Felicitación navideña de mi tío “bisabuelo” Antonio, hermano de Remedios.

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FELIPE MELLIZO en una cena de empresa de principios de los ochenta. Este texto no lo escribió él, sino su tío Antonio.

Barcelona, 15 de diciembre de 1954

Querida hermana Remedios: Tiempo atrás se pusieron de moda las campañas para fomentar entre la gente la cortesía, la amabilidad y la buena crianza. Todo inútil. Y es que somos insociables. Donde hay dos seres humanos, surgen dos egoísmos opuestos que permanecerán latentes y disimulados mientras haya un tercero con la estaca levantada; pero si se sienten amparados por la impunidad, salen a relucir la grosería y el atropello, cuando no otras cosas peores. Siempre ha sido así.

Y es que en lo científico hemos progresado mucho; en lo moral nada. Cuando sólo había en la tierra cuatro personas y un burro, que murió oportunamente para dejar su quijada como arma homicida, ya empezaron los hombres a darse trastazos con ella. Más tarde, los trogloditas, todavía salvajes, mataban a sus semejantes y es posible que se los comieran para satisfacer sus necesidades alimenticias. Luchaban por la posesión de la caverna, que era su seguridad, y se disputaban la hembra movidos por el instinto de perpetuar la especie. En tiempos más cercanos los hombres se pelearon por la embriaguez de grandeza, o para imponer los unos sus opiniones y creencias a los de la acerca de enfrente. Hoy, en la cumbre de la civilización, se aniquilan los pueblos en guerras estúpidas, sin saber por qué, sin causas razonables, por el vicio de matar que, como todos los vicios, pide que aumentemos la dosis progresivamente para satisfacerle y, en consecuencia, los hombres preparan los medios más científicos, eficaces y rápidos de destrucción con vistas a un futuro próximo…

No tenemos enmienda. Con estas cosas, y las sequías, y la dificultad de vivir, y las trapisondas de los platillos volantes, los timoratos agoreros creen ver las señales de que se aproxima el fin del mundo, como si ya anduviese entre nosotros el Anticristo del Apocalipsis. ¡Bah! Aprensiones. Hay mundo para rato. Cuando aquél chaparrón del Diluvio, -y eso que según dicen la cosa iba de verás- no se acabó. Salieron del Arca sus tripulantes, personas y animales. El piloto de la nave tuvo la humorada de brindar por su feliz arribo empinando el codo más de lo regular y todos, tan contentos, se dedicaron a rehacer la población con gente nueva, buena o mala, como saliera, y a buscar nuevos motivos de discordia. Más cerca; en el año mil justamente, tan mal debieron ver el asunto nuestros apreciables tatarabuelos, que tuvieron por seguro que había llegado el último día de la humanidad y, en vista de ello, los labrantines no sembraron -¿para qué?- ni cultivaron sus pegujales. Los artesanos abandonaron sus trabajos y todos, señores y vasallos, se dedicaron a rezar para asegurarse un buen fallo en el Juicio Final que creían inmediato. El mundo no se acabó, naturalmente, pero faltó poco porque con tanto rogar a Dios sin dar golpe con el mazo, vino a continuación el célebre año del hambre que estuvo a punto de dar al traste con todos por la falta de subsistencias y sobra de tontería.

Ahora somos más listos y nos despreocupamos de leyendas, amenazas y agüeros, seguros de que dentro de mil o dos mil años, los hombres seguirán peleándose sin ponerse de acuerdo, quejándose de la época en la que les ha tocado vivir y anunciando el fin, hasta que una vez acierten; pero a nosotros ya nos tendrá sin cuidado. Por eso hoy, cada quisque, por si o por no, más bien por no, procura sacar de la vida el mayor partido posible, disfrutando de ella con arreglo a los medios de que dispone –a veces hasta de los que no dispone- y se divierte y goza los placeres de la existencia procurando rehuir lo que tiene de malo y molesto. Y hacen bien, porque yo no creo que nos hayan echado al mundo para sufrir y padecer; sería una crueldad inútil y además injusta por la arbitraria desigualdad con que suelen estar repartidos los goces y los padecimientos.

Ahora llega una de esas ocasiones en las que se hace más ostensible el jolgorio de la gente, conmemorando el nacimiento del Mesías con excesos de comida y bebida hasta rebasar los límites de la gula. Yo no sé por qué será, pero es el caso que, entre todas las funciones fisiológicas con que nos dotó la naturaleza, sólo la digestiva es la que empleamos para manifestar nuestro regocijo: Llega un santo o cumpleaños, comida extraordinaria y bebidas con exceso; que hay que homenajear a un hombre ilustre, banquete al canto con peroraciones rociadas de champaña; que deseamos manifestar el aprecio a un pariente o amigo, le invitamos a comer o, por lo menos, a tomar unas copas. Todas las fiestas públicas o privadas, profanas o religiosas, las celebramos alrededor de una mesa bien provista, llenando la andorga. También podíamos conmemorar y celebrar los acontecimientos de otro modo; por ejemplo, haciendo gimnasia respiratoria que, a la cuenta, es otra función fisiológica -y por añadidura más higiénica y baratita-. Pero ¡quiá! Todos a comer y beber hasta el hartazgo; desde la princesa altiva que, entre remilgos y postizos pone a contribución su aristocrático gañote, hasta el rufián de más baja plebeyez que lo pregona a gritos entre desaforados aporreos de panderos, diciendo: Esta noche es Nochebuena Y mañana es Navidad. ¡Dame la bota, María, que me voy a emborrachar! Y efectivamente: Se emborracha porque hace veinte siglos vino al mundo el Redentor en un establo desmantelado de la Judea y acaso los padres del recién nacido no cenaron aquella noche.

Sin embargo la Navidad, además del júbilo popular más o menos escandaloso y bullanguero, tiene un aspecto noble y plausible: El deseo que manifestamos de que sean felices nuestros familiares, allegados y amigos. En esto no cedo a nadie la preferencia y os envío la más efusiva felicitación a ti, a tus hijos, nietos y biznieta, en nombre propio, en el de mi mujer y en el de mis hijos, haciendo votos por vuestra salud y prosperidad en lo que queda de año y en el próximo. Y como sabéis así lo sentimos de corazón, ¿para qué insistir? Recibid todos nuestros más cariñosos abrazos… Antonio.

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Acerca de Felipe Mellizo

Soy guionista, casi periodista, padre, pareja, ex-golfo, ex-aventurero, comilón, bruto, y seguidor del Atlético de Madrid.
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