -lógico, era la única candidata bípeda en varios kilómetros-. Su hermano Pocholo, mi cómplice, era un fenómeno. Se hizo famoso entre mis familiares por sus volteretas bajo el agua de la piscina sin bañador, como un león marino, mostrando su desnudez al público tanto por detrás, como por delante. Lo importante en esa edad era molestar a la mayor cantidad de seres humanos posible, de modo que un día, emocionados por haber descubierto un gran panal, quisimos soltarlo para amedrentar a mis hermanas, pero al golpearlo con un palo el nido de avispas cayó al suelo, y en la huída tropecé, quedando a merced de sus aguijones. Me pusieron fino.

Un atardecer cualquiera Mari Pepa y yo nos besamos junto al columpio bajo la atenta mirada de mi hermana Carlota, que se lo pasaba estupendamente bien de sujetavelas. No sé si llegamos a repetirlo, pero creo recordar que ese fue mi primer beso de amor, o como se diga eso. De lo que no tengo duda fue de que en su casa, jugando al fútbol con Pocholo, toqué techo como aficionado del Atlético de Madrid: Avancé con el balón pegado a los pies, driblé a Mari Pepa y Velázquez salió a frenarme, si VELÁZQUEZ el jugador del Real Madrid que era amigo de los padres y estaba de barbacoa, pero espoleado por el amor le hice un caño dejándole seco, recuperé el balón y chuté, metiendo el esférico entre el pino y la piedra. GOOOOL. No hace falta que diga que me lo creí durante años.

Pero llegaba el domingo, y al terminar la merienda nos sentábamos de nuevo en la valla de piedra para despedirnos “hasta cuando sus padres quisieran”, volviendo a nuestros aburrimientos habituales.

Los únicos que compartían aquella soledad invernal con nosotros eran los alumnos del Instituto Ponce de León, los sordomudos. Yo me hice amigo de uno, Saturnino Ichinda Mayer. Tenía diez o quince años más que yo, era de origen guineano, negro, pintor aficionado, y jugador de béisbol. Gracias a él me adoptaron en su silencioso equipo, y con su dirección -y la de Ramón, un hércules de dos por dos- aprendí a golpear la bola y correr con bastante éxito, siempre extrañado por esos guturales gritos de ánimo que su sordera les permitía articular. No había mucha tradición, pero crearon un equipo, el Johnson and Johnson” -por más vueltas que le di no conseguí entender jamás de dónde salió aquel nombre-. Por desgracia no encontramos rivales suficientes para crear una liga en la zona (el país que estaba volcado con el fútbol y el ciclismo), y terminamos dejándolo por imposible. Un buen día desaparecieron de nuestras vidas, o nosotros de las suyas, pero guardo un cartel dibujado por Saturnino para anunciar el primer partido oficial de aquel frustrado equipo de beisbol.

[CARTEL SATURNINO BEISBOL -tendré que buscarlo por las buhardillas, mejor en otoño que ahora son hornos de asar bajo ladrillos de barro-].

De vez en cuando mi padre me llevaba a Madrid. Siempre tuvo ese tipo de deferencias conmigo, y no con mis hermanas, y no dudo que hubiera una parte de misoginia en ello, pero alguien debía compensarme por esa soledad de género que me tenía semanas enteras subido a un árbol, por no acabar haciendo de base para enganchar la “goma”, o de brazo mecánico para la “comba” que saltaban mis hermanas. Esas excursiones con mi progenitor, a bordo de su SEAT 124 azul marino con tapicería de skay rojo, me llevaron por todas las redacciones de la capital, haciéndome popular entre los conserjes, quienes me permitían vagabundear a mis anchas por los edificios. Mi preferido era el del diario PUEBLO, con aquel sinfin de ascensores encadenados, que ni tenían puerta, ni se detenían. Cajas de madera de las que se entraba y salía en marcha, un parque de atracciones para cualquier chaval como yo. Tampoco me aburría en la Agencia EFE. Mi padre me dejaba sentado en el bar, siempre vigilado por aquel vendedor de lotería que tenía montado el chiringuito junto a la barra. Cuando me terminaba el tebeo me entretenía con las oscilaciones del “bote” de los camareros -una balanza con dos recipientes, uno de ellos con los colores del Real Madrid, y otro del Atlético de Madrid, a donde iban a parar las propinas de los clientes en función de sus gustos-. Era un lugar muy animado. Entraban famosos, ociosos, y algún borracho, y yo miraba y escuchaba con atención. En todas partes saludaban a mi padre con alegría y por su nombre, era popular, y al parecer apreciado. Yo aprovechaba esa intensa vida social para comer chocolate y tortilla sin control, además de conseguir unas pesetas de manos de los amigos de mi padre, enternecidos por mi angelical presencia. Mi padre tampoco era un tío que llevase bien lo de hacer “cola”, ni tan siquiera para cobrar. De ese modo me vi esperando turno en su lugar, frente a la ventanilla de cobro de RTVE (cuando te daban el dinero en un sobre), mientras que él se tomaba un café. Y estando allí me fije en un hombre espigado, era JOE RIGOLI. Yo no le tenía un especial cariño, porque por su culpa me habían llamado “Felipito tacatún” en todos los colegios (aquel entrañable tonto al que interpretaba), pero Joe me miró, me sonrió, y me firmó un autógrafo en un trozo de papel, que perdí antes de llegar a mi casa.

Mi progenitor seguía sumando obsesiones de lo más dispersas y/o heterogéneas:20160627_110713 Los dinosaurios, Ortega, el monstruo del lago Ness -Nessie para sus amigos, a quien hizo popular en nuestro país con sus artículos en TRIUNFO-, Tolkien, el tenis, la escatología en general, el Rey Arturo… Y nos hacía partícipes de ellas mediante la lectura en voz alta de artículos y fragmentos literarios. En cuanto podía nos convocaba en su despacho y nos recitaba textos que no podíamos comprender. Aguantábamos como podíamos, reprimiendo los bostezos por indicación de nuestra madre, que intentaba siempre que el drama acabase cuanto antes. Pero invariablemente terminaba habiendo bronca. Mi padre se enfadaba por nuestra falta de atención, mi madre por la falta de juicio de mi padre, y nosotros porque nos estábamos perdiendo alguna película interesante.

arturo rey

Introducción del libro “Arturo Rey” de mi padre.

A falta de vecinos mis hermanas mayores se acabaron integrando en un grupo de adolescentes que vivían al otro lado de la colonia, cerca del río Guadarrama. Tenían moto, el summun de la independencia, jugaban a la “ouija” en cuartos oscuros, y podían entrar a la primera discoteca que conocí: Tiflo`s (la apóstrofe daba a cualquier local un plus de sofisticación), una pequeña “boite” de Las zorreras (Navalquejigo). El aburrimiento y la envidia me llevaba a espiarles todo el santo día, pedaleando como un loco tras ellos cada vez que se subían a las motos, con mi recién estrenada bicileta TORROT con “marchas”, a cuya rueda delantera había enganchado un naipe con una pinza para que que al rozar con los radios sonase como una “Ossa phantom”, unos prismáticos de caza gigantescos, linterna, y navaja multiusos. En una de esas les vi entrando en Tiflo’s… ¡Ya tenía lo que quería! Bajé zumbando por aquella empinada cuesta, en dirección a mi casa y dispuesto a chivarme. Con los pedales fuera de sí y la cara como si estuviera en un túnel de viento de la NASA llegué hasta el “Puente del Herreño”, y cuando empezaba el repecho final fui alcanzado por los novios. Mis piernas no podían competir con sus motos. Pero yo no pensaba rendirme, salvo acuerdo satisfactorio para ambas partes. Y así fue: Compraron mi silencio con una reluciente moneda de 25 pesetas. Sospecho que aquello no selló mis labios por mucho tiempo, porque finalmente mis padres se enteraron. Con el tiempo me integré en el grupo de los hermanos pequeños de aquellos moteros, una pandilla que resultó tener los mismos molestos intereses que yo, capitaneada por Juan Carlos, y sus dos lugartenientes, Zipi y Zape. A veces nuestros hermanos mayores tenían la fortuna de quedarse al mando de una casa durante varias horas. Entonces nos expulsaban al frío jardín sin contemplaciones. En vano intentábamos asomarnos para descubrir alguna tórrida escena de besuqueos, o bailes “agarrados”,  y tras dar varias vueltas a la casa en bicicleta acabábamos subiendo a los tejados, intentando arrojar objetos combustibles sobre el fuego de la chimenea para llamar su atención. Otras veces, tras comernos unos cuantos huevos duros con sal comprados en el bar que había frente a la casa de uno de ellos, nos colábamos en la finca de Victorino, y dábamos una vuelta por la propiedad taurina en “modo comando”, con el absurdo objetivo de molestar a los toros. Pero los mayorales tardaban poco en descubrirnos, y galopaban hacia nosotros puya en ristre, haciéndonos pedalear con energía para llegar hasta la salida de la colonia Media Luna, al final del antiguo camino del Monasterio del Escorial. Las prisas eran una constante en nuestras vidas, tanto como su contrario: La observación silenciosa del mundo adulto. Uno de nuestros pasatiempos favoritos consistía en observar la puerta de uno de los locales de alterne de la zona, que ocupaba un chalet decimonónico cerca del puente. Parapetados tras un terraplén observábamos cómo llegaban las “empleadas”, en una furgoneta bastante cutre, y cómo, poco después, les seguían algunos hombres -a veces conocidos-, desapareciendo sonrientes en el interior. Un buen día Juan Carlos, de los mayores del grupo y el más alto, se armó de valor, cogió carrerilla y cruzó la calle hasta la entrada. Subió los peldaños y abrió la puerta, gritando desde el umbral “Me da un vaso de agua”. Sin esperar respuesta salió a la carrera hacia nosotros, que presas del pánico, e insolidarios como mandan los cánones infantiles, ya estábamos montados en nuestras bicicletas. Tras Juan Carlos corría un hombre, que seguro que nos llevaba vigilando un rato, pegando voces y blandiendo una amenazante verga de toro. Escapamos por los pelos.

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Acerca de Felipe Mellizo

Soy guionista, casi periodista, padre, pareja, ex-golfo, ex-aventurero, comilón, bruto, y seguidor del Atlético de Madrid.
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