Tuo Yaw (VI)

Shivon era todo lo que un niño de siete u ocho años puede desear si sus hermanas son morenas y con ojos oscuros: Rubia, y con ojos azules. Su hermano, Marcos, compartía pupitre conmigo en el Kings College, y cuando ella se acercaba para hablar con él yo dejaba de respirar, literalmente, y si para colmo me preguntaba algo la sangre desaparecía de mi rostro por arte de magia, y las palabras se amontonaban en mi garganta hasta que exhalaba una balbuceante sucesión de onomatopeyas y gruñidos, a mitad de camino entre el inglés y el bable.

No sabía cómo, pero debía impresionarla, de manera que a la salida del colegio, vestido con mi reluciente y recién estrenado kimono de  judo, y en un arranque de estupidez impropio para mi edad pero “propio” para mi naturaleza, cogí un cigarro que algún adulto había tirado al suelo sin apagar y me lo llevé a la boca -a lo Humphrey Bogart-, con tan mala suerte que al mismo tiempo que mi gran amor salía del edificio lo hacía un profesor. Tiré el cigarro, pero ya era tarde… me llevaron con mi tutora. Recuerdo el interrogatorio como si fuera ayer [Realmente no lo recuerdo, o sí pero confundido con otros cientos de interrogatorios, porque esa misma escena se ha repetido a lo largo de cincuenta años, y aún sucede, con demasiada frecuencia: Yo de pie, justificando un despropósito delante de alguien, sean profesores, padres, parejas, policías, jefes… Con la cabeza baja, las manos cruzadas sobre el vientre, y asintiendo levemente en gesto de arrepentimiento, siempre pensando en que aquello acabará tarde o temprano, y confiando en que la pena de muerte no se aplique en el caso que se debate]. Con el saber estar y el convencimiento que tiene uno a esa temprana edad les dije que fumaba a diario, que en mi casa lo sabían y que estaban conformes. Durante diez años creí que les había convencido, porque no me castigaron, sólo reían. Estaba claro que la mentira era un gran invento, pero por mucho arte que tuviera como aranero nunca lograría ser un gran seductor. ¡Adiós Shivon!

Al poco tiempo nos fuimos a vivir a la sierra. Mis padres habían comprado una casa en Los Negrales, y mientras la reformaban estuvimos viviendo en Morarzarzal, un pueblo cercano a Collado Villalba. Las urbanizaciones aún no habían aparecido en el paisaje serrano, de manera que nos instalamos en un caserón de piedra, justo a los pies del pueblo.

 

Desde que volvimos de Londres mi madre era otra, estaba radiante. Yo pasaba los días en soledad, recorriendo la zona sobre mi bibicleta, torturando y destripando a todo bicho que tuviera la desgracia de cruzarse en mi camino salvo a los perros, de los que huía con extraordinaria rapidez. Mi padre pasaba muchos días fuera de casa, marchándose a Londres en cuanto podía para cubrir distintos eventos -Luego supe que en más de una ocasión se había quedado en El Escorial, bien acompañado, y que entre cigarro y cigarro se inventaba crónicas que enviaba por teléfono a las redacciones, fingiendo que se encontraba en otro país (algo harto publicitado por sus colegas, cuando le recuerdan en cualquier tertulia, y que con el tiempo he descubierto que todos ellos hacían o hicieron también)-.

Para mi eran los días de las grandes producciones cinematográficas familiares. La super 8 de mi padre registraba cualquier evento,  viaje, o simplemente monótonos paisajes de carretera. Estupendamente caracterizados por mi madre y hermanas mayores, e ignorantes de la situación política del país, reproducíamos cuentos populares en el jardín de aquella casa de Moralzarzal.

 

Guardo un recuerdo visible de aquellos meses: una profunda cicatriz en la planta del pie derecho, un daño colateral producido por aquellas chancletas azules de goma petroleada que se vendían en España, y que eran de todo menos estables. El asunto fue que bajando del pueblo a la carrera, por la empinada cuesta que llevaba a mi casa, perdí aquella pieza que había entre los dedos y la suela de la chancleta, y tropecé, con tan mala suerte que pisé sobre el culo de una botella de cristal que alguien había tirado en mitad del camino. Me llevaron a coser metido en un carro de la compra. Entrañable.

Las obras de Los Negrales terminaron, y nos trasladamos de nuevo. Era un bonito chalet con aires alpinos y un espectacular diseño que le daba nombre: “Tres porches”, aunque en la reforma mis padres solo dejaron uno y hubo que rebautizarlo como “La isla”, al estar en un lugar solitario -entre conventos y fincas ganaderas-. [Es un detalle muy burgués -aunque sólo sea aspiracional- eso de ponerles nombres a las casas cuando tienen jardín, por pequeño que sea, y no hacerlo con los pisos. Es como decir “mi pequeño país”, o “tengo suelo”, o “soy alguien”]. Era una casa modernista, diseñada por alguien con sorprendente buen gusto -algo que no abundaba por allí entonces-. Tenía árboles de todos los tamaños, y un gigantesco cedro del Líbano que salía desde un patio interior, a través de un hueco en el tejado. La construcción era de una planta, con desniveles y escalones que la hacían sumamente entretenida para los niños, puertas batientes con “ojo de buey”, o en ángulo, y un gran salón con una chimenea central, de gran ayuda cuando a uno le perseguían zapatilla en mano, algo que sucedía con demasiada frecuencia.

La isla cortada

Foto “pirateada”. Esta era nuestra casa en la calle Nuestra señora de los Ángeles, o lo que queda de ella. La piscina que construimos se ve al fondo, se intuye más bien, así como un columpio roñoso. Me da a mi que la tienen en obras, o abandonada.

 En el exterior, junto a la casa, había un segundo edificio, con el garaje y un gran cuarto trastero, que pasaría a ser nuestra sala de juegos, -dicho así parece mucho más de lo que era, porque realmente se trataba de un espacio frío y sucio, pero perfecto para mis preadolescentes hermanas, que estaban en la edad de las charlas interminables-. Para no ser menos que el resto de la familia se construyó una piscina, que integraba una gran roca que nadie había sido capaz de remover, y que -a pesar de las prohibiciones- acabó por convertirse en un arriesgado trampolín natural [Cuando se hacía una piscina, entonces y no sé si ahora, se mezclaba alguna moneda con el cemento de la obra, como sortilegio para evitar que hubiera ahogamientos en ella. Al margen de esta moneda nuestro padre decidió que otra moneda fuera visible en el fondo, y así estuvo durante algunos veranos -luego desapareció-. Esa descabellada idea de mi progenitor estuvo a punto de ahogar a varios en el intento de despegarla]. Cerca de la piscina había un columpio, atracción en donde dejaría yo parte de mi pellejo, realizando piruetas imprudentes para impresionar a mis amigos y escapar de mis enemigos.

Nunca supe qué carajo era Los Negrales. Un pueblo que no era pueblo, ni barrio, ni nada. No tenía identidad. Había nacido al amparo de una idea franquista que pocos recordarán: Gallinópolis, la gran ciudad de las gallinas. Doscientas naves de ponedoras que proporcionarían huevos para los españoles del baby boom sesentero ¡sería por huevos! Cuando nosotros llegamos apenas quedaba nada de aquello, más allá de unos muros, varias naves abandonadas, y un par de empresas avícolas mucho más pequeñas que trataban de salir adelante a duras penas.

En la zona alta del pueblo, atravesando unas amplísimas calles sin asfaltar, estaban las residencias y escuelas, todas religiosas, y varios conventos monstruosos en donde se celebraban aquellas “convivencias espirituales” tan populares en los setenta. También había seminarios, con envidiables campos de fútbol y pistas de tenis, y un gran complejo, el “Instituto Ponce de León”, en donde vivían y estudiaban sordomudos de todo el mundo. Cerca de mi casa, junto a la antigua Carretera de La (A) Coruña y como es menester en cualquier arrabal del universo, había dos luminosos locales de alterne. Más allá la casa de los Rodríguez Conde, y después la finca de Victorino, sí, el de los toros.

Mirando de frente a la puerta del colegio, mi primera clase estaba a la derecha, la segunda ventana del segundo piso.

Los colegios de Villalba no debían ser muy atractivos para nuestros padres, de manera que nos matricularon en El Escorial, a media hora en coche de casa. Mis hermanas con las monjas, y yo con los Agustinos del Real colegio Alfonso XII, en el mismísimo Monasterio de El Escorial.

Y el Monasterio era… pues igual que hoy, y que hace cuatrocientos años: Un colosal edificio de piedra con sus ventanitas equidistantes, que alguien se había molestado en contar para regocijo de los amantes del dato inútil, y una teja de oro que todos siempre señalan pero nadie realmente ve. Mirando de frente a la entrada principal de la Basílica, en la puerta de la izquierda, estaba -y está- el colegio. Las aulas, repartidas por los claustros, eran “Felipinas”, y tal y como mandaban los cánones de la época tenían su Cristo, su Franco, su mapa de las “Españas” -incluyendo aún a Guinea Ecuatorial y el Sáhara español-, y la omnipresente pizarra. El suelo, de tarima desgastada, servía de cobijo para  inumerables ratones, y las ventanas, desde las que se observaba el monte Abantos, escondían entre sus grietas infinidad de murciélagos durmientes con los que experimentábamos en nuestros ratos de ocio [muy popular era hacer que fumasen, o llevar varios dentro de bolsas de pipas de Tarancón para soltarlos en donde pudieran causar pavor].

Alguna vez me han preguntado si era verdad aquello de que en Inglaterra te cascaban a diario, y yo siempre he dicho que no, porque jamás lo presencié ni lo sufrí -aunque alguno seguro que se quedó con las ganas-. Pero no puedo decir lo mismo sobre los docentes españoles con los que me crucé… En el Alfonso XII daban hostias sin consagrar a diestro, y siniestro. Especialmente si te echaban de clase. Estabas frito. Te ponían de rodillas en el pasillo del claustro, pelado de frío, y tras unos minutos de tenso silencio percibías los lentos pasos del padre que se encargaba de vigilar los pasillos. Plum, plum… se acercaba. Podías escuchar el ruido de los llavines con los que jugueteaban sus morcillosos dedos… Clin, clin… ya estaba cerca… lo sentías… te quedabas muy quieto, cerrando los ojos y encogiendo el cuello, rezando para que al carcelero le diera un infarto antes de que llegase a tu altura… pero te llegaba y ¡Zasca! Sin mediar palabra te sacudía un caponazo con uno de los llavines, y se alejaba, dejándote gimiente y dolorido, mirando de reojo hasta que le veías avanzar hacia su siguiente objetivo con cierto alivio,  y tras golpearle desaparecía por el pasillo, plum, plum…

El colegio acogía a un grupo heterogéneo de alumnos, una extraña mezcla de residentes en El Escorial -chavales de todas las edades que se marchaban a su casa para comer, y salían de clase a primera hora de la tarde-, “mediopensionistas” (curioso nombre que nos pusieron, ni que fueran gratis), que estábamos allí desde la mañana, hasta después de la merienda;  y los internos, que vivían en el Monasterio durante la semana -y en algunos casos varios meses seguidos-, bajo la severa vigilancia de los “Padres Agustinos”. Entre los alumnos de tan afamado colegio los había de toda clase y condición: Hijos de científicos estadounidenses que trabajaban en la Estación de seguimiento espacial de Robledo de Chavela, de actores, de grandes empresarios con poco tiempo para dedicar a sus vástagos, del dueño del restaurante de la plaza, del hijo de la pipera, de príncipes, de mecánicos… Todos unidos por un mismo sentimiento: El odiol visceral al vice-rector.

El “vice” era de lo peorcito que había dado la evolución de las especies, con una especial dedicación hacia mi persona (un español, de una familia católica, que había sido educado por los pérfidos ingleses… ¡Para qué más!). A mí, que me costaba bastante creer en todas esas normas, mandamientos, y zarandajas de la Iglesia, me enseñó a rezar el Credo a base de reglazos, en su despacho, y tal y como hacen los curas de las Tv-movies me obligaba a bajarme un poco el pantalón para que pudiera ver bien su objetivo antes de sacudirme el vardascazo. [Si yo me entero de que a mi hijo, cuando era pequeño, le hacen eso, no sale vivo de allí ni el Papa].

Por suerte para nosotros el horario escolar había sido diseñado por alguien con buen criterio, y muy pocas ganas de educarnos: Mucha religión, poca clase, y más recreo. Cuando podíamos, aprovechando algún despiste de los vigilantes, escapábamos del Monasterio y corríamos hasta el puesto de gominolas que habia junto a la lonja, o hasta el quiosco de Floridablanca -que aún existe, con su techo abovedado, incrustado en las paredes de granito de la calle- para comprar dulces, y aquellos paracaidistas anquilosados que tanto nos divertían. Comíamos en un amplio salón del colegio, presidido por una mesa perpendicular a las nuestras, en la que se sentaba el profesorado, y el puñetero “vice”. De vez en cuando nos dejaban bajar al “Bosquecillo”, el área deportiva del colegio, un recinto espectacular con campos de fútbol, piscina, pistas de tenis, frontón, pero a nosotros lo que nos gustaba realmente de aquello era deslizarnos con un cartón como trineo por unas rampas arenosas que bajaban desde el Monasterio, una y mil veces, hasta desollarnos manos y rodillas.

Del colegio de mis hermanas no sé mucho más allá de las torturas físicas y económicas a las que les sometían, como era pagar por ser descubiertas comiendo chicle en clase, cuando no se lo pegaban al pelo para que aprendieran la lección. Yo me sentía afortunado, salvo por ese escozor en las nalgas.

Mientras tanto mi padre había dejado PUEBLO, o llegado a algún acuerdo irregular de colaboración, y escribía en varias publicaciones profesionales como TRIBUNA MÉDICA (fueron años en los que estas publicaciones dieron mucho trabajo. Cada gremio quería tener su gaceta, como después quisieron tener páginas web. A mi padre, estos trabajos le sacaron de apuros durante muchos años). Pero su cabeza estaba en Inglaterra. Ya fuera por motivos personales, o profesionales, mantenía constante contacto epistolar con amigos, amantes, pensadores, políticos afines  a la dictadura del general Franco y contrarios a ella, poetas, científicos, pintores, anarquistas…

 

Algunos, como Celso Emilio Ferreiro, Gustavo, o el periodista de origen argentino Luis Más [Que escapó de una pena de muerte en Ángola corriendo por la selva durante días], visitaban “La isla” a menudo, para mantener largas charlas veraniegas en el jardín -generalmente amenizadas por los chistes y trucos matemáticos de mi padre, y mientras se bebían el río Nilo teñido de tinto, y varios de sus afluentes, o juntándose en invierno alrededor de la gran chimenea y el piano, en donde mi padre sacaba a relucir parte sus artes como showman total, al más puro estilo Cugat (Cantando, tocando el piano, contando chistes de Otto y Fritz…-. Las mujeres, normalmente en un aparte, si es que estaban, trataban de no perturbar tanto ingenio y creatividad, y nosotros nos dormíamos arrullados por ese alegre bullicio que venía del salón.

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Acerca de Felipe Mellizo

Soy guionista, casi periodista, padre, pareja, ex-golfo, ex-aventurero, comilón, bruto, y seguidor del Atlético de Madrid.
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