Tuo Yaw (IV)

PhotoScan7aYo mismo “buzoneando” en Londres (1970-71)

A los pocos días de llegar a Londres estábamos escolarizados, y nuestros padres, sin darnos apenas tiempo para aclimatarnos a su humedad y altitud, nos plantaron un “baby” inglés y nos abandonaron a nuestra suerte en colegios y guarderías llenas de niños “guiris”. Pero somos una familia de “nómadas”, y en una semana ya teníamos amigos para toda la vida. El mío se llamaba Bradley, y durante años compartimos colegio, jardín, y lupa, con la que intentábamos volatilizar por combustión a la mayor cantidad de insectos posible. Era un ejercicio de sadismo y crueldad innecesaria muy entretenido, que culminaba cuando acercábamos el oído a nuestras víctimas para escuchar el leve chasquido que sus cuerpos hacían al reventar -por suerte para ellos no abundaban los días soleados en aquellas latitudes-. A veces se nos unía el vecino chino de nuestra misma edad y mayor curiosidad científica si cabe, cuyo nombre olvidé si es que alguna vez supe pronunciarlo, y que olía -como toda su casa- a especias, curry, y otros mil aromas intensos que nunca antes había percibido ¿A qué le olería yo?

PhotoScanEl idioma no era un problema, porque apenas conocíamos nuestras lengua vernácula. Ni la comida, aunque los adultos se quejasen de ella con mucha frecuencia [Algo difícil de entender para nosotros, que adorábamos aquellos helados de chocolate con formas curiosas, etiquetados llamativamente, y renegábamos de los trozos de hielo teñidos malamente que el heladero de Villalba sacaba de su carro, sin más higiene que una servilleta de papel. ¿Y qué decir del “pastel del pastor” (shepherd’s pie)? Puede que la canción dijera aquello de: “Say what you will, school dinners make you ill; Davy (David) Crockett died of cottage (or shepherds) pie! Our school din-dins, come from pig bins, out of town!” Pero a mi me gustaba más que la coliflor, o la merluza españolas].

Lo verdaderamente novedoso era la televisión. ¡Pedazo de invento! En Madrid estaba escondida en un monstruoso mueble marrón, que tenía el tocadiscos y la radio integrados, y sólo se encendía cuando algún adulto quería ver las noticias. La mayoría de los españoles de entonces las contemplaba en los escaparates, como un artículo de lujo, y tenían suerte si conocían a alguien que les dejase sentarse en su salón para ver alguno de aquellos primeros programas o eventos deportivos. Aquí estaban por todas partes, de todos los tamaños, ¡hasta en mi cuarto! Y desde los Juegos Olímpicos del 68 ¡En color!  ¿Y los programas? Eran días de los Beatles, y mi madre y mis hermanas mayores disfrutaban con ese bombardeo de música que sufría la capital inglesa, pero a mí sólo me interesaban el “Banana Split show”,  “H.R Puffnstuf”, y más tarde “Marine boy” y el “Doctro Who”.  Dejándome llevar por los aires contestatarios que sacudían toda Europa -salvo nuestra España “grande y libre”-, se me ocurrió hacer un strip-tease integral asomado a la ventana que daba a la calle, con tan mala fortuna que mi madre lo registró con la super-8, y así quedó grabado para siempre, y a pesar de mis esfuerzos por secuestrarlo aún sigue circulando entre mis hermanos para mayor solaz y divertimento de las nuevas generaciones.

Mi padre solía ir a España con cierta frecuencia, o eso decía siempre que desaparecía durante un tiempo, pero lo hacía en avión, claro. A nosotros, cuando llegaban las vacaciones, nos montaban en un ferry que llegaba y partía de San Sebastián, con nuestros tarjetones identificativos colgando del cuello. Recuerdo aquellos viajes como un festival de vómitos que terminaba cuando mi tía Meme, que por entonces vivía en Neguri, nos recogía en el puerto de Donosti. En una ocasión, viajando sin nuestra madre, mi padre nos dijo que le esperásemos en el puerto de Calais, sin un franco y bajo la vigilancia de las hermanas mayores, que a la sazón tendrían ocho o nueve años.  Tardó lo suficiente como para que pensáramos que nos había abandonado. Llovía a mares… Apareció a las dos horas y nos encontró a todos llorando desconsolados en el mismo sitio en donde nos había dejado. Como padre, lo que se dice padre, era un capullo.

Uno de aquellos veranos de ida y vuelta se casó mi tío Carlos.

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La Pérgola 1969

Mi tío Carlos vivía y trabajaba fuera de España, en los Estados Unidos, a donde se marchó gracias a una beca “Fullbright” después de pasar por el colegio del Pilar y la Universidad Complutense (y no se fue más lejos porque no pudo, supongo). Carlos había sido siempre un estudioso. A pesar de algunas aproximaciones al Opus Dei, algo inevitable para algunos jóvenes burgueses de entonces, terminó por dirigir su flemática y despistada personalidad hacia los pensadores anglosajones, siguiendo la estela del ilustrado escocés Hume, o el ético y “utilitarista” Stuart Mill. Como casi todos los varones de mi familia -salvo un servidor de ustedes-, jugaba muy bien al tenis y tocaba el piano con bastanta destreza.

Liberado por la distancia del férreo control de la familia mi tío había conocido a una mujer, Esther Vialpando, que a nosotros, hartos de señoras de la sección femenina, nos parecía encantadoramente diferente. Esther trajo consigo un elemento novedoso: El silencio. Hablaba poco, y con un hilillo de voz apenas perceptible, que no podía competir con nuestra verborreica y vociferante existencia. Por suerte pasó bastante inadvertida para la mayoría de las mujeres de la familia, dedicadas en cuerpo y alma a la dura tarea del bronceado,  embadurnándose cada mañana con aquellos aceites repugnantes, que más que oscurecer la piel, la freían. La ocurrencia de mi tío de casarse en España, y hacer que la pobre Esther nos conociera a todos de golpe, tuvo que ser un trámite duro para ella, pero la boda fue un éxito.

Recuerdo que se celebró en la antigua bolera al aire libre de El Escorial, en la calle Floridablanca, muy cerca del teatro y de una tienda de antigüedades cuya entrada estaba vigilada por dos armaduras medievales que hacían las delicias de los niños, quienes invariablemente acababan levantando el pequeño faldón que cubría sus metálicas vergüenzas. Yo, que entonces ya tenía una extraordinaria capacidad estomacal, pensé que debía aprovechar el natural desconcierto de los adultos durante el ágape, y me escondí junto a la puerta por la que llegaban las bandejas. Primero robé una de croquetas, y me la llevé bajo una mesa. Luego otra, y otra… Nadie supo de mi hasta que aparecí pálido, llorando de dolor abdominal y buscando a mi madre. Tenía fiebre y temblaba. Confesé mi delito por primera vez, y el castigo fue tal que decidí que no lo volvería a hacerlo en mucho tiempo, me refiero a lo de confesar un delito.

Habiendo pasado por el calvario de conocernos a todos mi nueva tía, Esther, y el tío Carlos, regresaron a los Estados Unidos para ampliar la familia al ritmo habitual de los Mellizo, y nosotros, habiéndome recuperado de mi empacho, volvimos a Inglaterra para disfrutar de otro año de colegio.

Estudiaba en un colegio católico.

Tenía un nombre provocador para los protestantes “Our lady queen of heaven”, pero nadie vino con un hacha a por nuestras cabezas. Por lo que recuerdo era un edificio modesto y moderno, de planta baja, con jardines que pocas veces visitábamos dadas las “habituales” condiciones meteorológicas -en aquellos años los niños londinenses cantaban aquello de “Rain, rain, go to Spain”, pero para su desgracia, y la de los españolitos que sufrían la “pertinaz sequía”, aquellos cánticos no fueron eficaces-. Cada clase -a finales de los sesenta y principios de los setenta- contaba con un televisor, que conectaban a la hora en la que la BBC emitía un programa especial de francés para niños, y junto a la puerta del aula había un cuadro alegremente decorado, con los nombres de todos los alumnos, en el se señalaban, con estrellas de distintos colores, los logros de cada uno. Podría mentir y decir que gané muchas estrellas, pero si me dieron alguna tuvo que ser “fugaz”, porque no lo recuerdo.

Esos detalles docentes tendrán su importancia en mi vida futura, por contraste más que nada, pero por entonces, a mi, lo que me llamaba extraordinariamente la atención era el comedor, y las costumbres gastronómicas de los habitantes de aquella absurda nación… Y es que ¡No tomaban pan! Eso me dolía, pero mucho menos que lo del racionamiento del agua. No tenía sentido ¡En un país en el que no dejaba de llover! Cada vez que uno quería beber debía pedir permiso, levantarse, e ir hasta un miserable abrevadero de chorro, haciendo cola hasta que los mayores te dejaban un pequeño hueco. Succionabas todo lo que podías y volvías a tu asiento. ¿Y ese uniforme? Azul y dorado, con bermudas, camisa, jersey azul de pico, corbata, y gorra a juego ¡Por los clavos de Cristo!

Realmente aquel Londres no era muy distinto al de hoy. Mi padre, ridículamente hibridado con aquellas gorras de tela de “chubasquero”, y su humeante pipa, nos llevaba los fines de semana a Wimbledon Park, una gran zona verde con un lago, para jugar al fútbol, o con la nieve si la había. Muy de vez en cuando visitábamos el centro. Paseábamos por Embankment, mientras nos contaba la historia de todos y cada uno de los barcos allí expuestos. Visitábamos los grandes museos de la ciudad, o veíamos “parte” de algún partido de cricket tomando unos pringosos “fish and chips”.

Yo, por entonces, estaba perdidamente enamorado de Petula Clark -primera manifestación del hortera que llevo dentro-, bailaba con Sandie Shaw y Los Archies, y compartía con mis hermanas una colección de discos infantiles en cuyo reverso se podía colorear un paisaje bucólico de animalitos y otras moñadas. Todo era asquerosamente POP.

Pero de vez en cuando llegaban cartas de Madrid. La mayoría eran de la familia, pidiendo fotos e información sobre embarazos y partos. Por lo general era mi madre quien se encargaba de contestar a los interrogatorios epistolares, mientas que mi padre se centraba en responder a las cartas con deudas, pleitos, y quenmjas que llegaban desde medio mundo, sobre todo como consecuencia de sus “Cartas demagógicas”, una serie de columnas en las que el periódico PUEBLO ofrecía una visión supuestamente imparcial de la España de entonces, redactadas por un español residente en el extranjero. Mi abuelo en el Gobierno y mi padre en la ilegalidad. Aquello no podía terminar bien…

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Sí, Balbino Luengo era cuñado de Emilio Romero, y junto a otros formaban parte de la maquinaria de propaganda franquista. Pero para los “ultras” debían ser unos modernos. Algo así como la gente de Ciudadanos hoy.

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Acerca de Felipe Mellizo

Soy guionista, casi periodista, padre, pareja, ex-golfo, ex-aventurero, comilón, bruto, y seguidor del Atlético de Madrid.
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