TUO YAW. Parte I (Hasta que el pasado me alcance)

UNA NOTA PRELIMINAR, QUE DEBERÍA LEERSE AL FINAL

[Empecé a escribir esto en 2002. Con las distintas migraciones (Blogger, Myspace, Spaces…) fui perdiendo partes, hasta el 2014, cuando retomé la escritura. Desde entonces no he dejado de corregir, recuperar, y completar los textos. En aquel tiempo -2002- había tocado fondo gracias a  mis acciones, al destino, y a algunos aprovechados. Me había quedado sin padres -antes de tiempo-, sin trabajo -injustamente-, sin pareja -por mi cobardía y egoísmo-, sin hijo -por vergüenza-, sin amigos -porque ni me creían, ni les convenía hacerlo-, sin familia -por mis mentiras-, y sin un lugar en donde literalmente caerme muerto -por mi mala cabeza y peor bolsillo-. La idea de escribir sobre mi vida me vino de un modo muy “peliculero”: Tras un último descalabro pensaba en tirarme desde el puente de una rotonda cercana a la empresa. Como suena. Así de patético. Me habían humillado por última vez, me dije… Miré abajo, resoplé, y… No fui capaz. Me entró un miedo brutal al daño y a la muerte. Volví sobre mis pasos y me fui al bar de Las Tablas, a beber.

Derrotado de nuevo busqué argumentos que pudieran servirme para salir del atolladero, y los encontré: En primer lugar la venganza. Ese fue mi verdadero motor durante mucho tiempo (una venganza genérica, contra todos, aunque hubiera dos o tres dianas evidentes que me sirvieron como referencia para no fallar mi disparo ni rendirme, especialmente en las noches en las que dormía en la calle). La mayoría de mis conocidos me dieron la espalda, o fingieron no saber nada, salvo un grupo de amigos, lo peor de lo peor, denostados por muchos, pero que nunca me fallaron cuando les necesité. Les conocían por un nombre hortera y genérico, “Los muchachos”, y entre ellos había de todo, pero especialmente golfos. Alguno, como Miguel, cuando podía me hacía llegar dinero; Otros como Alberto y Belén, me hospedaban en su casa; Y cuando el clima empezaba a ponerse feo Chiqui, Pachi, Gerardo, y Vicente me hacían un hueco en sus sofás. Si me juzgaron se lo guardaron para ellos, y jamás me preguntaron el cómo, ni el porqué, como tampoco lo hicieron Íñigo, Ana, Luis…; En segundo lugar el amor, como suena. Estaba deshecho por haber perdido a Pilar. No podía imaginar una vida sin ella, pero sabía que el daño que había hecho era de una magnitud tal que sería un milagro recuperarla, pero debía intentarlo para compensarle por mis mentiras; Y en tercer lugar mi hijo. Se merecía algo mejor que yo, un padre que estuviera cuando lo necesitase, que no le dejara en la estacada. No podía darle la espalda de un modo tan cobarde.

(Texto del 2002) Fui consciente de mi intrascendencia siendo muy joven, y tratando de evitar el anonimato recurrí a exagerar determinadas hazañas que con el tiempo adquirieron vida propia, fagocitando mi verdadera personalidad. Muchos lustros después resulto más creíble en la exageración y la mentira, que en la mesura y verdad. Por el camino descubrí la facilidad con la que los demás aceptan las historias que alimentan el retrato ridículo, desafortunado, o malvado de quienes las cuentan, y la imposibilidad de cambiar un estereotipo de ese tipo por otro más real, aunque bondadoso, bobalicón, y bienintencionado.

Nunca pude concentrarme. Jamás conseguí interesarme por algo, más allá de la simple observación inerte de la televisión, o de un plato de comida. Los estudios los abandoné antes de empezar, no fui ligón, ni especialmente pendenciero -aunque mi dejadez me llevara a meterme en más de un lío-. Engañé, jugué, robé, bebí, consumí todo tipo de drogas… Intenté ser buen marido, pero no supe; Quise ser buen padre, pero no pude. Amante mediocre, poco agraciado y de voz cavernícola. Carente de todo gusto y criterio estético. Y a pesar de todo chulo, orgulloso y dañino.

Un mal escenario para cualquiera. Pero así soy, o al menos fui durante cuarenta años.

Hace mucho tiempo mi padre escribió una novela. Se llamaba TUO YAW -evidentemente “way out” (salida)-. La novela se perdió, si es que se llegó a escribir realmente, pero por lo que me contó -en uno de sus muchos monólogos- sé que el protagonista trataba de “escapar”, de huir de un destino y una vida desastrosa. El título de esa obra nonata, me ha perseguido durante años, hasta convencerme de que la única manera de librarse de él, y de la maldición que representa, es utilizarlo.

Nací el 22 de abril de 1964, en la clínica San Francisco de Asís.

el lugar donde nací

INTRODUCCIÓN
Luis o Felipe. Dos familias burguesas de la España del desarrollo pugnaban por dejar su huella en mis primeros documentos públicos. Vestidos con sus mejores galas rodeaban aquel barreño pétreo de la iglesia de Blasco de Garay, esperando a que el aguador de turno me diera el visto bueno como nuevo cristiano -Personalmente no creo que eso me quitara el sueño, y si en ese momento me hubiesen dado la opción de elegir un nombre, habría optado por el de Blastoporo Mellizo, concentrado como estaba en comer y giñar-. A Falta de consenso entre la familia de los “Luises” y la de los “Felipes” me convertí en Felipe Luis Mellizo, absurda decisión porque desde aquella primera inmersión en el cristianismo pasé a ser Pipe –sin más-, perdiendo el nombre de pila hasta bien entrados los años ochenta.

La mayoría de los seres humanos guardamos una “primera imagen” de nuestra existencia, más o menos afortunada y por lo general falsa. Pues bien, en esa “primera estampa” de la mía están mis dos hermanas mayores, María del Carmen y Ana, asomadas a la ventana de la habitación, mirándome como el curioso que observa desde la calle cómo se hacen las pizzas, mientras me cambiaban los pañales con monótona destreza. Por suerte para mí tenían varicela, y no les dejaron amasarme durante un tiempo. Apenas conservo otras imágenes de entonces en mi memoria, y con toda seguridad las que me llegan tienen su origen en algunas fotografías que he visto con posterioridad, y que poco a poco van perdiendo los colores… Aunque si que estoy en condiciones de asegurar que vivíamos en un piso grande de Argüelles, en la calle de Joaquín María López, una casa que supuestamente debía ser para toda la vida…

Mi padre, fallido abogado, matemático aficionado, y prometedor periodista, vivía ajeno a los problemas domésticos, siempre encerrado en un despacho comunicado con el salón por una puerta de doble hoja que nos tenían prohibido abrir. Sobre su mesa, junto a la máquina de escribir, una cabeza de leopardo amenazante vigilaba a los intrusos. Era un lugar mágico, lleno de papeles, libros, mapas, humo, algunas toses, y un ruido inquietante, seco y pertinaz, que con el tiempo asocié a la percusión de las teclas de una vieja olivetti sobre el rodillo. Un tamborileo arrítmico -propio de quien escribe con dos dedos de una mano, y tres de la otra- al que me acostumbré de tal manera que aún hoy lo echo de menos… Mi padre se llamaba Felipe, evidentemente.

Tenía talento, mucha inventiva, y los apoyos necesarios para dedicarse a una profesión que su padre no acababa de entender, ni reconocer. En tiempos con poca competencia era fácil que un joven de buena familia pudiera publicar sus ocurrencias, y así es como empezó a trabajar en el diario PUEBLO.

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Publicado en el diario PUEBLO, el sábado 27 de septiembre de 1958.

[Dedico este cuento al poeta húngaro Attila Jozsef. Desde el otro mundo, él sabe bien por qué lo hago]

Se despertó a media tarde, con la boca reseca y la cabeza dándole vueltas. “He dormido demasiado”, se dijo. Tambaleándose dejó la cama, y fue a asomarse a la ventana, a ver la tarde. Y la tarde era una tarde como todas, sólo que llovía. En el nogal del jardín –o de lo que fuese, de aquel trozo de tierra entre la tapia y la casa- se amontonaban los gorriones, mojaditos, mojaditos, con las plumas pegadas de dos en dos, o de tres en tres, según, y piaban, pi-pi-pi, como si estuviesen asustados, o como si rezasen el rosario, o como si qué sé yo.

Perico fue hacia el lavabo, lo llenó de agua con la jarra de porcelana rosa y se lavó las orejas, la boca, el pescuezo, hasta sentirse despabilado. Eructó. Volvió a eructar. Se quedó inclinado sobre el lavabo, esperando el tercer eructo.

En el manicomio le regañaba la monja cuando eructaba. “Pedro –le decía-, debe usted procurar contenerse. Eso está muy feo…” Y agitaba un dedo, largo y blanco, como si fuese un látigo pequeñito. La monja era gorda. El manicomio era azul. Todo estaba pintado de azul: las sillas, las paredes. [*****] El día que le llevaron estuvo sentado un buen rato en aquella habitación tan rara, llena de mujeres viejas, que acompañaban a hombres jóvenes. Él llevaba una boina negra, y había dos moscas haciendo porquerías en un cenicero. “Bueno, bueno…” Le había dicho un médico viejito y con cara de rata. Y luego le llevaron a una habitación azul, donde había otro individuo pelado al rape, que al verle se puso a gritar “¡Otro loco, otro loco!” como un loco.

El tercer eructo no vino, pero se quedó en la tráquea, haciendo como que salía. Era igual que tragarse un hueso de aceituna, de esos que tardan en llegar al estómago, o a donde sea. Se secó con la toalla grande, con la amarilla, con la que tenía unas letras rojas, F.A., marcadas en una esquina. Canturreó. Se puso la chaqueta de pana, y entonces se acordó que estaba descalzo. Con que se tuvo que volver a quitar la chaqueta, porque, no sé qué pasaba, que con ella puesta no se llegaba a los pies. Le tiraba de los sobacos. La dejó en el suelo y, en cuclillas, se puso las playeras azules y ató los cordoncillos. Canturreó otra vez.

También las playeras eran azules. Le llevaron a una habitación pequeña y le hicieron sentarse frente a una mesa, en la que estaba el médico viejito con cara de rata. Le enseñaron a jugar. El médico decía “Perro” y el contestaba “Gato”. Volvía el médico a decir “Blanco” y él gritaba casi “Negro”. Era muy fácil. Jugaron mucho rato. “Casa”, “Árbol”, “Rueda”, “Coche”, “Mesa”, “Niño”… “Niño”… “Niño”… “Niño”. El médico le daba palmaditas en la espalda.

Volvió a ponerse la chaqueta, y salió. Su madre estaba cosiendo en la galería, junto al ventanal que daba al patio.

-¡Cómo llueve! ¿Eh, madre?
-Si hijo mío. ¿Has dormido bien?

¡Le cuidaba tanto su madre! ¡Le mimaba tanto! Por la noche, cuando, después de bregar por la casa de un lado para otro, se retiraba la pobre a su alcoba, pasaba antes a la de Perico y se acercaba a la cama, y arreglaba las mantas, y rozaba sus mejillas con los dedos, igual que antes, cuando era pequeño, hace muchos años, muchos años… Perico se hacía el dormido y oía a su madre suspirar hondo, y, a veces, iniciar un sollozo en la oscuridad- “Llora porque estoy loco…” se decía.

La colcha de la cama era azul. Eran azules las paredes, los armarios, los baldosines, el lavabo, la mesilla de noche. Su compañero de cuarto era Nico. Todos le llamaban Nico. “Tú… ¿por qué estás loco?, le preguntó nada más llegar. Tenía el pelo cortado al cero, los ojos azules –como la puerta, como la silla-, las manos largas, fuertes, limpias. No le había podido contestar. Tenía miedo. “No te preocupes. Estar loco no es malo. Ya verás cómo te sientes superior a todos dentro de un par de días… Los médicos entran en tu cuarto con miedo y te hablan como a un chico… No pueden vencerte… Te reirás…”

Perico se fue a sentar junto a su madre, en una sillita baja. Apoyó en el ventanal la frente, mirando la lluvia, que lo empapaba todo tristemente.

-Madre…

¿Qué hijo?

-¿Cuándo vuelve Teresa?

Dentro del pecho, dentro de la cabeza, dentro del alma, un martillo golpea: “Nunca, nunca, nunca”… Pero se pregunta, se necesita preguntar lo que no tiene respuesta, porque así somos de memos y de doloridos. Y, claro, la madre titubea. Duda un segundísimo. Lo bastante.

-Ya no tardará… Un día de estos…

“Las mujeres son todas muy bonitas –aseguraba Nico-. Es hermoso quererlas a todas… Me da pena verlas pasar a mi lado, en jugosos racimos de colorines, sin pdoerlas decir mi amor. Este amor mío, que daría para todas los besos necesarios, para todas las palabras precisas…” Al día siguiente de decirle eso fue cuando se quiso suicidar. Perico lo encontró al volver del reconocimiento tendido en el estrecho camastro, bajo las mantas, pálido, con las venas de la muñeca izquierda rotas a dentelladas… Gritó. Apretó con las manos la sangre que se escapaba. Se llevaron a Nico a otra habitación, solo. Hasta un par de meses después no volvió a verle, más delgado, más serio, con los ojos más azules –como las colchas, como las sillas-, con las palabras más hondas, más misteriosas…

-Estoy deseando verla, madre. ¿Querrá aún casarse conmigo..? ¿Tendrá miedo de mí?

Gorgotea, glo-glo, el agua en los canalones. Chisca, chis-chis, contra las cristaleras. Que la casa del loco es triste, que la casa del loco es ancha y con sitio para la lluvia, en los largos tejados, en los redondos corazones.

A la madre la tiembla no sé qué en la mirada. ¡Uhhh! ¡Qué miedo da el loco! ¡Engañemos al loco como a un imbécil! ¡Que no sufra el loco!

-¡Claro que te querrá, bobo!

Se apartarán los niños de ti por la calle, o te tirarán piedras… -Le dijo Nico el día que dejó el manicomio-. Esto no se cura. Un loco enferma a todos los que le rodean. Puede la locura currar en él, pero no en los otros… Te bailarán el agua cuando les hagas frente, pero se darán codazos si te ríes. Hasta que te asqueen, y te den náuseas, y te apetezca marcharte al otro lado de este río. Porque vivir es como un río, con la orilla de acá y la de allá… Estar vivo es estar en la orilla molesta… Morir es cruzar… Y cuando eso te apetezca, yo estaré allí para evitarlo. Hay que quedarse en esta orilla. La paz es para los cuerdos. Yo me equivoqué mordiendo mis venas. No te dejaré equivocar a ti…”

“Que no me querrá, que no… Que ya sé que se marchó del pueblo cuando yo volví del manicomio. Que ya sé yo que sus padres la tienen de señoritinga en la ciudad, que ya se yo que soy el loco…” “Blanco, negro. Rueda, coche. Mesa, niño… niño… niño…” (No tuvo el la culpa. El carro de Matías tapaba casi toda la carretera; el niño salió de entre las ruedas, detrás de la pelota de colorines; el camión estaba viejo; los frenos eran malos; se le quedaron los ojos perdidos en el cielo y las manitas cerradas sobre el asfalto…)

-Siempre me levanto mareado de la siesta… ¿Por qué llueve tanto? ¿Por qué no viene Teresa, madre?

La madre -¡Qué estúpida la madre!- se hizo la tonta sobre la mantelería blanca. Perico tuvo una náusea. Y llovía. Los mulos estaban en las cuadras, con los nervios de punta.

Y entonces fue cuando se levantó el loco y bajó las escaleras de tres en tres, y abrió la puerta del corral, y corrió bajo la lluvia, y salió al campo, y vomitó en un charco.

Luego anduvo despacio. Más contento que unas pascuas. Le chorreaba el agua por la cara y se perdía entre el vello del pecho. Se le llenaron hasta los bolsillos de la chaqueta. “Ahora estaré – madre- con la cara pegada a los cristales para verme”, pensó. Pisaba las margaritas empapadas, y se quedaba tan tranquilo. “Blanco, negro. Rueda, coche. Mesa, niño… niño, niño…”

(Lo de tumbar al niño en la mesa del comedor fue cosa del cura. Parecía un cordero destripado…).

Llegó a la vía del tren y se tumbó con cuidado entre los carriles. “Ya vendrá el tren y me llevará a la otra orilla”, se dijo. Y le llovía encima, y sintió que le crecía musgo en la frente, y le florecían las orejas. Y se durmió bajo el agua, como un pez, tranquilamente. Importándole todo un pito.

“Hasta la vista”, le había dicho Nico.

Cuando se despertó no llovía; Le chocó. Estaba vivo; le chocó. Era de noche; le chocó. Se sentía liberado de la náusea. El tren no había llegado. Tenía frío. Se levantó de un salto y corrió hacia la estación. Vio luces. “¿Por qué no ha llegado el tren?” Oyó voces. La mole negra de la máquina, detenida, rugía en voz baja echando humo de cuando en cuando. Había mucha gente. “Hola –le dijeron-. ¿Has visto? Se apartaron un poco y llegó hasta donde estaba la máquina. Despanzurrado sobre los raíles había un hombre. Le iluminaban dos o tres linternas. No tenía piernas. “¿Le conoce alguien?” decía un guardia.

El muerto tenía las manos largas, fuertes, limpias. Iba pelado al cero. Perico respiró con fuerza y se sintió casi alegre. El muerto tenía los ojos abiertos, azules, azules –como las paredes, como las sillas-. El guardia se los cerró cuidadosamente, y le taparon con una manta para esperar a que llegase el juez.

Empezaron a brillar, empujando los nubarrones hacia la montaña, unas cuantas estrellas.

Felipe Mellizo Cuadrado 1958

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Tras unos años deambulando por el mundo como corresponsal, lo que le llevó desde Australia a Egipto, pasando por Austria y Alemania, parecía que había conseguido la estabilidad necesaria para medrar de una forma razonable y burguesa, como mandaban los canones. Como recuerdo de aquellos inicios viajeros quedaba un diploma, un “gadget” enmarcado con la imagen de un Neptuno, apoyado sobre el globo terráqueo, que daba fe de que había completado la vuelta al mundo, saliendo de Madrid hacia el Este y regresando por el Oeste en un mismo viaje.

¿Y mi madre? Mi madre era paciente. No era fácil vivir con un fantasioso como él, y mucho menos para una mujer educada en las frustraciones, que no valores, tradicionales de la época. Apenas recuerdo momentos de complicidad entre ellos porque, para mi creativo padre, las muestras de cariño hacían a los hombres blandos e imperfectos.

Carmen, ese era su nombre, se dedicaba a traer y llevar en general: Traía niños al mundo y los llevaba al colegio, traía niños del colegio y los llevaba a la cama… Otra de sus tareas era la de esperar. Felipe era un hombre ocupado y se dedicaba en cuerpo y alma al trabajo. Carmen esperaba a que llegase, más tarde que pronto, y mientras cenaban escuchaba los estupendos relatos de países lejanos que Felipe siempre tenía preparados…. Él hablaba de sus sueños, de cómo anhelaba salir de una España que no le gustaba, un país al que consideraba chabacano y sucio. Se emocionaba narrando las vidas de grandes personajes, como Russell, Churchill o Hume… Era un gran conversador, o monologuista -según se mire-, y Carmen, mi madre, una audiencia agradecida. Después nada. Ella se acostaba, sabiendo que él no lo haría hasta las tantas, y entre agotada y resignada se dejaba adormecer por el tac-tac-tac-cling-rraaasss de la máquina de escribir…

En el piso siguiente al nuestro vivían nuestros primos, hijos de Paloma –hermana de mi padre- y de Mauro. Mi tío era un padrazo, al estilo de Closas en “La gran familia”, y mi tía era una madraza graciosa, guapa, y conservadora. Él tenía horario, un buen sueldo y una gran afición por el fútbol, dificultada por la costumbre que tenía mi tía de comentar las jugadas a carcajada limpia. Por entonces ya tenían cuatro hijos, para desesperación del conserje que sufría las carreras, los golpes y las chulerías de una jauría de chiquillos deslenguados y consentidos, que le mareaban corriendo de un piso a otro, dejando manchas de nata y chocolate en los enormes cristales de la portería, cuando no los pringaban con la sangre que manaba de sus narices, aplastadas contra esos muros invisibles por algún leve error de cálculo.

El tío Mauro gozaba de una posición de privilegio en aquellos años: su padre, Demetrio Mestre, era amigo personal del mismísimo Franco, a quien salvó de ser detenido en Canarias al producirse el “Glorioso alzamiento nacional” (o golpe de Estado) de 1936, evitando que el telegrama que el gobierno legítimo enviaba al Gobierno civil de la isla -en el que se solicitaba su detención- llegase a su destinatario, y permitiendo de ese modo que el militar escapase en el popular “Dragón rapide”. Terminado el conflicto el muy agradecido Caudillo le premió nombrándole Director General de Telefónica -a perpetuidad-, y los beneficios de tal posición salpicaron a toda mi familia durante los años de la dictadura –quisieran o no-. [Sé que es una confesión delicada, pero resulta necesaria para entender el entorno en el que nos educaron].

A los pocos meses de venir yo al mundo mis padres tuvieron la osadía de engendrar otro hijo –en este caso mi hermana Carlota-, de manera que en febrero de 1966 fui desterrado a un frío dormitorio al final del pasillo. Aquél fue un cambio duro, supongo, pero me liberó de mis hermanas mayores, Carmen y Ana, que se dedicaron por entero a molestar la nueva criatura.

Y fui creciendo. Poco a poco.

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Felipe Mellizo Contreras, yendo a la Universidad en los años veinte, del siglo veinte. Dibujo hecho por él mismo en el reverso de la tarjeta de presentación cuando vivía en Divino Pastor 5.

Mi abuelo paterno se llamaba Felipe y había nacido con el siglo. Era metódico, ordenado y elegante. Ingeniero de caminos de educación supuestamente liberal, pianista en sus ratos de ocio y sumamente recto con sus hijos y nietos. Hablaba poco, pero todos le escuchaban sin rechistar cuando lo hacía. Su padre, Trinidad Mellizo, casado con Remedios Contreras, había sido un músico y compositor con cierto éxito en los salones de baile de Madrid y Santander a finales del siglo XIX y principios del XX, hijo de un honrado administrador de fortunas ajenas, que trabajaba para los duques de Santoña -y había participado como representante de sus pagadores en la edificación de lo que sería el “hospital del Niño Jesús” de Madrid-. Trinidad debía ser algo así como un DJ para los señoritos de entonces, y se hizo tan popular en las salas de baile, como en algunos bares de mala fama. Un periódico de entonces le dibujó junto a un piano, con su elegante chaqué, bajo un texto que decía “Trinidad Mellizo, que todo lo que gana en vals lo gasta en la “Viña P” (el conocido y aún existente bar de la Plaza de Santa Ana).

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Tarjeta de baile

Por suerte para mi abuelo -y su padre- una gruesa burguesa de Castilla se cruzó en su camino, mi abuela Asunción, y con su ayuda, y la de los padres de ella –Ulpiano y Baldomera- consiguieron independizarse, medrar y procrear durante aquellos confusos años treinta… Después vino la Guerra Civil. Mi abuelo trabajaba hasta entonces en el departamento de proyectos y obras del ministerio, ocupándose de construcciones como el puerto de Ceuta, y llevaba una vida cómoda. Nunca se había significado políticamente, pero nada más estallar la revuelta franquista, y cuando volvía de tomar unos vinos con unos amigos, le detuvo un grupo armado de anarquistas, que rápidamente le catalogó como señorito (según dicen le delataron sus manos, de pianista). Mi abuelo estaba perdido, pero cuando se disponían a trasladarle a una “checa” uno de los líderes del grupo le reconoció, y sabiendo que no era sospechoso consiguió que le liberasen (Siempre según me contaron, al final de la Guerra ese mismo hombre fue apresado y pidió ayuda a mi abuelo, que intentó que le liberasen sin éxito, y aquel hombre fue fusilado por los “nacionales”). Al acabar la Guerra Civil, y como muchos ingenieros, el padre de mi padre fue reincorporado en su puesto. Franco, como cualquier dictador que se precie, necesitaba impresionar al mundo y a sus seguidores, con grandes obras de ingeniería, y eso, para algunos, fue una tabla de salvación.

No llegué a conocer a ninguno de mis cuatro bisabuelos paternos pero, de entre los miles de papeles que he reunido después de varias “herencias”, –Si uno espera recibir algo de dinero cuando casca un Mellizo va listo- he rescatado una serie de cartas escritas por Antonio, tío de mi abuelo Felipe, a mi bisabuela Remedios. En una de ellas Antonio, ya septuagenario, describe cómo era el Madrid de finales del siglo XIX para un muchacho que llegaba de Ocaña con más miedo que vergüenza…

Barcelona 26 de mayo de 1954

Querida hermana Remedios:

¿Para qué vamos a hablar de enfermedades, de tristezas y de penas pretéritas? Ya vienen ellas sin que nosotros las invoquemos. Las más recientes han pasado con solución favorable. Entretengamos pues el tiempo para distraer el ánimo, yo escribiendo y tú leyendo mis tonterías, si es que dispones de paciencia para acabar la lectura.

Si yo tuviese la humorada de escribir los recuerdos de mi infancia, que no la tendré, uno de sus capítulos podría titularse: “De cómo un accidente sin importancia puede cambiar el rumbo de una vida”. Hasta los doce o trece años fui un falderillo mimado y más tonto que una mata de acelgas, que no siempre han de ser las habas las que sirvan para ponderar la tontería. Todavía muy pequeño mi padre empezó a enseñarme las primeras nociones de música. No sé si vería en mí uno de esos niños prodigio que ahora tanto se prodigan o, lo que yo más creo, que le cegó el cariño paternal; el caso fue que me llevó a Madrid, a fin de que estudiase el violín con vistas, sin duda, a mi futura eminencia, dejándome al cuidado de unos parientes lejanos que vivían en la calle del Correo, esquina a la Puerta del Sol.

Ya solo en la Villa y Corte, un paletito de pura cepa asustado ante aquel tráfago, ante aquella balumba de gentes desconocidas y de vehículos de todas clases, caminaba los primeros días, un pie tras otro, por la única ruta que me habían enseñado: calle Mayor abajo y Viaducto adelante hasta la calle de la Redondilla donde vivía mi profesor filarmónico. Pero era largo el camino y, para seguirle más descansado, una vez -la única-, tuve el aciago atrevimiento de tomar el tranvía –de mulas eran entonces- llevando en una mano el violín y en la otra el método de grandes dimensiones. Debo advertir que el violín iba envuelto en una funda de bayeta verde que era un prodigio de costura.

Durante el trayecto nada de particular, como no fuese el orgullo de verme viajero la primera vez en mi vida por mi cuenta y riesgo. Pagué, que esa era mi cuenta, me dieron un papelito que puse entre mis labios y pronto llegó también el riesgo -no se hizo esperar-, porque antes de que el tranvía diese la vuelta hacia la calle de Bailén, tuve la ocurrencia suicida de apearme en marcha con las dos manos ocupadas por los trebejos musicales. Yo ¿qué sabía?

Cualquier ser racional hubiese puesto los pies en el suelo conservando la verticalidad, pero yo debí ponerlos en la atmósfera, porque descargué de bruces sobre los adoquines mi barriguita, mi pecho, mis narices, el violín y el método, todo a la vez, instantáneo. Una rana, con tanto ruido de cuerpo, madera y cartones, que debió parecer el estrépito de una catástrofe.

Se detuvo el tranvía, aunque ya tarde, y se asomaron alarmados los que en él iban; los transeúntes miraban a un lado y a otro para indagar la causa del estropicio, y no faltó quien viniera en mi socorro. Me ayudaron a levantarme y, para ver si tenía algo roto o dislocado, me decían: “¡Mueve la cabeza!” y yo la movía; “¡Mueve los brazos!” añadían otros, y yo los agitaba como dos aspas de molino; “¡Mueve las piernas!” y las flexionaba cuanto me era dable. Ejecutaba aquella gimnasia exploradora subiendo, bajando y oscilando todo lo movible de mi cuerpo, sin salir de mi asombro y con la seriedad del que obedece órdenes trascendentales, hasta que una madrileñita guasona, al ver mis gallardas acrobacias, rompió a cantar la polquita entonces en boga…

Parece que le tiran
De un cordelito…

Hizo gracia la canción y, entre las risas de todos y el azoramiento mío, cogí el violín que yacía en el suelo convertido en un sonajero -porque al moverle se produjo dentro de la funda un tableteo de matraca que no hubiese hecho mal papel en las tinieblas más ruidosas-. Intenté seguir mi camino, pero a los pocos pasos oigo una voz de mujer que grita: “¡Espera, chico! Toma, rico, esto que te dejabas” Era el método, chafado, hecho una lástima, y la gorra, un quepis de aquellos tiempos, made in London, con dos cintitas atrás encantadoras que caían graciosamente sobre mi nuca, cuando lo llevaba puesto naturalmente.

Enfilé el viaducto por la acera izquierda, como cualquier beduino, y al llegar a la mitad vi ante mí un señor muy tieso y solemne que, aunque llevaba cara de pocos amigos, quiso cederme el paso por su derecha al mismo tiempo que yo me apartaba para cedérselo a él, con cuya maniobra volvimos a encontrarnos cara a cara. Di unas zancadas hacia la izquierda a la vez que él también las daba en el mismo sentido y, claro, nos enfrentamos de nuevo. Vuelta a la derecha y otro encontronazo y así durante un rato, dando pasos a un lado y pasos a otro, como en las figuras de un cómico rigodón al compás del chocleteo de mi violín cascado. Yo, apuradísimo, fascinado, no podía detenerme y él, a la cuenta, tampoco, hasta que al fin, aquel señor, airado, fuera de sí, exclamó: “¡Badajo con el chiquillo!” Me cogió por los brazos, me levantó en vilo con todos mis adminículos y me depositó muy bonitamente en medio de la calzada, siguiendo su camino entre refunfuños y palabras gruesas alusivas a mi torpeza, que también era la suya.

Cuando le vi alejarse quedé tranquilo y agradecido. Agradecido, si, porque lo mismo que me había dejado en medio del puente, pudo haberme echado al otro lado de la barandilla para que aterrizase en la calle de Segovia, y no lo hizo.

No fui a la lección. Volví grupas a pie, por supuesto; llegué a casa de mis parientes y les dije con resolución enérgica que me marchaba al pueblo. Me oyeron con extrañeza, pero con mal disimulada alegría, porque debían estar deseando perderme de vista. Era huésped honorario.

Al día siguiente me pusieron en el tren; llegué a Ocaña, conté a mi padre una historia mitad verdadera mitad fantasía y, como era comprensivo y razonable, pronto se convenció de que Dios no me llamaba por el camino que él había pensado conducirme.

Cambié de rumbo; renuncié a la gloria artística que, de todos modos, se hubiera cansado de esperarme; mi vida se orientó desde entonces en distinta dirección y, siguiéndola, al correr de los años me casé con tu hermana que, aunque no es la gloria precisamente, llevo con ella cerca de medio siglo estorbándonos el paso, como en el episodio del viaducto, y temiendo, al mismo tiempo, que el día menos pensado, uno de los dos deje al otro el camino libre y entonces, para el que quede, serán los llantos y el crujir de dientes.

Y observo que me voy poniendo un poco sentimental y corto por lo sano antes de que se me destemple la guitarra.

Con los abrazos de familia a familia, recibe los de tu hermano.

Antonio.

¡Ah! Ya no me acordaba. Entiendo tu letra con facilidad: He estudiado paleografía; no te preocupes.

 

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Acerca de Felipe Mellizo

Soy guionista, casi periodista, padre, pareja, ex-golfo, ex-aventurero, comilón, bruto, y seguidor del Atlético de Madrid.
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3 respuestas a TUO YAW. Parte I (Hasta que el pasado me alcance)

  1. DARTH V dijo:

    Jajajajaja… jo me encanta… quiero más!

    • Pues gracias. Pero entre lo plasta que soy, y la poca paciencia de los que leen hoy en día, debes ser la única que sigue estas chorradas que escribo. Jajaja.

      • DARTH V dijo:

        Pues mira, de plasta nada… me encanta todo lo que escribes, creo que siempre te lo he comentado… pero especialmente TUO YAW me está dejando fascinada… me traslado a la época, me hace sonreír, sentir nostalgia (que yo también voy teniendo una edad) y está todo tan bien escrito que es una gozada….., SOY FANS!!!!!!

        PD.: estoy segura de que te leen muchos más

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