Tuo Yaw (II)

La abuela Asunción era una mujer recia, rotunda, con mucho carácter. Religiosa de mantón y rosario, tenía un tono de voz extenuante, salvo cuando se dirigía a mi abuelo, por quien sentía una insana devoción. Hija de Ulpiano Cuadrado Gil, un hombre de armas tomar que vivía entonces en la calle Marqués de Zafra (15), quien ante la ineficacia económica de los  Mellizo había aprobado y financiado la relación. Asunción y Felipe vivían en la calle Castelló, ya entonces un barrio de afortunados o buscadores de fortuna (cola de león, se supone que eran, o éramos), en un gran piso lleno de misteriosos salones que siempre estaban cerrados a cal y canto, conservando en su oscuridad ese olor a anís y madera que tantas veces me viene a la memoria. Era una casa silenciosa y hermética, salvo cuando mi abuelo se sentaba al piano. Junto a ellos vivían dos de sus hijos, mis tíos Carlos y Meme, y alguna interna que se encargaba de la limpieza bajo la atenta vigilancia de Flora, la mano derecha de Asunción. Pesadas cortinas colgaban de unas puertas y ventanas que siempre estaban cerradas, evitando que pudiera entrar el más mínimo rayo de sol, o que las curiosas miradas de los vecinos descubrieran secretos inconfesables.

Recuerdo que les visitábamos con frecuencia, ya fuera para festejar nacimientos, santos, o cualquier otra efeméride de las muchas que celebraban los pocos que podían hacerlo entonces. Corríamos de un lado a otro escondiéndonos entre los viejos muebles, perseguidos por la abuela y sus secuaces, mientras que mi padre y el abuelo Felipe intercambiaban opiniones sobre literatura, música, o economía, porque de política se hablaba poco, o menos. Si teníamos que comer con ellos solíamos desplazarnos a algún restaurante cercano, enfundados en nuestros lódenes y vigilados por los hermanos mayores, siempre con la esperanza de conseguir una recompensa económica por buen comportamiento.

En verano la familia en pleno se desplazaba a Collado Villalba. Coches cargados de niños, de maletas, y de sudores… A cuarenta grados, y cuarenta kilómetros por hora, con el puñetero “skay” adherido a la piel, o viceversa, y las tripas revueltas por el traqueteo que generaba el adoquinado “firme” de la carretera de la Coruña. Las montañas se acercaban “de lado”,  como en una animación japonesa, y tras pasar el “castillo” de Torrelodones, el bar “El Solitario”, y el tercer graffiti de “Caramelos Paco” -malamente garabateado sobre las rocas-, descubríamos el gigantesco cartel de “Nivea”, que con su redonda y azulada silueta anunciaba el final del viaje. Pasábamos por Cantos Altos, por la cantera, Villa Carlota, el Raso…

Lentamente, saludando a unos y otros, atravesábamos el pueblo. El único policía municipal -siempre con una sonrisa- nos dirigía hacia el salón -y cine- municipal, frente al edificio que ocupaban la peluquería y la casquería, una vivienda de piedra con un gran corazón atravesado por una saeta en la fachada, ornamento que los jóvenes locales usaban para expresar sus sentimientos grabando torpemente sobre él, con carboncillo, sus iniciales. Los humildes “cuatro caños” aparecían frente a nosotros, y tras ellos, finalmente, “La Pérgola”, nuestra casa.

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El cartel de la entrada en sus últimos días de vida

“La Pérgola” era un lugar mágico. Un caserón rodeado por castaños de indias, almendros, y avellanos, con una arbolada calle central que conducía hasta los garajes, separando las zonas ajardinadas de las asilvestradas, que habían sido ocupadas por todo tipo de matorrales y arbustos para solaz de perros y niños. En el centro de la finca una piscina de bordes graníticos, que había reemplazado al antiguo aljibe en el que se bañaron nuestros mayores, entre ranas y salamandras. Dos construcciones humildes, junto a los lavaderos, servían de residencia a los guardeses, una familia agradable que se encargaba de que la casa no se viniera abajo en los duros inviernos serranos. En un lateral, cerca del invernadero, estaba la casita de mi tía Meme, una concesión de mis abuelos a la menor de sus hijas -por entonces soltera-; y al final del jardín, tras el gigantesco pozo, las cocheras, y unas antiguas cochiqueras que servían para guardar a los perros cuando había invitados.

Aquello era nuestro paraíso, y nuestra cárcel.

Sentíamos curiosidad por aquél pueblo que nos miraba con más hastío que envidia. Encaramados a la valla de la puerta principal veíamos aquella fábrica frigorífica, de la que entraban y salían hombres con sus hombros cubiertos por capas de goma negra, cargando barras de hielo que alimentaban las antiguas neveras -armazones de madera y piedra de gran tamaño que vivían sus últimos días- hasta llenar el carro tirado por mulas que hacía el reparto por las grandes fincas de las familias burguesas que venían a disfrutar del aire fresco de la sierra. Con ansias de libertad aguzábamos la vista, buscando a nuestros semejantes. Más allá, los sabíamos, incluso lo olíamos, estaba “La Aquilina”.

“La Aquilina” era un quiosco de metro y medio cuadrado -siendo generoso-, construido con madera y pintado de verde. A su lado estaba la frutería, más grande, azul, y mucho menos interesante. En “La Aquilina” solo cabía ella, la señora Aquilina, y ya era bastante porque la señora Aquilina estaba gorda. Su lugar de trabajo tenía un pequeño mostrador y una mesa camilla. Se sentaba, abrigándose con el faldón, y repartía dulces y pequeños juguetes sin cesar: Regaliz, sacis, moras, nubes, leche de burra, indios y vaqueros monocromáticos y sin articulaciones, recortables, silbatos, peonzas, combas, gomas, yo-yos (Russell, auténticos, y también de los menos auténticos). El interior de la tienda estaba forrado hasta el techo con manjares que ella bajaba con la ayuda de un gancho. Apelotonados frente al pequeño mostrador vociferábamos como pollos en un nido abandonado, y la señora Aquilina nos miraba con esos ojos pequeños y vivos y, llamándonos por nuestro nombre repartía su maná. Por más que nuestros padres se reprodujeran como conejos ella siempre sabía quienes éramos: Era la verdadera reina de Villalba, y desde su trono controlaba nuestras vidas, días tras día, año tras año.

Allí, en “La Aquilina” coincidíamos también con los primos por parte de mi madre.

Veraneaban en “El Romeral”, la casa de mi abuela Carola, una escisión de la finca familiar original que se llamaba “La Granjilla”, y de vez en cuando, guiados por los mayores, les visitábamos.

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Así es como se ve hoy la puerta de entrada en el street view. Poco queda de entonces.

Cogidos de la mano cruzábamos la plaza y bajabamos hacia la carretera de Moralzarzal por calles sin asfaltar, esquivando charcos y mierdas de vaca con mayor o menor fortuna -las grandes mierdas siempre tuvieron un fuerte poder de atracción para los niños, y esa fuerza era directamente proporcional a la elegancia del vestuario-.  Antes de llegar a la casa, a la altura del abrevadero, había una fábrica de lápidas de granito -principal materia prima de la zona-. Me aterraban esas piedras grises, en algunos casos con el nombre del destinatario a medio componer, como si se estuvieran adelantando al óbito. Si venían vacas por la cañada -calle Fuente del Álamo- teníamos que esperar. Era toda una aventura. Nos subían a los anchos muros de piedra que separaban las fincas y nos quedábamos quietos, viendo pasar la manada de cabizbajas y tetudas vacas, con lentitud, como si desfilasen en duelo por algún familiar, con la lengua fuera, rodeadas por un millar de moscas y mugiendo tristemente mientras que el vaquero les arreaba unos vardascazos tremendos. “¡54! Hay 54 vacas” decía uno de nosotros … “No, 52, idiota” respondía el siguiente. El vaquero nos sonreía desde el caballo, y seguía con su rutina. Ajenos a la realidad de un país miserable, sometido por una brutal dictadura, nuestra vida era tan plácida como la de los rumiantes aquellos.

La madre de mi madre quedó viuda muy joven y tuvo que sacar adelante a tres hijas: Pilar, Carmen, y María Luisa -la mayor-, que sufría cierta forma de parálisis cerebral achacada -según nos decían- a un error con el “fórceps” cuando vino al mundo. De mi abuelo Luis sé poco, su familia se dedicaba fundamentalmente a la medicina, y gran parte de ella -los Astolfi- vivían en Sevilla. Luis era apuesto, alto, y temerario. En su juventud había participado en apuestas sobre quién aguantaba más bajando el Puerto de los Leones en bicicleta, pero sin manos, y esas andanzas le habían dejado algunas cicatrices. Mi abuela adoraba a su marido, y nunca superó del todo su temprana pérdida, ni ella, ni mi tía María Luisa, que empeoró notablemente cuando su padre murió. A pesar de no quedarse desvalidas del todo mi abuela tuvo que trabajar para mantener a su familia, lo que suponía una novedad entonces. Trabajó como administrativa, secretaria, y todo lo que hiciera falta en una oficina cercana a su casa, en el Madrid de los años cuarenta. Pero su sueño, desde pequeña, hubiera sido cantar. Era una gran aficionada a la ópera, y a pesar de las apreturas económicas no se perdía ni un estreno de los pocos que había en aquellos días.

Los amigos de mi padre eran unos golfos, señoritos consentidos que vivían al margen de los sufrimientos del resto del país. Estudiaban en los mejores colegios, viajaban, hacían fiestas, siempre amparados en sus fechorías por un sistema machista, clasista y caciquil, a sabiendas que en el futuro, y protegidos por sus padres y mentores, conseguirían ocupar grandes puestos en empresas o ministerios. Muchas de sus “gracias” han perdurado en la memoria de la familia, cómo cuando Gustavo, Enrique, mi padre, y otros más, decoraron la terraza de una pobre señora que les había reprendido, cagándole en todas y cada una de las macetas de geranio que tenía. Eran la personificación de los personajes de ficción de aquellas películas que pretendían vender una España feliz y despreocupada, y que se veían en pueblos en donde solo había sed, burros, y harina de almorta.

En uno de aquellos tórridos veranos serranos de los cincuenta se conocieron  mis padres, me imagino que en algún baile de los que organizaban en la zona para que se reunieran los jóvenes casaderos de una colonia burguesa que crecía poco a poco.

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Acerca de Felipe Mellizo

Soy guionista, casi periodista, padre, pareja, ex-golfo, ex-aventurero, comilón, bruto, y seguidor del Atlético de Madrid.
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