UNA PALOMA CHAFADA

Con su chaqueta ocre, y unos vaqueros que claramente han pertenecido a alguien con un volumen mucho mayor que el suyo, mi amigo Ricardo observa a las palomas de la calle Fuencarral desde la terraza del bar en el que ha sido acogido estos últimos meses. “Cuatro son amigas mías”, me dijo una vez, “hablo con ellas, y me entienden”.

Así, conversando, le encuentro todos los días. Aislado por sus problemas de oído, e incapaz de caminar más allá de los tres minutos que dura el humo de un cigarrillo –nunca respiró oxígeno sin mezclarlo bien antes-, Ricardo ha llegado a ese punto de rendición de su humanidad en el que se perciben realidades que vagan entre dos dimensiones.

Yo le conocí en los estertores de mi adolescencia, cuando cantaba en un bar de Hermosilla que se llamaba “El avión”, un lugar para comer pipas y charlar sin estridencias. Siempre le acompañaba César, el pianista eterno al que le faltaba una pierna. Durante la transición Ricardo había tenido varios encuentros poco amistosos con la autoridad -como muchos de entonces-, encuentros o encontronazos que dejaron huella en él, y que fortalecieron sus relaciones con otros artistas y periodistas de los setenta. De ese modo Ricardo llegó a ganarse cierta fama, que culminó con su actuación durante la fiesta que siguió a la legalización del PCE. Después vinieron los discos, y las noches infinitas, y su nombre artístico “Rocky bolero” se hizo popular en los locales de la ciudad.

Desconozco muchos detalles de su vida, más allá de su origen leonés y su alma “merengona”, pero empecé a trabajar con él en 1984, en una emisora que se llamaba Radio EL PAÍS. Por aquellos años Ricardo se había convertido en embajador de Malasaña, el mejor y más importante que tuvo el barrio desde hacía cincuenta años. Trovador de sus amores y juglar de sus heroicidades y bajezas. Tanto se integró Ricardo en el barrio que temíamos que no pudiera salir de allí nunca… Pero salió. Salió hasta Goma, para enviar unas inolvidables crónicas sobre el brutal conflicto que vivían en Ruanda.  Durante los últimos treinta años coincidimos en varias aventuras. Estuvimos juntos como guionistas en “La Noche se mueve”, cuando Ricardo se mantenía en forma gracias a desayunar una copita de Fernet Branca, mientras redactaba las entrevistas a personas peculiares del programa de Wyoming, “tipos de interés” como los llamábamos. Un día, trabajando en una oficina de López de Hoyos, un periodista joven se me acercó alarmado: “El señor ese, Ricardo… Ricardo… se está fumando un porro”. Quizá Ricardo no supiera bien como configurar una impresora, pero se manejaba con soltura liándolas pardas.

Volvimos a encontrarnos en otros programas a lo largo de los años, pero cuando terminaban perdìamos el contacto. Siempre educado, delicado y cortés, un “Pepito de ternura” como decía él mismo, se quedó redactando columnas del suplemento de Madrid del diario “El País” hasta su cierre en plena “crisis”.

Poco después recibía el premio “El Quijote de periodismo”, de manos del Rey saliente Juan Carlos I, y apoyado por su amigo del alma Alex, y con la estatua del caballero de la triste figura bajo el brazo se esfumó…

Supe de nuevo de él cuando me convocaron para una comida de apoyo, un reencuentro de aquellos que le conocimos en lo mejor de su azarosa vida. Ricardo había sufrido algunos achaques, y el último le había dejado sensitivamente (que no sensiblemente) dañado (sordo y con poca visión). Había sido recogido por algunos familiares, y con su ayuda vivía en un centro para mayores de la sierra de Madrid -con sus vacas, sus árboles, su silencio, sus nubes…-. Ricardo no aguantó mucho y escapó.

Tres años después entré a tomar un café en el bar “Peñacruz” y le vi, aunque él no reparó en mí. Pregunté por él a los dueños, y me dijeron que no sabían quién era, pero sí que se había caído alguna vez en la puerta, y viendo que estaba solo habían llamado al Samur para que le atendieran. Se hospedaba en una pensión de Fuencarral, y no molestaba a nadie, siempre frente al periódico, rellenando los crucigramas con monótona destreza. Desde entonces ha mejorado mucho. Carmen, una pequeña compañera de profesión con un gran corazón, le da cariño, y le obliga a acudir al médico. Yo le doy conversación, y José Miguel le ha financiado un audífono para que se vuelva a conectar al mundo. Ahora quiere volver a escribir, dice tener miles de apuntes e ideas, y las comparte con sus palomas, y conmigo.

El otro día me acerqué hasta él “He perdido a una de mis palomas”, me soltó. “La aplastó un coche en la calle, ahí mismo (señalando el cadáver “impreso” en el asfalto, al que observaba desde hacía horas)… Era una de mis amigas”. “Ha estado mirándola y llorando toda la mañana”, me dijeron los camareros…

Un chico de veinte años camina con su modernidad colgando por las calles más modernas, con su moderno “tablet” y su moderna barba antigua, sintiéndose amo del mundo. Y pasa delante de Ricardo, le mira y dice a su amigo “¿Has visto? Una paloma chafada, voy a hacerle una foto para el twitter”.

Con todo el cariño para mi amigo Ricardo, y en memoria de su paloma.

Anuncios

Acerca de Felipe Mellizo

Soy guionista, casi periodista, padre, pareja, ex-golfo, ex-aventurero, comilón, bruto, y seguidor del Atlético de Madrid.
Esta entrada fue publicada en Sin categoría. Guarda el enlace permanente.

Una respuesta a UNA PALOMA CHAFADA

  1. DARTH V dijo:

    Gracias Felipe por compartir historias así

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s