EL RÍO

Por Felipe Mellizo Cuadrado (1932-2000)
Publicado en el diario PUEBLO, el sábado 27 de septiembre de 1958.

[Dedico este cuento al poeta húngaro Attila Jozsef. Desde el otro mundo, él sabe bien por qué lo hago]

Se despertó a media tarde, con la boca reseca y la cabeza dándole vueltas. “He dormido demasiado”, se dijo. Tambaleándose dejó la cama, y fue a asomarse a la ventana, a ver la tarde. Y la tarde era una tarde como todas, sólo que llovía. En el nogal del jardín –o de lo que fuese, de aquel trozo de tierra entre la tapia y la casa- se amontonaban los gorriones, mojaditos, mojaditos, con las plumas pegadas de dos en dos, o de tres en tres, según, y piaban, pi-pi-pi, como si estuviesen asustados, o como si rezasen el rosario, o como si qué sé yo.

Perico fue hacia el lavabo, lo llenó de agua con la jarra de porcelana rosa y se lavó las orejas, la boca, el pescuezo, hasta sentirse despabilado. Eructó. Volvió a eructar. Se quedó inclinado sobre el lavabo, esperando el tercer eructo.

En el manicomio le regañaba la monja cuando eructaba. “Pedro –le decía-, debe usted procurar contenerse. Eso está muy feo…” Y agitaba un dedo, largo y blanco, como si fuese un látigo pequeñito. La monja era gorda. El manicomio era azul. Todo estaba pintado de azul: las sillas, las paredes. El día que le llevaron estuvo sentado un buen rato en aquella habitación tan rara, llena de mujeres viejas, que acompañaban a hombres jóvenes. Él llevaba una boina negra, y había dos moscas haciendo porquerías en un cenicero. “Bueno, bueno…” Le había dicho un médico viejito y con cara de rata. Y luego le llevaron a una habitación azul, donde había otro individuo pelado al rape, que al verle se puso a gritar “¡Otro loco, otro loco!” como un loco.

El tercer eructo no vino, pero se quedó en la tráquea, haciendo como que salía. Era igual que tragarse un hueso de aceituna, de esos que tardan en llegar al estómago, o a donde sea. Se secó con la toalla grande, con la amarilla, con la que tenía unas letras rojas, F.A., marcadas en una esquina. Canturreó. Se puso la chaqueta de pana, y entonces se acordó que estaba descalzo. Con que se tuvo que volver a quitar la chaqueta, porque, no sé qué pasaba, que con ella puesta no se llegaba a los pies. Le tiraba de los sobacos. La dejó en el suelo y, en cuclillas, se puso las playeras azules y ató los cordoncillos. Canturreó otra vez.

También las playeras eran azules. Le llevaron a una habitación pequeña y le hicieron sentarse frente a una mesa, en la que estaba el médico viejito con cara de rata. Le enseñaron a jugar. El médico decía “Perro” y el contestaba “Gato”. Volvía el médico a decir “Blanco” y él gritaba casi “Negro”. Era muy fácil. Jugaron mucho rato. “Casa”, “Árbol”, “Rueda”, “Coche”, “Mesa”, “Niño”… “Niño”… “Niño”… “Niño”. El médico le daba palmaditas en la espalda.

Volvió a ponerse la chaqueta, y salió. Su madre estaba cosiendo en la galería, junto al ventanal que daba al patio.

-¡Cómo llueve! ¿Eh, madre?
-Si hijo mío. ¿Has dormido bien?

¡Le cuidaba tanto su madre! ¡Le mimaba tanto! Por la noche, cuando, después de bregar por la casa de un lado para otro, se retiraba la pobre a su alcoba, pasaba antes a la de Perico y se acercaba a la cama, y arreglaba las mantas, y rozaba sus mejillas con los dedos, igual que antes, cuando era pequeño, hace muchos años, muchos años… Perico se hacía el dormido y oía a su madre suspirar hondo, y, a veces, iniciar un sollozo en la oscuridad- “Llora porque estoy loco…” se decía.

La colcha de la cama era azul. Eran azules las paredes, los armarios, los baldosines, el lavabo, la mesilla de noche. Su compañero de cuarto era Nico. Todos le llamaban Nico. “Tú… ¿por qué estás loco?, le preguntó nada más llegar. Tenía el pelo cortado al cero, los ojos azules –como la puerta, como la silla-, las manos largas, fuertes, limpias. No le había podido contestar. Tenía miedo. “No te preocupes. Estar loco no es malo. Ya verás cómo te sientes superior a todos dentro de un par de días… Los médicos entran en tu cuarto con miedo y te hablan como a un chico… No pueden vencerte… Te reirás…”

Perico se fue a sentar junto a su madre, en una sillita baja. Apoyó en el ventanal la frente, mirando la lluvia, que lo empapaba todo tristemente.

-Madre…
-¿Qué hijo?
-¿Cuándo vuelve Teresa?

Dentro del pecho, dentro de la cabeza, dentro del alma, un martillo golpea: “Nunca, nunca, nunca”… Pero se pregunta, se necesita preguntar lo que no tiene respuesta, porque así somos de memos y de doloridos. Y, claro, la madre titubea. Duda un segundísimo. Lo bastante.

-Ya no tardará… Un día de estos…

“Las mujeres son todas muy bonitas –aseguraba Nico-. Es hermoso quererlas a todas… Me da pena verlas pasar a mi lado, en jugosos racimos de colorines, sin pdoerlas decir mi amor. Este amor mío, que daría para todas los besos necesarios, para todas las palabras precisas…” Al día siguiente de decirle eso fue cuando se quiso suicidar. Perico lo encontró al volver del reconocimiento tendido en el estrecho camastro, bajo las mantas, pálido, con las venas de la muñeca izquierda rotas a dentelladas… Gritó. Apretó con las manos la sangre que se escapaba. Se llevaron a Nico a otra habitación, solo. Hasta un par de meses después no volvió a verle, más delgado, más serio, con los ojos más azules –como las colchas, como las sillas-, con las palabras más hondas, más misteriosas…

-Estoy deseando verla, madre. ¿Querrá aún casarse conmigo..? ¿Tendrá miedo de mí?

Gorgotea, glo-glo, el agua en los canalones. Chisca, chis-chis, contra las cristaleras. Que la casa del loco es triste, que la casa del loco es ancha y con sitio para la lluvia, en los largos tejados, en los redondos corazones.

A la madre la tiembla no sé qué en la mirada. ¡Uhhh! ¡Qué miedo da el loco! ¡Engañemos al loco como a un imbécil! ¡Que no sufra el loco!

-¡Claro que te querrá, bobo!

Se apartarán los niños de ti por la calle, o te tirarán piedras… -Le dijo Nico el día que dejó el manicomio-. Esto no se cura. Un loco enferma a todos los que le rodean. Puede la locura currar en él, pero no en los otros… Te bailarán el agua cuando les hagas frente, pero se darán codazos si te ríes. Hasta que te asqueen, y te den náuseas, y te apetezca marcharte al otro lado de este río. Porque vivir es como un río, con la orilla de acá y la de allá… Estar vivo es estar en la orilla molesta… Morir es cruzar… Y cuando eso te apetezca, yo estaré allí para evitarlo. Hay que quedarse en esta orilla. La paz es para los cuerdos. Yo me equivoqué mordiendo mis venas. No te dejaré equivocar a ti…”

“Que no me querrá, que no… Que ya sé que se marchó del pueblo cuando yo volví del manicomio. Que ya sé yo que sus padres la tienen de señoritinga en la ciudad, que ya se yo que soy el loco…” “Blanco, negro. Rueda, coche. Mesa, niño… niño… niño…” (No tuvo el la culpa. El carro de Matías tapaba casi toda la carretera; el niño salió de entre las ruedas, detrás de la pelota de colorines; el camión estaba viejo; los frenos eran malos; se le quedaron los ojos perdidos en el cielo y las manitas cerradas sobre el asfalto…)

-Siempre me levanto mareado de la siesta… ¿Por qué llueve tanto? ¿Por qué no viene Teresa, madre?

La madre -¡Qué estúpida la madre!- se hizo la tonta sobre la mantelería blanca. Perico tuvo una náusea. Y llovía. Los mulos estaban en las cuadras, con los nervios de punta.

Y entonces fue cuando se levantó el loco y bajó las escaleras de tres en tres, y abrió la puerta del corral, y corrió bajo la lluvia, y salió al campo, y vomitó en un charco.

Luego anduvo despacio. Más contento que unas pascuas. Le chorreaba el agua por la cara y se perdía entre el vello del pecho. Se le llenaron hasta los bolsillos de la chaqueta. “Ahora estaré – madre- con la cara pegada a los cristales para verme”, pensó. Pisaba las margaritas empapadas, y se quedaba tan tranquilo. “Blanco, negro. Rueda, coche. Mesa, niño… niño, niño…”

(Lo de tumbar al niño en la mesa del comedor fue cosa del cura. Parecía un cordero destripado…).

Llegó a la vía del tren y se tumbó con cuidado entre los carriles. “Ya vendrá el tren y me llevará a la otra orilla”, se dijo. Y le llovía encima, y sintió que le crecía musgo en la frente, y le florecían las orejas. Y se durmió bajo el agua, como un pez, tranquilamente. Importándole todo un pito.

“Hasta la vista”, le había dicho Nico.

Cuando se despertó no llovía; Le chocó. Estaba vivo; le chocó. Era de noche; le chocó. Se sentía liberado de la náusea. El tren no había llegado. Tenía frío. Se levantó de un salto y corrió hacia la estación. Vio luces. “¿Por qué no ha llegado el tren?” Oyó voces. La mole negra de la máquina, detenida, rugía en voz baja echando humo de cuando en cuando. Había mucha gente. “Hola –le dijeron-. ¿Has visto? Se apartaron un poco y llegó hasta donde estaba la máquina. Despanzurrado sobre los raíles había un hombre. Le iluminaban dos o tres linternas. No tenía piernas. “¿Le conoce alguien?” decía un guardia.

El muerto tenía las manos largas, fuertes, limpias. Iba pelado al cero. Perico respiró con fuerza y se sintió casi alegre. El muerto tenía los ojos abiertos, azules, azules –como las paredes, como las sillas-. El guardia se los cerró cuidadosamente, y le taparon con una manta para esperar a que llegase el juez.

Empezaron a brillar, empujando los nubarrones hacia la montaña, unas cuantas estrellas.

Felipe Mellizo Cuadrado 1958

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Acerca de Felipe Mellizo

Soy guionista, casi periodista, padre, pareja, ex-golfo, ex-aventurero, comilón, bruto, y seguidor del Atlético de Madrid.
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