De cómo un accidente sin importancia puede cambiar el rumbo de una vida.

Barcelona 26 de mayo de 1954

Querida hermana Remedios:

¿Para qué vamos a hablar de enfermedades, de tristezas y de penas pretéritas? Ya vienen ellas sin que nosotros las invoquemos. Las más recientes han pasado con solución favorable. Entretengamos pues el tiempo para distraer el ánimo, yo escribiendo y tú leyendo mis tonterías, si es que dispones de paciencia para acabar la lectura.

  Si yo tuviese la humorada de escribir los recuerdos de mi infancia, que no la tendré, uno de sus capítulos podría titularse: “De cómo un accidente sin importancia puede cambiar el rumbo de una vida”. Hasta los doce o trece años fui un falderillo mimado y más tonto que una mata de acelgas, que no siempre han de ser las habas las que sirvan para ponderar la tontería. Todavía muy pequeño mi padre empezó a enseñarme las primeras nociones de música. No sé si vería en mí uno de esos niños prodigio que ahora tanto se prodigan o, lo que yo más creo, le cegó el cariño paternal; el caso fue que me llevó a Madrid, a fin de que estudiase el violín con vistas, sin duda, a mi futura eminencia, dejándome al cuidado de unos parientes lejanos que vivían en la calle del Correo, esquina a la Puerta del Sol.

 Ya solo en la Villa y Corte, un paletito de pura cepa asustado ante aquel tráfago, ante aquella balumba de gentes desconocidas y de vehículos de todas clases, caminaba los primeros días, un pie tras otro, por la única ruta que me habían enseñado: calle Mayor abajo y Viaducto adelante hasta la calle de la Redondilla donde vivía mi profesor filarmónico. Pero era largo el camino y, para seguirle más descansado, una vez -la única-, tuve el aciago atrevimiento de tomar el tranvía –de mulas eran entonces- llevando en una mano el violín y en la otra el método de grandes dimensiones. Debo advertir que el violín iba envuelto en una funda de bayeta verde que era un prodigio de costura.

 Durante el trayecto nada de particular, como no fuese el orgullo de verme viajero la primera vez en mi vida por mi cuenta y riesgo. Pagué, que esa era mi cuenta, me dieron un papelito que puse entre mis labios y pronto llegó también el riesgo, porque antes de que el tranvía diese la vuelta hacia la calle de Bailén, tuve la ocurrencia suicida de apearme en marcha con las dos manos ocupadas por los trebejos musicales. Yo ¿qué sabía?

 Cualquier ser racional hubiese puesto los pies en el suelo conservando la verticalidad, pero yo debí ponerlos en la atmósfera, porque descargué de bruces sobre los adoquines mi barriguita, mi pecho, mis narices, el violín y el método, todo a la vez, instantáneo. Una rana, con tanto ruido de cuerpo, madera y cartones, que debió parecer el estrépito de una catástrofe.

 Se detuvo el tranvía, aunque ya tarde, y se asomaron alarmados los que en él iban; los transeúntes miraban a un lado y a otro para indagar la causa del estropicio, y no faltó quien viniera en mi socorro. Me ayudaron a levantarme y, para ver si tenía algo roto o dislocado, me decían: “¡Mueve la cabeza!” y yo la movía; “¡Mueve los brazos!” añadían otros, y yo los agitaba como dos aspas de molino; “¡Mueve las piernas!” y las flexionaba cuanto me era dable. Ejecutaba aquella gimnasia exploradora subiendo, bajando y oscilando todo lo movible de mi cuerpo, sin salir de mi asombro y con la seriedad del que obedece órdenes trascendentales, hasta que una madrileñita guasona, al ver mis gallardas acrobacias, rompió a cantar la polquita entonces en boga…

Parece que le tiran

De un cordelito…

  Hizo gracia la canción y, entre las risas de todos y el azoramiento mío, cogí el violín que yacía en el suelo convertido en un sonajero -porque al moverle se produjo dentro de la funda un tableteo de matraca que no hubiese hecho mal papel en las tinieblas más ruidosas-. Intenté seguir mi camino, pero a los pocos pasos, oigo una voz de mujer que grita: “¡Espera, chico! Toma, rico, esto que te dejabas” Era el método, chafado, hecho una lástima, y la gorra, un quepis de aquellos tiempos, made in London, con dos cintitas atrás encantadoras que caían graciosamente sobre mi nuca, cuando lo llevaba puesto naturalmente.

  Enfilé el viaducto por la acera izquierda, como cualquier beduino, y al llegar a la mitad vi ante mí un señor muy tieso y solemne que, aunque llevaba cara de pocos amigos, quiso cederme el paso por su derecha al mismo tiempo que yo me apartaba para cedérselo a él, con cuya maniobra volvimos a encontrarnos cara a cara. Di unas zancadas hacia la izquierda a la vez que él también las daba en el mismo sentido y, claro, nos enfrentamos de nuevo. Vuelta a la derecha y otro encontronazo y así durante un rato, dando pasos a un lado y pasos a otro, como en las figuras de un cómico rigodón al compás del cocleteo de mi violín cascado. Yo, apuradísimo, fascinado, no podía detenerme y él, a la cuenta, tampoco, hasta que al fin, aquel señor, airado, fuera de sí, exclamó: “¡Badajo con el chiquillo!” Me cogió por los brazos, me levantó en vilo con todos mis adminículos y me depositó muy bonitamente en medio de la calzada, siguiendo su camino entre refunfuños y palabras gruesas alusivas a mi torpeza, que también era la suya.

  Cuando le vi alejarse quedé tranquilo y agradecido. Agradecido, si, porque lo mismo que me había dejado en medio del puente, pudo haberme echado al otro lado de la barandilla para que aterrizase en la calle de Segovia, y no lo hizo.

  No fui a la lección. Volví grupas a pie, por supuesto; llegué a casa de mis parientes y les dije con resolución enérgica que me marchaba al pueblo. Me oyeron con extrañeza, pero con mal disimulada alegría, porque debían estar deseando perderme de vista. Era huésped honorario.

  Al día siguiente me pusieron en el tren; llegué a Ocaña, conté a mi padre una historia mitad verdadera mitad fantasía y, como era comprensivo y razonable, pronto se convenció de que Dios no me llamaba por el camino que él había pensado conducirme.

Cambié de rumbo; renuncié a la gloria artística que, de todos modos, se hubiera cansado de esperarme; mi vida se orientó desde entonces en distinta dirección y, siguiéndola, al correr de los años me casé con tu hermana que, aunque no es la gloria precisamente, llevo con ella cerca de medio siglo estorbándonos el paso, como en el episodio del viaducto, y temiendo, al mismo tiempo, que el día menos pensado, uno de los dos deje al otro el camino libre y entonces, para el que quede, serán los llantos y el crujir de dientes.

  Y observo que me voy poniendo un poco sentimental y corto por lo sano antes de que se me destemple la guitarra.

  Con los abrazos de familia a familia, recibe los de tu hermano.

Antonio.

¡Ah! Ya no me acordaba. Entiendo tu letra con facilidad: He estudiado paleografía; no te preocupes.

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Acerca de Felipe Mellizo

Soy guionista, casi periodista, padre, pareja, ex-golfo, ex-aventurero, comilón, bruto, y seguidor del Atlético de Madrid.
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Una respuesta a De cómo un accidente sin importancia puede cambiar el rumbo de una vida.

  1. Andrea dijo:

    Demos gracias al Tranvía por alejarte de la vocación de músico y acercarte al inframundo de la idea, la oferta, la demanada… y los gilipollas que no saben lo que es una cosa ni la otra.

    Es bonito recordar, pero también doloroso.

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