Tuo Yaw (V)

Tras pasar por Baltimore, y casarse en España, el tío Carlos se había instalado definitivamente en Laramie, Wyoming, y mantenía un contacto epistolar constante con mi padre. Sus opiniones, personalidad, y temperamento, le provocaron algunos contratiempos durante sus primeros días como docente, enfrentamientos con algún colega que, según nos contaron, se solucionaron tras un breve intercambio de golpes (Como buenos filósofos). Sus viajes siempre eran una fuente de anécdotas, ya fuera porque le tuvieran que sedar para poder cruzar el Atlántico a bordo del Queen Mary, como por ser descubierto colándose en un lujoso hotel para disfrutar de una correcta higiene sin pagar habitación, y mi padre se dedicaba a decorar esas historias convenientemente, cuando no se las inventaba por completo. Pero sus cartas eran -y son- reales, y en ellas le contaba a mi padre cómo era su nueva vida, así como sus opiniones al respecto de los problemas que sacudían al poderoso país americano.

Laramie,

“…Sigue en Wyoming el follón de los negros. Continúan los mítines, las circulares y las historias. Han dimitido unos cuantos profesores. El único resultado visible es que los jugadores negros siguen fuera del equipo de fútbol, y que durante los tres últimos partidos los “Cowboys” de Wyoming no levantan cabeza. Perdieron contra los “Pieles rojas” de Colorado, Los “Lobos” de Utah, y los “Tigres” de no sé dónde… Por lo que a mi respecta “Cowboys”, “Lobos”, “Tigres”, y comparsa, se pueden ir a la mierda. Pero decir eso aquí sería peor que mentar al padre del Presidente…”.

12107041_10208326892784012_3857906426963046629_n

Es evidente que lo suyo no era el fútbol americano… ni la diplomacia.

Mis primos por parte de madre se habían ido a vivir a Argentina, mi tío Carlos a Estados Unidos, mi tía Meme a Bilbao -creo-, los Mestre vivían entre Madrid y Oviedo, y nosotros seguíamos en Londres. De manera que cuando nos juntábamos en verano aquello era una “torre de Babel”, cada uno con un acento, un estilismo, y unas costumbres distintas, para mayor divertimento de los vecinos del pueblo, a los que me imagino expectantes ante semejante desfile de “freaks”. Mi primo Mauro (mi padrino), que ya era todo un mozo, seguía sin pronunciar la R,  y los adultos, con ese cariño tan parecido a la mala leche, le preguntaban: “Maurete ¿cómo tienes el culo?”, a lo que mi primo respondía -evidentemente molesto pero con paciencia- “dedondo y con una daja en medio, como todo el mundo”.

Cada mañana el abuelo Felipe, siempre elegante y metódico, ponía en marcha el orbe celeste -y nuestras vidas- con la puntualidad del reloj de Konigsberg.

Cuando al abuelo le apetecía pasar un día de campo con los nietos nos conducían en manada hasta los coches, para llevarnos a “su presa”. Mi abuelo había trabajado en la construcción de muchos embalses, pero mantenía una relación especial con aquella presa del río Aulencia; una obra pequeña, en un frondoso valle al que se llegaba después de una hora de coche. En cuanto aparecíamos por aquel camino polvoriento y estrecho llegaba el guardés de la obra pública -hijo, según recuerdo, del capataz o asistente de mi abuelo durante la construcción-, vestido con el uniforme que le daba autoridad en aquel monte y armado con su escopeta. Avisado de antemano nos había preparado “la casa del Ingeniero”, una construcción habitual en las obras de aquellos días, que servía de residencia durante los largos meses de trabajo para  jefes y visitantes ilustres.

603981_4548674468988_495608718_n

No se me enfaden los propietarios de la imagen. Es que no encuentro otra más que ésta, sacada de “Abandonalia”.

Recuerdo el sonido de las chicharras bajo aquel abrasador sol de verano, mientras  cruzábamos el frágil dique (frágil para nosotros, porque ahí sigue), cubierto por unas planchas de metal de metro y medio de anchura, que tenía unos agujeros circulares por los que veíamos la caída hasta el lecho del río, veinte metros más abajo (viendo la foto no parece tan aterrador, pero por si acaso yo prefería no cruzarlo). Mi abuelo se sentaba en la otra orilla, cerca de un juncal, para observarlo todo -y a todos- desde la distancia, en silencio, como siempre, mientras las mujeres preparaban el pic-nic y los hombres charlaban sobre política y deporte (en un lugar en el que se podían expresar pensamientos con total libertad, incluso con vehemencia). Algunos pescaban, sin mucha fe, otros leían, y los niños espantábamos los patos, o tratábamos de coger alguno de aquellos hermosos galápagos que abundaban en las oscuras aguas retenidas del pequeño río. [Por lo que sé, a día de hoy el embalse está prácticamente abandonado, e inundado por lodos tóxicos. De la fauna no creo que quede nada].

20160614_103348

En la sobremesa campestre, liberadas las lenguas del freno de la razón gracias al vino, mi abuelo regalaba anécdotas de su juventud, normalmente relacionadas con sus estudios, con la severidad del mundo de principios del siglo XX, y con la dureza de los trabajos de ingeniería de entonces, que contaban solo con la fuerza humana y animal para levantar aquellos diques (lo que costó no pocas vidas). Como ejemplo de lo ingrato que era aquel mundo, y especialmente la vida de los obreros, recordaba cómo había superado una prueba, durante un examen práctico, en los años veinte: Junto a otros dos compañeros de carrera debían diseñar y abrir un camino de acceso a un valle en el que tenían que levantar un dique. Normalmente esto se hacía a pico y pala, con la ayuda de mulas, pero se encontraron con una piedra colosal, una roca como un castillo, imposible de dinamitar porque taponaría el lecho del río. Lo intentaron todo, le dieron mil vueltas sin éxito. Entonces, el veterano e iletrado capataz que les acompañaba, se apiadó de ellos -señoritos al fin y al cabo-, y tras reírse en su cara les dijo que observasen cómo había que hacerlo. Se giró y llamó a un grupo de enflaquecidos obreros, y a voces, muy serio, les dijo “Me da igual cómo, pero mañana no quiero ver esa piedra ahí -añadiendo algunas cariñosas amenazas-“.  Sin más les dio la espalda y se llevó a los “señoritos estudiantes”. Al día siguiente la piedra estaba partida, y el camino abierto. El gran mérito de aquellas construcciones era el esfuerzo de hombres sobre los que nunca se ha escrito una línea, como recordaba mi abuelo.

[No hablaban nunca nuestros mayores de la mano de obra que se utilizó para mejorar el abastecimiento de agua y energía en zonas rurales y remotas, así como para reconstruir las infraestructuras destruidas por los militares entre el 36 y el 39. Muchas veces se trataba de agricultores y pastores, hombres que conocían el terreno y tenían familias a las que alimentar, o incluso obreros “especializados”, que habían hecho de aquello su profesión. Pero cuando la obra entrañaba peligro, o el esfuerzo resultaba inhumano, se recurría a presos. Primero de la propia Guerra Civil, y después represaliados políticos, así hasta bien entrados los sesenta-Un negocio de reconstrucción con aires de “labor social”, que nació como plan de REGIONES DEVASTADAS, y con el que se enriquecieron empresas que aún siguen presentes -y tanto- en nuestras vidas, convenientemente disfrazadas (2016)-. Durante aquellos años se silenciaron los accidentes, que los hubo a docenas -como el de la presa de Torrejón (Extremadura)-, y otras desapariciones más o menos sumarias, que -según parece- se ocultaban a la opinión pública y los familiares haciendo que los cadáveres se sumergieran en el propio hormigón de las estructuras en construcción. He leído mucho sobre este tema, y resulta aterrador, pero pongo la mano en el fuego por mi abuelo, siempre fue un buen hombre, y su único anhelo era llevar agua potable a cada rincón del país, controlar las avenidas de agua, y dotar a las ciudades de un alcantarillado eficaz].  

Viendo ahora la industrializada y turística “sierra de Madrid” resulta difícil imaginarse que no hace tanto era un lugar de tradiciones neolíticas, piedra y ganadería. La carretera que subía a Fontenebro llevaba hasta las cochiqueras, cerca de uno de los últimos caños de agua que yo conocí en Madrid  (aquellas bombas oxidadas de palanca que había que cebar con el líquido de una lata para hacer subir el agua del pozo, y que servían de lugar de refresco y divertimento cuando salíamos de excursión). Nos encantaba ir a ver a los cerdos. Eran hermosos, sucios, ¡y mordían! Se contaban historias horrendas de ellos, pero nada comparable con aquellos días de matanza, cuando se les degollaba mientras chillaban, para después colgar sus cuerpos de los árboles, abiertos en canal, cerca de la casa de Sole. Recuerdo haber visto a las mujeres del pueblo manoseando las tripas en barreños y gamellas, mientras la sangre corría por los enrojecidos arroyos generados por el constante baldeo, y la alegría de los adultos cuando veían como aquella máquina de manivela embutía metros y metros de chorizos.

Tristemente no era la única matanza que recuerdo.

En “La Pérgola” había muchos perros, a veces demasiados. Tuvimos mastines, dálmatas, pastores alemanes. Y como es natural no dejaban de fornicar. Cada cierto tiempo aparecía una nueva camada en algún rincón de la finca, y a los pocos días eran metidos en una cesta y regalados, repartidos, o vendidos. Al menos eso pensaba yo hasta que, un día, pasando por la zona de las cocheras, descubrí al guardés, sentado sobre un tocón, leyendo la prensa depotiva. A un lado tenía una camada de gimientes cachorros, aún ciegos, y al otro un barreño de agua.  Mientras leía cogía un cachorro, y sin prestarle atención lo sumergía en el agua. Esperaba un tiempo, comprobaba que no había burbujas, y arrojaba el pequeño e inerte cadáver a una carretilla. Es una imagen que nunca he conseguido sacar de mi cabeza.

Las Navidades en Londres eran blancas, blancas de verdad. Siempre nevando, y con Bing (o Frank) insistiendo en potenciar las tristezas con su “I’m dreaming of a white Christmas…”, en lugar de la alegre “Marimorena” que tanto echábamos de menos en aquellas señaladas fechas. Lentamente mi padre fue siendo absorbido por la cultura británica. Se hizo un experto en Harold Wilson y Edward Heath, e imitaba cualquier gesto anglosajon. Se había apuntado al “All England Lawn tenis and croquet club” (el club de tenis que organiza el torneo de Wimbledon), y pasaba las horas libres peloteando con todo el que quisiera -e incluso algunos que no querían-, con tanta dedicación que le premiaron por su deportividad y entrega al club (sportmanship of the year -o pesado del año- como reza una placa que guarda alguna de mis hermanas). Mi madre no recibió más premio que otro embarazo, y nueve meses después otra hija, Alicia, que apareció -inexplicablemente rubia, en la primavera de 1969.

En carta enviada por Felipe (abuelo) a Felipe (padre), a finales de 1969, se hablaba por vez primera de un posible regreso a España. Yo sospecho que a mi madre, tanto inglés y tanto hijo le estaba empezando a cansar…

 Madrid, 1969

Queridísimo hijo:

Ayer recibimos dos fotos de los niños que nos gustaron mucho. La pequeña Alicia es una preciosidad con cara simpática, y los otros tres -Mari Carmen, Anita, y Pipe- están muy majos. Pipe con su cara de granuja inteligente y despreocupado. A la que apenas se ve en la foto es a Carlotita. Muy contentos con las fotos -que ahora mismo está enseñando tu madre a diestra y siniestra-, pero no contigo, que no te has dignado a escribir ni una letra desde hace bastantes días. Supongo y deseo que vayáis soportando bien los fríos de estos días. Aquí tambien llevamos tres o cuatro con mucho frío que, a Dios gracias, vamos soportando sin bajas por enfermedad. De Carlos tengo buenas noticias, y de Meme también las tuvimos hace unos días. Como vosotros, también Carlos dice que está deseando volver a España. ¿Cómo y cuándo pensais hacerlo? Cuenta hombre, cuenta…

F.M.C

Mi madre pasaba aquellos fríos inviernos sola, y sospecho que mi padre no le hacía partícipe de la intensa vida social que llevaba en la capital inglesa. Aún así recuerdo que asistieron a alguna recepción de la familia real a la prensa extranjera, y otros eventos similares. Pero aquello era duro para ella, y solo lo soportaba gracias a las visitas de algunas amigas, o de su madre. Las relaciones de mi padre con su suegra nunca fueron buenas, y cuando la abuela Carola aparecía en casa se mascaba la tragedia. Algo vería ella…

2326_49812978670_1595_n

Aún así resistimos dos años más en la pérfida Albión acumulando experiencias: Pudimos pasear entre dinosaurios en el Crystal palace, montar en el submarino amarillo que instalaron como promoción del disco de los Beatles, llorar con “Chitty chitty bang bang” en versión original, soñar con convertirnos en Willy Wonka, y comer toneladas de chocolate Cadbury de todos los tamaños y colores…

Pero nuestro destino era otro. En 1972 los problemas de trabajo de mi padre, junto a los deseos de mi madre por regresar, acabaron con esa etapa de nuestras vidas.

Volvíamos a Madrid, a sus fríos y soleados  inviernos.

Hablábamos castellano, pero supuestamente no lo suficiente como para integrarnos en el sistema de enseñanza español, de manera que nos metieron en un colegio de transición, el Kings College de Madrid, que entonces estaba al final de la Avenida de Pío XII, en una zona de casas bajas a la que aún llegaban tranvías -los últimos que vi en Madrid-. Fue allí en donde me enamoré por primera vez… Se llamaba Shivon.

 

Anuncios

Acerca de Felipe Mellizo

Soy guionista, casi periodista, padre, pareja, ex-golfo, ex-aventurero, comilón, bruto, y seguidor del Atlético de Madrid.
Esta entrada fue publicada en Sin categoría. Guarda el enlace permanente.

2 respuestas a Tuo Yaw (V)

  1. DARTH V dijo:

    Ays… la de matanzas que he presenciado yo en mi niñez…. que recuerdos…

  2. O T dijo:

    Por alusiones:

    Si no me pareciera tanto a mi padre… ¡Es que siempre deseé que el “milkman” tuviera algo que ver con el color de mi pelo y de mis ojos! Eso que habría ganado mi madre, supongo.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s