Tuo yaw (III)

La abuela Carola era una mujer encantadora, dulce y moderna. En su casa trabajaba Meli, que con los años se había convertido en un miembro más de la familia. Meli se encargaba de mi tía Maluli, a quien había que ayudar en todo momento, y nos regañaba cuando intentábamos burlarnos de ella. Siempre estaban en el jardín, cosiendo, o leyendo junto al plátano gigante que daba sombra a la fachada principal de la casa, esperando a que fuéramos a visitarlas…

Pilar era la segunda hermana de mi madre.

Pilar estaba casada con un tipo curioso. Se llamaba (y se llama creo) Juan. Rechoncho y tímido, se congestionaba en cuanto tomaba dos vinos, adquiriendo tonalidades propias de los mejores carabineros. Trabajaba como ejecutivo de IBERIA. Era callado, conservador y poco amante del ruidoso mundo de mi casa. Mi tía era una estirada, sin más. Se daba aires de rancia nobleza, e intentaba imponer su criterio frente al de mi madre, más espontánea y consentidora. La recuerdo siempre adornada con unos voluminosos collares, que caían sobre su jersey de cuello vuelto beige con rebeca a juego. No hacía otra cosa más que criticarnos. Al cumplir yo los dos años mis tíos Pilar y Juan tenían tres hijos: Montserrat, Ignacio y Alicia –luego llegarían Almudena y Susana-.

Las mañanas en la sierra eran grandiosas, luminosas y frescas. Desayunábamos en una pequeña salita que había junto a la cocina, decorada con platos de Talavera y presidida por una vieja radio que perdía la sintonía con facilidad, probablemente por culpa de la espartana funda de guarnicionero en la que estaba embutida. Los hermanos mayores tiraban de los pequeños, con el reloj en la mano, calculando impacientes la hora en la que podrían meterse en la piscina, salvo aquellos que por sus malas notas tenían que enfrentarse a una hora de obligado estudio -solos, con profesor, o con la “ayuda” de algún familiar-. Salíamos al jardín en manada y nos encontrábamos con los guardeses, preparando el terreno para la llegada de mi abuelo. Los adultos aparecían poco a poco, sin prisa, sin ganas… salvo mi padre, que era un verdadero coñazo: Siempre al alba, siempre el primero, y cuando los demás se desperezaban él aparecía canturreando, con el periódico bajo el brazo, unos churros ensartados en su tradicional junco verde, y una mancha marrón en la nariz –característica de su descuido a la hora de apurar con ansia las tazas de café, costumbre a la que fue fiel hasta sus últimos días y que temo haber heredado-.

A media mañana, cuando los primos mayores estaban nadando felices, y los pequeños chapoteábamos torpemente en algún barreño de plástico, cuando no en el lavadero, vigilados de cerca por Sole [El lavadero tenía dos grandes “pilas” de cemento, y mientras las criadas lavaban y restregaban la ropa en una, nos dejaban a los niños dentro del agua para aclarar de la otra], entonces, decía, aparecía mi abuelo.

Mi abuelo era pequeño, pero matón.

Sin título

El perro tiene claro quién era…

Llegaba de Madrid en un Dodge oficial negro, un coche que más que respeto infundía pavor. Le acababan de nombrar Consejero del Estado para obras públicas, que en aquellos días debía ser todo un puestazo, con tanta presa y tanto terreno por explotar. Animados por los adultos nos acercábamos a aquél hombre delgado, pequeño y seco que caminaba hacia nosotros con parsimonia taurina, mirando al tendido. Apoyado en su bastón nos saludaba uno a uno, sonriendo en la medida de sus posibilidades y besándonos ceremoniosamente. Luego, sacudiéndose alguna arruga del traje, se colocaba el sombrero y avanzaba hacia la casa, desapareciendo en su misterioso y vedado salón.

Y la mañana avanzaba ruidosa, entre ladridos, voces y chapoteos.

A la hora de comer, después de haberse deshecho de nosotros, los adultos se sentaban en una larga mesa del comedor principal. Cada uno en su sitio. Asunción, ayudada por Flora, vigilaba que en la cocina todo estuviera a punto y entonces, sólo entonces, se llamaba a mi abuelo. Cuando él llegaba todos debían estar sentados. Con su solemne caminar tomaba asiento en la presidencia y disponía para que se sirviera la comida. Se hablaba de todo un poco, pero el abuelo se encargaba de fijar los límites de lo correcto, frenando la verborrea provocadora de mi querido padre cuando le parecía necesario, o simplemente se le antojaba. Mi tío Carlos, el más joven de los varones, era quien daba la nota, y cuando le reprendían se tapaba la cabeza con una servilleta escurriéndose bajo la mesa, para mayor cachondeo de los demás –excepto mi abuelo me imagino-. Mi padre, el mayor, discutía constantemente. Por aquellos días había cierta tensión entre ellos: España estaba cambiando y mi padre también, lo que molestaba en cierto modo al abuelo –y no es que fuera un furibundo defensor del régimen, más bien se trataba de un defensor del orden, pero mi padre era de todo menos ordenado, y además: Había perdido gran parte de la confianza del abuelo cuando decidió renunciar a su carrera de abogado para dedicarse a algo tan poco digno como el periodismo.

Frente al comedor, cruzando el recibidor y la escalera principal -decorada con una gran lámpara que caía desde el techo-, estaba el salón. La puerta permanecía siempre cerrada y jamás entraba nadie sin llamar. Allí estaban el piano, la biblioteca, el teléfono y una gran chimenea sobre la que descansaba uno de los terrores de mi infancia: Un cocodrilo disecado. Mi abuelo se sentaba junto a la ventana, en una mesilla sobre la que estaba su inacabable lata de DUCADOS y un café recién servido. Fumaba lentamente, sacando los cigarrillos de una pitillera de plata que tenía grabado el mapa de España, y marcados sobre él los embalses en los que había trabajado (Zadorra, Vado, Guadalén, Cenajo…). Mi padre consumía cigarrillos de manera enfermiza. Algo pasaba con mi padre, algo que jamás llegué a tener claro, aunque sospecho que tuvo que ver con que se hubiera convertido en un problema político para mi abuelo. Al poco tiempo mi padre aceptaba el puesto de corresponsal de “Pueblo” en Londres que le habían ofrecido. Lo único que está claro es que Emilio Romero fue quien le consiguió el puesto, y que a mi madre no le hacía ni puñetera gracia.

Por las tardes mi padre me sacaba a la escalinata de la piscina. El jardín estaba regado y la humedad refrescaba el ambiente tórrido de las noches de verano. Sentado sobre sus rodillas, en aquella escalera de granito, escuchaba sus historias acerca de las constelaciones, de las dimensiones del universo, y de los orígenes de la humanidad… Es una lástima que por entonces yo no pudiera entender una sola palabra de lo que decía porque estoy seguro de que eran “conferencias” maravillosas.

Y nos largamos de España…

Los viajes a Londres debían ser un infierno para mi padre, pero dos para mi madre. Teníamos un Peugeot 404 azul marino, de picudas aletas traseras y grandes faros. Con los bajos como un Fórmula 1 -por la evidente sobrecarga- cruzábamos España y Francia, hasta llegar a Calais. Cuando venía mi madre todo funcionaba: Ella se encargaba de las tareas fisiológicas y mi padre de la conducción y orientación. Durante el trayecto las broncas entre ellos eran constantes. Mi madre, con paciencia, trataba de mantener el corral en un nivel de actividad controlable, pero perdía los papeles cuando mi padre, con un gesto con el que intentaba proteger a su acompañante de un posible accidente, ponía el brazo delante de ella diciendo ¡Cuidado Mari! Si se cruzaba una vaca por el camino… ¡Cuidado Mari! Que nos adelantaba una camioneta ¡Cuidado Mari! Así dos mil kilómetros, durante dos días… Con gran desgaste nervioso llegábamos a la costera ciudad francesa, y tras dos horas de espera, nos metíamos con el coche en aquellos hovercraft gigantescos que, como la ballena de Pinocho nos tragaban en una orilla del Canal y nos depositaban en la otra. Ni en mis más futuristas sueños había imaginado un vehículo parecido. El negro flotador sobre el que se apoyaba se hinchaba lentamente hasta elevar la nave dos metros. Luego, con un ruido infernal, la corriente de aire que circulaba bajo el armazón hacía que se separase del suelo, y empujado por unas turbinas se deslizaba por una rampa de cemento hasta meterse en el agua -Durante años intenté explicar a mis amigos españoles esta aventura, pero nunca me creyeron, lo que me costó no pocas peleas en defensa de mi honor, hasta perderlo del todo “¿Un barco que va volando por encima de la tierra? ¡Anda ya, trolero!” Y ¡Zas! A hostia limpia-.

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Francia era para nosotros una prolongación de España. Pero el Reino Unido, o mejor dicho; Inglaterra, era otra cosa…

Para empezar conducían al revés. Eso si que era un shock. Mi padre se acercaba más “aún” al volante, mi madre se ponía “aún” más nerviosa, y los dos discutían con mayor frecuencia “aún”. Nosotros, mientras tanto, le dábamos golpes a la calva de nuestro progenitor –mi padre fue un calvo precoz, a los veinte años ya estaba como una bola de billar-, y mi madre nos daba golpes a nosotros para que estuviéramos quietos. De manera que entre golpe y torta llegábamos a nuestra casa.

Vivíamos en Fleur Gates, una pequeña urbanización de Wimbledon, al suroeste de Londres, muy cerca de las pistas en donde se celebra el prestigioso torneo de tenis. Una gran reja daba acceso a una pequeña calle rodeada de adosados, con un fondo de saco en el que los coches daban la vuelta. Frente a cada una de las doce o catorce casas, de dos plantas, había un jardincillo, enfermizamente cuidado, y un garaje.

FLEUR GATES

FLEUR GATES DESDE PRINCES WAY (Espero que no me persigan los de GGL). Primero ocupamos una a la izquierda, y finalmente la que se ve al fondo del todo.

 

Nuestros dormitorios estaban en el segundo piso. Abajo, atravesando el salón, había una puerta que daba acceso al jardín posterior. Estaba lloviendo, cómo no, y sentados en el típico ventanal británico veíamos a dos conejos, un erizo y una familia de chinos, que para nuestra sorpresa no iban vestidos con el clásico gorro de Fu-man-chu, ni llevaban largos bigotes como el chino del flan, ni uñas retorcidas como pensábamos que debían llevar todos los chinos del mundo… Aquello era gris y novedoso.

Las crónicas que mi padre enviaba a “Pueblo” y “EFE” desde Londres, bastante ficcionadas según he podido saber después, debieron de tener éxito en España, porque al poco tiempo de desembarcar allí mi progenitor recibió la siguiente carta:

Madrid, 23 de marzo de 1966

Mi querido amigo:

La aprobación de la nueva ley de prensa ha de determinar que los periódicos reordenen sus secciones y amplíen sus servicios con el propósito de que su fisonomía se ajuste a las exigencias de una etapa que ha de caracterizarse por ser más competitiva y por admitir mayor número de matices[1].

“Pueblo” desea perfeccionar su personalidad concediendo mayor espacio a los artículos de sus colaboradores, incorporando nuevas firmas a las habituales en sus páginas. Como queremos que estas firmas sean muy representativas, por la calidad de sus trabajos y por el prestigio de que gozan entre los lectores, nos veríamos muy honrados si uno de esos colaboradores fijos de nuestro diario fueses tú. Por ello, me permito proponerte la publicación en nuestra tercera página de dos artículos mensuales cuya extensión no debe exceder en ningún caso de la dos folios a máquina y a dos espacios. Para que los artículos no pierdan actualidad, entre cada uno de ellos debe existir un intervalo de quince días, y la remuneración fijada para cada uno de ellos es la de mil setecientas pesetas.

Mi propósito es presentar al lector un conjunto de firmas cuyos trabajos cubran prácticamente todos los días del mes y en forma que reflejen la variedad de puntos de vista de escritores pertenecientes a distintas promocione. En principio, ambos grupos quedan integrados del siguiente modo:

Jaime Capmany, Carlos Luis Álvarez, Manuel Alcántara, Antonio Gala, Jesús Hermida, Felipe Mellizo… Y   José Mª Bugella, Lorenzo López Sancho, José Mª Gironella, Javier Martínez de Bedoya, Gonzalo Torrente Ballester, Santiago Loren.

Como calculo que esta colaboración será iniciada a partir del día primero del mes próximo, te ruego una rápida contestación a esta propuesta; contestación que, de ser afirmativa, deberá venir acompañada de una fotografía tuya para ilustración de los artículos.

Un cordial saludo,

Firmado: Emilio Romero

Es evidente que aceptó la propuesta…

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Acerca de Felipe Mellizo

Soy guionista, casi periodista, padre, pareja, ex-golfo, ex-aventurero, comilón, bruto, y seguidor del Atlético de Madrid.
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2 respuestas a Tuo yaw (III)

  1. O T dijo:

    “¡Cuidado, Mari!”. Cómo me he reído.

    “¡Cuidao la nena, cuidao la nena, cuidao la nena!”. A ver si eres capaz de decirlo tan rápido como él.

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