Tuo Yaw VII (Se avecina una tormenta)

franco en lonja 1973
           Lo mejor del Monasterio eran las visitas de personalidades. Cuando algún Jefe de Estado, ministro plenipotenciario, militar americano, o autoridad económica extranjera aceptaba pasar a la historia compartiendo plano con el “generalísimo” -ni eran muchos, ni creo que fuera un plato de buen gusto-, estaba condenado a visitar el “sacrosanto” edificio. Llegado el momento la lonja se llenaba de tanques y soldados, lo mejorcito del ejército, y a los niños del colegio nos daban recreo y banderitas para saludar al “Caudillo”, enriqueciendo las imágenes del NO-DO como figuración especial. Entre gritos infantiles de “Franco, Franco, Franco” el anciano dictador se acercaba a nosotros, que ocupábamos un lateral del patio de la basílica, y sonriente, saludando con su habitual gesto de “mano de autómata que gira sobre su gozne”, llegaba hasta la primera fila y rozaba la cabeza de alguno, interpretando a la perfección el papel de frágil abuelito de todos los españoles -la verdad es que le quedaban pocos, pero decisivos, telediarios-.
          Mientras tanto mi abuelo Felipe, que tampoco era un chaval, había decidido repartir la finca de Collado Villalba entre sus hijos, una herencia anticipada que podría mantener a la familia unida para siempre, o enviarla definitivamente a la diáspora. Cada uno de los cuatro tenía libertad para hacer lo que quisiera con su parte, menos venderla, pero debían consultar primero con él para que diera su aprobación. Mi tío Mauro, un hombre sensato, decidió construir un chalet moderno en la parte que le correspondía a mi tía Paloma, una casa espaciosa que serviría también para que mis abuelos, cuando vinieran a la sierra, pudieran estar más cómodos que en el viejo caserón de piedra, frío, con demasiadas escaleras, arañas “patilargas”, salamandras, ratones, y fantasmas…  Meme, la tercera de los hermanos, se había casado con Juan, un recio castellano -de Arévalo creo-, que tenía un sentido estético igual de recio, por lo que presentó los planos de lo que venía a ser una “casa castillo”, con su torreón y saeteras -o eso dijeron. Yo creo que había mucha maldad en mi padre cuando le criticaba-. Mi tío Carlos, el pequeño, desde las américas se lavaba las manos, y pidió que su parte se quedase en barbecho, con la flora creciendo a su libre albedrío. Por último mi padre, que tampoco era un ejemplo de sensatez,  propuso construir en su terreno unas pistas de tenis, con una pequeña casa club… Abrumado, mi abuelo retiró la oferta, y finalmente sólo salió adelante la idea de Mauro, la casa nueva de “La Pérgola”.
          En la primavera de 1973, en el Monasterio de El Escorial, y tras haber completado la habitual catequesis, tomé mi primera comunión. Por suerte para mí mis progenitores no eran cristianos practicantes, por lo que me libré de aquellos horrendos trajes de marinerito, franciscano, o general, que tanto gustaban al clero y las abuelas, y fui correctamente vestido, con un discreto traje de chaqueta azul y jersey de cuello alto blanco estilo “nouvelle vague”. No atendí mucho al cura, porque durante toda la ceremonia estuve pendiente del flamante reloj Duward que me acababan de regalar -con su correa blanca y su esfera luminosa-, y tampoco creo que escucharan el proselitista sermón mis compañeros,  especialmente el niño-franciscano, que no paraba de rascarse por culpa de su desagradable atuendo [Alguien debería investigar qué niños hicieron la comunión vestidos con esas sayas, y descubriría que la mayoría son asesinos en serie, banqueros, o  políticos corruptos].
Comunión BN

¡Pobre Alicia!

          Por supuesto que sin convite uno no era bien recibido en la casa del señor -y el cura debía dar fe de ello por lo que era invitado a bendecir las raciones de jamón ibérico que repartían por las mesas-, de modo que tuve una fiesta tan ostentosa como una boda, en el Miravalles -un restaurante que se encontraba a mitad de camino entre mi casa y Guadarrama, justo a la altura del cruce de la carretera de El Escorial-. Todos tenían grandes esperanzas puestas en mi persona. ¡Pobres! Pensaban que al haber heredado yo el nombre de mi abuelo -y mi padre-, habría heredado también sus cualidades y virtudes… Pues se equivocaban. Por supuesto que en mi comunión comí tanto que enfermé, como siempre.
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           Para mayor gloria de curas, restaurantes, y vendedores de tebeos, mi familia crecía como una colonia de lemmings, y a los dos o tres nacimientos por año había que sumar la llegada de nuevos novios, y después maridos. El primero en adherirse a nuestro clan fue  Ángel Cuena, que llegaba a los eventos a lomos de su Benelli, o sobre un espectacular buggie plateado. Era nuestro héroe. Cuando no nos sacaba por el pueblo en su espectacular coche, nos llevaba a montar a caballo, o a volar aviones a escala con motor de gasolina [Los primeros que vimos. Hoy tiene una empresa de drones, claro está]. ¿Qué más se podía pedir?  Mi madre, y las demás mujeres de la familia, asumían su rol secundario con mayor o menor resignación, y pasaban el día numerando a sus respectivos niños “A ver, ¿estáis todos? Uno, dos…”.
          Mi padre seguía con sus chaladuras. Jugaba al tenis en mitad de una carretera en construcción, o nos sacaba a todos al jardín durante las tormentas para invocar a dioses escandinavos, o aparecía con una herida en la calva por algún extraño motivo que siempre sonaba a excusa peregrina, o hacía “footing” (algo a lo que no estaban acostumbrados en la zona)… Por las noches nos leía -hasta resultar aburrido- a Galdós, a Kipling, o a Esopo. Nos hacía cantar junto al piano, o se ponía a bailar tango en mitad de la calle. Mi madre pasaba del bochorno a la risa, y de ésta al bochorno de nuevo, pero no era una mujer aburrida, y participaba en todo con el mismo entusiasmo que él, a pesar de las constantes “desapariciones” de mi padre.
          El abuelo Felipe estaba perdiendo fuerzas, pero no autoridad. Se levantaba de la cama tarde, con parsimonia, y se encerraba en su cuarto de baño, saliendo de él una hora y media después, perfectamente vestido y perfumado. Cogía un pequeño estuche de su cómoda, y sacaba del interior una pluma de faisán que colocaba en el sombrero, sujetándola con la cinta que reposaba sobre el ala.  Cogía su bastón y se marchaba a caminar. Apenas hablaba. Paseaba por el jardín hasta aburrir a los perros, que le seguían como un ejército fiel, deteniéndose sólo para anotar con una línea en el suelo -siempre en el mismo lugar- cada vuelta completada.  De vez en cuando nos miraba, de reojo, y ante cualquier alboroto se detenía, y señalando al culpable con el bastón llamaba a la madre correspondiente, haciendo que ésta dejara de tomar el sol y reprendiera al alborotador. Le sobraban las palabras, o las había usado ya todas.
          Maurete e Ignacio, los siguientes en edad tras mi prima Paloma, ya eran unos golfetes. A Ignacio le había dado por el deporte, heredando de su padre la pasión por el fútbol y la arquitectura. Jugaba en el equipo de Villalba, si es que se lo permitían las fuerzas porque tanto él como su hermano exprimían al máximo las noches serranas de los primeros “setenta”.  Maurete era mi padrino. Un tío dulce y simpátcio, con un corpachón atlético y gustos muy raros a la hora de vestir (al menos para mi “yo” de 10 años de edad). Cariñoso, ruidoso, fanfarrón, y gesticulante, su presencia se hacía notar en cada momento.  Cuando estábamos en la casa familiar mis dos primos mayores dormían hasta la hora de comer. Entonces aparecían con una toalla sobre el hombro, y arrastrando los pies se dirigían hacia la piscina mientras que los pequeños les hacíamos hueco, dejándose caer al agua sin decir palabra. Para evitar paseos innecesarios mi tío Mauro había repartido por todo el jardín unos altavoces, de modo que mediante un micrófono que se encontraba en la casa principal podía llamar a quien quisiera, o convocarnos a todos para comidas, llamadas de teléfono, y regañinas varias.
          Y así, felices e ignorantes, pasábamos los días, sin darnos cuenta de que habían aparecido ciertas diferencias entre nosotros y nuestros primos. No se trataba de diferencias culturales, o políticas -que las había desde siempre-, sino de algo más tangible. Pequeños detalles que indicaban que vivían mejor que nosotros. Tenían mejor ropa, mejores juguetes, más paga… Con el tiempo la distancia fue haciéndose mayor, tan grande como la que se estaba abriendo entre mi padre y mi madre. Sospechábamos que mi padre pasaba por un mal momento, pero era algo más, aunque su despilfarradora personalidad hiciera de pantalla de humo. Con cuentagotas fueron apareciendo por mi casa pantalones y jerseys usados por mis primos. Algo estaba cambiando en mi familia, y en el país entero.
          La correspondencia de mi padre en aquellos días -este insondable saco de papeles que me pidió que le guardase antes de morir y que ya amarillea-  Tiene mucho contenido político. Quejas con fundamento, muy especialmente cuando en los estertores del régimen -y los albores de la crisis del petróleo-, la tensión fue en aumento. Viviendo en aquella burbuja burguesa poco sabíamos nosotros de la agonía del régimen, de dictaduras, o nacionalismos, pero tras unos crueles atentados, y un juicio igualmente injusto, condenaron a muerte a tres miembros del FRAP y dos de ETA. La tensión crecía en todas partes, incluso en las redacciones, haciendo que algunos perdieran los nervios y llegaran a las manos, como pasó con mi padre y un colega inglés, tal y como recuerda Heleno Saña, filósofo libertario con quien mi padre se carteaba a menudo:
Querido Felipe:
 
Deseo de todo corazón que cuando recibas esta carta tu estado de ánimo se halle más sereno. Tu cabreo contra el régimen, contra los lugares comunes de los informadores extranjeros, y contra la oposición de Whisky y descapotable -como tú plásticamente dices- está plenamente justificado, pero debes procurar a toda costa dominarte y no perder los nervios. Yo sé que tú, en efecto, no eres sospechoso, pero incidentes como tu altercado con ese británico no condicen a nada y no hacen más que desgastarte. Administra tus energías, concéntrate y trabaja para que un día nuestro desventurado país sea algo menos miserable de lo que es desde hace tiempo…
 
…Yo no conozco lo suficiente todos los países extranjeros para saber con certeza si existe de verdad odio contra España, por tradición y principio. En Inglaterra quizá sea así, en Francia en parte también. Pero las manifestaciones de protesta contra el régimen durante los días que siguieron a la publicación de las condenas de muerte, no tienen nada que ver con el odio a España. Fueron reacciones espontáneas contra el régimen, no contra el pueblo español…
 
…El nacionalismo vasco, como el catalán, tiene un fondo incuestionable de racismo, que en circunstancias políticas normales habrá que combatir. De ello se encargarán los mismos obreros que hoy, por oposición al régimen, apoyan a los nacionalistas vascos. El régimen lo confunde todo y convierte, por torpeza, en mártires a gente que en el fondo actúa inspirada por motivos pequeño-burgueses. Todo eso de la liberación vasca es ridículo.
 
Heleno Saña

 

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Acerca de Felipe Mellizo

Soy guionista, casi periodista, padre, pareja, ex-golfo, ex-aventurero, comilón, bruto, y seguidor del Atlético de Madrid.
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